LA
CONQUISTA DE LOS VALLES DE ANAIMA, MATAGAIMA Y TOCHE.
El punto
de partida: El Valle de las Lanzas.
A
mediados de 1550, el capitán Andrés López de Galarza salió de Santa Fe con 93
soldados, el presbítero Francisco González y sus capitanes Francisco de Prado y
Juan Bretón. Su objetivo era lo que los españoles llamaban el Valle de las
Lanzas, una gran provincia de una misma lengua y nación, pero dividida en
valles enemigos entre sí: Combayma, Metaima, Vilacaima, Chitanema,
Chinacataima, Matagaima, Anaima y Toche.
Era el
territorio que hoy se reconoce entre Ibagué, Cajamarca y la cordillera del
Nevado del Tolima.
Metaima y
el cruce del río Tolima.
La
primera escala fue Metaima. Galarza habló a los naturales a través de
intérpretes. Según la costumbre de la época, les explicó la ley cristiana, la
necesidad de vivir conforme a justicia y de hacerse vasallos del Emperador y
Rey de Castilla. Luego les pidió guías para continuar.
A los
indios lo que más les agradó fue la promesa de que no se les haría daño.
Galarza les aseguró que, si algún español les causaba agravio, lo castigaría,
porque así se lo mandaba el Rey. Tenían mucho miedo y sostener a los españoles,
aunque fuera medio día, les resultaba costoso. Tanto desearon que se fueran que
ofrecieron no solo guías, sino cargueros para el equipaje. Galarza se detuvo
tres días y tomó el camino hacia Ibagué.
Saliendo
de Metaima llegaron al río que los naturales llamaban Tolima. En su lengua,
Tolima significaba nieve, porque bajaba del nevado de Cartago y sus aguas
venían del deshielo que duraba todo el año. Hoy se conoce como Combeima.
El río
iba muy crecido y los naturales de Ibagué habían destruido los puentes para
impedir el paso. Los españoles metieron los caballos en medio de la corriente e
hicieron con ellos un puente vivo. Así cruzaron la gente, el servicio y el
fardaje y se alojaron en la otra orilla.
La unión
de los ríos de Anaima y Matagaima.
Al día
siguiente llegaron al punto clave de toda la expedición: la junta de dos ríos,
el que bajaba del Valle de Anaima y el que bajaba del Valle de Matagaima.
Allí
había una meseta llana de media legua de contorno — hoy la zona entre el río
Anaime y el río Bermellón, donde está Cajamarca — donde el cacique Laembiteme
tenía parte de su poblado y más de dos mil guerreros esperando. Solo había una
subida por donde podían subir los caballos y la habían cerrado para defenderla.
Galarza
no atacó. Detuvo a su gente antes de la quebrada y ordenó el requerimiento. A
través de las lenguas les dijo que no venía a hacerles guerra, sino a
manifestar la ley evangélica, a enseñarles el Dios verdadero y el bautismo para
la salvación, y que debían reconocerse vasallos del Rey de Castilla, a quien
ellos en su lengua llamaban Xe Amima. Les ofreció la paz.
Los
indios respondieron primero con grandes alaridos, tocando fotutos, cornetas y
flautas hechas con canillas de indios muertos, y advirtieron que si avanzaban
serían sepultados en sus vientres. Los soldados quisieron arremeter, pero
Galarza los contuvo. Parlamentaron hasta la puesta del sol. Finalmente, los
indios cambiaron de parecer, abandonaron el paso y dejaron subir a los
españoles sin pelear. Esa misma tarde los alojaron en sus propias casas. A la
mañana siguiente el poblado estuvo vacío. Habían retirado mujeres, hijos y
bienes a lugar seguro, señal que, como advirtió Aguado, siempre precedía a la
guerra.
La paz,
el trueque y noticia geográfica.
No hubo
ataque inmediato. Volvieron de paz, trayendo comida y chagualas de oro fino
para trocar. Lo que más buscaron a cambio fue sal del Reino en panes grandes,
gallinas blancas y cuentas de España, pues la tierra era muy estéril en eso.
Aguado anotó el precio: por un pedazo de sal de dos o tres libras daban una
chaguala de oro fino de seis pesos o más, y lo mismo por una gallina.
Galarza
se detuvo allí más de ocho días. Le vinieron de paz todos los naturales del
valle y los caciques de Matagaima, Anaima y Vilacaima.
Fue allí
donde Aguado dejó su descripción esencial:
El Valle
de Matagaima tendrá dos leguas y media de largo, todo poblado en lo raso,
porque esta tierra toda es doblada y muy quebrada. Todos los valles son rasos y
pelados hasta la mitad de las lomas y cuchillas, y de allí para arriba es
arcabuco y montaña muy crecida y espesa. Esto es general en toda la tierra de
Ibagué. El Valle de Anaima tendrá cuatro leguas de largo y todo lo raso de
abajo estaba poblado.
Describió
también por qué resistieron tanto. Sus armas eran lanzas de veinticinco a
treinta palmos hechas de guadua rajada, con punta de palma negra muy dura;
escudos o paveses de cuero de danta seco y ligero, colgados al cuello, que
ponían por delante al pelear y por la espalda al huir; dardos arrojadizos de un
palmo, macanas a manera de montantes de palma negra, hondas con piedras
redondas del tamaño de un huevo que llevaban en mochilas, y hachas de cobre.
Peleaban desnudos, se acercaban cuerpo a cuerpo sin temor y, dijo Aguado, cada
indio no rehusaba pelear uno contra uno con un español a pie firme.
La
emboscada de Anaima y la batalla con trampas de hoyos con pinchos.
La paz de
Anaima no fue sincera. Galarza envió al capitán Lope de Salcedo con algunos
soldados solo a reconocer la población y abrir camino para el carruaje. Los
indios se juntaron en gran número y los cercaron. Sin caballos, que eran la
principal fuerza de los españoles, sin arcabuces y siendo quince o veinte
indios por cada soldado, los españoles quedaron en gran aprieto. Pelearon sin
soltar las armas de noche ni de día hasta que, avisado por indios amigos,
Galarza envió refuerzo y lograron romper el cerco.
Al día
siguiente Galarza marchó con toda la compañía hacia Anaima. Los naturales se
concentraron de nuevo en el mismo sitio donde habían emboscado a Salcedo: más
de cuatro mil guerreros.
Era un
llano a la orilla de una quebrada que daba al río principal del valle.
Previendo que allí se alojarían los españoles, lo habían llenado de trampas:
hoyos de dos estados de hondo, llenos de estacones de palma con las puntas
hacia arriba, cubiertos con varas delgadas, paja y tierra para ocultarlos. Cada
hoyo era tan ancho que cabían dos hombres con sus caballos armados.
Galarza
volvió a requerir la paz antes de pasar la quebrada. Como los españoles se
detuvieron, los indios creyeron que era por temor, abandonaron el puesto y
huyeron por entre los hoyos.
Los
españoles avanzaron con cautela. Pero un vizcaíno llamado Juan Ortiz de Zárate
quiso señalarse y se adelantó a todos a caballo contra unos indios que se
habían quedado a propósito cerca de las trampas. Cayó con su caballo dentro del
hoyo. Por fortuna los indios habían caído primero y con sus cuerpos taparon las
estacas, por lo que Ortiz y su caballo salieron sanos y salvos. Así se
descubrió la celada.
Se
alojaron esa tarde en una punta de sabana más limpia de hoyos. Durante más de
veinte días recorrieron el Valle de Anaima sin que los indios se atrevieran a
presentar batalla. Solo gritaron desde los altos e hicieron rodar desde la
montaña peñas de diez, quince y veinte quintales, movidas con palancas. Por
providencia, no causaron daño.
En ese
tiempo ocurrió el caso del soldado extranjero Nicardo. Tenía un indio ladino
que hablaba bien la lengua. Codicioso, lo mandó a decir a los naturales que el
capitán les exigía oro so pena de guerra. Con ese temor le entregaron oro. Una
noche entró con un principal al alojamiento muy tarde. Las velas creyeron que
era un ataque y dieron alarma. Descubierto el engaño, Galarza fingió castigar a
Nicardo y pidió a los soldados que intercedieran por él para escarmentar. El
indio ladino pagó por los dos: fue azotado públicamente y le cortaron el
cabello.
Pacificada
la tierra, el más principal de los caciques, llamado Bombo, vino a servir.
Galarza le preguntó qué había al otro lado de la cordillera que dividía el
Magdalena del Cauca. Bombo respondió que había mucha gente, pero no sabía si
había españoles. Eran los naturales de Bugalagrande, donde había poblado Alonso
de Fuenmayor, y los Gorrones que servían a Cali. Galarza envió soldados a lo
alto de la sierra: vieron pocos bohíos y pocos humos. Sospechó que al otro lado
ya había españoles de la Gobernación de Popayán y decidió no seguir avanzando.
FUNDACIÓN
DE IBAGUÉ Y DESCUBRIMIENTO DE TOCHE.
Con esa
información, Galarza regresó al Valle de Ibagué. En el mejor sitio, de temple
muy suave que ni era cálido ni frío, fundó el 14 de octubre de 1550 la Villa de
San Bonifacio de Ibagué — en la meseta de Anaima y Matagaima, donde hoy es
Cajamarca — que meses después, en febrero de 1551, fue trasladada al sitio
actual por los continuos ataques de los Pijaos.
No
descansó. Dejó a la gente más fatigada en el nuevo pueblo y salió con parte de
sus soldados hacia la sierra, en demanda de la Provincia de Toche. Toche no era
valle pelado y caliente. Era sierra adentro, hacia el morro nevado, a 2.200
metros, todavía el pueblo más alto de Ibagué, encajonado entre Tolima y Quindío
bajo el Nevado. Allí halló abundancia de comida y reposó algunos días.
Desde
allí vio una sierra por delante y quiso saber qué había más allá. Envió a dos
soldados solos, Ricardo y Hoyos, para que miraran desde lo alto. Los envió
solos porque la sierra estaba cerca y podrían ser socorridos.
Olvidando
el riesgo y movidos por codicia, los dos se desviaron de la ruta ordenada y se
metieron en unas poblazones del Valle de Tocha a robar oro. Los indios los
sintieron y los mataron. Les hicieron lo que Aguado describió con horror: les
desollaron los rostros para usarlos como máscaras en sus bailes y borracheras.
Galarza
los esperó mucho tiempo. Al ver que no volvían, envió a un caudillo con más
soldados. Subió a la sierra, no halló rastro y bajó por las poblazones. Allí le
salieron al encuentro los mismos agresores, armados. Fueron rechazados y, al
perseguirlos, los españoles llegaron a una placeta entre bohíos. En el centro
estaban los cuerpos de Ricardo y Hoyos, puestos como blanco de tiro, con
innumerable cantidad de flechas clavadas y los rostros desollados. Los
recogieron, los enterraron en una colina cercana y llevaron la nueva a Galarza.
Galarza
comprendió que no podía dejar el agravio sin castigo, pero tampoco tenía fuerza
suficiente. Se retiró a Ibagué, se pertrechó de munición y soldados y volvió a
Toche.
Los de
Toche ya lo esperaban con espías. Lo recibieron con las armas en las manos.
Galarza volvió a ofrecer la paz, prometiendo olvidar la muerte de sus hombres.
Los indios no la aceptaron y trataron de cercar a los españoles.
Entonces
arremetió por la parte más fortalecida, donde el terreno sí permitía usar los
caballos. De más de quinientos guerreros que vinieron a la guazábara, no volvió
a sus casas ni la décima parte. Menos de cincuenta sobrevivieron.
Hecho
esto, pasó a otra provincia llamada Tocina, junto al morro nevado, la pacificó
y regresó a Ibagué sin más daño. Allí repartió y encomendó los indios a toda su
gente, según sus méritos.
Así cerró
Aguado el primer ciclo de conquista: Anaima y Matagaima le dieron la meseta y
el oro trocado por sal; Toche le dio la sierra, la comida y el camino hacia el
nevado, a costa de dos vidas perdidas por codicia y de una venganza que dejó al
valle casi despoblado.
Crónica de la conquista
de los valles de Anaima y Metaima, según Fray Pedro de Aguado. Recopilación
Historial.