jueves, 15 de octubre de 2020

ISAAC F. HOLTON,. CAPITULO XXV CRUZANDO LAS MONTAÑAS DEL QUINDIO.

ISAAC F. HOLTON, M. A., PROFESOR DE QUIMICA y DE HISTORIA NATURAL EN MIDDLEBURY COLLEGE NEW YORK: HARPER AND BROTHERS. 1857 PUBLICACIONES DEL BANCO DE LA REPÚBLlCA ARCHIVO DE LA ECONOMIA NACIONAL Traducción: ANGELA DE LOPEZ


CAPITULO XXV

CRUZANDO LAS MONTAÑAS DEL QUINDIO

El grupo de viajeros - Salida temprano - Comida tarde - Mina de ácido sulfúrico - Fuentes termales - El presidio - Un accidente - Noche fría - Yo amo a mi vecina y ella ama el suyo - Cuento contado dos veces - Boquía - Balsa - Ranchos - Cartago - Baile - Prisionero libre - Teatro al aire libre.

Como por obra de magia estoy en Ibagué otra vez. ¿ Soñé los episodios del capítulo anterior? ¿ Es cierto que había un fantasma? Sin duda y ahora estoy en mi hamaca en una amplia sala de Ibagué. Dos señores están acostados en el suelo y dos en sendas mesas. Me despierta el llanto de un bebé y la voz de una mujer desde el otro cuarto que grita: j Antonia! ¡ Antonia! Esta es una muchacha negra que duerme al pie de la puerta de la pieza de su ama y que a juzgar por lo profundo del sueño está muerta o duerme preparándose para una dura jornada. Efectivamente, vamos a salir hoy por la mañana para el Quindío. Ayer domingo, día de mercado, hicimos todas nuestras compras y las de los peones, así que podemos partir muy temprano, lo cual significa levantarse al amanecer o antes, y salir a las diez. Pero la verdad es que no logramos ponernos en camino sino a las once.

El grupo está compuesto por cinco señores, dos damas, tres niños, cuatro sirvientas, once peones, veinticinco bestias entre caballos, mulas y un perro. La caravana es larga, las señoras van en monturas de mujer, las muchachas del servicio a horcajadas, dos niñitos en silla, el bebé en una caja de pino, los peones llevan dos sillas para las señoras, sigue un carguero con una caj a a la espalda, dos caballos de cabestro y un número indeterminado de mulas de carga.

Los señores, claro está, van a caballo, excepto yo, que resolví hacer el viaj e a pie. En fila india bajamos hasta las márgenes del Combeima, el cual cruzamos por un puente antiguo y sólido, en un sitio que queda al puro pie de las montañas del Quindío, la cordillera central de los Andes.

Quindío no es propiamente el nombre de la cordillera sino el de este paso particular. Aquí no se le da nombre a las montañas; yo llamo cordillera de Bogotá a la oriental, a esta la del Quindío y a la occidental la de Caldas; pero a esta última no la conoce nadie por este nombre sino yo. Es curioso que Humboldt siempre escribiera Quindiu, cuando no conozco a ningún granadino que lo escriba así. En este punto debo consignar unas anotaciones que quiza debí haber hecho antes. Hasta donde sé las montañas que me rodean son únicas, ya que la base se encuentra en una llanura amplia de suelo no aluvial, situada mucho más arriba del río. La llanura inclinada está separada del valle completamente plano y aluvial del río por una cadena de cerros escarpados pero no muy altos" los cuales imagino que son de arenisca. Pero lo más curioso es la estructura de las mismas montañas del Quindío. El lector podría pensar que estando yo al pie del Combeima, en la base del Tolima vería los picos de las montañas elevarse hasta el cielo y enormes precipicios por los que tendría que subir hasta la cima. Pero no es así, no se ve ni una partícula de roca. En todos mis viaj es por esta cordillera no he visto más de dos veces, si acaso, suelos rocosos. N o obstante que las vertientes son tan escarpadas que una caída puede ser fatal y que algunas montañas son altísimas, con laderas casi perpendiculares, por ninguna parte se ven rocas. Racionalmente me explico el fenómeno por la total desintegración de l~ roca que quizá debiera llamar granito, ya que cuando el camino corta la superficie del terreno no se ven ni trazas de estratificación.

Por lo general, en la comitiva iban primero los cargueros, después las sirvientas, luego los señores seguidos por las damas y por último el equipaje. A menudo yo me les adelantaba a todos y no tomaba otra precaución que la de no dejar atrás al equipaje por la noche, pero en el día casi siempre iba adelante. La mayoría del camino en el extremo oriental está recién construido pero sigue la misma ruta de hace doscientos años. Estaba reparándolo un grupo de presidiarios y como no había otro sendero ni una casa fuera del camino, no podía extraviarme. Encima del vestido delgado de viaj e me puse una ruana, no tanto por comodidad como para aparecer más vestido. Cuando me sentía demasiado solo o quería preguntar algo o hallaba algo curioso, esperaba hasta que me alcanzara uno de los compañeros. Dicen que esa jornada es de ochenta y siete millas, pero hay gran diferencia si se consideran las cuestas de las montañas o únicamente las bases. Sería mucho más exacto calcular las jornadas contando las subidas y las bajadas, ya que la distancia horizontal no significa gran cosa. Durante varias horas subimos continuamente y pasamos por Palmilla, que no es ni siquiera una aldea sino un lugar donde hay una o dos casas. Después desaparecen los cultivos, hay un enorme descenso y al anochecer negamos a un sitio rodeado de montañas. Habíamos tenido la intención de dormir en El Moral, pero no pudimos porque salimos demasiado tarde. Un poco antes de anochecer llegamos a Las Tapias, donde hay una casa con cocina y que indudablemente debe tener moradores, pero en la confusión producida por la llegada de los peones y sirvientas no los pude identificar. El equipaje venía atrás y para sentarnos afuera de la choza a esperarlo solo había dos esteras que venían en uno de los caballos que traían de cabestro. Ya habíamos perdido la esperanza de que llegara el equipaje cuando lo vimos aparecer y las sirvientas se pusieron inmediatamente a preparar la cena. Los arrieros levantaron una tienda sobre un montón enorme de baúles y caj as. Estas tiendas las arman generalmente en la mitad del camino, o mejor dicho, el camino pasa por la mitad de la tienda y los peones consiguen los palos para armarla en el mismo sitio donde se acampa. La carpa pertenecía al jefe natural de la comitiva, a quien yo me dirigía siempre como señor, y que es el marido de una de las señoras; la otra, su cuñada, es soltera.

A las 10 extendieron una estera en la casa, encima pusieron el mantel, y la cena, aunque mal preparada e incómoda, al condimentarla con amabilidad, buen humor y apetito, terminó siendo un verdadero banquete. Mi única queja la habrían podido remediar las sirvientas si hubieran querido. Además de pagar mi escote para el mercado, llevaba una provisión extra de chocolate, pero las guarichas me hacían esperar siempre hasta el final de la comida para traer el chocolate, y lo servían tan diluido que terminaba bebiendo más líquido, y quedaba menos nutrido, pero encontré que todo reclamo en este sentido era inútil.

Al terminar la cena aparecieron los peones con un inmenso almofrez del que sacaron una cama, tan grande como una cama doble, además de colchón, hamacas, cobijas, camisas de dormir, ropa e infinidad de artículos. Guindaron tres hamacas y un señor colocó su cama debajo, en ángulo recto, de manera que si se reventara una de las cuerdas, la hamaca le caería encima. Al colchón lo pusieron en una banca de madera y la cama en el sitio donde habíamos comido. Nos levantamos a las cuatro, embutimos todas las cosas en el caballo de Troya y aun después ae haberle añadido mi hamaca y cobijas quedó espacio para más. La diligencia de las cuatro muchachas nos permitió desayunar alrededor de las siete y después de mucha demora salimos antes que el equipaje. Bajamos hasta un arroyo tributario del Coello, el cual creo que se divisaba a la izquierda. Después subimos hasta El Moral, donde hay una sola casa, pero que es un lugar que aparece en los mapas. Desde allí emprendimos un ascenso ininterrumpido durante varias horas. Yo dejé atrás a los compañeros, pasé por Buenavista y un sitio interesante llamado Azufral, pero desgraciadamente no supe de él sino cuando iba lejos. Es un lugar de donde extraen azufre. La altura es de 6.470 pies y se calcula la temperatura en 61° F., en tanto que en las excavaciones, según Humboldt, el termómetro sube a 1180 F. Nadie puede respirar allí porque el 95% del aire es ácido carbónico y el 2% ácido hidrosulfúrico. Claro está que esas galerías no pueden ser profundas.

Este sitio se halla en la base del Tolima y cerca, en el punto más alto del camino, hay un contadero llamado Agua Caliente por existir en los alrededores una fuente de aguas termales que no he podido encontrar, aunque me dicen que está cerca al camino. Si ese día hubiera sabido de la existencia de la fuente y del Azufral, posiblemente habría tenido tiempo de buscarlos porque iba muy adelante del resto de los compañeros de viaje. Mientras esperaba a los otros me entretuve cortando una pequeña palma que tenía entre diez y veinte pies de altura y casi tres pulgadas de diámetro. Y ahora escribiendo mis recuerdos tiemblo al pensar en el peligro que estuve. Esa clase de palma es muy abundante en la región y quería examinar la fruta. A una altura conveniente corté el tronco golpeándolo transversalmente y hacia abajo, hasta que la punta afilada se deslizó de pronto del resto del tronco y con el peso de las frutas se clavó en la tierra como si hubiera sido una pica, ¡ cerca a mis pies que no tenían más protección que los alpargates! Si la posición del pie hubiera sido un poco distinta habría quedado clavado al piso. A estas alturas me sorprendió la lluvia pero preferí mojarme a devolverme a buscar el encauchado que venía atrás con el equipaje, así que seguí caminando. Luego empecé a bajar por un sendero húmedo y pedregoso y la formación del suelo parecía ser diferente a la del resto del camino, pero no encontré muchos indicios de que se tratara de traquita. El descenso fue escarpado y continuo. Por la mañana había tomado un desayuno muy liviano y la cena de la noche anterior no había dej ado ninguna clase de reservas, así que mi estómago clamaba en vano por algún alimento, porque después de El Moral solo pasé una casa, Buenavista, y era inútil esperar encontrar algo antes de El Toche, el cual se ve al fondo del valle y es donde está actualmente el presidio.

Nunca, en un camino transitado, había visto tal soledad, si es que puede hablarse de soledad cuando se escucha el canto de las aves, entre otras de pavos y de un bello tucán verde brillante. El canto de una de las especies de este páj aro parece decir "Dios te ve". En el camino recogí la piel que había desechado una serpiente. De pronto me alegré viendo humo que ascendía graciosamente al cielo y me apuré a bajar por laderas escarpadas y resbaladizas hasta llegar a orillas del Coello, donde encontré una fogata pero ni una casa ni un alma. Seguí río arriba, por la margen izquierda, hasta un sitio donde un derrumbe había arrastrado el camino hasta el mismo río. La solución al derrumbe me pareció nueva, bella y original. Un yanqui habría construido un muro de contención para confinar el río a su cauce y con la tierra de la loma rellenado el derrumbe, cosa que hubiera sido fácil porque a diferencia de lo que sucede en otras partes, allí el río está lleno de roca de todos los tamaños. Pero el ingeniero construyó más bien un camino en zig-zag subiendo la loma, lo cual entre nosotros se hubiera considerado completamente absurdo. El camino sube por un trecho equivalente a la mitad o a las dos terceras partes de la montaña de West Hoboken, y después, sin pasar ni por un metro de suelo plano, baja de nuevo al río. Está muy bien hecho, como si atravesara un parque, pero desgraciadamente un invierno fuerte acabará con él. j Este es el cambio más importante que se ha hecho en este tramo del camino en dos siglos! Estaba empezando a subir la loma cuando me encontré con un pordiosero. Este llevaba un cuchillo al cinto y para reforzar su solicitud de que le diera una limosna me informó que era presidiario; pero aunque me hubiera asegurado que había matado a su madre, no habría podido darle nada porque no llevaba dinero conmigo. Al pie de la cuesta, a diez metros del camino y a tres del río, hay un montículo con una fuente de aguas termales. Cualquier viajero puede encontrarla fácilmente. Parece como si arrojara enormes cantidades de agua, la cual, a primera vista, da la impresión de pasar por un canal subterráneo. En realidad no creo que arroja más agua de la que cabría en una taza de café, pero contiene muchísimo gas de ácido carbónico y sale con mucha fuerza. La fuente tiene ocho pies de largo, tres y medio de ancho y seis pies de profundidad. Me metí en la fuente y me pareció que la gravedad específica del agua era mayor que la del agua de mar. Sin embargo, es posible que la presión del gas que estaba debajo de mí me hubiera dado una impresión equivocada. La temperatura era de 90° F., Y es evidente que el montículo está conformado por el óxido de hierro que arroja la fuente, la cual lanza también sales de cal, posiblemente carbonatos, que se pegan en las ramas de las plantas. Todo el gas que sale parece ser ácido carbónico, pero también se nota algo de azufre y el gas sale sin duda del extremo de la boca más cercana al río y arrastra al bañista hacia el otro extremo.

A la derecha del camino, hacia el norte, a veinte o treinta "rods" río arriba, hay una fuente más pequeña, de seis pulgadas de diámetro y seis pies de profundidad, con muy poco escape de gas, y como tiene menos contacto con el aire, la temperatura debe ser mayor, calculo que de unos 91° F. Dicen que la de Agua Caliente es aún más alta. Me faltaba todavía caminar una milla río arriba por una llanura muy húmeda, que si no fuera por los desagües sería un verdadero pantano. En las zanjas vi la primera y única conserva que he visto en la Nueva Granada y en el extremo de la llanura había un campo cercado que todavía no parecía estar listo para la siembra. Después crucé el Coello por un puente cubierto un poco más arriba de la desembocadura del Tochecito. En la confluencia de los dos ríos hay una llanura seca, cubierta de grandes rocas que hacen difícil cabalgar por ella, donde está Toche. Llegué a Toche alrededor de las doce y lo primero que se me ocurrió fue compensar la deficiencia del desayuno. Pedí pan, mantequilla, chocolate, fruta, guarapo y huevos, pero solo me dieron los huevos y a ocho por diez centavos. Ordené cuatro huevos duros y mientras se cocinaban, me consiguieron dos pedazos de pan seco y tieso. Una tabla en un rincón servía de mesa, el mango de una cuchara, de cuchara, y una silla boca abaj o de asiento. Cuando me sirvieron la comida me aseguraron que los oficiales del ejército reemplazan el chocolate por agua de panela, bebida esta que les gusta, que si quería me la hacían y yo decidí probarla.

El resto del grupo empezó a llegar antes de las dos, pero las bestias solo llegaron a las tres. Se decidió que no alcanzábamos a ir hasta Gallego, entonces comimos temprano y tuve oportunidad de observar el lugar donde íbamos a pasar la noche. Antes de que se instalara el presidio, Toche consistía en una sola casa. Los presos la aumentaron, construyeron otras dos y levantaron una docena de ranchos, donde viven los hombres bajo libertad condicional. Estos últimos son los llamados francos, que a diferencia de los guardados, no están vigilados permanentemente. El franco con quien me encontré hoy llevaba un mensaje a Ibagué. A los francos no les conviene huir, pero sin embargo muchos escapan.

Por la noche los presidiarios bajan por el camino en zig-zag que nosotros tendremos que subir mañana. Los hicieron formar en fila, pasaron lista y les dieron sus raciones, que consisten en carne o maíz o arroz y sal y una cantidad enorme de panela, un cuarto de libra diaria. La mayoría de los prisioneros están en libertad condicional y duermen en los ranchos; al resto los encierran bajo vigilancia en una de las casas. Hay aproximadamente veinticinco soldados y uno de ellos acompañó hasta donde nosotros a uno de los prisioneros que quería pedirnos limosna. El preso tenía el mérito adicional de llevar una cadena de la cintura al tobillo y que lo marcaba como uno de los peores personajes del presidio. Pero ni siquiera este detalle nos conmovió y lo dejamos a merced del presidente, quien aparentemente solo perdona a aquellos prisioneros que arriesgan la vida sirviendo en los hospitales de cólera en el Istmo.

Aquí, por lo general, se trata bien a los prisioneros y para un hombre pobre es peor esperar su juicio durante una semana en las cárceles de Ibagué o de Bogotá que pasar un mes en este presidio, y para cualquiera es mejor una semana aquí que una sola noche en los cepos de Pandi. En Toche fuimos huéspedes del alcaide quien conocía personalmente a todos los señores de la comitiva, excepto a mí, y nos cedió su apartamento mientras él se fue a dormir a otro lugar.

Al hacer los arreglos para la noche fui testigo de esa falta de consideración por el bienestar de los demás que a veces hasta los amigos muestran en los viajes. El ejemplo no tuvo mayor importancia, pero lo menciono porque en realidad fue inusitado en ese viaje: el más joven de los abogados escogió, sin tener en cuenta a los demás, el sitio para dormir. En cuanto a mí, descansé admirablemente en la hamaca que guindé en el cuarto del médico.

Desde Toche contemplé lleno de asombro el camino que debíamos seguir. Parecía más bien una fortificación. Los zig-zag eran tan escarpados que un soldado armado a duras penas podría subir, y llegaban hasta riscos que prácticamente se elevaban sobre nuestras cabezas. Las vueltas y revueltas parecen talladas en piedra o construidas en ladrillo y lo menos que parece es un camino, pues lo que busca son los picos más altos y no pasar las montañas, cual es el objeto que debería tener. Sin embargo, es un camino y el que nosotros debemos seguir.


Ilustración Inscripción en piedras cerca a Toche.

Camino arriba, en tres o cuatro millas, había subido más que por cualquier otro espacio similar transitado en mi vida, y en la cima apenas pude creer mis ojos al leer en dos piedras planas las inscripciones que muestran que este camino tiene más de doscientos años. El señor Rafael Pombo amablemente las copió e hizo el dibujo que anexo. La primera dice: "Por aquí paszó (sic) Francisco de Peñaranda, a 24 de agosto, 1641". La otra piedra está quebrada y no se puede leer el apellido; así que no podemos estar seguros de cuál miembro de la vieja y noble familia de los Peñaranda pasó por allí ese día.

Lo malo es que toda esta tremenda subida es innecesaria; la ruta sigue siempre el curso del Tochecito, pero por la montaña, quizá debido a la aversión española e indígena a construir caminos en las laderas. Sin embargo, todo quingo en realidad está construido en laderas, porque a un lado del camino hay barranco y al otro precipicio.

Me había detenido a ver trabaj ar a unos presidiarios y a conversar con el jefe de la guardia, cuando observé un espectáculo nuevo para mí: por primera vez vi a un ser humano como bestia de carga llevando a otro a su espalda. Habíamos llegado al sitio donde estaban trabajando los presidiarios y de allí en adelante había trechos muy malos por donde deberían pasar las dos señoras. El dibujo muestra la escena del día siguiente, durante el primer gran descenso al Valle del Cauca, pero sirve para ilustrar lo que voy a describir.

El sillero no es hombre de contextura muy atlética. Desnudo de la cintura para arriba, lleva bien arremangados los pantalones, en especial cuando hay mucho barro. Todo su equipo consiste en una rústica silla de guadua, con un pedazo de tela blanca de algodón para proteger al viaj ero hasta donde se pueda del sol y de la lluvia. La silla se amarra al cuerpo del sillero por medio de dos correas que le cruzan el pecho y otra que le pasa por la frente. El pasajero tiene que permanecer completamente quieto, porque si el sillero se resbala o tropieza, cualquier movimiento del pasajero 10 hará caer inevitablemente. Por tanto es mucho mejor y más seguro viajar dormido. La primera vez que vi los silleros iban por un camino tan terriblemente escarpado, que estoy seguro que una señora norteamericana yendo por él, se desmontaría y seguiría a pie por consideración al caballo. Y aquí algunas veces se demuestran sentimientos semejantes. Una señora me contó que la primera vez que se vio obligada a utilizar ese sistema de transporte, se negó en un principio, pero no teniendo otra alternativa dadas sus condiciones físicas, tuvo que acceder llorando amargamente. El coronel Hamilton, embajador británico, llegó a Ibagué descalzo, con los pies sangrando y acompañado por dos silleros a quienes pagó generosamente pero que nunca utilizó. Nuestras dos amigas tomaron las cosas con mucha más naturalidad. La señora s,e durmió en seguida y la señorita se puso a leer tranquilamente.

SILLEROS



Una bajada increíble, seguida por una subida moderada, nos llevaron a Gallego, donde habíamos pensado llegar anoche, pero después de ver el sitio, me alegré de no haber pernoctado allí. Es un tambo abierto, un simple techo sobre cuatro palos sin un pedazo de muro ni protección lateral o cualquier clase de comodidad para el viajero. Y el paisaje es lúgubre porque no hay más vegetación que palmas de cera, Ceroxylon andicola. Los tallos altos y delgados (que en Nova Genera de Humboldt aparecen demasiado bajos) se elevan por todas partes. Los troncos cilíndricos tienen de doce a quince pulgadas de diámetro, son tan derechos como el fuste de una columna, crecen a una altura de aproximadamente cincuenta pies y están coronados por un penacho de hojas enormes. El tronco, que como el de todas las palmas no tiene corteza, está cubierto por una capa bastante gruesa de cera, o más bien de resina, según se cree. Sería buen negocio recogerla y venderla, ya que gran parte de la cera que se utiliza en las iglesias es importada y cuando se vende en forma de cirios es carísima, casi a $ 3,00 la libra.

Nueve meses después de que estuvimos sentados aquí, comiendo dulce y tomando agua, pasé otra vez pero en circunstancias muy diferentes y el sitio estaba muy cambiado. Los presidiarios le habían levantado paredes al tambo y habían construido dos chozas y un cobertizo. Todavía quedaba un hombre en una de las chozas y esa noche cuando llegué caía una lluvia lenta y helada que hacía el paisaje todavía más lúgubre. Venía herido y sangrante y con dificultad logré apearme. La última comida la había hecho por la mañana del día anterior y me había mantenido vivo con un poco de chocolate y pan, pero ni siquiera eso me había servido de gran cosa, pues por la mañana había mordido imprudentemente una baya que resultó tener un sabor tan desagradable que me hizo vomitar lo poco que había comido una hora antes. Había creído que se trataba de una pasiflora pero resultó ser una cucurbitácea.

Esa vez venía del occidente y antes de llegar al punto más alto del Quindío empezó a lloviznar, por lo cual para que no se mojara la montura me monté en el caballo. Las manos las tenía llenas de plantas que había cogido y encima llevaba el encauchado que es todo un estorbo en una emergencia. Iba en un caballo grande y torpe y por un camino escarpadísimo. Hacía un momento que había escampado y estábamos en la última subida.

En diez minutos habríamos dejado atrás el valle del Cauca, cuando se cayó el caballo. Salté para que éste se incorporara más fácilmente e intenté caer en un montón de arbustos que había en el camino, pero me di cuenta demasiado tarde que donde iba a caer era en los matorrales que crecían en un despeñadero. Entonces me agarré de la montura en el preciso momento en que el caballo se levantaba, lo jalé y por un instante vi al animal patas arriba y encima de mÍ. N o me explico cómo no me aplastó. Sorprendido lo vi caer hasta el pedazo de camino por donde acabábamos de pasar, es decir, rodó de un quingo al otro.

Miré a ver qué había sucedido. La montura estaba entera, la bolsa con naranjas y el paquete con las plantas sanas y salvas. Solamente se habían dañado las últimas que había recogido y esas las boté. Pero en el momento en que iba a subir otra vez al caballo me di cuenta que tenía herida la pierna, y no me monté por miedo de desmayarme del dolor. Le entregué el caballo y el encauchado al peón y caminé muerto del dolor media hora. El accidente sucedió al medio día, y por la noche, en medio de la lluvia, llegué al tambo de Gallego, donde el terreno plano es insuficiente para que quepan las dos chozas. Pernocté en una que queda quince pies más alta que el tambo y a una distancia de unos veinte pies. Los caminos estaban cubiertos de barro y era casi imposible caminar sin resbalarse

Afortunadamente el hombre que vivía en esas soledades había matado un oso negro y nos vendió carne, y como los sirvientes no tenían con qué dañarla, tuve una cena deliciosa alrededor de las ocho y a pesar del dolor y de la sangre que todavía escurría por la pierna. Después, con gran dificultad, logré conseguir agua para lavar la herida, la vendé con un pañuelo de seda, puse las plantas tan difícilmente conseguidas en papel, guindé la hamaca y hacia las diez ya estaba dormido. Cuarenta y ocho horas después del accidente llegué a Ibagué, me quité el pañuelo, conseguí agua tibia y lavé la arena de la herida enconada. Si por desgracia me hubiera quebrado una pierna, no habría podido conseguir atención médica en menos de una semana ni avanzando ni retrocediendo en el camino. Pero este episodio estaba todavía muy lej os; ahora estábamos sentados en el piso comiendo mermelada y tomando agua, que entonces me pareció tan deliciosa y fresca y luego encontraría tan helada.

En otro sitio, en un contadero, vi un monumento como la lápida de una tumba que debió haber costado muchísimo traer hasta aquí. Tenía una inscripción de la que no entendí sino una sola palabra, el honroso nombre de Caldas, el cual me recordó al siempre lamentado sabio granadino. El monumento se erigió en honor de la misa que celebró en este sitio un obispo Fulano de Tal hace varios siglos, según cuenta el señor Caldas, quien mientras descansaba en el lugar, escribió su nombre en el monumento por falta de algo mejor para hacer.

Más adelante pasamos por muchas fuentes cuyas aguas corren hasta el Tochecito que todo el tiempo teníamos a la izquierda, y luego vino el gran descenso hasta el río. A todo lo largo del camino crece una enredadera cucurbitácea con un fruto de consistencia elástica. Por fin llegamos al fondo y estoy seguro que desde Toche hasta este sitio se hubiera· podido construir un camino más corto, sin tantas subidas y bajadas y lo suficientemente plano para que pudieran transitar carretas. Además, quizá costaría menos de lo que el gobierno gastará en el camino actual cuando vengan a repararlo los hombres del presidio. Cruzamos a la margen derecha del Tochecito que aquí apenas es un arroyo y comenzamos el gran ascenso

Para combatir el tedio del camino me puse a traducir al español el Excélsior de LongfeIlow, y le pedí a un señor que no tenía ni idea de la diferencia que hay entre la b y la v que me explicara la diferencia entre la bandera y lavandera, el pobre terminó agotado y me parece que fue una mala jugada mía ponerlo en todo ese trabajo.

Cerca a la cima está el tambo de Yerbabuena, llamado así por la abundancia de Mentha piperita que crece en el lugar. Nos detuvimos en Volcancito, un tambo rodeado de postes que era el mejor que había en todas las montañas. Por el techo se colaba la luz, las paredes dejaban soplar el viento libremente y el piso era de tierra floja. Como llegamos temprano tuve tiempo de darme gusto recogiendo diferentes especies de Fuchsias, de Begonias y de otras plantas tropicales, así como un Epilobium que me recordó mi país.

Una cosa es el clima de Volcancito por la mañana y otra por la noche. Al atardecer se me empezaron a helar los pies y tuve que cambiar los alpargates por medias y pantuflas que eran mi única alternativa, porque en esos días no habíamos abierto baúles. Por primera vez desde que llegué a Sur América me pareció que el agua estaba demasiado fría al lavarme los pies. Empecé a prepararme para la noche, primero me puse una franela gruesísima, después la camisa de dormir, una camisa de lana y encima una chaqueta gruesa de cazador. A mi mitad inferior, por donde la sangre había circulado tan bien desde que salí de Ibagué, la dejé a merced de un par de calzoncillos de franela y unos pantalones de corduroy. Estas fueron las medidas extraordinarias que tomé, las ordinarias las empecé inmediatamente después de la cena. En Ibagué, donde hay noches frías, había estudiado el arte de dormir abrigado en una hamaca y corno ni siquiera en la Nueva Granada se conoce bien este arte, lo describiré a espacio. Primero tomé dos cobijas gruesas por una punta, doblándolas juntas y poniéndolas en una estera en el suelo. Después las puse a través de los pies de la hamaca y luego me subí con ayuda porque estaba muy alta. Después tomé las cobijas por el extremo por donde las había cogido antes y las jalé para cobijarme. Luego metí los bordes de las cobijas dentro de la hamaca. Hasta aquí no hay misterio, es lo que hace todo el mundo, pero debajo lo único que hay es la tela de algodón de la hamaca y se necesita algo que proteja la retaguardia, y es ahora cuando entra en juego mi secreto. Primero me deslizo del centro de la hamaca hacia atrás, es decir hacia la cabecera, y pongo los extremos de la cobija debajo de mí, en tal forma que se crucen, empezando por los pies y terminando en los hombros, donde la operación es difícil, pero se puede llevar a cabo resbalando el cuerpo hacia abaj o. Después solo resta situarse diagonalmente en la hamaca, de manera que la cabeza y los pies queden menos elevados. Recuérdese que todo esto debe hacerse estando sostenido por una cuerda floja.

Todo el mundo tenía frío. Consideré que era el momento de que llegara un Mark Tapley que nos hiciera reír y le pedí al señor que nos contara un cuento, a lo cual él accedió gustoso. Contó uno que me mostró un aspecto nuevo de un idioma en el que no existen palabras indecentes, o que si las tiene, no hay peligro de que las utilicen. Afortunadamente para mí, sabía que el carácter de todos los presentes estaba por encima de cualquier sospecha, así que el cuento que podría situarse en la Inglaterra de Carlos II no me asustó, simplemente me sorprendió. Del relato  me intrigó otro aspecto, no sé si desde el punto de vista etnológico o psicológico. Quizá porque había oído otra versión del mismo en inglés y cuando tenía diez años. ¿ Cómo saberlo con seguridad? ¿ Podría algún miembro de la Percy Society informarme si existe algún cuento de hace siglos sobre dos personas que pasan la noche en un árbol y tiran una mesa o una puerta que cae en la cabeza de unos ladrones que se estaban repartiendo el botín? Si es así, los cuentos infantiles deben ser más viejos y más conocidos de lo que yo pensaba, y este cuento tan tonto debe conocerse en toda Europa occidental y en las dos Américas.

Desafortunadamente para mí me había acomodado demasiado bien en la hamaca y un calorcito agradable empezó a extenderse por todo el cuerpo, ablandándome el corazón. Me puse a observar en qué condiciones se encontraban los demás. La señorita estaba muerta de frío y sin posibilidades de dormir en toda la noche. Entonces me pregunté: "¿ Puedo darme el lujo de prescindir de la cobija más delgada ?", y mi blando corazón contestó: "Para una j oven y amable dama, a quien estimo y quien está sufriendo el frío más intenso que ha conocido en su vida, ;:,Í puedo prescindir de ella". Pero luego me di cuenta de que, como la última pluma que le quebró el lomo al camello, esa era la cobija que necesitaba yo para protegerme del frío y no pude pegar los ojos en toda la noche. Ensayé una posición nueva volviéndome sobre el lado derecho, al derecho de la hamaca y cobijándome con el otro pedazo de hamaca. Quedé como un enorme floculo, o hablando en términos zoológicos como un bivalvo, manteniendo cerrado el caparazón con las manos, con la rodilla y con la cabeza que tenía recostada en el borde doblado de la valva superior. El método falló y cuando ya era demasiado tarde para dormir, recogí la hamaca y la cobija, las junté a la manta de uno de los señores que estaba tratando de dormir en el suelo, y me acosté a su lado para descongelarme.

Por la mañana vi el chal de la señorita en la cama del joven abogado que se había acostado a sus pies. También ella tenía corazón y en un momento en que su mano izquierda no sabía lo que hacía la derecha, le prestó el chal antes de que yo le prestara a ella mi cobija. Este descubrimiento me hizo reír de buena gana y hasta hoy en día la sola mención de Volcancito parece causarle a la señorita una impresión muy especial.

BOQUIA

El desayuno que tomamos antes de partir fue escaso y rápido. Estábamos en el límite del páramo donde a veces el suelo se cubre de nieve hasta por una semana. En estas alturas le puede ocurrir algo muy extraño al viaj ero, el cual sin sufrir demasiado por el frío pierde de pronto toda energía y finalmente la vida. A esto lo llaman emparamarse, algunos de mis amigos han estado en peligro de que les suceda y en dos o tres ocasiones yo he tenido que cuidarme de correr esa suerte. Pero ese día no había nada que temer, hasta volví a ponerme el vestido liviano y tuvimos un día muy agradable. Pasamos muchos arroyos que fluyen todos hacia la izquierda y en la orilla de uno encontré un magnífico ejemplar de "cola de caballo" de cinco o seis pies de altura. Desafortunadamente no guardé una muestra, porque me aseguraron que en el valle encontraría otros igualmente grandes y también por la dificultad de guardar las muestras en estos caminos solitarios.

En una o dos horas llegamos a la sierra divisoria y seguimos por ella durante un rato. Al empezar a bajar, el camino se vuelve pésimo, aunque no es nada malo en comparación con esas zanjas semi-subterráneas por las que viajó Cochrane a caballo y por las que el gordo Hamilton caminó, sin que la cabeza le llegara nunca al nivel del terreno. Esos callejones bordeaban el camino como trampas de mula o a veces se abrían a un lado como si fueran la entrada de una mina abandonada. Si a Hamilton y a Cochrane les hubiera gustado exagerar, no habrían tenido necesidad de hacerlo al describir esos callejones. Este fue el escenario de la catástrofe que sufriría meses más tarde y que ya les relaté, y también de una historia, quizá verdadera, de un oficial español que tenía derecho a utilizar silleros gratis. Alguna vez el español resolvió usar en el sillero unas de esas horrorosas espuelas para mulas y el pobre indio, aguijoneado más allá de toda paciencia, lanzó al bruto al precipicio. El español se mató en la caída y el indio huyó al monte y no regresó nunca.

Las señoras que en la última parte del ascenso después de Toche no habían utilizado mucho las sillas, ahora se instalaron cómodamente en ellas casi todo el día. La señora se qued6 dormida, la señorita se puso a leer y los ~ilIeros caminaban como si llevaran la silla vacía. Nadie parecía ser consciente de que por ese camino uno podría desnucarse.

A las dos llegamos a Barcinal, la primera casa que encontramos desde que salimos de Toche y la sexta que hay en setenta y dos horas de camino. Allí vivía una familia antioqueña que 'nos dio mazamorra. La mazamorra es el plato favorito de los habitantes de esa apartada provincia. La hacen de maíz pilado y hervido y le añaden leche al servirla. A mí me gustan los antioqueños y las antioqueñas, así como sus sombreros [1], pero lo que no me gustaría sería tomar mazamorra con mucha frecuencia

Entre Barcinal y Toche que están a dos días de distancia no hay un sitio bueno para pernoctar. A fin de remediar esta solución lo mej or sería construir un camino que pudiera transitarse aun en mal tiempo. Si la segunda noche hubiéramos seguido hasta Gallego, es posible que habríamos llegado a Barcinal al día siguiente, ahorrándonos la mala noche de Volcancito.

Por un camino escarpado y malo bajamos a Boquía en las márgenes del Quindío. Boquía es cabeza de un distrito de la provincia del Cauca. La población tiene algunas casas relativamente buenas y una aceptable posada; están comenzando a construir la iglesia, hay un molino de trigo que vi funcionar y un puente cubierto sobre uno de los brazos del Quindío. Algunas veces los viajeros pueden aprovisionarse en Boquía. Después de pasar el Quindío que en este sitio es un río bastante grande, de casi dos pies de profundidad, nos esperaba un ascenso por un camino hermoso y luego otro tan empinado que las señoras tuvieron que recurrir nuevamente a las sillas. Finalmente llegamos a El Roble, donde nos detuvimos, precisamente a tiempo de evitar la lluvia, que sorprendió a los arrieros antes de que hubieran terminado de levantar la tienda. El Roble no es tan alto como Volcancito y esa noche la pasamos como cristianos, comiendo sentados a la mesa, durmiendo en una casa, y para la señorita hubo hasta cuarto aparte, nominalmente, porque no había seguridad de que no se le entrara nadie.

Salimos de El Roble el viernes por la mañana, y una bajada suave de tres millas nos llevó hasta la casa de otra familia antioqueña, en Portachuela, sitio agradable para descansar. Aquí probé las arepas y descubrí que son iguales a los Johnny-cakes que habían rechazado en Nueva Inglaterra y a los hoe-cakes, al pan de maíz y corn-dodgers de Illinois.

Más adelante nos detuvimos en un contadero llamado Lagunetas desde donde mandamos a los peones a que nos traj eran agua. Me imagino que, como su nombre lo indica, la encontraron en huecos y lagunas. Viajando hacia el occidente, recomiendo tomar agua en este sitio o traerla desde Portachuela.

De Lagunetas en adelante la lluvia había dejado el camino muy liso. Este último era almohadillado y las bestias metían las patas profundamente en el barro en esas gradas para mulas. Desgraciadamente yo hice lo mismo en una ocasión y la pierna se me hundió hasta la rodilla con no poco detrimento para mi apariencia personal. Pronto me adelanté y perdí de vista a mis amigos. En todo el día ]0 único que encontré para beber fue un poco de leche, ni una gota de agua. En el camino me alcanzó un hombre que se proponía ir de Boquía a Cartago en día y medio, mientras que nosotros haremos ese trayecto en dos o tres días. El tipo se había asegurado una punta de la ruana en un bolsillo del que salía la cabeza de un pollo vivo que le llevaba de regalo a una señora de Cartago.

Alrededor de las dos llegué a La Balsa donde había proyectado darme un buen baño en el río, pero al llegar encontré que no había río y francamente que no puedo explicarme cuál puede ser el origen de tal nombre. Casi no encuentro agua para lavarme los pies. Esperé una o dos horas al resto de la comitiva y cuando llegó decidimos que ese día no viajaríamos más.

Desde que se deja a Ibagué, La Balsa es el único sitio que merece llevar un nombre. Se dice que la población del distrito es de 199 y la de Boquía 198, pero la población de ambas está diseminada en más de 100 millas cuadradas. N o me explico la razón de la existencia de una población en este lugar; lo que sí sé es que para nosotros fue bueno llegar a ella. En La Balsa hice el gran descubrimiento de que sí me gustan los plátanos cocinados. Son tan pocas las veces que los dejan madurar, que no sabía cómo sabían maduros. Este es el primer lugar que he visto donde se cultiva en abundancia. Los nevan a vender a Cartago. A uno de los caballos que conducían de cabestro le dieron de comida un racimo de plátanos verdes.

Almorzamos sentados en el suelo y como iba a llover no pude recoger plantas; en cambio conocÍ el zancudo, que de allí en adelante sería compañía constante y nada agradable, y que al examinarlo detenidamente vi que simplemente es un mosquito. En todo el viaj e de Honda hasta aquí no había visto ninguno, y aun en este sitio son tan escasos que solo oí volar dos o tres.

El sábado por la mañana ya estaba con deseos de que terminara el viaje, en especial porque habían empezado las lluvias. Me puse el encauchado y aunque hubiera podido cabalgar todo el día, preferí continuar firme en mis dos pies, cosa que no pudo hacer el sillero de la señora quien dejó caer su preciosa carga cuatro veces en la mañana. Yo estaba conversando con ella cuando se cayó la primera vez y la acompañé hasta que se volvió a subir en la silla, que se había quebrado y había que arreglarla. Mientras tanto el sillero descargó la señora en un tronco enorme de tres pies de diámetro. Había que protegerla de la lluvia y lo único que había a mano era la punta de mi encauchado. Debimos haber presentado un cuadro muy divertido, pero no había espectadores que se rieran de la representación.

La señorita estuvo más afortunada y no se cayó ni una vez cruzando la montaña. En una ocasión el sillero que la llevaba se resbaló más de una yarda, pero ella es menos miedosa que su hermana y no se movió; en cambio, dos silleros se cayeron con la señora.

Más abaj o de la desembocadura del Quindío en el río La Vieja, se cruza este último en Piedra de Moler. Cada uno de nosotros pagó l,ln impuesto de 80 centavos a la provincia del Cauca. En realidad no es peaje porque el gobierno de esta no lo invierte en carreteras. Con la excepción de un pedazo de territorio al occidente del Cauca, donde la vía que va a lo largo del río pertenece a la provincia, el resto de los caminos son nacionales y muy rara vez la provincia o la nación gastan algo en su mantenimiento. En nueve meses que permanecí en el Cauca solo recuerdo haber visto construir un puente peatonal y nunca vi que se invirtiera ningún dinero o se trabajara en el sostenimiento de caminos.

Esta vez no nos demoramos mucho en el paso del río. Nos detuvimos un momento a ver cruzar las bestias a nado, cosa que es muy interesante, y fuimos luego a la casa del barquero, donde comimos huevos y plátanos asados antes de continuar el camino, dejando que el equipaje nos siguiera en dos tandas. Había escampado pero amenazaba lluvia, así que consideré prudente conservar mis instrumentos de defensa contra el mal tiempo. Solo nos restaba subir y baj ar una loma inmensa, porque Cartago queda a orillas del río La Vieja.

En la subida vi la Heliconia Bihai, una hierba cannácea, cuyas hoj as servían de abrigo al viajero antes de que se construyeran los tambos. Las hojas Henenesa forma característica de la canna de nuestros jardines y de la mata de plátano, y de uno a dos pies de largo; son blancuzcas por debajo y para hacer el techo de un rancho las cuelgan de un nudo en el peciolo de las cuerdas horizontales que pasan por los palos del techo. Antes todos los peones y cargueros tenían que llevar su porción de Bihai cuando viajaban al oriente, y el caminante dormía durante casi quince días bajo ese techo transportable.

Desde la cima tuve por primera vez una vista panorámica del valle del Cauca. Este no es completamente plano sino ondulado, como dicen en el Oeste, y el color verde vivo es maravilloso después de las llanuras secas de Ibagué y El Espinal. No creo que haya un espectáculo más hermoso que esta vista del valle del Cauca, rodeado todavía por las ,ásperas montañas del Quindío, mientras que en la distancia se divisan las de Caldas, que posiblemente no cruzaré nunca. La escena sería todavía más bella si se viera el Cauca, pero como la margen derecha está cubierta de pantanos y bosque, el río no se ve sino entrando en el valle. El día anterior, poco después de salir de Lagunetas, habíamos divisado el valle por entre un claro de los árboles.

Poco después de tener ante nuestros ojos el valle, terminaron las funciones de los silleros y en el primer charco que encontramos, los hombres arreglaron su apariencia personal lo mejor que pudieron para entrar a Cartago. Sacaron camisas de donde las traían guardadas, se pusieron sombrero y una ruana sobre el sencillo vestido, quedando ataviados como cualquier campesino granadino.

Finalmente llegamos al valle, pero no puedo decir en qué punto el suelo se vuelve aluvial; creo inclusive que esa línea sea muy difícil de determinar porque los dos suelos son parecidísimos. Tampoco puedo decir cuánto costó el viaje exactamente. Las bestias $ 5,20 cada una, incluyendo el servicio del peón; los gastos de subsistencia quizá hayan sido la mitad de esa suma, pero no llevamos las cuentas separadamente. Es posible que el costo haya sido menor de lo que en promedio cuesta cruzar el Quindío, en especial si no se incluyen las pérdidas por robo. A mí se me perdieron una hachuela de doble filo que se guardaba dentro del mismo mango, una toalla diferente a la del cuento, y como es natural, todas las cuerdas y lazos de los que pudieron echar mano los peones.

se demoró hasta después de la misa del domingo. Cartago es una población de aproximadamente el mismo tamaño de Ibagué, pero mucho más baja y caliente, aunque ni allá me molestó el frío ni aquí el calor, pero para alguien que tenga que trabajar al sol, el clima de Ibagué es preferible al de esta región del valle del Cauca. La altitud más baj a que he registrado en el valle es de 2.880 pies y la temperatura más alta a la sombra 85°, en La Paila, a las cuatro de la tarde el 11 de junio de 1853, lo cual no es demasiado; y la más alta al sol 127°. En Nueva York he conocido temperaturas mayores. Por lo demás en el Apéndice se pueden apreciar otras observaciones sobre el clima del valle del Cauca.

 [1] Los sombreros "panamá" fabricados en Antioquia se exportaban a las Antillas y al sur de los Estados Unidos. Constituyeron quizá los únicos artículos manufacturados que Antioquia exportó en el siglo XIX. Véase Roger Brew, El desarrollo económico de Antioquia desde la independencia hasta 1920. Publicaciones del Banco de la República, Bogotá, 1977. (N. de la T.).

miércoles, 14 de octubre de 2020

Tema histórico de la génesis de la división política administrativa de Filandia Quindio.

 

Tema histórico de la génesis de la división política administrativa de Filandia Quindio.



En el proceso del deslinde territorial en la creación del Distrito de Filandia, en el año de 1911, Bonifacio Giraldo, dueño de la “Salina de La Plata” solicita se le informe si el terreno donde se halla situada la salina quedó perteneciendo al Municipio de Cartago, pues quedó hacia el lado de ese distrito, según la línea que trazaron unos Ingenieros, que va a terminar en Barbas por sobre la hornilla del “Salado de La Arabia”. Si lo ha considerado el Municipio de Cartago, porque el Honorable Concejo Municipal de allí me gravo contribución directa que se me está cobrando, y que me he resistido a pagar, luchando por evitar el pago doble de tal impuesto, porque creo justo que antes se decida a que Municipio pertenece en definitiva el terreno del “saldo de La Plata” y cual de los tesoros de los dos distritos es el acreedor, pues ambos me hacen el cobro expresado. Por estas razones, y fundado en que el señor Tesorero de Rentas de ese Municipio no ha llenado las exigencias del Art. No. 153 de la Ordenanza No. 39 de 1.911, quedándome aún el termino señalado en el Articulo 155 de dicha Ordenanza para reclamar, os pido dispongáis lo concerniente para que se decida si el terreno de La Plata pertenece a Filandia o a Cartago y que mientras tanto se suspenda el cobro que se me hace de la contribución directa, cobro que ha emprendido el señor Tesorero.

Por estas razones y fundado en que el señor tesorero de rentas de ese municipio no ha llenado las exigencias del articulo 153 de la Ordenanza No. 39 de 1911, quedando aún el termino señalado en el articulo 155 de dicha Ordenanza para reclamar, os pido dispongas de lo conveniente para que se decida si el terreno de La Plata pertenece a Filandia o Cartago y que mientras tanto se suspenda el cobro que se me hace de la contribución directa, cobro que ha emprendido el señor tesorero pretermitiendo muchas formalidades.

Fuente: Archivo Histórico de Filandia.

Alvaro Hernando Camargo Bonilla.


domingo, 4 de octubre de 2020

COMPARATIVO HISTÓRICO FUNDACIONAL DE SANTA-ROSA DE CABAL.

COMPARATIVO HISTÓRICO FUNDACIONAL DE SANTA-ROSA DE CABAL



Como aporte al histórico informe No. 124, rendido por la Gobernación de la provincia del Cauca, de la Republica de la Nueva Granda, capital Cartago, del 7 de agosto de 1844, al Secretario de Estado del Despacho de lo Interior, contenido en la Gaceta Oficial del año 1843; se muestra el tema fundacional de Santa Rosa de Cabal, que 48 años después del informe oficial, está contenido en el texto denominado : GEOGRAFÍA E HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL QUINDÍO (DEPARTAMENTO DEL CAUCA), DE AUTORÍA DEL SEÑOR ELIODORO PEÑA, editado e impreso en Popayán, por la Imprenta del Departamento, en el año1892. Págs. 65 – 69.

Analizar comparativamente los dos textos, permite aclarar aspectos referidos a la acción estatal y la diligencia de los primeros colonos que, de distintos lugares, en especial de Antioquía, plantaron la semilla inaugural de la aldea.

Veamos lo que nos refiere el profesor Cartagueño Eliodoro Peña Patiño:

“Santa Rosa: Cabecera del Distrito del mismo nombre. Habitantes: 8,000. Temperatura: oscila entre 16° y 20° en las alturas; ha bajado a 10°. Posición: 1° 36' 30" longitud Occidental del meridiano de Bogotá, y 4° 5' 3" latitud Norte. Encuéntrese en una bella y larga planicie rodeada por el Sur de las colinas de "La Cruz," y las de "Vásquez"; por el Occidente la de Buenavista, y por d Oriente la cordillera de los Andes a cuyas faldas se encuentra, mostrándole casi siempre las nieves eternas de que está coronada esta parte de la montaña. Aun cuando la vista no goza allí sino de estrecho horizonte no por eso deja de ser bello el panorama, pues sus cultivadas afueras y sus colinas le dan un aspecto sencillo y alegre.

Con aguas abundantes y magníficas: por el Occidente el río San Eugenio que corre en dirección SE a Norte; el arroyo llamado "Leona" por el Este, y hacia el NE. el de Italia, y en otras direcciones los ríos Campoalegre, Campoalegrito y muchos arroyos.

En sus terrenos so producen con abundancia todos los frutos peculiares al clima; y si bien son pocos los potreros de pastos artificiales, no obstante, es crecido el número de ganados vacuno y caballar que allí existe. Produce, fuera de estas especies que constituyen su mayor riqueza; maíz, papas, fréjoles y trigo, y en el mercado, que tiene lugar los días sábados, se ofrecen en venta además artículos de tierra caliente, como plátanos, arroz, frutas, etc. Produce también, caña de azúcar, miel y panela.

En sus bosques se encuentran maderos de construcción[U1] , caucho, y un bejuco muy fino llamado cestillo, del cual construyen canastos que se expenden   mercado. Hay algunos veneros de oro, sin elaborar.

La población ocupa un área de bastante extensión atravesada por cuatro largas carreras, no todas pobladas, y estas por once calles, siendo las más concurridas las que dan entrada de Pereira y salida para San Francisco. La plaza está situada en un plano ligeramente inclinado, y por su diagonal pasa el camino de privilegio. La Iglesia es buena, de construcción moderna, tiene 54 varas de longitud y 21 de latitud, pero le falta el frontis. La obra de carpintería y de pintura del Altar Mayor son de mucho gusto y delicadeza. Hay Casa consistorial, cárcel, una carnicería, en la cual se penden mensualmente, por término medio, 25 reses y no menos de 100 cerdos, y un cementerio.

Entre los edificios particulares merecen citarse unas 12 casas de dos pisos.

Hay cuatro Escuelas públicas, dos de varones y dos de niñas:

En la número 1° de varones se educan 130.

En la número 2° 120.

En la número 1° de mujeres 140.

En el número 2°,90.

Santa-Rasa-Noticia Histórica.

Santa Rosa fue fundada en el año de 1844, en que el gobierno de la Unión cedió a sus pobladores 12000 fanegadas de terreno.

Fue Santa-Rosa de Cabal la primera población fundada por antioqueños en el Quindío, y su origen es el siguiente:

Después de abierta la ruta en el año de 1839, por la expedición que salió de Salamina hacia el Sur, encabezada por los señores José Hurtado y Fermín López, empezó hacerse constante el tráfico por los negociantes que a espaldas llevaban y traían los artículos de comercio, porque ningún animal podía todavía penetrar por allí. La soledad de un largo camino abrupto y montañoso presentaba mil inconvenientes y para obviarlos en parten fijaron puntos de escala: eligieron entre Salamina y Cartago el punto que ocupa hoy Manizales, que calcularon ser la mitad de la ruta y el cual había halagado por las guacas; y luego entre éste y Cartago el que ocupa, hoy Santa-Rosa. Surgió de aquí el que los viajeros pensasen en esta fundación, empezando por descuajar los montes; para la siembra de maíz.

Los primeros pobladores fueron, entre otros, los señores Fermín López, Gregorio Londoño, Pedro Gallego Gómez; José Antonio Pino, Vicente Muñoz, Jesús López, Ignacio y Nepomuceno Vásquez y Emigdio Buitrago. A las cuatro primeras tocó hacer el trazado de la plaza y calles y demarcar solares para Iglesia, cárcel, casa Consistorial y cementerio.

Hallábase a la sazón de Gobernador de la Provincia el señor Doctor Don Jorge Juan Hoyos a quien toco dar personalmente la posesión.

Por ley de 30 de abril de 1849 le fueron concedidas por el Congreso otras 12,000 fanegadas de terreno, pues la población había aumentado considerablemente. Para el asiento de la población fueron destinadas 200, de las cuales una tercera parte está ocupada.

En sus primitivos tiempos y siendo aún Aldea se denominó "Cabal"; pero en octubre de 1852 en que fue erigida en Distrito por la Cámara de Provincia, la intitularon Santa-Rosa, nombre elegido por razón de que los primeros pobladores pisaron por primera vez este lugar, el 30 de Agosto, día de Santa Rosa de Lima, año de 1843.

 

El primer Corregidor fue el señor José Antonio Pino, y el primer Maestro de escuela el señor Patrocinio Patiño, cundinamarqués. El primer Cura de almas que tuvo el Distrito fue el Presbítero José Ramón Durán de Cáceres, natural de Cartago, y a él debe Santa-Rosa gran parte de su ser, pues durante el lapso de tiempo de su permanencia propendió incansablemente por el engrandecimiento de la población.

Santa-Rosa dista de Cartago unos 4 miriámetros y del río Chinchiná-límite entre los Departamentos del Cauca y Antioquia- 3 miriámetros, 2 kilómetros y 2 hectómetros. Santa-Rosa presenció el primer combate en la guerra de 1885”.[1]

Álvaro Hernando Camargo Bonilla.



[1] Geografía e Historia de la Provincia del Quindío (Departamento del Cauca). Eliodoro Peña. Popayán. Imprenta del Departamento. 1892. Págs. 65 – 69.


 

viernes, 2 de octubre de 2020

CREACION DE LA NUEVA POBLACION. (SANTA ROSA DE CABAL)

 

CREACION DE LA NUEVA POBLACION. (SANTA ROSA DE CABAL)

GACETA DE LA NUEVA GRANADA

República de la Nueva Granada.

N. 124.-Gobernacion de la provincia del Cauca.

Cartago, 7 de agosto de 1844

Al Sr. Secretario de Estado del Despacho de lo Interior.



En los últimos días de Julio entré al punto de Santa Rosa con el objeto de reconocer el terreno en que se piensa fundar una nueva población, e informar al Poder Ejecutivo sobre los puntos que contiene la comunicación de US. de 1.º de Mayo último, número 3, de la sesión 4ª.

Situación. La situación es ventajosa para la formación de pueblo, tanto por que se halla en un punto cuasi equidistante de Cartago y de Neira, como porque por su temperamento medio, la fertilidad del terreno y lo fiel de descuajar los bosques, convidan para cultivar la tierra.  

Dista de Cartago como siete o siete Y media leguas españolas, tres de las cuales se transitan por el camino nuevamente abierto de los Cerrillos; el resto continúa por un terreno poco montuoso, cubierto de un bosque le guaduas y palmas en lo general, con pocos espacios de otros vegetales. El terreno es como el de toda esta cordillera en el valle del Cauca, fértil, sin piedra, cubierto de una primera capa de tierra flojísima, después de la cual; una de greda. Las aguas son abundantes y poco profunda.

Aunque al sudeste termina el horizonte con una punta que nieva frecuentemente, no participan sus aguas de hielo, porque esta corre a los ríos Otún, Campoalegre Chinchiná, mièntras que la población tomará las aguas de San Engenio, Santa Rosa y sus contribuyentes.

Facilidad para Poblar. -El punto que he designado para la población está en la orilla derecha del rio San Eugenio, distante como cuatro leguas de él por un lado, y como dos por otro, en una falda de suave declive que está rodeada por el rio, cubierta en la mayor parte de palmares que suministran una excelente paja y madera para construir casas de techo pajizo. Hay en ambulancia maderas de construcción como cedros, mohos y otras, según los informes que recibí, y lo que vi de paso. Las faldas que llevan a la cumbre de la montaña hacia el oriente conducen a un terreno reconocido como un mineral por las catas hechas de muy buen oro colorado, y según el parecer de algunas personas que en el año pasado han recorrido aquellos sitios, toda esta faja de la cordillera que esta desde Otún hacia el norte, es considerada como, muy mineral. Una pequeña cordillera que desde Cartago viejo corta el valle de sur a norte hasta Santa Rosa, está reconocida como la fuente de varios ojos de sal en combinación con yodo. Esta población será el punto en que venderán los habitantes del Cauca los cerdos, mulas y ganado vacuno y cacao que consuma Antioquia, y en donde comprarán lo que el comercio de aquella provincia les ofrezca, circunstancia que me hace esperar que después de fundada la población crecerá rápidamente.

Pobladores actuales. -La desconfianza de obtener el permiso legal para establecerse, ha retenido hasta ahora a muchas familias de trasportarse. Ciento sesenta cabezas de familia han manifestado estar prontos a venir a establecerse en la nueva población luego que se anuncie el permiso. Por ahora habrá como unas cuarenta o cincuenta personas, que habitan constantemente entre los ríos San Eugenio y Chinchiná, diseminadas en diferentes puntos. Tanto en la tierra templada que habitan ahora, como en la más caliente en que hicieron en años anteriores sus rocerías, recogen los frutos que necesitan para su subsistencia. Tienen unas pocas vacas, y un número mayor de cerdos y de gallinas. La paz y la salud de que disfruta, y la seguridad con que recogen sus frutos, los hace vivir contentos, anhelando por que llegue el día en que puedan invitar con seguridad a otras personas para que vengan a disfrutar de aquellas comodidades, prometiéndose que lograrán formar un pueblo con más facilidad y en menos tiempo que en Neira, que en tan corto tiempo de existencia cuenta más de trescientas personas.

Lugar designado para la población. -El punto en que se han reunido más descuajes es una falda de pequeña inclinación, determinada principalmente por las aguas de San Eugenio y de Santa Rosa. Aquí aunque el horizonte no es extenso es hermoso, limitado al occidente por las últimas colinas de la cordillera de San Francisco, al norte por una cuchilla alta que llaman “El Chuscal,” por el nordeste, oriente y sudeste por la cumbre de la oriental y una rama de ella que domina el sitio desde el sudeste, y por el sur por pequeñas quiebras a la orilla izquierda de San Eugenio. En este pequeño valle he designado un punto en que el rio San Eugenio rodea una falda dirigiéndose del sudeste al noroeste, para situar la nueva población, que, aunque quedará dominada por una punta que nieva en tiempo seco y despejado, no arroja vientos insalubres; pues existe una rama de la cordillera principal desprendida de ella, en la cual se estrellan seguramente los vientos que producen los páramos de nieve cuasi permanentes que miran hacia Mariquita y Honda.

Nombre. - Este punto en que la industria agrícola y minera puede progresar a un tiempo auxiliándose mutuamente, que será como un lazo de mayor estrecha entre los habitantes de las provincias de Antioquia y Cauca, y un excelente campo para que los descubrimientos de la química y de la geodesia se pongan en práctica entre nosotros, aplicándolas ya a la minería, ya a la agricultura, me parece digno de llevar el nombre de un filósofo granadino, de un humanista, de un patriota excelso sacrificado por nuestros opresores, de un químico cuyo nombre se cita con respeto en Europa, del ilustre General José María Cabal. Cabal es el nombre que propongo para esta poblacion, en honor; recuerdo del modesto y valiente prócer de la independencia.

Tierras baldías. Número aplicable-Demarcación Las tierras en que se encuentra el punto designado desiertas baldías que hasta ahora no han tributado al nombre otro fruto desde que existen conocidos, que el de los actuales pobladores han recogido de sus rocerías. información que remito a US. lo prueba, además de que nadie ha reclamado, aunque existe al efecto tanto como la provincia del Cauca, como de la de Antioquia, como se ve por copia de la invitación que acompaño.

Doce mil fanegadas son apenas suficientes para hombres que en cada cosecha pueden descuajar y sembrar doce sin gran afán, y cuya industria debe ser auxiliada con la cría de ganados, que exige un gran espacio, No puede es ser menos de doce mil el número que se destinen para la población, y tal vez habrá necesidad , ocurrir al Congreso para que permita hacer nueva locación (luego que se agote estas) pues US. sabe que 5 particulares han dado en Salamina y Neira ciento veinte a cada cabeza de familia. Estas doce mil fanegadas en tomarse entre los ríos San Eugenio de Campoalegre o Palomo que se unen, sin perjuicio de puedan darse también en la orilla izquierda del San eugenio separarse una legua de sus aguas; pues e situando población en el borde derecho, es natural e los pobladores apetezcan los lugares cercanos de la orilla izquierda.

Erección de vice parroquia. La población de Cabal con la  de Pindaná de los Cerillos deben formar una vice parroquia con el nombre de Quimbaya, luego que Cabal tenga cien cabezas de familia. Quimbaya es el nombre que se dio a la provincia cuya cabecera fue Cartago recién fundada, y aunque este nombre será probablemente la el de una provincia desde Chinchiná hasta La Paila, desmerece el de una vice parroquia que pronto puede ser parroquia, y pretender los honores y cargos de distrito parroquial.

Sus límites deben ser por el oriente la cumbre de los Andes desde los nevados, por el norte y noreste las aguas del Chinchiná desde sus fuentes, por el occidente el rio Cauca, y por el sur las aguas de Cumbarco hasta unirse con el Quindío y las de este con el nombre le La vieja hasta el Cauca.

Camino: Actualmente es transitado con bueyes y caballerías cargadas, el camino abierto por los pobladores, por él se introducen ya cerdos a Antioquia y se lleva cacao, recibiendo en retorno harina de Sonsón y dinero.

Los pobladores abrirán voluntariamente el camino hasta ponerlo perfectamente transitable desde Cartago-viejo (en donde ya se está estableciendo una posa la que denominare Tucumai, en recuerdo del cacique Cutucumai) hasta Chinchina. Están comprometidos a ello, y tienen facilidad para cumplirlo, pues que cada varón puede abrir en un una cuadra, no es gravoso para ellos destinar diez días, en cada año para esta obra.

-La dirección que se ha dado al camino me parece buena; ella viene recta de Neira Santa Rosa, y desde este punto ha sido rectificada nuevamente hasta Cartago-viejo; aquí cambia de dirección para pasar a Cartago hacia el oeste, después de haber evitado de fanegadas que la gran quiebra de Otún. Pudiera ser más recta llevan desde Santa Rosa directamente a Cartago; pero se transitaría por un país cálido y húmedo que gusta poco por los actuales pobladores, y que tal vez estaría muy cortado de zanjas y ríos ya caudalosos, demasiadamente cubierto de guaduales. Por la vía actual solamente el paso Otún, y la salida de su quiebra por la orilla derecha, que no son malos. Remito a US. un croquis del terreno a que me refiero en este informe. Dios guarde a US.

Jorge J. Hoyos.

Nota–En virtud de los informes que contiene este oficio, el Poder Ejecutivo expidió el decreto de creación de población de Caldas que se lee en la columna 2 de esta Gaceta.

Alvaro Herando Camargo Bonilla.

RECONSTRUCCIÓN DEL CAMINO DEQUINDIO, INFORME SOBRE SU PROGRESO. AÑO DE 1844.

 

INFORME SOBRE EL PROGRESO DE LA RECONSTRUCCIÓN DEL CAMINO DEQUINDIO.

Informe sobre el progreso de la reconstrucción del Camino del Quindío, al señor secretario del interior y relaciones exteriores. de la Republica de la Nueva Granada, rendido por el Gobernador de la provincia, señor Uldarico Leiva..

Ibagué el 5 de abril de 1843, 


República de la Nueva Granada —Núm. 159–Gobernación de la provincia de Mariquita-Ibagué, 24 de Julio de 1844.

Secretario de Estado del Despacho de lo Interior.

Cementerio del Corregimiento de Toche.

El día 29 de julio de 1843, regresó de Toche a Ibagué, el gobernador de la provincia, señor Uldarico Leiva.; a donde había vejado desde el 13 de abril de 1843, con el objeto de redactar un informe pormenorizado y exacto del adelanto del trabajo, e informar del mismo al Poder Ejecutivo..

El camino no estaba tan adelantado en los tres últimos meses como el pensaba, derivado del inconveniente del invierno presentado por esa época. Situación que conllevo, por semanas enteras al personal del presidio sin trabajar formalmente a causa de las lluvias.

Torrenciales e inmensos aguaceros se precipitaban constantemente arrastrando consigo la tierra recién removida, haciendo un daño mayor que el que existiera antes de iniciar las obras. A pesar de todo, el presidio trabajó con tesón, y al gozar de buen tiempo lograría terminar el camino en la parte que corresponde a la provincia a su mando algunos meses antes de abril del año de 1844..

PROGRESO DE LA OBRA

El desmonte, había llegado hasta la quebrada de las Tres Cruces, más allá del Yerbabuenal. Se suspendió por la crudeza del tiempo la falta de abrigo para el personal del presidio encargados del trabajo. Se han perfeccionado mucho los banqueos que quedaron imperfectos al tiempo de separarse mi antecesor del mando de esta provincia, y construido el camino en algunos trechos que quedaron por hacer de aquí a la Palmilla.

Las degradaciones de mayor entidad causadas por el invierno han sido enmendadas. Restan solo pequeños reparos que se harán posteriormente como queda dicho.



Puentes. Se han construido una multitud pequeños en las quebradas y desagües que atraviesan el camino, sobre cimientos de piedra y perfectamente sólidos. El puente de Combeima no puede hacerse de madera, porque no las hay durables en las tierras que rodean a Ibagué. A pesar de conocer yo esto, he preguntado a personas inteligentes, que me han confirmado en la opinión que llevo expuesta.

Me resolví, pues, a hacerlo de arco, y por conducto de US. invité o los albañiles de la capital para que me hicieran sus propuestas. Igual invitación hice por conducto del Señor Gobernador de Bogotá. Dos propuestas recibí, la 1ª.  del maestro Eustaquio Suarez por la cual se obligaba a hacer el puente, dándole todo material, por mil quinientos pesos, ofreciendo después una insignificante rebaja; la segunda del maestro Esteban Melo por la cual en iguales términos se obliga a hacer el puente por ochocientos pesos. Como conozco al maestro Melo, no dudo en aceptar la propuesta, y está trabajando hace ochos días en los cuales hizo el cimiento del lado de acá del referido rio.

Compré cien fanegas de cal a tres pesos cada una y 18,000 ladrillos por trescientos pesos, que son los calculados para los arcos, pues los cimientos y estribazon van de piedra labrada por cuenta del maestro. Someto a la consideración del Gobierno la contrata y el presupuesto, advirtiendo a US. que no por eso dejo de trabajar en el hasta obtener la resolución que recaiga; pues como US. sabe es preciso aprovechar dos únicos meses de verano que son los de Julio y agosto, fuera de los cuales el rio crece y hace imposibles los trabajos. El puente del rio San Juan debe hacerse de estribos de calicanto y vigas. Superfluo sería hacer allí uno de arco. Las maderas que están cortadas son de excelente calidad y durables, pues se conservan a la intemperie perfectamente sanas por tiempos larguísimos, como se ve por las palizadas que en aquellas encuentran en los caminos. Hubiera emprendido esta obra a la vez que la del puente de Combeima, pero la falta de un albañil me lo ha impedido.

Casas. Se han construido una en la Palmita y se terminó el tambo de Yerbabuenal, la primera después de servir al presidio la daré a un poblador, la segunda permanece sola por no haber habido hasta hoy quien la pida, a pesar de haberla ofrecido a varias personas.

Sementeras. El invierno dañó las sementeras de papas. Muy pocas cargas se han cogido, y las he destinado para auxiliar a los nuevos pobladores mientras les producen sus sembrados. No ha sucedido lo mismo con la arracacha, pues se calcula coger más de mil arrobas, de una calidad tan superior como no las hay en la provincia de Bogotá. Este producto será vendido a los contratistas que raciona el presidio, por los precios corrientes. -

Los nuevos pobladores, preparan sus terrenos para sembrar, y la Gobernación los auxilia dándoles semillas y trabajo en la montaña. He creído conveniente sembrar por cuenta de la empresa algunas papas, arracacha y cebada con el objeto de estimular con el ejemplo a las gentes, y de proporcionar recursos a los que vengan sucesivamente, y le he dispuesto que se prepare el terreno suficiente, lo cual se ha verificado.

Población. Algunas personas me han pedido terrenos en la parte que media entre la Palmilla y Toche, y aun cuando no cree la Gobernación que puedan hacer mucho, les ha ofrecido dar, sin embargo. Ningún efecto produjo la invitación de mi antecesor para poblar la montaña; hasta hoy no se ha presentado ninguno de otra parte a solicitar la gracia que se les ofrece. La Gobernación cree indispensable si se quiere poblar el terreno de Quindío, que el Gobierno nombre un comisionado que recorriendo los valles de Tensa y la provincia del Socorro, pueda hablar con las gentes haciéndoles presentes las ventajas que les resultan. Los infelices ni tienen noticia de las invitaciones, ni es posible que quieran venir sino los pobres que necesitan auxilios para su trasporte. Concluyo este informe asegurando a U.S. que el camino del Quindío será un monumento que recuerde con gratitud la presente administración y los constantes desvelos del Poder Ejecutivo para llevarlo al cabo que su solidez, hermosura y buena dirección honraría a una nación de mayores recursos que la nuestra; que la Gobernación es auxiliada poderosamente en la empresa por el director de ella Señor Vicente de la Roche, debiéndole también en la misma gratuitos servicios al capitán Rafael Diaz, que como proveedor del presidio lo asiste en sus trabajos, ayudando en cuanto puede al Director y desempeñando las comisiones que la Gobernación tiene a bien confiarle. Sírvase US, someter este informe a la consideración de algo de dinero, con el objeto de hacerles tomar amor al obediente servidor, J. Uldarico Leiva.