viernes, 30 de diciembre de 2022

FUSILAMIENTO DEL CORONEL MIGUEL ANTONIO ECHAVARRÍA EN ARMENIA (GUERRA DE LOS MIL DÍAS).


FUSILAMIENTO DEL CORONEL MIGUEL ANTONIO ECHAVARRÍA EN ARMENIA (GUERRA DE LOS MIL DÍAS).

El 18 de octubre de 1899 estallo la guerra llamada de los “Mil Días”, en razón de que comprendió cerca de tres años.  En ese entonces Armenia dependía como corregimiento de Salento.

Por la ubicación estratégica de Salento sobre el camino del Quindío, frecuentemente se bloqueaba, e interceptaba la ruta por las fuerzas en contienda, con el propósito de cortar el paso a las tropas que transitaban de Ibagué a Cartago y Aanttioquia.

Durante la guerra de los “Mil Días”, en Armenia, se llevaron a cabo importantes actos, que, aunque no están ligados a la historia de la ciudad, en relación con su fundación si lo están con la guerra, por ejemplo, el célebre asalto de la guerrilla del coronel Miguel Antonio Echavarría, quien finalmente fue fusilado en Armenia, siendo este el primero y único fusilamiento que con ceremonia se llevo a cabo en la capital del Quindío.

¿QUÉ PASÓ EN EL CAMINO DEL QUINDÍO Y EN ARMENIA DURANTE LA GUERRA DE LOS MIL DÍAS?}

Cuando el 17 de octubre de 1899 el liberalismo radical se levantó en armas contra el gobierno conservador de Sanclemente, Colombia entró en su guerra civil más larga: los Mil Días. No fue una guerra de grandes batallas campales, salvo Palonegro y las de Panamá, donde sí triunfaron los liberales. Fue una guerra de guerrillas, de partidas pequeñas, de desgaste.

En el centro del país esa guerra tuvo un nombre propio: el Camino del Quindío.

La vieja trocha entre Ibagué y Cartago, entre Tolima y el Valle del Cauca, era la única arteria que conectaba el interior con el occidente. El Quindío entonces no era departamento, pertenecía al Estado del Cauca y luego a la Provincia del Quindío con capital en Cartago. Quien controlaba el Camino, controlaba la comunicación de la República.

Armenia: de corregimiento a centro por culpa de la guerra.

Armenia en 1899 ni siquiera era municipio. Era un corregimiento de Salento desde el 15 de agosto de 1890 y su archivo municipal había sido devuelto a Salento por una demanda de sus vecinos.

La guerra cambió eso. Las fuerzas del gobierno interceptaban y bloqueaban el Camino con frecuencia para cortar el paso a las columnas revolucionarias que bajaban del Tolima. Salento quedó sitiada, aislada. Fue entonces cuando, casi en operación militar, los archivos fueron sacados y traídos a Armenia. Ese acto forzado por la guerra convirtió a Armenia, de hecho, en el nuevo centro político del sur del Quindío.

La guerra también quiso borrar la memoria. Al incendiar la Casa Consistorial se perdieron las fuentes históricas sobre la fundación de Armenia.

La guerra medida en pesos y raciones.

Clero politizado.

Padre Pineda: "Levita" marinillo, político exaltado. Peleó en 1876 para el conservatismo en el combate de El Arenillo en Manizales donde fue herido. En los Mil Días luchó contra las fuerzas del General Rafael Uribe Uribe y cayó prisionero de él. Recorría el Quindío en mula dando misa. Famoso por sus respuestas: negaba absolución a liberales, y por anécdotas de fuerte carácter.

Presbítero Ismael Valencia: Nacido en Neira. Cura ilustrado, vice párroco de Filandia dependiente de Salento en 1884, párroco de Salento hasta 1889, primer cura en propiedad de Armenia de 1895 a 1902. Recorría Circasia, Calarcá y Armenia. Organizó la construcción de la Iglesia de la Inmaculada hoy Catedral. Luego fundador de Génova 1914, Córdoba 1917 y Pijao. Dejó Armenia en 1902.

Filandia se convirtió en el centro logístico conservador. Allí quedaron dos comprobantes que lo dicen todo: el 24 y el 30 de noviembre de 1900, Pedro Antonio Hernández, Administrador Municipal de Hacienda, entrega al Capitán Juan C. A. Naranjo, de la Compañía Suelta de Filandia, la suma de 360 pesos con 35 centavos para sueldos de oficiales y raciones de tropa. Firman el alcalde José J. Arias y el secretario Jorge T. Mejía R. Es la guerra vista desde abajo: no desde los manifiestos, sino desde la lista de mercado para mantener un pelotón.

Por el Camino se movían dos bandos,

Del lado liberal, los jefes de montaña que conocían cada cuchilla:

Aristóbulo Ibáñez, de Neira, veterano del combate de Los Quingos. Avelino Rosas, general liberal perseguido sin tregua por Salento y el páramo, intentando forzar la vía de Anaime para cruzar la cordillera. Y Daniel de la Pava, de Salento, padre de Manuel y Ricardo, caudillo de esa zona con autoridad para otorgar grados militares en plena manigua.

Bajo sus órdenes peleaba Leopoldo de la Pava. Había estado en la guerra de 1885, peleó en Los Quingos con Ibáñez y se asentó entre Salento y Armenia. La montaña era su casa. Junto a Ibáñez, Rosas y Daniel protagonizó los enfrentamientos irregulares del Quindío hasta su final en la cuchilla de Pelahuevos, en el camino que sube de Anaime al Alto de Pelahuevos, en Cajamarca. Allí, en un nutrido tiroteo contra las fuerzas del gobierno del General Alegrías, comandante de la 4ª División y jefe del Batallón Tambo No. 12, y su aliado Pedro Cerezo, cayó muerto junto a su hijo Leonel. Días antes, ese mismo Batallón había derrotado a la guerrilla de Daniel de la Pava. Por esos mismos filos lo buscaba también Roque Gómez, oficial del gobierno que rastreaba a Rosas.

Del lado conservador, en Armenia estaba Jesús María Villegas, alias El Oso, con treinta soldados bien armados acantonados en la casa de Francisco Echeverri. Era la guarnición que debía sostener el pueblo.

Y como telón de fondo, dos curas que muestran que la política lo atravesaba todo. El Padre Pineda, el levita marinillo de mula y respuestas filosas, que peleó en 1876 con los conservadores en El Arenillo de Manizales donde fue herido, y que en los Mil Días combatió contra el General Rafael Uribe Uribe y cayó prisionero de él. Un cura que negaba la absolución a los liberales. Y el Presbítero Ismael Valencia, nacido en Neira, cura ilustrado, vicepárroco de Filandia en 1884, párroco de Salento hasta 1889 y primer cura en propiedad de Armenia de 1895 a 1902, el que organizó la construcción de la primitiva Iglesia de la Inmaculada, hoy Catedral.

El asalto a Armenia - abril de 1902.

El episodio que todos recordarían ocurrió la noche del 9 al 10 de abril de 1902.

Unas mujeres que lavaban ropa a orillas del río Quindío vieron acampando a un grupo. Era la guerrilla de Miguel Antonio Echavarría — en algunos archivos aparece como José Miguel — coronel liberal de chaqueta verde oliva, montado en un caballo zaino, con unos cincuenta hombres armados de fusiles, cuchillos y machetes. Venía bajando la cordillera desde el Tolima, por los valles del Chilí, Rioverde abajo y Maravelez.

A las tres o cuatro de la mañana atacó dividido en dos.

El primer grupo cayó sobre la plaza. Abrieron la Casa Consistorial, sacaron muebles, archivos, hasta el reloj de péndulo, lo amontonaron en mitad de la plaza y le prendieron fuego. Era plomo y pólvora saliendo de los tejados y de las barricadas.

El segundo grupo tenía un objetivo personal. Echavarría no buscaba solo al gobierno. Buscaba a Manuel Barrera. Tenía una deuda de sangre: Barrera había asesinado a su padre en la plaza de Chicoral, Tolima.

Entró por el solar a la casa de Laureano Barrera Hincapié, en la calle 20, costado norte de la Plaza de Bolívar, donde estaba acantonado El Oso. La historia la conocemos porque Laureano, muerto en 1952, se la contó en 1939 al periodista L. Arcila González para el periódico Orientaciones de Cartago.

Adentro estaban su madre, Misia Paulita, y sus hermanos Ana Rosa y Manuel. Al oír los tiros, bajaron a los pisos bajos. Echavarría gritó: ¡Alto, ¿quién vive? Manuel respondió: ¡Manuel Barrera, muy liberal! Si quiere salgamos a la calle para probarle que sí soy muy liberal.

No hubo razón. Su madre y Ana Rosa se arrodillaron a suplicar. Echavarría, por encima de ellas, le lanzó un peinillazo en la cabeza. Manuel corrió escalas arriba gritando: ¡Rosa, caminá ayúdame a tener esta puerta que me matan!

La puerta se conserva en la memoria de la familia: un hueco de bala, culatazos, marcas de peinilla. Cuando la abrió, Manuel estaba hincado, con los brazos cruzados. Allí lo picó hasta destrozarlo.

Misia Paulita corrió por el solar a la casa de Martín Duque — la que hoy es de los herederos de Manuel Naranjo — a pedirle que interviniera. Duque se negó por miedo. Ella regresó y solo encontró charcas de sangre. Caminó hasta el oratorio de la Dolorosa a pedir valor, volvió y se sentó una hora, sola, completamente sola, sobre la sangre de su hijo, recogiendo sobre su falda dedos, brazos, cabeza y sesos. Sangre que, decía Laureano, quedó indeleble en el piso.

Mientras, El Oso, el comandante del gobierno, había salido despavorido en paños menores rumbo al alto de Corocito, por el camino a Circasia, dejando el pueblo a su suerte.

Echavarría no había terminado. Después del saqueo de la casa — una cómoda escaparate con la ropa de Laureano y el dinero de veinte bueyes — se fue a la cárcel. Había ocho presos. Entre ellos, Manuel Vallejo, esposo de Teresa Barrera, hermana de Manuel. Teresa cruzó la plaza pasando por encima de los muertos. Vallejo le gritó que no se acercara. Echavarría empezó la carnicería, uno por uno. Cuando picaba a Juan Jurado, este pidió agua. Vallejo, a quien le tocaba el último turno, se agachó con una vasija para darle. Echavarría, al terminar con el penúltimo, no vio a Vallejo agachado y lo dio por muerto. Eso lo salvó.

La primera en entrar a auxiliar a Misia Paulita fue Carolina Arias, esposa de Miguel Duque. La encontró pegada al piso, con la ropa adherida por la sangre ya casi seca.

La retirada, la captura y el fusilamiento.

El 11 de abril, Echavarría salió hacia Calarcá con Eliseo Villa y se internó en las montañas de Maravelez, donde hoy es el aeropuerto El Edén. Allí lo capturó una comisión del gobierno al mando de Jesús Antonio Ocampo Calderón y lo llevó al punto de El Edén, donde una muchedumbre de Armenia fue testigo de su aprehensión. De allí a Armenia y luego a Cartago, donde se le decretó consejo de guerra.

El consejo sesionó y lo declaró culpable. La sentencia inicial decía que debía ser fusilado en Pereira, pero finalmente se convino designar la plaza que él mismo había incendiado. Según el historiador Jorge Hernando Delgado Cáceres, en su libro La Guerra de los Mil Días en el Quindío, el fusilamiento ocurrió el 28 de junio de 1902 en la hoy Plaza de Bolívar. Otras actas locales lo fechan el 23 y 24 de julio. En todo caso, fue el primer y único fusilamiento con ceremonia en la capital del Quindío.

Frente a la Casa Consistorial, sus últimas palabras antes de la descarga fueron: “Ofendí y me ofendieron. Adiós mundo”.

Cuando los tratados de Chinácota, Neerlandia y Wisconsin pusieron fin a la guerra en noviembre de 1902, ya había caído Sanclemente, ya había subido Marroquín, ya se había perdido Panamá y se preparaba la llegada de Reyes. Pero en el Camino del Quindío la guerra no se había parecido en nada a Palonegro. Había sido una guerra de interceptar caminos, de quemar archivos, de cobrar venganzas de padre a hijo en Chicoral, de curas que negaban la absolución por política, de un jefe del gobierno que huye en calzoncillos y de una madre que recoge a su hijo a pedazos sobre su falda.

Este es uno de los acontecimientos que marcaron al Camino del Quindío y a Armenia durante los Mil Días.

EL ASALTO

La noche del 9 de abril, las milicias de Echavarría fueron atisbadas en las orillas del río Quindío, por mujeres que se disponían a las labores de aprovisionamiento de agua y lavado de ropas; vieron cuando el grupo de Echavarría acampaba a orillas del río; luego de haber descendido la cordillera, procedente del Tolima por los valles del “Chilí”, pasando por Rioverde abajo, y los valles de “Maravelez”.

En la madrugada del día 10 de abril, a eso de las tres a cuatro de la mañana, el coronel Miguel Antonio Echavarría, montado en su caballo zaino, escoltado por unos cincuenta guerrilleros, armados de fusiles, cuchillos y machetes, atacaron a Armenia.

Las fuerzas del gobierno estaban a órdenes de Jesús María Villegas (a. “El Oso”), quien habitaba en la casa de Laureano Barrera Hincapié.  El “oso”, tenía al mando treinta soldados del gobierno dotados de un buen arsenal. Apenas se suscitaron los primeros disparos éste huyó despavorido en paños menores, rumbo al alto de “Corocito”, por el camino que conducía a Circasia, dejando a la deriva la defensa del pueblo.

Forrado en su chaqueta verde oliva, Echavarría organizó el ataque. El destacamento guerrillero lo organizó en dos grupos; el primero, el más numeroso, se encargó de atacar la Consistorial; y el segundo, se dedicó a la búsqueda de Manuel Barrera.

Los encargados del ataque a la plaza, abrieron las puertas de la casa de gobierno, substrajeron muebles, archivos y hasta el reloj de péndulo, y amontonaron todo en la mitad de la plaza, procediendo luego a incinerar todo.  Plomo y pólvora salía de los tejados y de las barricadas de la casa municipal, cadáveres con las entrañas abiertas y cabezas, dedos y brazos desgajados se miraban por doquier.

El segundo grupo se dedicó a la búsqueda de Manuel Barrera, lo buscaba Echavarría con empeñó, pues quería saciar su sed de venganza por una deuda de sangre; Barrera había asesinado a su padre en la plaza de Chicoral en el Tolima. Barrera, fue hallado muerto, con la lengua afuera, colgado del reloj del campanario de la iglesia.

LA HUIDA

El día 11, Echavarría y su gente salió en dirección de Calarcá.  Allí, en compañía de Elíseo Villa, huyó, y se internó en las montañas de “Maravelez”, en donde una comisión del gobierno lo capturó, y lo llevó al punto denominado el “Edén”; en donde una muchedumbre de Armenia fue testigo de su aprehensión; luego lo condujeron a Armenia, y de allí a Cartago; donde le decretaron un consejo de guerra.

EL FUSILAMIENTO

El consejo sesionó los días 23 y 24 de julio de 1902, lo declaró culpable y condenó a la pena de muerte, cuyo cumplimiento debía efectuarse en Pereira, pero finalmente se convino designar la plaza de Armenia. Frente a la casa Consistorial, fue ejecutado.  Sus ultimas palabras fueron: “Ofendí y me ofendieron. Adiós mundo “, solo se oyó la salva del pelotón de fusilamiento.

 

Álvaro Hernando Camargo Bonilla