viernes, 6 de noviembre de 2026

EL CAMINO DEL QUINDIO EN LA CAMPAÑA DEL SUR, 1813.

EL CAMINO DEL QUINDIO EN LA CAMPAÑA DEL SUR, 1813.

Desde Popayán: la retirada del Valle.

Tras la llegada de refuerzos del Perú al ejército realista del coronel Juan Sámano, el coronel independentista José María Rodríguez, que mandaba en Popayán, resolvió retirarse al Valle del Cauca antes de que Sámano se aproximara a la ciudad.

Marchó con una fuerza de 600 hombres llenos de entusiasmo y 17 piezas de artillería de diferentes calibres. Después de marchar cuatro días desde Popayán, establecieron un campamento en la margen derecha del río Palo. Allí pensaban enfrentar a Sámano, que los perseguía con una tropa de 1.000 hombres.

Ante la aproximación del enemigo y sin presentar combate, Rodríguez ordenó la retirada e incendió las instalaciones del campamento. Fue el primero en abandonar el cuartel. La tropa cruzó el río Palo con enormes dificultades a las 8 de la noche, retrocedió lo andado en la jornada, volvió a repasar el río y continuó la retirada en completo desorden sin haber disparado un solo tiro de fusil.

En el desarrollo de estos acontecimientos, la columna se redujo a unos 450 soldados y prosiguió camino hacia Palmira, en busca de refuerzo con la tropa del teniente coronel Ignacio Torres.

En Palmira ocurrió un incidente que López recordó: el oficial español Tufiño, alojado en casa de una señora, fue sorprendido por la guardia de prevención, escapó en el caballo del propio López y López lo persiguió disparándole su rifle a 60 pasos.

Cartago: reorganización con Serviez.


Llegaron a Cartago ya reducidos a 150 hombres. Allí se incorporó el teniente coronel francés Manuel Roergas de Serviez, recomendado por el gobierno de Santafé. Se le confió inmediatamente el mando.

López lo describió así: jefe aguerrido en Europa, de rasgos severos y temerario. Hablaba mal español, pero enseñaba el manejo de las armas a la francesa y las evoluciones. Era infatigable: no dormía, rondaba las guardias, pasaba lista de noche, hacía ejercicios en la oscuridad y sorprendía a los centinelas. Llegó a desarmar a un centinela y a golpearlo en la cabeza con la llave de su carabina terciada a la espalda porque no dio el “¿quién vive?” a tiempo.

Cartago era el punto de espera de los auxilios de tropa prometidos por Santafé, que nunca llegaron. El carácter duro de Serviez provocó la deserción de un tercio más. Quedaron 100 hombres.

Cartago era punto estratégico: punto de encuentro de los caminos del Quindío y de Antioquia.

Piedra de Moler: orillas del río La Vieja.




Ante el avance lento pero seguro de Sámano, que ocupó Cartago con sus 1.000 hombres, Serviez decidió continuar la retirada hasta Piedra de Moler, en la ribera derecha del río La Vieja, a más de cuatro horas de Cartago. El objetivo fue no ser cercados y permanecer vigilantes hasta recibir los auxilios prometidos de Santafé.

La tropa prometida para auxiliarlos se había quedado parada en Ibagué, por falta de órdenes para atravesar la montaña del Quindío.

Cerro Gordo y Salto de La Parida.

Serviez observó desde la cima de Cerro Gordo al ejército de Sámano. Al ver a Sámano y a sus oficiales con paraguas abiertos, se rio a carcajadas y vociferó:

“Sámano y su tropa no son sino unos sinvergüenzas; esos no son soldados; traen sombrillas, los batiremos hoy mismo. ¡Muchachos! Hoy dormiremos en Cartago o más adelante.”

Dejó un destacamento de 25 hombres al mando del bravo capitán José Joaquín Quijano defendiendo el acceso del cerro, mientras él fue a Piedra de Moler a traer el resto.

Con Serviez iban menos de 10 hombres. Cuando llegaron, Quijano ya se batía en retirada disputando el terreno palmo a palmo contra 1.000. López y Serviez cargaron hasta el pie de una barranca escarpada. Anocheció, escasearon las municiones y cayó gravemente herido el capitán José María Barrionuevo.

Serviez ordenó al teniente Manuel Antonio Pizarro permanecer con 12 hombres al pie de la barranca. López se ofreció voluntario. Pasaron la noche allí, a quemarropa del enemigo, protegidos solo por troncos de árboles. Los perros de los realistas ladraban señalando su posición y los españoles respondían con descargas al pie de la barranca sin explorar. No recibieron orden de retirada hasta las 3 de la mañana siguiente. López dijo: “pasé una noche cruel, acosado de hambre”.

A las 6 de la mañana pasaron el río La Vieja y a las 7 continuaron el repliegue a la vista de las avanzadas enemigas. Pizarro quedó con 10 hombres en retaguardia.

A poca distancia, Serviez ordenó hacer alto y defender un desfiladero llamado Salto de La Parida. Construyeron barricadas y estacadas.

 

Llegó noticia de que el enemigo podía cortarles la retirada a su retaguardia por una ruta paralela que desembocaba en el alto del Roble. Serviez ordenó continuar la marcha ya entrada la noche.

Las Cañas: el combate final antes de cruzar la montaña del Quindío.



Al día siguiente llegaron a Las Cañas, donde esperaban encontrar destacamentos auxiliares venidos de Ibagué. No hubo ni noticias.

Serviez decidió hacer alto hasta el último extremo. Al segundo día, bajo unos guayabos, los oficiales hicieron junta de guerra para deponer a Serviez: lo acusaron de temerario, con la columna reducida a 70 hombres entre oficiales y tropa, sin víveres ni esperanza de conseguirlos. La resolución ya estaba adoptada unánimemente cuando el fuego enemigo anunció un nuevo combate. Ya no pudieron deponerlo.

La mayoría de los oficiales huyó y con ellos dos tercios de la tropa. Quedaron haciendo frente Serviez, Pizarro, Molina y Esparsa con 20 soldados, entre ellos López.

Los realistas, temerosos por creer que habían recibido auxilios, no atacaron en masa, sino que se desplegaron en guerrillas.

El combate fue desesperado. Su artillería era un miserable cañón de hierro de calibre 3, montado y atado sobre estacones a falta de cureña. Serviez dirigió tiros de metralla y disparó su carabina animando con ejemplo heroico.

Fue más de media hora de combate. Cayó herido el teniente Molina. Perdieron la mitad de los 20 soldados. Serviez fue herido en una pierna.

Ante los desfavorables acontecimientos, Pizarro ordenó formar un escuadrón con 6 hombres. Se fueron a las manos y perdieron 3 hombres. Un realista valiente parapetado tras un guayabo los obligó a retroceder.

Ante las circunstancias, Serviez ordenó a López disparar contra el realista que estaba atrincherado. López mató al soldado que estaba parapetado a 30 pasos. Después supieron que era hermano del alférez Esparsa que combatía con ellos. Serviez lo felicitó con tres besos y un abrazo.

Serviez ordenó salvar el cañón, que cargó en una mula resguardada tras un rancho. López salió a tirar de la mula y el animal cayó acribillado a balazos. Pizarro y López, por orden de Serviez, quitaron el cañón de la mula muerta y lo ocultaron en el bosque. Quedaron solo los tres bajo lluvia de balas y carga a la bayoneta, reuniéndose luego con unos 10 hombres más que habían abandonado el campo.

La travesía de la montaña del Quindío, rumbo a Ibagué.


Resultaba imposible hacerse una idea exacta de lo que padecieron en la retirada al cruzar la desierta montaña del Quindío, una travesía que se prolongó durante seis días.

Iban sin cobijas para abrigarse en terreno demasiado frío, principalmente en el Boquerón del Páramo. Iban sin alimentos, alimentados solo con carne medio cruda de mulas moribundas que los viandantes del camino abandonaban. Al punto de que se aplicó una extremada disciplina a dos cadetes, uno de ellos Francisco Delgado y Scarpett, condenados por Serviez a recibir 25 golpes de vara sobre las espaldas por negarse a comer carne de mula cuando ya no tenían más alimento.

En esta travesía, los realistas los persiguieron por un corto trayecto y los dejaron transitar.


Luego de sufrir la penalidad de transitar la montaña del Quindío, a una jornada de camino antes de la llegada a Ibagué, en el sitio de Las Tapias, encontraron un destacamento auxiliar y un pequeño socorro de víveres que por la avidez con que los devoraron casi les causó la muerte.



Llegada a Ibagué.



A fines de julio de 1813 llegaron a Ibagué reducidos a 20 oficiales y 20 individuos de tropa.

Los recibió el coronel José María Cabal, que comandaba las tropas auxiliares retiradas en esa ciudad.

Aquí terminó la campaña de Popayán, Cartago, Piedra de Moler, Parida y Quindío, que López presentó como su bautismo de fuego y la primera ocasión en que se distinguió a los 15 años.

 

Por: Alvaro Hernando Camargo Bonilla.

 

Fuente: Memorias de José Hilario López, Capítulo II, págs. 23 a 34.

No hay comentarios: