martes, 9 de noviembre de 2021

Histórica demarcación de los límites de los Municipios de Cartago y Filandia, entre los Departamentos de Caldas y Valle del Cauca (1909)


  1.  

Histórica demarcación de los límites de los Municipios de Cartago y Filandia, entre los Departamentos de Caldas y Valle del Cauca (1909)

El Senado de la época nombró una comisión de peritos para verificar la demarcación de los límites de los Municipios de Cartago y Filandia, entre los Departamentos de Caldas y Valle del Cauca, a continuación, una descripción de la demarcación referida.

Del cúmulo legislativo en evolución política y administrativa de Colombia, en la primera década del siglo XX, especialmente, la Ley 65, del 14 de diciembre de 1909, que restableció la antigua división territorial de la republica en los diez Departamentos que existían en 1° de enero de 1905, con los mismos límites que tenían en esa fecha. Los diez departamentos eran: Antioquía, Bolívar, Boyacá, Cauca, Cundinamarca, Magdalena, Nariño, Panamá, Santander y Tolima.

Igualmente, estableció la tramitación y condiciones que debían cumplirse para obtener la creación de nuevos departamentos (articulo 2° de la citada Ley 65), y los decretos necesarios para la subsistencia de los Departamentos que debieran quedar de acurdo con la Ley.

De conformidad, el Poder ejecutivo dicto el Decreto 340 de 1910, del 16 de abril “por el cual se da cumplimiento a la Ley 65 de 1909, sobre división territorial” Decreto que en la parte pertinente dice:

“CONSIDERANDO”

”1° Que la Comisión Legislativa ha remitido al Ministerio de Gobierno las pruebas que le fueron presentadas por los Departamentos de Neiva y Manizales, a fin de demostrar su derecho a la subsistencia, así como las presentadas por los de Cali y Buga con el objeto de solicitar la formación de un nuevo Departamento, formado de la reunión de esos dos y denominado del Valle:

“2° Que a los expedientes respectivos acompañó la comisión sendas proporciones aprobadas por ella unánimemente, conforme a las cuales el Gobierno debe decretar la subsistencia de los dos primeros de los nombrados Departamentos  y la creación del último; y eso en virtud de que en los expedientes aparece plenamente comprobado que se han llenado las condiciones requeridas por el articulo 2° de la precitada Ley 65, es a saber: que las solicitudes han sido hechas por mas de las tres cuartas partes de los Concejos Municipales correspondientes; que el numero de habitantes de los nuevos Departamentos es mayor de ciento cincuenta mil: que los presupuestos  efectivos de rentas no bajan de $1500900 en oro, anuales; y que los Departamentos de los cuales se segrega el territorio para forma las nuevas entidades quedan con una población no menor de ciento cincuenta mil almas y dotados de presupuestos de rentas anuales no inferiores a $150000 en oro.

DECRETA

” Artículo 1° Los Departamentos de Manizales y Neiva quedaran subsistiendo por los mimos limites que hoy tiene y llevaron los nombres de Caldas y Huila, respectivamente.

“Articulo 2° Crease el Departamento del Valle, formado con el territorio de los de Buga y Cali, con capital en esta ultima ciudad, y por los limites que actualmente tienen éstos”.

Los departamentos de Caldas y Valle, quedaron con los límites que tenían en la fecha de expedición del Decreto citado el antiguo Departamento de Manizales, que se llamo Caldas, y los de Buga y Cali unidos, que vinieron a formar el del Valle.

Orígenes de los Departamentos de Manizales, Cali, y Buga.

El Acto legislativo numero 3 de 1905, reformatorio de la Constitución, sobre división territorial, estableció que el Poder Legislativo podía alterar la división territorial en toda la Republica, formando el numero de Departamentos que estimara conveniente para la administración publica, y quedaron reformados por ese acto de la asamblea Nacional los artículos 5°, 6° y 7° de la Constitución de la Republica.

En virtud de esta autorización, la misma Asamblea de 1905 expidió la Ley 17 del mismo año (1905), sobre división territorial, y decretó la creación de nuevos Departamentos entre los cuales figuro el de Caldas.

Esta división territorial subsistió hasta el año de 1908. En ese año se decretó por la Ley 1ª. De 1908, la creación de treinta y cuatro Departamentos y el Distrito Capital. En estos treinta y cuatro Departamentos estaban comprendidos los de Cali, Buga, Cartago y Manizales, compuestos de territorios pertenecientes a los antiguos Departamentos del Cauca y Caldas.

Por esta Ley se autorizó al poder Ejecutivo para hacer variaciones en la División territorial de la República, y al efecto, el Decreto 916, del 31 de agosto de 1908, organizó los nuevos Departamentos, suprimiendo algunos de los creados por la misma ley, entre los cuales se encontraba del de Cartago, formado por las Provincias de Marmato, Robledo y Quindío, compuesto de los siguientes Municipios:

Provincia de Marmato

Riosucio, Apía, Ansermnanuevo,  Ansermaviejo, Marmato, Quinchia, San Clemente y Supia.

Provincia de Robledo.

Pereira, San Francisco, Santa Rosa, y Segovia; y

Provincia del Quindío

Cartago, Armenia, Calarcá, Filandia, y Victoria.

La Ley primera había dispuesto que el Departamento de Manizales lo formaran las Provincias de Aránzazu, Manizales y Manzaneares, esta última creada en 1907, con su capital en la ciudad del mismo nombre; pero al ser suprimido el Departamento de Cartago por medio del Decreto 916 de 1908, se agregaron a la Provincia de Robledo, del Departamento de Manizales, los Municipios de Armenia, Calarcá, Filandia y Circasia.

Como se ve, de acuerdo con esta división territorial (articulo 24 del Decreto ejecutivo 918 de 1908), la Provincia de Robledo, del Departamento de Cartago, suprimido, pasó de hecho a formar parte del Departamento de Manizales, lo mismo que la de Marmato.

El 1° de octubre de 1908 existían los Departamentos de Cali, Buga, y Manizales, y a estas entidades así formadas se refirió el Decreto 340 del 16 de abril de 1910, que creó los Departamentos de Caldas y el del Valle, formados como ya se ha dicho al principio de este informe.

Las Leyes sobre división territorial, ni los decretos que las desarrollaron fijaron de una manera precisa los limites entre los nuevos Departamentos, sino que tomaban a estos como agrupaciones de provincias o municipios y se determinaban los límites departamentales por los de los Municipios que formaban los Departamentos, y fue así como  los limites de los Municipios de Cartago y Filandia vinieron a ser los de los Departamentos de Caldas y Valle, motivo que  derivó una discusión  que se solucionó con el trabajo de la Comisión de ingenieros nombrada por el Senado para dirimir dicha disputa.







Los límites entre estos dos Municipios los fijó la Ordenanza 31, del 26 de julio de 1894, de la Asamblea Departamental del Cauca, que creó el Municipio de Filandia, en la Provincia del Quindío, y dice:

“Articulo 1° Erígese el Distrito de Filandia, en la Provincia del Quindío, compuesto del Corregimiento del mismo nombre que será su cabecera, y del de Circasia, segregándolos respectivamente de los Municipios de Salento y Cartago.

“Parágrafo. Los limites entre este Distrito (el de Cartago), y el nuevo de Filandia serán, sin embargo, por la línea más corta imaginaria que partiendo del río de La Vieja, pase por Pavas y vaya a terminar a la quebrada Cestillal o Barbas.”

La comisión trazó sobre el terreno esta línea imaginaria, sobre un plano de la región. La línea tenía su extremo sur en Pavas y norte en la quebrada de Barbas, en la intersección entre el camino que del Salado de Arabia conducía a Pereira y la quebrada de Barbas. Esta fijación limítrofe presento inconvenientes graves de fraccionamiento de las edificaciones e instalaciones industriales del Salado de Arabia, dejando parte en un departamento y parte en otro, con todos los inconvenientes consiguientes a una división de esta clase. Fue preciso por, por tanto, mover la línea un poco hacia arriba, y fijar su extremo norte unos 80 metros arriba del punto que se había determinado en el acta número 1, y así hubo de corregirse en acta número 2, siendo esta exactamente la posición de la línea mas corta estipulada en la Ordenanza.

Quedaron de esta manera definidos los límites entre el Municipio de Filandia, departamento de Caldas, y el Corregimiento de La Balsa, hoy Municipio de Alcalá, en el Departamento del Valle.

Sobre el terreno se colocaron los mojones necesarios para la demarcación, de los cuales se dio cuenta a los vecinos interesados y a las autoridades de Filandia y de Alcalá. Estos mojones constan de piedras clavadas a profundidad suficiente para evitar que las puedan mover, y a la altura suficiente sobre la superficie, que los hace visibles muy fácilmente.

La comisión bien hubiera podido encontrar un límite fronterizo, para haber evitado así esta línea imaginaria, que naturalmente dejó muchos inconvenientes; pero no fue posible hacer esto, con el argumento de que se causaba grave perjuicio territorial para alguno de los dos Departamentos.

Los ingenieros civiles Julio Fajardo Herrera, y Julián Arango, presentaron el informe de su labor, el 24 de junio de 1919 al Senado y a los señores Gobernadores de los Departamentos de Caldas y del Valle.

 

En informe presentado al Senado, relacionado con la demarcación limítrofe entre los Departamentos de Caldas y del Valle del Cauca, como consecuencia de las varias divisiones y subdivisiones políticas administrativas que se dieron el país en el periodo de 1905 a 1910, donde se crearon el ultimo año citado, los departamentos de Caldas y del Valle.

Todo lo anterior, relacionado en lo dispuesto por la Ley 65 del 14 d diciembre de 1909, que restableció las antiguas nueve divisiones generales y que permitió la creación de nuevas,

En virtud de esta tramitación, y creados los expedientes respectivos, el Poder Ejecutivo, por Decreto número 340, de 16 de abril de 1910, dando cumplimiento a la Ley 65 de 1909, sobre división territorial, confirmó la subsistencia del Departamento de Manizales, que había de llamarse en lo sucesivo Caldas, y creo el Departamento del Valle .

Cuando se efectuaron estas divisiones territoriales, tanto en 1905, 1909 y en 1910, la demarcación no fue geográficamente precisas.

Tal fue el caso ocurrido con los Departamentos de Caldas y Valle del Cauca, el límite que les dejó la Ley 65 de 1909, y el Decreto 340 de 15 de abril de 1910, a los municipios de Cartago y Filandia, quedaron imprecisos y obscuros.

Cuando fue creado el Municipio de Filandia, segregado del distrito de Salento, en la Provincia del Quindío, del antiguo Cauca (Ordenanza No. 31, de 26 de julio de 1894), estatuyó que el limite de Filandia con Cartago, sería por una línea imaginaria que, partiendo del rio de La Vieja, pasara por Pavas y fuera a terminar a la quebrada de Cestillal. Barbas.

Fue preciso nombrar una comisión demarcadora por parte del senado, que fundamento a planos y mapas y sobre el terreno se precisar la línea limítrofe, antes dudosa y que venia presentando disputas entre las partes

1477 DE 1906

LA CELEBRE COMETA DE “CHUN”

 

LA CELEBRE COMETA DE “CHUN”.



Refiere la ficción de Gustavo Ocampo Chica R. (a. “Chum), cometero y talabartero de Filandia, la confección y ulterior vuelo por los cielos de la Hija de los Andes de una magna y extraordinaria cometa.  

Fabula titulada “la cometa de Chum”, narrada con lujo de detalles por el historiador Alfonso Valencia Zapata en el libro: “Filandia, historia y humor”. La leyenda  asevera que fue la cometa más grande del mundo, tan colosal que no pasaba por la puerta de la iglesia parroquial, y que su medía semejaba el frontis de una casa de bahareque de dos pisos.

SU PROCESO.

Ensambló el armazón con grandes y delgados “varillones” de guadua conseguidos en la finca del señor Julio Ocampo, ubicada en la vereda “Argenzul” de Filandia. Terminada la estructura, empezó la infructuosa búsqueda en el comercio de Filandia de la tela para cubrirla. Como no la halló, se trasladó a Armenia y en un almacén de venta de carpas para camión compro dos de la medida de camión de veinte toneladas.  Farolero regresó al pueblo y empezó el trajín de juntar las dos carpas que posarían sobre el bastidor de la cometa.  Procedió a la costura de las dos secciones, para ello apeló a las ajugas de “arria”.  Previstas las medidas procedió a cortar la cubierta de la cometa. A simple vista el armatoste parecía más a una carpa de circo de pueblo que la cubierta de una cometa.

Caviló que hacia falta la colosal cola, alguien le dio la idea de recoger ropajes usados y unirlos, así fuera de diferentes colores y formas (sotanas, pantalones, chalecos, ruanas, calzoncillos  abrigos, suéteres y retazos) que fueron usados para su elaboración y alcanzó un peso de tres arrobas.

Le faltaba la piola para elevarla y ante la infructuosa búsqueda en el comercio de Filandia, emigro a Pereira en su búsqueda, allí por recomendaron comprar pita para cinchas de enjalmas, la compró y regreso presuroso a empezar el cometido de elevar su cometa.

TODOS QUERÍAN VER LA ENCUMBRADA.

Un alucinado tropel lo cortejaba en el transporte de su descomunal y novedosa cometa al alto de “El Patudo”, en donde bufaban los vientos nacientes en el  Paramillo del Quindío. “Chum” se lío el final del cordel a su cintura y comenzó a elevarla con tal maestría que los concurrentes vociferaban, aplaudían y le gritaban “vivas”. Le colocado un gran letrero que decía: “Viva Olaya Herrera”, primera y última intervención en política de “Chum”.

La cometa subía y pedía cuerda, esta se agoto rápidamente. Una especie de ciclón sopló repentinamente y como “Chum” tenia la cuerda amarrada a la cintura, el torbellino raudo llevó la comenta y no le dio tiempo de soltar la piola de su cintura, siendo arrastrado potrero abajo por entre “boñigas” frescas y  avisperos “quitaclazones”, terminando engarzado en un alambrado, en donde por fortuna se reventó la piola y la cometa siguió por los aires de la vereda “Argenzul”, precisamente de donde había traído los varillones. “Chum” quedo extendido y exhausto a punto del desmayo.

Un segundo intento  a los quince días  para elevar de nuevo la cometa y para evitar que lo arrastrara consiguió una “manigueta” de uso guaquero  y en ella envolvió la cuerda. Comenzó a elevar la cometa y a soltare el grueso hilo. Como era los tiempos de julio los vientos arreciaron  y arrancó la manigueta, y reventó la piola. La famosa cometa se perdió  en el ocaso.

Arrieros que se dirigían a Filandia, la vieron por última vez pasar a gran altura  por sobre Quimbaya en dirección a “Piedra de Moler”. Nunca más se volvió a saber de la cometa de “Chum”, que paso a la historia de Filandia como un recuerdo.

 

 

Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

 

Fuente: Gustavo Ocampo. Filandia, historia y humor. Editorial Quingraficas. Armenia Quindío. 1984. Pág. 157

jueves, 4 de noviembre de 2021

Viajes por el interior de las provincias de Colombia de John Potter Hamilton (1823).

 

Viajes por el interior de las provincias de Colombia de John Potter Hamilton (1823).  






En el año de 1823, el Gobierno Británico dispuso enviar una  comisión a la reciente república constituida en Colombia. La comisión la conformaban barios dignatarios, ente los cuales estaba el coronel John Potter Hamilton.

Desde el litoral Caribe navegó por el río Magdalena hasta Honda, de donde continuo el viaje por el camino real de Honda hasta Bogotá.

El 14 de septiembre de 1823 emprendió viaje con el fin de visitar el Valle del Cauca, en compañía de un grupo de viajeros conformado por el señor Cade, su secretario, su cocinero Edle y dos sirvientes uno inglés y el otro alemán, quienes hablaban bien el español.  Su equipaje y provisiones calculadas para el consumo de un mes (galletas, carne de vaca salada cortada en tajadas finas, chocolate, etc) se trasportaba en tres mulas propias y otras alquiladas.

Después de recorrer las aldeas de Bojacá, La Mesa, Tocaima, orillas del río Magdalena, El Espinal, Purificación, Villa Vieja, Neiva, Campo Alegre, El Lobo, El Ancón, La Plata, Inzá y Corales efectuó el duro y peligroso paso del páramo de Guanacas. Llegó a Popayán en la tarde del miércoles 8 de octubre de 1823.

Una vez realizado un amplio itinerario en Popayán y sus inmediaciones, partió rumbo a Cartago, en donde a continuación de una expresiva experiencia de su  estadía, emprendió su regreso a Bogotá por el camino de los Andes del Quindio.

A continuación su relato de viaje.

SU TRAVESÍA POR EL CAMINO DEL QUINDIO.

Al fin llegó la buena nueva de que el juez político de Ibagué estaba adelantando activas diligencias para conseguir el número necesario de silleros, peones y mulas, pues había recibido órdenes del gobierno de que nos prestara toda clase de ayuda; así es que el 20 de diciembre llegaron a Cartago los hombres y las mulas.

El 21 vino el juez político a decirnos que los peones necesitaban, antes de emprender el camino de regreso a Ibagué, descansar un día y ocuparse en comprar algunas cosas que les faltaban. Se pasaron algunas horas de la mañana en pesarnos escrupulosamente.

Yo resulté pesando siete arrobas menos cinco libras, y Mr. Cade cinco completas. Nos divirtió mucho ver a los dos silleros que creían tener que cargar conmigo por el paso de las montañas, mirarme con fijeza de alto a abajo. Como el juez les preguntara qué opinaban de mi peso, respondieron que podrían cargarme sin dificultad alguna y que en anteriores ocasiones habían podido con personas todavía más corpulentas. Por lo que el juez político les había dicho
en Ibagué se habían formado la idea de que el cónsul general inglés
(título que me daban siempre) era personaje de mucho mayor envergadura. La expedición contaba con cuatro silleros, catorce peones para cuidar del equipaje y tres mulas de remuda, fuera de las que montábamos y una especie de capataz o comandante cuyo ascendiente sobre el personal, si va a decir verdad, no era muy grande.

Siguiendo el consejo del señor Rodríguez, desistimos de llevar con nosotros el moro de Mr. Cade, que cojeaba por habérsele puesto mal las herraduras. Se convino en pagar diez y seis pesos a cada uno de mis silleros, diez a los te Mr. Cade y de Edle y nueve a cada uno de los peones. Por mi parte, les ofrecí una buena propina si quedaba contento del servicio y conducían la carga con cuidado. Corre a cargo del empresario de los silleros y peones la alimentación, consistente en carne cecina, tanto de res como de cerdo, plátano y arroz en determinada cantidad por persona. Con satisfacción oímos al señor Rodríguez afirmar que estos cargueros eran muy diferentes de los bribones que se emplean para tripular los champanes subiendo el Magdalena. |Y tengo para mí que si no llegaban a ser mejores, peores no podrían serlo en ningún caso.
El artefacto de que se valen para cargar el equipaje es una especie de armazón de guadua, de tres pies de largo aproximadamente, con un travesaño en la parte inferior donde se afianza el bulto.

Luego se le asegura con correas hechas de la corteza de ciertos árboles, cuyos extremos se anudan a guisa de arnés sobre los hombros y a través cruzando el pecho del peón; además sostienen con la frente otra correa que va adherida a los extremos superiores del armazón de guaduas que llevan a la espalda. Tienen buen cuidado, desde luego, de poner sendas almohadillas sobre la frente y la espalda para precaverse de las magulladuras. Por lo demás, andan desnudos, con sólo un pañuelo ceñido a la cintura. Las sillas para cargar personas sólo difieren de las descritas arriba en que llevan sostenes para el apoyo de los brazos y los pies del pasajero. El peso que ordinariamente carga un peón es de 100 libras, pero muchos, en ocasiones, llevan uno mayor y algunos han llegado a cargar hasta ocho arrobas; no obstante este impedimento andan ágilmente deteniéndose rara vez a descansar. Tuvimos la satisfacción de ver que el juez político se ocupaba con toda solicitud y acuciosidad en la tarea de tener todo listo y bien dispuesto para nuestro viaje por las montañas. Recomendaba además, con ahínco, a los peones que se portaran con diligencia y esmero durante la jornada que íbamos a emprender.

En la mañana del 22 de diciembre habíamos terminado todos los preparativos y nos aprestábamos ya a partir de Cartago, cuando creí oportuno dirigirme a mis criados para decirles que no debían pensar, remotamente siquiera, en hacerse cargar por los silleros a menos de llegar a enfermarse en el camino, orden que tuve la satisfacción de ver estrictamente acatada. Luego de despedirnos del juez político, de M. de la Roche y de otros tres caballeros allí presentes sin olvidar naturalmente, a las chicas silbadoras, siendo las nueve de la mañana emprendimos camino hacia las montañas del Quindío, montando nuestras mulas, pues era mi propósito cabalgar hasta donde fuera posible.

Encontramos el camino en no muy malas condiciones por espacio de tres cuartos de legua; más adelante estaba tan cenagoso que me vi obligado a apearme para vadear los charcos, calzado como estaba de botas altas y grandes espuelas, con gran diversión para los peones, naturalmente, pero con no menor mengua de mis reservas de grasa. Después de llegar a un alto, la bajada a lomo de mula por las veredas resbaladizas y fangosas era empresa rayana en lo temerario. En estos casos era de ver cómo las mulas, conscientes del peligro, escudriñaban la vía con toda cautela y luego, juntando las patas delanteras, se dejaban resbalar sobre las corvas en forma tal, que hasta un testigo presencial hubiera vacilado en dar crédito a sus ojos. Lo único que el jinete puede hacer en estos momentos es conservarse a plomo en la silla confiando en que la Divina Providencia y después la mula lo guarden de estrellarse en el medroso abismo.
A las tres de la tarde llegamos a una casa solitaria sobre las márgenes del río La Vieja, donde debíamos pasar la noche. Ya puede imaginarse el cansancio que me agobiaba después de la tremenda jornada, tan mal equipado como iba para andar a píe por semejantes andurriales y con un calor achicharrante, pues apenas habíamos ascendido un poco sobre el nivel del Valle del Cauca. En cuanto a Mr. Cade, cuyo peso era mucho menor que el mío, había podido salir avante sin desmontarse de la mula. Durante la noche nos molestó mucho el zancudo por la circunstancia de hallarse la casa situada no lejos de las márgenes del río, como queda dicho.

Por el estado en que se hallaban los caminos o más bien, veredas, practicadas por el paso de las mulas, pudimos darnos cuenta de que había llovido copiosamente en las montañas mientras en Cartago habíamos gozado de buen tiempo, observación que fue confirmada por los peones que habían hecho el viaje viniendo de Ibagué. Madrugamos el 24 de diciembre para seguir camino aunque, a decir verdad, no era muy satisfactoria la condición en que me hallaba para caminar por la montaña. Decidí cambiar mis botas altas por unas alborgas que compré en Cartago, especie de sandalias que cubren la planta del pie y parte de los dedos y que se sujetan con dos cuerdas que, prendidas al talón, se atan sobre el empeine.

Hube de prescindir de las medias, pues las hubiera dejado pegadas en el barro. Completaban mi atuendo holgados pantalones blancos, camisa y chaleco, sombrero pajizo de anchas alas y un grueso bordón de punta ferrada para apoyarme al trepar por las rocas o salvar los charcos.

También ese día encontramos los senderos en el mismo pavoroso estado de los que habíamos transitado el día anterior. Caí en dos o tres fangales de los cuales sólo pude salir con la denodada ayuda de los peones y comencé a temer que me flaquearan las fuerzas antes de dar cima a mi empresa; pero resolví perseverar tenazmente en mi determinación mientras pudiera conservar aliento siquiera para mover las piernas. Cuatro días de buen andar se emplean en la travesía de aquella parte del Quindío, conocida con el nombre de La Trucha, región anegadiza y cenagosa; mas dejada atrás ésta, se pisa ya terreno más firme y los senderos empiezan a hacerse transitables. El agua de los arroyos que corren por allí es muy pura y deliciosamente fría; el clima tiene reputación de ser salubre y estimulante. Pasamos la noche en un lugar llamado El Cuchillo, donde nos fue de gran utilidad la tienda que en Popayán nos regalara don J. Mosquera, la cual alcanzaba a servirnos de dormitorio a Mr. Cade y a mí. En cuanto a los peones, construyeron con hojas de plátano traídas a tal efecto desde Cartago, una especie de cobertizos que llamaban ranchos y de cuyo abrigo hicieron partícipes también a nuestros criados.
Partimos de El Cuchillo el 24 de diciembre a las seis de la mañana y a las tres de la tarde llegamos a un lugar llamado el Portachilo. Por el camino ese día tuve dos resbalones que dieron con mi cuerpo en tierra, sufriendo gran maltrato, aunque con la práctica anterior había adquirido ya alguna destreza en saltar de uno a otro de los lomos de tierra sólida que sobresalían entre los barrizales; fuera de que en las alborgas hallé calzado más adecuado que las botas altas de antaño para el tránsito por estos resbaladeros. Causaba pasmo ver a los cargueros avanzando por los peligrosísimos senderos con tan pesados fardos a la espalda; sólo una larga práctica había podido avezar sus cuerpos a trabajo tan rudo y azaroso.

Nos dijeron que desde pequeños se les entrena haciéndoles cargar livianos bultos cuyo peso se aumenta gradualmente a medida que avanza en edad. En algunos trechos habían caído grandes árboles a la orilla del camino, sobre cuyos troncos se deslizaban los peones con tanta seguridad y aplomo como si estuvieran actuando en un prado de juegos. Mis dos cargueros, con su talle esbelto y recio, parecían modelos escogidos por un gran artista.

Uno de ellos tenía semblante particularmente vivo e inteligente, junto con trato expresivo y jovial. Me contó cómo había tenido el honor de cargar en el paso por estas montañas a la mujer del coronel Ortega, gobernador entonces de la provincia de Popayán y que en todo el trayecto no se había resbalado una vez siquiera. Tiempo después, conversando con el juez político de Ibagué, me dijo que los cargueros rara vez pasan de los cuarenta años, pues por lo general mueren prematuramente de alguna afección pulmonar o de la ruptura de un aneurisma y que además, como sucede en general, los que trabajan de manera intermitente pero con buena remuneración en cada caso, se daban a la disipación y a la bebida hasta consumir el último centavo de la paga anteriormente obtenida. Hay entre trescientos y cuatrocientos hombres en Ibagué que viven exclusivamente de cargar personas y fardos por las montañas del Quindío. Es de esperarse que el Gobierno realice el programa de mejorar los caminos que calzan estas montañas, pues es ciertamente deshonroso para la especie humana verse en el caso de imponer a sus semejantes un trabajo que sólo las bestias debieran realizar. 

Se me ha dicho que tanto españoles como naturales del país montan a espaldas de estos silleros con tanta sangre fría como si cabalgaran a lomo de mula y que muchos de estos infames no han vacilado en aguijar las carnes de los pobres hombres cuando le viene en gana pensar que no marchan con suficiente rapidez. Yendo de camino uno tras otro, el carguero que va adelante como guía de los demás suba cada cinco o diez minutos para indicarles la ruta que va siguiendo libre de tropiezo.

A la madrugada del 25 de diciembre la expedición estaba lista a partir de Portachilo. Habíamos mantenido encendidas grandes fogatas para ahuyentar a los tigres y proteger especialmente a las mulas, que muy a menudo son víctimas de los audaces ataques de estos felinos. A cada rato les oíamos rugir durante la noche, acompañados del desapacible aullido de los simios rojos; y al añadirse a tan medroso vocerío el áspero graznar de las aves nocturnas, resultaba una infernal serenata no arrulladora en verdad, para el oído
Cade y el mío
. Continuamos todo el día nuestra marcha por el camino cenagoso bordeado de selvas impenetrables, subiendo poco a poco hacia la cuna de este ramal de los Andes, y si, de cuando en vez se presentaba en la abrupta vía un paso que permitiera la vista del paisaje, se alcanzaban a divisar a uno y otro lado, montañas cuyos picos altísimos se alzaban hasta esconderse en un nimbo de nubes. Mr. Cade persistía en continuar a caballo, no obstante los repetidos porrazos que tuvo que afrontar, y los criados, aunque a trechos montaban sus mulas, hicieron a pie la mayor parte del recorrido. Poco a poco, con la práctica iban mejorando mis cualidades de andarín, aunque, no habituado a las sandalias, me dolían los pies, maltratados por golpes y rozaduras contra los pedruscos y raíces de árbol que obstruían el camino. Vimos por allí pájaros muy raros que no conocíamos, de tamaño como un faisán, de brillante plumaje y largo pico; me decían los peones que estas selvas estaban pobladas de aves que no se encontraban en el Valle del Cauca ni en las provincias de Mariquita o Neiva. ¡Qué campo de investigación tan amplio y rico ofrecían estas montañas a ornitólogos y botánicos dotados de temple suficiente para arrostrar, eso sí, toda clase de privaciones y penalidades!

Esta mañana un peón mató con su bordón una culebra de piel verde brillante y de ocho pies de largo que yacía dormida a dos o tres yardas del camino. Comentaba después que tal clase de serpientes llegaba a tener gran tamaño y que muchas veces las había visto subidas en un árbol a caza de pájaros y animalillos de toda clase, pero que su mordedura no era venenosa. A las tres de la tarde llegamos a un altiplano que consideramos adecuado para pasar la noche y donde había buen pasto para las mulas.
Me había fatigado tanto con la caminata de aquel día, que me vi obligado a descansar varias veces a la orilla del camino. Al partir de Cartago Edler, mi cocinero tenía las piernas hinchadísimas y cubiertas de escoriaciones, pero a medida que con el ascenso encontrábamos clima más fresco (el termómetro aquí marcaba 64ºF) se fue reponiendo hasta desaparecer casi por completo la inflamación. Hasta el momento los peones se habían portado tan bien, que gustoso les prometí una paga adicional de veinte pesos si continuaban lo mismo hasta Ibagué y como los cuatro silleros iban escoteros, ayudaban de buen grado a los peones a cargar el equipaje. Algunos de ellos, como el astuto Esopo, habían tenido cuidado de llevar consigo buena cantidad de comestibles que vendían a buen precio durante el viaje a sus compañeros menos previsivos y andaban ahora ligeros y desembarazados, libres del lastre que al emprender camino les agobiara. Uno de los peones me mostró la palma de cera que por allí se daba.

En la Navidad, que nos sorprendió por el camino, Mr. Cade y yo brindamos unos extras de Punch por todos los amigos de nuestra patria lejana, sin dejar en olvido a nuestros criados, quienes fraternizando con los peones tomaron también parte en el regocijo. No eran en verdad las montañas del Quindío sitio propicio para pasar una alegre y festiva Nochebuena, pero por fortuna gozábamos de buena salud y nos alentaba la esperanza de llegar ya pronto a Bogotá, donde podríamos recibir noticias de los amigos de Inglaterra. Desde mayo anterior, es decir, justamente hacia ocho meses, no había recibido cartas de mi familia. Ya habíamos dejado atrás la Trucha y pisábamos un terreno más sólido, desde cuyas alturas se podían contemplar más amplios panoramas. Hasta donde alcanzaba la vista cubría las montañas selva impenetrable, a no ser por el sendero estrechísimo que seguíamos y que a duras penas se podía transitar. Ya por la tarde, al bajar acompañado por dos peones hasta un arroyuelo que corría por el pie de la montaña, uno de ellos me señaló un jaguar de gran tamaño que estaba bebiendo en la orilla a unas 200 yardas de distancia. El felino nos clavó la mirada por espacio de dos o tres segundos, pero luego, volviendo grupas, se internó a paso mesurado por la selva; actitud que recibió mi aprobación irrestricta, como que en el momento nos hallábamos desprovistos de lanzas o de cualquier arma de fuego. Por la tarde uno de mis silleros empezó a quejarse de que se sentía indispuesto y al ofrecerle yo alguna medicina que podría aliviarlo, se negó obstinadamente a tomarla. Al día siguiente, como lo encontrara ya bueno y sano y le preguntara qué remedio se había hecho, me contestó que había tomado simplemente agua de azúcar, que era la cura infalible para toda enfermedad. Quizás los doctores europeos encuentren algunos reparos que hacer a este sistema terapéutico.

Ese mismo día cruzamos el río Quindío que, corriendo en dirección sur, desemboca en el río de La Vieja. Las noches iban siendo cada vez más frías y las cobijas se hacían más deseables aún bajo el abrigo de nuestra tienda. A las seis de la mañana del 26 de diciembre partimos del alto que nos sirvió de posada y comenzamos a ascender rápidamente.
De camino vimos bandadas de pavos silvestres y a buen seguro que, de llevar con nosotros nuestras escopetas y cartuchos, nos hubiéramos procurado, por lo menos, dos o tres buenas comidas, pues la carne se conserva bien en un clima ya tan frío. Pero al fin y al cabo, el viajero que transita por tan abrupta e inhóspita región, sólo le obsesiona la idea de llegar cuanto antes al término de su jornada, más si se ha visto obligado a andar a pie. Uno de los silleros me señaló huellas de tigre y de oso negro, las primeras de las cuales, frescas aún, me indujeron a tener ojo avizor para evitar una sorpresa peligrosa al pasar por los desfiladeros. Poco antes de las tres, hicimos alto para pasar la noche, cosa que siempre me caía como lluvia de mayo, porque si bien ya no teníamos que debatirnos en los profundos charcos, tropezábamos en cambio con peñascos y rocas por las cuales teníamos que trepar a gatas, respirando con dificultad un aire enrarecido. Los peones portadores del equipaje que no era indispensable desempacar, al colocarlo en el suelo lo cubrían con hojas de plátano para ponerlo al abrigo de la lluvia. Hasta aquí habíamos disfrutado por fortuna de tan buen tiempo que apenas si cayeron lloviznas pasajeras, en contraste con la semana anterior durante la cual, según decían los peones, en su viaje de Ibagué a Cartago no dejó de llover un solo día. Desde la altura donde nos encontrábamos se divisaba, distante algunas leguas a la izquierda, el nevado del Tolima en forma de cono truncado y de cima cubierta perpetuamente de nieve; el mismo que según tuve ocasión de mencionar arriba, se hace visible desde Bogotá a hora temprana cuando el cielo está bien despejado. Ignoro si se ha medido su altura, pero debe ser ésta muy grande, cuando alcanza a columbrarse a tan enorme distancia.

Partimos de nuestro campamento el 27 de diciembre a las seis de la mañana y a las once dejando atrás en el remate de la cordillera el páramo que alcanza una altura de 13.000 pies sobre el nivel del mar comenzamos a descender rápidamente. En las dos últimas leguas el camino había sido muy pendiente, y con todo, acompañado de mis dos silleros había ganado tal ventaja sobre el resto de la expedición, que llegué al lugar escogido para acampar al otro lado del páramo, tres cuartos de hora antes que Mr. Cade y sus compañeros.  Los silleros me felicitaron con entusiasmo por mi proeza como andarín, no rivalizada por ninguno de los señores que durante toda su carrera les había tocado conducir por las montañas. Mas este enorme y quizás imprudente esfuerzo estuvo a punto de producirme un colapso que, afortunadamente pude conjurar tomando un vaso de ron con galletas y reposando un rato. Con todo, al llegar finalmente, a eso de las tres de la tarde al lugar escogido para pasar la noche, me sentía ya casi deshecho. Llegando ya a la cumbre de los Andes, descubrimos a lo largo del camino huellas de danta (asno salvaje) de pezuña hendida en dos, como la del cerdo.

Este animal sólo habita las alturas de los Andes y es muy raro que los indios logren acercársele lo suficiente para hacer presa en él. Según la descripción de los peones, tiene piel de color leonado oscuro, es muy veloz en la carrera y su tamaño es mayor que el de un asno bien desarrollado. Uno de los silleros me trajo un pedazo de incienso que había arrancado de un árbol llamado patilla, resina de colorido ambarino y olor muy agradable. En las montañas cercanas a Ibagué se han encontrado depósitos de mercurio. A partir de la cumbre de la cordillera, las distancias en leguas van señaladas con postes en los cuales se talla el número correspondiente.

Nada tan grandioso y sublime como el panorama que se extendía a nuestra vista al llegar a la cumbre del páramo, y que pudimos seguir contemplando por largo tiempo durante el descenso. A la derecha, distante no menos de setenta u ochenta millas se alcanzaba a divisar la cordillera próxima al Chocó. De un golpe abarca la mirada estas empinadísimas montañas, y al observar sus flancos como cortados a pico junto con las impenetrables selvas que las cubren, nadie hubiera imaginado que fuera posible cruzarlas por el estrechísimo sendero que las bordea en espiral; es el trabajo tenaz del hombre que consigue allanar todos los obstáculos. Con todo la naturaleza comienza a enseñorearse nuevamente de los caminos del Quindío y, de no poner el Gobierno pronto remedio, dentro de poco sólo darán paso a las fieras de la selva.

A las seis y media de la mañana del 28 de diciembre, la expedición se aprontaba ya a continuar el viaje. Estaba tan fría el agua que, al tomarla, hacia doler los dientes. Mr. Cade persistía tercamente en continuar la marcha sin apearse de su mula, no obstante haber sufrido peligrosas caídas o de haber sido lanzado de su montura más de seis o siete veces por las ramas de los árboles que interceptaban el camino; porque sucede que, cayendo estos a menudo sobre la angosta senda en los desfiladeros, dejan apenas espacio suficiente para el paso de las bestias, a menos que el jinete se agache hasta formar un mismo plano con el lomo de la mula. Tuvo el tenacísimo caballero la suerte de escapar a todos estos peligros con un rasguño apenas en la cabeza. En cambio, a pocos días de su llegada a Bogotá, se le fracturó una pierna por dos partes al volcarse el coche del cónsul general que transitaba por una estrecha vía.

En algunos trayectos que, en ocasiones alcanzaban hasta dos leguas continuas, el camino se convertía en verdadero túnel oscurísimo, a lo sumo de tres o cuatro pies de anchura, con vegetación tupida y exuberante a lado y lado. En consecuencia, quien se aventura a pasar por tan estrechos y oscuros pasadizos, debe estar continuamente sobre aviso, para evitar herirse contra los picos de roca que se proyectan sobre la senda, para esquivar las lancetas espinosas de las guaduas que bien pudieran sacarle un ojo, o para ponerse al abrigo de un golpe violento que lo lance lejos de su cabalgadura al choca con la ramazón de un árbol caído. Es claro que en tales circunstancias resulta mucho más cuerdo andar a pie. En ocasiones, tales desfiladeros se convierten en campo de disputa para los peones de partidas que allí se encuentran viajando en sentido contrario para decidir cuál de las dos debe retroceder dejando paso a la otra, especialmente cuando van con bueyes o recuas de mulas.

Aquel día precisamente un pelotón de peones conducía a Cartago una partida de bueyes cargados de sal, y observé que los fardos que lleva cada animal son más bien pequeños y colocados al lado de las ancas, de manera que no encuentren obstáculo al pasar por los pasadizos que quedan descritos. El buey alcanza a cargar de ocho a diez arrobas de sal y, debido a su mayor fuerza y resistencia, puede salir avante al atravesar lodazales donde una mula quedaría anegada sin remedio. A las dos de la tarde, más o menos, llegamos a un tambo (ramada o cobertizo) construido especialmente para dar alojamiento a los viajantes, lo que nos causó gran contento, pues esa construcción, con ser humilde, era un mensaje de la civilización. Habíamos comenzado ya el descenso hacia las llanuras de Ibagué, y el ambiente se sentía más tibio y agradable.

Al partir del tambo en la madrugada del 29 me fue mucho más fácil continuar a pie el camino, desde luego que éste era ya en bajada y se hallaba en mejor estado que los que habíamos recorrido al lado occidental de la cordillera. Durante la jornada vi gran variedad de mariposas, algunas de gran tamaño, con alas de color carmelita oscuro con brillantes manchas rojas, y bandadas de micos descolgándose de los árboles y asomándose al camino para mirarnos con curiosidad, haciendo muecas y visajes. Aquel día cruzamos el río San Juan cuyo curso, torciendo hacia el sureste, desemboca más allá en el Magdalena, antes de salir de los límites de la provincia de Neiva. No lejos del camino nos mostraron dos fuentes ferruginosas, la una de agua hirviendo, tibia apenas la de la otra. Al decir de los peones, se encontraba azufre en abundancia esparcido al rededor. Marchábamos ahora de muy buen humor y contentos con la perspectiva de llegar pronto a Ibagué a descansar de nuestro penoso tránsito por las montañas. Siendo ya casi las doce oí gritar a uno de los peones que ya alcanzaba a divisar un rancho; oyendo lo cual, todas las miradas se dirigieron a escudriñar el horizonte para lograr vislumbrarlo, con la misma ansiedad que los pasajeros aprisionados en un buque durante interminable travesía, buscan con ojos ávidos la silueta oscura de tierra en lontananza. A poco atravesábamos por una extensa plantación de maíz y, a la una, llegábamos a un lugar llamado Moralesocupado por la cabaña solitaria que a distancia columbrara el arriero. Habíamos caminado ocho leguas españolas y me apremiaba llegar a Ibagué, pues mis alborgas empezaban a gastarse y tenía ya los talones medio desollados con el roce de los ataderos. Tan pronto como tomamos posesión de nuestra posada, Edle le compró dos gallinas a la mujer que en ella vivía y, aderezando además algunas papas que guardara como preciada reserva, nos preparó un suculento almuerzo. Esa misma mañana realizó también Edler la hazaña de matar una serpiente coral. Ya por la noche, los pobres peones, más alegres que alondras a la aurora, armaron fiesta, bailando al son de las guitarras y de la estruendosa carrasca, con dos chicas mulatas que vivían también en la posada.

Partimos de Morales a las siete de la mañana ansiosos de alcanzar a ver ya la ciudad de Ibagué y los llanos de Mariquita, que se extienden hasta el Magdalena, los cuales se ofrecieron al fin a nuestra vista en toda su belleza, llegando a un lugar distante una legua de la población nombrada. A lo lejos se divisaban las serranías que corren en dirección a Bogotá, paralelas al río del mismo nombre. El camino de bajada hasta Ibagué es sumamente pendiente y su tránsito, en uno u otro sentido, debe ser poco menos que imposible para las mulas durante la estación lluviosa. Corrimos con singular fortuna durante el paso de las montañas del Quindío, pues durante los nueve días que en ello empleamos, no cayó una sola gota de agua. Poco antes de llegar a Ibagué, Mr. Cade tuvo la ocurrencia de sentarse en la silla que uno de los silleros llevaba a la espalda, para probar por propia experiencia cómo podría sentirse en ellas un pasajero y no acababa de hacerlo, cuando el carguero partió corriendo con él a cuestas con tal agilidad y presteza como si se tratara de simple mariposa posada sobre el hombro: Mr. Cade me participó luego que había encontrado especialmente cómodo tal sistema de transporte. Por mi parte, me fue satisfactorio haber conseguido que durante el viaje, ninguno de los que componían la expedición se hubiera visto obligado a valerse de los silleros.

Recibimos cordial recepción del juez político de Ibagué, señor Ortega hermano del coronel Ortega, gobernador de la provincia de Popayán y fuimos luego a alojarnos a un convento, entonces desocupado, y que antiguamente había sido propiedad de los padres Franciscanos. Huelga decir que nos pareció un soberbio palacio, después de la vida errabunda que lleváramos durante tantos días al escampado. Nos manifestó el señor Ortega que corría de
su cuenta proveer a todo lo que nos fuera necesario durante nuestra estada en la ciudad, y nos anunció, al propio tiempo, que volverla a las cuatro a darse el placer de comer en nuestra compañía, como sincero y buen amigo.

Una vez solos y en posesión tranquila de nuestras habitaciones, nos ocupamos en aseamos y hacernos presentables. Llevábamos sin afeitamos más de nueve días y, terminada ya mi carrera de andarín, debía cambiar mi ligero ropaje por otro más consistente. Nos mandaron al convento una excelente comida y, según lo había prometido, vino a participar en ella el señor Ortega, acompañado de un amigo suyo, médico europeo, cuyo nombre no recuerdo ahora, el cual según nos dijo, tenía el propósito de ir al Chocó para catear las minas de oro, especialmente aquellas mezcladas con platino.

En 1815, don Ignacio Hurtado había hecho obsequio al general Morillo residente entonces en Bogotá, de la pepa de platino más grande hallada hasta entonces, con un peso de diecinueve onzas y de forma semejante a la de tina fresa. Provenía el precioso espécimen de una de las minas de oro de la provincia del Chocó y el general Morillo, a su vez, la envió como presente, al rey de España. Al día siguiente liquidé la cuenta a los peones añadiéndoles la propina de veinte pesos que les había ofrecido en caso de comportamiento inobjetable, con lo cual nos separamos como los mejores amigos. Tuve también cuidado de elogiar su conducta ante el señor juez político.

La segunda noche que dormíamos en el convento me desperté de súbito al sentir que la cama se movía de un lado a otro como una zaranda, al propio tiempo que se estremecían con ruido extraño todos los muebles y objetos dispuestos en el cuarto. Al llamar a Mr Cade, quien dormía en la estancia vecina, y preguntarle si había sentido el remesón que me despertara, me contestó que estaba seguro de haber sido un terremoto mas, volviendo a quedar todo en calma, pasados algunos momentos volví a sumirme en profundo sueño. Al día siguiente, Mr.Cade me dijo que no había podido pegar los ojos el resto de la noche, temiendo a cada momento que el convento se desplomara sobre nosotros. Al preguntar al juez político la causa de la alarma ocurrida, nos confirmó que había sido un violento temblor de tierra y que muchos de los habitantes, sobrecogidos de pánico, se habían echado fuera de sus casas y pasado toda la noche en la calle. Añadió que durante los últimos dos meses se habían sentido con frecuencia | ligeros temblores y que temían sobreviniera de un momento a otro algún tremendo cataclismo, pues el tiempo había estado inusitadamente bochornoso durante los últimos tres meses sin que en todo este lapso hubiera llovido una sola gota en toda la provincia, lo que habla acarreado miseria y males sin cuento a los campesinos, quienes hablan visto sus sementeras arrasadas por completo.

En Honda las clases acomodadas habían salido de sus casas en la población para albergarse en chozas improvisadas en las montañas circunvecinas, tal era el temor de que se repitiera el terremoto. En cuanto a Mr. Cade y a mí, hubimos de felicitarnos de no haber quedado sepultados bajo las ruinas del convento. Tiempo atrás, había sentido un temblor de tierra en Messina, Sicilia, pero nunca tan violento como el que nos alarmó en Ibagué.

 

Álvaro Hernando Camargo Bonilla