CRÓNICA HISTÓRICA
DEL CAMINO DEL QUINDÍO - A PARTIR DEL INFORME DEL INGENIERO JORGE BRISSON.
IBAGUÉ, 25
DE ABRIL DE 1905.
Fuente: Boletín Militar de
Colombia, Órgano del Ministerio de Guerra y del Ejército. Serie VI, Tomo 1, Año
IX, No 22. Director: General Francisco J. Vergara y Velasco.
EL CAMINO PERMANECERÁ.
Para entender el Camino del
Quindío hay que entender que nunca fue solo un camino. Como lo recuerda el
propio Brisson citando al doctor Griseldino Carvajal en su informe de abril de
1904, es una vía de importancia capital para la República y no podrá nunca ser
reemplazada por ninguna otra.
En 1905 se está construyendo, en
paralelo, el Camino de Anaime al Zarzal. Brisson es tajante: será útil, pero
será siempre una comunicación de intereses locales, porque sacrifica a Cartago,
gran mercado de cacao, y no abarca nada del comercio antioqueño. El Quindío, en
cambio, es el lazo entre Antioquia, el Cauca y el Tolima. Aun si algún día se
prolonga el Ferrocarril del Cauca hasta el Magdalena, el Quindío seguirá siendo
indispensable, comercial y estratégicamente.
Por eso, aunque los gobiernos lo
descuidaron a ratos, nunca lo abandonaron del todo.
EL ANTECEDENTE:
AFICIÓN A LA CACERÍA EN 1898.
La historia que cuenta Brisson no
empieza en 1905. Empieza a fines de 1898.
Al regreso de una excursión por
el río Anaime, el doctor Escobar, entonces Gobernador del Tolima y amigo
personal de Brisson, le pide a él y a algunas personas notables de Ibagué que
ensaye una variante del camino desde la capital misma hasta el puente sobre el
río Toche.
Brisson lo dice sin rodeos:
cuando se trata de una exploración en montaña no hay que rogarle mucho. Dos
días después sale de la Hacienda del Tolima, Los Pastales, a pie, con su
escopeta, cuatro peones y víveres para ocho días. Pasa una semana exquisita cazando
y abriendo trocha, cae al Toche con un desnivel muy satisfactorio y con una
economía de legua y media, regresa a Ibagué, remite plano e informe, recibe
felicitaciones y se vuelve para Bogotá. Esa trocha es el antecedente inmediato
de la obra que inspeccionará siete años después.
EL INICIO DEL
RECORRIDO: IBAGUÉ A TAPIAS.
El 19 de abril, por la madrugada,
Brisson empieza a trepar la cordillera. A una hora de camino, unos 4 kilómetros
de Ibagué, se le aparece la mole del Nevado del Tolima, reluciendo como un
diamante bajo el sol limpio de la mañana. Lo nota con menos nieve que otras
veces, con manchas negras de roca desnuda cerca de la cumbre.
Toda la parte baja, de Ibagué a
Tapial, cuatro leguas, había sido compuesta a principios de 1904 por el
Batallón Anzoátegui. Desde Tapias es donde empieza el trabajo de los Zapadores
del Quindío. Cuando Brisson los visita, van, a saltos y con numerosas interrupciones,
por Macanal, es decir, dos leguas y media abajo de La Línea, el Boquerón del
Páramo. Eso es un trayecto total de 10 leguas desde Tapias.
En La Palmita se cruza con el
Inspector de la vía, el General Pedro Sicard Briceño, compañero de armas, y con
el coronel Estanislao Martínez, jefe del Cuerpo de Zapadores del Quindío.
Vuelven con 100 hombres de una comisión en Pereira y van hacia Ibagué. En el
almuerzo le dan las cifras.
HOMBRES, HAMBRE Y
HERRAMIENTAS.
El 10 de febrero de 1905
principiaron los trabajos con 100 hombres. Desde el 5 de abril quedaron
reducidos a 70.
Para Brisson la cuenta es clara:
para refaccionar un camino de 136 kilómetros, algo más de 27 leguas de Ibagué a
Cartago, 70 hombres son muy pocos. Se necesitan por lo menos 200.
Y esos 70 trabajan en condiciones
precarias:
Salud: excelente a pesar de todo.
Solo 7 enfermos desde febrero y ninguna defunción, aunque el Batallón no posee
ni un frasco de medicina y el médico no ha visitado la tropa ni una sola vez.
Techo: unos pocos toldos viejos y
podridos que se usaron durante la última campaña. Necesitan por lo menos 24. En
el Quindío es más grave que en Honda, dice Brisson, porque hay mucho menos
casas y el clima es más riguroso.
Víveres: el servicio ha sido a
menudo muy defectuoso por falta de recursos.
Herramienta: malísima e
insuficiente, examinada por él mismo. Unas viejas sacadas del Parque de Ibagué,
y unas pocas barras que se doblan como alambre, hachas que no son Collins,
calabozos y serruchos mandados de Bogotá. Apenas han podido organizar una
pequeña fragua portátil. No hay parihuelas, ni garlanchas, ni picas, ni
azadones, ni taladros.
Brisson deja una máxima de
ingeniero: la buena herramienta es asunto de primer orden después de la
alimentación. Un hombre trabaja más a gusto y con menos esfuerzo cuando tiene
en la mano un instrumento adecuado.
En Tapias empieza lo que sí se
ve: rocería de las orillas, ensanche de la vía, desagües a veces un poco
superficiales y escarpes o taludes. Brisson advierte que los taludes no deben
ser muy parados si están en tierras deleznables o arenosas. Si están cortados
en roca, pueden ir a pico, porque no hay derrumbes que temer.
De El Moral hasta el Alto de San
Juan, todo el trayecto de Machín, no ve composición importante, pero tampoco
hay malos pasos. En cambio, sí destaca que compusieron bien la antes malísima
cuesta que baja del Alto de San Juan hasta el Río Toche.
LA CATÁSTROFE DEL
RÍO TOCHE.
Aquí Brisson toca el punto más
grave de todo el camino.
El río Toche se ha salido del
lecho madre o primitivo y ha destruido por completo el camino en un trayecto de
4 a 5 cuadras. Amenaza además con derrumbar todo un cerro que obstruirá el
tránsito y podrá ocasionar desgracias para los habitantes del pequeño caserío
de Toche. Con el invierno a las puertas, el río atajará el paso a cada momento.
Su orden es perentoria y debe
ejecutarse en verano, cuando el río está bajo. Si viene una creciente antes de
terminar la obra, se destruye lo empezado. Propone trasladar a Toche a todos
los zapadores del Batallón, porque el trabajo debe ser rápido y simultáneo.
LA TÉCNICA QUE
DESCRIBE ES MINUCIOSA.
Unas dos cuadras abajo de la
cabeza del nuevo brazo que se quiere cegar, empezarán a coger tonga o cuelga en
el cauce antiguo y a trasladar las piedras para formar una muralla al sesgo,
diagonalmente al principio del brazo, pero lo más paralelamente posible al
lecho primitivo. Las piedras se sacan siempre del cauce viejo. Adelante de ese
muro, y apoyado sobre él, una fuerte estacada, con palos plantados
verticalmente a bastante profundidad. Luego un tejido muy fuerte con otros
palos y ramas entrelazadas horizontalmente. Las estacas verticales por pares, a
no más de 1 metro entre sí. Muralla y estacado de al menos 2 metros de
elevación y 2 metros de espesor.
Luego seguir encauzando el río
200 metros arriba de la cabeza del brazo nuevo, sacando más piedras del lado
derecho aguas abajo y botándolas a la izquierda. El trabajo se empieza por
abajo, ejecutándolo aguas arriba.
Terminado eso, reconstruir el
camino, pero ya no a ras de la vega, sino como camellón o viaducto, algo
elevado, con palos y piedras grandes a los costados, y aun mejor, en calzada,
todo empedrado.
El trabajo debe terminar una
cuadra arriba de la casa nueva de madera de propiedad del señor Telésforo
Agudelo. Calcula que con 200 hombres se puede llevar a cabo en dos semanas.
Y no olvida lo humano: las aguas
del Toche son muy frías. Hay que dividir a los zapadores en cuadrillas y no
dejarlos más de dos horas seguidas con los pies en el agua, relevarlos, y
proveerse de medicinas de acuerdo con el médico.
DE YERBABUENA A LA
LÍNEA: LO HECHO Y LO OLVIDADO.
Desde el Puente del Toche para
arriba, hasta Yerbabuena y Aguasbonitas, los zapadores han ejecutado un buen
trabajo de refección. Brisson, enemigo acérrimo de la tierra vegetal, de la
greda y las arcillas en los caminos, hubiera querido más piedra menuda y
cascajo. Su lema: piedra y cascajo, y más piedras y más cascajo, y arena
encima. De las piedras sale uno siempre, mientras que en el barro se entierra
hasta las orejas. Por fortuna, dice, los terrenos del Quindío son en general
arenosos, de conglomerado silíceo, excelente piso. Lo que lo daña es el exceso
de pendiente y la falta de desagües bien combinados.
Después de Aguasbonitas, el
vacío: nada se ha tocado en Cruces, Gallegos, Tochecito, La Ceja, hasta
Volcancitos, como dos leguas y media, a pesar de muy malos pasos.
En Volcancitos vuelven a empezar
las refecciones, siguen en La Bolsa y cerca de La Línea hasta Laguneta, donde
termina lo hecho hasta ese día. Brisson pensaba encontrar la fuerza en La
Bolsa, pero se marchó a Macanal, a tres leguas del otro lado de La Línea, donde
sigue sin demora.
Atraviesa La Raya o La Línea
divisoria de las aguas, límite entre el Tolima y el Cauca, a 3.485 metros sobre
el nivel del mar. El camino ha sido compuesto después de La Bolsa en varios
trechos y bastante bien, pero le falta piedra, aunque cerca hay rocas de donde
extraer, y queda el piso muy liso y expuesto a empaparse en invierno. Y es en
invierno en lo que hay que pensar siempre que se construye un camino en países
intertropicales, porque en verano todo anda bien.
Critica duramente los desagües
transversales, las cunetas. Las han cavado en forma de zanja vertical de 20 a
30 centímetros y han colocado en la superficie un palo delgado sostenido con
dos estacas en las extremidades. La bestia, al poner el casco en el borde,
hunde la tierra debajo del palo y la cuneta se transforma en trampa para los
remos de los animales. Deben ser enteramente en maderos o empedrados de ambos
lados y hasta el fondo mismo, y cuando se usan palos, que toquen el fondo.
En Macanal encuentra al Batallón
construyendo sus ranchos. Deja al Mayor Castillo, jefe de la fuerza en ausencia
del coronel Martínez, copia de las instrucciones del Toche, ad referéndum, para
que sirvan al General Sicard después de aprobadas por el Ministerio.
LA LADERA
OCCIDENTAL DEL QUINDÍO.
Una legua más abajo está Salento,
centro bastante provisto de recursos y donde empieza un hermoso y suave declive
hasta el Cauca, del cual sacan las magníficas partidas de ganado gordo que
llevan para el norte del Tolima.
Brisson hace aquí su observación
más humana y geográfica: las faldas occidentales del Quindío son mucho menos
recias que las orientales. Del lado del Cauca hay también más habitantes, casas
más confortables y mayores cultivos, mientras que del lado del Tolima no se ven
sino sombríos riscos y breñas, y de vez en cuando algún miserable rancho
desprovisto de todo. Parece que la naturaleza se ha esforzado en acumular de
este lado todas las tristezas, dificultades y pobrezas, en tanto que por el
otro se ha mostrado más benigna y risueña.
DISTANCIAS DE
IBAGUÉ A CARTAGO SEGÚN BRISSON.
De Ibagué a Tapias: 4 leguas, 20
km
De Tapias a Toche: 3 leguas, 15
km
De Toche a Yerbabuena: 1 legua, 5
km
De Yerbabuena a Gallegos: 1
legua, 5 km
De Gallegos a Tochecito: 1 legua,
5 km
De Tochecito a La Bolsa: 1 legua,
5 km
De La Bolsa a Magaña: 1 legua, 5
km
De Magaña a Rancho Parado: 1
legua, 5 km
De Rancho Parado a Macanal: 1
legua, 5 km
De Macanal a Salento: 1 legua, 5
km
Total Ibagué a Salento: 15
leguas, 82,5 km.
De Salento a Cartago: 12 leguas y
1 kilómetro.
Total Ibagué a Cartago: 136
kilómetros, 27 leguas y 1 kilómetro.
Esa es, en leguas, en piedra y en
penurias, la historia viva del Camino del Quindío en 1905. Un camino que
Brisson midió con escopeta y con nivel, que los zapadores abrieron a fuerza de
barra doblada y de pies fríos en el Toche, y que seguía siendo, contra todo
proyecto nuevo, el único lazo real entre tres mundos que hoy son el corazón de
Colombia.
Ese informe de Brisson de 1905 es
justo la pieza militar que le faltaba a lo que tú ya vienes contando en
**caminodelquindio.blogspot.com**.
### 2. Lo que el Informe Brisson
aporta nuevo para tu entrada
Por Decreto 190 de 1896 se crea
un Cuerpo de Zapadores denominado Batallón Palacé número 23 y se destina a la
composición de la vía del Quindío, porque la vía, desde el punto de vista
comercial y político, reviste especial importancia y debe mantenerse expedita.
Y en mayo de 1905, un mes después del informe, el gobierno decreta sobresueldo
del 10% para Oficiales Zapadores, jefes, Habilitados, Médicos, Ingenieros e
Inspectores de esos trabajos. Hay una política de Estado detrás.
Por: Alvaro Hernando Camargo
Bonilla.



























