VISIÓN
DE CÉSAR HINCAPIÉ SILVA, DE LA CONCESIÓN DE BURILA.
La
Lucha por la Tierra con Burila: Una Crónica de Papeles Viejos y Voluntades
Férreas.
En los
anales de la colonización del Quindío, la "Empresa Burila" emerge no
solo como un latifundio gigantesco, sino como un símbolo de la contienda eterna
entre el papel y la labor, entre la herencia colonial y la voluntad indómita de
los colonos. Para un jurista con la agudeza de César Hincapié Silva, esta
historia no es solo un relato de tierras, sino un complejo entramado de
derechos, despojos y la tenacidad de aquellos que labraron su propio destino.
EL
ORIGEN DE UN GIGANTE DE PAPEL.
El
inicio de esta saga se remonta a la Colonia, a cédulas reales de 1641 y a la
acumulación de bienes de mayorazgos que, por capricho del tiempo y la desidia
de sus dueños, pasaron de mano, en mano.
El
Capitán Juan Jacinto Palomino y su hermano se hicieron a predios privilegiados
que se extendían desde Bugalagrande en el Valle hasta la cordillera Central,
cubriendo la mitad meridional del Quindío. Una franja inmensa, estimada en más
de 130 mil hectáreas, que con el tiempo caería en manos de la influyente
familia Caicedo de Cali, y posteriormente, sería controlada por la sociedad
Burila, conformada por familias del Valle y Manizales.
Este
vasto dominio, sin embargo, era más una posesión de pergaminos que de presencia
real. El abandono de estas tierras abrió la puerta a un fenómeno imparable: las
colonizaciones en la “Hoya del Qundío”.
EL
TRABAJO, DUEÑO DE LA TIERRA: MÁS ALLÁ DEL PAPEL.
Los
colonos, movidos por el espíritu de aventura y la necesidad, se asentaron en
estas tierras. Establecieron, fondas poblados, y aldeas, sembraron y
transformaron el paisaje. Su credo era simple y poderoso: la posesión se gana
con el trabajo tenaz, demostrable en frutos y sudor, no en los "simples
papeles amarillos, archivados en Notarías y Juzgados de Cartago". Esta
frase, que resuena con la voz del pueblo, encapsula el conflicto central: la
concepción de la tierra como propiedad legal vs. la tierra como fruto del
esfuerzo.
Mientras
tanto, los intentos de inmigrantes extranjeros por acceder a estas tierras para
cultivos fueron mayormente ignorados por los "empresarios" de Burila,
quienes veían en la colonización una fuerza peligrosa y rebelde, renuente a
someterse a sus caprichos. Querían a los colonos en tierras áridas y malsanas,
no en las fértiles de la concesión Burila.
LA
BATALLA EL LEGADO DE LOS HÉROES ANÓNIMOS.
La
confrontación era inevitable. Desde 1890 y por varias décadas del siglo XX,
socios de Burila se enzarzaron en discusiones judiciales con los colonos. Para
comprender la magnitud de esta lucha, un abogado como Hincapié Silva nos
recordaría el marco legal de la época: las Leyes de Indias, la Cédula Real de
1589, las leyes colombianas como la Ley 57 de 1887 (Código Civil), la Ley 200
de 1936, las normas de la Reforma Agraria de 1961 y el Acuerdo de Chicoral. Un
laberinto jurídico que, a menudo, favorecía a los poseedores de títulos sobre
los labradores.
En
medio de esta pugna, surgieron figuras ejemplares. El reverendo Padre Ismael
Valencia Marín, desde el púlpito de Calarcá en 1908, intercedió ante el
gobernador de Caldas, don Alejandro Gutiérrez (también socio de Burila), para
que los colonos fueran declarados propietarios. Su voz, descrita por Alfonso
Valencia Zapata y Marco Palacios, fue un grito por la justicia.
Pero,
sin duda, la figura más destacada es la del abogado Cantarino Cardona. Este
"locuaz jurisperito", como se le describe, dio una batalla heroica a
principios del siglo XX. Enfrentó los intereses monopolistas de la Sociedad
Burila, logrando títulos de propiedad para sus modestos clientes, quienes a
duras penas podían pagarle. Su destino, marcado por la persecución y un final
en el leprocomio de San Juan de Dios (aunque algunos cronistas sugieren un
regreso triunfal al Quindío), subraya el riesgo y el sacrificio de aquellos que
se atrevían a desafiar al poder. Su memoria, tristemente, no fue reconocida por
las municipalidades que hoy prosperan en esas mismas tierras.
LA
RESOLUCIÓN DE UN CONFLICTO CENTENARIO.
El ministro
de Obras Públicas, Simón Araujo, en 1912, declaró las tierras de Burila como
propiedad privada, protegiendo a la sociedad. Sin embargo, la presión de los
"invasores" y la ineficacia de las autoridades para desalojarlos,
obligaron a la Empresa Burila a una venta directa de sus reservas.
El
punto de inflexión llegó con la Resolución No. 5 del 25 de febrero de 1930, del
Ministerio de Industrias. Esta decisión, tomada durante el gobierno de Miguel
Abadía Méndez, revocó la resolución anterior y abrió la puerta para que los
agricultores solicitaran la adjudicación de baldíos. Fue un reconocimiento
tácito a la labor de los colonos y un golpe al monopolio de Burila.
A
partir de 1930, aunque Burila ya había estado cediendo y vendiendo tierras, el
proceso de titulación se aceleró y su "importancia feudal" disminuyó.
Los accionistas, hacendados del Valle y Caldas, vieron reducir su interés
económico, prefiriendo convertirse en simples propietarios de grandes
haciendas. Con el auge de la caña y el café, la sociedad se fraccionó y la
estructura monopolística de otras épocas se desvaneció. El "mito de
Burila" se eclipsaba.
La
historia de Burila es, en una crónica de la resistencia humana frente a la
desigualdad, un testimonio de cómo la voluntad de trabajar la tierra puede, a
la larga, prevalecer sobre el poder del latifundio. Para un abogado con la
perspectiva de César Hincapié Silva, esta epopeya no es solo un hecho
histórico, sino una lección permanente sobre la importancia de la justicia
agraria, la defensa de los desposeídos y la eterna búsqueda de un equilibrio
entre la ley y el derecho natural de quienes construyen el progreso con sus
propias manos.
Fuentes:
Cesar
Himcapie Silva. Inmigrantes Extranjeros en el desarrollo del Quindío. Armenia 1995.
Alvaro
Restrepo Eusse. Historia de Antioquía. Medellin. Imprenta oficial. 1903. Pág.
220
DESDE
LA COLONIA: EL ORIGEN Y LA RESISTENCIA DEL HOSPITAL SAN JUAN DE DIOS DE BOGOTÁ.
La
historia de una institución tan emblemática como el Hospital San Juan de Dios
de Bogotá no es solo un recuento de fechas y edificaciones; es un tapiz tejido
con la fe visionaria de sus fundadores, la tenacidad ante las adversidades y la
inquebrantable vocación de servicio a los más vulnerables. Mucho antes de
consolidarse con su célebre nombre, este bastión de la medicina en la Nueva
Granada fue el modesto Hospital de San Pedro, cuya existencia se forjó en 1564,
a partir de la generosa donación del arzobispo Fray Juan de los Barrios.
Pero el
camino no fue sencillo. Entre los deseos piadosos y la cruda realidad colonial,
se interpusieron "obstáculos opuestos por numerosas personas",
intentos fallidos de otros benefactores, y litigios persistentes. Desde la
llegada de los monjes Hospitalarios con licencias reales que desataron feroces
disputas por el control, hasta las ingeniosas estrategias para asegurar rentas
a través de los diezmos y las constantes intromisiones de la Real Audiencia, el
naciente hospital se vio inmerso en un torbellino de papeleo, pleitos y
complejas gestiones financieras.
Este escrito
invita al lector a adentrarse en la fascinante crónica de un hospital que, con
el tiempo, se vio obligado a abandonar su primera sede por insostenible y a
trasladarse a un nuevo domicilio, gestado entre el fétido olor de un campo
santo y la amenaza de pestes. Será testigo de su evolución de un modesto
albergue de 17 camas a un referente de 600, de su transformación a
"Hospital de Jesús, María y José" para finalmente adoptar la
denominación de "Hospital de San Juan de Dios". Más allá de la
caridad, la institución se erigiría como epicentro de la enseñanza médica
gracias a figuras como Mutis e Isla, marcando el paso de una medicina
incipiente a una era de prácticas científicas.
Esta
crónica no solo narra la construcción física de un hospital, sino la
edificación de un espíritu resiliente que supo sortear reyes, frailes,
conflictos y epidemias. Es la historia de cómo, a través de los siglos, un
sueño de beneficencia se convirtió en un pilar fundamental de la salud y el
conocimiento en Bogotá, un legado que aún resuena en sus muros y en la memoria
colectiva.
El
Hospital San Juan de Dios de Bogotá nació con la fundación del Hospital de San
Pedro, que fue legalizada mediante una escritura pública el 21 de octubre de
1564.
El
documento protocolario de su existencia es la escritura pública del 21 de
octubre de 1564, en la que el arzobispo Fray Juan de los Barrios donó las casas
de su morada para que se estableciera el hospital. Esta escritura se realizó
ante los escribanos Diego Suárez, Hernando Arias y Lope de Rioja, y en
presencia del presidente Doctor Andrés Díaz Venero de Leyva y otros
dignatarios.
En 1595,
el Rey de las Españas Felipe II concedió la licencia a los monjes de la Orden
de Hospitalarios para fundar hospitales en el Nuevo Mundo. Luego, en 1603, Fray
Juan de Buenafuente llegó a Santafé de Bogotá con una Real Licencia expedida
por Felipe III para tomar posesión del hospital "San Pedro", que más
tarde se conocería como San Juan de Dios.
¡Claro!
La consolidación del Hospital de San Juan de Dios estuvo marcada por varias
disputas y manejos financieros, incluso desde sus inicios como Hospital de San
Pedro.
LOS
INTENTOS FALLIDOS DE FUNDACIÓN.
Antes de la donación de Fray Juan de los
Barrios, él mismo había intentado fundar un hospital en otros lugares, pero se
topó con dificultades opuestos por numerosas personas. El ermitaño Cristóbal Martín buscó apoyo
económico y licencias en Madrid y Roma para fundar hospitales en Santafé y
Tunja, pero tampoco lo consiguió.
LA
LEGALIZACIÓN Y EL PLEITO CON LOS HOSPITALARIOS:
Aunque el Hospital de San Pedro se fundó
legalmente en 1564, hubo un litigio importante en 1603. Fray Juan de
Buenafuente, de la Orden de Hospitalarios de San Juan de Dios, llegó con una
Real Licencia de Felipe III para tomar posesión del hospital en nombre de su
orden. Sin embargo, el arzobispo Lobo Guerrero, que era patrono del Hospital de
San Pedro, se opuso tozuda y enérgicamente a que los Hospitalarios tomaran el
control. Así que, aunque tenían licencia real, la consolidación bajo su nombre
no fue un camino de rosas.
EL
DILEMA DE LOS DIEZMOS Y LAS RENTAS.
En 1574, se descubrió que al Hospital de
Santafé le adeudaban una buena cantidad de dinero (3.053 pesos 3 tomines 10
granos de los diezmos que le correspondían. La Real Audiencia ordenó cobrar
esta cantidad y la invirtió en la compra de tiendas en la Plaza Mayor para
asegurar una renta para el hospital.
LA
CONTROVERSIA DE LAS LIMOSNAS REALES Y EL CONTROL DE LA REAL AUDIENCIA:
A pesar de que el hospital era una fundación
privada (con patronato del arzobispo y el cabildo catedralicio), y por eso se
le negaron otras "limosnas reales" al considerar que ya tenía
suficiente con las rentas de las tiendas, el Consejo de Indias no dejó de lado
el control. En 1575, ordenó al presidente Briceño que supervisara a los
mayordomos y administradores del hospital, cobrara cualquier alcance y tomara
las medidas necesarias para su buen funcionamiento. Como era de esperarse, los
patronos del hospital ¡no estaban nada contentos con esta intromisión y
pidieron la cancelación de la medida.
Así que,
como ves, el camino para el hospital no fue solo de caridad y atención a
enfermos, sino también de una buena dosis de papeleo, pleitos y gestiones
financieras entre diferentes autoridades coloniales.
CRÓNICA
HISTÓRICA DEL NACIMIENTO Y FUNDACIÓN DEL HOSPITAL SAN JUAN DE DIOS DE BOGOTÁ,
UN
LEGADO ENTRE REYES, FRAILES Y DESAFÍOS.
La
historia del Hospital San Juan de Dios, o lo que hoy conocemos como tal, se
remonta a finales del siglo XVI, en el corazón del Virreinato de la Nueva
Granada. Aunque su nombre actual es posterior, sus cimientos fueron puestos con
la vocación de servicio que caracterizó a sus fundadores.
LOS
PRIMEROS INTENTOS Y EL NACIMIENTO DEL HOSPITAL DE SAN PEDRO (1564)
La
semilla de la asistencia hospitalaria en Santafé de Bogotá ya germinaba antes
de 1564. El arzobispo Fray Juan de los Barrios, un visionario para su época,
intentó en varias ocasiones establecer un hospital, enfrentándose a obstáculos derivadosde la oposición de numerosas personas que
dificultaban su deseo. Por la misma época, el ermitaño Cristóbal Martín también
buscaba fondos y licencias en Madrid y Roma para fundar centros en Santafé y
Tunja, sin éxito.
Finalmente,
el 21 de octubre de 1564, Fray Juan de los Barrios hizo una donación de sus
propias casas, ubicadas en lo que hoy es la Carrera 68 con Calle 11, se
convertirían en el Hospital de San Pedro. Esta fundación fue legalizada con una
escritura pública ante varios escribanos y dignatarios, asegurando así un lugar
de beneficencia para los pobres bajo el patronato de los arzobispos y el
cabildo catedralicio. El hospital contaba inicialmente con unas modestas 17
camas, que luego se ampliarían a 30.
LA
LLEGADA DE LOS PROTECTORES Y EL LITIGIO POR EL CONTROL (FINALES DEL SIGLO XVI -
PRINCIPIOS DEL XVII).
A finales
del siglo XVI, la Corona Española mostró interés en la expansión de la
asistencia hospitalaria. En 1595, Felipe II otorgó licencia a los monjes de la
Orden de Hospitalarios para fundar hospitales en el Nuevo Mundo. Años más
tarde, en 1603, Fray Juan de Buenafuente arribó a Santafé con una Real Licencia
de Felipe III con la intención de que su Orden tomara posesión del Hospital de
San Pedro.
Sin
embargo, esta transición no fue pacífica. El arzobispo Lobo Guerrero, patrono
del hospital, se opuso obstinada y fuertemente, impidiendo que los
Hospitalarios tomaran el control que la Corona les había concedido. Este
episodio marcó una de las primeras grandes disputas por la administración del
naciente centro de salud.
FINANZAS,
CONTROL REAL Y LA PRIMERA SEDE (1574-1575).
La
situación financiera del hospital también fue objeto de escrutinio. En 1574,
una revisión de cuentas reveló que al Hospital de Santafé se le adeudaban 3.053
pesos 3 tomines 10 granos provenientes de los diezmos. La Real Audiencia
intervino, ordenó el cobro de esta suma y la invirtió sabiamente en la compra
de tiendas en la Plaza Mayor, con el fin de asegurar una renta estable para el
hospital.
A pesar
de ser una fundación privada, el Consejo de Indias mantuvo un férreo control.
En 1575, una Cédula Real ordenó al presidente Briceño supervisar a los
mayordomos y administradores del hospital, exigiendo cuentas y asegurando su
buena marcha. Esta intromisión generó descontento entre los patronos, quienes
solicitaron la cancelación de la medida.
LA
URGENCIA DE UN NUEVO DOMICILIO Y EL TRASLADO (SIGLO XVIII).
Con el
paso del tiempo, la ubicación original del Hospital de San Pedro se volvió
insostenible. En en el siglo XVIII, el
cronista de Santafé, Fray Pedro Pablo de Villamor, quien también fungía como
Prior y médico del hospital, atestiguó las precarias condiciones. La Real
Cédula que autorizó el traslado en 1723 detallaba los problemas: el hospital
estaba en el centro de la ciudad, contiguo a la Iglesia Catedral y Colegio de
la Compañía en un territorio tan corto que por su estrechez experimentan sumas
incomodidades. La falta de espacio, la promiscuidad entre diversos tipos de
enfermos (eclesiásticos, seculares, regulares, indígenas, enfermos de las
minas, incurables y locos) provocaba la propagación de enfermedades. Además, el
campo santo adyacente, con sus exhalaciones pestilenciales y desagües inmundos
que llegaban hasta la Plaza Mayor, representaba un grave riesgo de peste para
toda la ciudad.
Por
iniciativa de Fray Antonio González de Lugo (Prior) y Fray Pedro Pablo de
Villamor (enfermero mayor y médico), y con el apoyo del arzobispo y limosnas
del común, se adquirieron terrenos, casas y tiendas en un sitio más adecuado:
la calle de San Miguel (cercano al río San Francisco), al occidente de la
ciudad. Este nuevo lugar ofrecía un perímetro suficiente para iglesia, vivienda
de religiosos, salas de enfermería con separación de hombres y mujeres, campo
santo y huerta con agua perenne, respondiendo a los planos de un hospital
granadino español. La idea inicial de dejar el antiguo Hospital de San Pedro
para clérigos con seis camas no prosperó; parte del viejo edificio fue derruido
y en su lugar se construyó una iglesia bajo la advocación de San Felipe Neri, y
los fondos de la venta se destinaron a la nueva construcción.
EL
HOSPITAL DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ Y EL NOMBRE DEFINITIVO (MEDIADOS DEL SIGLO
XVIII).
La
construcción del nuevo hospital comenzó en 1723. En 1729, tras el fallecimiento
de Villamor, Juan José Merchán asumió la dirección y donó 10.000 pesos a la
institución, que para entonces ya disponía de unas 100 camas. Al finalizar su
ampliación, el hospital fue rebautizado como "Hospital de Jesús, María y
José".
Finalmente,
hacia 1739, el hospital fue rebautizado con el nombre que sería definitivo: “Hospital
de San Juan de Dios". La culminación de este nuevo centro fue motivo de
ocho días de festejos, con sermones, juegos, bailes y bebidas. Los oidores y
caballeros principales de la ciudad, en un acto simbólico de compromiso,
llevaron a los enfermos en sillas de manos desde la antigua enfermería de San
Pedro hasta la nueva, sellando el traslado.
AVANCES,
EDUCACIÓN Y EL LEGADO CIENTÍFICO (FINALES DEL SIGLO XVIII - SIGLO XIX).
A pesar
de la loable labor humanitaria de la Orden Hospitalaria, el informe señala que
figuras como Villamor, Guzmán, Merchán e Isla no fueron catedráticos de
Medicina en el sentido estricto. Practicaban y enseñaban de manera precaria,
reflejo del estado incipiente de la ciencia hipocrática en el Virreinato. Sin
embargo, con el tiempo, la institución se abrió a la enseñanza.
En 1761,
Fray Antonio de Guzmán se enorgullecía de ser el profesor del distinguido
novicio Miguel de Isla, quien, tras varias negativas a asumir la dirección y
ser reclamado por virreyes, se convirtió en un reformador de la enseñanza
médica junto a José Celestino Mutis. En 1762, se inauguró una nueva enfermería
para mujeres en San Juan de Dios, con 360 pesos donados por el señor Solís, y
se equipó con nuevas camas con ropa y cortinas de sarga prensada, faroles,
acciones que culminanaron con una desfile y claustros decorados.
Un hito
importante llegó con la Real Cédula del 22 de diciembre de 1767, que ordenó el
traslado de la botica de los jesuitas al hospital tras su expulsión. Para el
siglo XIX, bajo el Nuevo Plan de Estudios de Mutis e Isla y atendiendo a una
Real Cédula de 1801, el Hospital de San Juan de Dios se convirtió en un
apéndice de las facultades de Medicina, donde los estudiantes realizaban sus
prácticas, consolidando su verdadera labor científica.
MODERNIZACIÓN
Y EXPANSIÓN (SIGLOS XIX Y XX).
La
historia del hospital continuó más allá de la época virreinal. Durante el
gobierno republicano del Dr. Manuel Murillo Toro, el hospital pasó a ser
administrado por la Beneficencia de Cundinamarca. A principios del siglo XX,
bajo la presidencia del General Rafael Reyes, se realizó un canje de terrenos
para construir en un sitio más adecuado, conocido como Molino de la Hortua.
Terremotos
y epidemias forzaron a las autoridades a acelerar las construcciones en La Hortua,
y en 1927, toda la enfermería se trasladó a este nuevo edificio, diseñado con
las concepciones arquitectónicas modernas de la época. El número de camas
ascendió a 600. Ante nuevas demandas de atención, se inició en agosto de 1948
la construcción de un bloque único, la estructura que hoy en día podemos
contemplar. El 4 de agosto de 1952, este moderno edificio fue ocupado, y allí
la Oficina de Estadística Médica registró la primera historia clínica, marcando
el inicio de una nueva era para el Hospital San Juan de Dios, un verdadero
testigo de la evolución de la medicina y la sociedad en Bogotá.
Fuente:
Antonio Mnartinez Zuaica. La Medicina del siglo XVIII en el Nuevo Reino de
Granada. Universida Pedagogica y Tecnológica de Colombia. Tunja Boyacá.1973. Págs.170
a 173.
“Hay
en ella un volcán de humo que respira en la gran sierra bien conocida por sus
laderas nombradas de Toche, en que, por una barandilla de piedra, que los
españoles han labrado en ellas, se hace tránsito de Ibagué a Quimbaya; de esta
sierra bajan muchos arroyos que riegan y fertilizan la provincia, y por los más
de ellos hay fabricados puentes de guaduas que facilitan el poso, aunque
asustan con los columpios.”
(Cieza
de León. Crónicas del Perú. Pág. 137.)
VOLCÁN CERRO MACHÍN: UN
GIGANTE DORMIDO EN EL PASO O CAMINO DEL QUINDIO.
En la ladera oriental
de la Cordillera Central, en el departamento del Tolima, se encuentra un volcán
que ha capturado la imaginación de los habitantes de la región durante siglos:
el Volcán Cerro Machín. Su imponente cráter de 2,4 km de diámetro y sus tres
domos, es un recordatorio de la fuerza y la belleza de la naturaleza.
Su historia se remonta
a la época precolombina, cuando los indígenas Pijaos habitaban la región. Relatan
las leyendas, que un mohán (un ser sobrenatural) vivía en los alrededores del
volcán y se aprovechaba de las doncellas de la región. Sin embargo, una de
ellas, la princesa Dulima, logró engañar al mohán y encerrarlo en una cueva, lo
que provocó la ira del ser que provoco la erupción del volcán.
Hoy, elvolcán Cerro Machín es considerado uno de los
más peligrosos del planeta, en actividad volcánica que se evidencia en la
presencia de fumarolas, aguas termales y permanente micro sismicidad. A pesar
de esto, el volcán se ha instituido como un atractivo turístico importante, a
consecuencia de sus paisajes naturales, flora y fauna únicas, aguas termales, y
la posibilidad de acceder fácilmente al interior de su cráter.
El Cerro Machín es
accesible por tres rutas principales:
Desde Ibagué, por el
carreteable que parte del sitio denominado "El Boquerón", ubicado
sobre la carretera Ibagué – Armenia.
Desde Salento, por la
vía que conduce al corregimiento de Toche.
Desde Cajamarca, por la
ruta a Toche.
Un Lugar de Interés
El Cerro Machín es un
lugar de gran interés para los amantes de la naturaleza y la aventura. Algunos
de los atractivos del volcán incluyen:
La posibilidad de
acceder al interior del cráter y observar la actividad volcánica.
La presencia de fuentes
termales y fumarolas.
La observación de la
flora y fauna únicas de la región, incluyendo el árbol nacional, la palma de
cera.
La apreciación de los
vestigios precolombinos de origen lítico, como bateas de pilar maíz.
En resumen, el Volcán
Cerro Machín es un destino turístico que ofrece una experiencia única y
emocionante para aquellos que buscan explorar la naturaleza y la historia de
Colombia.
VISIÓN COSMOGONICA DEL VOLCÁN CERRO
MACHÍN. +
La
armónica relación de los indígenas con su entorno natural, especialmente el de
las montañas y volcanes, les llevaba a justificar y explicar su enigmático
origen, a través de representaciones y elucidaciones de origen divino,
considerándolos como sitios donde moraban sus dioses protectores, por
consiguiente, les correspondía celar e idolatrar a través de cultos ceremoniales.
“En cercanías del Volcán Cerro Machín vivía un
mohán[1]
que se aprovechaba de todas las doncellas de la región, pero un día una de
ellas, la princesa Dulima se organizó con sus amigas y engañaron al mohán
emborrachándolo y metiéndolo en una cueva; luego de encerrarlo, taparon la
entrada con grandes piedras para que no pudiera escapar. Cuando el mohán
despertó de su borrachera, al no poder salir, hizo temblar el suelo produciendo
grandes ruidos y haciendo salir fuego y azufre por la boca de la cueva”.[2]
El duende, según los
arrieros, es una posible persona del tamaño de un metro, pelo largo como crin
de caballo, una nariz puntiaguda y los ojos bien adentro para esconder la
mirada, que por naturaleza hace infinidades de maldades y crea un sinnúmero de
dificultades a las personas.
A los viandantes les extraviaba
de rumbo, cuando se disponían a reanudar su marcha, les ocultaba las mulas (que
aparecían alejadas, anudadas sus crines y cola en forma de trenzas, difíciles
de desatar), aparejos, herramientas, sombreros y hasta las cotizas.
Volcán Cerro Machín: catalogado como volcán somma o
pliniano, considerado como uno de los volcanes más peligroso del planeta.Situado el Corregimiento de Toche,
jurisdicción de Ibagué Tolima, sobre la cordillera central, ladera oriental, a una
altura de 2.750 msnm, una Latitud Norte de 4°, 29´ de latitud, y 75°, 22´de
Longitud Oeste, Su cráter contiene tres domos, y mide 2.4 km de diámetro
aproximadamente.
Es un volcán activo en estado de reposo, su última
erupción se calcula que sucedió en el año 1200.Su
actividad volcánica se evidencia en la presencia de sus fumarolas, aguas
termales y micro-sismicidad permanenteen sus dos domos ubicados en los alrededores de su cráter.
El edificio volcánico del Machín presenta en su
interior una explanada en forma de media luna, ocupada parcialmente, hasta hace
unos 10 años, por una laguna (actualmente es un pantano).
Drenado por el río Coello y/o Toche, afluente del
río Magdalena.Su ciclicidad en eventos
es de aproximadamente cada 800 años y se caracterizan por ser de gran
explosividad y abundancia de flujos piroclástico, siendo la parte más afectada
la cuenca del rio Coello.
En caso de hacer erupción, el material arrojado por
el volcán alcanzaría entre 20 y 40 kilómetros de altura, llegando a ser visto
incluso en Bogotá. Los materiales También bajarían por sus laderas materiales
calientes que represaría afluentes y ocasionaría una gran avalancha en el río
Coello, afluente del río Magdalena.Podría llegar a afectar a cerca de un millón de personas en los
departamentos de Tolima, Valle del Cauca, Quindío, Risaralda y Cundinamarca.
Los principales atractivos del volcán, fuera de su
actividad fumarólica, sus fuentes termales, la posibilidad de acceder
fácilmente al interior de su cráter, en donde se desarrolla actividad
agropecuaria. Además, es un atractivo paisajístico y allí pueden ser observado
el árbol nacional, la palma de cera. En alguna época, la extinta Laguna del
Machín fue atractiva
Se
aprecian vestigios precolombinos de origen lítico, como bateas de pilar maíz,
que prueba que los indígenas Pijaos habitaron las vecindades del cráter del
volcán. Asimismo, se aprecia una tapia construida con piedra de origen
volcánico, construida por los colonizadores del lugar y que delimitaba la
propiedad de los terrenos sobre la estructura volcánica.
RUTAS DE LLEGADA.
Los
caminos para llegar son tres rutas; el primero por el municipio de Ibagué, que se
hace por el carreteable que parte del sitio denominado “El Boquerón”, ubicado
sobre la carretera Ibagué – Armenia; el
segundo, lo constituye la vía que conduce del municipio Salento al corregimiento
de Toche; y un tercero, que parte desde Cajamarca, por la ruta a Toche.
Se accede
a través de un circuito que se puede hacer por dos lugares. Por la ladera
oriental del cráter se accede por los termales de Buenavista, y por el cerro de
“Guaico”, se llega a sitio donde está la laguna en la boca del cráter.
Por un
sendero cubierto de vegetación, se asciende hacia la cúspide de las fumarolas
donde permanentemente brota gas y vapor volcánico. Una apunta al costado
oriental.[3]
[1] Mohán,
es sinónimo de Chaman.
[2]María Eugenia Sepúlveda. Naturaleza y
desastres en Hispanoamérica: la visión de los indígenas. Silex Ediciones. LibreriaNorma.com.
Pag.44
[3]
MEMORIAS. Boussingault, Jean Baptiste Joseph Dieudonné, 1802-1887. CAPÍTULO XV.Paso
de la Cordillera Central por el Quindío.
Conquistado ya, el Reino de Quito por Sebastián de Belalcázary con el conocimiento de que antes de llegar a Cundinamarca se encontraba otra provincia fértil y ricaen oro, gobernada por dos hermanos Popayán y CaIanbas; en el año de mil quinientos y treinta y seis salió de Quito con ciento y cincuenta caballos y otros infantes bien equipados y armados, llevando a Pedro Puelles, Juan de Cabrera, Pedro de Añasco,Juan de Ampudia, Juan Muñoz de Collantes, Miguel López Muñozy Francisco García de Tovar, Hernán Sánchez Morillo, Jorge Robledo, Martín de Amoroto Rui Vanegas, Sancho Sánchez de Ávila, Juan de Cabrera, Francisco Sánchez, Luís Daza, Pedro Bazán. Hernando Álvarez de Saavedra, Cobos, Zepero y otros que pasaron al Nuevo Reino de Granada, habitada por más de seiscientos mil indios agrupados por los reinos de los Pijaos, Omaguas y Paeces.Los Pijaos, ocupaban las montañas de Ibagué en un área de más de cien leguas en las que hoy se incluyen las ciudades de Cartago, Buga, Toro, Cali, Popayán.
Jorge Robledo, Francisco de Cieza, Miguel Muñoz, Juan de Vadillo, Suer de Nava, Rodríguez de Sosa y Álvaro de Mendoza, exploraron la Hoya del Quindío y empezaron la fundación de pueblos en la región. Jorge Robledo funda a Cartago viejo, el 9 de agosto de 1541, a orillas del río Consota (hoy Pereira).
Jorge Robledo llega al pueblo de Irra, por donde se angosta el Cauca, fabricó balsas de guaduas que fueron conducidas por indios nadadores y salvaron el Cauca y prosiguieron las nuevas conquistas. Despacho mensajeros a los indios de la provincia de Carrapa ofreciéndoles su amistad.
Los Carrapas que estaban en guerra con los Picaras,
admitieron con gusto la invitación de Robledo y los tuvieron alojados en sus
tierras cuarenta días, socorriéndolos con suministros y obsequios de joyas de
oro, y la noticia de que atravesada la cordillera dé los Andes hallarían la
provincia de Arbi y antes de atravesarlas las de Pícara, Paucura.
Un espacio habitado hace poco más de cuatrocientos
cincuenta años (Cartago viejo) punta de lanza del proceso de colonización del
territorio a partir del año de su fundación,1540, que condujo a la creación de
Filandia 20 de agosto de 1878.
Filandia nace en la segunda mitad del siglo XIX no
sólo por la expansión colonizadora de antioqueños, sino también por la
colonización de individuos procedentes del Cauca, Tolima, Cundinamarca y
Boyacá. Que finalmente estos últimos hayan impuesto el prototipo de
colonización no excluye a los primeros.
Ochenta
caciques formaban una poderosa confederación, los más poderosos y destacados
eran: TACORONVI, VIA, YANVA, ZAZAQUAVI, PINDANA; según lo afirman diversos
cronistas españoles.
Lorenzo
de Aldana fue comisionado por Sebastián de Belalcázar para la conquista y, explotación de la Provincia de Anserma, y
este a su vez, eligió a Jorge Robledo para tal efecto.
Robledo, protegido
por cien conquistadores españoles, el 14 de julio de 1539, marchó desde Cali
hacia el norte, circundando las márgenes del río Grande (Cauca), en
cumplimiento de su misión.
Luego de
ocho días de marcha, llegaron al territorio de los indígenas Gorrones, en las
inmediaciones de lo que es hoy el municipio de Roldanillo (Valle); fueron
denominados “Gorrones” a causa de un pez nombrado Gorrón, que hacía parte de su
dieta, y que ofrecieron a los españoles repitiendo "Gorrón Gorrón".
En este lugar, esperó las balsas que venían por el río Cauca, para continuar
luego a la provincia de Anserma, territorio de las tribus: CARRAPAS, PICARAS,
POZOS, PÁCORAS, COCUYES.
ROBLEDO FUNDA ANSERMA.
Aproximadamente
a seis leguas del territorio de los Gorrones, se encontraba unos soldados
españoles provenientes de Cartagena de Indias, liderados por Juan Graciano y
Luis Bernal, con cien hombres que venían tras la persecución del Oidor Juan de
Badillo. Robledo envió a Ruy Vanegas, con la orden de que se presentaran ante
él.
Robledo,
al ignorar las intenciones de aquella tropa, decidió actuar antes de que
Vanegas llegara y mandó a cabalgar a varios hombres, ordenándoles que buscaran
un sitio llano, haciendo talar toda la sabana. Fue el 15 de agosto de 1539, en
aquel lugar, donde Robledo fundó la ciudad de San Juan (Anserma).
Pocos
días después, por órdenes de Robledo, la ciudad fue trasladada al sitio que hoy
ocupa Anserma (Caldas), y pasado un siglo, a un paraje vecino al Cauca, en el
lugar que actualmente ocupa la ciudad de Ansermanuevo, en el Valle del Cauca.
LA COLONIZACIÓN DE LA HOYA DEL
QUINDÍO: UNA EPOPEYA DE LUCHA Y SUPERVIVENCIA.
La historia de la colonización de la “Hoya del Quindío”
fue una gesta de pobreza, lucha y supervivencia.
A finales del siglo XIX, la región de Antioquia se
encontraba sumida en una profunda crisis económica y social. La tierra era
escasa y de mala calidad, lo que llevó a muchos campesinos a buscar fortuna en
otras tierras.
La marginación social y la falta de oportunidades
empujaron a miles de antioqueños a abandonar sus hogares y aventurarse en la
desconocida selva del Quindío. La promesa de tierras fértiles y ricas en
recursos naturales era un atractivo irresistible para aquellos que buscaban una
vida mejor.
La migración fue un proceso lento y arduo. Los
colonos, cargados con sus pocas pertenencias, se adentraron en la selva,
abriendo caminos y estableciendo asentamientos. La región del Quindío, con sus
valles fértiles y sus ríos caudalosos, se convirtió en el destino de muchos de
estos pioneros.
La colonización no fue un proceso pacífico. Los
colonos se enfrentaron a la resistencia de las concesiones de tierras, que
habían sido otorgadas por el gobierno a compañías extranjeras. La lucha por la
tierra fue intensa, y muchos colonos perdieron sus vidas en la disputa.
A pesar de los desafíos, la colonización antioqueña
fue un éxito. Los colonos establecieron prósperas comunidades, cultivaron la
tierra y extrajeron riquezas minerales. La región del Quindío se convirtió en
un importante centro económico y cultural, y su legado sigue siendo visible en
la actualidad.
La migración antioqueña a la Hoya del Quindío fue un
capítulo importante en la historia de Colombia. Fue un proceso de lucha y
supervivencia, pero también de esperanza y realización. Los colonos que se
aventuraron en la selva desconocida demostraron una determinación y un coraje
que sigue inspirando a las generaciones actuales.
TRES
GRANDES CONCESIONES EXPOLIARON Y SE APROPIARON DEL TERRITORIO DE LOS QUIMBAYA.
Concesiones
de tierras en la provincia Quimbaya
Las
concesiones de tierras en la provincia Quimbaya fueron:
Concesión Villegas: otorgada en 1763
a Felipe de Villegas y Córdoba, abarcaba una extensión de cerca de 40
kilómetros al sur de Medellín, en dirección de los ríos Arma y Buey.
Concesión Aránzazu: otorgada a José
María de Aránzazu, abarcaba una extensión superficial de cerca de 240
kilómetros cuadrados, desde el Arma hasta el Chinchiná, entre el Cauca y
la Cordillera Central.
Concesión Burila: equivalente a la
mitad del sur del Quindío y la mitad del norte del Valle del Cauca, fue
cedida a una sociedad constituida en Manizales en 1884.
LA DE
VILLEGAS,
en el año 1763, el español Felipe de Villegas y Córdoba propuso al Virrey José
Alfonso Pizarro Márquez del Villar la construcción de un camino que uniera
Rionegro con la capital virreinal Santafé. Para lo cual solicitó la cesión de
los terrenos que se encontraban en el camino que se dirigía a Popayán y estaban
limitados por los ríos Arma y Buey, para descubrir, poblar, y en
contraprestación, construir un camino que de Medellín llevara a Mariquita. Los
terrenos se extendían en una longitud de cerca de cuarenta kilómetros al sur de
Medellín, en dirección de los ríos Arma y Buey.
Los
colonos de Sonsón fueron presionados por estas concesiones y debieron continuar
su marcha por las vertientes del sur en búsqueda de tierras disponibles,
llegando a los territorios de Abejorral y Sonsón. Terrenos en donde se ubicaban
los poblados de Pascua y Puebloblanco, habitados por los indígenas Armas.
LA DE
ARÁNZAZU,
más al sur, se concedió una extensión superficial de cerca de doscientos
cuarenta kilómetros cuadrados a José María de Aránzazu, español que ejerció
como presidente de Colombia por encargo entre 1841 y 1842, durante el gobierno
de Pedro Alcántara Herrán; territorio que abarcaba desde el Arma hasta el
Chinchiná, entre el Cauca y la Cordillera Central, encajados entre los ríos
Pozo y Chinchiná; sur del río Pácora y los ríos Pozo y San Lorenzo.
Esta
concesión ocasionó uno de los conflictos agrarios más graves del país, ya que
los herederos, por intermedio de matones a sueldo, asesinaban a los colonos y
quemaban sus ranchos y cosechas, además de impedirles el asentamiento en
predios de los actuales municipios de Marulanda, Aránzazu, Neira, Filadelfia y
Manizales.
Fermín
López, reconocido gestor de la colonización, que primero se radicó en un sitio
llamado Sabanalarga, hoy Salamina, luego se trasladó a los territorios en donde
se empezó a fundar Manizales, en terrenos de la concesión Villegas, y luego, en
el año de 1853, fundó Santa Rosa de Cabal.
LA
BURILA: UN LEGADO DE DESPOJO Y OPRESIÓN EN EL QUINDÍO.
LA
BURILA, vocablo indígena derivado de una tribu de los Pijaos (Bulirás).
Concesión equivalente a la mitad del sur del Quindío y la mitad del norte del
Valle del Cauca.
La
Concesión Burila, un nombre que evoca recuerdos de injusticia y despojo en la
región del Quindío. En 1884, un grupo de poderosos empresarios, entre ellos los
hermanos Caicedo, el General Eliseo Payán y el General Miguel Hurtado, fundaron
la Sociedad Anónima Burila con el objetivo de explotar las riquezas naturales
de la región.
La
Sociedad Anónima Burila estaba compuesta por 100 accionistas, todos ellos
insignes representantes y administradores de la política y la de justicia de la
época en emnción, entre ellos:
Hermanos
Caicedo (socios mayoritarios)
Lisandro
Caicedo
Belisario
Caicedo
General
Eliseo Payán
General
Miguel Hurtado
Federico
Restrepo
Manuel
M. Castro
Primitivo
Valencia
Joaquín
de Caicedo Caicedo
Juan
de Dios Ulloa
Rafael
Reyes
Eustaquio
Palacios
Belisario
Zamorano
Julio
Bertin
Belisario
Buenaventura
C. H.
Simmons
Elías
Reyes
Fortunato
Cabal
José
M. Rivera Garrido
José
M. Domínguez
Manuel
A. Sanclemente
Manuel
M. Sanclemente
Banco
Industrial de Manizales
Banco
del Estado del Cauca de Popayán
Estos
accionistas, con su influencia política y económica, lograron apoderarse de una
gran cantidad de tierras de la región, el cual abarcaba más de 125.000
hectáreas de los municipios de Zarzal,
Sevilla, Caicedonia, Génova, Pijao, Buenavista, Córdoba, Calarcá y Armenia.
El
objetivo principal de la Sociedad Burila era explotar las minas, salinas y
carboneras de la región, así como colonizar y desarrollar la zona. Sin embargo,
esto se hizo a costa de los colonos que habían ocupado y trabajado la tierra
durante años y posterior al acoso, persecución y despojo de la tierra que
ocupaban fueron despojados con la complicidad
y respaldo de las autoridades de la época.
Los
colonos, que habían llegado la Hoya del Quindío, huyendo de las guerras civiles,
y en done establecieron sus mejoras agrarias, buscando nuevas oportunidades, se encontraron
con que la Sociedad Burila, que les reclamaba la propiedad de la tierra,
respaldada por títulos sospechosos de la corona española.
La
Sociedad Burila utilizó su influencia política y económica para despojar a los
colonos de sus tierras, utilizando métodos violentos y coercitivos. Los
colonos, que no tenían los recursos ni la influencia para defenderse, se vieron
obligados a abandonar sus tierras o a trabajar para la Sociedad Anónima Burila
en condiciones de explotación.
En
1912, el Ministerio de Obras Públicas de Colombia emitió una resolución que
declaraba que los terrenos de Burila no eran baldíos, sino de propiedad de la
Sociedad Anónima Burila. Esta decisión, que se tomó después de una inspección
ocular realizada por el alcalde del Zarzal, fue un golpe significativo para los
colonos y un triunfo para la Sociedad Anónima Burila.
La
Concesión Burila es un ejemplo de cómo la influencia política y económica puede
ser utilizada para obtener beneficios a expensas de los más débiles. La
historia de la Burila y su lucha por el control de la región es un recordatorio
de la injusticia social y la no proteccion los derechos de los más vulnerables.
Distribución
Accionaria de los Socios de la Burila
La
distribución accionaria de los socios de la Burila se estableció de la
siguiente manera:
El capital inicial
se conformó con los terrenos mencionados, dividiéndose en 1.000 acciones
de 200 fanegadas a 100 pesos cada una.
Cada acción daba
el derecho a un lote de terreno de 100 fanegadas con dominio exclusivo.
De las 1.000
acciones, 400 fueron reservadas por los señores Caicedo, sin costo alguno,
como parte del terreno que ellos cedían.
Las 600 acciones
restantes se distribuyeron entre los demás socios.
Objetivos
de la Burila
Los
objetivos de la Burila eran:
Explotar minas,
salinas y carboneras existentes en los terrenos cedidos por los señores
Lisandro y Belisario Caicedo.
Colonizar y
desarrollar la región, reservando 4.000 fanegadas para establecer una
ciudad (Caicedonia) en un lugar estratégico, cerca de la confluencia de
los ríos Barragán y Quindío.
Aprovechar la
ubicación geográfica de la región para establecer rutas comerciales y de
transporte, ya que se preveía el cruce de tres caminos importantes en el
área.
Las
motivaciones de los accionistas de la Burila fueron:
Consolidar el
dominio y provecho del territorio: Los accionistas de la Burila buscaban
establecer un control total sobre la región, aprovechando su conocimiento
de la zona y su influencia política y económica.
Aprovechar la
ubicación estratégica: La Burila se enteró de que por los terrenos pasaría
un camino y se proyectaba la línea del tren, lo que aumentaría el valor de
la tierra y la haría más atractiva para la inversión.
Reclamar la
propiedad de las tierras: La Burila comenzó a reclamar la
propiedad de las tierras previamente adjudicadas a colonos, lo que generó
un conflicto con los colonos que habían ocupado y trabajado la tierra
durante años.
Explotar los
recursos naturales: La Burila buscaba explotar los recursos naturales de
la región, incluyendo la madera, la leña y otros materiales necesarios
para el establecimiento y laboreo de las minas, salinas y carboneras.
En resumen, las
motivaciones de los accionistas de la Burila eran fundamentalmente
económicas y se centraban en la explotación de los recursos naturales y la
especulación con la tierra, lo que los llevó a entrar en conflicto con los
colonos que habían ocupado y trabajado la tierra.
La
propiedad de esta compañía era un paralelogramo de 125 mil hectáreas entre
Bugalagrande y el páramo del Quindío que incluía los municipios de Zarzal,
Sevilla, Caicedonia (Valle), Génova, Pijao, Buenavista, Córdoba, Calarcá y
Armenia (Quindío), compañía formalizada por escritura pública número 693 de 25
de noviembre de 1884, otorgada en la notaría de Manizales y constituida por
cien accionistas de reconocida influencia económica y política de Cauca y
Caldas.
Esta
compañía despojó a cincuenta mil colonos pobres, cuya única riqueza y poderío
eran su trabajo y deseos de establecer su núcleo familiar lejos de la
influencia de las guerras de fin de siglo XIX, para poder vivir en paz.
En medio
de estos conflictos fueron fundadas Armenia (1889), Montenegro (1890), Pijao
(1891), Génova (1903), Quimbaya (1914), Sevilla y Caicedonia como estrategia de
los colonos para luchar contra la Burila. Establecidos como poblados debían
recibir las 12.000 hectáreas que estipulaban las leyes.
La
legalidad de estos despojos de tierras se fundamentó en "títulos fingidos”,
que supuestamente fueron emanados por merced real de la corona española. Así
fue como los territorios del sur de Antioquía, de Risaralda, Quindío, norte del
Tolima, y del Valle del Cauca, fueron ocupados y apropiados respaldados por
títulos realengos de dudosa legitimidad.
El
territorio de la denominada “Hoya del Quindío”, la concesión de tierras
denomina “Burila” se apodero de la mayor parte del territorio.
En 1842,
la “Hoya del Quindío” estaba ocupada por animales de todos los pelambres,
espesos guadales y colosales árboles, serpientes, bichos y otras formas de
vida. Territorio de profusa biodiversidad nunca antes vista, agua en
abundancia, terrenos impolutos y fecundos, donde nacían las semillas sin
necesidad de arar, solo se desbrozaba, quemaba, surcaba y sembraba.
Colonizadores
oriundos de disímiles comarcas, evadiendo las reyertas civiles de fin de siglo
XIX, buscando nuevas oportunidades se aventuraron por el camino del Quindío y
plantaron sus reales en Boquía. De aquí se extendió el poblamiento a Salento,
Filandia, Circasia, Calarcá, Armenia, Pijao, Génova y Quimbaya.
Las
tierras no tenían dueño, eran baldías, estaban en pura montaña, se rumoraba la
abundancia de oro de guacas (todo el que daba un azadonazo obtenía grandes
tesoros) y minas de veta y aluvión.
En un
principio, los colonos vivieron en paz con sus familias, pero pronto llegaron
los malos días y las desgracias causadas por los poderosos tentáculos de una
nefasta empresa que borró por completo la felicidad primera de tan agraciado
edén.
La
anarquía económica, política y administrativa motivada por tres guerras civiles
(1876, 1885 y la de los “Mil Días”), dio inicio a un proceso de distribución,
adjudicación y apropiación de tierras baldías, presentándose litigios terciados
por políticos y mineros caucanos, quienes a través de las élites manizaleñas se
aprovecharon de las necesidades y del trabajo de los colonos recién asentados,
constituyeron la Sociedad Anónima Burila en el año 1884.
A
continuación, algunos aspectos referentes:
1884: La Sociedad
Anónima Burila se constituye con el objetivo de explotar minas, salinas y
carboneras en los terrenos cedidos por los señores Lisandro y Belisario
Caicedo.
1884-1906: Los
representantes legales de Burila, Marcelino y José Miguel Arango, padre e
hijo, se hacen propietarios de terrenos en la región y comienzan a
despojar a los colonos de sus tierras.
1884-1912: Los
colonos son objeto de intimidación, despojo y violencia por parte de los
esbirros de Burila, quienes queman sus ranchos y cultivos, y los obligan a
desocupar o pagar onerosos precios por la tierra.
1900: Don Catarino
Cardona, maestro de escuela y tinterillo, se convierte en el adalid en la
defensa de los colonos y redacta un memorial dirigido al gobierno central,
que firman treinta mil colonos, en el que se pide la anulación del acto
administrativo por medio del cual se reconoce a Burila como la única dueña
del territorio.
1912: El
Ministerio de Obras Públicas revoca todos los derechos sobre los terrenos
de Burila.
1930: El ministro
Juan Antonio Montalvo decide poner fin al asunto, mediante resolución del
26 de febrero, en la cual pone en pie de igualdad a colonos y Compañía.
EL
GOBIERNO LEGISLÓ EN FAVOR DE LA SOCIEDAD DE BURILA
En
diciembre de 1912, el Ministerio de Obras Públicas de Colombia emitió una
resolución declarando que los terrenos de Burila, ubicados en los municipios de
Calarcá, Zarzal y Bugalagrande, no eran baldíos, sino de propiedad de la
Sociedad de Burila.
Decisión
que se tomó después de una inspección ocular realizada por el alcalde del
Zarzal, quien dijo haber comprobado que los terrenos estaban dentro de los
linderos de la Sociedad de Burila. La resolución también ordenó a las
autoridades respectivas dar la debida protección legal a la Sociedad de Burila
y abstenerse de perjudicar sus derechos.
Esta
decisión fue un golpe significativo para los colonos que habían ocupado y
trabajado la tierra durante años, ya que les negaba el derecho a la propiedad
de la tierra que habían desbrozado y cultivado. La resolución también sentó un
precedente para la explotación de los recursos naturales de la región por parte
de empresas privadas.
La
Sociedad de Burila, que había sido fundada en 1884, había estado luchando por
el control de la región y había utilizado su influencia política y económica
para lograr sus objetivos. La resolución del Ministerio de Obras Públicas fue
un triunfo para la Sociedad de Burila y un revés para los colonos y los
defensores de la reforma agraria.
La
historia de la Sociedad de Burila y su lucha por el control de la región es un
ejemplo de cómo la influencia política y económica puede ser utilizada para
obtener beneficios a expensas de los más débiles. La resolución del Ministerio
de Obras Públicas es un recordatorio de la importancia de la justicia social y
la necesidad de proteger los derechos de los más vulnerables.
La acción
de los propietarios y administradores de la Concesión Burila se caracterizó por
la violencia, la intimidación y el despojo de tierras a los colonos, lo que
generó un conflicto sangriento que duró décadas.