miércoles, 28 de octubre de 2026

LA CONQUISTA DE LOS VALLES DE ANAIMA, MATAGAIMA Y TOCHE.

 

LA CONQUISTA DE LOS VALLES DE ANAIMA, MATAGAIMA Y TOCHE.



El punto de partida: El Valle de las Lanzas.

A mediados de 1550, el capitán Andrés López de Galarza salió de Santa Fe con 93 soldados, el presbítero Francisco González y sus capitanes Francisco de Prado y Juan Bretón. Su objetivo era lo que los españoles llamaban el Valle de las Lanzas, una gran provincia de una misma lengua y nación, pero dividida en valles enemigos entre sí: Combayma, Metaima, Vilacaima, Chitanema, Chinacataima, Matagaima, Anaima y Toche.

Era el territorio que hoy se reconoce entre Ibagué, Cajamarca y la cordillera del Nevado del Tolima.

Metaima y el cruce del río Tolima.

La primera escala fue Metaima. Galarza habló a los naturales a través de intérpretes. Según la costumbre de la época, les explicó la ley cristiana, la necesidad de vivir conforme a justicia y de hacerse vasallos del Emperador y Rey de Castilla. Luego les pidió guías para continuar.

A los indios lo que más les agradó fue la promesa de que no se les haría daño. Galarza les aseguró que, si algún español les causaba agravio, lo castigaría, porque así se lo mandaba el Rey. Tenían mucho miedo y sostener a los españoles, aunque fuera medio día, les resultaba costoso. Tanto desearon que se fueran que ofrecieron no solo guías, sino cargueros para el equipaje. Galarza se detuvo tres días y tomó el camino hacia Ibagué.

Saliendo de Metaima llegaron al río que los naturales llamaban Tolima. En su lengua, Tolima significaba nieve, porque bajaba del nevado de Cartago y sus aguas venían del deshielo que duraba todo el año. Hoy se conoce como Combeima.

El río iba muy crecido y los naturales de Ibagué habían destruido los puentes para impedir el paso. Los españoles metieron los caballos en medio de la corriente e hicieron con ellos un puente vivo. Así cruzaron la gente, el servicio y el fardaje y se alojaron en la otra orilla.

La unión de los ríos de Anaima y Matagaima.

Al día siguiente llegaron al punto clave de toda la expedición: la junta de dos ríos, el que bajaba del Valle de Anaima y el que bajaba del Valle de Matagaima.

Allí había una meseta llana de media legua de contorno — hoy la zona entre el río Anaime y el río Bermellón, donde está Cajamarca — donde el cacique Laembiteme tenía parte de su poblado y más de dos mil guerreros esperando. Solo había una subida por donde podían subir los caballos y la habían cerrado para defenderla.

Galarza no atacó. Detuvo a su gente antes de la quebrada y ordenó el requerimiento. A través de las lenguas les dijo que no venía a hacerles guerra, sino a manifestar la ley evangélica, a enseñarles el Dios verdadero y el bautismo para la salvación, y que debían reconocerse vasallos del Rey de Castilla, a quien ellos en su lengua llamaban Xe Amima. Les ofreció la paz.

Los indios respondieron primero con grandes alaridos, tocando fotutos, cornetas y flautas hechas con canillas de indios muertos, y advirtieron que si avanzaban serían sepultados en sus vientres. Los soldados quisieron arremeter, pero Galarza los contuvo. Parlamentaron hasta la puesta del sol. Finalmente, los indios cambiaron de parecer, abandonaron el paso y dejaron subir a los españoles sin pelear. Esa misma tarde los alojaron en sus propias casas. A la mañana siguiente el poblado estuvo vacío. Habían retirado mujeres, hijos y bienes a lugar seguro, señal que, como advirtió Aguado, siempre precedía a la guerra.

La paz, el trueque y noticia geográfica.

No hubo ataque inmediato. Volvieron de paz, trayendo comida y chagualas de oro fino para trocar. Lo que más buscaron a cambio fue sal del Reino en panes grandes, gallinas blancas y cuentas de España, pues la tierra era muy estéril en eso. Aguado anotó el precio: por un pedazo de sal de dos o tres libras daban una chaguala de oro fino de seis pesos o más, y lo mismo por una gallina.

Galarza se detuvo allí más de ocho días. Le vinieron de paz todos los naturales del valle y los caciques de Matagaima, Anaima y Vilacaima.

Fue allí donde Aguado dejó su descripción esencial:

El Valle de Matagaima tendrá dos leguas y media de largo, todo poblado en lo raso, porque esta tierra toda es doblada y muy quebrada. Todos los valles son rasos y pelados hasta la mitad de las lomas y cuchillas, y de allí para arriba es arcabuco y montaña muy crecida y espesa. Esto es general en toda la tierra de Ibagué. El Valle de Anaima tendrá cuatro leguas de largo y todo lo raso de abajo estaba poblado.

Describió también por qué resistieron tanto. Sus armas eran lanzas de veinticinco a treinta palmos hechas de guadua rajada, con punta de palma negra muy dura; escudos o paveses de cuero de danta seco y ligero, colgados al cuello, que ponían por delante al pelear y por la espalda al huir; dardos arrojadizos de un palmo, macanas a manera de montantes de palma negra, hondas con piedras redondas del tamaño de un huevo que llevaban en mochilas, y hachas de cobre. Peleaban desnudos, se acercaban cuerpo a cuerpo sin temor y, dijo Aguado, cada indio no rehusaba pelear uno contra uno con un español a pie firme.

La emboscada de Anaima y la batalla con trampas de hoyos con pinchos.

La paz de Anaima no fue sincera. Galarza envió al capitán Lope de Salcedo con algunos soldados solo a reconocer la población y abrir camino para el carruaje. Los indios se juntaron en gran número y los cercaron. Sin caballos, que eran la principal fuerza de los españoles, sin arcabuces y siendo quince o veinte indios por cada soldado, los españoles quedaron en gran aprieto. Pelearon sin soltar las armas de noche ni de día hasta que, avisado por indios amigos, Galarza envió refuerzo y lograron romper el cerco.

Al día siguiente Galarza marchó con toda la compañía hacia Anaima. Los naturales se concentraron de nuevo en el mismo sitio donde habían emboscado a Salcedo: más de cuatro mil guerreros.

Era un llano a la orilla de una quebrada que daba al río principal del valle. Previendo que allí se alojarían los españoles, lo habían llenado de trampas: hoyos de dos estados de hondo, llenos de estacones de palma con las puntas hacia arriba, cubiertos con varas delgadas, paja y tierra para ocultarlos. Cada hoyo era tan ancho que cabían dos hombres con sus caballos armados.

Galarza volvió a requerir la paz antes de pasar la quebrada. Como los españoles se detuvieron, los indios creyeron que era por temor, abandonaron el puesto y huyeron por entre los hoyos.

Los españoles avanzaron con cautela. Pero un vizcaíno llamado Juan Ortiz de Zárate quiso señalarse y se adelantó a todos a caballo contra unos indios que se habían quedado a propósito cerca de las trampas. Cayó con su caballo dentro del hoyo. Por fortuna los indios habían caído primero y con sus cuerpos taparon las estacas, por lo que Ortiz y su caballo salieron sanos y salvos. Así se descubrió la celada.

Se alojaron esa tarde en una punta de sabana más limpia de hoyos. Durante más de veinte días recorrieron el Valle de Anaima sin que los indios se atrevieran a presentar batalla. Solo gritaron desde los altos e hicieron rodar desde la montaña peñas de diez, quince y veinte quintales, movidas con palancas. Por providencia, no causaron daño.

En ese tiempo ocurrió el caso del soldado extranjero Nicardo. Tenía un indio ladino que hablaba bien la lengua. Codicioso, lo mandó a decir a los naturales que el capitán les exigía oro so pena de guerra. Con ese temor le entregaron oro. Una noche entró con un principal al alojamiento muy tarde. Las velas creyeron que era un ataque y dieron alarma. Descubierto el engaño, Galarza fingió castigar a Nicardo y pidió a los soldados que intercedieran por él para escarmentar. El indio ladino pagó por los dos: fue azotado públicamente y le cortaron el cabello.

Pacificada la tierra, el más principal de los caciques, llamado Bombo, vino a servir. Galarza le preguntó qué había al otro lado de la cordillera que dividía el Magdalena del Cauca. Bombo respondió que había mucha gente, pero no sabía si había españoles. Eran los naturales de Bugalagrande, donde había poblado Alonso de Fuenmayor, y los Gorrones que servían a Cali. Galarza envió soldados a lo alto de la sierra: vieron pocos bohíos y pocos humos. Sospechó que al otro lado ya había españoles de la Gobernación de Popayán y decidió no seguir avanzando.

FUNDACIÓN DE IBAGUÉ Y DESCUBRIMIENTO DE TOCHE.

Con esa información, Galarza regresó al Valle de Ibagué. En el mejor sitio, de temple muy suave que ni era cálido ni frío, fundó el 14 de octubre de 1550 la Villa de San Bonifacio de Ibagué — en la meseta de Anaima y Matagaima, donde hoy es Cajamarca — que meses después, en febrero de 1551, fue trasladada al sitio actual por los continuos ataques de los Pijaos.

No descansó. Dejó a la gente más fatigada en el nuevo pueblo y salió con parte de sus soldados hacia la sierra, en demanda de la Provincia de Toche. Toche no era valle pelado y caliente. Era sierra adentro, hacia el morro nevado, a 2.200 metros, todavía el pueblo más alto de Ibagué, encajonado entre Tolima y Quindío bajo el Nevado. Allí halló abundancia de comida y reposó algunos días.

Desde allí vio una sierra por delante y quiso saber qué había más allá. Envió a dos soldados solos, Ricardo y Hoyos, para que miraran desde lo alto. Los envió solos porque la sierra estaba cerca y podrían ser socorridos.

Olvidando el riesgo y movidos por codicia, los dos se desviaron de la ruta ordenada y se metieron en unas poblazones del Valle de Tocha a robar oro. Los indios los sintieron y los mataron. Les hicieron lo que Aguado describió con horror: les desollaron los rostros para usarlos como máscaras en sus bailes y borracheras.

Galarza los esperó mucho tiempo. Al ver que no volvían, envió a un caudillo con más soldados. Subió a la sierra, no halló rastro y bajó por las poblazones. Allí le salieron al encuentro los mismos agresores, armados. Fueron rechazados y, al perseguirlos, los españoles llegaron a una placeta entre bohíos. En el centro estaban los cuerpos de Ricardo y Hoyos, puestos como blanco de tiro, con innumerable cantidad de flechas clavadas y los rostros desollados. Los recogieron, los enterraron en una colina cercana y llevaron la nueva a Galarza.

Galarza comprendió que no podía dejar el agravio sin castigo, pero tampoco tenía fuerza suficiente. Se retiró a Ibagué, se pertrechó de munición y soldados y volvió a Toche.

Los de Toche ya lo esperaban con espías. Lo recibieron con las armas en las manos. Galarza volvió a ofrecer la paz, prometiendo olvidar la muerte de sus hombres. Los indios no la aceptaron y trataron de cercar a los españoles.

Entonces arremetió por la parte más fortalecida, donde el terreno sí permitía usar los caballos. De más de quinientos guerreros que vinieron a la guazábara, no volvió a sus casas ni la décima parte. Menos de cincuenta sobrevivieron.

Hecho esto, pasó a otra provincia llamada Tocina, junto al morro nevado, la pacificó y regresó a Ibagué sin más daño. Allí repartió y encomendó los indios a toda su gente, según sus méritos.

Así cerró Aguado el primer ciclo de conquista: Anaima y Matagaima le dieron la meseta y el oro trocado por sal; Toche le dio la sierra, la comida y el camino hacia el nevado, a costa de dos vidas perdidas por codicia y de una venganza que dejó al valle casi despoblado.

Crónica de la conquista de los valles de Anaima y Metaima, según Fray Pedro de Aguado. Recopilación Historial.

martes, 27 de octubre de 2026

LOS CAMINOS QUE ATRAVESARON LA MONTAÑA DEL QUINDÍO.

 




LOS CAMINOS QUE ATRAVESARON LA MONTAÑA DEL QUINDÍO.

Nos han enseñado que hubo un Camino del Quindío, singular, único. La verdad histórica es otra: no hubo un solo paso. Hubo un sistema de pasos que se fueron abriendo, prohibiendo y reemplazando, a medida que el oro, la guerra y el comercio lo exigían.

Como lo he documentado en mis publicaciones, inicialmente son tres los grandes caminos reales que cruzan esta región: el de Herveo, el del Quindío y el de Guanacas.

El de Herveo - 1547 - El primer camino real.

La primera noticia del Camino de Herveo se dio en 1547 por el Oidor Miguel Díaz de Armendáriz, tres años antes de la fundación de Ibagué y Mariquita, al informar la posibilidad de surtir por esta vía a la Ciudad de Cartago en la Gobernación del Cauca.

Era una muralla natural que había que traspasar, y fue el primer camino que se utilizó para comunicarse con el centro del país. No se abrió por poblar. Se abrió por oro.

Su finalidad fue permitir el traslado de oro para ser fundido y quintado en las Cajas Reales establecidas en Cartago desde 1542, y de allí llevarlo a Honda. Ascendía por el río Guarinó hasta los páramos de Herveo y Ruiz para descender por Chinchiná hasta la antigua Cartago.

Tuvo una utilización importante durante todo el siglo XVI, pese a sus difíciles condiciones de monte asperísimo, sin pastos, donde morían mulas y donde el tigre cebado mataba muchas.

El Ruiz y Santa Isabel.

Del mismo tronco de Herveo nacen dos variantes:

El paso del Ruiz partía desde Cartago Viejo, donde hoy es Pereira, pasaba por el páramo de Herveo y llegaba al valle del Tolima hasta Mariquita. De Cartago viejo por el valle del Tolima a llegar a Mariquita. Siglo XVI.

Es el mismo camino de Herveo pero por el páramo del Ruiz propiamente.

Santa Isabel es el paso intermedio de ese mismo sistema, entre el Ruiz y el Tolima. Se incluye dentro del complejo de nevados Herveo-Ruiz-Santa Isabel-Tolima que usaron los primeros colonizadores antioqueños en 1847 para ir de Manizales a Mariquita. Es el camino de páramo que hoy se hace por Laguna del Otún.

Se reconoce al Camino de Herveo como la ruta del siglo XVI y el del Quindío como el del XVII.

El Quindío - 1553-1554 - La ruta del XVII,

Su apertura se logró bajo el patrocinio del Cabildo de Ibagué, entre 1553 y 1554, por una ruta diferente a la del páramo del Ruiz.

El capitán Melchor de Valdés, justicia mayor de la recién fundada Ibagué, con sus recursos y ayuda de los vecinos, aprovechó una depresión al sur del Quindío para comunicarse con Cartago. Era una ruta indígena que los Pijaos habían usado.

Aunque físicamente se abrió en 1553, su consolidación como camino principal es del siglo XVII. Se volvió el más frecuentado, el que comunicaba Popayán y Santa Fe, el que Humboldt llamó el paso más penoso de los Andes.

Guanacas y Barragán - Los caminos del sur.

El paso del sur, el más largo y alto, es Guanacas. Por Timaná, cerca de Popayán, se cruzaba para llegar al valle de Neiva, tomar el río Magdalena y llegar a Santa Fe de Bogotá. Camino real que unía a Santafé con Popayán y que atravesaba la cordillera Central, el cual comenzó a construirse en 1627 por Andrés del Campo.

El del centro-sur es Barragán. De Tuluá en la provincia de Popayán, se pasaba a Chaparral, que queda al sur de Ibagué. Su apertura material la hizo el capitán Juan de Lemos y Aguirre en 1637-1639 cuando fundó Tuluá, y su formalización fue el 9 de agosto de 1655, cuando celebró Capitulaciones con el Gobernador Luis de Valenzuela y Fajardo, obligándose a abrir el Camino de Barragán, que comunica el Valle de Tuluá, atravesando el Páramo de Amoyá, para salir al Valle del Saldaña en el Tolima.

El camino del Quindío y el documento denominado La Medida - 1777-1778.

Ignacio de Buenaventura entra a mediar en la reconstrucción del Camino del Quindío en 1777-1778, como teniente gobernador de Ibagué.

El camino fue medido en el año de 1778 por don Ignacio de Buenaventura, teniente gobernador de Ibagué, prócer de la Independencia, impulsor del camino del Quindío, el cual midió desde la plaza de Ibagué hasta la de Cartago, hallando una medida de 20 leguas y 1.531 varas.

Fue uno de los primeros en documentar su paso por la ruta, quien en 1777 se dio a la tarea de medir con varas la distancia entre las plazas de Ibagué y Cartago. Su hijo más conocido, Ignacio Nicolás Buenaventura Padilla, nacido en Ibagué en 1735, alcalde en 1754, juez, teniente del gobernador de Mariquita y anfitrión de Humboldt en 1801, es el autor del manuscrito La Medida.

En ese texto, Buenaventura identificó 116 secciones del camino, puntos geográficos que incluyen arroyos, paradas de descanso, paisajes, formaciones rocosas, cruces de ríos, puentes y haciendas.

En dos años, aproximadamente en 1778, el camino estaba reabierto; abarcaba unas 121.580 varas, incluyendo desviaciones, desde Ibagué hasta Cartago. Se enviaron expertos desde Santa Fe, quienes avaluaron el camino en 18.000 pesos. Como lo que los hacendados habían dado no sumaba sino 12.000, el fiscal exigió que Buenaventura entregara 6.000 de su peculio.

Construyó puentes sobre el río San Juan, rancherías de reposo para viajeros, y lo hizo tan transitable que se llegaba en 4 a 5 días cabalgando por los Andes. El escrito permite ampliar la percepción histórica de la antigua ruta, fundamental e imprescindible para los intereses republicanos de la época, por ser el encuentro vial de Antioquia, Cauca y Tolima.

Pero en el alboroto del Socorro, levantamiento atenuado por el arzobispo Góngora, los habitantes de Ibagué exigieron tumultuosamente la supresión del impuesto del camino; quemaron los puentes que había construido Buenaventura sobre el río San Juan; destruyeron las pequeñas casas rancherías que había establecido él como reposo para los viajeros, y en pocos años el camino del Quindío se volvió peor que antes de la mejoría.

Debajo del cemento que hoy cubren las carreteras, sigue la huella endurecida del indio, maestro nunca bien alabado de la ingeniería caminera.

 

Álvaro Hernando Camargo Bonilla - Compilación de blog Camino del Quindío, Crónica del Quindío y El Quindiano.

LA ARRIERÍA POR EL CAMINO DEL QUINDÍO.


LA ARRIERÍA POR EL CAMINO DEL QUINDÍO.



Memoria de una alegoría del festival camino del Quindío.

Cada 20 de julio, cuando la comunidad de Filandia celebra el Festival Camino del Quindío, se evoca el arte de la arriera.

Por el Camino del Quindío se formaron los ancestros quindianos. Sobre el territorio delimitado por la ruta, y gracias a la acción del Estado para reconstruir y sostener la vía, se diseñaron las diferentes colonizaciones.

Era una travesía dificultosa. Los cronistas del siglo XIX la describen así: se salía de Ibagué a las 7 de la mañana entre gritos de cargueros, se pasaba por Las Amarillas, Guayabal y La Palmilla, donde se empieza a ver la palma de cera, para luego llegar a Toche, al Alto de la Sepultura —donde, decían, penan los cargueros muertos de fatiga— y a Cruzgorda, que posiblemente es hoy Salento, río Quindío, Alto del Roble, Portachuelo, Novilleros, Buenavista, pavas, La Balsa, Piedra de Moler, y Cartago. Era un camino posible en verano e intransitable en la época de lluvias, que cruzaba la denominada montaña del Quindío de Ibagué a Cartago.

Las actuales carreteras son, la esencia, de ese camino que antes se hizo a punta de pezuña y zurriago.

La arriería hace parte de la identidad histórica y cultural de la Hoya del Quindío, tanto como el tesoro Quimbaya, la palma de cera, la arquitectura de bahareque, el canasto y el café. Fue, hasta los primeros lustros del siglo XX, la principal actividad y una de las profesiones más lucrativas del país.

LA ALEGORÍA PRESENTADA EN EL FESTIVAL RECREA LA HISTORIA DE LA CARAVANA.




Un pendón avisa la Arriería por el camino del Quindío. Detrás de los símbolos patrios. Banderas de Colombia, Quindío y Filandia, porque el camino fue nación antes que carretera.

Luego aparece el poder. El jefe de la caravana es el personaje de alta posición intelectual, social y económica que contrataba el viaje y el itinerario. Generalmente dignatarios oficiales, científicos o comerciantes. Va escoltado por su núcleo familiar —su esposa, al menos tres damas de compañía y los hijos pequeños, que viajaban en silletas a lomo de mula— con los menajes del viaje.

Quien realmente manda y ordena la travesía es el Caporal de la arriería. Administraba las caballerías y las cargas. A su mando caminaba el más joven y el más indispensable: el Sanguero. Es el aprendiz del oficio de la arriería, quien se dedica a cocinar, reparar los arreos, mantenimiento de las caballerías, quien, después de cargar agua en cepas de guadua descanutadas con tapón de trapo o tuza de maíz, acopia la leña, prende el fogón, y cocina los alimentos. En las jornadas de camino,  opera como campanero en los recodos del camino para evitar que dos recuas se choquen de frente en los canalones.

LA ESTAMPA DE LOS VIAJEROS ES UN MUSEO VIVO DE OFICIOS QUE YA NO TIENEN NOMBRE EN LA MODERNIDAD.


Los Silleros o cargueros. Al principio fueron indígenas sometidos a esta función; después fue un oficio remunerado ejercido por mestizos que, a lo largo de la historia del Camino, cargaron en sillas de guadua y madera, a sus espaldas, mercancías y personas.





El cazador, peón de avanzada y guardián. En los pasos difíciles abría trocha y aseguraba la carne para la comida.

El petaquero, con su indumentaria inconfundible: pantalones arremangados a la pantorrilla, camisa gruesa, sombrero alón de paja, alpargatas de cabuya, poncho y ruana de lona fuerte —la mulera—, pañuelo rabuegallo al cuello, peinilla, carriel y zurriago.



Los bejuqueros, encargados de construir la choza para pernoctar. Cortaban bijao y bejucos como el chusque, el cucharo, el chagualo, el acatorral, el cestillo, el granadillo y el tripeperro. De ellos obtenían las lías para amarrar el maderamen del refugio que levantaban al caer la tarde y tejían los canastos donde transportaban sus enseres.



También se representa el factor religioso. Viajaban curas, monjas y sacristanes encargados de la espiritualidad de la caravana.

La música no podía faltar. Al menos un grupo de cinco músicos, los zurrungueros o bambuqueros, alegraban la arriería al final de cada jornada, cuando se toldaba a la vera del camino.

LAS CARGAS Y LOS ANIMALES.



Para la arriería se empleaban bueyes y caballares. El buey se impuso por la seguridad de su pisada de pezuña hendida en los caminos peligrosos. Sobre sus lomos se cargó todo aquello que hizo posible la colonización.

Se utilizaban enjalmas y angarillas con sus arreos completos. La enjalma está formada por dos almohadillas de paja y basto unidas por una lona fuerte que va sobre el espinazo del animal. La angarilla es el aparejo del que se cuelgan los canastos, apoyado sobre sudaderos de junco o de guasca de plátano. También se usaban galápagos o sillas para caballares, sillas especiales para mujeres —para que no montaran a horcajadas— y silletas para el transporte de personas y fardos.

CADA CARGA CON SU NOMBRE.


Parihuela o barbacoa: dos guaduas con una parrilla de tablas y un nicho cubierto con toldo, utilizada para cargar enfermos o transportar cadáveres. La llevaban dos personas.

Turega: cajón para cargas de gran volumen o muy pesadas, imposible de cargar en un solo animal. Se coloca sobre dos bestias, una adelante y otra atrás, unidas por fuertes maderos.












Petacas y baúles: arcas de cuero, madera o mimbre cubiertas de piel que formaban el tercio de la mula.

El coroteo: el hogar a cuestas del colono. Es el conjunto del menaje básico que lleva consigo en su baúl al asentar sus reales: camas, colchones, calderos, ollas, bacinillas y demás enseres de la mudanza.

El avío cafetero: despulpadora, zaranda, rastrillo, romana que da exactitud al peso del grano, fumigadora —llamada cacorra porque pesa y talla— y caperuza que alumbra el camino en las faenas de la madrugada.

La carga de café: nuestro producto insigne que bajaba a lomo de mula desde estas montañas.

La carga de leche: transportada en dos cantinas antiguas, con su sobernal de queso, kumis, arequipe y cortado, base de la gastronomía caminera.

La rastra de guadua y madera: cedro, roble, nogal, granadillo, comino, laurel, guayacán, caracolí, mediacaro, barcino, guadua macana, cebolla y rayada, romerón y arrayán. Con ellas se levantó la arquitectura de la colonización.

La leña: troncos viejos para atizar los fogones. Apilada en montones cubiertos de greda y quemada, se obtenía el carbón para asar las arepas.

La caña de azúcar: transportada en dos tercios hasta la molienda, donde se transformaba en miel y panela para endulzar el café, el chocolate caliente y para destilar en el alambique el famoso tapetusa o chirrinche.

Los baúles: donde se transportaban las alhajas, la ropa y los recuerdos de la familia.

Todos estos tesoros iban asegurados con lías, sobrecargas, pisadores o cabestros, y azuzados por el arriero con el arriador o perrero de vara fina y guaraca de cuero.

EL LENGUAJE DEL CAMINO.

Toda esa parafernalia es un lenguaje que se disuelve y debe ser rescatado como testigo de la epopeya colonizadora.

Palabras que se escuchaban en los tambos y luego en las fondas camineras —que reemplazaron a las chozas de hojas de heliconia bihai que servían de abrigo—: alforjas, dos bolsas de cuero para la ropa y el dinero del viaje; damajuana, el zurrón barrigudo de doce litros para licores y melaza; guarniel o carriel de fuelle con sus secretos —la barbera, las cartas de la novia, el espejo, el peine, los dados, el naipe español, la aguja de arría, la capotera, el mechón de cabello de la moza, el colmillo de morrocoy, el yesquero para hacer fuego y la vela de cebo—; tapapinche, delantal de lona que protegía al arriero hasta las rodillas; sobernal o joto, el bulto que se ubica en el vértice de la carga.

Recrear estas representaciones culturales, con sus atavíos y sus personajes históricos —jefes, caporales, sangueros y sus bueyes y caballerías acicalados con campanillas que sonaban armoniosas para que anduvieran más aprisa—, es entender que el Camino del Quindío nunca se ha perdido. Solo cambió de bestias.

Por: Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

viernes, 23 de octubre de 2026

BOQUÍA EN LA FRONTERA DEL CAUCA.

 

BOQUÍA EN LA FRONTERA DEL CAUCA.





Nacimiento jurídico de un pueblo caminero (1840-1865).




Boquía no nació de un acta de fundación ni de colonos libres abriendo montaña. Nació de una ley. En ella se cifró el proyecto del Estado colombiano del siglo XIX: fabricar pueblos para mantener abierto el Camino del Quindío.

El Camino del Quindío: una prioridad de Estado.

Desde la Independencia, la Nueva Granada comprendió que sin camino no había nación. El Camino del Quindío, heredado del régimen colonial, era un lodazal que impuso hasta quince días de travesía entre Ibagué y Cartago. Para poblarlo, el Congreso no envió un ejército; ofreció tierra.

Ese corredor fue la puerta obligada a la montaña del Quindío. El sitio que hoy se conoce como Boquía fue durante la primera mitad del siglo XIX la entrada a esa frontera del Estado Soberano del Cauca.

Dos leyes que fundaron un pueblo.          

Dos disposiciones marcaron el nacimiento jurídico de Boquía:    

Ley de 26 de mayo de 1835: concedió 25.000 fanegadas de tierras baldías a los empresarios que se comprometieron a abrir y mantener el Camino del Quindío.

Ley de 27 de mayo de 1842: concedió 20 fanegadas a cada individuo que se estableció en la montaña del Quindío.

Al amparo de esta segunda ley, a principios de la década de 1840, se formó un tambo en el sitio de Boquía, a orillas del río Quindío. No fue un pueblo agrícola tradicional, sino una infraestructura caminera: un conjunto de posadas para albergar viajeros, potreros para el descanso de las mulas y pequeños desmontes para la siembra de maíz. El Estado lo denominó oficialmente como asentamiento de cultivadores en las montañas del Quindío. Boquía fue, desde entonces, hija de la política de baldíos sobre el Camino.

Poblar fue un servicio público.

La adjudicación no fue una dádiva. Fue un contrato con obligaciones, codificadas en los artículos 94 y 95 del régimen de baldíos de la época:

1.  Los cultivadores debían situarse en las fajas de terreno que seguían el curso de los caminos, unos a continuación de otros.

2.  Fue condición implícita de la concesión mantener constantemente desmontada la parte del camino fronteriza a sus posesiones.

Cada colono recibió su lote de 20 fanegadas con la doble condición de habitar al borde del camino y de mantenerlo libre de monte. Poblar fue, en aquel contexto, una prestación de servicio público. Por eso Boquía nació a orillas del camino.

Para mediados del siglo, ese asentamiento ya había sido elevado a Distrito Parroquial de la Provincia del Quindío, con cabecera en Cartago, perteneciente al Estado Soberano del Cauca dentro de la Confederación Granadina.

1859: Boquía en el mapa de la República.

Boquía apareció en la cartografía oficial del Estado en la Ley de Elecciones del 26 de abril de 1859, por la cual la Confederación reorganizó al Cauca en diez Círculos Electorales. El 4º Círculo, el de Cartago, estuvo compuesto por Ansermanuevo, Ansermaviejo, Boquía, Cabal, Cartago, Condina, Chinchiná, Marmato, Naranjo y Nueva Palestina, entre otros.

En 1859, justo antes de la gran colonización antioqueña, Boquía ya era una jurisdicción reconocida, con alcalde parroquial y derecho a voto. Existió jurídicamente porque se le habían otorgado baldíos.

Las tierras baldías y la paradoja jurídica.

El problema de Boquía quedó consignado en la Gaceta Oficial de la Confederación Granadina, entre marzo y septiembre de 1859, bajo el título: Informe del Poder Ejecutivo sobre si a los pobladores del Distrito de Boquía se les han otorgado las tierras baldías a que tienen derecho, en virtud de la Ley 7ª, Parte 5ª, Tratado 1º de la Recopilación Granadina.

Ese informe condensó la paradoja del Quindío a mediados del siglo XIX: una frontera que el Estado quiso colonizar, pero que no logró controlar.

El marco jurídico invocado reveló la contradicción. La Confederación Granadina (1858-1863) se rigió por la Constitución federal de 1858. El Cauca fue autónomo en su régimen interior, pero las tierras baldías siguieron siendo competencia nacional.

La Recopilación Granadina, publicada en 1845 por Lino de Pombo, había recogido las leyes españolas e indianas aún vigentes. Aquella Ley 7ª era la vieja norma castellana de las Siete Partidas que obligaba a dotar a toda población de nueva creación de ejidos, dehesas y tierras de propios: hasta cuatro leguas cuadradas para su sustento y futuro crecimiento.

La pregunta que el Congreso de 1859 le formuló al Ejecutivo fue, por ello, reveladora: ¿debía aplicarse a Boquía esa dotación ejidal por el solo hecho de ser una nueva parroquia, conforme a derecho, o se requirió una adjudicación extraordinaria de 6.000 hectáreas mediante una ley especial?

 

Ese mismo año se intentó su consolidación definitiva. El 16 de marzo de 1859, el Senado de la Confederación, en Bogotá, abrió el primer debate del proyecto de decreto que concedía 6.000 hectáreas de tierras baldías a los pobladores del Distrito Parroquial de Boquía. El proyecto fue aprobado en el Senado el 18 de marzo.

No se trató de un nuevo reparto individual, sino de un ejido comunal, conforme a lo previsto por la Ley 7ª, para tierras de propios y de uso común.

El proyecto superó el trámite en el Senado, pero encontró resistencia en la Cámara de Representantes. Temerosa de abrir la puerta a la especulación con baldíos en una zona donde ya litigaban colonos pobres, empresarios del camino y hacendados de Cartago y de Antioquia, la Cámara optó por mantener a Boquía bajo el régimen precario de las 20 fanegadas individuales. La negativa fue decisiva. Su fundación fue, por tanto, un acto del Estado, no de colonos espontáneos.

El río y el traslado: de Boquía a Salento.

Pocos años después, en 1865, una creciente del río Quindío destruyó gran parte del caserío. Al carecer de una reserva ejidal a donde desplazarse, los pobladores se vieron obligados a ascender a la cuchilla y fundar, a un kilómetro de distancia, en el sitio de Barcinales, la Nueva Boquía, que ese mismo año de 1865 tomó el nombre de Villa de Nueva Salento.

De ahí el proverbio que aún resume la historia regional: Boquía es la madre de Salento y Salento es el padre del Quindío.

La historia de Boquía fue la historia misma del poblamiento dirigido en la frontera caucana. El Estado colombiano del siglo XIX intentó fabricar pueblos, no mediante fundaciones solemnes, sino mediante la adjudicación de baldíos a cambio de camino. Nació por una adjudicación en el año de 1842.

 

Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

LA CORDILLERA CENTRAL Y EL PASO DEL QUINDÍO.


LA CORDILLERA CENTRAL Y EL PASO DEL QUINDÍO.



Un territorio de pródiga evocación histórica, la Cordillera Central es una proyección de la gran dorsal de los Andes. Notable por lo quebrado de sus formaciones y por el esplendor de su ancho y prolongado relieve, domina el centro del país.

Corre entre la Cordillera Occidental, al occidente, y la Cordillera Oriental, al oriente. Al occidente, la Occidental la separa del Pacífico chocoano; al oriente, la Oriental —cuyo macizo del Sumapaz es uno de sus contrafuertes más conocidos— la separa de los Llanos y la Amazonía.

Lo que los cronistas denominaban un ramal que separaba la antigua provincia de Mariquita y el valle del Cauca de Antioquia, hoy lo reconocemos como el eje de la Cordillera Central. Es la divisoria de aguas entre las dos grandes cuencas del país: la del río Magdalena, al oriente, y la del río Cauca, al occidente.

En ese eje se localiza la formación conocida como las montañas del Quindío, que hoy marca el límite entre Quindío, Tolima, Risaralda y Valle del Cauca. Su paso, histórico y vigente, articula el oriente con el suroccidente al comunicar el valle del Magdalena con el valle del Cauca, en el corredor entre Ibagué y Armenia-Cartago.


En su núcleo se alza el Nevado del Tolima, de silueta troncocónica —el "cono de azúcar" de los viajeros del siglo XIX— con 5.215 m s.n.m. y glaciares perpetuos. Hace parte del Parque Nacional Natural Los Nevados y, en mañanas despejadas, es visible desde el altiplano bogotano.



El punto culminante del antiguo Camino del Quindío, el Boquerón del Páramo del Quindío, se ubicaba sobre los 3.962 m s.n.m., los 13.000 pies que citan las crónicas. Desde allí, hacia el occidente, se dominaba a 110 o 130 kilómetros la Cordillera Occidental sobre el Chocó biogeográfico: un conjunto de montañas de flancos abruptos, cubiertas de bosque altoandino y selva de niebla, que parecía imposible de cruzar por un estrecho sendero en espiral. Hoy ese mismo paso es atravesado por la vía nacional Ibagué-Armenia, con el Alto de La Línea a 3.265 m s.n.m. y el Túnel de La Línea —8,65 km a 2.420 m s.n.m.—, obra que resume cinco siglos de esfuerzo tenaz por allanar la cordillera.

UN CAMINO UNE DOS VALLES.


Desde la Conquista, el Quindío fue más que una barrera natural: fue un corredor.

Con motivo de la sublevación de Álvaro de Oyón en el sur, se ordenó a Juan Montaño marchar como Capitán General a la defensa de Popayán. Se encaminó por la vía del Quindío hacia Cartago y Cali. Cuando llegó, la rebelión ya había sido debelada.

Poco antes, en territorio del cacique pijao de Ibagué, en una meseta alta, se había fundado San Bonifacio de Ibagué. El establecimiento fue provisional —octubre de 1550—, pues en febrero del año siguiente fue trasladado leguas más abajo, al sitio que hoy ocupa, a orillas del río Combeima y al pie de la montaña del Quindío, en lugar ameno y apacible. Recién fundada Ibagué, el Justicia Mayor Melchor Valdés abrió el camino del Quindío que une el valle del Magdalena con el del Cauca. Esa sería la misma vía que recorrería Montaño y, durante tres siglos, todo el comercio y la tropa entre el centro y el suroccidente.

Siglos después el camino seguía siendo una trocha precaria. El 25 de noviembre de 1760 el virrey Solís proyectó mejorar los caminos del Quindío y de Antioquia, que no eran más que senderos deficientes. No logró su propósito por la indiferencia de los colonos y la escasez de los fondos públicos.

El impulso republicano llegó con la administración de Herrán. Entre sus actos de mayor aliento se contaron el censo de 1843, que arrojó 1.931.684 habitantes; la mejora del camino del Quindío entre Ibagué y el valle del Cauca; el empadronamiento de los esclavos y la ley de libertad de vientres; la organización de las universidades, la mejora de cárceles y correos, el fomento de la enseñanza primaria y las exposiciones anuales de productos artísticos e industriales entre 1841 y 1843. Por disposición del Congreso de 1844, don Lino de Pombo elaboró la Recopilación Granadina.

Aquel sendero abierto por Valdés es hoy el corredor vital del centro del país, la Ruta Nacional 40. Lo que fue camino de cargueros y de mulas es hoy la arteria que sigue uniendo, como hace cinco siglos, los dos valles.

CARTAGO, UNA ENCRUCIJADA DE CAMINOS.



La llave occidental del paso fue Cartago. Asentada en un risueño y reducido valle limitado al norte por colinas onduladas cubiertas de vegetación y pastizales, a 4°36' de latitud norte, contaba entonces con 3.000 habitantes y tres iglesias —una de ellas con convento de padres franciscanos donde residían diez frailes—. Allí se conseguía buen pan, porque la harina se traía de Bogotá por el camino del Quindío. Todo el distrito alcanzaba las 9.000 almas.

Cartago era una encrucijada donde convergían cuatro caminos: al oriente, el que conduce a Mariquita y a Bogotá cruzando las montañas del Quindío; al occidente, el que lleva a Citará y Nóvita, en el Chocó; al sur, el que va a Popayán, Pasto y Quito; y al norte, el que comunica con Antioquia. Por esa posición estratégica, sufrió grandes daños durante las guerras.

Una gira habitual de la época se iniciaba en Santa Fe, pasaba por Neiva, cruzaba los Andes para llegar a Popayán, avanzaba por Cali hasta Cartago para trasmontar nuevamente los Andes por la ruta del Quindío y regresaba a Santa Fe por Ibagué y Tocaima.

Proyección: Cartago sigue siendo la encrucijada. Lo que fueron cuatro caminos reales es hoy el nudo vial donde se cruzan el norte del Valle del Cauca, el Eje Cafetero, el Chocó y Antioquia. De pueblo de 3.000 almas a ciudad de más de 130.000 habitantes, mantiene su vocación de puerto terrestre: por allí siguen entrando las mercaderías de la sabana hacia el occidente, ya no a lomo de mula por el Quindío, sino por la Troncal de Occidente y la vía Armenia-Cartago.

EN TIEMPOS PASADOS ATRAVESAR EL QUINDÍO ERA UNA ODISEA.




El relato de un viajero que cruzó a pie en diciembre de 1824 —nueve días sin una gota de lluvia, fortuna singular— resume la dureza del paso.

En Cartago, el juez político advertía que, por haber fiestas en Ibagué, no se esperarían peones por algún tiempo y que convenía enviar un propio con carta especificando cuántos hombres y bestias se necesitaban. El camino se mantenía aceptable durante tres cuartos de legua; luego se volvía tan cenagoso que había que apearse y vadear charcos con botas altas y grandes espuelas, para regocijo de los peones.}

Cuatro días de buen andar se empleaban en atravesar el tramo conocido como La Trucha, región anegadiza y cenagosa. Superada, se pisaba por fin terreno firme. En Ibagué había entre trescientos y cuatrocientos hombres que vivían exclusivamente de cargar personas y fardos por las montañas, en sillas a la espalda: los cargueros.

El camino cruzaba el río Quindío, que corre hacia el sur y desemboca en el río de La Vieja, y más adelante el río San Juan, que tuerce al sureste para desembocar en el Magdalena. En trayectos de hasta dos leguas continuas, la senda se convertía en un túnel oscurísimo de tres o cuatro pies de anchura, con vegetación tupida a lado y lado. Había que avanzar alerta para no herirse con picos de roca, con las lancetas espinosas de las guaduas o con la ramazón de árboles caídos. Cuando dos partidas se encontraban de frente, los peones disputaban cuál debía retroceder, sobre todo si llevaban bueyes o recuas de mulas. El buey, más fuerte que la mula, cargaba de ocho a diez arrobas de sal en fardos pequeños colocados a los lados del anca para pasar por los desfiladeros y podía salir avante en lodazales donde una mula quedaría anegada sin remedio.

La noche era cada vez más fría y las cobijas se hacían imprescindibles bajo la tienda. Se veían bandadas de pavos silvestres, huellas frescas de tigre y de oso negro y, ya en la cumbre, rastros de danta —el tapir de páramo, de pezuña hendida, piel leonada oscura, muy veloz y mayor que un asno—, animal de altura al que rara vez logran acercarse los cazadores. Los silleros traían resina ambarina de olor agradable del árbol llamado patilla, usada como incienso. Cerca de Ibagué se habían encontrado depósitos de mercurio y, al borde del camino, dos fuentes ferruginosas —una hirviendo, otra apenas tibia— con azufre esparcido alrededor, mariposas de color carmelita oscuro con manchas rojas brillantes y bandadas de micos que se asomaban con curiosidad haciendo muecas.}

Hacia las dos de la tarde se llegaba a un tambo, ramada o cobertizo para viajantes, mensaje humilde de la civilización en medio del descenso hacia los llanos de Ibagué, ya con ambiente más tibio.

Proyección: lo que fue odisea de nueve días es hoy tránsito de tres horas. Los túneles de vegetación fueron reemplazados por el Túnel de La Línea; los lodazales de La Trucha, por viaductos; los bueyes salineros, por tractomulas; y los tambos, por paradores. Pero en la toponimia y en la memoria de los arrieros del Quindío perviven los cargueros, los silleros y aquel estrecho sendero en espiral que enseñó al país que la Cordillera Central no se rodea, se atraviesa.

IBAGUÉ, PUERTA DEL ORIENTE.




Tras una extensa plantación de maíz se llegaba a Morales, rancho solitario a ocho leguas españolas de Ibagué. Allí las alpargatas se gastaban y los talones quedaban desollados. El descenso final es sumamente pendiente y casi imposible para las mulas en estación lluviosa.

Ibagué recibía al viajero en un antiguo convento franciscano, entonces destinado a escuela pública. Su clima era muy agradable, con una temperatura media de 74 grados al mediodía. El juez político, señor Ortega, hermano del gobernador de Popayán, proveía lo necesario. Allí se liquidaba a los peones, con propina de veinte pesos si el comportamiento había sido inobjetable.

Ibagué era tierra de temblores. El cronista despertó una noche sintiendo que la cama se movía como una zaranda y los muebles se estremecían. Muchos habitantes pasaban la noche en la calle. Durante los dos meses anteriores se habían sentido temblores frecuentes, atribuidos a un tiempo inusitadamente bochornoso sin lluvia que había arrasado sementeras. En la cordillera, no muy lejos, estaban las bocas de monte o cráteres que los habitantes cuidaban de mantener destapados como medida preventiva contra los sismos. En Honda, capital de Mariquita, unida a la ciudad por un largo y elevado puente sobre el río Gualí, las clases acomodadas se habían refugiado en chozas improvisadas en las montañas circunvecinas.

Fue en ese convento donde el gobierno quiso fundar un colegio central, por su situación equidistante, salubridad y abundancia de víveres, para jóvenes del Valle del Cauca, Mariquita, Chocó y Antioquia, siguiendo el plan de estudios de Bogotá. Obra impulsada por el vicepresidente Santander y su ministro del Interior, Restrepo, para extender la enseñanza a todas las clases sociales.

Así, la Cordillera Central no es solo una mole geológica entre Chocó y Amazonía. Es un corredor histórico: camino de capitanes y cargueros, de bueyes salineros y de viajeros que midieron su resistencia en páramos de 13.000 pies, entre el barro de La Trucha y el frío de la cumbre, para unir —a pie, a lomo de mula y a hombros humanos— los dos grandes valles de Colombia. Hoy, en ese mismo eje, se asienta Armenia —fundada en 1889 por colonos antioqueños que cruzaron el Quindío— capital de un departamento que nació del camino.

 

Por: Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

 

Fuentes: Peña, Heliodoro. Geografía e Historia de la Provincia del Quindío. 1892.

Acosta, Joaquín. Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva Granada. 1848.

John Potter Hamilton. VIAJES POR El INTERIOR DE LAS PROVINCIAS DE COLOMBIA POR El CORONEL J. P. HAMILTON, RECIENTE JEFE COMISARIO DE SU MAJESTAD BRITANICA ANTE LA REPUBUCA DE COLOMBIA EN DOS TOMOS. LONDRES. JOHN MURRAY, ALBEMARLE STREET, MDCCCXXVII

Belver, José. Artículos publicados en el *Papel Periódico Ilustrado* de Bogotá, 1881 y 1885.