TRAVESÍA DE LA
CORDILLERA DEL QUINDÍO POR EL CONDE DE GABRIAC. 1866.
Según lo referido en las reseñas de su viaje en el año de
1866, contenidas en el libro denominado: Un paseo por Sudamérica: Nueva Granada,
Ecuador, Perú, y Brasil.
Corría el año de 1866 cuando dos sombras francesas, curtidas
por la ambición del siglo, se presentaron ante las puertas del poder granadino.
El Conde de Gabriac, viajero incansable, y el Vizconde Blin de Bourdon, su
compañero de penurias y glorias, legaron con cartas de presentación firmadas
por la propia Emperatriz Josefina.
Su destino era el sur: Quito que les esperaba luego de
vencer el cruce de la montaña de los Andes del Quindío. el presidente Tomás
Cipriano de Mosquera les recibió en Bogotá, y les prestó colaboración oficial
para que pudieran trasmontar la cordillera del Quindío, en su paso hacia Quito.
Con las ayudas y recomendaciones respectivas, la expedición tomó rumbo al
occidente.
IBAGUÉ, EL
PRELUDIO MUSICAL ANTES DE LA GRAN ASCENSIÓN
La expedición alcanzó Ibagué, paso obligado para cruzar la
montaña por el Camino del Quindío. Gabriac, hombre de juicio severo, se vio
desarmado ante la ciudad. Lejos de hallar la barbarie que algunos cronistas
vaticinaban, encontró un verdadero paraíso musical.
Al contemplar la sabana de Ibagué, exclamó, «¡Dios,
qué sabana! Imagínese usted una planicie literalmente interminable, más extensa
aún que la sabana de Bogotá». La exuberancia natural fue apenas el
preludio. Por las noches, las calles le hablaban con guitarras y flautas; las
serenatas confirmaron su dictamen: «en Ibagué se adora la música»,
frase que con el tiempo daría origen al título de Ibagué como Ciudad Musical.
Quedó prendado de los tiples, las carrascas y el alfandoque,
y del ritmo ejecutado por un conjunto de músicos integrado por indígenas y
mestizos. Ibagué no fue solo un lugar de descanso: fue la bienvenida donde la
cordillera templó el alma de los viajeros antes de la prueba mayor, su ascenso.
EL CAMINO DEL
QUINDÍO: ENTRE LA GLORIA Y LA CONDENA.
Desde Ibagué, Gabriac se enfrentó a la verdadera contingencia:
el Camino del Quindío. Más que una vía, era un desafío geográfico impuesto por
los Andes. Fue primero escenario de guerras entre pueblos indígenas; luego,
campo de batalla entre conquistadores y nativos; y, en tiempos de Gabriac,
testimonio de la tenacidad y la lucha de colonizadores y terratenientes.
Para 1866, año en que Gabriac lo cruzó, otros viajeros de la
época, como Charles Saffray, lo describían como espantoso. Saffray lo registró
en sus escritos como “uno de los caminos reales más impracticables del mundo”.
En invierno, ni las mejores mulas garantizaban sobrevivir: era “temerario
afrontar” sus peligros “sin una necesidad absoluta”.
Gabriac, al igual que Saffray, tuvo que elegir: esperar la
estación seca o desafiar el barro, los derrumbes y la muerte. Decidió continuar
su travesía, respaldado por apoyo oficial. La dureza de esa experiencia quedó
consignada en su obra Viaje a través de la América del Sur.
LA MIRADA DE
GABRIAC: ENTRE EL PREJUICIO Y EL ASOMBRO.
La mirada de Gabriac sobre la Nueva Granada fue, en muchos
aspectos, desproporcionada e injusta. Su juicio acerca de la idiosincrasia de
sus pobladores resultó somero y apresurado: interpretó costumbres y valores sin
comprobar los hechos ni conocerlos por experiencia directa.
Sin embargo, al llegar a Ibagué y emprender el paso hacia el
Quindío, su perspectiva cambió. A pesar de su mirada europea, no escatimó
elogios al paisaje, a la música y a la inmensidad de la llanura. Su crónica del
Camino del Quindío es, entonces, un testimonio doble: el de un extranjero que
juzga con prejuicio, pero también el de un hombre que se rinde ante el asombro.
IBAGUÉ: UMBRAL DEL
QUINDÍO, ENTRE LA SABANA Y EL ABISMO
La expedición del Conde de Gabriac llegó a Ibagué y se alojó
en una posada donde personas y animales domésticos convivían sin distinción
alguna. En una estructura desvencijada, sin puertas que separaran los espacios,
cohabitaban la dueña —una mujer corpulenta— junto a los sirvientes y criados de
la comitiva, además de gallinas, perros, cerdos, tortugas, un mono, un ternero
y una vaca que deambulaba libremente de un extremo a otro. El ambiente se
completaba con ratas, mosquitos y toda clase de insectos.
Gabriac recorrió Ibagué y lo describió como un lugar
apacible, resguardado por la sabana de un lado y por la cordillera que en esa
región se denomina Quindiú: una formación geográfica casi intransitable. Allí,
la expedición abandonó la llanura y la contempló por última vez antes de
iniciar el ascenso, como el barco que deja su puerto para adentrarse en mar
abierto.
La principal urgencia antes de cruzar era conseguir mulas,
pues las cabalgaduras que traían desde Bogotá no podían continuar el camino.
Esta operación resultaba bastante laboriosa. Según diversas referencias, en
Ibagué —para transitar el Paso del Quindío, “muy penoso” en palabras del
general Mosquera— era aún más difícil encontrar dueños dispuestos a entregar
sus animales a cualquier precio.
Gabriac describe a los arrieros: se hacían llamar “dueños de
las bestias”. Generalmente eran ricos porque, aunque las mulas no costaban
mucho dinero, cobraban fletes altísimos. Los dueños de las acémilas caminaban
descalzos y vestían la misma ropa andrajosa que los cargueros, silleros y
peones. Los más elegantes llevaban un par de calzoncillos y una ruana roja,
marrón o azul. Todos se ponían de acuerdo para fijar un precio arbitrario y lo
exigían en común, sin dejar posibilidad de regateo.
Luego de superar toda la ceremonia que implicaba alquilar
las mulas, a la una de la tarde les trajeron cinco. Partieron de inmediato
hacia el Paso del Quindío.
EL PASO DEL
QUINDÍO: EL TRAMO MÁS DURO DE LA CORDILLERA Y LA MONTAÑA MÁS HERMOSA.
Apenas dejaron Ibagué comenzaron a ascender y se adentraron
en inmensos bosques. Gabriac refirió lo siguiente: “El Paso del Quindío es el
paso más difícil de la Cordillera Central y la montaña más hermosa de la Nueva
Granada”.
El suelo del Quindío es espeso y pegajoso por la retención
de agua, lo que forma un lodo inmenso y persistente cuya fama se extendía por
toda Sudamérica. Durante cincuenta leguas se caminaba en un auténtico pantano
que rara vez tenía menos de medio metro de profundidad. Las mulas se hundían
constantemente hasta el pecho y solo lograban salir gracias a los
almohadillones: surcos transversales cavados cada metro al paso de las recuas,
que daban al camino la apariencia de una escalera donde todos los escalones
eran charcos de barro.
En invierno era absolutamente imposible cruzar el Quindío.
Casi siempre se esperaba la estación seca para atravesarlo; Gabriac empleó
siete días. También señalaba: “El resto del año, se retroceden dos pasos por
cada tres que se avanza; los animales caen y hay que levantarlos y acomodar de
nuevo las cargas, situación que alargaba el viaje a doce o quince días”. Por
eso, a lo largo del camino se encontraban constantemente los tambos:
edificaciones techadas con hojas de palma donde los viajeros pasaban la noche.
LA MONTAÑA DEL
QUINDIÚ: UNA CATEDRAL BIODIVERSA.
En la visión de Gabriac, el camino se revelaba como una
galería sagrada forjada por la vida misma. Los viajeros trepaban por el sendero
vertical, devorados por una vegetación titánica que transformaba cada paso en
un milagro.
Sus mentes, embriagadas por el paisaje, se rendían ante los
inmensos palmares de palma de cera que se alzaban como las columnas de una
catedral escondida en la montaña. Sus estípites, esbeltos y altos como
pilastras de plata, sostenían penachos de hojas elegantes que se entrelazaban
en cúpulas vivas. Formaban florestas primorosas, como si fueran obra de un
joyero divino. Entre ellas, las heliconias alzaban sus ramas: lanzas verdes y
rojas que desgarraban la sombra.
Reinaban los helechos arborescentes, gigantes de ocho a diez
metros que desafiaban al cielo. Refería Gabriac: “El Quindío era el único lugar
en la tierra donde se encuentran ejemplares tan bellos”. Su follaje no era
hoja: era encaje tejido por los vientos, filigrana divina que temblaba con cada
suspiro del monte. Y entre ese verde sin fin, estallaba lo imposible: un
arbusto bañado en púrpura total.
En el Valle del río Tochecito, el paisaje se volvió mito.
Allí mandaban las palmas de cera, incontables y pomposas. Sus troncos colosales
ascendían hasta rasgar las nubes, revestidos de una resina blanca y nacarada
que brillaba como armadura de ángeles. Se levantaban tan juntas, tan
inexpugnables, que opacaban a todas las plantas vecinas y se hacía imposible
abrirse paso entre ellas, ni siquiera con un hacha. Eran el ejército inmóvil de
la montaña.
Más allá, los árboles milenarios, patriarcas del bosque,
extendían sus brazos cubiertos de líquenes, musgos y orquídeas rojas como
heridas de guerra que aún sangran belleza. Desde las alturas caían lianas
blancas y flexibles, serpientes vegetales que se enroscaban de árbol en árbol o
se extendían como las jarcias de barcos fantasma. Un tejido de niebla y vida:
la catedral de la biodiversidad.
La fauna lo acompañó desde la posada. En el camino vio monos
y loros, y a los jaguares, que acechaban entre las palmas de cera y los bosques
inaccesibles de Tochesito.
El camino se llenaba de mariposas de terciopelo negro o azul
celeste, y de pájaros de todos los colores que entonaban melodías fuertes y
armoniosas, algunas alegres, otras melancólicas. Gabriac llegó a transcribir el
pentagrama del singular y curioso canto de los gallos de Tochesito.
Pero no todo fue belleza, melodía y hermosura. También
hallaban los cadáveres de mulas despeñadas por los abismos del camino, y el
espanto que causaba la abundancia de serpientes.
Bajando por la vertiente occidental, el mayor asombro fueron
los inmensos guaduales: herbáceas gigantes y delgadas que se elevaban veloces
hasta fundirse con el cielo azul como elegantes nubes verdes. Nunca habían
visto sus ojos paisajes tan maravillosos y espléndidos como los de la montaña
del Quindío.
Fuente: GABRIAC. UN PASEO POR SUDAMÉRICA NUEVA GRANADA, ECUADOR, PERÚ,
BRASIL OBRA ILUSTRADA CON VEINTIUNO GRABADOS EN MADERA Y DOS MAPAS GEOGRÁFICOS MICHEL
LÉVY FRÈRES, LIBREROS Y EDITORES. PARÍS 2 BIS RUE VIVIENNE Y EN LA LIBRAIRIE
NOUVELLE, 15, BOULEVARD DES ITALIENS 1868. UN VIAJE POR SUDAMÉRICA. PRIMERA
PARTE.NUEVA GRANADA TRAVESÍA DE LA CORDILLERA DEL QUINDÍO POR EL CONDE DE
GABRIAC. 1866.