219 AÑOS DEL PASO DE ALEXANDER VON HUMBOLDT Y BONPLAND, POR EL PASO DEL QUINDÍO.
LA ODISEA ANDINA DE
HUMBOLDT POR EL PASO O CAMINO DEL QUINDÍO.
Impulsado por una sed insaciable de
conocimiento y aventura, Alexander von Humboldt, el célebre naturalista,
emprendió en 1801 una de las travesías más épicas y desafiantes de su
expedición por la Nueva Granada: el cruce de la cordillera del Quindío. Su motivación
no era solo personal; anhelaba explorar regiones remotas, desentrañar los
misterios de la naturaleza andina, estudiar su geología y flora, y contribuir
significativamente al progreso científico de la época. Además, tenía un interés
particular en conocer al renombrado botánico José Celestino Mutis, figura
central de la Expedición Botánica en la región.
El viaje de Humboldt fue posible gracias
al amplio apoyo del gobierno español, que le otorgó dos pasaportes. El de la
Primera Secretaría de Estado, especialmente detallado, le confería una libertad
casi sin precedentes para sus investigaciones. Podía usar sus instrumentos de
física y geodesia, realizar observaciones astronómicas, medir montañas,
recolectar muestras y ejecutar cualquier operación que considerara útil para la
ciencia, con la promesa de protección y auxilio de las autoridades locales.
Tras meses de actividades en la Nueva
Granada, que incluyeron la exploración del río Magdalena, visitas a minas de
plata y el estudio de la flora y fauna, Humboldt y su compañero Aimé Bonpland
llegaron a Ibagué. Decidieron enfrentar la temida cordillera del Quindío a pie,
una ruta conocida por su dificultad y por requerir, usualmente, el uso de
cargueros humanos. Durante 17 arduos días, la pareja de exploradores se adentró
en la montaña, pernoctando en rústicas cabañas hechas con hojas de heliconia.
La lluvia y el barro hicieron de cada paso un desafío, y al llegar a Cartago,
sus pies descalzos estaban marcados por las lastimaduras.
Sin embargo, las adversidades fueron
ampliamente recompensadas. Humboldt recolectó una vasta cantidad de plantas
nuevas y realizó observaciones cruciales sobre la geología y la biodiversidad
andina. Su itinerario por el Quindío fue un recorrido punto a punto, marcando
su paso por lugares como Palmilla, Las Tapias, El Moral, Buenavista, Azufral,
Agua Caliente, Toche, Gallego, Yerbabuena y Volcancito, hasta alcanzar el punto
más alto en el Boquerón del Páramo. Desde allí, inició el descenso, pasando por
Barcinal, Boquía, El Roble, Portachuela (donde luego se fundaría Filandia), La
Balsa y Piedra de Moler, antes de llegar al río La Vieja y, finalmente, a
Cartago.
Como testimonio de su paso, Humboldt grabó
su nombre en un árbol en El Llanito, cerca de Popayán, dejando una huella
tangible de su audaz expedición. La travesía del Camino del Quindío no fue solo
un viaje geográfico; fue una gesta científica que consolidó el legado de
Humboldt como uno de los más grandes exploradores y naturalistas de la
historia, revelando al mundo la riqueza inexplorada de los Andes colombianos.

Septiembre 30 a octubre 13 de 1801
En 1801, en su viaje de Ibagué a Cartago, con rumbo a Popayán, Humboldt y
Bonpland, ingresaron a tierras Quindianas.
Salieron
de Ibagué, pasaron las vertientes oriental y occidental de la sierra Nevada del
Quindío, oprimidos por inclementes lluvias que les obligo a una parada de
cuatro días en el valle de Boquía, donde estuvo hasta el 4 de octubre. Reanudaron
su viaje, y llegaron a Cartago el 13 de octubre de 1801.
Subida
de cargueros (1801) por la ladera del río Magdalena, según boceto de Alexander
von Humboldt. Al fondo la ciudad de Ibagué y el pico nevado del Tolima.
Después
de permanecer dos meses en Santa Fe, el ocho de septiembre de 1801, Humboldt y
Bonpland emprendieron su camino con rumbo a Quito.
Una vez
llegaron a Ibagué, debieron permanecer 8
días (del 22
al 29 de septiembre), por la dificultad de conseguir cargueros, quienes se negaban a transitar la
montaña por miedo de contagiarse de viruela; epidemia que se presentaba en Popayán
y Santafé, circunstancia que desataba mucho temor entre los cargueros.
Después
de la obligada estadía, reanudaron su marcha en plena etapa lluviosa, asistidos
por 5 cargueros, doce bueyes cargados de enseres, colecciones y provisiones. Los científicos
se aprestaban a transitar por uno de los lugares ricos en plantas útiles e
interesantes. Extasiados y fascinados oteaban las fabulosas formaciones orográficas, como el majestuoso cono truncado del Tolima, el Ruiz y Quindío;
cuyas picos nevados parecían el remate de garitas de castillos suspendidos en
las filigranas montañosas cubiertas de selvas intrincadas.
La curiosidad
de explorar el afamado paso, se sobrepuso a las inclemencias de la obstinada
temporada pluviosa. Partieron de Ibagué ávidos por reconocer la fabulosa
montaña. Trece días de viaje por un intrincado y despoblado camino guarnecido
de inmensas selvas, barriales horrorosos, y guaduales, tachonados de puntas que
arruinaron su calzado, obligándolos a caminar descalzos.
En la
vertiente oriental de la montaña, en el punto denominado Pie de Cuesta, a distancia,
se les revelaba un hermoso paisaje del valle del río Magdalena; parte de la
población de Ibagué y el pico nevado del Tolima, espectáculo que moldeó Humboldt.
Al paso por el sitio denominado el
Moral (donde describe una familia blanca que vive y se ocupa del
aprovechamiento del azufre), el camino les presentó una desagradable sorpresa; el
encuentro casi fantasmal, de una caravana de viajeros, andrajosos y casi
desnudos, que lloraban a causa de la escabrosidad y penalidades del camino.
Cuatro
días de tránsito por la montaña del Quindío, dejaron a su paso puntos como el Azufral,
Aguas Calientes, Toche, Tres Cruces (lugar donde describe una roca, con una
descripción que recuerda que allí celebró una misa el arzobispo de Popayán), Tochecito
(cubierto de palmas de cera y pasifloras), los Gallegos, la Ceja, Volcanes,
Volcancitos y la “Guarida del páramo” (boquerón del páramo).
En
su descenso por la vertiente occidental, relataron la triste experiencia de la persistente
lluvia, acompasada con truenos retumbantes, que los acompañó de día y noche. Llegaron
a Boquía, el 4 de octubre, en un lugar desprovisto de árboles, que habían sido abiertos
a golpe de hacha, y que los cargueros llamaban rancherías o contaderos, pernoctaron
varios días.
El
armazón de la ranchería en Boquía.
Bosquejo de la mano de Humboldt.
Armazón, amarrado con bejucos o en su
defecto con pita o fique (agave),
Por el miedo de que
los sorprendiera la noche, armaron la ranchería, en el contadero Boquía. Para
el efecto, los cargueros buscaron bejucos, cortaron palos y en pocos minutos se
construyeron la casa, techada con hojas bijao, donde durmieron Humboldt y Bonpland
en compañía los cargueros, quienes los atormentaron toda la noche con sus sudores
y flatulencias desagradables.
La
techumbre
Hoja
de bijao. Bosquejo de mano de Humboldt
Los dibujos muestran el armazón y las hojas de la techumbre. Armazón amarrada con bejucos o en su defecto con pita o fique (Agave), para luego
cubrirlo con hojas como si fueran tejas.
Armado el cobertizo, se revestía con varios centenares de hojas de bijao hojas de forma ovalada, de 50 de largo, por 37 centímetros de ancho, aprovisionadas en vertiente occidental de los Andes, en el río Quindío, de la Vieja y entre Cartago y Buga. Estas hacían la función de tejas que resistían a los más fuertes aguaceros. Estas eran.
La techumbre se proveía con hojas
de Novum Genus Monandriae (bijao), dibujadas y descritas por el propio Humboldt. Hojas que se recogían en la vertientes oriental y occidental de
los Andes del Quindio, en las orillas del ríos Combeima, y de la Vieja, entre Piedra de
Moler y Cartago. Este habilidad de
techumbre fue aprendida por los españoles de los indígenas.
Se
preguntaba Humboldt ¿Cómo esos techos de hojas, mejor que cualquier carpa,
resistían a los mas fuertes aguaceros?
Situación
que le causo gran admiración, cuando
durante 96 horas, en los últimos cuatro días de su viaje por el Quindío, en Boquía, tuvo la triste
experiencia de la lluvia a cantaros de día y noche, con truenos y rayos retumbantes
ininterrumpidos.
Hoja
de Bosquejo de mano de Humboldt
Los sabios pernoctaron cuatro días en Boquía, donde coleccionaron orquídeas y mariposas que remitieron
a la Sociedad Linneana de Londres. Por recomendación de Mutis, quien el 12 de
septiembre despachó un “chasqui” a Ibagué, para solicitarle el estudio de unas muestras
de minerales de cinabrio, que su herbolario Roque Gutiérrez había recogido en
el Quindío. Continúan el camino, cruzando por Portachuelo,
Buenavista y la balsa y finalmente llegan a Cartago, epicentro de otras incursiones
en el los territorios mineros del Choco, Marmato, Quiebralomo, antes se seguir
su curso hacia Quito, por el valle del río Cauca.
Álvaro Hernando Camargo Bonilla.
1 comentario:
SU RELATO ES EXCELENTE - tiene un balance perfecto entre el viaje y la belleza natural de la zona que tiene una geografia dificil. El anexo de los dibujos de los techos para protegerse del torente de aguas lluvias -con matas de buija-, usted tambien encontro que es lo mejor del relato que hizo Humboldt. Cuando lo lei por primera vez hace 10 años - esa me parecio la mejor parte del relato de ese cientifico aleman. Lo disfrute . gracias.
Publicar un comentario