viernes, 23 de octubre de 2026

BOQUÍA EN LA FRONTERA DEL CAUCA.

 

BOQUÍA EN LA FRONTERA DEL CAUCA.





Nacimiento jurídico de un pueblo caminero (1840-1865).




Boquía no nació de un acta de fundación ni de colonos libres abriendo montaña. Nació de una ley. En ella se cifró el proyecto del Estado colombiano del siglo XIX: fabricar pueblos para mantener abierto el Camino del Quindío.

El Camino del Quindío: una prioridad de Estado.

Desde la Independencia, la Nueva Granada comprendió que sin camino no había nación. El Camino del Quindío, heredado del régimen colonial, era un lodazal que impuso hasta quince días de travesía entre Ibagué y Cartago. Para poblarlo, el Congreso no envió un ejército; ofreció tierra.

Ese corredor fue la puerta obligada a la montaña del Quindío. El sitio que hoy se conoce como Boquía fue durante la primera mitad del siglo XIX la entrada a esa frontera del Estado Soberano del Cauca.

Dos leyes que fundaron un pueblo.          

Dos disposiciones marcaron el nacimiento jurídico de Boquía:    

Ley de 26 de mayo de 1835: concedió 25.000 fanegadas de tierras baldías a los empresarios que se comprometieron a abrir y mantener el Camino del Quindío.

Ley de 27 de mayo de 1842: concedió 20 fanegadas a cada individuo que se estableció en la montaña del Quindío.

Al amparo de esta segunda ley, a principios de la década de 1840, se formó un tambo en el sitio de Boquía, a orillas del río Quindío. No fue un pueblo agrícola tradicional, sino una infraestructura caminera: un conjunto de posadas para albergar viajeros, potreros para el descanso de las mulas y pequeños desmontes para la siembra de maíz. El Estado lo denominó oficialmente como asentamiento de cultivadores en las montañas del Quindío. Boquía fue, desde entonces, hija de la política de baldíos sobre el Camino.

Poblar fue un servicio público.

La adjudicación no fue una dádiva. Fue un contrato con obligaciones, codificadas en los artículos 94 y 95 del régimen de baldíos de la época:

1.  Los cultivadores debían situarse en las fajas de terreno que seguían el curso de los caminos, unos a continuación de otros.

2.  Fue condición implícita de la concesión mantener constantemente desmontada la parte del camino fronteriza a sus posesiones.

Cada colono recibió su lote de 20 fanegadas con la doble condición de habitar al borde del camino y de mantenerlo libre de monte. Poblar fue, en aquel contexto, una prestación de servicio público. Por eso Boquía nació a orillas del camino.

Para mediados del siglo, ese asentamiento ya había sido elevado a Distrito Parroquial de la Provincia del Quindío, con cabecera en Cartago, perteneciente al Estado Soberano del Cauca dentro de la Confederación Granadina.

1859: Boquía en el mapa de la República.

Boquía apareció en la cartografía oficial del Estado en la Ley de Elecciones del 26 de abril de 1859, por la cual la Confederación reorganizó al Cauca en diez Círculos Electorales. El 4º Círculo, el de Cartago, estuvo compuesto por Ansermanuevo, Ansermaviejo, Boquía, Cabal, Cartago, Condina, Chinchiná, Marmato, Naranjo y Nueva Palestina, entre otros.

En 1859, justo antes de la gran colonización antioqueña, Boquía ya era una jurisdicción reconocida, con alcalde parroquial y derecho a voto. Existió jurídicamente porque se le habían otorgado baldíos.

Las tierras baldías y la paradoja jurídica.

El problema de Boquía quedó consignado en la Gaceta Oficial de la Confederación Granadina, entre marzo y septiembre de 1859, bajo el título: Informe del Poder Ejecutivo sobre si a los pobladores del Distrito de Boquía se les han otorgado las tierras baldías a que tienen derecho, en virtud de la Ley 7ª, Parte 5ª, Tratado 1º de la Recopilación Granadina.

Ese informe condensó la paradoja del Quindío a mediados del siglo XIX: una frontera que el Estado quiso colonizar, pero que no logró controlar.

El marco jurídico invocado reveló la contradicción. La Confederación Granadina (1858-1863) se rigió por la Constitución federal de 1858. El Cauca fue autónomo en su régimen interior, pero las tierras baldías siguieron siendo competencia nacional.

La Recopilación Granadina, publicada en 1845 por Lino de Pombo, había recogido las leyes españolas e indianas aún vigentes. Aquella Ley 7ª era la vieja norma castellana de las Siete Partidas que obligaba a dotar a toda población de nueva creación de ejidos, dehesas y tierras de propios: hasta cuatro leguas cuadradas para su sustento y futuro crecimiento.

La pregunta que el Congreso de 1859 le formuló al Ejecutivo fue, por ello, reveladora: ¿debía aplicarse a Boquía esa dotación ejidal por el solo hecho de ser una nueva parroquia, conforme a derecho, o se requirió una adjudicación extraordinaria de 6.000 hectáreas mediante una ley especial?

 

Ese mismo año se intentó su consolidación definitiva. El 16 de marzo de 1859, el Senado de la Confederación, en Bogotá, abrió el primer debate del proyecto de decreto que concedía 6.000 hectáreas de tierras baldías a los pobladores del Distrito Parroquial de Boquía. El proyecto fue aprobado en el Senado el 18 de marzo.

No se trató de un nuevo reparto individual, sino de un ejido comunal, conforme a lo previsto por la Ley 7ª, para tierras de propios y de uso común.

El proyecto superó el trámite en el Senado, pero encontró resistencia en la Cámara de Representantes. Temerosa de abrir la puerta a la especulación con baldíos en una zona donde ya litigaban colonos pobres, empresarios del camino y hacendados de Cartago y de Antioquia, la Cámara optó por mantener a Boquía bajo el régimen precario de las 20 fanegadas individuales. La negativa fue decisiva. Su fundación fue, por tanto, un acto del Estado, no de colonos espontáneos.

El río y el traslado: de Boquía a Salento.

Pocos años después, en 1865, una creciente del río Quindío destruyó gran parte del caserío. Al carecer de una reserva ejidal a donde desplazarse, los pobladores se vieron obligados a ascender a la cuchilla y fundar, a un kilómetro de distancia, en el sitio de Barcinales, la Nueva Boquía, que ese mismo año de 1865 tomó el nombre de Villa de Nueva Salento.

De ahí el proverbio que aún resume la historia regional: Boquía es la madre de Salento y Salento es el padre del Quindío.

La historia de Boquía fue la historia misma del poblamiento dirigido en la frontera caucana. El Estado colombiano del siglo XIX intentó fabricar pueblos, no mediante fundaciones solemnes, sino mediante la adjudicación de baldíos a cambio de camino. Nació por una adjudicación en el año de 1842.

 

Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

LA CORDILLERA CENTRAL Y EL PASO DEL QUINDÍO.


LA CORDILLERA CENTRAL Y EL PASO DEL QUINDÍO.



Un territorio de pródiga evocación histórica, la Cordillera Central es una proyección de la gran dorsal de los Andes. Notable por lo quebrado de sus formaciones y por el esplendor de su ancho y prolongado relieve, domina el centro del país.

Corre entre la Cordillera Occidental, al occidente, y la Cordillera Oriental, al oriente. Al occidente, la Occidental la separa del Pacífico chocoano; al oriente, la Oriental —cuyo macizo del Sumapaz es uno de sus contrafuertes más conocidos— la separa de los Llanos y la Amazonía.

Lo que los cronistas denominaban un ramal que separaba la antigua provincia de Mariquita y el valle del Cauca de Antioquia, hoy lo reconocemos como el eje de la Cordillera Central. Es la divisoria de aguas entre las dos grandes cuencas del país: la del río Magdalena, al oriente, y la del río Cauca, al occidente.

En ese eje se localiza la formación conocida como las montañas del Quindío, que hoy marca el límite entre Quindío, Tolima, Risaralda y Valle del Cauca. Su paso, histórico y vigente, articula el oriente con el suroccidente al comunicar el valle del Magdalena con el valle del Cauca, en el corredor entre Ibagué y Armenia-Cartago.


En su núcleo se alza el Nevado del Tolima, de silueta troncocónica —el "cono de azúcar" de los viajeros del siglo XIX— con 5.215 m s.n.m. y glaciares perpetuos. Hace parte del Parque Nacional Natural Los Nevados y, en mañanas despejadas, es visible desde el altiplano bogotano.



El punto culminante del antiguo Camino del Quindío, el Boquerón del Páramo del Quindío, se ubicaba sobre los 3.962 m s.n.m., los 13.000 pies que citan las crónicas. Desde allí, hacia el occidente, se dominaba a 110 o 130 kilómetros la Cordillera Occidental sobre el Chocó biogeográfico: un conjunto de montañas de flancos abruptos, cubiertas de bosque altoandino y selva de niebla, que parecía imposible de cruzar por un estrecho sendero en espiral. Hoy ese mismo paso es atravesado por la vía nacional Ibagué-Armenia, con el Alto de La Línea a 3.265 m s.n.m. y el Túnel de La Línea —8,65 km a 2.420 m s.n.m.—, obra que resume cinco siglos de esfuerzo tenaz por allanar la cordillera.

UN CAMINO UNE DOS VALLES.


Desde la Conquista, el Quindío fue más que una barrera natural: fue un corredor.

Con motivo de la sublevación de Álvaro de Oyón en el sur, se ordenó a Juan Montaño marchar como Capitán General a la defensa de Popayán. Se encaminó por la vía del Quindío hacia Cartago y Cali. Cuando llegó, la rebelión ya había sido debelada.

Poco antes, en territorio del cacique pijao de Ibagué, en una meseta alta, se había fundado San Bonifacio de Ibagué. El establecimiento fue provisional —octubre de 1550—, pues en febrero del año siguiente fue trasladado leguas más abajo, al sitio que hoy ocupa, a orillas del río Combeima y al pie de la montaña del Quindío, en lugar ameno y apacible. Recién fundada Ibagué, el Justicia Mayor Melchor Valdés abrió el camino del Quindío que une el valle del Magdalena con el del Cauca. Esa sería la misma vía que recorrería Montaño y, durante tres siglos, todo el comercio y la tropa entre el centro y el suroccidente.

Siglos después el camino seguía siendo una trocha precaria. El 25 de noviembre de 1760 el virrey Solís proyectó mejorar los caminos del Quindío y de Antioquia, que no eran más que senderos deficientes. No logró su propósito por la indiferencia de los colonos y la escasez de los fondos públicos.

El impulso republicano llegó con la administración de Herrán. Entre sus actos de mayor aliento se contaron el censo de 1843, que arrojó 1.931.684 habitantes; la mejora del camino del Quindío entre Ibagué y el valle del Cauca; el empadronamiento de los esclavos y la ley de libertad de vientres; la organización de las universidades, la mejora de cárceles y correos, el fomento de la enseñanza primaria y las exposiciones anuales de productos artísticos e industriales entre 1841 y 1843. Por disposición del Congreso de 1844, don Lino de Pombo elaboró la Recopilación Granadina.

Aquel sendero abierto por Valdés es hoy el corredor vital del centro del país, la Ruta Nacional 40. Lo que fue camino de cargueros y de mulas es hoy la arteria que sigue uniendo, como hace cinco siglos, los dos valles.

CARTAGO, UNA ENCRUCIJADA DE CAMINOS.



La llave occidental del paso fue Cartago. Asentada en un risueño y reducido valle limitado al norte por colinas onduladas cubiertas de vegetación y pastizales, a 4°36' de latitud norte, contaba entonces con 3.000 habitantes y tres iglesias —una de ellas con convento de padres franciscanos donde residían diez frailes—. Allí se conseguía buen pan, porque la harina se traía de Bogotá por el camino del Quindío. Todo el distrito alcanzaba las 9.000 almas.

Cartago era una encrucijada donde convergían cuatro caminos: al oriente, el que conduce a Mariquita y a Bogotá cruzando las montañas del Quindío; al occidente, el que lleva a Citará y Nóvita, en el Chocó; al sur, el que va a Popayán, Pasto y Quito; y al norte, el que comunica con Antioquia. Por esa posición estratégica, sufrió grandes daños durante las guerras.

Una gira habitual de la época se iniciaba en Santa Fe, pasaba por Neiva, cruzaba los Andes para llegar a Popayán, avanzaba por Cali hasta Cartago para trasmontar nuevamente los Andes por la ruta del Quindío y regresaba a Santa Fe por Ibagué y Tocaima.

Proyección: Cartago sigue siendo la encrucijada. Lo que fueron cuatro caminos reales es hoy el nudo vial donde se cruzan el norte del Valle del Cauca, el Eje Cafetero, el Chocó y Antioquia. De pueblo de 3.000 almas a ciudad de más de 130.000 habitantes, mantiene su vocación de puerto terrestre: por allí siguen entrando las mercaderías de la sabana hacia el occidente, ya no a lomo de mula por el Quindío, sino por la Troncal de Occidente y la vía Armenia-Cartago.

EN TIEMPOS PASADOS ATRAVESAR EL QUINDÍO ERA UNA ODISEA.




El relato de un viajero que cruzó a pie en diciembre de 1824 —nueve días sin una gota de lluvia, fortuna singular— resume la dureza del paso.

En Cartago, el juez político advertía que, por haber fiestas en Ibagué, no se esperarían peones por algún tiempo y que convenía enviar un propio con carta especificando cuántos hombres y bestias se necesitaban. El camino se mantenía aceptable durante tres cuartos de legua; luego se volvía tan cenagoso que había que apearse y vadear charcos con botas altas y grandes espuelas, para regocijo de los peones.}

Cuatro días de buen andar se empleaban en atravesar el tramo conocido como La Trucha, región anegadiza y cenagosa. Superada, se pisaba por fin terreno firme. En Ibagué había entre trescientos y cuatrocientos hombres que vivían exclusivamente de cargar personas y fardos por las montañas, en sillas a la espalda: los cargueros.

El camino cruzaba el río Quindío, que corre hacia el sur y desemboca en el río de La Vieja, y más adelante el río San Juan, que tuerce al sureste para desembocar en el Magdalena. En trayectos de hasta dos leguas continuas, la senda se convertía en un túnel oscurísimo de tres o cuatro pies de anchura, con vegetación tupida a lado y lado. Había que avanzar alerta para no herirse con picos de roca, con las lancetas espinosas de las guaduas o con la ramazón de árboles caídos. Cuando dos partidas se encontraban de frente, los peones disputaban cuál debía retroceder, sobre todo si llevaban bueyes o recuas de mulas. El buey, más fuerte que la mula, cargaba de ocho a diez arrobas de sal en fardos pequeños colocados a los lados del anca para pasar por los desfiladeros y podía salir avante en lodazales donde una mula quedaría anegada sin remedio.

La noche era cada vez más fría y las cobijas se hacían imprescindibles bajo la tienda. Se veían bandadas de pavos silvestres, huellas frescas de tigre y de oso negro y, ya en la cumbre, rastros de danta —el tapir de páramo, de pezuña hendida, piel leonada oscura, muy veloz y mayor que un asno—, animal de altura al que rara vez logran acercarse los cazadores. Los silleros traían resina ambarina de olor agradable del árbol llamado patilla, usada como incienso. Cerca de Ibagué se habían encontrado depósitos de mercurio y, al borde del camino, dos fuentes ferruginosas —una hirviendo, otra apenas tibia— con azufre esparcido alrededor, mariposas de color carmelita oscuro con manchas rojas brillantes y bandadas de micos que se asomaban con curiosidad haciendo muecas.}

Hacia las dos de la tarde se llegaba a un tambo, ramada o cobertizo para viajantes, mensaje humilde de la civilización en medio del descenso hacia los llanos de Ibagué, ya con ambiente más tibio.

Proyección: lo que fue odisea de nueve días es hoy tránsito de tres horas. Los túneles de vegetación fueron reemplazados por el Túnel de La Línea; los lodazales de La Trucha, por viaductos; los bueyes salineros, por tractomulas; y los tambos, por paradores. Pero en la toponimia y en la memoria de los arrieros del Quindío perviven los cargueros, los silleros y aquel estrecho sendero en espiral que enseñó al país que la Cordillera Central no se rodea, se atraviesa.

IBAGUÉ, PUERTA DEL ORIENTE.




Tras una extensa plantación de maíz se llegaba a Morales, rancho solitario a ocho leguas españolas de Ibagué. Allí las alpargatas se gastaban y los talones quedaban desollados. El descenso final es sumamente pendiente y casi imposible para las mulas en estación lluviosa.

Ibagué recibía al viajero en un antiguo convento franciscano, entonces destinado a escuela pública. Su clima era muy agradable, con una temperatura media de 74 grados al mediodía. El juez político, señor Ortega, hermano del gobernador de Popayán, proveía lo necesario. Allí se liquidaba a los peones, con propina de veinte pesos si el comportamiento había sido inobjetable.

Ibagué era tierra de temblores. El cronista despertó una noche sintiendo que la cama se movía como una zaranda y los muebles se estremecían. Muchos habitantes pasaban la noche en la calle. Durante los dos meses anteriores se habían sentido temblores frecuentes, atribuidos a un tiempo inusitadamente bochornoso sin lluvia que había arrasado sementeras. En la cordillera, no muy lejos, estaban las bocas de monte o cráteres que los habitantes cuidaban de mantener destapados como medida preventiva contra los sismos. En Honda, capital de Mariquita, unida a la ciudad por un largo y elevado puente sobre el río Gualí, las clases acomodadas se habían refugiado en chozas improvisadas en las montañas circunvecinas.

Fue en ese convento donde el gobierno quiso fundar un colegio central, por su situación equidistante, salubridad y abundancia de víveres, para jóvenes del Valle del Cauca, Mariquita, Chocó y Antioquia, siguiendo el plan de estudios de Bogotá. Obra impulsada por el vicepresidente Santander y su ministro del Interior, Restrepo, para extender la enseñanza a todas las clases sociales.

Así, la Cordillera Central no es solo una mole geológica entre Chocó y Amazonía. Es un corredor histórico: camino de capitanes y cargueros, de bueyes salineros y de viajeros que midieron su resistencia en páramos de 13.000 pies, entre el barro de La Trucha y el frío de la cumbre, para unir —a pie, a lomo de mula y a hombros humanos— los dos grandes valles de Colombia. Hoy, en ese mismo eje, se asienta Armenia —fundada en 1889 por colonos antioqueños que cruzaron el Quindío— capital de un departamento que nació del camino.

 

Por: Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

 

Fuentes: Peña, Heliodoro. Geografía e Historia de la Provincia del Quindío. 1892.

Acosta, Joaquín. Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva Granada. 1848.

John Potter Hamilton. VIAJES POR El INTERIOR DE LAS PROVINCIAS DE COLOMBIA POR El CORONEL J. P. HAMILTON, RECIENTE JEFE COMISARIO DE SU MAJESTAD BRITANICA ANTE LA REPUBUCA DE COLOMBIA EN DOS TOMOS. LONDRES. JOHN MURRAY, ALBEMARLE STREET, MDCCCXXVII

Belver, José. Artículos publicados en el *Papel Periódico Ilustrado* de Bogotá, 1881 y 1885.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

LA CONQUISTA DE LOS PIJAOS.

 

LA CONQUISTA DE LOS PIJAOS.



Pijaos: los de Combaima -Valle de las Lanzas-, Metaima, Ibagué, Anaima, Matagaima, Toche y Tocina.

LAS JORNADAS DEL CAPITÁN ANDRÉS LÓPEZ DE GALARZA.





Motivación: abrir el camino entre las Gobernaciones de Santafé y Popayán.

Después de fundada la Real Audiencia y Cancillería del Nuevo Reino de Granada en abril de 1550, siendo oidores los licenciados Góngora y Galarza, la primera comisión que se dio para poblar fue para el Capitán Andrés López de Galarza, que antes había sido Contador de la Real Hacienda en Santafé.

Entre Tocaima, del Nuevo Reino, y Cartago, de la Gobernación de Popayán, había varias poblaciones de indios muy belicosos que impedían el paso directo entre una y otra gobernación. Por su causa, los viandantes y el comercio tenían que hacer un rodeo larguísimo y peligroso por Neiva y Timaná, cruzando un páramo despoblado, frío y mortal, donde se helaban y perecían muchas personas.

Para remediarlo, los vecinos de Santafé y Tocaima pidieron a la Audiencia que se pacificaran los Valles de las Lanzas y de Choa, y a todos los naturales comarcanos entre Cartago e Ibagué, y que se poblase un pueblo que asegurase el camino real. Alegaban tres razones: se abriría el comercio, los naturales serían doctrinados y puestos bajo la Corona y la Iglesia, y la tierra mostraba, según decían, grandes indicios de minas de oro y plata.

A los Oidores les pareció justa la petición. Informados de la braveza y crueldad de los indios del Valle de las Lanzas, que vivían en guerras continuas unos contra otros, nombraron a Galarza como Capitán y Justicia Mayor. Le dieron una facultad que ya no se acostumbraba: poder juntar gente de a pie y de a caballo y encomendar los indios que pacificase a los soldados de la jornada.

El ejército y sus métodos,

Galarza aceptó y en pocos días juntó 93 españoles al otro lado del Río Grande, en el paso de la canoa de Montero. 40 iban a caballo y el resto eran peones, todos bien aderezados con armas de hierro y de algodón, según la usanza de Indias. La reseña la hizo ante Juan de Avellaneda, Alcalde de Santafé, quien debía verificar que nadie fuera forzado.

Llevó consigo al sacerdote Francisco González Candis con todo lo necesario para decir misa. Un día después de San Juan de junio de 1550, partieron en buen orden hacia el Valle de las Lanzas. Llegaron a principios de julio.

Galarza era hombre de buena habilidad, cortesano y bien hablado. Antes de entrar en combate, publicó unas ordenanzas muy rigurosas: prohibió bajo grave castigo los pecados públicos, las blasfemias y los juramentos; prohibió que los soldados, por avaricia, robasen haciendas y comidas a los naturales; y mandó conservar en paz a todos los indios que diesen la paz, sin hacerles agravio en sus personas, hijos ni mujeres. Nombró por sus tenientes a los capitanes Francisco de Prado, vecino de Tocaima, y Juan Bretón, vecino de Timaná.

La entrada a Combaima y Metaima.

Los españoles se alojaron en el Valle de las Lanzas, al que sus propios moradores llamaban Combaima. Gracias al buen tratamiento, todos los indios de aquel valle dieron la paz y les proveyeron de comida. Galarza evitó entrar en sus pueblos para no dar ocasión a que soldados e indios ladinos de servicio les hicieran daño y se rebelasen.

Guiado por indios de Combaima, tomó la vía de Metaima, a tres leguas de distancia. Los de Metaima, avisados por sus espías, intentaron impedir el paso derribando todos los árboles de un arcabuco de dos leguas para que no pasaran los caballos. Fue inútil, porque los españoles llevaban hachas y machetes y Lope de Salcedo abrió un camino nuevo.

Viendo frustrado su ardid, los principales de Metaima, llamados Ibone y Otopne, salieron con sus mujeres e hijos cargados de maíz, turmas, ñames, apios, guayabas y otras frutas. Los aposentaron en sus caneyes. Aguado describe los caneyes: casas de vara en tierra, no muy anchas, de 70 a 100 pasos de largo, cubiertas de palmicha o paja, donde vivía toda una parentela de 50 personas o más.

Galarza les habló por medio de intérpretes de la fe católica y del Rey de Castilla, a quien los indios llamaban en su lengua Xe Amima, y les pidió guías. Los indios se alegraron más de esto último que de lo demás, pues temían el gasto de sustentar a los españoles. Aun así, Galarza se detuvo tres días.

El río Tolima y la batalla del cacique Laembiteme.

Salidos de Metaima, dieron con el río Tolima. Tolima, en lengua de la tierra, quiere decir nieve, porque baja del nevado de Cartago y sus aguas son de deshielo. Lo hallaron muy crecido y sin vado, porque los indios de Ibagué habían destruido los puentes. Los españoles hicieron puente con los caballos y pasaron gente y bagaje.

Al otro lado, en la junta de los ríos que bajan de Anaima y Matagaima, había una meseta llana de media legua donde el cacique Laembiteme tenía gran parte de su población y más de dos mil indios de guerra esperando en el único paso por donde podían subir los caballos.

 

Los Pijaos tocaron fotutos y cornetas hechas de canillas de indios muertos, dieron grandes alaridos e hicieron ademán de arrojar sus armas. Antes de pelear, amonestaron a los españoles por medio de intérpretes: que se devolvieran si no querían ser sepultados en sus vientres.

Los capitanes quisieron arremeter, pero Galarza los contuvo y, como era su costumbre, les hizo requerimiento de paz: que no venía a hacerles guerra, sino a darles a conocer al Dios verdadero y a pedir obediencia al Rey. Se detuvieron parlamentando hasta la puesta del sol. Finalmente, los indios abandonaron el paso y dejaron subir a los españoles sin pelea, los aposentaron en sus propias casas y esa misma noche se ausentaron con mujeres e hijos.

El Valle de Anaima: armas, emboscadas y fingimiento.

En pocos días, Galarza atrajo de paz a los valles comarcanos: Matagaima, que tenía dos leguas y media de largo, y Anaima, de cuatro leguas, todo lo raso poblado.

Las armas pijao:

Lanzas de 25 a 30 palmos hechas de guadua hendida, con puntas de palma negra muy recia; escudos o protecciones de cuero de danta seco, muy ligero, que colgaban del cuello y ponían adelante al pelear y a la espalda al huir; dardos arrojadizos de un palmo, macanas agudas a manera de montantes de palma negra, hondas con las que tiraban piedras del tamaño de un huevo, y hachas de cobre.

Eran tan diestros, dice Aguado, que cualquier natural no rehusaba esperar uno por uno a cualquier español a pie quedo, y si en armas tuvieran igualdad, hasta hoy estuvieran por conquistar.

Los de Anaima dieron muestras de paz y luego traicionaron. Cuando Lope de Salcedo entró con pocos soldados a reconocer el camino, sin caballos ni arcabuces, lo cercaron en gran número - quince o veinte indios por cada español - y lo pusieron en grave aprieto, peleando día y noche. Avisado Galarza por indios amigos, envió socorro y juntos los desbarataron.

Para la batalla definitiva, los de Anaima prepararon una trampa en un llano a la orilla de una quebrada: abrieron una gran cantidad de hoyos de dos estados de hondo, llenos de estacas de palma con las puntas hacia arriba, cubiertos con varas, paja y tierra. Cada hoyo podía caber dos hombres a caballo. Se apostaron junto a ellos para provocar la arremetida española.

Galarza, fiel a su costumbre, se detuvo antes de la quebrada a requerirles la paz. Los indios, creyendo que era temor, abandonaron el puesto y huyeron entre los hoyos. Los españoles los siguieron con pereza, por no derramar sangre. Solo Juan Ortiz de Zárate, vizcaíno, queriendo señalarse, se adelantó a caballo con furia y cayó con su caballo dentro del hoyo sobre los indios que habían caído primero. Como los cuerpos de los indios ocuparon las estacas, Ortiz y su caballo salieron sanos y salvos, y así se descubrió la celada.

Durante más de veinte días corrieron el valle. Los indios ya no osaron pelear en llano; se ponían en los altos a dar gritos y a echar a rodar peñas de diez, quince y veinte quintales, movidas con palancas, sin que por fortuna hicieran daño.

 

En ese tiempo ocurrió el caso del soldado extranjero Nicardo, que, codicioso de oro, envió a su indio ladino a decir a los naturales que el Capitán exigía oro so pena de guerra. Así les sacaba chagualas de oro fino. Fue descubierto una noche cuando el ladino entró con un principal al real, las velas dieron alarma y se supo el engaño. Galarza fingió querer castigar a Nicardo e incitó a los soldados a rogar por él para poner escarmiento, pero al ladino lo azotaron públicamente y le cortaron el cabello.

Finalmente, muchos valles dieron la paz de todo punto, entre ellos el cacique más principal, Bombo. Galarza le preguntó si del otro lado de la cordillera central, entre el Magdalena y el Cauca, había poblazones y españoles. Le dijeron que sí había mucha gente, que después se supo eran Bugalagrande, donde pobló el capitán Alonso de Fuenmayor, y los Gorrones que sirven a Cali. Envió soldados a la sierra a mirar los humos y vieron pocas casas, creyendo estar cerca de Cali. Por eso acordó no seguir hacia el Cauca y volverse hacia Ibagué.

Fundación de Ibagué y entrada a Toche.

En el camino a Ibagué tuvo algunas guazábaras sin daño. Se alojó en el mejor sitio del valle y allí, en 1550, haciendo las ceremonias acostumbradas, fundó y asentó la ciudad de Ibagué, poniéndole el nombre de la provincia.

De allí salió al descubrimiento de Toche, donde halló abundancia de comida. Envió a dos soldados, Nicardo y Hoyos, a reconocer una sierra cercana. Por codicia se desviaron a ranchar oro en unas poblazones de Toche. Los indios los mataron miserablemente y, como era costumbre pijao, les desollaron los rostros para usarlos como máscaras en sus bailes y borracheras.

Galarza envió un caudillo a buscarlos. Halló los cuerpos puestos como blanco de flechas, con los rostros desollados, en una placeta entre bohíos. Los enterraron en una montañuela. Galarza regresó a Ibagué a pertrecharse, volvió a Toche, requirió la paz y, al negársela, los desbarató con los caballos. De más de quinientos indios que vinieron a la guazábara, no volvió la décima parte. Luego pacificó Tocina, junto al morro nevado, y regresó a Ibagué, donde repartió y encomendó los indios entre sus soldados según sus méritos.

La gran rebelión pijao de 1550 y el cerco de 40 días.

Repartidos los indios, los encomenderos quisieron servirse de ellos, llamándolos a hacer casas y labranzas y pidiéndoles oro e hijos e hijas para servicio, a veces dándoles palos y azotes. Los indios, muy agraviados, sobre todo cuando les tomaban a sus hijas, trataron entre sí que era mejor morir que sufrir tales afrentas.

Se concertaron todas las provincias comarcas e hicieron primero una borrachera general -porque creen, dice Aguado, que borracho el indio tiene mayores bríos-. Juntos, más de ocho mil indios, dieron sobre Ibagué en 1550.

Aunque los españoles fueron avisados y se pusieron en armas, no pudieron desbaratarlos. Los tuvieron cercados por cuarenta días, sin dejarlos salir por comida ni por agua, dándoles cada día crueles guazábaras.

 

Viendo que aumentaba la multitud y que desfallecían de hambre, Galarza envió a dos indios en tiempos diferentes con cartas a la Real Audiencia de Santafé pidiendo socorro con la mayor brevedad, si no querían que fuesen todos muertos y consumidos.

Al ver que el socorro tardaba y que las municiones se acababan, acordaron salir todos juntos a morir o vencer. Arremetieron por una cuchilla arriba donde estaba la mayor parte de los indios. Los bárbaros arrojaron tantas galgas y piedras que tuvieron que rodear por una ladera con algunos arcabuceros delante. Era tanta la muchedumbre en la cuchilla, que unos por defender la subida y otros por huir, se atropellaron y se arrojaban cuchilla abajo, donde eran recibidos con las puntas de las espadas. Otros se fueron al pueblo y quemaron las casas que habían hecho para los españoles.

Ganada la cuchilla con mucho daño a los indios, los españoles se volvieron al pueblo a descansar y ya trataban de despoblar, creyendo muertos a los mensajeros.

Al día siguiente llegó, enviado por la Audiencia, el socorro del Capitán Salinas y Domingo Lozano con más gente. Juntos pacificaron y allanaron todas aquellas provincias y las dejaron muy de paz y en servidumbre.

Estas dos rebeliones -la de Toche y esta- fueron causa de que de ocho mil indios que había en las provincias de Ibagué quedasen tan pocos, que, aunque después se hallaron minas de oro y plata, los vecinos no tuvieron gente con qué labrarlas. Añade que cinco o seis años después se tornarían a rebelar junto con los Panches y los de Mariquita.

Describe a los pijaos de Ibagué como grandes comedores de carne humana, con poco algodón para mantas, las mujeres muy feas con bonetes de cuero de venado que les recoge el cabello, sin caciques supremos sino mandados por principales a quienes obedecen cuando quieren. Y que el sitio donde está asentada Ibagué es del mejor y más suave temple que hay en aquellas partes, ni cálido ni frío.

 

> Fuente: Fray Pedro de Aguado, Recopilación Historial, Libro VII, Caps. I-V.

 

lunes, 21 de septiembre de 2026

LA HISTÓRICA CONQUISTA DE LA PROVINCIA DE TOCHE EN LAS MONTAÑAS DEL QUINDÍO (1550-1632).



LA HISTÓRICA CONQUISTA DE LA PROVINCIA DE TOCHE EN LAS MONTAÑAS DEL QUINDÍO (1550-1632).

Por: Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

Este escrito reúne dos episodios clave de la historia colonial de la denominada cordillera del Quindío, hoy cordillera Central, separados por 82 años, pero unidos por el mismo territorio: la Provincia de Toche. Ambos muestran la transformación de Toche, de reducto indígena resistente a camino estratégico y a emporio minero de la Corona.

LA CONQUISTA DE LA PROVINCIA DE TOCHE (1550).

En el marco de la expansión del Nuevo Reino de Granada, la Real Audiencia de Santafé comisionó al capitán Andrés López de Galarza para explorar la cordillera denominada Quindío y fundar una villa que sirviera de puente entre Santafé y la Gobernación de Popayán. El 14 de octubre de 1550 fundó Ibagué.

Desde la nueva villa, Galarza buscó asegurar el paso hacia Cartago. El cacique Bombo le informó de la existencia de un antiguo camino indígena que cruzaba la cordillera. Para reconocerlo, Galarza envió a dos soldados, Ricardo y Hoyos, hacia la sierra donde se asentaban los toches.

Los emisarios se apartaron del itinerario ordenado, movidos por la codicia de oro. Al internarse en las poblazones del valle de Toche fueron descubiertos. Según Fray Pedro de Aguado en su Recopilación Historial, Primera Parte, Capítulo III, 7, los indígenas los mataron y, siguiendo su costumbre ritual, les desollaron los rostros para convertir la piel en máscaras para sus bailes y borracheras.

“Fueron de los indios muertos miserablemente y desollados los rostros, lo cual acostumbran hacer estos indios con los enemigos que matan, para traerlos por máscaras en sus bailes y borracheras." - Aguado

Galarza aguardó su regreso. Al notar su demora, envió un oficial con soldados a buscarlos. Hallaron los cuerpos acribillados con flechas, expuestos como blanco, y con los rostros desollados, en una placeta entre bohíos. Los enterraron en una colina cercana y dieron aviso.

Indignado, Galarza regresó a Ibagué, reunió todas sus tropas, armas y municiones y volvió a Toche. Los indígenas, avisados por sus espías, lo esperaron en armas. Galarza, con indigenas intérpretes, les ofreció la paz y les prometió no hacerles daño si deponían las armas. Ante el rechazo y el intento de cerco, atacó por el punto más fortificado, donde podía usar la caballería.

En el enfrentamiento bélico murieron más de 400 indígenas toches. De más de 500 que entraron en combate, no volvió a sus casas ni la décima parte. Pacificada Toche, Galarza avanzó a la provincia vecina de Tocina, ubicada a un costado del Nevado del Tolima, y también la sometió. De regreso en Ibagué repartió los indígenas en encomienda entre sus soldados.

La provincia quedó sometida y su territorio se convirtió en punto estratégico. Tres años después, en 1553, el capitán Melchor de Valdés, enviado para auxiliar a Galarza frente a la resistencia pijao, halló el sendero ancestral que los nativos usaban para franquear la cordillera. Lo amplió y lo hizo transitable para bestias de carga. El nuevo Camino del Quindío acortó en veinte días la ruta entre Santafé y Popayán y sustituyó al peligrosísimo páramo de Guanacas y al paso de Herveo.

Desde entonces y por tres siglos, el itinerario quedó fijado: Ibagué - Toche - Boquerón del Páramo (3.390 m.s.n.m.) - Salento - Cartago. Era la única sutura posible entre el altiplano y el valle del Cauca.

“En todas las jornadas hay tambos de españoles, donde hacen noche los que por él caminan, y andan sin riesgo alguno." Relación de 1553.

DESCUBRIMIENTO DE MINAS DE ORO Y PLATA EN LAS MONTAÑAS DE TOCHE (1632).



Ocho décadas después, Toche vuelve a la historia no como campo de batalla, sino como promesa de riqueza.

En noviembre de 1632, el capitán Francisco Fernández de Palencia, vecino de Santafé, atraído por rumores de vetas en la cordillera, organizó tres entradas sucesivas a las montañas del Quindío. Durante más de cuatro meses sostuvo la empresa íntegramente con su propia hacienda: alimentó a españoles, esclavos e indios guías, proveyó cabalgaduras, herramientas, armas y municiones y pagó generosas recompensas a los baquianos. Nadie más aportó un solo real.

El camino fue áspero y peligroso, entre páramos y el temor a los pijaos rebeldes que aún se ocultaban en la zona.

La fortuna le sonrió. En lo alto de la sierra halló vetas de plata de notable ley. Con muestras del mineral descendió a Ibagué, donde él y peritos ensayaron el metal: aun en superficie, cada quintal rendía más de dos marcos de plata.

Registró las minas ante el alcalde ordinario de Ibagué, fijó las estacas de demarcación y obtuvo el plazo legal de un año para elegir una mina principal y otra secundaria y ponerlas en labor.

Provisto del registro, regresó a Santafé para informar al gobernador y capitán general del Nuevo Reino. Llevó piedras como prueba palpable y manifestó su voluntad de volver, poblar el sitio y proseguir la búsqueda de yacimientos más ricos, dispuesto a invertir toda su hacienda.

En su petición solicitó dos mercedes esenciales para la época: la confirmación del registro y la concesión de las aguas de la quebrada de Toche -desde su nacimiento hasta su desembocadura en el río San Juan- junto con los asientos necesarios para instalar los ingenios de molienda y beneficio del metal.

DE TERRITORIO A EJE DE LA COLONIZACIÓN

1. Como corredor. La fundación de Ibagué y la pacificación de Toche marcaron el inicio de la colonización de la vertiente oriental de la cordillera. Toche se volvió tambo, presidio y punto de control del Camino Nacional, oficializado luego por el presidente Pedro Alcántara Herrán en 1841-1845.

2. Como riqueza. De haber sido tierra de guaduas y de guerra, pasó a ser tierra de minas. El hallazgo de 1632 reactivó el interés de la Corona en una zona que los vecinos de Ibagué habían abandonado por falta de indios para labrar las minas tras las rebeliones de 1550 y 1556.

Por allí pasó todo el que contó para la nación: los ejércitos de la Independencia, Alexander von Humboldt, que describió la palma de cera, y Jean-Baptiste Boussingault, quien en mayo de 1827 recorrió en 8 jornadas el trayecto Ibagué-Cartago que hoy conocemos con precisión gracias a su diario: Ibagué (1.282 m) - Las Amarillas - Guayabal - La Palmilla - Cara de Perro (2.591 m) - Tapias - El Moral - Buenavista - Chachafruto - Aguacaliente - Volcán Machín (2.453 m) - Toche - Sepultura (2.620 m) - Tochecito - Boquerón del Páramo (3.390 m) - Mataficua - Cruzgorda (hoy Salento) - Boquía - Filandia - Cartago.

Fuentes:

Aguado, Fray Pedro de. *Recopilación Historial. Primera Parte. Capítulos III y V. Año de 1550.

Gaceta de la Nueva Granada. Núm. 26. Trimestre 4º. Bogotá, 29 de marzo de 1832. Registro de minas de Francisco Fernández de Palencia.

Gaceta de la Nueva Granada. Núm. 618. 7 de mayo de 1843. Informe del gobernador Pastor Ospina Rodríguez sobre Toche y el Camino del Quindío.

Boussingault, Jean-Baptiste. Memorias. Tomo II. Viajes por el Camino del Quindío, mayo de 1827 y enero de 1830. Ed. Colcultura.

martes, 15 de septiembre de 2026

CRÓNICA HISTÓRICA DEL CAMINO DEL QUINDÍO - A PARTIR DEL INFORME DEL INGENIERO JORGE BRISSON.






























CRÓNICA HISTÓRICA DEL CAMINO DEL QUINDÍO - A PARTIR DEL INFORME DEL INGENIERO JORGE BRISSON.

IBAGUÉ, 25 DE ABRIL DE 1905.

Fuente: Boletín Militar de Colombia, Órgano del Ministerio de Guerra y del Ejército. Serie VI, Tomo 1, Año IX, No 22. Director: General Francisco J. Vergara y Velasco.

EL CAMINO PERMANECERÁ.

Para entender el Camino del Quindío hay que entender que nunca fue solo un camino. Como lo recuerda el propio Brisson citando al doctor Griseldino Carvajal en su informe de abril de 1904, es una vía de importancia capital para la República y no podrá nunca ser reemplazada por ninguna otra.

En 1905 se está construyendo, en paralelo, el Camino de Anaime al Zarzal. Brisson es tajante: será útil, pero será siempre una comunicación de intereses locales, porque sacrifica a Cartago, gran mercado de cacao, y no abarca nada del comercio antioqueño. El Quindío, en cambio, es el lazo entre Antioquia, el Cauca y el Tolima. Aun si algún día se prolonga el Ferrocarril del Cauca hasta el Magdalena, el Quindío seguirá siendo indispensable, comercial y estratégicamente.

Por eso, aunque los gobiernos lo descuidaron a ratos, nunca lo abandonaron del todo.

EL ANTECEDENTE: AFICIÓN A LA CACERÍA EN 1898.

La historia que cuenta Brisson no empieza en 1905. Empieza a fines de 1898.

Al regreso de una excursión por el río Anaime, el doctor Escobar, entonces Gobernador del Tolima y amigo personal de Brisson, le pide a él y a algunas personas notables de Ibagué que ensaye una variante del camino desde la capital misma hasta el puente sobre el río Toche.

Brisson lo dice sin rodeos: cuando se trata de una exploración en montaña no hay que rogarle mucho. Dos días después sale de la Hacienda del Tolima, Los Pastales, a pie, con su escopeta, cuatro peones y víveres para ocho días. Pasa una semana exquisita cazando y abriendo trocha, cae al Toche con un desnivel muy satisfactorio y con una economía de legua y media, regresa a Ibagué, remite plano e informe, recibe felicitaciones y se vuelve para Bogotá. Esa trocha es el antecedente inmediato de la obra que inspeccionará siete años después.

EL INICIO DEL RECORRIDO: IBAGUÉ A TAPIAS.

El 19 de abril, por la madrugada, Brisson empieza a trepar la cordillera. A una hora de camino, unos 4 kilómetros de Ibagué, se le aparece la mole del Nevado del Tolima, reluciendo como un diamante bajo el sol limpio de la mañana. Lo nota con menos nieve que otras veces, con manchas negras de roca desnuda cerca de la cumbre.

Toda la parte baja, de Ibagué a Tapial, cuatro leguas, había sido compuesta a principios de 1904 por el Batallón Anzoátegui. Desde Tapias es donde empieza el trabajo de los Zapadores del Quindío. Cuando Brisson los visita, van, a saltos y con numerosas interrupciones, por Macanal, es decir, dos leguas y media abajo de La Línea, el Boquerón del Páramo. Eso es un trayecto total de 10 leguas desde Tapias.

 

En La Palmita se cruza con el Inspector de la vía, el General Pedro Sicard Briceño, compañero de armas, y con el coronel Estanislao Martínez, jefe del Cuerpo de Zapadores del Quindío. Vuelven con 100 hombres de una comisión en Pereira y van hacia Ibagué. En el almuerzo le dan las cifras.

HOMBRES, HAMBRE Y HERRAMIENTAS.

El 10 de febrero de 1905 principiaron los trabajos con 100 hombres. Desde el 5 de abril quedaron reducidos a 70.

Para Brisson la cuenta es clara: para refaccionar un camino de 136 kilómetros, algo más de 27 leguas de Ibagué a Cartago, 70 hombres son muy pocos. Se necesitan por lo menos 200.

Y esos 70 trabajan en condiciones precarias:

Salud: excelente a pesar de todo. Solo 7 enfermos desde febrero y ninguna defunción, aunque el Batallón no posee ni un frasco de medicina y el médico no ha visitado la tropa ni una sola vez.

Techo: unos pocos toldos viejos y podridos que se usaron durante la última campaña. Necesitan por lo menos 24. En el Quindío es más grave que en Honda, dice Brisson, porque hay mucho menos casas y el clima es más riguroso.

Víveres: el servicio ha sido a menudo muy defectuoso por falta de recursos.

Herramienta: malísima e insuficiente, examinada por él mismo. Unas viejas sacadas del Parque de Ibagué, y unas pocas barras que se doblan como alambre, hachas que no son Collins, calabozos y serruchos mandados de Bogotá. Apenas han podido organizar una pequeña fragua portátil. No hay parihuelas, ni garlanchas, ni picas, ni azadones, ni taladros.

Brisson deja una máxima de ingeniero: la buena herramienta es asunto de primer orden después de la alimentación. Un hombre trabaja más a gusto y con menos esfuerzo cuando tiene en la mano un instrumento adecuado.

En Tapias empieza lo que sí se ve: rocería de las orillas, ensanche de la vía, desagües a veces un poco superficiales y escarpes o taludes. Brisson advierte que los taludes no deben ser muy parados si están en tierras deleznables o arenosas. Si están cortados en roca, pueden ir a pico, porque no hay derrumbes que temer.

De El Moral hasta el Alto de San Juan, todo el trayecto de Machín, no ve composición importante, pero tampoco hay malos pasos. En cambio, sí destaca que compusieron bien la antes malísima cuesta que baja del Alto de San Juan hasta el Río Toche.

LA CATÁSTROFE DEL RÍO TOCHE.

Aquí Brisson toca el punto más grave de todo el camino.

El río Toche se ha salido del lecho madre o primitivo y ha destruido por completo el camino en un trayecto de 4 a 5 cuadras. Amenaza además con derrumbar todo un cerro que obstruirá el tránsito y podrá ocasionar desgracias para los habitantes del pequeño caserío de Toche. Con el invierno a las puertas, el río atajará el paso a cada momento.

 

Su orden es perentoria y debe ejecutarse en verano, cuando el río está bajo. Si viene una creciente antes de terminar la obra, se destruye lo empezado. Propone trasladar a Toche a todos los zapadores del Batallón, porque el trabajo debe ser rápido y simultáneo.

LA TÉCNICA QUE DESCRIBE ES MINUCIOSA.

Unas dos cuadras abajo de la cabeza del nuevo brazo que se quiere cegar, empezarán a coger tonga o cuelga en el cauce antiguo y a trasladar las piedras para formar una muralla al sesgo, diagonalmente al principio del brazo, pero lo más paralelamente posible al lecho primitivo. Las piedras se sacan siempre del cauce viejo. Adelante de ese muro, y apoyado sobre él, una fuerte estacada, con palos plantados verticalmente a bastante profundidad. Luego un tejido muy fuerte con otros palos y ramas entrelazadas horizontalmente. Las estacas verticales por pares, a no más de 1 metro entre sí. Muralla y estacado de al menos 2 metros de elevación y 2 metros de espesor.

Luego seguir encauzando el río 200 metros arriba de la cabeza del brazo nuevo, sacando más piedras del lado derecho aguas abajo y botándolas a la izquierda. El trabajo se empieza por abajo, ejecutándolo aguas arriba.

Terminado eso, reconstruir el camino, pero ya no a ras de la vega, sino como camellón o viaducto, algo elevado, con palos y piedras grandes a los costados, y aun mejor, en calzada, todo empedrado.

El trabajo debe terminar una cuadra arriba de la casa nueva de madera de propiedad del señor Telésforo Agudelo. Calcula que con 200 hombres se puede llevar a cabo en dos semanas.

Y no olvida lo humano: las aguas del Toche son muy frías. Hay que dividir a los zapadores en cuadrillas y no dejarlos más de dos horas seguidas con los pies en el agua, relevarlos, y proveerse de medicinas de acuerdo con el médico.

DE YERBABUENA A LA LÍNEA: LO HECHO Y LO OLVIDADO.

Desde el Puente del Toche para arriba, hasta Yerbabuena y Aguasbonitas, los zapadores han ejecutado un buen trabajo de refección. Brisson, enemigo acérrimo de la tierra vegetal, de la greda y las arcillas en los caminos, hubiera querido más piedra menuda y cascajo. Su lema: piedra y cascajo, y más piedras y más cascajo, y arena encima. De las piedras sale uno siempre, mientras que en el barro se entierra hasta las orejas. Por fortuna, dice, los terrenos del Quindío son en general arenosos, de conglomerado silíceo, excelente piso. Lo que lo daña es el exceso de pendiente y la falta de desagües bien combinados.

Después de Aguasbonitas, el vacío: nada se ha tocado en Cruces, Gallegos, Tochecito, La Ceja, hasta Volcancitos, como dos leguas y media, a pesar de muy malos pasos.

En Volcancitos vuelven a empezar las refecciones, siguen en La Bolsa y cerca de La Línea hasta Laguneta, donde termina lo hecho hasta ese día. Brisson pensaba encontrar la fuerza en La Bolsa, pero se marchó a Macanal, a tres leguas del otro lado de La Línea, donde sigue sin demora.

Atraviesa La Raya o La Línea divisoria de las aguas, límite entre el Tolima y el Cauca, a 3.485 metros sobre el nivel del mar. El camino ha sido compuesto después de La Bolsa en varios trechos y bastante bien, pero le falta piedra, aunque cerca hay rocas de donde extraer, y queda el piso muy liso y expuesto a empaparse en invierno. Y es en invierno en lo que hay que pensar siempre que se construye un camino en países intertropicales, porque en verano todo anda bien.

Critica duramente los desagües transversales, las cunetas. Las han cavado en forma de zanja vertical de 20 a 30 centímetros y han colocado en la superficie un palo delgado sostenido con dos estacas en las extremidades. La bestia, al poner el casco en el borde, hunde la tierra debajo del palo y la cuneta se transforma en trampa para los remos de los animales. Deben ser enteramente en maderos o empedrados de ambos lados y hasta el fondo mismo, y cuando se usan palos, que toquen el fondo.

En Macanal encuentra al Batallón construyendo sus ranchos. Deja al Mayor Castillo, jefe de la fuerza en ausencia del coronel Martínez, copia de las instrucciones del Toche, ad referéndum, para que sirvan al General Sicard después de aprobadas por el Ministerio.

LA LADERA OCCIDENTAL DEL QUINDÍO.

Una legua más abajo está Salento, centro bastante provisto de recursos y donde empieza un hermoso y suave declive hasta el Cauca, del cual sacan las magníficas partidas de ganado gordo que llevan para el norte del Tolima.

Brisson hace aquí su observación más humana y geográfica: las faldas occidentales del Quindío son mucho menos recias que las orientales. Del lado del Cauca hay también más habitantes, casas más confortables y mayores cultivos, mientras que del lado del Tolima no se ven sino sombríos riscos y breñas, y de vez en cuando algún miserable rancho desprovisto de todo. Parece que la naturaleza se ha esforzado en acumular de este lado todas las tristezas, dificultades y pobrezas, en tanto que por el otro se ha mostrado más benigna y risueña.

DISTANCIAS DE IBAGUÉ A CARTAGO SEGÚN BRISSON.

 

De Ibagué a Tapias: 4 leguas, 20 km

De Tapias a Toche: 3 leguas, 15 km

De Toche a Yerbabuena: 1 legua, 5 km

De Yerbabuena a Gallegos: 1 legua, 5 km

De Gallegos a Tochecito: 1 legua, 5 km

De Tochecito a La Bolsa: 1 legua, 5 km

De La Bolsa a Magaña: 1 legua, 5 km

De Magaña a Rancho Parado: 1 legua, 5 km

De Rancho Parado a Macanal: 1 legua, 5 km

De Macanal a Salento: 1 legua, 5 km

 

Total Ibagué a Salento: 15 leguas, 82,5 km.

De Salento a Cartago: 12 leguas y 1 kilómetro.

Total Ibagué a Cartago: 136 kilómetros, 27 leguas y 1 kilómetro.

Esa es, en leguas, en piedra y en penurias, la historia viva del Camino del Quindío en 1905. Un camino que Brisson midió con escopeta y con nivel, que los zapadores abrieron a fuerza de barra doblada y de pies fríos en el Toche, y que seguía siendo, contra todo proyecto nuevo, el único lazo real entre tres mundos que hoy son el corazón de Colombia.

Ese informe de Brisson de 1905 es justo la pieza militar que le faltaba a lo que tú ya vienes contando en **caminodelquindio.blogspot.com**.

 

### 2. Lo que el Informe Brisson aporta nuevo para tu entrada

 

Por Decreto 190 de 1896 se crea un Cuerpo de Zapadores denominado Batallón Palacé número 23 y se destina a la composición de la vía del Quindío, porque la vía, desde el punto de vista comercial y político, reviste especial importancia y debe mantenerse expedita. Y en mayo de 1905, un mes después del informe, el gobierno decreta sobresueldo del 10% para Oficiales Zapadores, jefes, Habilitados, Médicos, Ingenieros e Inspectores de esos trabajos. Hay una política de Estado detrás.

 

 

 

 

 

Por: Alvaro Hernando Camargo Bonilla.