viernes, 6 de noviembre de 2026

EL PASO DEL QUINDÍO: 98 KILÓMETROS DE HISTORIA QUE PIDEN VOLVER A CAMINARSE.

 

EL PASO DEL QUINDÍO: 98 KILÓMETROS DE HISTORIA QUE PIDEN VOLVER A CAMINARSE.




No es solo un camino. Es la columna vertebral que hizo posible al Quindío. Por una misma huella de montaña pasó el trueque prehispánico, pasaron las recuas coloniales, los ejércitos republicanos, los colonos y Alexander von Humboldt. Hoy esa huella sobrevive a tramos, rota por carreteables y por el olvido. Rescatarla es rescatar nuestra memoria.

El camino que conduce la cultura.

"Los caminos conducen y presiden la actividad humana y su desarrollo. Son comunicadores de la cultura de una sociedad". Así define el concepto de camino el historiador Jaime Camargo.

El Paso del Quindío es el ejemplo perfecto. No es una vía más. Es el corredor que ha articulado la historia de esta región en todas las épocas.

Su trazado original es prehispánico. Dispuesto para el tránsito a pie, sirvió como ruta de intercambio de materias primas, de relaciones económicas y de poder, y como acceso a sitios sagrados. Lo confirman las crónicas españolas y los vestigios arqueológicos.

Geográficamente es una obra maestra de adaptación al territorio. Atraviesa el centro-occidente colombiano por las vertientes oriental y occidental de la Cordillera Central, desde los 917 m s. n. m. en Cartago hasta los 3.340 m s. n. m. en el Boquerón del Páramo, límite entre Quindío y Tolima. En apenas 98 kilómetros condensa todos los pisos térmicos, del cálido al páramo, con su diversidad de climas, flora y fauna.

El recorrido histórico es nítido: Cartago y Alcalá en el Valle del Cauca; Filandia, Salento y el Boquerón en el Quindío; Toche, Machín, Agua Caliente, Tapias, El Moral e Ibagué en el Tolima. Un corredor de 2,90 metros de ancho promedio que aún conserva, en muchos tramos, empedrados, canalones y su toponimia original.

De huella indígena a Camino Nacional.

Pocos caminos en Colombia tienen una hoja de vida tan larga y documentada:

1553: apertura por Melchor Valdés por orden de la Real Audiencia.

1570: cierre, "por estar los indios de guerra".

1627: reapertura tras el abandono por la guerra con los pijaos.

1776: reapertura y mejoramiento por vecinos de Ibagué, Cartago, Buga y Cali.

1791: fundación del caserío de La Balsa, justo sobre el trazado.

1801: lo cruza Humboldt.

Con la República, el camino se vuelve asunto de Estado. Como Camino Real colonial se adapta para bestias por mandato real. La Constitución de Cúcuta de 1821 y la Ley del 12 de octubre de 1821, en su artículo 21, ordenan el ancho de los caminos públicos y la instalación de mojones de piedra cada legua.

Se consolida como Camino de Herradura durante la administración del general Pedro Alcántara Herrán, entre 1841 y 1845, amparado en la Ley 27 del 26 de mayo de 1835. El Decreto Legislativo del 27 de mayo de 1842 ordena su composición y mejora y asigna doce fanegadas de baldíos a cada cuidador de tambos. Luego, los decretos de 1848 y las leyes 69 de 1871, 16 de 1873, 63 de 1875, 27 y 52 de 1879 reglamentan su construcción, reparación y señalización.

El espaldarazo definitivo llega con la Ley 70 de 1916, que declara Caminos Nacionales a los de vital importancia comercial y militar. El Camino Nacional del Quindío, de Ibagué a Cartago, entra en esa categoría. No era secundario. Era estratégico para el país.

Su autenticidad es verificable hoy: vestigios del trazado, obras de arte, empedrados y referentes toponímicos. Es una autoría colectiva de autoridades y comunidades de todas las épocas.

Un patrimonio vulnerable y una oportunidad de bienestar.

Hoy la huella antigua aparece interrumpida por vías vehiculares, por amenazas naturales y por la ocupación no planificada del territorio.

Y sin embargo, la ruta para salvarlo ya existe.

En 2006 se iniciaron los estudios de rehabilitación con patrocinio de la Gobernación del Quindío, el Fondo Mixto de Cultura y las universidades del Quindío y La Gran Colombia. En 2008 se avanzó en el reconocimiento, levantamientos planimétricos y adecuación para su consolidación como Bien de Interés Cultural, con propuesta ecoturística, talleres con historiadores y jornadas de apropiación comunitaria en Filandia y Salento. El trabajo está empezado. Falta la decisión.

Y es que su proyección no es solo patrimonial. Es de bienestar integral.

El Camino puede consolidarse como la gran ruta de senderismo histórico, cultural y de salud del occidente colombiano. El ascenso al Boquerón y el descenso hacia Toche, Machín e Ibagué obliga a alternar esfuerzos de intensidad moderada y vigorosa, ideal para la resistencia cardiovascular y la fuerza del tren inferior. Exige aclimatación progresiva, gestión de hidratación y pausas de recuperación activa, base del entrenamiento en autorregulación en alta montaña.

Con 98 kilómetros, permite estructurar circuitos de 5 km o más entre bosques andinos y páramo. Cumple, sin necesidad de gimnasio, los parámetros de salud pública de al menos 150 minutos semanales de actividad moderada y dos días de fortalecimiento muscular.

Es salud física por la marcha en terreno técnico irregular que mejora capacidad cardiorrespiratoria, equilibrio dinámico y propiocepción. Es salud mental por la inmersión en bosque y páramo que reduce la fatiga atencional y regula el estado de ánimo. Es salud cultural por caminar donde hubo tambos y posadas, con empedrados y canalones aún visibles, y convertir el esfuerzo en memoria corporal.

La propuesta: volver a caminar.

La conclusión del estudio es contundente. La rehabilitación es una oportunidad excepcional de conservación del patrimonio natural y cultural. La propuesta es concreta y viable:

1. Articulación normativa y patrimonial. Incluir el trazado en los Planes de Ordenamiento Territorial de Valle del Cauca, Risaralda, Quindío y Tolima, e impulsar su declaratoria como Bien de Interés Cultural del ámbito nacional.

2. Recuperación técnica. Retomar los estudios de 2006 y 2008 e implementar señalización informativa, preventiva y reglamentaria con clasificación por dificultad, rehabilitar los antiguos tambos como estaciones de hidratación y descanso, y operar con guías locales certificados.

3. Manejo sostenible. Formalizar circuitos diferenciados: dificultad baja en Filandia - Salento y Alcalá - Cartago, y dificultad media y alta en Boquerón - Páramo del Quindío, bajo criterios de capacidad de carga turística para proteger frailejones, nacimientos de agua y ecosistemas de páramo.

No se trata de nostalgia. Se trata de desarrollo con identidad. Una ruta bien señalizada, con turismo científico y comunitario, generará empleo, educación patrimonial y conservación ambiental en todos los municipios de la vera del camino.

No se trata de construir algo nuevo. Se trata de volver a caminar 98 kilómetros que ya saben sanar.

 

EL CAMINO DEL QUINDIO EN LA CAMPAÑA DEL SUR, 1813.

EL CAMINO DEL QUINDIO EN LA CAMPAÑA DEL SUR, 1813.

Desde Popayán: la retirada del Valle.

Tras la llegada de refuerzos del Perú al ejército realista del coronel Juan Sámano, el coronel independentista José María Rodríguez, que mandaba en Popayán, resolvió retirarse al Valle del Cauca antes de que Sámano se aproximara a la ciudad.

Marchó con una fuerza de 600 hombres llenos de entusiasmo y 17 piezas de artillería de diferentes calibres. Después de marchar cuatro días desde Popayán, establecieron un campamento en la margen derecha del río Palo. Allí pensaban enfrentar a Sámano, que los perseguía con una tropa de 1.000 hombres.

Ante la aproximación del enemigo y sin presentar combate, Rodríguez ordenó la retirada e incendió las instalaciones del campamento. Fue el primero en abandonar el cuartel. La tropa cruzó el río Palo con enormes dificultades a las 8 de la noche, retrocedió lo andado en la jornada, volvió a repasar el río y continuó la retirada en completo desorden sin haber disparado un solo tiro de fusil.

En el desarrollo de estos acontecimientos, la columna se redujo a unos 450 soldados y prosiguió camino hacia Palmira, en busca de refuerzo con la tropa del teniente coronel Ignacio Torres.

En Palmira ocurrió un incidente que López recordó: el oficial español Tufiño, alojado en casa de una señora, fue sorprendido por la guardia de prevención, escapó en el caballo del propio López y López lo persiguió disparándole su rifle a 60 pasos.

Cartago: reorganización con Serviez.


Llegaron a Cartago ya reducidos a 150 hombres. Allí se incorporó el teniente coronel francés Manuel Roergas de Serviez, recomendado por el gobierno de Santafé. Se le confió inmediatamente el mando.

López lo describió así: jefe aguerrido en Europa, de rasgos severos y temerario. Hablaba mal español, pero enseñaba el manejo de las armas a la francesa y las evoluciones. Era infatigable: no dormía, rondaba las guardias, pasaba lista de noche, hacía ejercicios en la oscuridad y sorprendía a los centinelas. Llegó a desarmar a un centinela y a golpearlo en la cabeza con la llave de su carabina terciada a la espalda porque no dio el “¿quién vive?” a tiempo.

Cartago era el punto de espera de los auxilios de tropa prometidos por Santafé, que nunca llegaron. El carácter duro de Serviez provocó la deserción de un tercio más. Quedaron 100 hombres.

Cartago era punto estratégico: punto de encuentro de los caminos del Quindío y de Antioquia.

Piedra de Moler: orillas del río La Vieja.




Ante el avance lento pero seguro de Sámano, que ocupó Cartago con sus 1.000 hombres, Serviez decidió continuar la retirada hasta Piedra de Moler, en la ribera derecha del río La Vieja, a más de cuatro horas de Cartago. El objetivo fue no ser cercados y permanecer vigilantes hasta recibir los auxilios prometidos de Santafé.

La tropa prometida para auxiliarlos se había quedado parada en Ibagué, por falta de órdenes para atravesar la montaña del Quindío.

Cerro Gordo y Salto de La Parida.

Serviez observó desde la cima de Cerro Gordo al ejército de Sámano. Al ver a Sámano y a sus oficiales con paraguas abiertos, se rio a carcajadas y vociferó:

“Sámano y su tropa no son sino unos sinvergüenzas; esos no son soldados; traen sombrillas, los batiremos hoy mismo. ¡Muchachos! Hoy dormiremos en Cartago o más adelante.”

Dejó un destacamento de 25 hombres al mando del bravo capitán José Joaquín Quijano defendiendo el acceso del cerro, mientras él fue a Piedra de Moler a traer el resto.

Con Serviez iban menos de 10 hombres. Cuando llegaron, Quijano ya se batía en retirada disputando el terreno palmo a palmo contra 1.000. López y Serviez cargaron hasta el pie de una barranca escarpada. Anocheció, escasearon las municiones y cayó gravemente herido el capitán José María Barrionuevo.

Serviez ordenó al teniente Manuel Antonio Pizarro permanecer con 12 hombres al pie de la barranca. López se ofreció voluntario. Pasaron la noche allí, a quemarropa del enemigo, protegidos solo por troncos de árboles. Los perros de los realistas ladraban señalando su posición y los españoles respondían con descargas al pie de la barranca sin explorar. No recibieron orden de retirada hasta las 3 de la mañana siguiente. López dijo: “pasé una noche cruel, acosado de hambre”.

A las 6 de la mañana pasaron el río La Vieja y a las 7 continuaron el repliegue a la vista de las avanzadas enemigas. Pizarro quedó con 10 hombres en retaguardia.

A poca distancia, Serviez ordenó hacer alto y defender un desfiladero llamado Salto de La Parida. Construyeron barricadas y estacadas.

 

Llegó noticia de que el enemigo podía cortarles la retirada a su retaguardia por una ruta paralela que desembocaba en el alto del Roble. Serviez ordenó continuar la marcha ya entrada la noche.

Las Cañas: el combate final antes de cruzar la montaña del Quindío.



Al día siguiente llegaron a Las Cañas, donde esperaban encontrar destacamentos auxiliares venidos de Ibagué. No hubo ni noticias.

Serviez decidió hacer alto hasta el último extremo. Al segundo día, bajo unos guayabos, los oficiales hicieron junta de guerra para deponer a Serviez: lo acusaron de temerario, con la columna reducida a 70 hombres entre oficiales y tropa, sin víveres ni esperanza de conseguirlos. La resolución ya estaba adoptada unánimemente cuando el fuego enemigo anunció un nuevo combate. Ya no pudieron deponerlo.

La mayoría de los oficiales huyó y con ellos dos tercios de la tropa. Quedaron haciendo frente Serviez, Pizarro, Molina y Esparsa con 20 soldados, entre ellos López.

Los realistas, temerosos por creer que habían recibido auxilios, no atacaron en masa, sino que se desplegaron en guerrillas.

El combate fue desesperado. Su artillería era un miserable cañón de hierro de calibre 3, montado y atado sobre estacones a falta de cureña. Serviez dirigió tiros de metralla y disparó su carabina animando con ejemplo heroico.

Fue más de media hora de combate. Cayó herido el teniente Molina. Perdieron la mitad de los 20 soldados. Serviez fue herido en una pierna.

Ante los desfavorables acontecimientos, Pizarro ordenó formar un escuadrón con 6 hombres. Se fueron a las manos y perdieron 3 hombres. Un realista valiente parapetado tras un guayabo los obligó a retroceder.

Ante las circunstancias, Serviez ordenó a López disparar contra el realista que estaba atrincherado. López mató al soldado que estaba parapetado a 30 pasos. Después supieron que era hermano del alférez Esparsa que combatía con ellos. Serviez lo felicitó con tres besos y un abrazo.

Serviez ordenó salvar el cañón, que cargó en una mula resguardada tras un rancho. López salió a tirar de la mula y el animal cayó acribillado a balazos. Pizarro y López, por orden de Serviez, quitaron el cañón de la mula muerta y lo ocultaron en el bosque. Quedaron solo los tres bajo lluvia de balas y carga a la bayoneta, reuniéndose luego con unos 10 hombres más que habían abandonado el campo.

La travesía de la montaña del Quindío, rumbo a Ibagué.


Resultaba imposible hacerse una idea exacta de lo que padecieron en la retirada al cruzar la desierta montaña del Quindío, una travesía que se prolongó durante seis días.

Iban sin cobijas para abrigarse en terreno demasiado frío, principalmente en el Boquerón del Páramo. Iban sin alimentos, alimentados solo con carne medio cruda de mulas moribundas que los viandantes del camino abandonaban. Al punto de que se aplicó una extremada disciplina a dos cadetes, uno de ellos Francisco Delgado y Scarpett, condenados por Serviez a recibir 25 golpes de vara sobre las espaldas por negarse a comer carne de mula cuando ya no tenían más alimento.

En esta travesía, los realistas los persiguieron por un corto trayecto y los dejaron transitar.


Luego de sufrir la penalidad de transitar la montaña del Quindío, a una jornada de camino antes de la llegada a Ibagué, en el sitio de Las Tapias, encontraron un destacamento auxiliar y un pequeño socorro de víveres que por la avidez con que los devoraron casi les causó la muerte.



Llegada a Ibagué.



A fines de julio de 1813 llegaron a Ibagué reducidos a 20 oficiales y 20 individuos de tropa.

Los recibió el coronel José María Cabal, que comandaba las tropas auxiliares retiradas en esa ciudad.

Aquí terminó la campaña de Popayán, Cartago, Piedra de Moler, Parida y Quindío, que López presentó como su bautismo de fuego y la primera ocasión en que se distinguió a los 15 años.

 

Por: Alvaro Hernando Camargo Bonilla.

 

Fuente: Memorias de José Hilario López, Capítulo II, págs. 23 a 34.