“CHISPAS”.
PROTECTOR Y VENGADOR EN ÉPOCA DE LA VIOLENCIA EN EL QUINDÍO.
En el Quindío de los años cincuenta, cuando la Policía no protegía a los liberales y los civiles armados conservadores, los llamados “pájaros”, llegaban a ser más numerosos que la fuerza oficial, el nombre que se repetía en las fondas, en las veredas y en los cafetales era uno solo: “Chispas”.
Teófilo Rojas Barón era un reservista tolimense, oriundo de Rovira. Hacia 1955 cruzó a pie el lomo de la Cordillera Central y entró al Quindío seguido por unos quince tolimenses. A ellos se sumaron quindianos que habían huido al Tolima y regresaban con él, además de caldenses y vallecaucanos reclutados en el camino. A inicios de 1956 su cuadrilla ya contaba con ochenta integrantes, casi todos jóvenes hijos de jornaleros.
Su zona de control abarcó casi todo Calarcá, con los sectores que Ortiz enumera como Córdoba, Quebrada Negra, Barcelona y Albania, y parte considerable de Génova, Pijao y Armenia. Su comando y cuartel general se instaló en la casa de un hacendado liberal, en el límite entre Calarcá y Córdoba, entre las veredas Potosí, Quebrada Negra y Cuchilla de Guayaquil. Allí, según un exguerrillero entrevistado por Carlos Miguel Ortiz, entrenaban dos días a la semana en milicia, tiro, golpe de karate y lanzamiento de granadas. El resto del tiempo vivían dispersos en pequeñas gavillas de cinco hombres y un comandante, y andaban por las veredas en busca de revancha, es decir, asaltando hogares conservadores.
Las guerrillas liberales del Quindío no tenían reivindicaciones gremiales ni un proyecto de redistribución de la tierra, salvo conservar las parcelas. Su razón de ser, su doble función, era la defensa y la venganza.
La defensa era literal. En la cabecera de una vereda controlada por él, todos los comerciantes, incluido algún conservador, repetían la misma frase: “Si no es por Chispas, destruyen a todos los liberales del pueblo”. En otras veredas se oía sin cesar: “Gracias a Chispas pudimos conservar las parcelas”. Los campesinos que habían huido a Armenia o a poblaciones intermedias solo retornaron cuando sintieron que alguien les garantizaba la vida, algo que ninguna oficina del Estado les aseguraba.
La venganza era la otra cara. Muchos de sus hombres tenían entre 14 y 22 años al enmontarse y su bautismo en la política no había sido el discurso de Gaitán, que apenas recordaban de niños, sino el asesinato o la tortura del padre. Es la historia de Alfonso López, alias “Despiste”, uno de sus lugartenientes más destacados. Su padre, un antiguo gaitanista con una parcela de cuatro cuadras y una fonda modesta, fue asesinado cuando la familia decidía partir. Alfonso, de 13 o 14 años, encontró el cadáver con huellas de golpes, la dentadura quebrada, la parte superior de la cabeza levantada y el pecho rajado, y la camisa con señales de pólvora, indicio de disparos a quemarropa. Cuando bajó al puesto de tropa a denunciar, el teniente solo le preguntó a qué partido pertenecía el padre y, al oír que, al liberal, les respondió: “¿Cachiporro? Que se los traguen los chulos”. En ese instante, Alfonso juró hacer justicia por su cuenta.
Esa frase resume el vacío que llenaron las cuadrillas: ante la inacción y la complicidad del Estado, la justicia por las propias manos se volvió la única justicia disponible.
Dentro de la guerrilla, “Chispas” era admirado y temido a la vez, el mismo binomio de simpatía y miedo que regía su relación con el vecindario.
El contacto con los políticos era exclusivo del jefe. Según los exguerrilleros, entre quienes se entrevistaban con él se contaron directivos nacionales cuya presencia anunciaba el ruido de los helicópteros. A los guerrilleros les estaba prohibido acercarse y nunca fueron llamados a discutir lineamientos.
La disciplina era severa. Los actos más graves contra la disciplina en los ataques se castigaban con fusilamiento. “Chispas” nombraba para ello un matador” y, dicen sus hombres, era muy imparcial, hasta el punto de sacrificar en alguna ocasión a sus amigos más queridos para salvar la disciplina. Esa disciplina, sin embargo, se entendía desde la óptica de la defensa y la venganza. El vandalismo contra copartidarios era transgresión, salvo contra delatores comprobados. En los asaltos a conservadores, en cambio, no existían limitaciones ni precaución.
No se enriqueció. Con excepción de las armas, que eran de quien las decomisara, los frutos del saqueo iban obligatoriamente a manos del jefe para fines colectivos, y estaba severamente prohibido que los efectivos comerciaran con ellos. Algunos entrevistados coinciden en que “Chispas” solo pensaba en las necesidades del grupo y de la población circundante, no en las propias. No hay indicios de que él, “El Mosco” o los jefes de las principales cuadrillas anteriores al Frente Nacional hicieran riquezas traducibles en tierra o en inversiones urbanas. Durante la tregua de 1958 a 1959, “Chispas” aparece como un propietario mediano o pequeño que cultiva con sus propias manos la tierra, una mejora cuya compra habría sido posible con un préstamo de los fondos de Rehabilitación.
“Chispas” gustaba de los licores finos importados que le hacían llegar altos dirigentes liberales, mientras sus muchachos se embriagaban con aguardiente. Lucía un reloj de oro obsequiado por un teniente liberal adscrito a la VI Brigada, con sede en Ibagué, y un perro diestro en detectar movimientos de tropa, llamado “El Guerrillero”, regalado por un sargento de la misma Brigada.
Como relevo de los viejos caciques, además, distribuía mercados a las familias pobres, auxiliaba a las viudas y hacía sacrificar para consumo de los vecinos las reses confiscadas que no se vendían. Colocaba a sus apadrinados como agregados de las fincas de su zona y exigía a sus propietarios las contribuciones que alimentaban a la banda y el socorro a los necesitados.
LA CAÍDA DE “CHISPAS”.
En 1955, cuando se tomó con sus hombres el corregimiento de Córdoba, una anciana salió a su encuentro con un ramo de flores, repitiendo el gesto de la biografía del Libertador Bolívar aprendido en las escuelas, porque “Chispas”, como Bolívar, había entrado a caballo. Después de su muerte, causada por el Ejército, en las tumbas de algunos jefes armados se vieron por muchos años peregrinaciones de ancianas campesinas con velas encendidas los lunes, día consagrado al culto de los difuntos. Eran, mayormente, las viudas socorridas por los cuadrilleros.
Para la Octava Brigada, en cambio, en su balance de 1965, era uno de los criminales más grandes que recuerde la historia colombiana. Los campesinos que protegía lo consideraban su protector.
“Chispas” apoyó el plebiscito del 1 de diciembre de 1957, que refrendó el Frente Nacional. Al llegar el gobierno de Alberto Lleras Camargo, cesó toda actividad armada y se declaró dispuesto a respaldar al Gobierno hasta con su propia vida. Pero el Ejército continuó la persecución contra cuadrilleros activos y retirados, y la tregua se hizo fugaz. En junio de 1959 ya estaba reclutando de nuevo hombres en inmediaciones de Río Verde, en Calarcá. En su segunda permanencia en el Quindío, de 1959 hasta su muerte en 1963, rechazó colaborar con el Ejército y atacó intensamente a la disidencia de su propia banda que sí se había vuelto colaboradora de los militares. Evadía el combate con las patrullas, pese a que lo acosaba la VI Brigada del Tolima, y murió el 22 de enero de 1963 cuando transitaba por la vereda La Albania, del corregimiento de Barcelona, en Calarcá.
“Chispas” no fue un revolucionario con programa, ni un simple bandolero. Obró como el protector armado que surgió cuando el Estado dejó de proteger, el vengador de una generación de huérfanos de la persecución gaitanista y el relevo momentáneo de los gamonales en las veredas.
Su
historia permite entender por qué, en el Quindío, La Violencia no fue solo una
pelea entre cachiporros y godos, sino una lucha por vivir, por conservar la
parcela y por no tener que abandonar el oficio heredado de campesino. Y por
qué, cuando las cuadrillas se extinguieron hacia 1965, según la estimación que
la Octava Brigada publicó ese año, lo que quedó no fue solo el silencio, sino
también la memoria de quienes, como las viudas de Córdoba, siguieron
encendiendo una vela los lunes por el hombre que, a caballo y con un ramo de
flores, había entrado una vez como un libertador.
Alvaro
Hernando Camargo Bonilla.
Fuente:
Carlos Miguel Ortiz S. Las guerrillas liberales de los años 50 y 60 en el
Quindío, profesor de la Universidad del Quindío.
