martes, 3 de noviembre de 2026

CÓMO UN PUEBLO SE HIZO MUNICIPIO.ARCHIVO HISTÓRICO DE FILANDIA, 1895-1935.

 
CÓMO UN PUEBLO SE HIZO MUNICIPIO. ARCHIVO HISTÓRICO DE FILANDIA, 1895-1935.
Entre 1895 y 1935, en 609 tomos que hoy custodia el Archivo Histórico de Filandia, no se guardó la historia oficial. Se guardó la vida diaria: oficios de alcaldes, acuerdos del Concejo, listas manuscritas de contribuyentes, telegramas de maestros y curas. Y, en esa papelería, está la fundación real del municipio.
 
La historia empieza antes. Filandia nació el 20 de agost





o de 1878 sobre el Camino del Quindío, como posada y vigía entre el Valle del Cauca y el Magdalena, y alcanzó su autonomía municipal el 25 de agosto de 1892. Fue fruto de una colonización múltiple con predominio antioqueño —antioqueños, caucanos, tolimenses y boyacenses— atraídos por una ruta que no era solo un camino. Como lo recuerda la historia local, el Camino del Quindío fue vía de importancia capital para la República. Por ahí entró el desarrollo y salió el oro de las guacas quimbayas hacia Honda, el Magdalena y España. Filandia surge a la vera del camino, como punto de control geoestratégico.
 
De esa condición de frontera viene su primera huella en el archivo. La Guerra de los Mil Días. En diciembre de 1900 aparece en los archivos, los denominados Diarios de Gastos de Guerra. Órdenes para sufragar los gastos de los ejércitos del Cauca. Un ejemplo, es el pago de raciones alimenticias y suministro de fusiles. Filandia no solo vio la Guerra de los Mil Días: tuvo que alojar, alimentar y financiar tropas con arcas empobrecidas.
 
Y en medio de la contabilidad, el romance se cuela. En un tomo de Tesorería de 1920 aparece una carta personal que el inventario oficial rescata como reliquia humana: Chava y Argemiro, dos seres que se aman a distancia. Argemiro en Filandia, Chava lejos, escribiendo: ¿Por qué tuve la desgracia de dejarte?
 
EL ACUEDUCTO.
 
Dramática secuencia histórica que se extiende hasta el presente, el suministro del agua. La parte dramática.
 
1912 es el antecedente: compra del terreno para el Hospital de Caridad el 8 de octubre, matadero público el 13 de junio de 1913 y pocetas públicas el 30 de agosto de 1913.
 
1913 es la crisis. El 2 de agosto, el presbítero Francisco de Paula Montoya escribe al Concejo en nombre del vecindario. El verano es largo, las fuentes escasean y pide libre acceso al líquido. Con mentalidad de la época, solicita talar sauces y árboles no frutales ni medicinales porque consumen agua. De esa urgencia nace la idea del acueducto metálico.
 
1915-1916 es la deuda. Por escritura No. 807 del 8 de septiembre de 1915, el municipio contrata con Rafael Jenaro Mejía, de Manizales, la traída de tubería de hierro del exterior. El contrato, aprobado por la Gobernación de Caldas, autoriza hipotecar los bienes municipales. En marzo de 1916 el Concejo nombra perito al ingeniero Alejandro Londoño para avalar el pedido y solicita a la Asamblea de Caldas un auxilio similar al concedido a Armenia. La deuda supera el millón de pesos. Se derogan sobresueldos para pagarle a Mejía y en noviembre de 1916 la comunidad denuncia cláusulas ruinosas.
 
1916-1917 es la ejecución. Se prohíbe la tala en las cabeceras de las quebradas que surten el acueducto. El 25 de septiembre de 1917, Bernardo Gómez informa que el tanque está debidamente cementado y con buenos armazones de mampostería, y pide ponerlo a funcionar. Días antes, Pedro Pablo Mejía explica por qué se dañan los cajones: sin un fontanero residente como Luis Arias —que durante cuatro años hacía descargas en la acequia en invierno— el peso del lodo y los palos los destruye. La disputa por ese cargo entre Arias y Dionisio Corral queda en un oficio del alcalde Rafael A. Heredia.
 
El ciclo cierra en 1921 con el Acuerdo No. 19 que aprueba la compra de tubería a la casa Hoyos Escobar de Cali por 1.424 pesos oro. Cuando Cornelio Moreno escribe su monografía para el cincuentenario de 1928, ya puede anotar: Filandia tiene magnífico acueducto metálico, alumbrado eléctrico, juzgado de circuito, notaría, parque y suficientes escuelas.
 
La infraestructura caminera va en paralelo: conformación de la Junta Municipal de Caminos el 26 de mayo de 1913, arreglo de pasos malos en El Roble el 28 de junio de 1913, trabajos en el acueducto del camino de Montenegro el 14 de agosto, y apertura de la calle El Pensil con empedrado de las salidas a Salento y Pereira en 1916.
 
EDUCACIÓN.
La educación era pobre y comunitaria. Antes del colegio de las Hermanas Betlemitas existió el Instituto San Luis, con reglamento del 12 de febrero y 7 de marzo de 1912. En artes y oficios funcionaba la escuela de tejer sombreros, visitada el 1 de febrero de 1911, a cargo de Justiniana Gonzáles de Londoño y Virginia Quintero de Duque, que pedían paja de iraca de Santa Rosa de Cabal y aumento de sueldo. En 1913 el director de La India, Francisco A. Hernández, pide dos taburetes, un estante y textos de geografía e higiene; el de varones, Emiliano Londoño, pide pupitres. Las Betlemitas, en 1913, exigen al Concejo el alquiler de un salón amoblado porque el local oficial es incapaz para el número de niñas.
 
Poco a poco la escuela llega al campo: escuelas alternadas en Alejandría, El Paraíso y El Jardín en 1916, vestidos para niños necesitados el 24 de octubre de 1913 y becas para cultivo de tabaco en 1916. El presupuesto lo dice todo: de 18.000 pesos oro en 1920 a 58.000 en 1928, con 12.832 habitantes, 436 despulpadoras de café y siete ingenios de caña.
 
El civismo era orden y fiesta. El 30 de septiembre de 1917 el alcalde Heredia informa que el prefecto ordena enviar cuatro agentes a Alejandría para los regocijos públicos, pero Filandia debe pagarles la alimentación. La fiesta se legisla. El mismo civismo pide música: el 21 de noviembre de 1913 el padre Montoya solicita votar una suma para instrumentos y crear la Banda Municipal, además de numerar calles y solares. De ahí nacen los Acuerdos No. 22 y 53 de 1922 que dotan la banda con saxófono, dos pistones, platillos, bombo y uniformes. Símbolo de progreso que hoy prolonga el Festival Camino del Quindío.
 
El medio ambiente aparece ligado al agua: lucha contra la langosta en 1912 y 1913 —circular del Concejo de Palmira excitando a aplicar el Acuerdo No. 15 de 1912— y conciencia temprana de no talar en nacimientos.
 
CENSOS Y LÍMITES.
 
Para la genealogía, el archivo es una mina. La lista del 1 de enero de 1908, elaborada por el Concejo y entregada a la tesorería del alcalde Cosme Martínez, registra el trabajo personal subsidiario de 1906-1907 vereda por vereda —La Plata, Buenavista Norte y Sur, Roble Occidente— con cientos de propietarios: Ospina, Arango, Valencia, Giraldo, Peláez. Se complementa con la adjudicación de baldíos en 1908: 35 hectáreas a Eleazar López en Cajones y 94 a Fausto Salazar en Tacaloa, y con la Junta Municipal de Censo del 18 de septiembre de 1911 integrada por José González, Audifacio Toro y José Ocampo.
 
Los límites se definían con pleitos de sal. En 1911 Bonifacio Giraldo, dueño del Salado de La Plata, reclama que ingenieros trazaron una línea hasta Barbas por sobre la hornilla del Salado de Arabia, dejando la salina en Cartago. Le cobran en ambos municipios. Un año después, el 21 de octubre de 1912, Juan C. Castrillón, Teodomiro Muñoz y José V. Marín, de la salina de Arabia, piden rebaja de contribución directa por doble tributación. Cartago cobra y Filandia también. Es la frontera entre el antiguo Cauca y Antioquia medida a pie, controlando pasos, salados y aguas, herencia directa de la lógica del Camino.
 
En síntesis, el archivo 1895-1935 no es burocracia. Es la microhistoria de cómo un pueblo se hace municipio endeudándose por una tubería importada, peleando por un fontanero residente y prestando un salón para que las niñas estudien. De 2.500 habitantes urbanos en 1928 a 14.000 hoy, Filandia mantiene las mismas obsesiones: agua, camino, escuela y banda.
 
ASUNTOS FISCALES Y COMPOSICION DE CATASTRO IMPUESTOS.
 LISTA DE LOS CONTRIBUYENTES.
Filandia enero 1º. De 1908
 
Filandia enero 1º. De 1908. Copia de la lista de los contribuyentes por trabajo personal subsidiario del año de 1906 y 1907, ordenada sacar por el Concejo Municipal y pasar al tesorero entrante para hacerlas efectivas.  El tesorero Cosme Martínez.
 
Ospina Juan Bautista, Arango Alfonso, Arango Eusebio, Arias  Francisco A., Mejia Luis, Restrepo Rafael, Zuluaga Elías, Valencia Liborio, Valencia Manuel, Gutiérrez José Jesús, Muñoz Teodomiro, Echeverri Florencio, Fernández Pedro, Osorio José María, Arias Alejandrino, Arbeláez Jesús, Agudelo Ceballos, Libardo Luis María, Cardona Pablo E. Cardona Mauricio, Cardona Ramón Castaño Eudoro, Castaño Jesús Antonio, Conca Eliodoro, Díaz Gregorio, Giraldo E Jesús, Giraldo R. Juan C., Giraldo R. Francisco, Gutiérrez Alfonso, Gómez Juan Alberto, Grajales Jesús Alberto, Idarraga Federico, Idarraga Pompilio, Naranjo Braulio, López V Efraín, Morales  Cesáreo, Marín Jesús Alberto, Marín Tulio, Marín O Juan de León, Montoya Ernesto, Morales Bonifacio, Morales Evangelista, Ospina Marco A., Ospina Esteban, Ospina José María, Ocampo Agustín, Osorio Jesús María, Salazar Clímaco, Osorio José Ramón, Osorio Ricardo, Tobón Eliseo, Salazar Abelino, Serna Marcelino, Salazar Daniel, Salazar Bertulfo, Quintero Marcos, Restrepo A. Francisco, Restrepo A. Nacianceno, Restrepo Nicolás, Rojas Jesús María, Valencia Pablo, Vargas José, López Felix, Zuluaga Ignacio, Zuluaga Mariano. 
 
“LA PLATA”  Peláez Jesús María, Peláez Ramón Antonio, Peláez Prolacio, Bedoya Agustín, Buitrago José Jesús, Castaño Laureano, Castañeda Antonio, Gómez Antonio, Gómez Marcos, Gómez Vicente, Gómez Pedro, Gómez Venancio, Giraldo Nepomuceno, Herrera Belisario, Herrera Fidel, Herrera Jesús María, Herrera Manso, Henao Rafael, Henao Valerio, Jaramillo Alejandro, Marin Antonio, Marin Marcos, Peláez Juan E., Peláez Eladio, Quintero Pedro, Quintero Jesús María, Román Anastacio, Román Andrés, Román Esteban, Román Neponuceno, Rojas Alejandro, Rojas Alejandro, Valencia Jesús Maria, Valencia Sebastian, Osorio Luis Maria.
 
 “BUENAVISTA NORTE”. Toro Fernando, Toro Francisco, Toro Ruperto, Monroy Carlos, Arbeláez David, Agudelo Rafael, Aguilar Eladio, Aguilar Abel, Arias Romualdo, Arango Alfredo, Álvarez Leónidas, Buitrago Ismael, Betancur Adolfo, Betancur Braulio, Castillo Marcelino, Ceballos Juan de Jesús, Ceballos Obdulio, Ceballos Victoriano, Correa Francisco, Castañeda Bibiano, Castañeda Eladio, Duque Pascual, Echeverri José María, Echeverri Pedro P., Guzmán Joaquín, Gaviria Alejandrino, Giraldo Marco A., Gómez Juan Pablo, Hoyos David Alberto, López Ramón A., López Ismael, López Nemesio, López Anacleto, López Antonio José, López Aureliano, López de S Antonio, López Hermeregildo, Montoya Neponuceno, Murillo Juan de J., Martínez Matías, Marín Joaquín, Molina Manuel A., Morales Jesús, Mejía Joaquín, Muriel Felipe, Mazo Justo Pastor, Osorio Tomas, Osorio Cipriano, Obando Florentino, Pineda Antonio, Peláez Gabriel, Peláez Olegario, Peláez Abel, Posada Ramón, Posada Gregorio, Pareja Pablo, Parra Juan Emigdio, Ruiz Rafael, Ruiz Efraín, Ribera Luciano, Ríos Bonifacio, Restrepo Desiderio, Ruiz Juan de Jesús, Rodríguez Andrés, Saldarriaga José D., Saldarriaga Luis Carlos, Saldarriaga Marco Antonio, Salazar Secundino, Valencia Fabriciano, Vega Manuel, Zapata Manuel, Ribera Abel, Arias Ramón, Agudelo Cesáreo, Buitrago Jacinto, Gómez Luis Felipe.
 
 “BUENAVISTA SUR”. Valencia Jesús Antonio, Alzate Eleazar,  Arenas Manuel, Arango Julián, Cifuentes Juan María, Duque Felix, Díaz Luis,  Díaz Valentín, Díaz Florentino, Díaz Manuel, Díaz Juan B., Giraldo Jesús, García Isaías, Gómez Jesús, Gómez Miguel, Galiano Silvestre, Grisales Rafael, Grisales Jesús, Grisales Antonio, Holguín Manuel, López Manuel, Mazo Jorge, Montoya Florentino, Montoya Agapito, Molina Juan Ma., Martínez Luciano, Naranjo  Jesús María,, Osorio Alejandro, Orrego Jesús María, Ospina Manuel, Pérez Marco e., Peláez Gabriel, Ramírez José, Ramírez Abelardo, Ramírez Francisco, Salazar Alejandro, Soto Braulio, Valencia Joaquín, Vélez Jesús, García Jesús, Ángel Gumercindo, Betancur Jesús, Rincón Jesús A., Ruiz albino, Londoño Ramón Elías, López Jesús, Arboleda Luis e., Agudelo Jesús, Agudelo Agustín, Aguirre Blas, Betancur Francisco, Betancur Jesús María, Beltrán Abel, Caicedo Neponuceno, Caicedo Agustín, Castañeda Eugenio, Cantor Pascual, Cantor Pedro, Duque Ismael, Duque Jorge, Gaviria Agustín, Gaviria Marcos, Gaviria Juan de Dios, García Crispulo, Giraldo Juan de Jesús, Giraldo Eleazar, Gutiérrez Manuel, Giraldo Germán, González Celestino, González Alberto, González Fernando, González Jesús María, Gómez Francisco, Gallego Jesús María, Ibarra Jesús, López Manuel, López Domingo, López Ramón, López Fermín María, López Marco Antonio, López Juan de dios, López Manuel, López H. Manuel, López Víctor, Loaiza Darío, Londoño Juan, Marín Ramón, Marín Antonio, Mejía Juan Pablo, Mejía Saturnino, Meza Jesús María, Meza José Ramón, Meza Antonio Jesús, Ortiz Leocadio, Osorno Luis María, Osorno Pedro, Osorno Antonio, Patiño Rafael, Quintero Teodoro, Ramírez Ricardo,  Rengifo Mariano, Rengifo Pedro, Rincón Januario, Ruiz Jesús A, Ruiz Casimiro, soto Alonso, Valencia Eleazar, Vásquez Juan Bautista, Villegas Jesús, Villegas José, Zapata Ruperto, Zapata Carlos, Zapata Aparicio, Buitrago Ángel, Bedoya Emilio.
 
“ROBLE OCIDENTE “Vallejo Pedro Nolasco, Londoño Manuel, Londoño Ramón María, Blandón Benigno, López Sebastián, Arenas Pedro, Arenas Belisario, Arenas Manuel C., Alzate Marcos, Acebedo a. Manuel, Aguilar Leónidas, Aguirre Isaac, Arias Felix Antonio, Damelines Joaquín, Delgado Marcos, Gómez Eugenio, Galeano Silvestre, González León María, González Anselmo, Garzón Rafael, Giraldo Gabriel, Gallego Rafael, Giraldo Heliodoro, Gallego Epifanio, Duque Martín, Hernández  Narciso, Hernández  Lino, Idarraga Arsenio, Jaramillo Manuel, López Jesús, López Juan Gregorio, Montoya Daniel, Marín Juan Alberto, Marín Jesús María, Marulanda Pedro A., Murillo Joaquín, Naranjo Joaquín, Montoya José María R., Ospina Manuel, Ríos Marcos, Restrepo Jesús, Ruiz Lino, Trujillo Lucio A., Valencia Rafael, Valencia Pedro Abel, Valencia Miguel A., Valencia Ramón A.,  Villa Emilio, Bermúdez José María,
 
CONTRIBUCIÓN DIRECTA 1905. Giraldo Vicente, Ramírez Vicente.
“LA INDIA”. Castaño Vicente, Restrepo Clotilde.
“LA PLATA”. Bedoya Agustín, Herrera Fidel, Rodríguez Antonio.
 
“BUENAVISTA NORTE”. Agudelo Rafael, Arias José María, Blandon Vicente, Cortez Eleazar, Duque José, Echeverri Francisco, Echeverri Manuel, Echeverri Jesús María, Echeverri G. Jesús M., López Antonio, López Pedro y compañía, Medellín Francisco, Mejía Joaquín, Muriel Felipe, Ovando Bernardo, Orozco Jesús, Osorio Francisco, Parra Braulio, Pérez Juan B., Rodríguez Andrés, Ribera Luciano, Soto Rafael, Toro Ruperto y compañía.. 
 
“BUENAVISTA SUR”. Alzate Feliciano, Ángel Gumercindo, Arboleda Luis María, Arias José María, Castaño Cecilio, Díaz Lino María, Duque Ana María, Escobar Geronimo, García Juan de dios, Hernández Manuel, Marin Bentura, Molina Juan María, Muñoz José Jesús, Naranjo Juan, Ospina Tulio, Peláez Manuel, Ruiz Jesús Antonio, Rincón Eugenio, soto Alonso, Valencia Marciano, Valencia Telésforo, Valencia Manuel, Vélez Joaquín, Villegas Eugenio, Villegas José. 
 
ROBLE OCCIDENTE.  Betancur Jesús María, Duque Marcelino, Duque Jesús, Gaviria Honorio, Gómez Víctor, Pineda José Ignacio, (Pbro.). 
 
ROBLE ORIENTE. Arango Felix, Castaño Nicasio, Jaramillo Gerardo, Ospina Natalio.
 
CONTRIBUCIÓN DIRECCTA DE 1906. LA INDIA. Álvarez Sebastián, Conca Francisco, García Crispiniano, Marín Juan de Jesús, Ocampo José, Peláez José Ramón, Restrepo José Joaquín, Restrepo Fidel, Restrepo Nicolás, Ruiz José, Torres Juan Gregorio, Toro Alejandro. 
 
“LA PLATA”.  Arbeláez Joaquín, Henao Pedro, Henao Rafael, Jaramillo Hilario, Londoño Jesús María, López L. Antonio,
 
 
 
 
Por Álvaro Hernando Camargo Bonilla.
 
Fuente: Archivo Histórico de Filandia 1895-1935.

LA MONTAÑA DEL QUINDÍO TUVO OCHO CAMINOS, NO UNO.

 

 LA MONTAÑA DEL QUINDÍO TUVO OCHO CAMINOS, NO UNO.

De la huella de oro quimbaya a la Trocha de 1691, la montaña no se cruzó por un solo camino, sino por un sistema de pasos que la horadó durante cuatro siglos.
 
La montaña del Quindío no fue atravesada por una sola vía, sino por varios caminos. Fueron tres los principales - Herveo, Quindío y Guanacas - y de ellos nacieron ocho. No se abrieron por poblar. Se abrieron por oro, por guerra y por comercio.
 
1547: EL PRIMER CAMINO FUE DEL ORO.




 
La primera noticia del camino que cruzaba la montaña, no es del Quindío, es del Herveo. En 1547, tres años antes de que se fundaran Ibagué y Mariquita, el Oidor Miguel Díaz de Armendáriz informa a la Corona que por allí se puede surtir a Cartago, en la Gobernación del Cauca.
 
Esa muralla natural del norte había que traspasarla. El oro de los Reales de Minas debía llegar a las Cajas Reales de Cartago, fundadas en 1542, para ser fundido y quintado, y de allí a Honda para embarcarse a España.
 
Esta ruta ascendía por el río Guarinó hasta los páramos de Herveo y Ruiz para descender por Chinchiná hasta Cartago Viejo, hoy Pereira. Fue el camino oficial de todo el siglo XVI, a pesar de que era, como lo describiría en 1781 Pedro Biturro, "monte asperísimo, sin pastos, donde morían mulas y donde el tigre cebado mataba muchas". Tales fueron sus dificultades de cruce, que el 16 de mayo de 1567 una Real Cédula prohibió el tránsito por el páramo y obligó a todos a pasar por Ibagué.
 
De esta ruta, nacen el Camino del Ruiz, que de Cartago Viejo iba a Mariquita, y Santa Isabel, el paso intermedio entre Ruiz y Tolima. Es el mismo corredor de nevados Herveo-Ruiz-Santa Isabel-Tolima que, siglos después, en 1847, usarían los primeros colonos antioqueños para ir de Manizales a Mariquita por la Laguna del Otún. Es el camino que recorrió Boussingault en 1825 y Manuel Pombo en 1852. El camino de Herveo se define como la ruta del siglo XVI.
 
EN EL AÑO DE1553: EL CAMINO DEL QUINDÍO.


 
El camino que hoy llamamos del Quindío no nació con Herveo. Nació seis años después, y su paso se dio por una depresión más al sur.
 
Entre 1553 y 1554, el capitán Melchor de Valdés, justicia mayor de la recién fundada Ibagué, con recursos propios y ayuda de los vecinos, aprovechó una senda que los Pijaos usaban para comunicarse con Cartago. Era una ruta indígena.
Su apertura, patrocinada por el Cabildo de Ibagué, acortó en 20 días la ruta entre Santafé y Popayán.
 
Aunque se abrió físicamente en 1553, su consolidación es del siglo XVII. Se volvió el más frecuentado, en el viaje de Santa Fe con Popayán, y el que Alexander Von Humboldt llamaría el paso más penoso de los Andes. El primer hombre en cruzarlo fue el capitán Juan Montaño, para sofocar la rebelión de Álvaro de Oyón.
 
DURANTE LOS AÑOS DE1627 A 1655: SE APERTURA LOS CAMINOS DEL SUR DE LA MONTAÑA DEL QUINDÍO.
 


La montaña del Quindío también se cruzaba por el sur. El más largo y alto fue Guanacas. Comenzó a construirse en 1627 por Andrés del Campo. Salía de Timaná, cerca de Popayán, cruzaba a Neiva, tomaba el Magdalena y llegaba a Santa Fe. Era la ruta Bogotá-Quito, pero tan penosa y peligrosa por los ataques de Paeces, Yanaconas y Pijaos, que obligó a frecuentar el paso del Quindío. En marzo de 1816, Francisco José de Caldas recibió el encargo de fortificar ambos.
 
Más al centro-sur, el Camino de Barragán.  De Chaparral, al sur de Ibagué, a Tuluá, y Popayán, a Lo abrió materialmente el capitán Juan de Lemos y Aguirre entre 1637 y 1639 cuando fundó Tuluá, y lo formalizó el 9 de agosto de 1655 con Capitulaciones firmadas con el Gobernador Luis de Valenzuela y Fajardo, obligándose a abrir el paso por el Páramo de Amoyá hasta el Valle del Saldaña.
 
IGNACIO BUENAVENTURA Y SU DOCUMENTO DENOMINADO: LA MEDIDA.



 
El documento demuestra que los caminos se abrieron por capitulaciones y recursos privados de encomenderos y cabildos, no por iniciativa del Estado central, que solo interviene a partir de 1830 con Bolívar y Herrán.
 
Entre 1777 y 1778, don Ignacio Nicolás Buenaventura Padilla, teniente gobernador de Ibagué y prócer de la Independencia, nacido en Ibagué en 1735 y anfitrión de Humboldt en 1801-, midió a cordel la distancia entre la plaza de Ibagué y la de Cartago. Halló 20 leguas y 1.531 varas. Con desviaciones, 121.580 varas.
 
Identificó arroyos, tambos, paisajes, cruces de ríos y haciendas. Construyó puentes sobre el río San Juan y rancherías para que el viajero pudiera hacer la travesía en 4 a 5 días a caballo.
 
El proyecto de reapertura del camino, fue avaluada en 18.000 pesos. Los hacendados aportaron12.000, y Buenaventura 6.000 de su patrimonio.
 
Su rehabilitación duro muy poco tiempo, a causa de la revolución de los comuneros del socorro, en Ibagué, quemaron los puentes sobre el San Juan y destruyeron las rancherías. En poco tiempo, el camino quedó en condiciones de tránsito peor que antes.
 
1691: DE CARTAGO VIEJO AL RÍO LA VIEJA. TRASLADO DE LA CIUDAD Y NACIMIENTO DE LA TROCHA.

 
Cuando Cartago se traslada en 1691 a orillas del río La Vieja para buscar ganado cimarrón para los mineros del Chocó, nace la variante más famosa: La Trocha.
 
De Cartago, cuchilla de Santa Bárbara Piedra de Moler, Tambores, La Balsa, Pavas, Buenavista, Alto del Roble, Baquía, Salento, Tablazo, Laguneta, Boquerón -a 3.390 metros según Boussingault, 3.485 según la UNAL-, Volcancitos, Cruces, Yerbabuena, Machín, Azufral, Moral, Tapias, Palmilla y Guayabal hasta Ibagué. Fue la ruta más transitada por las expediciones científicas del siglo XIX.
 
Cuando Simón Bolívar hizo su travesía, a su llegada a Santa Fe, el 25 de enero de 1830, decreta abrir el camino del Quindío. Entre 1841 y 1845 el presidente Pedro Alcántara Herrán lo oficializa como Camino Nacional con presidios y tambos. En 1856, al moverse Baquía a Barcinales, hoy Salento, el camino se desvía por Trincheras.
 
EL OCASO DEL CAMINO: LLEGÓ LA CARRETERA Y EL FERROCARRIL.

 
La toponimia es memoria de esa historia. Cada nombre es una historia. Toche, Tocina, Quindío y Combeima son el sustrato indígena. Guayabal, Palmilla, Azufral, Aguacaliente, Cara de Perro y Boquerón son la descripción física del caminante. Alto de la Sepultura -donde por la noche se escuchan los lamentos de un carguero muerto de fatiga- y Las Cruces son el voto funerario. Salento, Filandia e Ibagué son la oficialización republicana.
No hubo un solo camino en la montaña del Quindío. Desde la época prehispánica existió un sistema vial quimbaya de intercambio de oro por sal, que los españoles reutilizaron y convirtieron en ocho caminos reales y que la República consagraría como Camino Nacional. Entenderlo es entender que, debajo del cemento que hoy cubre las carreteras, perdura la huella endurecida del indio, maestro nunca bien alabado de la ingeniería caminera.
 
Por: Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

miércoles, 28 de octubre de 2026

LA CONQUISTA DE LOS VALLES DE ANAIMA, MATAGAIMA Y TOCHE.

 

LA CONQUISTA DE LOS VALLES DE ANAIMA, MATAGAIMA Y TOCHE.



El punto de partida: El Valle de las Lanzas.

A mediados de 1550, el capitán Andrés López de Galarza salió de Santa Fe con 93 soldados, el presbítero Francisco González y sus capitanes Francisco de Prado y Juan Bretón. Su objetivo era lo que los españoles llamaban el Valle de las Lanzas, una gran provincia de una misma lengua y nación, pero dividida en valles enemigos entre sí: Combayma, Metaima, Vilacaima, Chitanema, Chinacataima, Matagaima, Anaima y Toche.

Era el territorio que hoy se reconoce entre Ibagué, Cajamarca y la cordillera del Nevado del Tolima.

Metaima y el cruce del río Tolima.

La primera escala fue Metaima. Galarza habló a los naturales a través de intérpretes. Según la costumbre de la época, les explicó la ley cristiana, la necesidad de vivir conforme a justicia y de hacerse vasallos del Emperador y Rey de Castilla. Luego les pidió guías para continuar.

A los indios lo que más les agradó fue la promesa de que no se les haría daño. Galarza les aseguró que, si algún español les causaba agravio, lo castigaría, porque así se lo mandaba el Rey. Tenían mucho miedo y sostener a los españoles, aunque fuera medio día, les resultaba costoso. Tanto desearon que se fueran que ofrecieron no solo guías, sino cargueros para el equipaje. Galarza se detuvo tres días y tomó el camino hacia Ibagué.

Saliendo de Metaima llegaron al río que los naturales llamaban Tolima. En su lengua, Tolima significaba nieve, porque bajaba del nevado de Cartago y sus aguas venían del deshielo que duraba todo el año. Hoy se conoce como Combeima.

El río iba muy crecido y los naturales de Ibagué habían destruido los puentes para impedir el paso. Los españoles metieron los caballos en medio de la corriente e hicieron con ellos un puente vivo. Así cruzaron la gente, el servicio y el fardaje y se alojaron en la otra orilla.

La unión de los ríos de Anaima y Matagaima.

Al día siguiente llegaron al punto clave de toda la expedición: la junta de dos ríos, el que bajaba del Valle de Anaima y el que bajaba del Valle de Matagaima.

Allí había una meseta llana de media legua de contorno — hoy la zona entre el río Anaime y el río Bermellón, donde está Cajamarca — donde el cacique Laembiteme tenía parte de su poblado y más de dos mil guerreros esperando. Solo había una subida por donde podían subir los caballos y la habían cerrado para defenderla.

Galarza no atacó. Detuvo a su gente antes de la quebrada y ordenó el requerimiento. A través de las lenguas les dijo que no venía a hacerles guerra, sino a manifestar la ley evangélica, a enseñarles el Dios verdadero y el bautismo para la salvación, y que debían reconocerse vasallos del Rey de Castilla, a quien ellos en su lengua llamaban Xe Amima. Les ofreció la paz.

Los indios respondieron primero con grandes alaridos, tocando fotutos, cornetas y flautas hechas con canillas de indios muertos, y advirtieron que si avanzaban serían sepultados en sus vientres. Los soldados quisieron arremeter, pero Galarza los contuvo. Parlamentaron hasta la puesta del sol. Finalmente, los indios cambiaron de parecer, abandonaron el paso y dejaron subir a los españoles sin pelear. Esa misma tarde los alojaron en sus propias casas. A la mañana siguiente el poblado estuvo vacío. Habían retirado mujeres, hijos y bienes a lugar seguro, señal que, como advirtió Aguado, siempre precedía a la guerra.

La paz, el trueque y noticia geográfica.

No hubo ataque inmediato. Volvieron de paz, trayendo comida y chagualas de oro fino para trocar. Lo que más buscaron a cambio fue sal del Reino en panes grandes, gallinas blancas y cuentas de España, pues la tierra era muy estéril en eso. Aguado anotó el precio: por un pedazo de sal de dos o tres libras daban una chaguala de oro fino de seis pesos o más, y lo mismo por una gallina.

Galarza se detuvo allí más de ocho días. Le vinieron de paz todos los naturales del valle y los caciques de Matagaima, Anaima y Vilacaima.

Fue allí donde Aguado dejó su descripción esencial:

El Valle de Matagaima tendrá dos leguas y media de largo, todo poblado en lo raso, porque esta tierra toda es doblada y muy quebrada. Todos los valles son rasos y pelados hasta la mitad de las lomas y cuchillas, y de allí para arriba es arcabuco y montaña muy crecida y espesa. Esto es general en toda la tierra de Ibagué. El Valle de Anaima tendrá cuatro leguas de largo y todo lo raso de abajo estaba poblado.

Describió también por qué resistieron tanto. Sus armas eran lanzas de veinticinco a treinta palmos hechas de guadua rajada, con punta de palma negra muy dura; escudos o paveses de cuero de danta seco y ligero, colgados al cuello, que ponían por delante al pelear y por la espalda al huir; dardos arrojadizos de un palmo, macanas a manera de montantes de palma negra, hondas con piedras redondas del tamaño de un huevo que llevaban en mochilas, y hachas de cobre. Peleaban desnudos, se acercaban cuerpo a cuerpo sin temor y, dijo Aguado, cada indio no rehusaba pelear uno contra uno con un español a pie firme.

La emboscada de Anaima y la batalla con trampas de hoyos con pinchos.

La paz de Anaima no fue sincera. Galarza envió al capitán Lope de Salcedo con algunos soldados solo a reconocer la población y abrir camino para el carruaje. Los indios se juntaron en gran número y los cercaron. Sin caballos, que eran la principal fuerza de los españoles, sin arcabuces y siendo quince o veinte indios por cada soldado, los españoles quedaron en gran aprieto. Pelearon sin soltar las armas de noche ni de día hasta que, avisado por indios amigos, Galarza envió refuerzo y lograron romper el cerco.

Al día siguiente Galarza marchó con toda la compañía hacia Anaima. Los naturales se concentraron de nuevo en el mismo sitio donde habían emboscado a Salcedo: más de cuatro mil guerreros.

Era un llano a la orilla de una quebrada que daba al río principal del valle. Previendo que allí se alojarían los españoles, lo habían llenado de trampas: hoyos de dos estados de hondo, llenos de estacones de palma con las puntas hacia arriba, cubiertos con varas delgadas, paja y tierra para ocultarlos. Cada hoyo era tan ancho que cabían dos hombres con sus caballos armados.

Galarza volvió a requerir la paz antes de pasar la quebrada. Como los españoles se detuvieron, los indios creyeron que era por temor, abandonaron el puesto y huyeron por entre los hoyos.

Los españoles avanzaron con cautela. Pero un vizcaíno llamado Juan Ortiz de Zárate quiso señalarse y se adelantó a todos a caballo contra unos indios que se habían quedado a propósito cerca de las trampas. Cayó con su caballo dentro del hoyo. Por fortuna los indios habían caído primero y con sus cuerpos taparon las estacas, por lo que Ortiz y su caballo salieron sanos y salvos. Así se descubrió la celada.

Se alojaron esa tarde en una punta de sabana más limpia de hoyos. Durante más de veinte días recorrieron el Valle de Anaima sin que los indios se atrevieran a presentar batalla. Solo gritaron desde los altos e hicieron rodar desde la montaña peñas de diez, quince y veinte quintales, movidas con palancas. Por providencia, no causaron daño.

En ese tiempo ocurrió el caso del soldado extranjero Nicardo. Tenía un indio ladino que hablaba bien la lengua. Codicioso, lo mandó a decir a los naturales que el capitán les exigía oro so pena de guerra. Con ese temor le entregaron oro. Una noche entró con un principal al alojamiento muy tarde. Las velas creyeron que era un ataque y dieron alarma. Descubierto el engaño, Galarza fingió castigar a Nicardo y pidió a los soldados que intercedieran por él para escarmentar. El indio ladino pagó por los dos: fue azotado públicamente y le cortaron el cabello.

Pacificada la tierra, el más principal de los caciques, llamado Bombo, vino a servir. Galarza le preguntó qué había al otro lado de la cordillera que dividía el Magdalena del Cauca. Bombo respondió que había mucha gente, pero no sabía si había españoles. Eran los naturales de Bugalagrande, donde había poblado Alonso de Fuenmayor, y los Gorrones que servían a Cali. Galarza envió soldados a lo alto de la sierra: vieron pocos bohíos y pocos humos. Sospechó que al otro lado ya había españoles de la Gobernación de Popayán y decidió no seguir avanzando.

FUNDACIÓN DE IBAGUÉ Y DESCUBRIMIENTO DE TOCHE.

Con esa información, Galarza regresó al Valle de Ibagué. En el mejor sitio, de temple muy suave que ni era cálido ni frío, fundó el 14 de octubre de 1550 la Villa de San Bonifacio de Ibagué — en la meseta de Anaima y Matagaima, donde hoy es Cajamarca — que meses después, en febrero de 1551, fue trasladada al sitio actual por los continuos ataques de los Pijaos.

No descansó. Dejó a la gente más fatigada en el nuevo pueblo y salió con parte de sus soldados hacia la sierra, en demanda de la Provincia de Toche. Toche no era valle pelado y caliente. Era sierra adentro, hacia el morro nevado, a 2.200 metros, todavía el pueblo más alto de Ibagué, encajonado entre Tolima y Quindío bajo el Nevado. Allí halló abundancia de comida y reposó algunos días.

Desde allí vio una sierra por delante y quiso saber qué había más allá. Envió a dos soldados solos, Ricardo y Hoyos, para que miraran desde lo alto. Los envió solos porque la sierra estaba cerca y podrían ser socorridos.

Olvidando el riesgo y movidos por codicia, los dos se desviaron de la ruta ordenada y se metieron en unas poblazones del Valle de Tocha a robar oro. Los indios los sintieron y los mataron. Les hicieron lo que Aguado describió con horror: les desollaron los rostros para usarlos como máscaras en sus bailes y borracheras.

Galarza los esperó mucho tiempo. Al ver que no volvían, envió a un caudillo con más soldados. Subió a la sierra, no halló rastro y bajó por las poblazones. Allí le salieron al encuentro los mismos agresores, armados. Fueron rechazados y, al perseguirlos, los españoles llegaron a una placeta entre bohíos. En el centro estaban los cuerpos de Ricardo y Hoyos, puestos como blanco de tiro, con innumerable cantidad de flechas clavadas y los rostros desollados. Los recogieron, los enterraron en una colina cercana y llevaron la nueva a Galarza.

Galarza comprendió que no podía dejar el agravio sin castigo, pero tampoco tenía fuerza suficiente. Se retiró a Ibagué, se pertrechó de munición y soldados y volvió a Toche.

Los de Toche ya lo esperaban con espías. Lo recibieron con las armas en las manos. Galarza volvió a ofrecer la paz, prometiendo olvidar la muerte de sus hombres. Los indios no la aceptaron y trataron de cercar a los españoles.

Entonces arremetió por la parte más fortalecida, donde el terreno sí permitía usar los caballos. De más de quinientos guerreros que vinieron a la guazábara, no volvió a sus casas ni la décima parte. Menos de cincuenta sobrevivieron.

Hecho esto, pasó a otra provincia llamada Tocina, junto al morro nevado, la pacificó y regresó a Ibagué sin más daño. Allí repartió y encomendó los indios a toda su gente, según sus méritos.

Así cerró Aguado el primer ciclo de conquista: Anaima y Matagaima le dieron la meseta y el oro trocado por sal; Toche le dio la sierra, la comida y el camino hacia el nevado, a costa de dos vidas perdidas por codicia y de una venganza que dejó al valle casi despoblado.

Crónica de la conquista de los valles de Anaima y Metaima, según Fray Pedro de Aguado. Recopilación Historial.

martes, 27 de octubre de 2026

LOS CAMINOS QUE ATRAVESARON LA MONTAÑA DEL QUINDÍO.

 




LOS CAMINOS QUE ATRAVESARON LA MONTAÑA DEL QUINDÍO.

Nos han enseñado que hubo un Camino del Quindío, singular, único. La verdad histórica es otra: no hubo un solo paso. Hubo un sistema de pasos que se fueron abriendo, prohibiendo y reemplazando, a medida que el oro, la guerra y el comercio lo exigían.

Como lo he documentado en mis publicaciones, inicialmente son tres los grandes caminos reales que cruzan esta región: el de Herveo, el del Quindío y el de Guanacas.

El de Herveo - 1547 - El primer camino real.

La primera noticia del Camino de Herveo se dio en 1547 por el Oidor Miguel Díaz de Armendáriz, tres años antes de la fundación de Ibagué y Mariquita, al informar la posibilidad de surtir por esta vía a la Ciudad de Cartago en la Gobernación del Cauca.

Era una muralla natural que había que traspasar, y fue el primer camino que se utilizó para comunicarse con el centro del país. No se abrió por poblar. Se abrió por oro.

Su finalidad fue permitir el traslado de oro para ser fundido y quintado en las Cajas Reales establecidas en Cartago desde 1542, y de allí llevarlo a Honda. Ascendía por el río Guarinó hasta los páramos de Herveo y Ruiz para descender por Chinchiná hasta la antigua Cartago.

Tuvo una utilización importante durante todo el siglo XVI, pese a sus difíciles condiciones de monte asperísimo, sin pastos, donde morían mulas y donde el tigre cebado mataba muchas.

El Ruiz y Santa Isabel.

Del mismo tronco de Herveo nacen dos variantes:

El paso del Ruiz partía desde Cartago Viejo, donde hoy es Pereira, pasaba por el páramo de Herveo y llegaba al valle del Tolima hasta Mariquita. De Cartago viejo por el valle del Tolima a llegar a Mariquita. Siglo XVI.

Es el mismo camino de Herveo pero por el páramo del Ruiz propiamente.

Santa Isabel es el paso intermedio de ese mismo sistema, entre el Ruiz y el Tolima. Se incluye dentro del complejo de nevados Herveo-Ruiz-Santa Isabel-Tolima que usaron los primeros colonizadores antioqueños en 1847 para ir de Manizales a Mariquita. Es el camino de páramo que hoy se hace por Laguna del Otún.

Se reconoce al Camino de Herveo como la ruta del siglo XVI y el del Quindío como el del XVII.

El Quindío - 1553-1554 - La ruta del XVII,

Su apertura se logró bajo el patrocinio del Cabildo de Ibagué, entre 1553 y 1554, por una ruta diferente a la del páramo del Ruiz.

El capitán Melchor de Valdés, justicia mayor de la recién fundada Ibagué, con sus recursos y ayuda de los vecinos, aprovechó una depresión al sur del Quindío para comunicarse con Cartago. Era una ruta indígena que los Pijaos habían usado.

Aunque físicamente se abrió en 1553, su consolidación como camino principal es del siglo XVII. Se volvió el más frecuentado, el que comunicaba Popayán y Santa Fe, el que Humboldt llamó el paso más penoso de los Andes.

Guanacas y Barragán - Los caminos del sur.

El paso del sur, el más largo y alto, es Guanacas. Por Timaná, cerca de Popayán, se cruzaba para llegar al valle de Neiva, tomar el río Magdalena y llegar a Santa Fe de Bogotá. Camino real que unía a Santafé con Popayán y que atravesaba la cordillera Central, el cual comenzó a construirse en 1627 por Andrés del Campo.

El del centro-sur es Barragán. De Tuluá en la provincia de Popayán, se pasaba a Chaparral, que queda al sur de Ibagué. Su apertura material la hizo el capitán Juan de Lemos y Aguirre en 1637-1639 cuando fundó Tuluá, y su formalización fue el 9 de agosto de 1655, cuando celebró Capitulaciones con el Gobernador Luis de Valenzuela y Fajardo, obligándose a abrir el Camino de Barragán, que comunica el Valle de Tuluá, atravesando el Páramo de Amoyá, para salir al Valle del Saldaña en el Tolima.

El camino del Quindío y el documento denominado La Medida - 1777-1778.

Ignacio de Buenaventura entra a mediar en la reconstrucción del Camino del Quindío en 1777-1778, como teniente gobernador de Ibagué.

El camino fue medido en el año de 1778 por don Ignacio de Buenaventura, teniente gobernador de Ibagué, prócer de la Independencia, impulsor del camino del Quindío, el cual midió desde la plaza de Ibagué hasta la de Cartago, hallando una medida de 20 leguas y 1.531 varas.

Fue uno de los primeros en documentar su paso por la ruta, quien en 1777 se dio a la tarea de medir con varas la distancia entre las plazas de Ibagué y Cartago. Su hijo más conocido, Ignacio Nicolás Buenaventura Padilla, nacido en Ibagué en 1735, alcalde en 1754, juez, teniente del gobernador de Mariquita y anfitrión de Humboldt en 1801, es el autor del manuscrito La Medida.

En ese texto, Buenaventura identificó 116 secciones del camino, puntos geográficos que incluyen arroyos, paradas de descanso, paisajes, formaciones rocosas, cruces de ríos, puentes y haciendas.

En dos años, aproximadamente en 1778, el camino estaba reabierto; abarcaba unas 121.580 varas, incluyendo desviaciones, desde Ibagué hasta Cartago. Se enviaron expertos desde Santa Fe, quienes avaluaron el camino en 18.000 pesos. Como lo que los hacendados habían dado no sumaba sino 12.000, el fiscal exigió que Buenaventura entregara 6.000 de su peculio.

Construyó puentes sobre el río San Juan, rancherías de reposo para viajeros, y lo hizo tan transitable que se llegaba en 4 a 5 días cabalgando por los Andes. El escrito permite ampliar la percepción histórica de la antigua ruta, fundamental e imprescindible para los intereses republicanos de la época, por ser el encuentro vial de Antioquia, Cauca y Tolima.

Pero en el alboroto del Socorro, levantamiento atenuado por el arzobispo Góngora, los habitantes de Ibagué exigieron tumultuosamente la supresión del impuesto del camino; quemaron los puentes que había construido Buenaventura sobre el río San Juan; destruyeron las pequeñas casas rancherías que había establecido él como reposo para los viajeros, y en pocos años el camino del Quindío se volvió peor que antes de la mejoría.

Debajo del cemento que hoy cubren las carreteras, sigue la huella endurecida del indio, maestro nunca bien alabado de la ingeniería caminera.

 

Álvaro Hernando Camargo Bonilla - Compilación de blog Camino del Quindío, Crónica del Quindío y El Quindiano.

LA ARRIERÍA POR EL CAMINO DEL QUINDÍO.


LA ARRIERÍA POR EL CAMINO DEL QUINDÍO.



Memoria de una alegoría del festival camino del Quindío.

Cada 20 de julio, cuando la comunidad de Filandia celebra el Festival Camino del Quindío, se evoca el arte de la arriera.

Por el Camino del Quindío se formaron los ancestros quindianos. Sobre el territorio delimitado por la ruta, y gracias a la acción del Estado para reconstruir y sostener la vía, se diseñaron las diferentes colonizaciones.

Era una travesía dificultosa. Los cronistas del siglo XIX la describen así: se salía de Ibagué a las 7 de la mañana entre gritos de cargueros, se pasaba por Las Amarillas, Guayabal y La Palmilla, donde se empieza a ver la palma de cera, para luego llegar a Toche, al Alto de la Sepultura —donde, decían, penan los cargueros muertos de fatiga— y a Cruzgorda, que posiblemente es hoy Salento, río Quindío, Alto del Roble, Portachuelo, Novilleros, Buenavista, pavas, La Balsa, Piedra de Moler, y Cartago. Era un camino posible en verano e intransitable en la época de lluvias, que cruzaba la denominada montaña del Quindío de Ibagué a Cartago.

Las actuales carreteras son, la esencia, de ese camino que antes se hizo a punta de pezuña y zurriago.

La arriería hace parte de la identidad histórica y cultural de la Hoya del Quindío, tanto como el tesoro Quimbaya, la palma de cera, la arquitectura de bahareque, el canasto y el café. Fue, hasta los primeros lustros del siglo XX, la principal actividad y una de las profesiones más lucrativas del país.

LA ALEGORÍA PRESENTADA EN EL FESTIVAL RECREA LA HISTORIA DE LA CARAVANA.




Un pendón avisa la Arriería por el camino del Quindío. Detrás de los símbolos patrios. Banderas de Colombia, Quindío y Filandia, porque el camino fue nación antes que carretera.

Luego aparece el poder. El jefe de la caravana es el personaje de alta posición intelectual, social y económica que contrataba el viaje y el itinerario. Generalmente dignatarios oficiales, científicos o comerciantes. Va escoltado por su núcleo familiar —su esposa, al menos tres damas de compañía y los hijos pequeños, que viajaban en silletas a lomo de mula— con los menajes del viaje.

Quien realmente manda y ordena la travesía es el Caporal de la arriería. Administraba las caballerías y las cargas. A su mando caminaba el más joven y el más indispensable: el Sanguero. Es el aprendiz del oficio de la arriería, quien se dedica a cocinar, reparar los arreos, mantenimiento de las caballerías, quien, después de cargar agua en cepas de guadua descanutadas con tapón de trapo o tuza de maíz, acopia la leña, prende el fogón, y cocina los alimentos. En las jornadas de camino,  opera como campanero en los recodos del camino para evitar que dos recuas se choquen de frente en los canalones.

LA ESTAMPA DE LOS VIAJEROS ES UN MUSEO VIVO DE OFICIOS QUE YA NO TIENEN NOMBRE EN LA MODERNIDAD.


Los Silleros o cargueros. Al principio fueron indígenas sometidos a esta función; después fue un oficio remunerado ejercido por mestizos que, a lo largo de la historia del Camino, cargaron en sillas de guadua y madera, a sus espaldas, mercancías y personas.





El cazador, peón de avanzada y guardián. En los pasos difíciles abría trocha y aseguraba la carne para la comida.

El petaquero, con su indumentaria inconfundible: pantalones arremangados a la pantorrilla, camisa gruesa, sombrero alón de paja, alpargatas de cabuya, poncho y ruana de lona fuerte —la mulera—, pañuelo rabuegallo al cuello, peinilla, carriel y zurriago.



Los bejuqueros, encargados de construir la choza para pernoctar. Cortaban bijao y bejucos como el chusque, el cucharo, el chagualo, el acatorral, el cestillo, el granadillo y el tripeperro. De ellos obtenían las lías para amarrar el maderamen del refugio que levantaban al caer la tarde y tejían los canastos donde transportaban sus enseres.



También se representa el factor religioso. Viajaban curas, monjas y sacristanes encargados de la espiritualidad de la caravana.

La música no podía faltar. Al menos un grupo de cinco músicos, los zurrungueros o bambuqueros, alegraban la arriería al final de cada jornada, cuando se toldaba a la vera del camino.

LAS CARGAS Y LOS ANIMALES.



Para la arriería se empleaban bueyes y caballares. El buey se impuso por la seguridad de su pisada de pezuña hendida en los caminos peligrosos. Sobre sus lomos se cargó todo aquello que hizo posible la colonización.

Se utilizaban enjalmas y angarillas con sus arreos completos. La enjalma está formada por dos almohadillas de paja y basto unidas por una lona fuerte que va sobre el espinazo del animal. La angarilla es el aparejo del que se cuelgan los canastos, apoyado sobre sudaderos de junco o de guasca de plátano. También se usaban galápagos o sillas para caballares, sillas especiales para mujeres —para que no montaran a horcajadas— y silletas para el transporte de personas y fardos.

CADA CARGA CON SU NOMBRE.


Parihuela o barbacoa: dos guaduas con una parrilla de tablas y un nicho cubierto con toldo, utilizada para cargar enfermos o transportar cadáveres. La llevaban dos personas.

Turega: cajón para cargas de gran volumen o muy pesadas, imposible de cargar en un solo animal. Se coloca sobre dos bestias, una adelante y otra atrás, unidas por fuertes maderos.












Petacas y baúles: arcas de cuero, madera o mimbre cubiertas de piel que formaban el tercio de la mula.

El coroteo: el hogar a cuestas del colono. Es el conjunto del menaje básico que lleva consigo en su baúl al asentar sus reales: camas, colchones, calderos, ollas, bacinillas y demás enseres de la mudanza.

El avío cafetero: despulpadora, zaranda, rastrillo, romana que da exactitud al peso del grano, fumigadora —llamada cacorra porque pesa y talla— y caperuza que alumbra el camino en las faenas de la madrugada.

La carga de café: nuestro producto insigne que bajaba a lomo de mula desde estas montañas.

La carga de leche: transportada en dos cantinas antiguas, con su sobernal de queso, kumis, arequipe y cortado, base de la gastronomía caminera.

La rastra de guadua y madera: cedro, roble, nogal, granadillo, comino, laurel, guayacán, caracolí, mediacaro, barcino, guadua macana, cebolla y rayada, romerón y arrayán. Con ellas se levantó la arquitectura de la colonización.

La leña: troncos viejos para atizar los fogones. Apilada en montones cubiertos de greda y quemada, se obtenía el carbón para asar las arepas.

La caña de azúcar: transportada en dos tercios hasta la molienda, donde se transformaba en miel y panela para endulzar el café, el chocolate caliente y para destilar en el alambique el famoso tapetusa o chirrinche.

Los baúles: donde se transportaban las alhajas, la ropa y los recuerdos de la familia.

Todos estos tesoros iban asegurados con lías, sobrecargas, pisadores o cabestros, y azuzados por el arriero con el arriador o perrero de vara fina y guaraca de cuero.

EL LENGUAJE DEL CAMINO.

Toda esa parafernalia es un lenguaje que se disuelve y debe ser rescatado como testigo de la epopeya colonizadora.

Palabras que se escuchaban en los tambos y luego en las fondas camineras —que reemplazaron a las chozas de hojas de heliconia bihai que servían de abrigo—: alforjas, dos bolsas de cuero para la ropa y el dinero del viaje; damajuana, el zurrón barrigudo de doce litros para licores y melaza; guarniel o carriel de fuelle con sus secretos —la barbera, las cartas de la novia, el espejo, el peine, los dados, el naipe español, la aguja de arría, la capotera, el mechón de cabello de la moza, el colmillo de morrocoy, el yesquero para hacer fuego y la vela de cebo—; tapapinche, delantal de lona que protegía al arriero hasta las rodillas; sobernal o joto, el bulto que se ubica en el vértice de la carga.

Recrear estas representaciones culturales, con sus atavíos y sus personajes históricos —jefes, caporales, sangueros y sus bueyes y caballerías acicalados con campanillas que sonaban armoniosas para que anduvieran más aprisa—, es entender que el Camino del Quindío nunca se ha perdido. Solo cambió de bestias.

Por: Álvaro Hernando Camargo Bonilla.