jueves, 18 de junio de 2026

TRAVESÍA DE LA CORDILLERA DEL QUINDÍO POR EL CONDE DE GABRIAC. 1866.


TRAVESÍA DE LA CORDILLERA DEL QUINDÍO POR EL CONDE DE GABRIAC. 1866.



Según lo referido en las reseñas de su viaje en el año de 1866, contenidas en el libro denominado: Un paseo por Sudamérica: Nueva Granada, Ecuador, Perú, y Brasil.

Corría el año de 1866 cuando dos sombras francesas, curtidas por la ambición del siglo, se presentaron ante las puertas del poder granadino. El Conde de Gabriac, viajero incansable, y el Vizconde Blin de Bourdon, su compañero de penurias y glorias, legaron con cartas de presentación firmadas por la propia Emperatriz Josefina.

Su destino era el sur: Quito que les esperaba luego de vencer el cruce de la montaña de los Andes del Quindío. el presidente Tomás Cipriano de Mosquera les recibió en Bogotá, y les prestó colaboración oficial para que pudieran trasmontar la cordillera del Quindío, en su paso hacia Quito. Con las ayudas y recomendaciones respectivas, la expedición tomó rumbo al occidente.



IBAGUÉ, EL PRELUDIO MUSICAL ANTES DE LA GRAN ASCENSIÓN

La expedición alcanzó Ibagué, paso obligado para cruzar la montaña por el Camino del Quindío. Gabriac, hombre de juicio severo, se vio desarmado ante la ciudad. Lejos de hallar la barbarie que algunos cronistas vaticinaban, encontró un verdadero paraíso musical.

Al contemplar la sabana de Ibagué, exclamó, «¡Dios, qué sabana! Imagínese usted una planicie literalmente interminable, más extensa aún que la sabana de Bogotá». La exuberancia natural fue apenas el preludio. Por las noches, las calles le hablaban con guitarras y flautas; las serenatas confirmaron su dictamen: «en Ibagué se adora la música», frase que con el tiempo daría origen al título de Ibagué como Ciudad Musical.

Quedó prendado de los tiples, las carrascas y el alfandoque, y del ritmo ejecutado por un conjunto de músicos integrado por indígenas y mestizos. Ibagué no fue solo un lugar de descanso: fue la bienvenida donde la cordillera templó el alma de los viajeros antes de la prueba mayor, su ascenso.

EL CAMINO DEL QUINDÍO: ENTRE LA GLORIA Y LA CONDENA.

Desde Ibagué, Gabriac se enfrentó a la verdadera contingencia: el Camino del Quindío. Más que una vía, era un desafío geográfico impuesto por los Andes. Fue primero escenario de guerras entre pueblos indígenas; luego, campo de batalla entre conquistadores y nativos; y, en tiempos de Gabriac, testimonio de la tenacidad y la lucha de colonizadores y terratenientes.

Para 1866, año en que Gabriac lo cruzó, otros viajeros de la época, como Charles Saffray, lo describían como espantoso. Saffray lo registró en sus escritos como “uno de los caminos reales más impracticables del mundo”. En invierno, ni las mejores mulas garantizaban sobrevivir: era “temerario afrontar” sus peligros “sin una necesidad absoluta”.

Gabriac, al igual que Saffray, tuvo que elegir: esperar la estación seca o desafiar el barro, los derrumbes y la muerte. Decidió continuar su travesía, respaldado por apoyo oficial. La dureza de esa experiencia quedó consignada en su obra Viaje a través de la América del Sur.

LA MIRADA DE GABRIAC: ENTRE EL PREJUICIO Y EL ASOMBRO.

La mirada de Gabriac sobre la Nueva Granada fue, en muchos aspectos, desproporcionada e injusta. Su juicio acerca de la idiosincrasia de sus pobladores resultó somero y apresurado: interpretó costumbres y valores sin comprobar los hechos ni conocerlos por experiencia directa.

Sin embargo, al llegar a Ibagué y emprender el paso hacia el Quindío, su perspectiva cambió. A pesar de su mirada europea, no escatimó elogios al paisaje, a la música y a la inmensidad de la llanura. Su crónica del Camino del Quindío es, entonces, un testimonio doble: el de un extranjero que juzga con prejuicio, pero también el de un hombre que se rinde ante el asombro.

IBAGUÉ: UMBRAL DEL QUINDÍO, ENTRE LA SABANA Y EL ABISMO

La expedición del Conde de Gabriac llegó a Ibagué y se alojó en una posada donde personas y animales domésticos convivían sin distinción alguna. En una estructura desvencijada, sin puertas que separaran los espacios, cohabitaban la dueña —una mujer corpulenta— junto a los sirvientes y criados de la comitiva, además de gallinas, perros, cerdos, tortugas, un mono, un ternero y una vaca que deambulaba libremente de un extremo a otro. El ambiente se completaba con ratas, mosquitos y toda clase de insectos.

Gabriac recorrió Ibagué y lo describió como un lugar apacible, resguardado por la sabana de un lado y por la cordillera que en esa región se denomina Quindiú: una formación geográfica casi intransitable. Allí, la expedición abandonó la llanura y la contempló por última vez antes de iniciar el ascenso, como el barco que deja su puerto para adentrarse en mar abierto.

La principal urgencia antes de cruzar era conseguir mulas, pues las cabalgaduras que traían desde Bogotá no podían continuar el camino. Esta operación resultaba bastante laboriosa. Según diversas referencias, en Ibagué —para transitar el Paso del Quindío, “muy penoso” en palabras del general Mosquera— era aún más difícil encontrar dueños dispuestos a entregar sus animales a cualquier precio.

Gabriac describe a los arrieros: se hacían llamar “dueños de las bestias”. Generalmente eran ricos porque, aunque las mulas no costaban mucho dinero, cobraban fletes altísimos. Los dueños de las acémilas caminaban descalzos y vestían la misma ropa andrajosa que los cargueros, silleros y peones. Los más elegantes llevaban un par de calzoncillos y una ruana roja, marrón o azul. Todos se ponían de acuerdo para fijar un precio arbitrario y lo exigían en común, sin dejar posibilidad de regateo.

Luego de superar toda la ceremonia que implicaba alquilar las mulas, a la una de la tarde les trajeron cinco. Partieron de inmediato hacia el Paso del Quindío.

 

EL PASO DEL QUINDÍO: EL TRAMO MÁS DURO DE LA CORDILLERA Y LA MONTAÑA MÁS HERMOSA.



Apenas dejaron Ibagué comenzaron a ascender y se adentraron en inmensos bosques. Gabriac refirió lo siguiente: “El Paso del Quindío es el paso más difícil de la Cordillera Central y la montaña más hermosa de la Nueva Granada”.

El suelo del Quindío es espeso y pegajoso por la retención de agua, lo que forma un lodo inmenso y persistente cuya fama se extendía por toda Sudamérica. Durante cincuenta leguas se caminaba en un auténtico pantano que rara vez tenía menos de medio metro de profundidad. Las mulas se hundían constantemente hasta el pecho y solo lograban salir gracias a los almohadillones: surcos transversales cavados cada metro al paso de las recuas, que daban al camino la apariencia de una escalera donde todos los escalones eran charcos de barro.

En invierno era absolutamente imposible cruzar el Quindío. Casi siempre se esperaba la estación seca para atravesarlo; Gabriac empleó siete días. También señalaba: “El resto del año, se retroceden dos pasos por cada tres que se avanza; los animales caen y hay que levantarlos y acomodar de nuevo las cargas, situación que alargaba el viaje a doce o quince días”. Por eso, a lo largo del camino se encontraban constantemente los tambos: edificaciones techadas con hojas de palma donde los viajeros pasaban la noche.



 

LA MONTAÑA DEL QUINDIÚ: UNA CATEDRAL BIODIVERSA.

En la visión de Gabriac, el camino se revelaba como una galería sagrada forjada por la vida misma. Los viajeros trepaban por el sendero vertical, devorados por una vegetación titánica que transformaba cada paso en un milagro.

Sus mentes, embriagadas por el paisaje, se rendían ante los inmensos palmares de palma de cera que se alzaban como las columnas de una catedral escondida en la montaña. Sus estípites, esbeltos y altos como pilastras de plata, sostenían penachos de hojas elegantes que se entrelazaban en cúpulas vivas. Formaban florestas primorosas, como si fueran obra de un joyero divino. Entre ellas, las heliconias alzaban sus ramas: lanzas verdes y rojas que desgarraban la sombra.

Reinaban los helechos arborescentes, gigantes de ocho a diez metros que desafiaban al cielo. Refería Gabriac: “El Quindío era el único lugar en la tierra donde se encuentran ejemplares tan bellos”. Su follaje no era hoja: era encaje tejido por los vientos, filigrana divina que temblaba con cada suspiro del monte. Y entre ese verde sin fin, estallaba lo imposible: un arbusto bañado en púrpura total.

En el Valle del río Tochecito, el paisaje se volvió mito. Allí mandaban las palmas de cera, incontables y pomposas. Sus troncos colosales ascendían hasta rasgar las nubes, revestidos de una resina blanca y nacarada que brillaba como armadura de ángeles. Se levantaban tan juntas, tan inexpugnables, que opacaban a todas las plantas vecinas y se hacía imposible abrirse paso entre ellas, ni siquiera con un hacha. Eran el ejército inmóvil de la montaña.

Más allá, los árboles milenarios, patriarcas del bosque, extendían sus brazos cubiertos de líquenes, musgos y orquídeas rojas como heridas de guerra que aún sangran belleza. Desde las alturas caían lianas blancas y flexibles, serpientes vegetales que se enroscaban de árbol en árbol o se extendían como las jarcias de barcos fantasma. Un tejido de niebla y vida: la catedral de la biodiversidad.

La fauna lo acompañó desde la posada. En el camino vio monos y loros, y a los jaguares, que acechaban entre las palmas de cera y los bosques inaccesibles de Tochesito.

El camino se llenaba de mariposas de terciopelo negro o azul celeste, y de pájaros de todos los colores que entonaban melodías fuertes y armoniosas, algunas alegres, otras melancólicas. Gabriac llegó a transcribir el pentagrama del singular y curioso canto de los gallos de Tochesito.

Pero no todo fue belleza, melodía y hermosura. También hallaban los cadáveres de mulas despeñadas por los abismos del camino, y el espanto que causaba la abundancia de serpientes.

Bajando por la vertiente occidental, el mayor asombro fueron los inmensos guaduales: herbáceas gigantes y delgadas que se elevaban veloces hasta fundirse con el cielo azul como elegantes nubes verdes. Nunca habían visto sus ojos paisajes tan maravillosos y espléndidos como los de la montaña del Quindío.

 

 

Fuente: GABRIAC. UN PASEO POR SUDAMÉRICA NUEVA GRANADA, ECUADOR, PERÚ, BRASIL OBRA ILUSTRADA CON VEINTIUNO GRABADOS EN MADERA Y DOS MAPAS GEOGRÁFICOS MICHEL LÉVY FRÈRES, LIBREROS Y EDITORES. PARÍS 2 BIS RUE VIVIENNE Y EN LA LIBRAIRIE NOUVELLE, 15, BOULEVARD DES ITALIENS 1868. UN VIAJE POR SUDAMÉRICA. PRIMERA PARTE.NUEVA GRANADA TRAVESÍA DE LA CORDILLERA DEL QUINDÍO POR EL CONDE DE GABRIAC. 1866.