martes, 27 de octubre de 2026

LOS CAMINOS QUE ATRAVESARON LA MONTAÑA DEL QUINDÍO.

 




LOS CAMINOS QUE ATRAVESARON LA MONTAÑA DEL QUINDÍO.

Nos han enseñado que hubo un Camino del Quindío, singular, único. La verdad histórica es otra: no hubo un solo paso. Hubo un sistema de pasos que se fueron abriendo, prohibiendo y reemplazando, a medida que el oro, la guerra y el comercio lo exigían.

Como lo he documentado en mis publicaciones, inicialmente son tres los grandes caminos reales que cruzan esta región: el de Herveo, el del Quindío y el de Guanacas.

El de Herveo - 1547 - El primer camino real.

La primera noticia del Camino de Herveo se dio en 1547 por el Oidor Miguel Díaz de Armendáriz, tres años antes de la fundación de Ibagué y Mariquita, al informar la posibilidad de surtir por esta vía a la Ciudad de Cartago en la Gobernación del Cauca.

Era una muralla natural que había que traspasar, y fue el primer camino que se utilizó para comunicarse con el centro del país. No se abrió por poblar. Se abrió por oro.

Su finalidad fue permitir el traslado de oro para ser fundido y quintado en las Cajas Reales establecidas en Cartago desde 1542, y de allí llevarlo a Honda. Ascendía por el río Guarinó hasta los páramos de Herveo y Ruiz para descender por Chinchiná hasta la antigua Cartago.

Tuvo una utilización importante durante todo el siglo XVI, pese a sus difíciles condiciones de monte asperísimo, sin pastos, donde morían mulas y donde el tigre cebado mataba muchas.

El Ruiz y Santa Isabel.

Del mismo tronco de Herveo nacen dos variantes:

El paso del Ruiz partía desde Cartago Viejo, donde hoy es Pereira, pasaba por el páramo de Herveo y llegaba al valle del Tolima hasta Mariquita. De Cartago viejo por el valle del Tolima a llegar a Mariquita. Siglo XVI.

Es el mismo camino de Herveo pero por el páramo del Ruiz propiamente.

Santa Isabel es el paso intermedio de ese mismo sistema, entre el Ruiz y el Tolima. Se incluye dentro del complejo de nevados Herveo-Ruiz-Santa Isabel-Tolima que usaron los primeros colonizadores antioqueños en 1847 para ir de Manizales a Mariquita. Es el camino de páramo que hoy se hace por Laguna del Otún.

Se reconoce al Camino de Herveo como la ruta del siglo XVI y el del Quindío como el del XVII.

El Quindío - 1553-1554 - La ruta del XVII,

Su apertura se logró bajo el patrocinio del Cabildo de Ibagué, entre 1553 y 1554, por una ruta diferente a la del páramo del Ruiz.

El capitán Melchor de Valdés, justicia mayor de la recién fundada Ibagué, con sus recursos y ayuda de los vecinos, aprovechó una depresión al sur del Quindío para comunicarse con Cartago. Era una ruta indígena que los Pijaos habían usado.

Aunque físicamente se abrió en 1553, su consolidación como camino principal es del siglo XVII. Se volvió el más frecuentado, el que comunicaba Popayán y Santa Fe, el que Humboldt llamó el paso más penoso de los Andes.

Guanacas y Barragán - Los caminos del sur.

El paso del sur, el más largo y alto, es Guanacas. Por Timaná, cerca de Popayán, se cruzaba para llegar al valle de Neiva, tomar el río Magdalena y llegar a Santa Fe de Bogotá. Camino real que unía a Santafé con Popayán y que atravesaba la cordillera Central, el cual comenzó a construirse en 1627 por Andrés del Campo.

El del centro-sur es Barragán. De Tuluá en la provincia de Popayán, se pasaba a Chaparral, que queda al sur de Ibagué. Su apertura material la hizo el capitán Juan de Lemos y Aguirre en 1637-1639 cuando fundó Tuluá, y su formalización fue el 9 de agosto de 1655, cuando celebró Capitulaciones con el Gobernador Luis de Valenzuela y Fajardo, obligándose a abrir el Camino de Barragán, que comunica el Valle de Tuluá, atravesando el Páramo de Amoyá, para salir al Valle del Saldaña en el Tolima.

El camino del Quindío y el documento denominado La Medida - 1777-1778.

Ignacio de Buenaventura entra a mediar en la reconstrucción del Camino del Quindío en 1777-1778, como teniente gobernador de Ibagué.

El camino fue medido en el año de 1778 por don Ignacio de Buenaventura, teniente gobernador de Ibagué, prócer de la Independencia, impulsor del camino del Quindío, el cual midió desde la plaza de Ibagué hasta la de Cartago, hallando una medida de 20 leguas y 1.531 varas.

Fue uno de los primeros en documentar su paso por la ruta, quien en 1777 se dio a la tarea de medir con varas la distancia entre las plazas de Ibagué y Cartago. Su hijo más conocido, Ignacio Nicolás Buenaventura Padilla, nacido en Ibagué en 1735, alcalde en 1754, juez, teniente del gobernador de Mariquita y anfitrión de Humboldt en 1801, es el autor del manuscrito La Medida.

En ese texto, Buenaventura identificó 116 secciones del camino, puntos geográficos que incluyen arroyos, paradas de descanso, paisajes, formaciones rocosas, cruces de ríos, puentes y haciendas.

En dos años, aproximadamente en 1778, el camino estaba reabierto; abarcaba unas 121.580 varas, incluyendo desviaciones, desde Ibagué hasta Cartago. Se enviaron expertos desde Santa Fe, quienes avaluaron el camino en 18.000 pesos. Como lo que los hacendados habían dado no sumaba sino 12.000, el fiscal exigió que Buenaventura entregara 6.000 de su peculio.

Construyó puentes sobre el río San Juan, rancherías de reposo para viajeros, y lo hizo tan transitable que se llegaba en 4 a 5 días cabalgando por los Andes. El escrito permite ampliar la percepción histórica de la antigua ruta, fundamental e imprescindible para los intereses republicanos de la época, por ser el encuentro vial de Antioquia, Cauca y Tolima.

Pero en el alboroto del Socorro, levantamiento atenuado por el arzobispo Góngora, los habitantes de Ibagué exigieron tumultuosamente la supresión del impuesto del camino; quemaron los puentes que había construido Buenaventura sobre el río San Juan; destruyeron las pequeñas casas rancherías que había establecido él como reposo para los viajeros, y en pocos años el camino del Quindío se volvió peor que antes de la mejoría.

Debajo del cemento que hoy cubren las carreteras, sigue la huella endurecida del indio, maestro nunca bien alabado de la ingeniería caminera.

 

Álvaro Hernando Camargo Bonilla - Compilación de blog Camino del Quindío, Crónica del Quindío y El Quindiano.

LA ARRIERÍA POR EL CAMINO DEL QUINDÍO.


LA ARRIERÍA POR EL CAMINO DEL QUINDÍO.



Memoria de una alegoría del festival camino del Quindío.

Cada 20 de julio, cuando la comunidad de Filandia celebra el Festival Camino del Quindío, se evoca el arte de la arriera.

Por el Camino del Quindío se formaron los ancestros quindianos. Sobre el territorio delimitado por la ruta, y gracias a la acción del Estado para reconstruir y sostener la vía, se diseñaron las diferentes colonizaciones.

Era una travesía dificultosa. Los cronistas del siglo XIX la describen así: se salía de Ibagué a las 7 de la mañana entre gritos de cargueros, se pasaba por Las Amarillas, Guayabal y La Palmilla, donde se empieza a ver la palma de cera, para luego llegar a Toche, al Alto de la Sepultura —donde, decían, penan los cargueros muertos de fatiga— y a Cruzgorda, que posiblemente es hoy Salento, río Quindío, Alto del Roble, Portachuelo, Novilleros, Buenavista, pavas, La Balsa, Piedra de Moler, y Cartago. Era un camino posible en verano e intransitable en la época de lluvias, que cruzaba la denominada montaña del Quindío de Ibagué a Cartago.

Las actuales carreteras son, la esencia, de ese camino que antes se hizo a punta de pezuña y zurriago.

La arriería hace parte de la identidad histórica y cultural de la Hoya del Quindío, tanto como el tesoro Quimbaya, la palma de cera, la arquitectura de bahareque, el canasto y el café. Fue, hasta los primeros lustros del siglo XX, la principal actividad y una de las profesiones más lucrativas del país.

LA ALEGORÍA PRESENTADA EN EL FESTIVAL RECREA LA HISTORIA DE LA CARAVANA.




Un pendón avisa la Arriería por el camino del Quindío. Detrás de los símbolos patrios. Banderas de Colombia, Quindío y Filandia, porque el camino fue nación antes que carretera.

Luego aparece el poder. El jefe de la caravana es el personaje de alta posición intelectual, social y económica que contrataba el viaje y el itinerario. Generalmente dignatarios oficiales, científicos o comerciantes. Va escoltado por su núcleo familiar —su esposa, al menos tres damas de compañía y los hijos pequeños, que viajaban en silletas a lomo de mula— con los menajes del viaje.

Quien realmente manda y ordena la travesía es el Caporal de la arriería. Administraba las caballerías y las cargas. A su mando caminaba el más joven y el más indispensable: el Sanguero. Es el aprendiz del oficio de la arriería, quien se dedica a cocinar, reparar los arreos, mantenimiento de las caballerías, quien, después de cargar agua en cepas de guadua descanutadas con tapón de trapo o tuza de maíz, acopia la leña, prende el fogón, y cocina los alimentos. En las jornadas de camino,  opera como campanero en los recodos del camino para evitar que dos recuas se choquen de frente en los canalones.

LA ESTAMPA DE LOS VIAJEROS ES UN MUSEO VIVO DE OFICIOS QUE YA NO TIENEN NOMBRE EN LA MODERNIDAD.


Los Silleros o cargueros. Al principio fueron indígenas sometidos a esta función; después fue un oficio remunerado ejercido por mestizos que, a lo largo de la historia del Camino, cargaron en sillas de guadua y madera, a sus espaldas, mercancías y personas.





El cazador, peón de avanzada y guardián. En los pasos difíciles abría trocha y aseguraba la carne para la comida.

El petaquero, con su indumentaria inconfundible: pantalones arremangados a la pantorrilla, camisa gruesa, sombrero alón de paja, alpargatas de cabuya, poncho y ruana de lona fuerte —la mulera—, pañuelo rabuegallo al cuello, peinilla, carriel y zurriago.



Los bejuqueros, encargados de construir la choza para pernoctar. Cortaban bijao y bejucos como el chusque, el cucharo, el chagualo, el acatorral, el cestillo, el granadillo y el tripeperro. De ellos obtenían las lías para amarrar el maderamen del refugio que levantaban al caer la tarde y tejían los canastos donde transportaban sus enseres.



También se representa el factor religioso. Viajaban curas, monjas y sacristanes encargados de la espiritualidad de la caravana.

La música no podía faltar. Al menos un grupo de cinco músicos, los zurrungueros o bambuqueros, alegraban la arriería al final de cada jornada, cuando se toldaba a la vera del camino.

LAS CARGAS Y LOS ANIMALES.



Para la arriería se empleaban bueyes y caballares. El buey se impuso por la seguridad de su pisada de pezuña hendida en los caminos peligrosos. Sobre sus lomos se cargó todo aquello que hizo posible la colonización.

Se utilizaban enjalmas y angarillas con sus arreos completos. La enjalma está formada por dos almohadillas de paja y basto unidas por una lona fuerte que va sobre el espinazo del animal. La angarilla es el aparejo del que se cuelgan los canastos, apoyado sobre sudaderos de junco o de guasca de plátano. También se usaban galápagos o sillas para caballares, sillas especiales para mujeres —para que no montaran a horcajadas— y silletas para el transporte de personas y fardos.

CADA CARGA CON SU NOMBRE.


Parihuela o barbacoa: dos guaduas con una parrilla de tablas y un nicho cubierto con toldo, utilizada para cargar enfermos o transportar cadáveres. La llevaban dos personas.

Turega: cajón para cargas de gran volumen o muy pesadas, imposible de cargar en un solo animal. Se coloca sobre dos bestias, una adelante y otra atrás, unidas por fuertes maderos.












Petacas y baúles: arcas de cuero, madera o mimbre cubiertas de piel que formaban el tercio de la mula.

El coroteo: el hogar a cuestas del colono. Es el conjunto del menaje básico que lleva consigo en su baúl al asentar sus reales: camas, colchones, calderos, ollas, bacinillas y demás enseres de la mudanza.

El avío cafetero: despulpadora, zaranda, rastrillo, romana que da exactitud al peso del grano, fumigadora —llamada cacorra porque pesa y talla— y caperuza que alumbra el camino en las faenas de la madrugada.

La carga de café: nuestro producto insigne que bajaba a lomo de mula desde estas montañas.

La carga de leche: transportada en dos cantinas antiguas, con su sobernal de queso, kumis, arequipe y cortado, base de la gastronomía caminera.

La rastra de guadua y madera: cedro, roble, nogal, granadillo, comino, laurel, guayacán, caracolí, mediacaro, barcino, guadua macana, cebolla y rayada, romerón y arrayán. Con ellas se levantó la arquitectura de la colonización.

La leña: troncos viejos para atizar los fogones. Apilada en montones cubiertos de greda y quemada, se obtenía el carbón para asar las arepas.

La caña de azúcar: transportada en dos tercios hasta la molienda, donde se transformaba en miel y panela para endulzar el café, el chocolate caliente y para destilar en el alambique el famoso tapetusa o chirrinche.

Los baúles: donde se transportaban las alhajas, la ropa y los recuerdos de la familia.

Todos estos tesoros iban asegurados con lías, sobrecargas, pisadores o cabestros, y azuzados por el arriero con el arriador o perrero de vara fina y guaraca de cuero.

EL LENGUAJE DEL CAMINO.

Toda esa parafernalia es un lenguaje que se disuelve y debe ser rescatado como testigo de la epopeya colonizadora.

Palabras que se escuchaban en los tambos y luego en las fondas camineras —que reemplazaron a las chozas de hojas de heliconia bihai que servían de abrigo—: alforjas, dos bolsas de cuero para la ropa y el dinero del viaje; damajuana, el zurrón barrigudo de doce litros para licores y melaza; guarniel o carriel de fuelle con sus secretos —la barbera, las cartas de la novia, el espejo, el peine, los dados, el naipe español, la aguja de arría, la capotera, el mechón de cabello de la moza, el colmillo de morrocoy, el yesquero para hacer fuego y la vela de cebo—; tapapinche, delantal de lona que protegía al arriero hasta las rodillas; sobernal o joto, el bulto que se ubica en el vértice de la carga.

Recrear estas representaciones culturales, con sus atavíos y sus personajes históricos —jefes, caporales, sangueros y sus bueyes y caballerías acicalados con campanillas que sonaban armoniosas para que anduvieran más aprisa—, es entender que el Camino del Quindío nunca se ha perdido. Solo cambió de bestias.

Por: Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

viernes, 23 de octubre de 2026

BOQUÍA EN LA FRONTERA DEL CAUCA.

 

BOQUÍA EN LA FRONTERA DEL CAUCA.





Nacimiento jurídico de un pueblo caminero (1840-1865).




Boquía no nació de un acta de fundación ni de colonos libres abriendo montaña. Nació de una ley. En ella se cifró el proyecto del Estado colombiano del siglo XIX: fabricar pueblos para mantener abierto el Camino del Quindío.

El Camino del Quindío: una prioridad de Estado.

Desde la Independencia, la Nueva Granada comprendió que sin camino no había nación. El Camino del Quindío, heredado del régimen colonial, era un lodazal que impuso hasta quince días de travesía entre Ibagué y Cartago. Para poblarlo, el Congreso no envió un ejército; ofreció tierra.

Ese corredor fue la puerta obligada a la montaña del Quindío. El sitio que hoy se conoce como Boquía fue durante la primera mitad del siglo XIX la entrada a esa frontera del Estado Soberano del Cauca.

Dos leyes que fundaron un pueblo.          

Dos disposiciones marcaron el nacimiento jurídico de Boquía:    

Ley de 26 de mayo de 1835: concedió 25.000 fanegadas de tierras baldías a los empresarios que se comprometieron a abrir y mantener el Camino del Quindío.

Ley de 27 de mayo de 1842: concedió 20 fanegadas a cada individuo que se estableció en la montaña del Quindío.

Al amparo de esta segunda ley, a principios de la década de 1840, se formó un tambo en el sitio de Boquía, a orillas del río Quindío. No fue un pueblo agrícola tradicional, sino una infraestructura caminera: un conjunto de posadas para albergar viajeros, potreros para el descanso de las mulas y pequeños desmontes para la siembra de maíz. El Estado lo denominó oficialmente como asentamiento de cultivadores en las montañas del Quindío. Boquía fue, desde entonces, hija de la política de baldíos sobre el Camino.

Poblar fue un servicio público.

La adjudicación no fue una dádiva. Fue un contrato con obligaciones, codificadas en los artículos 94 y 95 del régimen de baldíos de la época:

1.  Los cultivadores debían situarse en las fajas de terreno que seguían el curso de los caminos, unos a continuación de otros.

2.  Fue condición implícita de la concesión mantener constantemente desmontada la parte del camino fronteriza a sus posesiones.

Cada colono recibió su lote de 20 fanegadas con la doble condición de habitar al borde del camino y de mantenerlo libre de monte. Poblar fue, en aquel contexto, una prestación de servicio público. Por eso Boquía nació a orillas del camino.

Para mediados del siglo, ese asentamiento ya había sido elevado a Distrito Parroquial de la Provincia del Quindío, con cabecera en Cartago, perteneciente al Estado Soberano del Cauca dentro de la Confederación Granadina.

1859: Boquía en el mapa de la República.

Boquía apareció en la cartografía oficial del Estado en la Ley de Elecciones del 26 de abril de 1859, por la cual la Confederación reorganizó al Cauca en diez Círculos Electorales. El 4º Círculo, el de Cartago, estuvo compuesto por Ansermanuevo, Ansermaviejo, Boquía, Cabal, Cartago, Condina, Chinchiná, Marmato, Naranjo y Nueva Palestina, entre otros.

En 1859, justo antes de la gran colonización antioqueña, Boquía ya era una jurisdicción reconocida, con alcalde parroquial y derecho a voto. Existió jurídicamente porque se le habían otorgado baldíos.

Las tierras baldías y la paradoja jurídica.

El problema de Boquía quedó consignado en la Gaceta Oficial de la Confederación Granadina, entre marzo y septiembre de 1859, bajo el título: Informe del Poder Ejecutivo sobre si a los pobladores del Distrito de Boquía se les han otorgado las tierras baldías a que tienen derecho, en virtud de la Ley 7ª, Parte 5ª, Tratado 1º de la Recopilación Granadina.

Ese informe condensó la paradoja del Quindío a mediados del siglo XIX: una frontera que el Estado quiso colonizar, pero que no logró controlar.

El marco jurídico invocado reveló la contradicción. La Confederación Granadina (1858-1863) se rigió por la Constitución federal de 1858. El Cauca fue autónomo en su régimen interior, pero las tierras baldías siguieron siendo competencia nacional.

La Recopilación Granadina, publicada en 1845 por Lino de Pombo, había recogido las leyes españolas e indianas aún vigentes. Aquella Ley 7ª era la vieja norma castellana de las Siete Partidas que obligaba a dotar a toda población de nueva creación de ejidos, dehesas y tierras de propios: hasta cuatro leguas cuadradas para su sustento y futuro crecimiento.

La pregunta que el Congreso de 1859 le formuló al Ejecutivo fue, por ello, reveladora: ¿debía aplicarse a Boquía esa dotación ejidal por el solo hecho de ser una nueva parroquia, conforme a derecho, o se requirió una adjudicación extraordinaria de 6.000 hectáreas mediante una ley especial?

 

Ese mismo año se intentó su consolidación definitiva. El 16 de marzo de 1859, el Senado de la Confederación, en Bogotá, abrió el primer debate del proyecto de decreto que concedía 6.000 hectáreas de tierras baldías a los pobladores del Distrito Parroquial de Boquía. El proyecto fue aprobado en el Senado el 18 de marzo.

No se trató de un nuevo reparto individual, sino de un ejido comunal, conforme a lo previsto por la Ley 7ª, para tierras de propios y de uso común.

El proyecto superó el trámite en el Senado, pero encontró resistencia en la Cámara de Representantes. Temerosa de abrir la puerta a la especulación con baldíos en una zona donde ya litigaban colonos pobres, empresarios del camino y hacendados de Cartago y de Antioquia, la Cámara optó por mantener a Boquía bajo el régimen precario de las 20 fanegadas individuales. La negativa fue decisiva. Su fundación fue, por tanto, un acto del Estado, no de colonos espontáneos.

El río y el traslado: de Boquía a Salento.

Pocos años después, en 1865, una creciente del río Quindío destruyó gran parte del caserío. Al carecer de una reserva ejidal a donde desplazarse, los pobladores se vieron obligados a ascender a la cuchilla y fundar, a un kilómetro de distancia, en el sitio de Barcinales, la Nueva Boquía, que ese mismo año de 1865 tomó el nombre de Villa de Nueva Salento.

De ahí el proverbio que aún resume la historia regional: Boquía es la madre de Salento y Salento es el padre del Quindío.

La historia de Boquía fue la historia misma del poblamiento dirigido en la frontera caucana. El Estado colombiano del siglo XIX intentó fabricar pueblos, no mediante fundaciones solemnes, sino mediante la adjudicación de baldíos a cambio de camino. Nació por una adjudicación en el año de 1842.

 

Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

LA CORDILLERA CENTRAL Y EL PASO DEL QUINDÍO.


LA CORDILLERA CENTRAL Y EL PASO DEL QUINDÍO.



Un territorio de pródiga evocación histórica, la Cordillera Central es una proyección de la gran dorsal de los Andes. Notable por lo quebrado de sus formaciones y por el esplendor de su ancho y prolongado relieve, domina el centro del país.

Corre entre la Cordillera Occidental, al occidente, y la Cordillera Oriental, al oriente. Al occidente, la Occidental la separa del Pacífico chocoano; al oriente, la Oriental —cuyo macizo del Sumapaz es uno de sus contrafuertes más conocidos— la separa de los Llanos y la Amazonía.

Lo que los cronistas denominaban un ramal que separaba la antigua provincia de Mariquita y el valle del Cauca de Antioquia, hoy lo reconocemos como el eje de la Cordillera Central. Es la divisoria de aguas entre las dos grandes cuencas del país: la del río Magdalena, al oriente, y la del río Cauca, al occidente.

En ese eje se localiza la formación conocida como las montañas del Quindío, que hoy marca el límite entre Quindío, Tolima, Risaralda y Valle del Cauca. Su paso, histórico y vigente, articula el oriente con el suroccidente al comunicar el valle del Magdalena con el valle del Cauca, en el corredor entre Ibagué y Armenia-Cartago.


En su núcleo se alza el Nevado del Tolima, de silueta troncocónica —el "cono de azúcar" de los viajeros del siglo XIX— con 5.215 m s.n.m. y glaciares perpetuos. Hace parte del Parque Nacional Natural Los Nevados y, en mañanas despejadas, es visible desde el altiplano bogotano.



El punto culminante del antiguo Camino del Quindío, el Boquerón del Páramo del Quindío, se ubicaba sobre los 3.962 m s.n.m., los 13.000 pies que citan las crónicas. Desde allí, hacia el occidente, se dominaba a 110 o 130 kilómetros la Cordillera Occidental sobre el Chocó biogeográfico: un conjunto de montañas de flancos abruptos, cubiertas de bosque altoandino y selva de niebla, que parecía imposible de cruzar por un estrecho sendero en espiral. Hoy ese mismo paso es atravesado por la vía nacional Ibagué-Armenia, con el Alto de La Línea a 3.265 m s.n.m. y el Túnel de La Línea —8,65 km a 2.420 m s.n.m.—, obra que resume cinco siglos de esfuerzo tenaz por allanar la cordillera.

UN CAMINO UNE DOS VALLES.


Desde la Conquista, el Quindío fue más que una barrera natural: fue un corredor.

Con motivo de la sublevación de Álvaro de Oyón en el sur, se ordenó a Juan Montaño marchar como Capitán General a la defensa de Popayán. Se encaminó por la vía del Quindío hacia Cartago y Cali. Cuando llegó, la rebelión ya había sido debelada.

Poco antes, en territorio del cacique pijao de Ibagué, en una meseta alta, se había fundado San Bonifacio de Ibagué. El establecimiento fue provisional —octubre de 1550—, pues en febrero del año siguiente fue trasladado leguas más abajo, al sitio que hoy ocupa, a orillas del río Combeima y al pie de la montaña del Quindío, en lugar ameno y apacible. Recién fundada Ibagué, el Justicia Mayor Melchor Valdés abrió el camino del Quindío que une el valle del Magdalena con el del Cauca. Esa sería la misma vía que recorrería Montaño y, durante tres siglos, todo el comercio y la tropa entre el centro y el suroccidente.

Siglos después el camino seguía siendo una trocha precaria. El 25 de noviembre de 1760 el virrey Solís proyectó mejorar los caminos del Quindío y de Antioquia, que no eran más que senderos deficientes. No logró su propósito por la indiferencia de los colonos y la escasez de los fondos públicos.

El impulso republicano llegó con la administración de Herrán. Entre sus actos de mayor aliento se contaron el censo de 1843, que arrojó 1.931.684 habitantes; la mejora del camino del Quindío entre Ibagué y el valle del Cauca; el empadronamiento de los esclavos y la ley de libertad de vientres; la organización de las universidades, la mejora de cárceles y correos, el fomento de la enseñanza primaria y las exposiciones anuales de productos artísticos e industriales entre 1841 y 1843. Por disposición del Congreso de 1844, don Lino de Pombo elaboró la Recopilación Granadina.

Aquel sendero abierto por Valdés es hoy el corredor vital del centro del país, la Ruta Nacional 40. Lo que fue camino de cargueros y de mulas es hoy la arteria que sigue uniendo, como hace cinco siglos, los dos valles.

CARTAGO, UNA ENCRUCIJADA DE CAMINOS.



La llave occidental del paso fue Cartago. Asentada en un risueño y reducido valle limitado al norte por colinas onduladas cubiertas de vegetación y pastizales, a 4°36' de latitud norte, contaba entonces con 3.000 habitantes y tres iglesias —una de ellas con convento de padres franciscanos donde residían diez frailes—. Allí se conseguía buen pan, porque la harina se traía de Bogotá por el camino del Quindío. Todo el distrito alcanzaba las 9.000 almas.

Cartago era una encrucijada donde convergían cuatro caminos: al oriente, el que conduce a Mariquita y a Bogotá cruzando las montañas del Quindío; al occidente, el que lleva a Citará y Nóvita, en el Chocó; al sur, el que va a Popayán, Pasto y Quito; y al norte, el que comunica con Antioquia. Por esa posición estratégica, sufrió grandes daños durante las guerras.

Una gira habitual de la época se iniciaba en Santa Fe, pasaba por Neiva, cruzaba los Andes para llegar a Popayán, avanzaba por Cali hasta Cartago para trasmontar nuevamente los Andes por la ruta del Quindío y regresaba a Santa Fe por Ibagué y Tocaima.

Proyección: Cartago sigue siendo la encrucijada. Lo que fueron cuatro caminos reales es hoy el nudo vial donde se cruzan el norte del Valle del Cauca, el Eje Cafetero, el Chocó y Antioquia. De pueblo de 3.000 almas a ciudad de más de 130.000 habitantes, mantiene su vocación de puerto terrestre: por allí siguen entrando las mercaderías de la sabana hacia el occidente, ya no a lomo de mula por el Quindío, sino por la Troncal de Occidente y la vía Armenia-Cartago.

EN TIEMPOS PASADOS ATRAVESAR EL QUINDÍO ERA UNA ODISEA.




El relato de un viajero que cruzó a pie en diciembre de 1824 —nueve días sin una gota de lluvia, fortuna singular— resume la dureza del paso.

En Cartago, el juez político advertía que, por haber fiestas en Ibagué, no se esperarían peones por algún tiempo y que convenía enviar un propio con carta especificando cuántos hombres y bestias se necesitaban. El camino se mantenía aceptable durante tres cuartos de legua; luego se volvía tan cenagoso que había que apearse y vadear charcos con botas altas y grandes espuelas, para regocijo de los peones.}

Cuatro días de buen andar se empleaban en atravesar el tramo conocido como La Trucha, región anegadiza y cenagosa. Superada, se pisaba por fin terreno firme. En Ibagué había entre trescientos y cuatrocientos hombres que vivían exclusivamente de cargar personas y fardos por las montañas, en sillas a la espalda: los cargueros.

El camino cruzaba el río Quindío, que corre hacia el sur y desemboca en el río de La Vieja, y más adelante el río San Juan, que tuerce al sureste para desembocar en el Magdalena. En trayectos de hasta dos leguas continuas, la senda se convertía en un túnel oscurísimo de tres o cuatro pies de anchura, con vegetación tupida a lado y lado. Había que avanzar alerta para no herirse con picos de roca, con las lancetas espinosas de las guaduas o con la ramazón de árboles caídos. Cuando dos partidas se encontraban de frente, los peones disputaban cuál debía retroceder, sobre todo si llevaban bueyes o recuas de mulas. El buey, más fuerte que la mula, cargaba de ocho a diez arrobas de sal en fardos pequeños colocados a los lados del anca para pasar por los desfiladeros y podía salir avante en lodazales donde una mula quedaría anegada sin remedio.

La noche era cada vez más fría y las cobijas se hacían imprescindibles bajo la tienda. Se veían bandadas de pavos silvestres, huellas frescas de tigre y de oso negro y, ya en la cumbre, rastros de danta —el tapir de páramo, de pezuña hendida, piel leonada oscura, muy veloz y mayor que un asno—, animal de altura al que rara vez logran acercarse los cazadores. Los silleros traían resina ambarina de olor agradable del árbol llamado patilla, usada como incienso. Cerca de Ibagué se habían encontrado depósitos de mercurio y, al borde del camino, dos fuentes ferruginosas —una hirviendo, otra apenas tibia— con azufre esparcido alrededor, mariposas de color carmelita oscuro con manchas rojas brillantes y bandadas de micos que se asomaban con curiosidad haciendo muecas.}

Hacia las dos de la tarde se llegaba a un tambo, ramada o cobertizo para viajantes, mensaje humilde de la civilización en medio del descenso hacia los llanos de Ibagué, ya con ambiente más tibio.

Proyección: lo que fue odisea de nueve días es hoy tránsito de tres horas. Los túneles de vegetación fueron reemplazados por el Túnel de La Línea; los lodazales de La Trucha, por viaductos; los bueyes salineros, por tractomulas; y los tambos, por paradores. Pero en la toponimia y en la memoria de los arrieros del Quindío perviven los cargueros, los silleros y aquel estrecho sendero en espiral que enseñó al país que la Cordillera Central no se rodea, se atraviesa.

IBAGUÉ, PUERTA DEL ORIENTE.




Tras una extensa plantación de maíz se llegaba a Morales, rancho solitario a ocho leguas españolas de Ibagué. Allí las alpargatas se gastaban y los talones quedaban desollados. El descenso final es sumamente pendiente y casi imposible para las mulas en estación lluviosa.

Ibagué recibía al viajero en un antiguo convento franciscano, entonces destinado a escuela pública. Su clima era muy agradable, con una temperatura media de 74 grados al mediodía. El juez político, señor Ortega, hermano del gobernador de Popayán, proveía lo necesario. Allí se liquidaba a los peones, con propina de veinte pesos si el comportamiento había sido inobjetable.

Ibagué era tierra de temblores. El cronista despertó una noche sintiendo que la cama se movía como una zaranda y los muebles se estremecían. Muchos habitantes pasaban la noche en la calle. Durante los dos meses anteriores se habían sentido temblores frecuentes, atribuidos a un tiempo inusitadamente bochornoso sin lluvia que había arrasado sementeras. En la cordillera, no muy lejos, estaban las bocas de monte o cráteres que los habitantes cuidaban de mantener destapados como medida preventiva contra los sismos. En Honda, capital de Mariquita, unida a la ciudad por un largo y elevado puente sobre el río Gualí, las clases acomodadas se habían refugiado en chozas improvisadas en las montañas circunvecinas.

Fue en ese convento donde el gobierno quiso fundar un colegio central, por su situación equidistante, salubridad y abundancia de víveres, para jóvenes del Valle del Cauca, Mariquita, Chocó y Antioquia, siguiendo el plan de estudios de Bogotá. Obra impulsada por el vicepresidente Santander y su ministro del Interior, Restrepo, para extender la enseñanza a todas las clases sociales.

Así, la Cordillera Central no es solo una mole geológica entre Chocó y Amazonía. Es un corredor histórico: camino de capitanes y cargueros, de bueyes salineros y de viajeros que midieron su resistencia en páramos de 13.000 pies, entre el barro de La Trucha y el frío de la cumbre, para unir —a pie, a lomo de mula y a hombros humanos— los dos grandes valles de Colombia. Hoy, en ese mismo eje, se asienta Armenia —fundada en 1889 por colonos antioqueños que cruzaron el Quindío— capital de un departamento que nació del camino.

 

Por: Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

 

Fuentes: Peña, Heliodoro. Geografía e Historia de la Provincia del Quindío. 1892.

Acosta, Joaquín. Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva Granada. 1848.

John Potter Hamilton. VIAJES POR El INTERIOR DE LAS PROVINCIAS DE COLOMBIA POR El CORONEL J. P. HAMILTON, RECIENTE JEFE COMISARIO DE SU MAJESTAD BRITANICA ANTE LA REPUBUCA DE COLOMBIA EN DOS TOMOS. LONDRES. JOHN MURRAY, ALBEMARLE STREET, MDCCCXXVII

Belver, José. Artículos publicados en el *Papel Periódico Ilustrado* de Bogotá, 1881 y 1885.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

LA CONQUISTA DE LOS PIJAOS.

 

LA CONQUISTA DE LOS PIJAOS.



Pijaos: los de Combaima -Valle de las Lanzas-, Metaima, Ibagué, Anaima, Matagaima, Toche y Tocina.

LAS JORNADAS DEL CAPITÁN ANDRÉS LÓPEZ DE GALARZA.





Motivación: abrir el camino entre las Gobernaciones de Santafé y Popayán.

Después de fundada la Real Audiencia y Cancillería del Nuevo Reino de Granada en abril de 1550, siendo oidores los licenciados Góngora y Galarza, la primera comisión que se dio para poblar fue para el Capitán Andrés López de Galarza, que antes había sido Contador de la Real Hacienda en Santafé.

Entre Tocaima, del Nuevo Reino, y Cartago, de la Gobernación de Popayán, había varias poblaciones de indios muy belicosos que impedían el paso directo entre una y otra gobernación. Por su causa, los viandantes y el comercio tenían que hacer un rodeo larguísimo y peligroso por Neiva y Timaná, cruzando un páramo despoblado, frío y mortal, donde se helaban y perecían muchas personas.

Para remediarlo, los vecinos de Santafé y Tocaima pidieron a la Audiencia que se pacificaran los Valles de las Lanzas y de Choa, y a todos los naturales comarcanos entre Cartago e Ibagué, y que se poblase un pueblo que asegurase el camino real. Alegaban tres razones: se abriría el comercio, los naturales serían doctrinados y puestos bajo la Corona y la Iglesia, y la tierra mostraba, según decían, grandes indicios de minas de oro y plata.

A los Oidores les pareció justa la petición. Informados de la braveza y crueldad de los indios del Valle de las Lanzas, que vivían en guerras continuas unos contra otros, nombraron a Galarza como Capitán y Justicia Mayor. Le dieron una facultad que ya no se acostumbraba: poder juntar gente de a pie y de a caballo y encomendar los indios que pacificase a los soldados de la jornada.

El ejército y sus métodos,

Galarza aceptó y en pocos días juntó 93 españoles al otro lado del Río Grande, en el paso de la canoa de Montero. 40 iban a caballo y el resto eran peones, todos bien aderezados con armas de hierro y de algodón, según la usanza de Indias. La reseña la hizo ante Juan de Avellaneda, Alcalde de Santafé, quien debía verificar que nadie fuera forzado.

Llevó consigo al sacerdote Francisco González Candis con todo lo necesario para decir misa. Un día después de San Juan de junio de 1550, partieron en buen orden hacia el Valle de las Lanzas. Llegaron a principios de julio.

Galarza era hombre de buena habilidad, cortesano y bien hablado. Antes de entrar en combate, publicó unas ordenanzas muy rigurosas: prohibió bajo grave castigo los pecados públicos, las blasfemias y los juramentos; prohibió que los soldados, por avaricia, robasen haciendas y comidas a los naturales; y mandó conservar en paz a todos los indios que diesen la paz, sin hacerles agravio en sus personas, hijos ni mujeres. Nombró por sus tenientes a los capitanes Francisco de Prado, vecino de Tocaima, y Juan Bretón, vecino de Timaná.

La entrada a Combaima y Metaima.

Los españoles se alojaron en el Valle de las Lanzas, al que sus propios moradores llamaban Combaima. Gracias al buen tratamiento, todos los indios de aquel valle dieron la paz y les proveyeron de comida. Galarza evitó entrar en sus pueblos para no dar ocasión a que soldados e indios ladinos de servicio les hicieran daño y se rebelasen.

Guiado por indios de Combaima, tomó la vía de Metaima, a tres leguas de distancia. Los de Metaima, avisados por sus espías, intentaron impedir el paso derribando todos los árboles de un arcabuco de dos leguas para que no pasaran los caballos. Fue inútil, porque los españoles llevaban hachas y machetes y Lope de Salcedo abrió un camino nuevo.

Viendo frustrado su ardid, los principales de Metaima, llamados Ibone y Otopne, salieron con sus mujeres e hijos cargados de maíz, turmas, ñames, apios, guayabas y otras frutas. Los aposentaron en sus caneyes. Aguado describe los caneyes: casas de vara en tierra, no muy anchas, de 70 a 100 pasos de largo, cubiertas de palmicha o paja, donde vivía toda una parentela de 50 personas o más.

Galarza les habló por medio de intérpretes de la fe católica y del Rey de Castilla, a quien los indios llamaban en su lengua Xe Amima, y les pidió guías. Los indios se alegraron más de esto último que de lo demás, pues temían el gasto de sustentar a los españoles. Aun así, Galarza se detuvo tres días.

El río Tolima y la batalla del cacique Laembiteme.

Salidos de Metaima, dieron con el río Tolima. Tolima, en lengua de la tierra, quiere decir nieve, porque baja del nevado de Cartago y sus aguas son de deshielo. Lo hallaron muy crecido y sin vado, porque los indios de Ibagué habían destruido los puentes. Los españoles hicieron puente con los caballos y pasaron gente y bagaje.

Al otro lado, en la junta de los ríos que bajan de Anaima y Matagaima, había una meseta llana de media legua donde el cacique Laembiteme tenía gran parte de su población y más de dos mil indios de guerra esperando en el único paso por donde podían subir los caballos.

 

Los Pijaos tocaron fotutos y cornetas hechas de canillas de indios muertos, dieron grandes alaridos e hicieron ademán de arrojar sus armas. Antes de pelear, amonestaron a los españoles por medio de intérpretes: que se devolvieran si no querían ser sepultados en sus vientres.

Los capitanes quisieron arremeter, pero Galarza los contuvo y, como era su costumbre, les hizo requerimiento de paz: que no venía a hacerles guerra, sino a darles a conocer al Dios verdadero y a pedir obediencia al Rey. Se detuvieron parlamentando hasta la puesta del sol. Finalmente, los indios abandonaron el paso y dejaron subir a los españoles sin pelea, los aposentaron en sus propias casas y esa misma noche se ausentaron con mujeres e hijos.

El Valle de Anaima: armas, emboscadas y fingimiento.

En pocos días, Galarza atrajo de paz a los valles comarcanos: Matagaima, que tenía dos leguas y media de largo, y Anaima, de cuatro leguas, todo lo raso poblado.

Las armas pijao:

Lanzas de 25 a 30 palmos hechas de guadua hendida, con puntas de palma negra muy recia; escudos o protecciones de cuero de danta seco, muy ligero, que colgaban del cuello y ponían adelante al pelear y a la espalda al huir; dardos arrojadizos de un palmo, macanas agudas a manera de montantes de palma negra, hondas con las que tiraban piedras del tamaño de un huevo, y hachas de cobre.

Eran tan diestros, dice Aguado, que cualquier natural no rehusaba esperar uno por uno a cualquier español a pie quedo, y si en armas tuvieran igualdad, hasta hoy estuvieran por conquistar.

Los de Anaima dieron muestras de paz y luego traicionaron. Cuando Lope de Salcedo entró con pocos soldados a reconocer el camino, sin caballos ni arcabuces, lo cercaron en gran número - quince o veinte indios por cada español - y lo pusieron en grave aprieto, peleando día y noche. Avisado Galarza por indios amigos, envió socorro y juntos los desbarataron.

Para la batalla definitiva, los de Anaima prepararon una trampa en un llano a la orilla de una quebrada: abrieron una gran cantidad de hoyos de dos estados de hondo, llenos de estacas de palma con las puntas hacia arriba, cubiertos con varas, paja y tierra. Cada hoyo podía caber dos hombres a caballo. Se apostaron junto a ellos para provocar la arremetida española.

Galarza, fiel a su costumbre, se detuvo antes de la quebrada a requerirles la paz. Los indios, creyendo que era temor, abandonaron el puesto y huyeron entre los hoyos. Los españoles los siguieron con pereza, por no derramar sangre. Solo Juan Ortiz de Zárate, vizcaíno, queriendo señalarse, se adelantó a caballo con furia y cayó con su caballo dentro del hoyo sobre los indios que habían caído primero. Como los cuerpos de los indios ocuparon las estacas, Ortiz y su caballo salieron sanos y salvos, y así se descubrió la celada.

Durante más de veinte días corrieron el valle. Los indios ya no osaron pelear en llano; se ponían en los altos a dar gritos y a echar a rodar peñas de diez, quince y veinte quintales, movidas con palancas, sin que por fortuna hicieran daño.

 

En ese tiempo ocurrió el caso del soldado extranjero Nicardo, que, codicioso de oro, envió a su indio ladino a decir a los naturales que el Capitán exigía oro so pena de guerra. Así les sacaba chagualas de oro fino. Fue descubierto una noche cuando el ladino entró con un principal al real, las velas dieron alarma y se supo el engaño. Galarza fingió querer castigar a Nicardo e incitó a los soldados a rogar por él para poner escarmiento, pero al ladino lo azotaron públicamente y le cortaron el cabello.

Finalmente, muchos valles dieron la paz de todo punto, entre ellos el cacique más principal, Bombo. Galarza le preguntó si del otro lado de la cordillera central, entre el Magdalena y el Cauca, había poblazones y españoles. Le dijeron que sí había mucha gente, que después se supo eran Bugalagrande, donde pobló el capitán Alonso de Fuenmayor, y los Gorrones que sirven a Cali. Envió soldados a la sierra a mirar los humos y vieron pocas casas, creyendo estar cerca de Cali. Por eso acordó no seguir hacia el Cauca y volverse hacia Ibagué.

Fundación de Ibagué y entrada a Toche.

En el camino a Ibagué tuvo algunas guazábaras sin daño. Se alojó en el mejor sitio del valle y allí, en 1550, haciendo las ceremonias acostumbradas, fundó y asentó la ciudad de Ibagué, poniéndole el nombre de la provincia.

De allí salió al descubrimiento de Toche, donde halló abundancia de comida. Envió a dos soldados, Nicardo y Hoyos, a reconocer una sierra cercana. Por codicia se desviaron a ranchar oro en unas poblazones de Toche. Los indios los mataron miserablemente y, como era costumbre pijao, les desollaron los rostros para usarlos como máscaras en sus bailes y borracheras.

Galarza envió un caudillo a buscarlos. Halló los cuerpos puestos como blanco de flechas, con los rostros desollados, en una placeta entre bohíos. Los enterraron en una montañuela. Galarza regresó a Ibagué a pertrecharse, volvió a Toche, requirió la paz y, al negársela, los desbarató con los caballos. De más de quinientos indios que vinieron a la guazábara, no volvió la décima parte. Luego pacificó Tocina, junto al morro nevado, y regresó a Ibagué, donde repartió y encomendó los indios entre sus soldados según sus méritos.

La gran rebelión pijao de 1550 y el cerco de 40 días.

Repartidos los indios, los encomenderos quisieron servirse de ellos, llamándolos a hacer casas y labranzas y pidiéndoles oro e hijos e hijas para servicio, a veces dándoles palos y azotes. Los indios, muy agraviados, sobre todo cuando les tomaban a sus hijas, trataron entre sí que era mejor morir que sufrir tales afrentas.

Se concertaron todas las provincias comarcas e hicieron primero una borrachera general -porque creen, dice Aguado, que borracho el indio tiene mayores bríos-. Juntos, más de ocho mil indios, dieron sobre Ibagué en 1550.

Aunque los españoles fueron avisados y se pusieron en armas, no pudieron desbaratarlos. Los tuvieron cercados por cuarenta días, sin dejarlos salir por comida ni por agua, dándoles cada día crueles guazábaras.

 

Viendo que aumentaba la multitud y que desfallecían de hambre, Galarza envió a dos indios en tiempos diferentes con cartas a la Real Audiencia de Santafé pidiendo socorro con la mayor brevedad, si no querían que fuesen todos muertos y consumidos.

Al ver que el socorro tardaba y que las municiones se acababan, acordaron salir todos juntos a morir o vencer. Arremetieron por una cuchilla arriba donde estaba la mayor parte de los indios. Los bárbaros arrojaron tantas galgas y piedras que tuvieron que rodear por una ladera con algunos arcabuceros delante. Era tanta la muchedumbre en la cuchilla, que unos por defender la subida y otros por huir, se atropellaron y se arrojaban cuchilla abajo, donde eran recibidos con las puntas de las espadas. Otros se fueron al pueblo y quemaron las casas que habían hecho para los españoles.

Ganada la cuchilla con mucho daño a los indios, los españoles se volvieron al pueblo a descansar y ya trataban de despoblar, creyendo muertos a los mensajeros.

Al día siguiente llegó, enviado por la Audiencia, el socorro del Capitán Salinas y Domingo Lozano con más gente. Juntos pacificaron y allanaron todas aquellas provincias y las dejaron muy de paz y en servidumbre.

Estas dos rebeliones -la de Toche y esta- fueron causa de que de ocho mil indios que había en las provincias de Ibagué quedasen tan pocos, que, aunque después se hallaron minas de oro y plata, los vecinos no tuvieron gente con qué labrarlas. Añade que cinco o seis años después se tornarían a rebelar junto con los Panches y los de Mariquita.

Describe a los pijaos de Ibagué como grandes comedores de carne humana, con poco algodón para mantas, las mujeres muy feas con bonetes de cuero de venado que les recoge el cabello, sin caciques supremos sino mandados por principales a quienes obedecen cuando quieren. Y que el sitio donde está asentada Ibagué es del mejor y más suave temple que hay en aquellas partes, ni cálido ni frío.

 

> Fuente: Fray Pedro de Aguado, Recopilación Historial, Libro VII, Caps. I-V.