jueves, 29 de enero de 2026

DESDE LA COLONIA: EL ORIGEN Y LA RESISTENCIA DEL HOSPITAL SAN JUAN DE DIOS DE BOGOTÁ.

 

DESDE LA COLONIA: EL ORIGEN Y LA RESISTENCIA DEL HOSPITAL SAN JUAN DE DIOS DE BOGOTÁ.



 

La historia de una institución tan emblemática como el Hospital San Juan de Dios de Bogotá no es solo un recuento de fechas y edificaciones; es un tapiz tejido con la fe visionaria de sus fundadores, la tenacidad ante las adversidades y la inquebrantable vocación de servicio a los más vulnerables. Mucho antes de consolidarse con su célebre nombre, este bastión de la medicina en la Nueva Granada fue el modesto Hospital de San Pedro, cuya existencia se forjó en 1564, a partir de la generosa donación del arzobispo Fray Juan de los Barrios.

 

Pero el camino no fue sencillo. Entre los deseos piadosos y la cruda realidad colonial, se interpusieron "obstáculos opuestos por numerosas personas", intentos fallidos de otros benefactores, y litigios persistentes. Desde la llegada de los monjes Hospitalarios con licencias reales que desataron feroces disputas por el control, hasta las ingeniosas estrategias para asegurar rentas a través de los diezmos y las constantes intromisiones de la Real Audiencia, el naciente hospital se vio inmerso en un torbellino de papeleo, pleitos y complejas gestiones financieras.

 

Este escrito invita al lector a adentrarse en la fascinante crónica de un hospital que, con el tiempo, se vio obligado a abandonar su primera sede por insostenible y a trasladarse a un nuevo domicilio, gestado entre el fétido olor de un campo santo y la amenaza de pestes. Será testigo de su evolución de un modesto albergue de 17 camas a un referente de 600, de su transformación a "Hospital de Jesús, María y José" para finalmente adoptar la denominación de "Hospital de San Juan de Dios". Más allá de la caridad, la institución se erigiría como epicentro de la enseñanza médica gracias a figuras como Mutis e Isla, marcando el paso de una medicina incipiente a una era de prácticas científicas.

 

Esta crónica no solo narra la construcción física de un hospital, sino la edificación de un espíritu resiliente que supo sortear reyes, frailes, conflictos y epidemias. Es la historia de cómo, a través de los siglos, un sueño de beneficencia se convirtió en un pilar fundamental de la salud y el conocimiento en Bogotá, un legado que aún resuena en sus muros y en la memoria colectiva.

El Hospital San Juan de Dios de Bogotá nació con la fundación del Hospital de San Pedro, que fue legalizada mediante una escritura pública el 21 de octubre de 1564.

El documento protocolario de su existencia es la escritura pública del 21 de octubre de 1564, en la que el arzobispo Fray Juan de los Barrios donó las casas de su morada para que se estableciera el hospital. Esta escritura se realizó ante los escribanos Diego Suárez, Hernando Arias y Lope de Rioja, y en presencia del presidente Doctor Andrés Díaz Venero de Leyva y otros dignatarios.

En 1595, el Rey de las Españas Felipe II concedió la licencia a los monjes de la Orden de Hospitalarios para fundar hospitales en el Nuevo Mundo. Luego, en 1603, Fray Juan de Buenafuente llegó a Santafé de Bogotá con una Real Licencia expedida por Felipe III para tomar posesión del hospital "San Pedro", que más tarde se conocería como San Juan de Dios.

¡Claro! La consolidación del Hospital de San Juan de Dios estuvo marcada por varias disputas y manejos financieros, incluso desde sus inicios como Hospital de San Pedro.

LOS INTENTOS FALLIDOS DE FUNDACIÓN.

 Antes de la donación de Fray Juan de los Barrios, él mismo había intentado fundar un hospital en otros lugares, pero se topó con dificultades opuestos por numerosas personas.  El ermitaño Cristóbal Martín buscó apoyo económico y licencias en Madrid y Roma para fundar hospitales en Santafé y Tunja, pero tampoco lo consiguió.

LA LEGALIZACIÓN Y EL PLEITO CON LOS HOSPITALARIOS:

 Aunque el Hospital de San Pedro se fundó legalmente en 1564, hubo un litigio importante en 1603. Fray Juan de Buenafuente, de la Orden de Hospitalarios de San Juan de Dios, llegó con una Real Licencia de Felipe III para tomar posesión del hospital en nombre de su orden. Sin embargo, el arzobispo Lobo Guerrero, que era patrono del Hospital de San Pedro, se opuso tozuda y enérgicamente a que los Hospitalarios tomaran el control. Así que, aunque tenían licencia real, la consolidación bajo su nombre no fue un camino de rosas.

EL DILEMA DE LOS DIEZMOS Y LAS RENTAS.

 En 1574, se descubrió que al Hospital de Santafé le adeudaban una buena cantidad de dinero (3.053 pesos 3 tomines 10 granos de los diezmos que le correspondían. La Real Audiencia ordenó cobrar esta cantidad y la invirtió en la compra de tiendas en la Plaza Mayor para asegurar una renta para el hospital.

LA CONTROVERSIA DE LAS LIMOSNAS REALES Y EL CONTROL DE LA REAL AUDIENCIA:

 A pesar de que el hospital era una fundación privada (con patronato del arzobispo y el cabildo catedralicio), y por eso se le negaron otras "limosnas reales" al considerar que ya tenía suficiente con las rentas de las tiendas, el Consejo de Indias no dejó de lado el control. En 1575, ordenó al presidente Briceño que supervisara a los mayordomos y administradores del hospital, cobrara cualquier alcance y tomara las medidas necesarias para su buen funcionamiento. Como era de esperarse, los patronos del hospital ¡no estaban nada contentos con esta intromisión y pidieron la cancelación de la medida.

 

Así que, como ves, el camino para el hospital no fue solo de caridad y atención a enfermos, sino también de una buena dosis de papeleo, pleitos y gestiones financieras entre diferentes autoridades coloniales.

 

CRÓNICA HISTÓRICA DEL NACIMIENTO Y FUNDACIÓN DEL HOSPITAL SAN JUAN DE DIOS DE BOGOTÁ,

UN LEGADO ENTRE REYES, FRAILES Y DESAFÍOS.

 

La historia del Hospital San Juan de Dios, o lo que hoy conocemos como tal, se remonta a finales del siglo XVI, en el corazón del Virreinato de la Nueva Granada. Aunque su nombre actual es posterior, sus cimientos fueron puestos con la vocación de servicio que caracterizó a sus fundadores.

LOS PRIMEROS INTENTOS Y EL NACIMIENTO DEL HOSPITAL DE SAN PEDRO (1564)

La semilla de la asistencia hospitalaria en Santafé de Bogotá ya germinaba antes de 1564. El arzobispo Fray Juan de los Barrios, un visionario para su época, intentó en varias ocasiones establecer un hospital, enfrentándose a obstáculos derivados  de la oposición de numerosas personas que dificultaban su deseo. Por la misma época, el ermitaño Cristóbal Martín también buscaba fondos y licencias en Madrid y Roma para fundar centros en Santafé y Tunja, sin éxito.

 

Finalmente, el 21 de octubre de 1564, Fray Juan de los Barrios hizo una donación de sus propias casas, ubicadas en lo que hoy es la Carrera 68 con Calle 11, se convertirían en el Hospital de San Pedro. Esta fundación fue legalizada con una escritura pública ante varios escribanos y dignatarios, asegurando así un lugar de beneficencia para los pobres bajo el patronato de los arzobispos y el cabildo catedralicio. El hospital contaba inicialmente con unas modestas 17 camas, que luego se ampliarían a 30.

 

LA LLEGADA DE LOS PROTECTORES Y EL LITIGIO POR EL CONTROL (FINALES DEL SIGLO XVI - PRINCIPIOS DEL XVII).

A finales del siglo XVI, la Corona Española mostró interés en la expansión de la asistencia hospitalaria. En 1595, Felipe II otorgó licencia a los monjes de la Orden de Hospitalarios para fundar hospitales en el Nuevo Mundo. Años más tarde, en 1603, Fray Juan de Buenafuente arribó a Santafé con una Real Licencia de Felipe III con la intención de que su Orden tomara posesión del Hospital de San Pedro.

 

Sin embargo, esta transición no fue pacífica. El arzobispo Lobo Guerrero, patrono del hospital, se opuso obstinada y fuertemente, impidiendo que los Hospitalarios tomaran el control que la Corona les había concedido. Este episodio marcó una de las primeras grandes disputas por la administración del naciente centro de salud.

 

FINANZAS, CONTROL REAL Y LA PRIMERA SEDE (1574-1575).

La situación financiera del hospital también fue objeto de escrutinio. En 1574, una revisión de cuentas reveló que al Hospital de Santafé se le adeudaban 3.053 pesos 3 tomines 10 granos provenientes de los diezmos. La Real Audiencia intervino, ordenó el cobro de esta suma y la invirtió sabiamente en la compra de tiendas en la Plaza Mayor, con el fin de asegurar una renta estable para el hospital.

 

A pesar de ser una fundación privada, el Consejo de Indias mantuvo un férreo control. En 1575, una Cédula Real ordenó al presidente Briceño supervisar a los mayordomos y administradores del hospital, exigiendo cuentas y asegurando su buena marcha. Esta intromisión generó descontento entre los patronos, quienes solicitaron la cancelación de la medida.

 

LA URGENCIA DE UN NUEVO DOMICILIO Y EL TRASLADO (SIGLO XVIII).

Con el paso del tiempo, la ubicación original del Hospital de San Pedro se volvió insostenible. En  en el siglo XVIII, el cronista de Santafé, Fray Pedro Pablo de Villamor, quien también fungía como Prior y médico del hospital, atestiguó las precarias condiciones. La Real Cédula que autorizó el traslado en 1723 detallaba los problemas: el hospital estaba en el centro de la ciudad, contiguo a la Iglesia Catedral y Colegio de la Compañía en un territorio tan corto que por su estrechez experimentan sumas incomodidades. La falta de espacio, la promiscuidad entre diversos tipos de enfermos (eclesiásticos, seculares, regulares, indígenas, enfermos de las minas, incurables y locos) provocaba la propagación de enfermedades. Además, el campo santo adyacente, con sus exhalaciones pestilenciales y desagües inmundos que llegaban hasta la Plaza Mayor, representaba un grave riesgo de peste para toda la ciudad.

 

Por iniciativa de Fray Antonio González de Lugo (Prior) y Fray Pedro Pablo de Villamor (enfermero mayor y médico), y con el apoyo del arzobispo y limosnas del común, se adquirieron terrenos, casas y tiendas en un sitio más adecuado: la calle de San Miguel (cercano al río San Francisco), al occidente de la ciudad. Este nuevo lugar ofrecía un perímetro suficiente para iglesia, vivienda de religiosos, salas de enfermería con separación de hombres y mujeres, campo santo y huerta con agua perenne, respondiendo a los planos de un hospital granadino español. La idea inicial de dejar el antiguo Hospital de San Pedro para clérigos con seis camas no prosperó; parte del viejo edificio fue derruido y en su lugar se construyó una iglesia bajo la advocación de San Felipe Neri, y los fondos de la venta se destinaron a la nueva construcción.

 

EL HOSPITAL DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ Y EL NOMBRE DEFINITIVO (MEDIADOS DEL SIGLO XVIII).

La construcción del nuevo hospital comenzó en 1723. En 1729, tras el fallecimiento de Villamor, Juan José Merchán asumió la dirección y donó 10.000 pesos a la institución, que para entonces ya disponía de unas 100 camas. Al finalizar su ampliación, el hospital fue rebautizado como "Hospital de Jesús, María y José".

 

Finalmente, hacia 1739, el hospital fue rebautizado con el nombre que sería definitivo: “Hospital de San Juan de Dios". La culminación de este nuevo centro fue motivo de ocho días de festejos, con sermones, juegos, bailes y bebidas. Los oidores y caballeros principales de la ciudad, en un acto simbólico de compromiso, llevaron a los enfermos en sillas de manos desde la antigua enfermería de San Pedro hasta la nueva, sellando el traslado.

 

AVANCES, EDUCACIÓN Y EL LEGADO CIENTÍFICO (FINALES DEL SIGLO XVIII - SIGLO XIX).

A pesar de la loable labor humanitaria de la Orden Hospitalaria, el informe señala que figuras como Villamor, Guzmán, Merchán e Isla no fueron catedráticos de Medicina en el sentido estricto. Practicaban y enseñaban de manera precaria, reflejo del estado incipiente de la ciencia hipocrática en el Virreinato. Sin embargo, con el tiempo, la institución se abrió a la enseñanza.

 

En 1761, Fray Antonio de Guzmán se enorgullecía de ser el profesor del distinguido novicio Miguel de Isla, quien, tras varias negativas a asumir la dirección y ser reclamado por virreyes, se convirtió en un reformador de la enseñanza médica junto a José Celestino Mutis. En 1762, se inauguró una nueva enfermería para mujeres en San Juan de Dios, con 360 pesos donados por el señor Solís, y se equipó con nuevas camas con ropa y cortinas de sarga prensada, faroles, acciones que culminanaron con una desfile y claustros decorados.

 

Un hito importante llegó con la Real Cédula del 22 de diciembre de 1767, que ordenó el traslado de la botica de los jesuitas al hospital tras su expulsión. Para el siglo XIX, bajo el Nuevo Plan de Estudios de Mutis e Isla y atendiendo a una Real Cédula de 1801, el Hospital de San Juan de Dios se convirtió en un apéndice de las facultades de Medicina, donde los estudiantes realizaban sus prácticas, consolidando su verdadera labor científica.

 

MODERNIZACIÓN Y EXPANSIÓN (SIGLOS XIX Y XX).

La historia del hospital continuó más allá de la época virreinal. Durante el gobierno republicano del Dr. Manuel Murillo Toro, el hospital pasó a ser administrado por la Beneficencia de Cundinamarca. A principios del siglo XX, bajo la presidencia del General Rafael Reyes, se realizó un canje de terrenos para construir en un sitio más adecuado, conocido como Molino de la Hortua.

 

Terremotos y epidemias forzaron a las autoridades a acelerar las construcciones en La Hortua, y en 1927, toda la enfermería se trasladó a este nuevo edificio, diseñado con las concepciones arquitectónicas modernas de la época. El número de camas ascendió a 600. Ante nuevas demandas de atención, se inició en agosto de 1948 la construcción de un bloque único, la estructura que hoy en día podemos contemplar. El 4 de agosto de 1952, este moderno edificio fue ocupado, y allí la Oficina de Estadística Médica registró la primera historia clínica, marcando el inicio de una nueva era para el Hospital San Juan de Dios, un verdadero testigo de la evolución de la medicina y la sociedad en Bogotá.

 

 

Fuente: Antonio Mnartinez Zuaica. La Medicina del siglo XVIII en el Nuevo Reino de Granada. Universida Pedagogica y Tecnológica de Colombia. Tunja Boyacá.1973. Págs.170 a 173.

EL VOLCÁN CERRO MACHÍN , Y EL CAMINO DEL QUINDIO.

 

EL VOLCÁN CERRO MACHÍN , Y EL CAMINO DEL QUINDIO.

“Hay en ella un volcán de humo que respira en la gran sierra bien conocida por sus laderas nombradas de Toche, en que, por una barandilla de piedra, que los españoles han labrado en ellas, se hace tránsito de Ibagué a Quimbaya; de esta sierra bajan muchos arroyos que riegan y fertilizan la provincia, y por los más de ellos hay fabricados puentes de guaduas que facilitan el poso, aunque asustan con los columpios.”

(Cieza de León. Crónicas del Perú. Pág. 137.)

VOLCÁN CERRO MACHÍN: UN GIGANTE DORMIDO EN EL PASO O CAMINO DEL QUINDIO.

En la ladera oriental de la Cordillera Central, en el departamento del Tolima, se encuentra un volcán que ha capturado la imaginación de los habitantes de la región durante siglos: el Volcán Cerro Machín. Su imponente cráter de 2,4 km de diámetro y sus tres domos, es un recordatorio de la fuerza y la belleza de la naturaleza.

Su historia se remonta a la época precolombina, cuando los indígenas Pijaos habitaban la región. Relatan las leyendas, que un mohán (un ser sobrenatural) vivía en los alrededores del volcán y se aprovechaba de las doncellas de la región. Sin embargo, una de ellas, la princesa Dulima, logró engañar al mohán y encerrarlo en una cueva, lo que provocó la ira del ser que provoco la erupción del volcán.

Hoy, el  volcán Cerro Machín es considerado uno de los más peligrosos del planeta, en actividad volcánica que se evidencia en la presencia de fumarolas, aguas termales y permanente micro sismicidad. A pesar de esto, el volcán se ha instituido como un atractivo turístico importante, a consecuencia de sus paisajes naturales, flora y fauna únicas, aguas termales, y la posibilidad de acceder fácilmente al interior de su cráter.

El Cerro Machín es accesible por tres rutas principales:

Desde Ibagué, por el carreteable que parte del sitio denominado "El Boquerón", ubicado sobre la carretera Ibagué – Armenia.

Desde Salento, por la vía que conduce al corregimiento de Toche.

Desde Cajamarca, por la ruta a Toche.

Un Lugar de Interés

El Cerro Machín es un lugar de gran interés para los amantes de la naturaleza y la aventura. Algunos de los atractivos del volcán incluyen:

La posibilidad de acceder al interior del cráter y observar la actividad volcánica.

La presencia de fuentes termales y fumarolas.

La observación de la flora y fauna únicas de la región, incluyendo el árbol nacional, la palma de cera.

La apreciación de los vestigios precolombinos de origen lítico, como bateas de pilar maíz.

En resumen, el Volcán Cerro Machín es un destino turístico que ofrece una experiencia única y emocionante para aquellos que buscan explorar la naturaleza y la historia de Colombia.

 

VISIÓN COSMOGONICA DEL VOLCÁN CERRO MACHÍN. +

La armónica relación de los indígenas con su entorno natural, especialmente el de las montañas y volcanes, les llevaba a justificar y explicar su enigmático origen, a través de representaciones y elucidaciones de origen divino, considerándolos como sitios donde moraban sus dioses protectores, por consiguiente, les correspondía celar e idolatrar a través de cultos ceremoniales.

“En cercanías del Volcán Cerro Machín vivía un mohán[1] que se aprovechaba de todas las doncellas de la región, pero un día una de ellas, la princesa Dulima se organizó con sus amigas y engañaron al mohán emborrachándolo y metiéndolo en una cueva; luego de encerrarlo, taparon la entrada con grandes piedras para que no pudiera escapar. Cuando el mohán despertó de su borrachera, al no poder salir, hizo temblar el suelo produciendo grandes ruidos y haciendo salir fuego y azufre por la boca de la cueva”.[2]

El duende, según los arrieros, es una posible persona del tamaño de un metro, pelo largo como crin de caballo, una nariz puntiaguda y los ojos bien adentro para esconder la mirada, que por naturaleza hace infinidades de maldades y crea un sinnúmero de dificultades a las personas. 

A los viandantes les extraviaba de rumbo, cuando se disponían a reanudar su marcha, les ocultaba las mulas (que aparecían alejadas, anudadas sus crines y cola en forma de trenzas, difíciles de desatar), aparejos, herramientas, sombreros y hasta las cotizas.

 

Volcán Cerro Machín: catalogado como volcán somma o pliniano, considerado como uno de los volcanes más peligroso del planeta.  Situado el Corregimiento de Toche, jurisdicción de Ibagué Tolima, sobre la cordillera central, ladera oriental, a una altura de 2.750 msnm, una Latitud Norte de 4°, 29´ de latitud, y 75°, 22´de Longitud Oeste, Su cráter contiene tres domos, y mide 2.4 km de diámetro aproximadamente.

Es un volcán activo en estado de reposo, su última erupción se calcula que sucedió en el año 1200. Su actividad volcánica se evidencia en la presencia de sus fumarolas, aguas termales y micro-sismicidad permanente  en sus dos domos ubicados en los alrededores de su cráter.

El edificio volcánico del Machín presenta en su interior una explanada en forma de media luna, ocupada parcialmente, hasta hace unos 10 años, por una laguna (actualmente es un pantano).

Drenado por el río Coello y/o Toche, afluente del río Magdalena.  Su ciclicidad en eventos es de aproximadamente cada 800 años y se caracterizan por ser de gran explosividad y abundancia de flujos piroclástico, siendo la parte más afectada la cuenca del rio Coello.

En caso de hacer erupción, el material arrojado por el volcán alcanzaría entre 20 y 40 kilómetros de altura, llegando a ser visto incluso en Bogotá. Los materiales También bajarían por sus laderas materiales calientes que represaría afluentes y ocasionaría una gran avalancha en el río Coello, afluente del río Magdalena.  Podría llegar a afectar a cerca de un millón de personas en los departamentos de Tolima, Valle del Cauca, Quindío, Risaralda y Cundinamarca.

 

Los principales atractivos del volcán, fuera de su actividad fumarólica, sus fuentes termales, la posibilidad de acceder fácilmente al interior de su cráter, en donde se desarrolla actividad agropecuaria. Además, es un atractivo paisajístico y allí pueden ser observado el árbol nacional, la palma de cera. En alguna época, la extinta Laguna del Machín fue atractiva

Se aprecian vestigios precolombinos de origen lítico, como bateas de pilar maíz, que prueba que los indígenas Pijaos habitaron las vecindades del cráter del volcán. Asimismo, se aprecia una tapia construida con piedra de origen volcánico, construida por los colonizadores del lugar y que delimitaba la propiedad de los terrenos sobre la estructura volcánica.


RUTAS DE LLEGADA.

Los caminos para llegar son tres rutas; el primero por el municipio de Ibagué, que se hace por el carreteable que parte del sitio denominado “El Boquerón”, ubicado sobre la carretera Ibagué – Armenia;  el segundo, lo constituye la vía que conduce del municipio Salento al corregimiento de Toche; y un tercero, que parte desde Cajamarca, por la ruta a Toche.

Se accede a través de un circuito que se puede hacer por dos lugares. Por la ladera oriental del cráter se accede por los termales de Buenavista, y por el cerro de “Guaico”, se llega a sitio donde está la laguna en la boca del cráter.

Por un sendero cubierto de vegetación, se asciende hacia la cúspide de las fumarolas donde permanentemente brota gas y vapor volcánico. Una apunta al costado oriental.[3]









[1] Mohán, es sinónimo de Chaman.

[2]  María Eugenia Sepúlveda. Naturaleza y desastres en Hispanoamérica: la visión de los indígenas. Silex Ediciones. LibreriaNorma.com. Pag.44

[3] MEMORIAS. Boussingault, Jean Baptiste Joseph Dieudonné, 1802-1887. CAPÍTULO XV. Paso de la Cordillera Central por el Quindío.

 

domingo, 25 de enero de 2026

LA COLONIZACIÓN DE LA HOYA DEL QUINDÍO: UNA EPOPEYA DE LUCHA Y SUPERVIVENCIA.



Conquistado ya, el Reino de Quito por Sebastián de Belalcázar
  y con el conocimiento de que antes de llegar a Cundinamarca se encontraba otra provincia fértil y rica  en oro, gobernada por dos hermanos Popayán y CaIanbas; en el año de mil quinientos y treinta y seis salió de Quito con ciento y cincuenta caballos y otros infantes bien equipados y armados, llevando a Pedro Puelles, Juan de Cabrera, Pedro de Añasco,  Juan de Ampudia, Juan Muñoz de Collantes, Miguel López Muñoz  y Francisco García de Tovar, Hernán Sánchez Morillo, Jorge Robledo, Martín de Amoroto Rui Vanegas, Sancho Sánchez de Ávila, Juan de Cabrera, Francisco Sánchez, Luís Daza, Pedro Bazán. Hernando Álvarez de Saavedra, Cobos, Zepero y otros que pasaron al Nuevo Reino de Granada, habitada por más de seiscientos mil indios agrupados por los reinos de los Pijaos, Omaguas y Paeces.  Los Pijaos, ocupaban las montañas de Ibagué en un área de más de cien leguas en las que hoy se incluyen las ciudades de Cartago, Buga, Toro, Cali, Popayán.

 

Jorge Robledo, Francisco de Cieza, Miguel Muñoz, Juan de Vadillo, Suer de Nava, Rodríguez de Sosa y Álvaro de Mendoza, exploraron la Hoya del Quindío y empezaron la fundación de pueblos en la región.  Jorge Robledo funda a Cartago viejo, el 9 de agosto de 1541, a orillas del río Consota (hoy Pereira).

Jorge Robledo llega al pueblo de Irra, por donde se angosta el Cauca, fabricó balsas de guaduas que fueron conducidas por indios nadadores y salvaron el Cauca y prosiguieron las nuevas conquistas.  Despacho mensajeros a los indios de la provincia de Carrapa ofreciéndoles su amistad.

 Los Carrapas que estaban en guerra con los Picaras, admitieron con gusto la invitación de Robledo y los tuvieron alojados en sus tierras cuarenta días, socorriéndolos con suministros y obsequios de joyas de oro, y la noticia de que atravesada la cordillera dé los Andes hallarían la provincia de Arbi y antes de atravesarlas las de Pícara, Paucura.

Un espacio habitado hace poco más de cuatrocientos cincuenta años (Cartago viejo) punta de lanza del proceso de colonización del territorio a partir del año de su fundación,1540, que condujo a la creación de Filandia 20 de agosto de 1878.

 

Filandia nace en la segunda mitad del siglo XIX no sólo por la expansión colonizadora de antioqueños, sino también por la colonización de individuos procedentes del Cauca, Tolima, Cundinamarca y Boyacá. Que finalmente estos últimos hayan impuesto el prototipo de colonización no excluye a los primeros.

 

 

Ochenta caciques formaban una poderosa confederación, los más poderosos y destacados eran: TACORONVI, VIA, YANVA, ZAZAQUAVI, PINDANA; según lo afirman diversos cronistas españoles.

Lorenzo de Aldana fue comisionado por Sebastián de Belalcázar para la conquista  y, explotación de la Provincia de Anserma, y este a su vez, eligió a Jorge Robledo para tal efecto.

Robledo, protegido por cien conquistadores españoles, el 14 de julio de 1539, marchó desde Cali hacia el norte, circundando las márgenes del río Grande (Cauca), en cumplimiento de su misión.

Luego de ocho días de marcha, llegaron al territorio de los indígenas Gorrones, en las inmediaciones de lo que es hoy el municipio de Roldanillo (Valle); fueron denominados “Gorrones” a causa de un pez nombrado Gorrón, que hacía parte de su dieta, y que ofrecieron a los españoles repitiendo "Gorrón Gorrón". En este lugar, esperó las balsas que venían por el río Cauca, para continuar luego a la provincia de Anserma, territorio de las tribus: CARRAPAS, PICARAS, POZOS, PÁCORAS, COCUYES.

ROBLEDO FUNDA ANSERMA.

Aproximadamente a seis leguas del territorio de los Gorrones, se encontraba unos soldados españoles provenientes de Cartagena de Indias, liderados por Juan Graciano y Luis Bernal, con cien hombres que venían tras la persecución del Oidor Juan de Badillo. Robledo envió a Ruy Vanegas, con la orden de que se presentaran ante él.

Robledo, al ignorar las intenciones de aquella tropa, decidió actuar antes de que Vanegas llegara y mandó a cabalgar a varios hombres, ordenándoles que buscaran un sitio llano, haciendo talar toda la sabana. Fue el 15 de agosto de 1539, en aquel lugar, donde Robledo fundó la ciudad de San Juan (Anserma).

Pocos días después, por órdenes de Robledo, la ciudad fue trasladada al sitio que hoy ocupa Anserma (Caldas), y pasado un siglo, a un paraje vecino al Cauca, en el lugar que actualmente ocupa la ciudad de Ansermanuevo, en el Valle del Cauca.

LA COLONIZACIÓN DE LA HOYA DEL QUINDÍO: UNA EPOPEYA DE LUCHA Y SUPERVIVENCIA.

La historia de la colonización de la “Hoya del Quindío” fue una gesta de pobreza, lucha y supervivencia.

A finales del siglo XIX, la región de Antioquia se encontraba sumida en una profunda crisis económica y social. La tierra era escasa y de mala calidad, lo que llevó a muchos campesinos a buscar fortuna en otras tierras.

La marginación social y la falta de oportunidades empujaron a miles de antioqueños a abandonar sus hogares y aventurarse en la desconocida selva del Quindío. La promesa de tierras fértiles y ricas en recursos naturales era un atractivo irresistible para aquellos que buscaban una vida mejor.

La migración fue un proceso lento y arduo. Los colonos, cargados con sus pocas pertenencias, se adentraron en la selva, abriendo caminos y estableciendo asentamientos. La región del Quindío, con sus valles fértiles y sus ríos caudalosos, se convirtió en el destino de muchos de estos pioneros.

La colonización no fue un proceso pacífico. Los colonos se enfrentaron a la resistencia de las concesiones de tierras, que habían sido otorgadas por el gobierno a compañías extranjeras. La lucha por la tierra fue intensa, y muchos colonos perdieron sus vidas en la disputa.

A pesar de los desafíos, la colonización antioqueña fue un éxito. Los colonos establecieron prósperas comunidades, cultivaron la tierra y extrajeron riquezas minerales. La región del Quindío se convirtió en un importante centro económico y cultural, y su legado sigue siendo visible en la actualidad.

La migración antioqueña a la Hoya del Quindío fue un capítulo importante en la historia de Colombia. Fue un proceso de lucha y supervivencia, pero también de esperanza y realización. Los colonos que se aventuraron en la selva desconocida demostraron una determinación y un coraje que sigue inspirando a las generaciones actuales.

TRES GRANDES CONCESIONES EXPOLIARON Y SE APROPIARON DEL TERRITORIO DE LOS QUIMBAYA.

Concesiones de tierras en la provincia Quimbaya

Las concesiones de tierras en la provincia Quimbaya fueron:

  • Concesión Villegas: otorgada en 1763 a Felipe de Villegas y Córdoba, abarcaba una extensión de cerca de 40 kilómetros al sur de Medellín, en dirección de los ríos Arma y Buey.
  • Concesión Aránzazu: otorgada a José María de Aránzazu, abarcaba una extensión superficial de cerca de 240 kilómetros cuadrados, desde el Arma hasta el Chinchiná, entre el Cauca y la Cordillera Central.
  • Concesión Burila: equivalente a la mitad del sur del Quindío y la mitad del norte del Valle del Cauca, fue cedida a una sociedad constituida en Manizales en 1884.

LA DE VILLEGAS, en el año 1763, el español Felipe de Villegas y Córdoba propuso al Virrey José Alfonso Pizarro Márquez del Villar la construcción de un camino que uniera Rionegro con la capital virreinal Santafé. Para lo cual solicitó la cesión de los terrenos que se encontraban en el camino que se dirigía a Popayán y estaban limitados por los ríos Arma y Buey, para descubrir, poblar, y en contraprestación, construir un camino que de Medellín llevara a Mariquita. Los terrenos se extendían en una longitud de cerca de cuarenta kilómetros al sur de Medellín, en dirección de los ríos Arma y Buey.

Los colonos de Sonsón fueron presionados por estas concesiones y debieron continuar su marcha por las vertientes del sur en búsqueda de tierras disponibles, llegando a los territorios de Abejorral y Sonsón. Terrenos en donde se ubicaban los poblados de Pascua y Puebloblanco, habitados por los indígenas Armas.

LA DE ARÁNZAZU, más al sur, se concedió una extensión superficial de cerca de doscientos cuarenta kilómetros cuadrados a José María de Aránzazu, español que ejerció como presidente de Colombia por encargo entre 1841 y 1842, durante el gobierno de Pedro Alcántara Herrán; territorio que abarcaba desde el Arma hasta el Chinchiná, entre el Cauca y la Cordillera Central, encajados entre los ríos Pozo y Chinchiná; sur del río Pácora y los ríos Pozo y San Lorenzo.

Esta concesión ocasionó uno de los conflictos agrarios más graves del país, ya que los herederos, por intermedio de matones a sueldo, asesinaban a los colonos y quemaban sus ranchos y cosechas, además de impedirles el asentamiento en predios de los actuales municipios de Marulanda, Aránzazu, Neira, Filadelfia y Manizales.

Fermín López, reconocido gestor de la colonización, que primero se radicó en un sitio llamado Sabanalarga, hoy Salamina, luego se trasladó a los territorios en donde se empezó a fundar Manizales, en terrenos de la concesión Villegas, y luego, en el año de 1853, fundó Santa Rosa de Cabal.

LA BURILA: UN LEGADO DE DESPOJO Y OPRESIÓN EN EL QUINDÍO.

LA BURILA, vocablo indígena derivado de una tribu de los Pijaos (Bulirás). Concesión equivalente a la mitad del sur del Quindío y la mitad del norte del Valle del Cauca.

La Concesión Burila, un nombre que evoca recuerdos de injusticia y despojo en la región del Quindío. En 1884, un grupo de poderosos empresarios, entre ellos los hermanos Caicedo, el General Eliseo Payán y el General Miguel Hurtado, fundaron la Sociedad Anónima Burila con el objetivo de explotar las riquezas naturales de la región.

La Sociedad Anónima Burila estaba compuesta por 100 accionistas, todos ellos insignes representantes y administradores de la política y la de justicia de la época en emnción, entre ellos:

Hermanos Caicedo (socios mayoritarios)

Lisandro Caicedo

Belisario Caicedo

General Eliseo Payán

General Miguel Hurtado

Federico Restrepo

Manuel M. Castro

Primitivo Valencia

Joaquín de Caicedo Caicedo

Juan de Dios Ulloa

Rafael Reyes

Eustaquio Palacios

Belisario Zamorano

Julio Bertin

Belisario Buenaventura

C. H. Simmons

Elías Reyes

Fortunato Cabal

José M. Rivera Garrido

José M. Domínguez

Manuel A. Sanclemente

Manuel M. Sanclemente

Banco Industrial de Manizales

Banco del Estado del Cauca de Popayán

Estos accionistas, con su influencia política y económica, lograron apoderarse de una gran cantidad de tierras de la región, el cual abarcaba más de 125.000 hectáreas  de los municipios de Zarzal, Sevilla, Caicedonia, Génova, Pijao, Buenavista, Córdoba, Calarcá y Armenia.

El objetivo principal de la Sociedad Burila era explotar las minas, salinas y carboneras de la región, así como colonizar y desarrollar la zona. Sin embargo, esto se hizo a costa de los colonos que habían ocupado y trabajado la tierra durante años y posterior al acoso, persecución y despojo de la tierra que ocupaban fueron despojados con la complicidad  y respaldo de las autoridades de la época.

Los colonos, que habían llegado la Hoya del Quindío, huyendo de las guerras civiles, y en done establecieron sus mejoras agrarias,  buscando nuevas oportunidades, se encontraron con que la Sociedad Burila, que les reclamaba la propiedad de la tierra, respaldada por títulos sospechosos de la corona española.

La Sociedad Burila utilizó su influencia política y económica para despojar a los colonos de sus tierras, utilizando métodos violentos y coercitivos. Los colonos, que no tenían los recursos ni la influencia para defenderse, se vieron obligados a abandonar sus tierras o a trabajar para la Sociedad Anónima Burila en condiciones de explotación.

En 1912, el Ministerio de Obras Públicas de Colombia emitió una resolución que declaraba que los terrenos de Burila no eran baldíos, sino de propiedad de la Sociedad Anónima Burila. Esta decisión, que se tomó después de una inspección ocular realizada por el alcalde del Zarzal, fue un golpe significativo para los colonos y un triunfo para la Sociedad Anónima Burila.

La Concesión Burila es un ejemplo de cómo la influencia política y económica puede ser utilizada para obtener beneficios a expensas de los más débiles. La historia de la Burila y su lucha por el control de la región es un recordatorio de la injusticia social y la no proteccion los derechos de los más vulnerables.

Distribución Accionaria de los Socios de la Burila

La distribución accionaria de los socios de la Burila se estableció de la siguiente manera:

  • El capital inicial se conformó con los terrenos mencionados, dividiéndose en 1.000 acciones de 200 fanegadas a 100 pesos cada una.
  • Cada acción daba el derecho a un lote de terreno de 100 fanegadas con dominio exclusivo.
  • De las 1.000 acciones, 400 fueron reservadas por los señores Caicedo, sin costo alguno, como parte del terreno que ellos cedían.
  • Las 600 acciones restantes se distribuyeron entre los demás socios.

Objetivos de la Burila

Los objetivos de la Burila eran:

  • Explotar minas, salinas y carboneras existentes en los terrenos cedidos por los señores Lisandro y Belisario Caicedo.
  • Colonizar y desarrollar la región, reservando 4.000 fanegadas para establecer una ciudad (Caicedonia) en un lugar estratégico, cerca de la confluencia de los ríos Barragán y Quindío.
  • Aprovechar la ubicación geográfica de la región para establecer rutas comerciales y de transporte, ya que se preveía el cruce de tres caminos importantes en el área. 

Las motivaciones de los accionistas de la Burila fueron:

  • Consolidar el dominio y provecho del territorio: Los accionistas de la Burila buscaban establecer un control total sobre la región, aprovechando su conocimiento de la zona y su influencia política y económica.
  • Aprovechar la ubicación estratégica: La Burila se enteró de que por los terrenos pasaría un camino y se proyectaba la línea del tren, lo que aumentaría el valor de la tierra y la haría más atractiva para la inversión.
  • Reclamar la propiedad de las tierras: La Burila comenzó a reclamar la propiedad de las tierras previamente adjudicadas a colonos, lo que generó un conflicto con los colonos que habían ocupado y trabajado la tierra durante años.
  • Explotar los recursos naturales: La Burila buscaba explotar los recursos naturales de la región, incluyendo la madera, la leña y otros materiales necesarios para el establecimiento y laboreo de las minas, salinas y carboneras.
  • En resumen, las motivaciones de los accionistas de la Burila eran fundamentalmente económicas y se centraban en la explotación de los recursos naturales y la especulación con la tierra, lo que los llevó a entrar en conflicto con los colonos que habían ocupado y trabajado la tierra.

La propiedad de esta compañía era un paralelogramo de 125 mil hectáreas entre Bugalagrande y el páramo del Quindío que incluía los municipios de Zarzal, Sevilla, Caicedonia (Valle), Génova, Pijao, Buenavista, Córdoba, Calarcá y Armenia (Quindío), compañía formalizada por escritura pública número 693 de 25 de noviembre de 1884, otorgada en la notaría de Manizales y constituida por cien accionistas de reconocida influencia económica y política de Cauca y Caldas.

Esta compañía despojó a cincuenta mil colonos pobres, cuya única riqueza y poderío eran su trabajo y deseos de establecer su núcleo familiar lejos de la influencia de las guerras de fin de siglo XIX, para poder vivir en paz.

En medio de estos conflictos fueron fundadas Armenia (1889), Montenegro (1890), Pijao (1891), Génova (1903), Quimbaya (1914), Sevilla y Caicedonia como estrategia de los colonos para luchar contra la Burila. Establecidos como poblados debían recibir las 12.000 hectáreas que estipulaban las leyes.

La legalidad de estos despojos de tierras se fundamentó en "títulos fingidos”, que supuestamente fueron emanados por merced real de la corona española. Así fue como los territorios del sur de Antioquía, de Risaralda, Quindío, norte del Tolima, y del Valle del Cauca, fueron ocupados y apropiados respaldados por títulos realengos de dudosa legitimidad.

El territorio de la denominada “Hoya del Quindío”, la concesión de tierras denomina “Burila” se apodero de la mayor parte del territorio.

En 1842, la “Hoya del Quindío” estaba ocupada por animales de todos los pelambres, espesos guadales y colosales árboles, serpientes, bichos y otras formas de vida. Territorio de profusa biodiversidad nunca antes vista, agua en abundancia, terrenos impolutos y fecundos, donde nacían las semillas sin necesidad de arar, solo se desbrozaba, quemaba, surcaba y sembraba.

Colonizadores oriundos de disímiles comarcas, evadiendo las reyertas civiles de fin de siglo XIX, buscando nuevas oportunidades se aventuraron por el camino del Quindío y plantaron sus reales en Boquía. De aquí se extendió el poblamiento a Salento, Filandia, Circasia, Calarcá, Armenia, Pijao, Génova y Quimbaya.

Las tierras no tenían dueño, eran baldías, estaban en pura montaña, se rumoraba la abundancia de oro de guacas (todo el que daba un azadonazo obtenía grandes tesoros) y minas de veta y aluvión.

En un principio, los colonos vivieron en paz con sus familias, pero pronto llegaron los malos días y las desgracias causadas por los poderosos tentáculos de una nefasta empresa que borró por completo la felicidad primera de tan agraciado edén.

La anarquía económica, política y administrativa motivada por tres guerras civiles (1876, 1885 y la de los “Mil Días”), dio inicio a un proceso de distribución, adjudicación y apropiación de tierras baldías, presentándose litigios terciados por políticos y mineros caucanos, quienes a través de las élites manizaleñas se aprovecharon de las necesidades y del trabajo de los colonos recién asentados, constituyeron la Sociedad Anónima Burila en el año 1884.

A continuación, algunos aspectos referentes:

 

  • 1884: La Sociedad Anónima Burila se constituye con el objetivo de explotar minas, salinas y carboneras en los terrenos cedidos por los señores Lisandro y Belisario Caicedo.
  • 1884-1906: Los representantes legales de Burila, Marcelino y José Miguel Arango, padre e hijo, se hacen propietarios de terrenos en la región y comienzan a despojar a los colonos de sus tierras.
  • 1884-1912: Los colonos son objeto de intimidación, despojo y violencia por parte de los esbirros de Burila, quienes queman sus ranchos y cultivos, y los obligan a desocupar o pagar onerosos precios por la tierra.
  • 1900: Don Catarino Cardona, maestro de escuela y tinterillo, se convierte en el adalid en la defensa de los colonos y redacta un memorial dirigido al gobierno central, que firman treinta mil colonos, en el que se pide la anulación del acto administrativo por medio del cual se reconoce a Burila como la única dueña del territorio.
  • 1912: El Ministerio de Obras Públicas revoca todos los derechos sobre los terrenos de Burila.
  • 1930: El ministro Juan Antonio Montalvo decide poner fin al asunto, mediante resolución del 26 de febrero, en la cual pone en pie de igualdad a colonos y Compañía.

EL GOBIERNO LEGISLÓ EN FAVOR DE LA SOCIEDAD DE BURILA

En diciembre de 1912, el Ministerio de Obras Públicas de Colombia emitió una resolución declarando que los terrenos de Burila, ubicados en los municipios de Calarcá, Zarzal y Bugalagrande, no eran baldíos, sino de propiedad de la Sociedad de Burila.

Decisión que se tomó después de una inspección ocular realizada por el alcalde del Zarzal, quien dijo haber comprobado que los terrenos estaban dentro de los linderos de la Sociedad de Burila. La resolución también ordenó a las autoridades respectivas dar la debida protección legal a la Sociedad de Burila y abstenerse de perjudicar sus derechos.

Esta decisión fue un golpe significativo para los colonos que habían ocupado y trabajado la tierra durante años, ya que les negaba el derecho a la propiedad de la tierra que habían desbrozado y cultivado. La resolución también sentó un precedente para la explotación de los recursos naturales de la región por parte de empresas privadas.

La Sociedad de Burila, que había sido fundada en 1884, había estado luchando por el control de la región y había utilizado su influencia política y económica para lograr sus objetivos. La resolución del Ministerio de Obras Públicas fue un triunfo para la Sociedad de Burila y un revés para los colonos y los defensores de la reforma agraria.

La historia de la Sociedad de Burila y su lucha por el control de la región es un ejemplo de cómo la influencia política y económica puede ser utilizada para obtener beneficios a expensas de los más débiles. La resolución del Ministerio de Obras Públicas es un recordatorio de la importancia de la justicia social y la necesidad de proteger los derechos de los más vulnerables.

La acción de los propietarios y administradores de la Concesión Burila se caracterizó por la violencia, la intimidación y el despojo de tierras a los colonos, lo que generó un conflicto sangriento que duró décadas.

Álvaro Hernando Camargo B.