viernes, 23 de octubre de 2026

LA CORDILLERA CENTRAL Y EL PASO DEL QUINDÍO.


LA CORDILLERA CENTRAL Y EL PASO DEL QUINDÍO.



Un territorio de pródiga evocación histórica, la Cordillera Central es una proyección de la gran dorsal de los Andes. Notable por lo quebrado de sus formaciones y por el esplendor de su ancho y prolongado relieve, domina el centro del país.

Corre entre la Cordillera Occidental, al occidente, y la Cordillera Oriental, al oriente. Al occidente, la Occidental la separa del Pacífico chocoano; al oriente, la Oriental —cuyo macizo del Sumapaz es uno de sus contrafuertes más conocidos— la separa de los Llanos y la Amazonía.

Lo que los cronistas denominaban un ramal que separaba la antigua provincia de Mariquita y el valle del Cauca de Antioquia, hoy lo reconocemos como el eje de la Cordillera Central. Es la divisoria de aguas entre las dos grandes cuencas del país: la del río Magdalena, al oriente, y la del río Cauca, al occidente.

En ese eje se localiza la formación conocida como las montañas del Quindío, que hoy marca el límite entre Quindío, Tolima, Risaralda y Valle del Cauca. Su paso, histórico y vigente, articula el oriente con el suroccidente al comunicar el valle del Magdalena con el valle del Cauca, en el corredor entre Ibagué y Armenia-Cartago.


En su núcleo se alza el Nevado del Tolima, de silueta troncocónica —el "cono de azúcar" de los viajeros del siglo XIX— con 5.215 m s.n.m. y glaciares perpetuos. Hace parte del Parque Nacional Natural Los Nevados y, en mañanas despejadas, es visible desde el altiplano bogotano.



El punto culminante del antiguo Camino del Quindío, el Boquerón del Páramo del Quindío, se ubicaba sobre los 3.962 m s.n.m., los 13.000 pies que citan las crónicas. Desde allí, hacia el occidente, se dominaba a 110 o 130 kilómetros la Cordillera Occidental sobre el Chocó biogeográfico: un conjunto de montañas de flancos abruptos, cubiertas de bosque altoandino y selva de niebla, que parecía imposible de cruzar por un estrecho sendero en espiral. Hoy ese mismo paso es atravesado por la vía nacional Ibagué-Armenia, con el Alto de La Línea a 3.265 m s.n.m. y el Túnel de La Línea —8,65 km a 2.420 m s.n.m.—, obra que resume cinco siglos de esfuerzo tenaz por allanar la cordillera.

UN CAMINO UNE DOS VALLES.


Desde la Conquista, el Quindío fue más que una barrera natural: fue un corredor.

Con motivo de la sublevación de Álvaro de Oyón en el sur, se ordenó a Juan Montaño marchar como Capitán General a la defensa de Popayán. Se encaminó por la vía del Quindío hacia Cartago y Cali. Cuando llegó, la rebelión ya había sido debelada.

Poco antes, en territorio del cacique pijao de Ibagué, en una meseta alta, se había fundado San Bonifacio de Ibagué. El establecimiento fue provisional —octubre de 1550—, pues en febrero del año siguiente fue trasladado leguas más abajo, al sitio que hoy ocupa, a orillas del río Combeima y al pie de la montaña del Quindío, en lugar ameno y apacible. Recién fundada Ibagué, el Justicia Mayor Melchor Valdés abrió el camino del Quindío que une el valle del Magdalena con el del Cauca. Esa sería la misma vía que recorrería Montaño y, durante tres siglos, todo el comercio y la tropa entre el centro y el suroccidente.

Siglos después el camino seguía siendo una trocha precaria. El 25 de noviembre de 1760 el virrey Solís proyectó mejorar los caminos del Quindío y de Antioquia, que no eran más que senderos deficientes. No logró su propósito por la indiferencia de los colonos y la escasez de los fondos públicos.

El impulso republicano llegó con la administración de Herrán. Entre sus actos de mayor aliento se contaron el censo de 1843, que arrojó 1.931.684 habitantes; la mejora del camino del Quindío entre Ibagué y el valle del Cauca; el empadronamiento de los esclavos y la ley de libertad de vientres; la organización de las universidades, la mejora de cárceles y correos, el fomento de la enseñanza primaria y las exposiciones anuales de productos artísticos e industriales entre 1841 y 1843. Por disposición del Congreso de 1844, don Lino de Pombo elaboró la Recopilación Granadina.

Aquel sendero abierto por Valdés es hoy el corredor vital del centro del país, la Ruta Nacional 40. Lo que fue camino de cargueros y de mulas es hoy la arteria que sigue uniendo, como hace cinco siglos, los dos valles.

CARTAGO, UNA ENCRUCIJADA DE CAMINOS.



La llave occidental del paso fue Cartago. Asentada en un risueño y reducido valle limitado al norte por colinas onduladas cubiertas de vegetación y pastizales, a 4°36' de latitud norte, contaba entonces con 3.000 habitantes y tres iglesias —una de ellas con convento de padres franciscanos donde residían diez frailes—. Allí se conseguía buen pan, porque la harina se traía de Bogotá por el camino del Quindío. Todo el distrito alcanzaba las 9.000 almas.

Cartago era una encrucijada donde convergían cuatro caminos: al oriente, el que conduce a Mariquita y a Bogotá cruzando las montañas del Quindío; al occidente, el que lleva a Citará y Nóvita, en el Chocó; al sur, el que va a Popayán, Pasto y Quito; y al norte, el que comunica con Antioquia. Por esa posición estratégica, sufrió grandes daños durante las guerras.

Una gira habitual de la época se iniciaba en Santa Fe, pasaba por Neiva, cruzaba los Andes para llegar a Popayán, avanzaba por Cali hasta Cartago para trasmontar nuevamente los Andes por la ruta del Quindío y regresaba a Santa Fe por Ibagué y Tocaima.

Proyección: Cartago sigue siendo la encrucijada. Lo que fueron cuatro caminos reales es hoy el nudo vial donde se cruzan el norte del Valle del Cauca, el Eje Cafetero, el Chocó y Antioquia. De pueblo de 3.000 almas a ciudad de más de 130.000 habitantes, mantiene su vocación de puerto terrestre: por allí siguen entrando las mercaderías de la sabana hacia el occidente, ya no a lomo de mula por el Quindío, sino por la Troncal de Occidente y la vía Armenia-Cartago.

EN TIEMPOS PASADOS ATRAVESAR EL QUINDÍO ERA UNA ODISEA.




El relato de un viajero que cruzó a pie en diciembre de 1824 —nueve días sin una gota de lluvia, fortuna singular— resume la dureza del paso.

En Cartago, el juez político advertía que, por haber fiestas en Ibagué, no se esperarían peones por algún tiempo y que convenía enviar un propio con carta especificando cuántos hombres y bestias se necesitaban. El camino se mantenía aceptable durante tres cuartos de legua; luego se volvía tan cenagoso que había que apearse y vadear charcos con botas altas y grandes espuelas, para regocijo de los peones.}

Cuatro días de buen andar se empleaban en atravesar el tramo conocido como La Trucha, región anegadiza y cenagosa. Superada, se pisaba por fin terreno firme. En Ibagué había entre trescientos y cuatrocientos hombres que vivían exclusivamente de cargar personas y fardos por las montañas, en sillas a la espalda: los cargueros.

El camino cruzaba el río Quindío, que corre hacia el sur y desemboca en el río de La Vieja, y más adelante el río San Juan, que tuerce al sureste para desembocar en el Magdalena. En trayectos de hasta dos leguas continuas, la senda se convertía en un túnel oscurísimo de tres o cuatro pies de anchura, con vegetación tupida a lado y lado. Había que avanzar alerta para no herirse con picos de roca, con las lancetas espinosas de las guaduas o con la ramazón de árboles caídos. Cuando dos partidas se encontraban de frente, los peones disputaban cuál debía retroceder, sobre todo si llevaban bueyes o recuas de mulas. El buey, más fuerte que la mula, cargaba de ocho a diez arrobas de sal en fardos pequeños colocados a los lados del anca para pasar por los desfiladeros y podía salir avante en lodazales donde una mula quedaría anegada sin remedio.

La noche era cada vez más fría y las cobijas se hacían imprescindibles bajo la tienda. Se veían bandadas de pavos silvestres, huellas frescas de tigre y de oso negro y, ya en la cumbre, rastros de danta —el tapir de páramo, de pezuña hendida, piel leonada oscura, muy veloz y mayor que un asno—, animal de altura al que rara vez logran acercarse los cazadores. Los silleros traían resina ambarina de olor agradable del árbol llamado patilla, usada como incienso. Cerca de Ibagué se habían encontrado depósitos de mercurio y, al borde del camino, dos fuentes ferruginosas —una hirviendo, otra apenas tibia— con azufre esparcido alrededor, mariposas de color carmelita oscuro con manchas rojas brillantes y bandadas de micos que se asomaban con curiosidad haciendo muecas.}

Hacia las dos de la tarde se llegaba a un tambo, ramada o cobertizo para viajantes, mensaje humilde de la civilización en medio del descenso hacia los llanos de Ibagué, ya con ambiente más tibio.

Proyección: lo que fue odisea de nueve días es hoy tránsito de tres horas. Los túneles de vegetación fueron reemplazados por el Túnel de La Línea; los lodazales de La Trucha, por viaductos; los bueyes salineros, por tractomulas; y los tambos, por paradores. Pero en la toponimia y en la memoria de los arrieros del Quindío perviven los cargueros, los silleros y aquel estrecho sendero en espiral que enseñó al país que la Cordillera Central no se rodea, se atraviesa.

IBAGUÉ, PUERTA DEL ORIENTE.




Tras una extensa plantación de maíz se llegaba a Morales, rancho solitario a ocho leguas españolas de Ibagué. Allí las alpargatas se gastaban y los talones quedaban desollados. El descenso final es sumamente pendiente y casi imposible para las mulas en estación lluviosa.

Ibagué recibía al viajero en un antiguo convento franciscano, entonces destinado a escuela pública. Su clima era muy agradable, con una temperatura media de 74 grados al mediodía. El juez político, señor Ortega, hermano del gobernador de Popayán, proveía lo necesario. Allí se liquidaba a los peones, con propina de veinte pesos si el comportamiento había sido inobjetable.

Ibagué era tierra de temblores. El cronista despertó una noche sintiendo que la cama se movía como una zaranda y los muebles se estremecían. Muchos habitantes pasaban la noche en la calle. Durante los dos meses anteriores se habían sentido temblores frecuentes, atribuidos a un tiempo inusitadamente bochornoso sin lluvia que había arrasado sementeras. En la cordillera, no muy lejos, estaban las bocas de monte o cráteres que los habitantes cuidaban de mantener destapados como medida preventiva contra los sismos. En Honda, capital de Mariquita, unida a la ciudad por un largo y elevado puente sobre el río Gualí, las clases acomodadas se habían refugiado en chozas improvisadas en las montañas circunvecinas.

Fue en ese convento donde el gobierno quiso fundar un colegio central, por su situación equidistante, salubridad y abundancia de víveres, para jóvenes del Valle del Cauca, Mariquita, Chocó y Antioquia, siguiendo el plan de estudios de Bogotá. Obra impulsada por el vicepresidente Santander y su ministro del Interior, Restrepo, para extender la enseñanza a todas las clases sociales.

Así, la Cordillera Central no es solo una mole geológica entre Chocó y Amazonía. Es un corredor histórico: camino de capitanes y cargueros, de bueyes salineros y de viajeros que midieron su resistencia en páramos de 13.000 pies, entre el barro de La Trucha y el frío de la cumbre, para unir —a pie, a lomo de mula y a hombros humanos— los dos grandes valles de Colombia. Hoy, en ese mismo eje, se asienta Armenia —fundada en 1889 por colonos antioqueños que cruzaron el Quindío— capital de un departamento que nació del camino.

 

Por: Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

 

Fuentes: Peña, Heliodoro. Geografía e Historia de la Provincia del Quindío. 1892.

Acosta, Joaquín. Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva Granada. 1848.

John Potter Hamilton. VIAJES POR El INTERIOR DE LAS PROVINCIAS DE COLOMBIA POR El CORONEL J. P. HAMILTON, RECIENTE JEFE COMISARIO DE SU MAJESTAD BRITANICA ANTE LA REPUBUCA DE COLOMBIA EN DOS TOMOS. LONDRES. JOHN MURRAY, ALBEMARLE STREET, MDCCCXXVII

Belver, José. Artículos publicados en el *Papel Periódico Ilustrado* de Bogotá, 1881 y 1885.