jueves, 4 de noviembre de 2021

Viajes por el interior de las provincias de Colombia de John Potter Hamilton (1823).

 

Viajes por el interior de las provincias de Colombia de John Potter Hamilton (1823).  






En el año de 1823, el Gobierno Británico dispuso enviar una  comisión a la reciente república constituida en Colombia. La comisión la conformaban barios dignatarios, ente los cuales estaba el coronel John Potter Hamilton.

Desde el litoral Caribe navegó por el río Magdalena hasta Honda, de donde continuo el viaje por el camino real de Honda hasta Bogotá.

El 14 de septiembre de 1823 emprendió viaje con el fin de visitar el Valle del Cauca, en compañía de un grupo de viajeros conformado por el señor Cade, su secretario, su cocinero Edle y dos sirvientes uno inglés y el otro alemán, quienes hablaban bien el español.  Su equipaje y provisiones calculadas para el consumo de un mes (galletas, carne de vaca salada cortada en tajadas finas, chocolate, etc) se trasportaba en tres mulas propias y otras alquiladas.

Después de recorrer las aldeas de Bojacá, La Mesa, Tocaima, orillas del río Magdalena, El Espinal, Purificación, Villa Vieja, Neiva, Campo Alegre, El Lobo, El Ancón, La Plata, Inzá y Corales efectuó el duro y peligroso paso del páramo de Guanacas. Llegó a Popayán en la tarde del miércoles 8 de octubre de 1823.

Una vez realizado un amplio itinerario en Popayán y sus inmediaciones, partió rumbo a Cartago, en donde a continuación de una expresiva experiencia de su  estadía, emprendió su regreso a Bogotá por el camino de los Andes del Quindio.

A continuación su relato de viaje.

SU TRAVESÍA POR EL CAMINO DEL QUINDIO.

Al fin llegó la buena nueva de que el juez político de Ibagué estaba adelantando activas diligencias para conseguir el número necesario de silleros, peones y mulas, pues había recibido órdenes del gobierno de que nos prestara toda clase de ayuda; así es que el 20 de diciembre llegaron a Cartago los hombres y las mulas.

El 21 vino el juez político a decirnos que los peones necesitaban, antes de emprender el camino de regreso a Ibagué, descansar un día y ocuparse en comprar algunas cosas que les faltaban. Se pasaron algunas horas de la mañana en pesarnos escrupulosamente.

Yo resulté pesando siete arrobas menos cinco libras, y Mr. Cade cinco completas. Nos divirtió mucho ver a los dos silleros que creían tener que cargar conmigo por el paso de las montañas, mirarme con fijeza de alto a abajo. Como el juez les preguntara qué opinaban de mi peso, respondieron que podrían cargarme sin dificultad alguna y que en anteriores ocasiones habían podido con personas todavía más corpulentas. Por lo que el juez político les había dicho
en Ibagué se habían formado la idea de que el cónsul general inglés
(título que me daban siempre) era personaje de mucho mayor envergadura. La expedición contaba con cuatro silleros, catorce peones para cuidar del equipaje y tres mulas de remuda, fuera de las que montábamos y una especie de capataz o comandante cuyo ascendiente sobre el personal, si va a decir verdad, no era muy grande.

Siguiendo el consejo del señor Rodríguez, desistimos de llevar con nosotros el moro de Mr. Cade, que cojeaba por habérsele puesto mal las herraduras. Se convino en pagar diez y seis pesos a cada uno de mis silleros, diez a los te Mr. Cade y de Edle y nueve a cada uno de los peones. Por mi parte, les ofrecí una buena propina si quedaba contento del servicio y conducían la carga con cuidado. Corre a cargo del empresario de los silleros y peones la alimentación, consistente en carne cecina, tanto de res como de cerdo, plátano y arroz en determinada cantidad por persona. Con satisfacción oímos al señor Rodríguez afirmar que estos cargueros eran muy diferentes de los bribones que se emplean para tripular los champanes subiendo el Magdalena. |Y tengo para mí que si no llegaban a ser mejores, peores no podrían serlo en ningún caso.
El artefacto de que se valen para cargar el equipaje es una especie de armazón de guadua, de tres pies de largo aproximadamente, con un travesaño en la parte inferior donde se afianza el bulto.

Luego se le asegura con correas hechas de la corteza de ciertos árboles, cuyos extremos se anudan a guisa de arnés sobre los hombros y a través cruzando el pecho del peón; además sostienen con la frente otra correa que va adherida a los extremos superiores del armazón de guaduas que llevan a la espalda. Tienen buen cuidado, desde luego, de poner sendas almohadillas sobre la frente y la espalda para precaverse de las magulladuras. Por lo demás, andan desnudos, con sólo un pañuelo ceñido a la cintura. Las sillas para cargar personas sólo difieren de las descritas arriba en que llevan sostenes para el apoyo de los brazos y los pies del pasajero. El peso que ordinariamente carga un peón es de 100 libras, pero muchos, en ocasiones, llevan uno mayor y algunos han llegado a cargar hasta ocho arrobas; no obstante este impedimento andan ágilmente deteniéndose rara vez a descansar. Tuvimos la satisfacción de ver que el juez político se ocupaba con toda solicitud y acuciosidad en la tarea de tener todo listo y bien dispuesto para nuestro viaje por las montañas. Recomendaba además, con ahínco, a los peones que se portaran con diligencia y esmero durante la jornada que íbamos a emprender.

En la mañana del 22 de diciembre habíamos terminado todos los preparativos y nos aprestábamos ya a partir de Cartago, cuando creí oportuno dirigirme a mis criados para decirles que no debían pensar, remotamente siquiera, en hacerse cargar por los silleros a menos de llegar a enfermarse en el camino, orden que tuve la satisfacción de ver estrictamente acatada. Luego de despedirnos del juez político, de M. de la Roche y de otros tres caballeros allí presentes sin olvidar naturalmente, a las chicas silbadoras, siendo las nueve de la mañana emprendimos camino hacia las montañas del Quindío, montando nuestras mulas, pues era mi propósito cabalgar hasta donde fuera posible.

Encontramos el camino en no muy malas condiciones por espacio de tres cuartos de legua; más adelante estaba tan cenagoso que me vi obligado a apearme para vadear los charcos, calzado como estaba de botas altas y grandes espuelas, con gran diversión para los peones, naturalmente, pero con no menor mengua de mis reservas de grasa. Después de llegar a un alto, la bajada a lomo de mula por las veredas resbaladizas y fangosas era empresa rayana en lo temerario. En estos casos era de ver cómo las mulas, conscientes del peligro, escudriñaban la vía con toda cautela y luego, juntando las patas delanteras, se dejaban resbalar sobre las corvas en forma tal, que hasta un testigo presencial hubiera vacilado en dar crédito a sus ojos. Lo único que el jinete puede hacer en estos momentos es conservarse a plomo en la silla confiando en que la Divina Providencia y después la mula lo guarden de estrellarse en el medroso abismo.
A las tres de la tarde llegamos a una casa solitaria sobre las márgenes del río La Vieja, donde debíamos pasar la noche. Ya puede imaginarse el cansancio que me agobiaba después de la tremenda jornada, tan mal equipado como iba para andar a píe por semejantes andurriales y con un calor achicharrante, pues apenas habíamos ascendido un poco sobre el nivel del Valle del Cauca. En cuanto a Mr. Cade, cuyo peso era mucho menor que el mío, había podido salir avante sin desmontarse de la mula. Durante la noche nos molestó mucho el zancudo por la circunstancia de hallarse la casa situada no lejos de las márgenes del río, como queda dicho.

Por el estado en que se hallaban los caminos o más bien, veredas, practicadas por el paso de las mulas, pudimos darnos cuenta de que había llovido copiosamente en las montañas mientras en Cartago habíamos gozado de buen tiempo, observación que fue confirmada por los peones que habían hecho el viaje viniendo de Ibagué. Madrugamos el 24 de diciembre para seguir camino aunque, a decir verdad, no era muy satisfactoria la condición en que me hallaba para caminar por la montaña. Decidí cambiar mis botas altas por unas alborgas que compré en Cartago, especie de sandalias que cubren la planta del pie y parte de los dedos y que se sujetan con dos cuerdas que, prendidas al talón, se atan sobre el empeine.

Hube de prescindir de las medias, pues las hubiera dejado pegadas en el barro. Completaban mi atuendo holgados pantalones blancos, camisa y chaleco, sombrero pajizo de anchas alas y un grueso bordón de punta ferrada para apoyarme al trepar por las rocas o salvar los charcos.

También ese día encontramos los senderos en el mismo pavoroso estado de los que habíamos transitado el día anterior. Caí en dos o tres fangales de los cuales sólo pude salir con la denodada ayuda de los peones y comencé a temer que me flaquearan las fuerzas antes de dar cima a mi empresa; pero resolví perseverar tenazmente en mi determinación mientras pudiera conservar aliento siquiera para mover las piernas. Cuatro días de buen andar se emplean en la travesía de aquella parte del Quindío, conocida con el nombre de La Trucha, región anegadiza y cenagosa; mas dejada atrás ésta, se pisa ya terreno más firme y los senderos empiezan a hacerse transitables. El agua de los arroyos que corren por allí es muy pura y deliciosamente fría; el clima tiene reputación de ser salubre y estimulante. Pasamos la noche en un lugar llamado El Cuchillo, donde nos fue de gran utilidad la tienda que en Popayán nos regalara don J. Mosquera, la cual alcanzaba a servirnos de dormitorio a Mr. Cade y a mí. En cuanto a los peones, construyeron con hojas de plátano traídas a tal efecto desde Cartago, una especie de cobertizos que llamaban ranchos y de cuyo abrigo hicieron partícipes también a nuestros criados.
Partimos de El Cuchillo el 24 de diciembre a las seis de la mañana y a las tres de la tarde llegamos a un lugar llamado el Portachilo. Por el camino ese día tuve dos resbalones que dieron con mi cuerpo en tierra, sufriendo gran maltrato, aunque con la práctica anterior había adquirido ya alguna destreza en saltar de uno a otro de los lomos de tierra sólida que sobresalían entre los barrizales; fuera de que en las alborgas hallé calzado más adecuado que las botas altas de antaño para el tránsito por estos resbaladeros. Causaba pasmo ver a los cargueros avanzando por los peligrosísimos senderos con tan pesados fardos a la espalda; sólo una larga práctica había podido avezar sus cuerpos a trabajo tan rudo y azaroso.

Nos dijeron que desde pequeños se les entrena haciéndoles cargar livianos bultos cuyo peso se aumenta gradualmente a medida que avanza en edad. En algunos trechos habían caído grandes árboles a la orilla del camino, sobre cuyos troncos se deslizaban los peones con tanta seguridad y aplomo como si estuvieran actuando en un prado de juegos. Mis dos cargueros, con su talle esbelto y recio, parecían modelos escogidos por un gran artista.

Uno de ellos tenía semblante particularmente vivo e inteligente, junto con trato expresivo y jovial. Me contó cómo había tenido el honor de cargar en el paso por estas montañas a la mujer del coronel Ortega, gobernador entonces de la provincia de Popayán y que en todo el trayecto no se había resbalado una vez siquiera. Tiempo después, conversando con el juez político de Ibagué, me dijo que los cargueros rara vez pasan de los cuarenta años, pues por lo general mueren prematuramente de alguna afección pulmonar o de la ruptura de un aneurisma y que además, como sucede en general, los que trabajan de manera intermitente pero con buena remuneración en cada caso, se daban a la disipación y a la bebida hasta consumir el último centavo de la paga anteriormente obtenida. Hay entre trescientos y cuatrocientos hombres en Ibagué que viven exclusivamente de cargar personas y fardos por las montañas del Quindío. Es de esperarse que el Gobierno realice el programa de mejorar los caminos que calzan estas montañas, pues es ciertamente deshonroso para la especie humana verse en el caso de imponer a sus semejantes un trabajo que sólo las bestias debieran realizar. 

Se me ha dicho que tanto españoles como naturales del país montan a espaldas de estos silleros con tanta sangre fría como si cabalgaran a lomo de mula y que muchos de estos infames no han vacilado en aguijar las carnes de los pobres hombres cuando le viene en gana pensar que no marchan con suficiente rapidez. Yendo de camino uno tras otro, el carguero que va adelante como guía de los demás suba cada cinco o diez minutos para indicarles la ruta que va siguiendo libre de tropiezo.

A la madrugada del 25 de diciembre la expedición estaba lista a partir de Portachilo. Habíamos mantenido encendidas grandes fogatas para ahuyentar a los tigres y proteger especialmente a las mulas, que muy a menudo son víctimas de los audaces ataques de estos felinos. A cada rato les oíamos rugir durante la noche, acompañados del desapacible aullido de los simios rojos; y al añadirse a tan medroso vocerío el áspero graznar de las aves nocturnas, resultaba una infernal serenata no arrulladora en verdad, para el oído
Cade y el mío
. Continuamos todo el día nuestra marcha por el camino cenagoso bordeado de selvas impenetrables, subiendo poco a poco hacia la cuna de este ramal de los Andes, y si, de cuando en vez se presentaba en la abrupta vía un paso que permitiera la vista del paisaje, se alcanzaban a divisar a uno y otro lado, montañas cuyos picos altísimos se alzaban hasta esconderse en un nimbo de nubes. Mr. Cade persistía en continuar a caballo, no obstante los repetidos porrazos que tuvo que afrontar, y los criados, aunque a trechos montaban sus mulas, hicieron a pie la mayor parte del recorrido. Poco a poco, con la práctica iban mejorando mis cualidades de andarín, aunque, no habituado a las sandalias, me dolían los pies, maltratados por golpes y rozaduras contra los pedruscos y raíces de árbol que obstruían el camino. Vimos por allí pájaros muy raros que no conocíamos, de tamaño como un faisán, de brillante plumaje y largo pico; me decían los peones que estas selvas estaban pobladas de aves que no se encontraban en el Valle del Cauca ni en las provincias de Mariquita o Neiva. ¡Qué campo de investigación tan amplio y rico ofrecían estas montañas a ornitólogos y botánicos dotados de temple suficiente para arrostrar, eso sí, toda clase de privaciones y penalidades!

Esta mañana un peón mató con su bordón una culebra de piel verde brillante y de ocho pies de largo que yacía dormida a dos o tres yardas del camino. Comentaba después que tal clase de serpientes llegaba a tener gran tamaño y que muchas veces las había visto subidas en un árbol a caza de pájaros y animalillos de toda clase, pero que su mordedura no era venenosa. A las tres de la tarde llegamos a un altiplano que consideramos adecuado para pasar la noche y donde había buen pasto para las mulas.
Me había fatigado tanto con la caminata de aquel día, que me vi obligado a descansar varias veces a la orilla del camino. Al partir de Cartago Edler, mi cocinero tenía las piernas hinchadísimas y cubiertas de escoriaciones, pero a medida que con el ascenso encontrábamos clima más fresco (el termómetro aquí marcaba 64ºF) se fue reponiendo hasta desaparecer casi por completo la inflamación. Hasta el momento los peones se habían portado tan bien, que gustoso les prometí una paga adicional de veinte pesos si continuaban lo mismo hasta Ibagué y como los cuatro silleros iban escoteros, ayudaban de buen grado a los peones a cargar el equipaje. Algunos de ellos, como el astuto Esopo, habían tenido cuidado de llevar consigo buena cantidad de comestibles que vendían a buen precio durante el viaje a sus compañeros menos previsivos y andaban ahora ligeros y desembarazados, libres del lastre que al emprender camino les agobiara. Uno de los peones me mostró la palma de cera que por allí se daba.

En la Navidad, que nos sorprendió por el camino, Mr. Cade y yo brindamos unos extras de Punch por todos los amigos de nuestra patria lejana, sin dejar en olvido a nuestros criados, quienes fraternizando con los peones tomaron también parte en el regocijo. No eran en verdad las montañas del Quindío sitio propicio para pasar una alegre y festiva Nochebuena, pero por fortuna gozábamos de buena salud y nos alentaba la esperanza de llegar ya pronto a Bogotá, donde podríamos recibir noticias de los amigos de Inglaterra. Desde mayo anterior, es decir, justamente hacia ocho meses, no había recibido cartas de mi familia. Ya habíamos dejado atrás la Trucha y pisábamos un terreno más sólido, desde cuyas alturas se podían contemplar más amplios panoramas. Hasta donde alcanzaba la vista cubría las montañas selva impenetrable, a no ser por el sendero estrechísimo que seguíamos y que a duras penas se podía transitar. Ya por la tarde, al bajar acompañado por dos peones hasta un arroyuelo que corría por el pie de la montaña, uno de ellos me señaló un jaguar de gran tamaño que estaba bebiendo en la orilla a unas 200 yardas de distancia. El felino nos clavó la mirada por espacio de dos o tres segundos, pero luego, volviendo grupas, se internó a paso mesurado por la selva; actitud que recibió mi aprobación irrestricta, como que en el momento nos hallábamos desprovistos de lanzas o de cualquier arma de fuego. Por la tarde uno de mis silleros empezó a quejarse de que se sentía indispuesto y al ofrecerle yo alguna medicina que podría aliviarlo, se negó obstinadamente a tomarla. Al día siguiente, como lo encontrara ya bueno y sano y le preguntara qué remedio se había hecho, me contestó que había tomado simplemente agua de azúcar, que era la cura infalible para toda enfermedad. Quizás los doctores europeos encuentren algunos reparos que hacer a este sistema terapéutico.

Ese mismo día cruzamos el río Quindío que, corriendo en dirección sur, desemboca en el río de La Vieja. Las noches iban siendo cada vez más frías y las cobijas se hacían más deseables aún bajo el abrigo de nuestra tienda. A las seis de la mañana del 26 de diciembre partimos del alto que nos sirvió de posada y comenzamos a ascender rápidamente.
De camino vimos bandadas de pavos silvestres y a buen seguro que, de llevar con nosotros nuestras escopetas y cartuchos, nos hubiéramos procurado, por lo menos, dos o tres buenas comidas, pues la carne se conserva bien en un clima ya tan frío. Pero al fin y al cabo, el viajero que transita por tan abrupta e inhóspita región, sólo le obsesiona la idea de llegar cuanto antes al término de su jornada, más si se ha visto obligado a andar a pie. Uno de los silleros me señaló huellas de tigre y de oso negro, las primeras de las cuales, frescas aún, me indujeron a tener ojo avizor para evitar una sorpresa peligrosa al pasar por los desfiladeros. Poco antes de las tres, hicimos alto para pasar la noche, cosa que siempre me caía como lluvia de mayo, porque si bien ya no teníamos que debatirnos en los profundos charcos, tropezábamos en cambio con peñascos y rocas por las cuales teníamos que trepar a gatas, respirando con dificultad un aire enrarecido. Los peones portadores del equipaje que no era indispensable desempacar, al colocarlo en el suelo lo cubrían con hojas de plátano para ponerlo al abrigo de la lluvia. Hasta aquí habíamos disfrutado por fortuna de tan buen tiempo que apenas si cayeron lloviznas pasajeras, en contraste con la semana anterior durante la cual, según decían los peones, en su viaje de Ibagué a Cartago no dejó de llover un solo día. Desde la altura donde nos encontrábamos se divisaba, distante algunas leguas a la izquierda, el nevado del Tolima en forma de cono truncado y de cima cubierta perpetuamente de nieve; el mismo que según tuve ocasión de mencionar arriba, se hace visible desde Bogotá a hora temprana cuando el cielo está bien despejado. Ignoro si se ha medido su altura, pero debe ser ésta muy grande, cuando alcanza a columbrarse a tan enorme distancia.

Partimos de nuestro campamento el 27 de diciembre a las seis de la mañana y a las once dejando atrás en el remate de la cordillera el páramo que alcanza una altura de 13.000 pies sobre el nivel del mar comenzamos a descender rápidamente. En las dos últimas leguas el camino había sido muy pendiente, y con todo, acompañado de mis dos silleros había ganado tal ventaja sobre el resto de la expedición, que llegué al lugar escogido para acampar al otro lado del páramo, tres cuartos de hora antes que Mr. Cade y sus compañeros.  Los silleros me felicitaron con entusiasmo por mi proeza como andarín, no rivalizada por ninguno de los señores que durante toda su carrera les había tocado conducir por las montañas. Mas este enorme y quizás imprudente esfuerzo estuvo a punto de producirme un colapso que, afortunadamente pude conjurar tomando un vaso de ron con galletas y reposando un rato. Con todo, al llegar finalmente, a eso de las tres de la tarde al lugar escogido para pasar la noche, me sentía ya casi deshecho. Llegando ya a la cumbre de los Andes, descubrimos a lo largo del camino huellas de danta (asno salvaje) de pezuña hendida en dos, como la del cerdo.

Este animal sólo habita las alturas de los Andes y es muy raro que los indios logren acercársele lo suficiente para hacer presa en él. Según la descripción de los peones, tiene piel de color leonado oscuro, es muy veloz en la carrera y su tamaño es mayor que el de un asno bien desarrollado. Uno de los silleros me trajo un pedazo de incienso que había arrancado de un árbol llamado patilla, resina de colorido ambarino y olor muy agradable. En las montañas cercanas a Ibagué se han encontrado depósitos de mercurio. A partir de la cumbre de la cordillera, las distancias en leguas van señaladas con postes en los cuales se talla el número correspondiente.

Nada tan grandioso y sublime como el panorama que se extendía a nuestra vista al llegar a la cumbre del páramo, y que pudimos seguir contemplando por largo tiempo durante el descenso. A la derecha, distante no menos de setenta u ochenta millas se alcanzaba a divisar la cordillera próxima al Chocó. De un golpe abarca la mirada estas empinadísimas montañas, y al observar sus flancos como cortados a pico junto con las impenetrables selvas que las cubren, nadie hubiera imaginado que fuera posible cruzarlas por el estrechísimo sendero que las bordea en espiral; es el trabajo tenaz del hombre que consigue allanar todos los obstáculos. Con todo la naturaleza comienza a enseñorearse nuevamente de los caminos del Quindío y, de no poner el Gobierno pronto remedio, dentro de poco sólo darán paso a las fieras de la selva.

A las seis y media de la mañana del 28 de diciembre, la expedición se aprontaba ya a continuar el viaje. Estaba tan fría el agua que, al tomarla, hacia doler los dientes. Mr. Cade persistía tercamente en continuar la marcha sin apearse de su mula, no obstante haber sufrido peligrosas caídas o de haber sido lanzado de su montura más de seis o siete veces por las ramas de los árboles que interceptaban el camino; porque sucede que, cayendo estos a menudo sobre la angosta senda en los desfiladeros, dejan apenas espacio suficiente para el paso de las bestias, a menos que el jinete se agache hasta formar un mismo plano con el lomo de la mula. Tuvo el tenacísimo caballero la suerte de escapar a todos estos peligros con un rasguño apenas en la cabeza. En cambio, a pocos días de su llegada a Bogotá, se le fracturó una pierna por dos partes al volcarse el coche del cónsul general que transitaba por una estrecha vía.

En algunos trayectos que, en ocasiones alcanzaban hasta dos leguas continuas, el camino se convertía en verdadero túnel oscurísimo, a lo sumo de tres o cuatro pies de anchura, con vegetación tupida y exuberante a lado y lado. En consecuencia, quien se aventura a pasar por tan estrechos y oscuros pasadizos, debe estar continuamente sobre aviso, para evitar herirse contra los picos de roca que se proyectan sobre la senda, para esquivar las lancetas espinosas de las guaduas que bien pudieran sacarle un ojo, o para ponerse al abrigo de un golpe violento que lo lance lejos de su cabalgadura al choca con la ramazón de un árbol caído. Es claro que en tales circunstancias resulta mucho más cuerdo andar a pie. En ocasiones, tales desfiladeros se convierten en campo de disputa para los peones de partidas que allí se encuentran viajando en sentido contrario para decidir cuál de las dos debe retroceder dejando paso a la otra, especialmente cuando van con bueyes o recuas de mulas.

Aquel día precisamente un pelotón de peones conducía a Cartago una partida de bueyes cargados de sal, y observé que los fardos que lleva cada animal son más bien pequeños y colocados al lado de las ancas, de manera que no encuentren obstáculo al pasar por los pasadizos que quedan descritos. El buey alcanza a cargar de ocho a diez arrobas de sal y, debido a su mayor fuerza y resistencia, puede salir avante al atravesar lodazales donde una mula quedaría anegada sin remedio. A las dos de la tarde, más o menos, llegamos a un tambo (ramada o cobertizo) construido especialmente para dar alojamiento a los viajantes, lo que nos causó gran contento, pues esa construcción, con ser humilde, era un mensaje de la civilización. Habíamos comenzado ya el descenso hacia las llanuras de Ibagué, y el ambiente se sentía más tibio y agradable.

Al partir del tambo en la madrugada del 29 me fue mucho más fácil continuar a pie el camino, desde luego que éste era ya en bajada y se hallaba en mejor estado que los que habíamos recorrido al lado occidental de la cordillera. Durante la jornada vi gran variedad de mariposas, algunas de gran tamaño, con alas de color carmelita oscuro con brillantes manchas rojas, y bandadas de micos descolgándose de los árboles y asomándose al camino para mirarnos con curiosidad, haciendo muecas y visajes. Aquel día cruzamos el río San Juan cuyo curso, torciendo hacia el sureste, desemboca más allá en el Magdalena, antes de salir de los límites de la provincia de Neiva. No lejos del camino nos mostraron dos fuentes ferruginosas, la una de agua hirviendo, tibia apenas la de la otra. Al decir de los peones, se encontraba azufre en abundancia esparcido al rededor. Marchábamos ahora de muy buen humor y contentos con la perspectiva de llegar pronto a Ibagué a descansar de nuestro penoso tránsito por las montañas. Siendo ya casi las doce oí gritar a uno de los peones que ya alcanzaba a divisar un rancho; oyendo lo cual, todas las miradas se dirigieron a escudriñar el horizonte para lograr vislumbrarlo, con la misma ansiedad que los pasajeros aprisionados en un buque durante interminable travesía, buscan con ojos ávidos la silueta oscura de tierra en lontananza. A poco atravesábamos por una extensa plantación de maíz y, a la una, llegábamos a un lugar llamado Moralesocupado por la cabaña solitaria que a distancia columbrara el arriero. Habíamos caminado ocho leguas españolas y me apremiaba llegar a Ibagué, pues mis alborgas empezaban a gastarse y tenía ya los talones medio desollados con el roce de los ataderos. Tan pronto como tomamos posesión de nuestra posada, Edle le compró dos gallinas a la mujer que en ella vivía y, aderezando además algunas papas que guardara como preciada reserva, nos preparó un suculento almuerzo. Esa misma mañana realizó también Edler la hazaña de matar una serpiente coral. Ya por la noche, los pobres peones, más alegres que alondras a la aurora, armaron fiesta, bailando al son de las guitarras y de la estruendosa carrasca, con dos chicas mulatas que vivían también en la posada.

Partimos de Morales a las siete de la mañana ansiosos de alcanzar a ver ya la ciudad de Ibagué y los llanos de Mariquita, que se extienden hasta el Magdalena, los cuales se ofrecieron al fin a nuestra vista en toda su belleza, llegando a un lugar distante una legua de la población nombrada. A lo lejos se divisaban las serranías que corren en dirección a Bogotá, paralelas al río del mismo nombre. El camino de bajada hasta Ibagué es sumamente pendiente y su tránsito, en uno u otro sentido, debe ser poco menos que imposible para las mulas durante la estación lluviosa. Corrimos con singular fortuna durante el paso de las montañas del Quindío, pues durante los nueve días que en ello empleamos, no cayó una sola gota de agua. Poco antes de llegar a Ibagué, Mr. Cade tuvo la ocurrencia de sentarse en la silla que uno de los silleros llevaba a la espalda, para probar por propia experiencia cómo podría sentirse en ellas un pasajero y no acababa de hacerlo, cuando el carguero partió corriendo con él a cuestas con tal agilidad y presteza como si se tratara de simple mariposa posada sobre el hombro: Mr. Cade me participó luego que había encontrado especialmente cómodo tal sistema de transporte. Por mi parte, me fue satisfactorio haber conseguido que durante el viaje, ninguno de los que componían la expedición se hubiera visto obligado a valerse de los silleros.

Recibimos cordial recepción del juez político de Ibagué, señor Ortega hermano del coronel Ortega, gobernador de la provincia de Popayán y fuimos luego a alojarnos a un convento, entonces desocupado, y que antiguamente había sido propiedad de los padres Franciscanos. Huelga decir que nos pareció un soberbio palacio, después de la vida errabunda que lleváramos durante tantos días al escampado. Nos manifestó el señor Ortega que corría de
su cuenta proveer a todo lo que nos fuera necesario durante nuestra estada en la ciudad, y nos anunció, al propio tiempo, que volverla a las cuatro a darse el placer de comer en nuestra compañía, como sincero y buen amigo.

Una vez solos y en posesión tranquila de nuestras habitaciones, nos ocupamos en aseamos y hacernos presentables. Llevábamos sin afeitamos más de nueve días y, terminada ya mi carrera de andarín, debía cambiar mi ligero ropaje por otro más consistente. Nos mandaron al convento una excelente comida y, según lo había prometido, vino a participar en ella el señor Ortega, acompañado de un amigo suyo, médico europeo, cuyo nombre no recuerdo ahora, el cual según nos dijo, tenía el propósito de ir al Chocó para catear las minas de oro, especialmente aquellas mezcladas con platino.

En 1815, don Ignacio Hurtado había hecho obsequio al general Morillo residente entonces en Bogotá, de la pepa de platino más grande hallada hasta entonces, con un peso de diecinueve onzas y de forma semejante a la de tina fresa. Provenía el precioso espécimen de una de las minas de oro de la provincia del Chocó y el general Morillo, a su vez, la envió como presente, al rey de España. Al día siguiente liquidé la cuenta a los peones añadiéndoles la propina de veinte pesos que les había ofrecido en caso de comportamiento inobjetable, con lo cual nos separamos como los mejores amigos. Tuve también cuidado de elogiar su conducta ante el señor juez político.

La segunda noche que dormíamos en el convento me desperté de súbito al sentir que la cama se movía de un lado a otro como una zaranda, al propio tiempo que se estremecían con ruido extraño todos los muebles y objetos dispuestos en el cuarto. Al llamar a Mr Cade, quien dormía en la estancia vecina, y preguntarle si había sentido el remesón que me despertara, me contestó que estaba seguro de haber sido un terremoto mas, volviendo a quedar todo en calma, pasados algunos momentos volví a sumirme en profundo sueño. Al día siguiente, Mr.Cade me dijo que no había podido pegar los ojos el resto de la noche, temiendo a cada momento que el convento se desplomara sobre nosotros. Al preguntar al juez político la causa de la alarma ocurrida, nos confirmó que había sido un violento temblor de tierra y que muchos de los habitantes, sobrecogidos de pánico, se habían echado fuera de sus casas y pasado toda la noche en la calle. Añadió que durante los últimos dos meses se habían sentido con frecuencia | ligeros temblores y que temían sobreviniera de un momento a otro algún tremendo cataclismo, pues el tiempo había estado inusitadamente bochornoso durante los últimos tres meses sin que en todo este lapso hubiera llovido una sola gota en toda la provincia, lo que habla acarreado miseria y males sin cuento a los campesinos, quienes hablan visto sus sementeras arrasadas por completo.

En Honda las clases acomodadas habían salido de sus casas en la población para albergarse en chozas improvisadas en las montañas circunvecinas, tal era el temor de que se repitiera el terremoto. En cuanto a Mr. Cade y a mí, hubimos de felicitarnos de no haber quedado sepultados bajo las ruinas del convento. Tiempo atrás, había sentido un temblor de tierra en Messina, Sicilia, pero nunca tan violento como el que nos alarmó en Ibagué.

 

Álvaro Hernando Camargo Bonilla

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Jean-Baptiste Boussingault, en su paso por el camino del Quindío.


Jean-Baptiste Boussingault, en su paso por el camino del Quindío.

NATURALISTA Y CIENTÍFICO que atravesó varias el camino del Quindío. En sus expediciones describió la geografía, los paisajes y minería dispuestos en la vera del camino.

En 1827 pasó por el camino del Quindío hacia el Cauca con la intención de explorar las riquezas de la Nueva Granada, en especial la minería del oro en las jurisdicciones de Supía, Quiebralomo y Marmato, minas que pretendía  comprar para una poderosa compañía inglesa establecida en Londres.

Anota sobre la existencia de tres pasos por la cordillera denominada Quindío: primero el paso de Guanacas, que salía del pueblo de Guanacas y llegaba a Popayán. Por esta vía viajaban las mercancías enviadas de Bogotá al alto Cauca. Los transpones se hacían a lomo de mula, pero el paso del Páramo de Guanacas, cuya altitud es grande, no dejaba de tener peligros, considerando las osamentas de mulas que se hallaban en el camino; segundo, los pasos del Quindío, de Ibagué a Cartago, era el más frecuentado. Al bajar hacia el Cauca, se atravesaban pantanos impracticables para las bestias de carga; el tercero, más al norte bordeaba el páramo de Herveo, el cual seguían los cargueros que viajaban de Mariquita a la Vega de Supía.

 

CAPÍTULO XV

Paso de la Cordillera Central por el Quindío.

Había cruzado la cordillera por el Nare y Marinilla, a 6° de latitud norte; luego un grado más al sur, por Herveo, yendo de Mariquita a Supía. En 1827 tuve la ocasión de pasar el Quindío rumbo a Cartago y de esta ciudad a la Vega de Supía, donde acababa de ser nombrado superintendente con la misión de organizar y de ampliar la explotación de minas de oro. Se utilizarían materiales y personal traídos de Inglaterra para trabajar en un sitio en donde no existía ningún recurso. Al penetrar al Cauca por el Quindío podía llevar a cabo reconocimientos en Cartago y Río Sucio, caminando por la Cordillera Central en forma paralela al río.

 

El paso del Quindío es la vía preferida para el transporte de las telas bastas fabricadas en el Socorro, que tienen gran consumo en las provincias del sur. Me instalé en Ibagué con el fin de preparar mi expedición, lugar donde se consiguen los cargueros y allí reposé algunos días de las fatigas que había sufrido en mis repetidos viajes por la meseta de Cundinamarca. Ibagué goza de un clima delicioso y no sin tristeza deja uno ese gran pueblo. Es un oasis de agradable temperatura en el centro de las regiones ardientes del valle del Magdalena y de los lugares fríos de las montañas que alcanzan la altura de nieves perpetuas, sobre los nevados de Tolima, Santa Isabel y Ruiz. En Ibagué se dispone de víveres en abundancia y cantidades considerables de agua limpia.

En el momento cuando iba a internarme en el Quindío, recibí la orden de vender un aprovisionamiento de alimentos en conserva, destinados a una expedición que debía haber llevado a Santiago de Veragua, al oeste de Panamá, pero que fue suspendida. En consecuencia, abrí un almacén, después de haber hecho anunciar por medio de tambor que se procedería a la venta de conservas, de jamones y de lenguas ahumadas, a precio fijo. El botánico señor Goudot se ocupó del mostrador y yo me mantuve detrás de la puerta, con una gran caña de azúcar a la que había retirado sus hojas. A la hora señalada los compradores se presentaron: eran indios, mestizos y todos rechazaban con desdén las conservas en sus cajas de metal, pero sí apetecían los jamones; desgraciadamente comenzaron a regatear. Fue entonces cuando salí de mi escondite y apliqué a esos compradores un buen golpe de mi caña, diciéndoles: “¿Ah, conque regateando, no?” Al día siguiente ya no había clientes; parte de los víveres los llevamos a la selva y el resto fue enviado a los oficiales de las minas de Santa Ana.

Tan pronto supieron que yo iba a entrar en la montaña, los cargueros me ofrecieron sus servicios; por casualidad tengo a mano una lista del personal que  enganché y que reproduzco como documento interesante, porque allí se encuentran los precios que se pagaban a los que transportaron nuestros equipajes.

Nombre                                                               Carga

Bautista Medina                                         4 arr. 17 lbs. baúles

Antonio                                                        3 bulto

Juan José Escandón                                 5 caja

Jacinto Forero                                            4 baúl

Juan José Ruperto                                     4,25 alimentos

Bernardino Vanegas                                  5,12 caja

Santiago García                                         3,3 caja

Andrés Saavedra                                       3,3 ropa

José Vanegas                                            3,10 caja

Marcos Aguilar                                          3,12 baúl

Ruperto (niño)                                            1,2 hojas de bijao y olla

Total                                                          41 arr. 9 lbs.

Se pagan 8 piastras por 4 arrobas = a 100 libras españolas. Las 41 arrobas 9 libras costaron 80 piastras y 6 reales.

Para el transporte de una persona, un carguero exige 16 piastras y la comida; “el sillero” debe tener un paso suave, pues su carga viva está sentada sobre una silla de caña, suspendida por una banda que lleva sobre la frente el portador. El transportado debe permanecer inmóvil, mirando hacia atrás y con los pies reposando en un travesaño; en los sitios escabrosos como al atravesar un torrente sobre un tronco a manera de puente, el sillero recomienda al patrón que tiene sobre la espalda, cerrar los ojos. Es cierto que nunca sucede un accidente, pero da lástima ver al carguero sudando gruesas gotas a la subida y oírlo respirar, emitiendo un silbido tremendo; a pesar de las ofertas que me hizo un sillero de los más reputados preferí pasar la cordillera a pie.

El bastimento que debíamos llevar consistía en tiras de carne seca de res, bizcochos de maíz, huevos duros, azúcar en bruto (panela), chocolate, ron, pedazos de sal que se conocen con el nombre de “piedras” y resisten a la humedad, y cigarros. Yo debía alimentar solamente a los cargueros que llevaban los víveres, la cama y las hojas de bijao; los otros llevaban su propia alimentación o sea “tasajo”, panela, chocolate, arepas y sobre todo “fifí”, bananos verdes secados al horno, cortados en tajadas longitudinales, todavía harinosos al punto que adquieren la dureza y la consistencia del cuerno; para comer “fifí” en vez de pan, se le rompe con una piedra y se remoja en agua esta curiosa preparación, que no he visto hacer sino por los cargueros de Ibagué, es absolutamente resistente al ataque de los insectos y una ración pesa la cuarta parte de lo que habría pesado fresca.

En mi equipaje llevaba la suma de 45.000 francos en onzas de oro e indico esta circunstancia porque, lejos de disimularla, recomendé el precioso metal a la atención de los cargueros que iban a llevarla; yo no tenía ni la menor sombra de duda sobre la probidad de estos hombres y sin embargo íbamos a pasar días y noches en la selva, lejos de toda habitación y de cualquier socorro. He tenido la ocasión de cruzar tres veces el paso del Quindío, y daré detalles del diario de esta primera experiencia, reservándome el hacer conocer, como complemento, los incidentes sobrevenidos en el curso de los otros dos viajes.

El 23 de mayo de 1827, a las 7 de la mañana, salí de Ibagué después de haber atravesado el Combeima sobre un puente de guadua. El torrente era muy fuerte, la temperatura del agua 16° y la altitud 1.282 metros. A las 8 estábamos al pie de la Cuesta (altitud 1.384 metros); la escalada fue muy penosa a causa del ardor del sol y de la movilidad de esos singulares granitos desagregados, sin estar descompuestos, de los que hablé en mi excursión al volcán del Tolima. A las 9 observé el barómetro en las Amarillas, (altitud 1.548 metros, temperatura 22°); en las Ánimas, cerca de allí, nos detuvimos para almorzar; a la 1 estábamos en Guayaral, (altitud 2.073 metros, temperatura 20°); siguiendo por la cresta del terreno llegué hacia las 3 a la Palmilla (altitud 2.135 metros) en donde establecí el campamento. De allí se domina el llano de Ibagué; la pendiente es muy abrupta y  uno queda separado de la ciudad por un profundo valle por donde corre el Combeima. Cuando sopla el viento del Este aparecen masas de vapor y sobre una de estas nos vimos proyectados y rodeados, el señor Goudot y yo, de una magnífica aureola irisada. “Es como una gloria”, dijo Bouguer, quien observó este fenómeno sobre el Pamba marca. En este sitio estábamos rodeados de bellas palmeras de cera (ceroxylon andícola), quinquinas blancas descritas por Mutis y helechos arborescentes. Vino una fuerte tempestad del Sur y llovió toda la noche sobre el campamento, lo que no me impidió dormir profundamente.

El 24 de mayo nos encontramos en una triste situación: el huracán había deshecho nuestro campamento y nos pusimos en camino bastante tarde. A la 1

llegamos a la Cara de Perro, (altitud 2.591 metros, temperatura 19°) con una lluvia fuerte que nos había perseguido desde la salida. El sendero, trazado en un delgado esquisto descompuesto, era impracticable. De Cara de Perro se baja hacia la casa de las Tapias (altitud 2.003 metros, temperatura 15,7°) en donde me acosté bajo techo esperando a mis cargueros. Había uno especialmente que me obligaba a no seguir adelante: era el muchacho cargado de hojas de bijao, nuestro abrigo portátil, indispensable con un tiempo tan lluvioso.

El 25 de mayo arrancamos a las 7 de la mañana y llegué a la casa del Moral a las 8 (altitud 2.033 metros, temperatura 18°). Un poco después bajé el estrecho valle del Azufral, descrito en mi “Ascensión al Tolima”. Con mucho placer volví a ver la bonita cascada y tomé un baño frío de ácido carbónico para calentarme. Tomé el desayuno a la orilla del río, donde se sentía el olor del ácido sulfhídrico.

Desde mi visita anterior se había trabajado mucho y los azufreros fundían el azufre extraído de una galería perforada en un esquisto micáceo carburado, donde estaban obligados a contener la respiración mientras trabajaban, para no asfixiarse con el ácido carbónico. Establecí mi campamento, por encima del

Azufral, en Buenavista (altitud 2.100 metros, temperatura 14°) sobre el esquisto micáceo, en un pequeño sitio en donde me incomodaron cruelmente los mosquitos. No cesaba de llover y percibíamos un olor de letrinas que indicaba el vecindario de un azufral. Es posible que los esquistos micáceos empujados hacia arriba por la traquita del volcán del Tolima, contengan azufre.

El 26 de mayo desde las 7 de la mañana los cargueros se hacían oír en la selva porque tienen la costumbre de lanzar gritos alentadores cuando se ponen en camino. A las 8 llegábamos a Contadero de Chachafruto (altitud 2.319 metros, la temperatura 15,3°). A las 8 y media estábamos en Aguacaliente (altitud 2.276 metros); la temperatura del agua de la fuente caliente era de 53,3° y me sorprendió esta indicación porque recordaba que en mi anterior excursión al Tolima había encontrado 58,8°. La cuenca tiene solamente una capacidad de algunos litros y creo que la temperatura de las fuentes termales poco voluminosas no es invariable. El termómetro marcaba 16,1°, al aire. Arriba de Aguacaliente hay un depósito de calcáreo blanco fibroso en bandas de alrededor de un centímetro de espesor; más arriba se ve una hermosa roca que considero es traquita.

Al dejar a Aguacaliente se sube por una pendiente suave hasta el alto del Machin (altitud 2.435 metros, temperatura 17°). El camino era muy resbaloso, un esquisto descompuesto que formaba un barro espeso. Al llegar al alto sentí una sed ardiente y mis guías me dijeron que conocían una fuente cerca de allí, pero que no era posible beber de esa agua por su sabor picante (ácido), es decir, “que sabía a ají”. Cuál no fue mi alegría cuando pude calmar mi sed con un agua muy gaseosa, ligeramente ferruginosa. Mis cargueros no se decidieron a beber pues les repugnaba esa agua.

Del alto se baja al río San Juan, al sitio en donde se une con la quebrada de

Machín (altitud 1.955 metros, temperatura 19°); este torrente toma el nombre de Coello antes de entrar al Magdalena, bastante más abajo de Ibagué. La lluvia no había cesado y cuando llegamos al San Juan se transformó en uno de esos aguaceros que solamente conocen quienes han viajado por las regiones ardientes del ecuador. Seguíamos a lo largo del río, remontándolo y caminando por un sendero cubierto de barro; yo sufría de los pies en tal forma que había tenido que descalzarme, estaba mojado al máximo, pero gracias a una camisa de franela basta que llevaba en épocas de lluvia, el frío ocasionado por la humedad fue tolerable. Cuando llegué a acostarme me puse una camisa seca, pero al día siguiente volví a utilizar la húmeda de la víspera; es posible andar con ropa mojada sin que sea perjudicial para la salud, a condición de no detenerse pues el peligro no se manifiesta sino cuando se siente el frío; si uno va a caballo, debe apearse y caminar. A pesar de lo triste de mi estado, visité una fuente gaseosa caliente, cerca de San Juan, en la orilla derecha. La abertura tenía un metro de largo por medio metro de ancho; el agua parecía hervir, pero al meter allí la mano la temperatura era poco elevada, pues la agitación del líquido provenía de un fuerte desprendimiento de gas carbónico. El termómetro se mantenía a 35,6° y encontré que el agua era agradable para beber, con un sabor ligeramente agrio parecido al de la fuente del alto del Machín; no se veía la salida del agua, pero los cargueros decían que el pozo era profundo porque no habían alcanzado el fondo hundiendo allí guaduas de 13 metros de largo; yo no encontré en el agua gaseosa de Toche sino rastros de protóxido de hierro y de sales alcalinas.

Tuvimos dificultades para atravesar el vado de San Juan: la lluvia continuaba y el torrente, cuyas aguas venían con mucha fuerza, transportaba bloques de traquita. Atravesé el río sobre los hombros de un carguero que se apoyaba en dos bastones, protegido por otros dos hombres que se mantenían a un metro de distancia para romper la corriente y para estar listos a socorrernos en caso de un accidente. Pasamos afortunadamente, aturdidos completamente por el ruido del torrente y dándonos un baño de pies bastante desagradable debido a los 13° del agua. A las 4 llegamos al Tambo de Toche, una posada en donde los viajeros encuentran un techo bajo el cual pueden abrigarse y cocinar, si es que tienen  provisiones; bajo esta ramada abierta por todos lados, quedamos expuestos a un viento acompañado de ráfagas de lluvia.

Antes de llegar al Tambo nos encontramos a un pobre soldado que caminaba entre el barro e iba a Cali para reclamar la sucesión de su padre; estaba medio muerto de frío y lo invité a que siguiera en mi caravana; no me cabe duda de que hubiera sucumbido sin la asistencia que le presté.

El 27 de mayo habíamos soportado un frío intenso bajo el Tambo y a las 7 de la mañana el termómetro marcaba 12°, temperatura poco agradable cuando el aire está húmedo y fuertemente agitado. A las 8, con una lluvia sostenida, comenzamos a subir a Toche por un camino tan resbaloso que con frecuencia había que darle forma a la arcilla blanca para que el pie se pudiera sostener. A las 11 llegamos al alto de la Sepultura, en donde había sido enterrado un carguero, muerto de fatiga; mis hombres aseguraban que por la noche se oía en la selva su alma pidiendo socorro; de allí (altitud 2.620 metros, temperatura 13°) fui a Yerbabuena, en donde sin abrigo y con buena lluvia, almorcé con muy buen apetito. Noté la aparición del esquisto anfibólico. A la una estaba en la quebrada de las Cruces, (altitud 2.383 metros, temperatura 14°) y a las 2 en el alto de las Cruces (altitud 2.663 metros, temperatura 13,7°). Desde este sitio la vista descansa sobre un horizonte de verdura, donde se levanta la gigantesca palmera de cera (ceroxilon) en grupos numerosos parecidos a blancas columnas; a lo lejos estas columnas paralelas hacen el efecto de mástiles de buques anclados en una rada. El descenso del alto fue tan penosa como la subida; huecos llenos de barro líquido y una lluvia incesante. Vimos aparecer entre ese barrizal a un negro que acababa de ser juzgado en Buga e iba con las manos esposadas, llevando sobre la cabeza una provisión de plátano y así avanzaba dando tumbos a cada paso, apenas sostenido por dos “cabos de justicia”. Este negro había cometido un asesinato, sin embargo tenía un aspecto tan infeliz, que sentí mucho no poder darle una limosna, pues yo estaba necesariamente desprovisto de dinero, ya que no tenía sino mi ropa embarrada. ¡Quién iba a pensar que encontraría una miseria para aliviar en las soledades del Quindío!. A las 5 de la tarde llegué al torrente de Tochecito, cuya agua me pareció glacial (9°) al atravesar el vado; el sitio tenía un aspecto salvaje y allí establecí el campamento (altitud 2.576 metros, temperatura 10°); nos encontrábamos sobre esquisto micáceo.

El 28 de mayo a las 7 tomamos un sendero muy visible que llevaba al páramo; el tiempo era muy bueno y sentí una sensación de bienestar que no había experimentado desde mi entrada en la selva. Atravesamos un bosque de ceroxilones adornados de racimos de frutos rojos; la vegetación era espléndida a medida que volvíamos a encontrar las plantas alpestres del altiplano de Bogotá. A mediodía abrí el barómetro sobre el punto más elevado del páramo y obtuve una altitud de 3.390 metros; el termómetro al aire libre indicaba 11,7°. Desde Ibagué  habíamos recorrido 10 leguas de 6.660 varas, de acuerdo con una medición de la ruta, llevada a cabo por orden del gobierno. La cima del páramo está formada por esquistos micáceos, parecidos a los de la Vega de Supía. Después de haber almorzado en El Alto, comenzamos a bajar con lluvia y por caminos tan estrechos, profundos y cerrados, que en ciertos sitios uno hubiera creído estar en la galería de una mina. Después de 4 horas de una marcha fatigante al más alto grado, llegamos a Mataficua (altitud 2.200 metros, temperatura 15°) en donde reconocí un esquisto talcoso que alternaba con el esquisto micáceo, el esquisto anfibólico y el grünstein que observé un poco más abajo. Alcanzamos al Contadero de Cruzgorda (altitud 1.950 metros, temperatura 13°) en donde debía pernoctar; infortunadamente no había llegado el portador de las hojas de bijao, de manera que la lluvia me obligó a tomar abrigo momentáneo en el tronco hueco de un huracrepitams, el reloj de arena de la Antillas.

El 29 de mayo encontramos que el terreno para llegar de Cruzgorda al río Quindío era un pantano; en 3 horas de marcha llegamos a la orilla (altitud 1.816 metros, temperatura 16°) y pasamos el río sin accidente. En seguida subimos hasta el alto de Lara Ganao (altitud 2.067 metros), luego seguimos hasta El Roble (altitud 2.114 metros, temperatura 16°). Al salir de allí me picó cruelmente en el pie una avispa brava; un carguero me trató por medio de la aplicación de tabaco mascado sobre la picadura y el alivio fue inmediato; pude continuar la marcha. Acampamos en el Socorro (altitud 1.880 metros, temperatura 17°).

El 30 de mayo fui a desayunar a Buenavista (altitud 1.837 metros, temperatura 17°). Allí comienza la peor parte del camino; uno camina en los guaduales expuesto a las espinas de esas gigantescas gramíneas y en un barro que llega a las rodillas; en camino me refrescaba con el agua que se obtiene de las guaduas, practicando una abertura por encima de uno de los nudos de la vara; con una sola punción obtuve 1/4 de litro de líquido; agua clara, fresca y como lo demostró después el análisis, casi pura. Este es un gran recurso para los que atraviesan los largos guaduales y calman su sed con agua límpida; allí donde no hay en el suelo sino agua barrosa que es necesario esperar que decante. Por la tarde llegué cansado, mojado y cubierto de barro al sitio de La Balsa (altitud 1.279 metros, temperatura 22°). Me alojé en una cabaña en donde esperé la llegada de mis cargueros; la mayor parte de ellos estaban retrasados y es fácil imaginar que con sus cargas, en una estación de lluvias, no me podían seguir por lenta que fuera mi marcha. Llegaron el 1o. de junio, pero faltaba el que traía los 45.000 francos en oro. Envié a dos de mis hombres a buscarlo y regresaron pronto con el tesoro; el pobre diablo a quien se lo había confiado tuvo que regresar a Ibagué porque lo habían atacado las fiebres.

El 2 de junio, muy temprano me puse en camino hacia Cartago, al oeste, sur-oeste de La Balsa. El camino fue pésimo hasta el río de La Vieja o del Quindío, en donde me detuve a mediodía, (altitud 972 metros, temperatura 26°). Este río recibe la quebrada de Piedramoler y es cerca de su unión donde se le atraviesa: existe confusión de nombres, ya que cada uno le da el suyo, pero en definitiva es la unión de las aguas que bajan de la vertiente Oeste del Quindío.  Para llegar del Magdalena al Cauca, remontamos el lecho del río San Juan y llegados al punto culminante del camino, al páramo, bajamos por el lecho del río del Quindío. Ya lo he dicho: las rutas naturales para atravesar una cadena de montañas, son los torrentes que bajan de sus picos.

Llegué a Cartago por la tarde con la más extraña vestimenta que había ideado para evitar la lluvia: parecía un individuo que saliera de un baño de barro; mi ayudante, a quien había enviado adelante, había tomado en alquiler una casa espaciosa de estilo morisco, con galerías interiores que daban sobre el patio; las habitaciones que daban a la calle estaban ocupadas por personas encantadoras entre ellas una sirena de ojos azules. Del páramo a Cartago, midiendo con cadeneros la distancia, se encontró que hay 12 leguas de 6.660 varas y yo había necesitado 9 días para recorrer esta distancia.

En enero de 1830 pasé el Quindío montado sobre una mula con tiempo muy favorable. En esta época, una división del ejército colombiano regresaba del Perú; el general Bolívar que la había precedido me dio algunas indicaciones.

 

Álvaro Hernando Camargo Bonilla.