EL VOCABLO QUINDÍO.
A las siete de la mañana, en el Alto del Roble, en Filandia, la niebla oculta el camino. Donde termina la cerca de púas comienza el monte y, bajo el monte, al apartar el helecho, aparece la huella. No es un camino recto. Su diseño es una sinuosidad, una dislocación.
La primera vez que la palabra Quindío fue mencionada fue en 1540, descrita por la pluma del escribano Juan Bautista Sardella, quien acompañaba a Jorge Robledo en la exploración de la Provincia Quimbaya. Sardella anotó que el capitán tenía noticia, por indios de un valle que se dice Arvi, de otro valle que se dice Quindío, cercano a aquella provincia de Quimbaya. Robledo envió a Álvaro de Mendoza a buscarlo. Este regresó días después sin caballos, tras hallar el camino tan áspero y fragoso que resultaba imposible el paso de la caballería.
Ciento cuarenta y ocho años después, en 1688, Lucas Fernández de Piedrahita vuelve a registrar el vocablo en su Historia General del Nuevo Reino de Granada para explicar la fundación de Cartago: entre los ríos Otún y Quindiu, que separados a poca distancia corren a fertilizar la Provincia.
¿Qué significaba aquella palabra que los españoles repetían sin comprender plenamente? La respuesta no se encuentra en los mapas, sino en los diccionarios.
El hallazgo del Camino se sustentó en el cruce
entre archivo y territorio, verificado en campo en los tramos del Alto del
Roble, Volcancitos y Boquía, y contrastado con el Diccionario de la lengua
Quechua del padre Gian Doménico Coleti, publicado en 1771
Coleti fue un jesuita italiano cuyo diccionario constituye la bisagra de dos obras anteriores fundamentales: el Diccionario del dominico Domingo de Santo Tomás, de 1560, y el Vocabulario del jesuita Diego González Holguín, de 1608. Las tres intentaron fijar en caracteres latinos una lengua que era puro sonido de montaña: el quechua.
El quechua llegó hasta la cordillera que hoy se conoce como Central cuando Sebastián de Belalcázar, procedente del Ecuador, emprendió la conquista de lo que hoy es Colombia. Traía consigo un contingente de yanaconas, indígenas quechua hablantes del imperio incaico convertidos en intérpretes y cargadores de las tropas invasoras. Fueron ellos quienes abrieron la trocha, quienes transportaron los pertrechos y quienes, sin encargo alguno, nombraron lo que veían. Como lo ha explicado el académico Germán Medina Franco, miembro de la Academia de Historia del Quindío, voces como huaca, tambo, chuspa y chagra permanecieron para siempre en el castellano.
Quindío también permaneció. Y en el diccionario de Coleti permaneció con dos acepciones.
La primera es Q'INQUY. Coleti la traduce como torcer en zigzag. De ella se desprende una familia léxica completa:
Q'INQU: zigzag, vericueto, recodo, quingo,
sinuosidad.
Q'INQU Q'INQU: serpenteante, sinuoso, tortuoso,
quebrado, embrollado.
Q'INQU RUWAY: zigzaguear.
Q'INQURIY: rodear el camino.
Q'INQUYKACHAY: garabato.
Quien ha recorrido el Camino del Quindío reconoce en esa descripción su forma exacta. Alexander Von Humboldt, al cruzarlo, no habló de un camino, sino de un canalón profundo, cubierto de vegetación, donde era necesario aferrarse a las raíces para no precipitarse. El camino no asciende en línea recta. Tuerce. Forma quingos. Q'inqu q'inquta: en zigzag. Quindío sería, entonces, el lugar de las curvas, la montaña que no permite ser atravesada en línea recta.
La segunda acepción que resguarda Coleti es Q'INTI. En el quechua cuzqueño clásico significa colibrí. Coleti anota un dato decisivo: en la sierra ecuatoriana se pronuncia kindi y, más al norte, en los límites septentrionales del Tahuantinsuyo —es decir, en Nariño, Cauca y territorio quillacinga y pasto, por donde ingresaron los yanaconas—, se dice quinde. En veredas de Nariño aún hoy al colibrí se le denomina quinde. La palabra permanece viva.
De quinde a Quindío hay un tránsito mestizo muy breve. Raíz quechua quinde, que significa colibrí, más el sufijo castellano -ío, procedente del latín ius / ium, morfema colectivo que denota abundancia, como en caserío, rancherío o gentío. Quindío significaría, por tanto, pluralidad de colibríes, lugar donde abundan y zumban.
DOS MIRADAS
SOBRE UN MISMO TERRITORIO.
El español vio el pájaro. El quechua vio la forma de la tierra. El conquistador, que provenía del valle y observaba el verde interminable, concluyó que allí había muchos quindes. El yanacona, que debía asentar el pie en el sitio exacto para no precipitarse, advirtió que el camino hacía quingo.
Ambas lecturas resultan ciertas. La cordillera del Quindío —nombre con el que durante tres siglos se designó a la Cordillera Central, mientras la occidental era la del Chocó y la oriental la de Sumapaz— es, a la vez, la más intrincada y la más biodiversa. Es el nudo donde el colibrí hace su nido precisamente en la curva donde el camino se quiebra.
Por ello, cada mes de julio, cuando en Filandia se celebra el Festival Camino del Quindío, no se evocan únicamente los episodios de la Independencia por donde transitó Bolívar. Se evocan también el zigzag y el colibrí. Porque bajo el asfalto de La Línea, por donde hoy circula el 62% de la carga del país, continúa latiendo el garabato que Coleti registró en 1771 y continúa zumbando el quinde que Sardella escuchó en 1540.
El nombre llegó caminando, en zigzag, cargado
por un yanacona.
Por: Álvaro Hernando Camargo Bonilla.