miércoles, 30 de septiembre de 2026

LA CONQUISTA DE LOS PIJAOS.

 

LA CONQUISTA DE LOS PIJAOS.



Pijaos: los de Combaima -Valle de las Lanzas-, Metaima, Ibagué, Anaima, Matagaima, Toche y Tocina.

LAS JORNADAS DEL CAPITÁN ANDRÉS LÓPEZ DE GALARZA.





Motivación: abrir el camino entre las Gobernaciones de Santafé y Popayán.

Después de fundada la Real Audiencia y Cancillería del Nuevo Reino de Granada en abril de 1550, siendo oidores los licenciados Góngora y Galarza, la primera comisión que se dio para poblar fue para el Capitán Andrés López de Galarza, que antes había sido Contador de la Real Hacienda en Santafé.

Entre Tocaima, del Nuevo Reino, y Cartago, de la Gobernación de Popayán, había varias poblaciones de indios muy belicosos que impedían el paso directo entre una y otra gobernación. Por su causa, los viandantes y el comercio tenían que hacer un rodeo larguísimo y peligroso por Neiva y Timaná, cruzando un páramo despoblado, frío y mortal, donde se helaban y perecían muchas personas.

Para remediarlo, los vecinos de Santafé y Tocaima pidieron a la Audiencia que se pacificaran los Valles de las Lanzas y de Choa, y a todos los naturales comarcanos entre Cartago e Ibagué, y que se poblase un pueblo que asegurase el camino real. Alegaban tres razones: se abriría el comercio, los naturales serían doctrinados y puestos bajo la Corona y la Iglesia, y la tierra mostraba, según decían, grandes indicios de minas de oro y plata.

A los Oidores les pareció justa la petición. Informados de la braveza y crueldad de los indios del Valle de las Lanzas, que vivían en guerras continuas unos contra otros, nombraron a Galarza como Capitán y Justicia Mayor. Le dieron una facultad que ya no se acostumbraba: poder juntar gente de a pie y de a caballo y encomendar los indios que pacificase a los soldados de la jornada.

El ejército y sus métodos,

Galarza aceptó y en pocos días juntó 93 españoles al otro lado del Río Grande, en el paso de la canoa de Montero. 40 iban a caballo y el resto eran peones, todos bien aderezados con armas de hierro y de algodón, según la usanza de Indias. La reseña la hizo ante Juan de Avellaneda, Alcalde de Santafé, quien debía verificar que nadie fuera forzado.

Llevó consigo al sacerdote Francisco González Candis con todo lo necesario para decir misa. Un día después de San Juan de junio de 1550, partieron en buen orden hacia el Valle de las Lanzas. Llegaron a principios de julio.

Galarza era hombre de buena habilidad, cortesano y bien hablado. Antes de entrar en combate, publicó unas ordenanzas muy rigurosas: prohibió bajo grave castigo los pecados públicos, las blasfemias y los juramentos; prohibió que los soldados, por avaricia, robasen haciendas y comidas a los naturales; y mandó conservar en paz a todos los indios que diesen la paz, sin hacerles agravio en sus personas, hijos ni mujeres. Nombró por sus tenientes a los capitanes Francisco de Prado, vecino de Tocaima, y Juan Bretón, vecino de Timaná.

La entrada a Combaima y Metaima.

Los españoles se alojaron en el Valle de las Lanzas, al que sus propios moradores llamaban Combaima. Gracias al buen tratamiento, todos los indios de aquel valle dieron la paz y les proveyeron de comida. Galarza evitó entrar en sus pueblos para no dar ocasión a que soldados e indios ladinos de servicio les hicieran daño y se rebelasen.

Guiado por indios de Combaima, tomó la vía de Metaima, a tres leguas de distancia. Los de Metaima, avisados por sus espías, intentaron impedir el paso derribando todos los árboles de un arcabuco de dos leguas para que no pasaran los caballos. Fue inútil, porque los españoles llevaban hachas y machetes y Lope de Salcedo abrió un camino nuevo.

Viendo frustrado su ardid, los principales de Metaima, llamados Ibone y Otopne, salieron con sus mujeres e hijos cargados de maíz, turmas, ñames, apios, guayabas y otras frutas. Los aposentaron en sus caneyes. Aguado describe los caneyes: casas de vara en tierra, no muy anchas, de 70 a 100 pasos de largo, cubiertas de palmicha o paja, donde vivía toda una parentela de 50 personas o más.

Galarza les habló por medio de intérpretes de la fe católica y del Rey de Castilla, a quien los indios llamaban en su lengua Xe Amima, y les pidió guías. Los indios se alegraron más de esto último que de lo demás, pues temían el gasto de sustentar a los españoles. Aun así, Galarza se detuvo tres días.

El río Tolima y la batalla del cacique Laembiteme.

Salidos de Metaima, dieron con el río Tolima. Tolima, en lengua de la tierra, quiere decir nieve, porque baja del nevado de Cartago y sus aguas son de deshielo. Lo hallaron muy crecido y sin vado, porque los indios de Ibagué habían destruido los puentes. Los españoles hicieron puente con los caballos y pasaron gente y bagaje.

Al otro lado, en la junta de los ríos que bajan de Anaima y Matagaima, había una meseta llana de media legua donde el cacique Laembiteme tenía gran parte de su población y más de dos mil indios de guerra esperando en el único paso por donde podían subir los caballos.

 

Los Pijaos tocaron fotutos y cornetas hechas de canillas de indios muertos, dieron grandes alaridos e hicieron ademán de arrojar sus armas. Antes de pelear, amonestaron a los españoles por medio de intérpretes: que se devolvieran si no querían ser sepultados en sus vientres.

Los capitanes quisieron arremeter, pero Galarza los contuvo y, como era su costumbre, les hizo requerimiento de paz: que no venía a hacerles guerra, sino a darles a conocer al Dios verdadero y a pedir obediencia al Rey. Se detuvieron parlamentando hasta la puesta del sol. Finalmente, los indios abandonaron el paso y dejaron subir a los españoles sin pelea, los aposentaron en sus propias casas y esa misma noche se ausentaron con mujeres e hijos.

El Valle de Anaima: armas, emboscadas y fingimiento.

En pocos días, Galarza atrajo de paz a los valles comarcanos: Matagaima, que tenía dos leguas y media de largo, y Anaima, de cuatro leguas, todo lo raso poblado.

Las armas pijao:

Lanzas de 25 a 30 palmos hechas de guadua hendida, con puntas de palma negra muy recia; escudos o protecciones de cuero de danta seco, muy ligero, que colgaban del cuello y ponían adelante al pelear y a la espalda al huir; dardos arrojadizos de un palmo, macanas agudas a manera de montantes de palma negra, hondas con las que tiraban piedras del tamaño de un huevo, y hachas de cobre.

Eran tan diestros, dice Aguado, que cualquier natural no rehusaba esperar uno por uno a cualquier español a pie quedo, y si en armas tuvieran igualdad, hasta hoy estuvieran por conquistar.

Los de Anaima dieron muestras de paz y luego traicionaron. Cuando Lope de Salcedo entró con pocos soldados a reconocer el camino, sin caballos ni arcabuces, lo cercaron en gran número - quince o veinte indios por cada español - y lo pusieron en grave aprieto, peleando día y noche. Avisado Galarza por indios amigos, envió socorro y juntos los desbarataron.

Para la batalla definitiva, los de Anaima prepararon una trampa en un llano a la orilla de una quebrada: abrieron una gran cantidad de hoyos de dos estados de hondo, llenos de estacas de palma con las puntas hacia arriba, cubiertos con varas, paja y tierra. Cada hoyo podía caber dos hombres a caballo. Se apostaron junto a ellos para provocar la arremetida española.

Galarza, fiel a su costumbre, se detuvo antes de la quebrada a requerirles la paz. Los indios, creyendo que era temor, abandonaron el puesto y huyeron entre los hoyos. Los españoles los siguieron con pereza, por no derramar sangre. Solo Juan Ortiz de Zárate, vizcaíno, queriendo señalarse, se adelantó a caballo con furia y cayó con su caballo dentro del hoyo sobre los indios que habían caído primero. Como los cuerpos de los indios ocuparon las estacas, Ortiz y su caballo salieron sanos y salvos, y así se descubrió la celada.

Durante más de veinte días corrieron el valle. Los indios ya no osaron pelear en llano; se ponían en los altos a dar gritos y a echar a rodar peñas de diez, quince y veinte quintales, movidas con palancas, sin que por fortuna hicieran daño.

 

En ese tiempo ocurrió el caso del soldado extranjero Nicardo, que, codicioso de oro, envió a su indio ladino a decir a los naturales que el Capitán exigía oro so pena de guerra. Así les sacaba chagualas de oro fino. Fue descubierto una noche cuando el ladino entró con un principal al real, las velas dieron alarma y se supo el engaño. Galarza fingió querer castigar a Nicardo e incitó a los soldados a rogar por él para poner escarmiento, pero al ladino lo azotaron públicamente y le cortaron el cabello.

Finalmente, muchos valles dieron la paz de todo punto, entre ellos el cacique más principal, Bombo. Galarza le preguntó si del otro lado de la cordillera central, entre el Magdalena y el Cauca, había poblazones y españoles. Le dijeron que sí había mucha gente, que después se supo eran Bugalagrande, donde pobló el capitán Alonso de Fuenmayor, y los Gorrones que sirven a Cali. Envió soldados a la sierra a mirar los humos y vieron pocas casas, creyendo estar cerca de Cali. Por eso acordó no seguir hacia el Cauca y volverse hacia Ibagué.

Fundación de Ibagué y entrada a Toche.

En el camino a Ibagué tuvo algunas guazábaras sin daño. Se alojó en el mejor sitio del valle y allí, en 1550, haciendo las ceremonias acostumbradas, fundó y asentó la ciudad de Ibagué, poniéndole el nombre de la provincia.

De allí salió al descubrimiento de Toche, donde halló abundancia de comida. Envió a dos soldados, Nicardo y Hoyos, a reconocer una sierra cercana. Por codicia se desviaron a ranchar oro en unas poblazones de Toche. Los indios los mataron miserablemente y, como era costumbre pijao, les desollaron los rostros para usarlos como máscaras en sus bailes y borracheras.

Galarza envió un caudillo a buscarlos. Halló los cuerpos puestos como blanco de flechas, con los rostros desollados, en una placeta entre bohíos. Los enterraron en una montañuela. Galarza regresó a Ibagué a pertrecharse, volvió a Toche, requirió la paz y, al negársela, los desbarató con los caballos. De más de quinientos indios que vinieron a la guazábara, no volvió la décima parte. Luego pacificó Tocina, junto al morro nevado, y regresó a Ibagué, donde repartió y encomendó los indios entre sus soldados según sus méritos.

La gran rebelión pijao de 1550 y el cerco de 40 días.

Repartidos los indios, los encomenderos quisieron servirse de ellos, llamándolos a hacer casas y labranzas y pidiéndoles oro e hijos e hijas para servicio, a veces dándoles palos y azotes. Los indios, muy agraviados, sobre todo cuando les tomaban a sus hijas, trataron entre sí que era mejor morir que sufrir tales afrentas.

Se concertaron todas las provincias comarcas e hicieron primero una borrachera general -porque creen, dice Aguado, que borracho el indio tiene mayores bríos-. Juntos, más de ocho mil indios, dieron sobre Ibagué en 1550.

Aunque los españoles fueron avisados y se pusieron en armas, no pudieron desbaratarlos. Los tuvieron cercados por cuarenta días, sin dejarlos salir por comida ni por agua, dándoles cada día crueles guazábaras.

 

Viendo que aumentaba la multitud y que desfallecían de hambre, Galarza envió a dos indios en tiempos diferentes con cartas a la Real Audiencia de Santafé pidiendo socorro con la mayor brevedad, si no querían que fuesen todos muertos y consumidos.

Al ver que el socorro tardaba y que las municiones se acababan, acordaron salir todos juntos a morir o vencer. Arremetieron por una cuchilla arriba donde estaba la mayor parte de los indios. Los bárbaros arrojaron tantas galgas y piedras que tuvieron que rodear por una ladera con algunos arcabuceros delante. Era tanta la muchedumbre en la cuchilla, que unos por defender la subida y otros por huir, se atropellaron y se arrojaban cuchilla abajo, donde eran recibidos con las puntas de las espadas. Otros se fueron al pueblo y quemaron las casas que habían hecho para los españoles.

Ganada la cuchilla con mucho daño a los indios, los españoles se volvieron al pueblo a descansar y ya trataban de despoblar, creyendo muertos a los mensajeros.

Al día siguiente llegó, enviado por la Audiencia, el socorro del Capitán Salinas y Domingo Lozano con más gente. Juntos pacificaron y allanaron todas aquellas provincias y las dejaron muy de paz y en servidumbre.

Estas dos rebeliones -la de Toche y esta- fueron causa de que de ocho mil indios que había en las provincias de Ibagué quedasen tan pocos, que, aunque después se hallaron minas de oro y plata, los vecinos no tuvieron gente con qué labrarlas. Añade que cinco o seis años después se tornarían a rebelar junto con los Panches y los de Mariquita.

Describe a los pijaos de Ibagué como grandes comedores de carne humana, con poco algodón para mantas, las mujeres muy feas con bonetes de cuero de venado que les recoge el cabello, sin caciques supremos sino mandados por principales a quienes obedecen cuando quieren. Y que el sitio donde está asentada Ibagué es del mejor y más suave temple que hay en aquellas partes, ni cálido ni frío.

 

> Fuente: Fray Pedro de Aguado, Recopilación Historial, Libro VII, Caps. I-V.

 

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