viernes, 15 de febrero de 2019

ACUERDO POR MEDIO DEL CUAL SE CREA EL CORREGIMIENTO DE PUEBLO RICO FILANDIA 1914


Acuerdo No 4
Por el cual se crea un Corregimiento y se adiciona el Presupuesto de Gastos.
El Concejo Municipal de Filandia, en uso de sus atribuciones legales, y
Considerando:
1º. Que la fracción de Pueblo Rico dista más de quince kilómetros de la cabecera de este Municipio y es muy poblada;
2º. Que los vecinos de esa fracción han pedido á esta Corporación se erija dicha fracción en Corregimiento, lo que es altamente conveniente para la buena marcha de la administración, según el dictamen de los señores alcalde y Personero Municipales; y
3º. Que es deber del Concejo propender por la buena marcha de la administración publica en el Distrito y teniendo e cuenta lo dispuesto en el articulo 107 de la Ordenanza 39 de 1911,
Acuerda:
Art. 1º. Erigiese el Corregimiento la fracción de Pueblo Rico, transitoriamente, y por los siguientes limites: “De las partidas denominadas de “La Española”, siguiendo el camino del mismo nombre, á “Tres Esquinas”; de aquí, por el camino que conduce á “La Soledad”, hasta la quebrada “Buenavista”;esta abajo al rio “La Vieja”; este arriba, hasta la confluencia de “El Roble”; este arriba hasta donde le cae una quebradita que nace inmediata á la casa de Eliseo Ríos; siguiendo esta arriba hasta ponerse en dirección de las partidas de La Española, punto de partida”.
Art.2º. El Corregimiento que se crea por el presente Acuerdo, estará á cargo de un Corregidor, de libre nombramiento y remoción del Sr. alcalde, y de un secretario nombrado por el primero, las cuales tendrán un sueldo mensual de $15 oro cada uno, y además $2 mensuales para gastos de escritorio y $0.50 ctvs. oro para arrendamiento de local para la oficina.
Art. 3º. Los gastos que demande la ejecución de este Acuerdo se consideran incluidos en el Presupuesto de la vigencia y se tomaran de la partida desinada en el departamento del interior para gastos imprevistos.

Queda en estos términos adicionada el Acuerdo No. 2 sobre presupuestos.
Discutidos y aprobados en dos debates en distintos días.

Dado en Filandia á 15 de febrero de 1914

El presidente,
URBANO BUITRAGO G

El secretario

FERNANDO VILLEGAS

Alcaldía Municipal, Filandia febrero diez y nueve de mil novecientos catorce

Publíquese y Ejecútese

JOSE J. ARIAS

ANTONIO J. QUINTERO M
Registrada al folio 8 No.68 de Libro de Registro Manizales 26 de febrero de 1914, el oficial de registro TASCOM
GOBERNACION DEL DEPARTAMENTO
Manizales Febrero 27 de 1914
Aprobado
Archívese un ejemplar
EMILIO ROBLEDO
El secretario general
JUSTINIANO MACIAS

ACUERDO POR MEDIO DEL CUAL SE CREA EL CORREGIMIENTO DE ALEJANDRIA AÑO 1914


Acuerdo No. 15
Concejo Municipal de Filandia
Por el cual se decreta una vía Municipal y se erige un Corregimiento.

El Concejo Municipal de Filandia, en uso de sus atribuciones legales y

Considerando:

1°. Que la naciente población de Alejandría, de esta jurisdicción, dista más de quince kilómetros de esta cabecera; está poblándose rápidamente, y pronto será un centro importante que necesita mejores vías de comunicación y administración especial.

2°. Que hay necesidad de abrir un camino Municipal de la nueva población al Roble pasando por fincas de los Señores Jesús M. Grajales y Eusebio Londoño.

3° Que los vecinos de la mencionada población han pedido al Concejo decrete dicha vía y erija por seis meses en corregimiento la fracción, ofreciendo hacer ellos mismos los gastos que demande una y otro; y

4° Que el Concejo estima esas medidas de importancia para el desarrollo de la nueva Colonia y debe velar por todo aquello que tienda al progreso del territorio encomendado a sus cuidados, y teniendo en cuenta lo dispuesto en los Artículos 21 de la Ordenanza 29 de 1911 y 107 de la 39 del mismo año,
Acuerda:

Art. 1º. Decretase vía Municipal el camino que de Alejandría va al Rio Roble pasando por las fincas de los Señores Jesús M. Grajales y Eusebio Londoño, hasta el paso para Montenegro en la vía que de este conduce aquella, con la expresa condición de que los vecinos compraran las fajas y romperán el camino como lo han oficiado.

Art. 2º. Erigiese en Corregimiento por el término de seis meses, a contar del 1º. Del mes entrante en adelante la fracción de Alejandría, por los siguientes limites  “De la desembocadura de la quebrada “Buenavista” en el río “La Vieja”; por este abajo, hasta el punto de los “Cedros”,  limite con Cartago; de aquí  por una línea que divide los dos Distritos, hasta donde corta la vaga de Bernabé  Valencia; esta de travesía, pasando por la finca de Elías Herrera, hasta el punto de Puente – Tierra en la quebrada de “Buenavista”, y esta abajo al punto de partida.

Art. 3º. La oficina tendrá un Corregidor nombrado por el Alcalde y un Secretario nombrado por el primero, que disfrutaran de la asignación mensual que les fijen los vecinos, quienes  así lo han pedido lo mismo que los gastos de escritorio, local, valores que serán de su cargo, pues el Municipio no tiene con que hacer el gasto.

Discutido y aprobado en dos debates den distintos días.
Dado en Filandia a veintisiete de Julio de 1.914
El presidente,
FAUSTO SALAZAR
El secretario,
HERNANDO VILLEGAS

OBJECIÓN DEL ALCALDE DE FILANDIA EN LA CREACION DEL CORREGIMIENTO DE ALEJANDRIA

Alcaldía Municipal
Filandia, agosto veintiocho de mil novecientos catorce.
Honorables concejales;

Creo de mi deber objetar el Acuerdo No. 15 de fecha 27 de los corrientes, expedido por esa H. Corporación, en lo relativo a los limites fijados en el Art. 2º.  Porque después de haber creado el Corregimiento de “Pueblo Rico” con bastante territorio, exigir otro con tan considerable territorio o extensión, me parece lesivo para los intereses del Municipio ó  sea esta Cabecera, por que tarde o temprano esas entidades se erigirán en Distrito, quedando éste Municipio muy pequeño y sin vida propia, puesto que los terrenos de las márgenes del rio La Vieja son los mas feraces y quedan íntegramente comprendidos en los limites de los dos Corregimientos dichos.

En vista de lo expuesto y como si estimo de utilidad la creación del nuevo Corregimiento, os propongo que se reformen los limites  de la manera siguiente: De la quebrada “Buenavista” del punto donde sale el Camino de “Tres Esquinas”, a la casa de Amalia Morales, viuda de Marceliano Echeverri; de aquí al nacimiento de la quebrada de  Gutiérrez y Montoya, o sea la que divide las fincas de José Jesús Gutiérrez y el Presbítero Francisco de Paula Montoya ; esta abajo hasta su desemboque en el rio “La Vieja”; siguiendo esta arriba hasta donde desemboca en la quebrada Buenavista o sea esta a aquella; Buenavista arriba hasta encontrar el Camino de “Tres Esquinas” punto de partida.

Espero que el H. Concejo vera la justicia de esta objeción y la declara fundada

El alcalde

JOSE G ARIAS
El secretario
ANTONIO G. QUINTERO M

Agosto nueve de mil novecientos catorce
En sesión del día de hoy el Concejo declaro fundadas las objeciones hechas por el Sr. alcalde.
En consecuencia, los límites del Corregimiento serán los que indica el empleado.
El presidente.
FASUTO SALAZAR
El secretario
FERNADO VILLEGAS.  Alcaldía Municipal Filandia agosto diez de mil novecientos catorce.

Publíquese y ejecútese

JOSE J ARIAS

ANTONIO QUINTERO M

En la misma fecha lo cierro para remitirlo al Sr. Gobernador del Departamento
ANTONIO J QUINTERO
Registrada al folio 34 No 258 del Libro de Registro MANIZALES 21 DE Agosto de 1914 el oficial de registro. TASCON.

GOBERNACION DEL DEPARTAMENTO
Manizales, agosto 22 de 1914

En cuanto a la creación del Corregimiento no le corresponde al Gobernador revisar este Acuerdo, si no a solicitud de los vecinos (inciso 2. Art. 155 de la ley 4 del año pasado); pero en cuanto se aplican otras disposiciones legales, este Despacho e permite observar que los empleados del Corregimiento deben ser costeados por el Municipio (numeral 16 art. 181 de la Ordenanza 39 de 1911), mientras la Asamblea provee lo conveniente, pues no se les pude imponer a los vecinos esa obligación. No parece tampoco conveniente la erección del Corregimiento por seis meses solamente, pues si efectivamente el Acuerdo obedece a una necesidad, no se debe poner esa restricción.
En consecuencia, se devuelve al H. Consejo para los fines legales.
JOSÉ IGNACIO VILLEGAS
El srio. General.
HERAN ARANGO G



JUNTA DEL ACUEDUCTO PUBLICO FILANDIA AÑO 1914

Acuerdo No. 13
Por el cual se nombra una Junta y le señalan atribuciones
El Concejo Municipal  de Finlandia, en uso de sus atribuciones legales y

Considerando:
1º. Que la mas imperiosa necesidad que tiene hoy ese Municipio es la de proveerlo de agua potable, por lo escasa y de mal calidad que es la de pozos  o bombas;
2º. Que por tal motivo la población permanece estacionaria por falta de ese elemento indispensable para la vida, aseo y salubridad de los habitantes;
3º. Que algunos vecinos han ofrecido auxilios para el acueducto público y aun que hay postor para el contrato el Municipio no dispone de otra cantidad que la de doscientos pesos oro que figuran en el presupuesto; y
4º. Que es deber del Concejo hacer todo esfuerzo en bien de los asociados y propender por las obras de necesidad y utilidad publica,
Acuerda:
Art. 1º. Declarase de utilidad pública la obra del acueducto público de este Distrito;

Art.2. Nómbrese una Junta a honoren compuesta de los señores Jesús M Naranjo C, Enrique Guinnam, Francisco A. Hernández V, y Lázaro Maya que se denominará “Junta del Acueducto Público”, cuyas funciones serán:

Levantar la opinión pública a favor del acueducto; recaudar entre los vecinos las cuotas voluntarias que se den con tal fin; acrecentar por medio de rifas la  partida votada en el presupuesto; propender por todos los medios posibles hacerse a un fondo de consideración con el fin de ver si se puede contratar la obra, y dar al Concejo los informes que este estime necesarios al respecto.

Art. 3º. La partida de doscientos pesos presupuestada pasará a poder de la junta para acrecentarla por los medios indicados, mediante la respectiva cuenta para cobrar que se presente.

Art. 4º. La Junta de que trata el presente Acuerdo tendrá un Presidente, un Vicepresidente, un Secretario y un Tesorero elegidos por la misma Junta de  entre sus miembros y rendirá sus cuentas al  Concejo, lo que hará conforme al reglamento de contabilidad Municipal.

Parágrafo: Tanto las sumas que reciba la Junta como las que recaude estarán en su poder hasta que se celebre el contrato o lo determine el Concejo;

Art. 5º. Los miembros de la Junta, mientras dure su encargo tendrán voz en las sesiones del Concejo.

Discutido y aprobado en dos sesiones, en dos debates en distintos días.
Dado en Filandia a veintiocho de Junio de mil novecientos catorce.
El Presidente
FAUSTO SALAZAR
El Secretario:
HERNANDO VILLEGAS H
Alcaldía Municipal Filandia Junio treinta de mil novecientos catorce
Publíquese y ejecutase el Alcalde
JOSE J. ARIAS
ANTONIO J QUINTERO M
En la misma fecha lo cierro para remitirlo a la Gobernación del Departamento
ANTOPNIO J QUINTERO M.

Exenciones a los nuevos pobladores ORDENANZA 9a. (DE 26 DE OCTUBRE DE 1855.)


ORDENANZA  9a.
(DE  26  DE  OCTUBRE  DE  1855.)
Sobre exenciones a los nuevos pobladores.
La Legislatura provincial del Cauca
DECRETA:

Art.  1.°  Los individuos  que de  extraña provincia  y después de la publicación  de  esta  ordenanza,  se  establezcan  como  vecinos  en  el  distrito  de Santa rosa  o en alguna de  las aldeas  de La Paz, Condina, María, Furatena, Boquía y Oraida,  quedan  exentos  por el  término de  cuatro años,  contados desde que se  fijen  en alguno  de  los  territorios  mencionados:    del  pago  de  la contribución  provincial:  2º del  desempeño  de  destinos  o empleos onerosos.

Art.  2º, Es  un  deber  del  Alcalde  y Regidores  respectivos llevar  un  registro de  todos  los  individuos  que se  avecinden,  con  el fin  de que los  agraciados puedan  gozar de los  derechos concedidos.

Art.  3º. De las  mismas exenciones gozarán los individuos que se establezcan en montañas, caminos o sitios desiertos,  quedando  a juicio del  Gobernador  hacer la  calificación  de estos.

Art.  4º.  Transitorio. El Gobernador de la provincia, a quien se  pasará la solicitud de  los  nuevos pobladores del" Papayal," tomará los  datos  necesarios  para  cerciorarse si  los  terrenos  de que en  ella  se  trata son  baldíos, y  en  tal  caso  solicitará en favor de  dichos  pobladores  la  adjudicación de  que  habla la  ley 7ª., parte 5.tratado  1º.,  de la Recopilación  Granadina.

Dada en  Buga,  a  24 de octubre de  1855.

El Presidente, 
Santiago  Silva. 
El Secretario,
Mariano Ospina

Gobernación  de la provincia del  Cauca-Buga, octubre 26 de 1855-Ejecútese y publíquese-RAMO  SANCLEMENTE.
El  Secretario, M. M. Rodríguez.

El Camino del Quindío


El Camino del Quindío hace parte del patrimonio e identidad de la nación, del departamento y  de Filandia, como el tesoro Quimbaya, la palma de cera, la arriera, la arquitectura, el canasto, el café, el escudo y la bandera. Todo ello nos identifica, nos hace pensar que compartimos con otras personas cosas que son  sólo nuestras.

Su apertura se logró bajo el patrocinio del Cabildo de Ibagué, entre 1553 y 1554, por una ruta diferente a la del páramo del Ruiz. Melchor Valdés, justicia mayor de la recién fundada Ibagué, con sus recursos y ayuda de los vecinos abre un camino aprovechando una depresión al sur del Quindío para comunicarse con Cartago. 

El capitán general  Juan Montaño, proveniente de Santafé,  es el primero en cruzar dicha ruta para  combatir la sublevación de Álvaro de Oyón en la gobernación de Popayán.  Este cruzo la montaña del Quindío y se refiere a su transito con la descripción de la existencia de tambos de españoles en cada jornada donde dormían por los que por él  transitaban. 



El 1°. de diciembre de 1879, se reparó el camino del Quindío en los siguientes tramos: de “Piedra de Moler hasta “Pavas”; de “Pavas” hasta “Novilleros”; de “Novilleros”, al alto del “Roble”; y del alto del “Roble” a Salento.

Reparación relacionada con desmonte o rozaría de una zona de cinco a diez metros de ancho, a cada lado del camino; retiro de los despojos de la rocería; limpia los desagües trasversales y  construcción de los necesarios;  construcción de un puente sobre el rio Toche, en el punto en donde corta dicho río el camino del Quindío, levantado sobre estribos nuevos de solida construcción, de tres metros de entrada, piso de madera, cobertizo de paja, y barandas o antepechos de madera de un metro de altura. Las maderas empleadas en la construcción serán de las mas durables que había en los bosques, la elevación del puente sobre las aguas será de un meto sobre el mayor nivel de ellas en fuertes anegadas del río.

CHARLES STUART COLHRANE. 4 de enero de 1823: “Tres veces pasamos el Río Quindío.  A la mañana siguiente, el cinco de enero, espante varios pavos silvestres y vi un engendro de animal entre liebre y conejo.  Dormí donde un contadero en Novilla.  Durante la noche me molestó el grito de un gallo silvestre, semejante a los gemidos de una mujer dando a luz.

Me llamaron la atención los árboles de yarumo, con sus hojas plateadas en la parte superior  y verdes en el lado inferior.  Tuve que dormir en un rancho miserable en el pequeño poblado La Balsa.  Yo me distraje durante el día recorriendo algunas casas dispersas y sus pequeñas parcelas y tengo que decir que a pesar  del rudo estado del cultivo la pequeña apariencia de industria me animó mucho después de haber pasado días sin haber visto trazas de trabajo humano.  Las casas que componen esta pequeña aldea están constituidas de cañas, llamadas guaduas, que crecen a una altura entre 70 y 100 pies”.
JEAN BAPTISTE BOOSSINGLAUT: “El 23 de mayo  de 1827, a las siete de la mañana salí de Ibagué; Siguiendo  por la cresta del terreno llegué hacia las 3 a la Palmilla, en donde establecí campamento. En este sitio estábamos rodeados de bellas palmeras de cera (Ceroxilon andicola), quinquinas blancas descritas por Mutis y helechos arborescentes.  El 29 de mayo de 1827...Luego seguimos hasta el alto de Lara ganado (altitud 2067 m.s.n.m), seguimos hasta el Roble (altitud 2144 m.s.n.m.), acampamos en el Socorro (altitud 1880 m.s.n.m.) y el 30 de mayo fui a desayunar a Buenvista (altitud 1837 m.s.n.m) Allí empieza la peor parte del camino; uno camina en los guaduales expuesto a las espinas de esas gigantescas gramíneas y en un barro que llega a las rodillas.  Por la tarde llegué cansado mojado y cubierto de barro al sitio de la Balsa (altitud 1279 metros, temperatura 22° C)”.

JHON POTTER HALMILTON, 24 de diciembre de 1828 en tránsito de Cartago a Ibagué: 
“Partimos del Cuchillo a las seis de la mañana y a las tres de la tarde llegamos a un lugar llamado Portachilo.  A la madrugada del 25 de diciembre la expedición estaba lista a partir de Portachilo.  Habíamos mantenido las fogatas para ahuyentar a los tigres.
Vimos por allí pájaros muy raros que no conocíamos, de tamaño como un faisán, de brillante plumaje y lago pico; me decían los peones que estas selvas estaban pobladas de aves que no se encontraban en el Valle del Cauca ni en las provincias de Mariquita o Neiva. ¡ Qué  campo de investigación tan amplio y rico ofrecía estas montañas a ornitólogos y botánicos dotados de temple suficiente para arrostrar, eso sí, toda clase de privaciones y penalidades!.
Esta mañana un peón mató con su bordón una culebra de piel verde brillante y de ocho pies de largo que yacía  en el camino.  Comentaba después que tal clase de serpiente llegaba a tener gran tamaño y que muchas veces las había visto subidas en un árbol a la caza  de pájaros y animalillos de toda clase, pero que su mordedura no era venenosa.
A las tres de la tarde  llegamos a un altiplano que consideramos adecuado para pasar la noche y donde había buen pasto para las mulas(alto del Roble).  Ya habíamos dejado atrás  el Trucha y pisábamos terreno más sólido, desde cuyas alturas se podían contemplar más amplios panoramas.  Hasta donde alcanzaba la vista cubría las montañas selva impenetrable, a no ser por el sendero estrechísimo que seguíamos y que a duras penas se podía transitar.
Ya por la tarde, al bajar acompañado por dos peones hasta un arroyuelo que corría por el pie de la montaña, uno de ellos me señaló un jaguar de gran tamaño que estaba bebiendo en la orilla a unas 200 yardas de distancia.  Ese mismo día cruzamos el río Quindío que, corriendo en dirección sur, desemboca e n el río de La Vieja.”.

MANUEL MARÍA MALLARINO:  ex-presidente de Colombia, describe un a jornada de Ibagué a las proximidades de Armenia en el año de 1829: “El sendero de Toche, lugar de nuestra parada, es bellísimo.  A la izquierda corre el Tochecito por entre un bosque de arrayanes y de mayos que estaban cubiertos de flores...” (Tibuchinas lapidotas)... “Al llegar al Roble, el cielo se había oscurecido... la elevadísima copa de un árbol de otoba cayó aplastando los matorrales  que crecían  en su sombra... Ortiz me hizo montar, y venciendo mil dificultades, llego conmigo al Portachuelo”.

JUAN FRANCISCO ORTIZ:  En el año de 1842 “Cuando pasé por la montaña del Quindío estaba como Dios la crió.  No había camino posible, sino una senda  conocida solo de los cargueros, buena para los tigres y para las culebras.  ¡Inmensas soledades!...Paramos altísimos forman la Cordillera Central... precipicios horrendos, despeñaderos profundos, lóbregos callejones, árboles seculares, fieras que huían, culebras que se arrastraban, aves que gorjeaban.”

LUCIANO RIVERA Y GARRIDO  En 1850.  En su libro: Memorias de un Colegial narra: “Una flora y fauna  eternamente nuevas  se ofrecían a mi vista; las casitas de los campesinos  antioqueños, que entonces empezaban a poblar los baldíos de la sierra; los torrentes despeñados, que lanzaban los coros de sus límpidas aguas entre hondos causes de  lajas y pedregones; la inmensa variedad de flores, en que las orquídeas dominaban como reinas y embalsamaban el ambiente con aromas suaves como los del estoraque y del incienso; las variaciones musicales del canto de avecillas desconocidas, eran otros tantos motivos de embeleso para mi alma de niño soñador...; a lo lejos  rodaban las  espumosas corrientes del Toche y el Quindío, que se descolgaban entre breñas, salpicando con los diamantes líquidos de sus aguas la lama y los helechos, terciopelos y encajes que decoraban las orillas sombrías, los vientos zumbaban entre las ramas de los cedros... ”

HOLTON ISAAC, 1857: “Salimos del Roble el viernes por la mañana, una bajada suave de tres millas nos llevó hasta la casa de otra familia antioqueña, en Portachuelo, sitio agradable para descansar.  Aquí probé las arepas y descubrí que son iguales a los johnny cakes que había  rechazado en Nueva Inglaterra y a los Hoecakes, al pan de maíz y corndodgers de Illinois.  Alrededor de las dos llegué a la Balsa donde había proyectado darme un buen baño en el río, pero al llegar  encontré  que no había río y francamente no puedo explicarme cual puede ser el origen de tal nombre.
Desde que se deja  Ibagué, la  Balsa es el único sitio que merece llevar un nombre.  Se dice que la población del distrito es de 199 y la de Boquía 198, pero la población de ambas esta diseminada en más de 100 millas cuadradas.  Este es el primer lugar que he visto  donde se cultiva en abundancia.  Los llevan a vender a Cartago.”.

M. ED. ANDRÉ: marzo 8 de 1876: “En medio de una espantosa borrasca que dejó rezagado el resto de la caravana, llegamos a un miserable rancho llamado Novilleros, donde decidimos pasar la noche.  A nuestro paso habíamos dejado otras cabañas apenas columbradas, conocidas con el nombre del Roble y Portachuelo y plantadas en medio de los cenagales, que no habían cesado un instante desde que salimos de Salento.  La colina de los Novilleros contaba por únicos habitantes una mujer sorda”.

JUAN DE DIOS RESTREPO- EMIRO KASTOS:  Realizó un viaje por el Camino del Quindío y en 1884 publicó algunos artículos sobre su paso por Filandia.  Kastos dice”: Dos leguas más adelante están los antioqueños fundando el pueblito de Filandia.  Las casas las construyeron con tejas de madera, tablitas rajadas de cedro negro y nogal, clavadas con puntillas de hierro; techo ligero, más decente que la paja y menos sujeto a incendios.
Nos refirieron que después de cortadas los trozos un hombre rajaba hasta 3.000 tejadas por día... De allí para  adelante es donde se encuentran esas aguas de frescura y sabor inolvidable, esa atmósfera oxigenada que se aspira con delicia, esa flora maravillosa de donde se han sacado para exportar millares de parásitas, que adornan los jardines de Europa.”

ERNST ROTHLISBERGER en 1885  “…Salí por la mañana por el Alto del Roble (2.080 metros).  Era un terreno de bosque arcilloso e inundado.  Por el medio día llegamos a Filandia, una aldea recién fundada y en la que solo antioqueños habían establecido.  Era día de mercado y de misa. La plaza se veía enteramente llena de gente de la nueva colonia, que charlaban sin tregua, interrumpiéndose tan solo para arrodillarse en el momento del alzar.
La música eclesiástica era horrible. Un quejumbroso clarinete u una trompeta suspiraban de continuo los mismos compases. . . Sopa  de maíz, pan e maíz (arepas) y hasta un trozo de pan, amén de los frijoles y la carne de cerdo, platos habituales de las gentes de Antioquia nos compensaron debidamente las pasadas fatigas.


HELIODORO PEÑA, en su libro: Geografía de la Provincia del Quindío(1890) dice: “ En esa época se encontraban en el Quindío: Tapir o Danta, Ciervo, Oso Negro, León Común, Zorra, Guagua, Conejo, Oso hormiguero, Ardilla; Perro de monte, Comadreja, Erizo, Tigre o Jaguar, Lobo, Perico ligero, Armadillo, Tatabro, Zaino, y además los monos uluntos y los atales.  Pava, Paloma, Tórtola, Carriquí, Chamón, Carpintero, Guacamayo, Rabiamarillo, perico, soledad, Turpial, Mirla, Jilguero, Cóndor de los Andes, Águila, Gavilán, Sirirí, Tijereta, Garrapatero, Iguana, culebra coral, Equis, Cazadora, etc.  En la parte vegetal: Arenillo, cedro, caoba, negro y blanco, laurel, aguacatillo, ciprés, guayacán, nogal, pino, Campeche, y achiote, maderables como:  Laurel Tuno, parasiempre, cedro negro, comino.  También se producía otoba, acónito, árnica, ruibarbo, romero, amapola, cebada, culén, altea, licopodio, acedera, vainilla, quinas, etc. 









Ley 57 (De 7 de septiembre de 1859) COMPOSICIÓN DEL CAMINO DEL QUINDIO.



Ley 57
(De 7 de septiembre de 1859)

Concediendo privilegio exclusivo a la persona o compañía que abra un camino de herradura poniendo en comunicación  este estado con de Cundinamarca.

El Pueblo Soberano del Cauca, y en su nombre el Senado y Cámara de Diputados del Estado
DECRETAN:
Art.1° concordase  privilegio exclusivo a favor de la persona o compañía que abra un camino de herradura que ponga en comunicación este Estado con el de Cundinamarca por la vía del Quindío, partiendo de la ciudad de Cartago al límite de los Estados, por la línea que el empresario elija.
Art. 2° El privilegio que se concede por el artículo anterior durara hasta por el término de cincuenta años.
Art. 4° el empresario dará principio a la apertura del camino dentro de un año, que se contará desde el día que se adjudique el privilegio, y lo entregará concluido dentro de seis años, pudiéndose prorrogar dicho termino por dos años más, a juicio del Gobernador del Estado, siempre que haya ocurrido algún grave inconveniente que impida la prosecución de la  obra.
Art.5° Si dentro de un año, fijado por el artículo anterior, el empresario no diere principio a la apertura del camino, se le señalará para ello un término que no pase de cuatro meses, después del cual, si no se hubieren comenzado los trabajos de la obra, se declarará caducado el privilegio.
Art. 6°El empresario gozará, por  el término del privilegio, de un derecho de peaje por el tránsito de cargas, vehículos, personas y por todo lo demás que se conduzca por dicho camino, del modo siguiente:
1° Por cada carga de efectos extranjeros o del país, sesenta centavos.
2° Por cada cabeza de ganado mayor, veinte centavos.
3°Por cada cabeza de ganado menor, diez centavos.
4° Por cada cabeza de bestia caballar o mular, que pases sin carga, diez centavos.
5° Por cada persona a caballo, diez centavos.
Ø  Se entiende por carga el peso de cien kilogramos.
Ø  En caso de anularse por el Gobierno de la Confederación algunas de las concesiones hechas en este artículo, el agraciado con el privilegio no podrá exigir del Estado ninguna reparación.
Art. 7° Quedan exceptuados del pago del derecho de que habla el artículo anterior, todos los efectos venales del Gobierno de la Confederación y del Estado.
Art.8° Para que el privilegiado tenga derecho a cobrar las cantidades de que habla el artículo 6° es indispensable: 1° que mantenga el camino en buen estado. 2° que haga construir puentes sobre los ríos y zanjones, para evitar la demora de los transeúntes y cargamentos; y 3° que haya establecido tambos distantes uno del otro a lo más tres miriámetros y que puedan proporcionar alojamiento para doce personas y diez y seis cargas. Quedan exceptuados de la obligación que se impone el empresario por el artículo anterior, los ríos por cuyo pasaje se hayan concedido privilegios de cualquier clase.
Art. 9° Facultase al Gobernador del Estado para adjudicar el privilegio que se concede por esta ley, a la persona o compañía que lo solicite,
Art. 10° el empresario podrá entregar el camino por secciones, distribuidas por el Gobernador en cuatro, y cobrar proporcionalmente el derecho de peaje después de recibidas en los términos del artículo 
Art.11° Inmediatamente que el camino esté abierto o alguna sección, el empresario lo avisará al Gobernador, para que por sí o por persona que comisionen y por al que nombre el empresario, lo reciban, siempre que se hayan cumplido las condiciones establecidas en la presente ley.
Art. 12°El Gobernador del Estado procurará por cuantos medios sean posibles, que el citado camino se pueble de agricultores; y para conseguirlo podrá adjudicar en propiedad a cada familia pobladora, hasta cuarenta fanegadas de tierras baldías, de las que en virtud de la ley corresponden al Estado.
Art.13° Las familias que se establezcan en el camino fuera de las poblaciones, quedan exentas del pago de toda contribución en favor del Estado por el termino de diez años.
Art.14° Si el privilegiado  escogiere para la apertura del camino la línea que partiendo de Cartago atraviesa el distrito de Condina, entonces no podrá cobrar la cuota proporcional de que habla el artículo 10, en la parte que comunica estos dos distritos.
Dada en Popayán, a 6 de setiembre de 1850.
El Presidente del Senado Emigdio Paláu-
Presidente de la Cámara de diputados. Julián Trujillo.
El Secretario de la Cámara de Diputados. Simón Arboleda.
Popayán, 7 de setiembre de 1859.
Ejecútese.
Gobernador del Estado. T. C. DE MOSQUERA
Jefe de la sección de Hacienda, encargado del Despacho. Eladio Vergara.


miércoles, 9 de enero de 2019

AMERICA PINTORESCA . (DESCRIPCION DEL PASO POR EL CAMINO DEL QUINDIO).


AMÈRICA PINTORESCA
DESCRIPCION DE VIAJES AL NUEVO CONTINENTE
por los mas moderos exploradores
CARLOS WIENER, DOCTOR CREVAUX, D, CHARNAY, ETC, ETC.
EDICION ILUSTRADA CON PROFUSION DE GRABADOS
B A R C E L O N A
MONTANER Y SIMON, EDITORES
CALLE DE ARAGON, NÚMEROS 309 Y 311
18S4


Cap.X


Partida para el Cauca.— El camino del Quindío.—Palmilla.— La mina de azufre.— El Moral.— El bosque de Mediación.— Pie de San Juan y el rio Coello.— La palmera de cera ( Ceroxylon A n d íc o la ).— La hacienda de las Cruces. M. Carder, recolector de plantas, cuyas huellas encontraremos más tarde entre los bosques de palmeras de Quindío, en circunstancias bastante extrañas.

Se acercaba la estación de las lluvias, debíamos franquear aún la Cordillera central, el terrible pasaje del Quindío nos estaba aguardando, y era preciso sustraerse de una vez á toda suerte de seducciones.

Bastaron cuatro días de reposo para hacer los preparativos de marcha hacia los pasos del Quindío, pues sin que la caravana fuese muy brillante podía afrontar los peores caminos. En el año 1801, Humboldt y Bonpland hicieron esta ruta á pié ó llevados a cuestas por los cargueros; pero en el día, el camino construido durante el mando del presidente don P. de Alcántara Herran, es casi practicable en la buena estación. Y como por otro lado la certidumbre de ver cosas buenas y el afán de contemplar de cerca una naturaleza tan extraña como variada aguijoneaban mi curiosidad de un modo extraordinario, acabé por decir para mí que bien podíamos hacer lo que otros habían hecho antes que nosotros.
Para atravesar el Quindío, desde Ibagué á Cartago, necesitarán Vds. siete días.
Esto es lo que nos dijeron antes de partir; y sin embargo, invertimos diez.

Antes de emprender la marcha, mandé ocho pesos al general Córdoba, precio convenido por los dos bueyes de carga que debían acompañarnos hasta Cartago. El arriero Manuel Gómez había de recibir este dinero de manos del presidente, caso de que llegara al término del viaje. Tomé un guía hasta Salento por cinco pesos y dos más de gratificación si se portaba bien.

Las seis mulas y los dos bueyes formaban un total de ocho bestias de carga: Ignacio y Timoteo, el guía y el arriero y nosotros tres, constituíamos un total de siete hombres válidos, prontos a cualquier contingencia que pudiese sobrevenir y habituados de sobra a los azares y miserias anexas á todo viaje por Colombia.
El día 6 de marzo, a las nueve y media de la mañana, salíamos en buen orden por la carretera, al Este de Ibagué. Las huertas cercadas con empalizadas de bambú, dentro de las cuales se veían naranjos, árboles de pan (Artocarpus incisa) y nísperos (Sapota Ackras), prolongaban el arrabal, formando una amena avenida.
Al pie de la primera cuesta, en el punto donde se atraviesa el rio Combeima por un largo puente cubierto, se ven altos grupos de chontaduro (Astrocaryum), que encorvan sus elegantes plumas; y al más leve soplo de la brisa se balancean los prolongados nidos de cásicos colgados en la cúspide de los bambúes más altos. El cásico (Cassicus Alfredi) es un ave común en la comarca, donde es conocida con el nombre de gulungo. En el Cauca le llaman indistintamente rabo amarillo y oropéndola.
A medida que la cuesta va subiendo aparece el granito; y a los mil setecientos ochenta metros de altura, se vuelven a ver la datura arbórea y luego la Bocconia frutescens, hermosa papaverácea muy digna de ser notada, por ser la señal evidente de la altura de una región.
Desde este punto se divisa por última vez la ciudad de Ibagué y la llanura que se prolonga hasta el Magdalena.
Al subir las resbaladizas gradas que dominan el rio Coello, encontramos la cabaña llamada Palmilla; y cerca del Moral los esquistos micáceos reemplazan al granito. A nuestra izquierda se oía el infernal concierto de los monos chillones; y á no mucha distancia de allí es donde se encontraron pepitas de oro y donde los terrenos de transición que forman la masa de la Cordillera central, revelan la existencia de venas de diversos minerales.
Pusimos fin a la primera etapa de nuestro viaje en Mediación, acampando en un mísero rancho, rodeado de una vegetación frondosa, vanada y rica.
A partir de Ibagué las zonas de la vegetación van sucediéndose rápidamente: al principio las vertientes de césped y los bosquecillos de arbustos conservan su carácter uniforme; pero desde Mediación los esquistos se truecan en estrases rojos y en el camino que sigue por la cresta de las montañas se ve con claridad la formación geológica del terreno.
Atravesamos la quebrada de Buenavista, entrando en seguida en la de Aguacalíente, llamada así por un copioso manantial de agua termal que brota del suelo. El agua conserva una temperatura de treinta y cinco grados al resbalar por los guijarros.
La quebrada del Azufral se anuncia por un fuerte olor a hidrógeno sulfurado que ataca la garganta. Ganamos por fin el alto de San Juan, en cuyo punto se encuentra la mina de azufre que el año 1827 estudió nuestro compatricio Boussingault sobre el mismo terreno, compuesto de esquistos yacentes directamente sobre la traquita. Distintas veces se ha tratado de beneficiar el azufre de este criadero; pero ha tenido que desistirse siempre, puesto que el gas sulfhídrico que de allí se desprende contiene sólo un cinco por ciento de aire respirable, y amenaza seriamente la vida de los mineros. Envuelta en denso vapor se desarrolla allí una vegetación sumamente espléndida, en la cual se destacan los primeros Ceroxylones, reinando como señores sobre una tribu de helechos arbóreos; tacsonias; lindas orquídeas pertenecientes al género Brassia, cuyas flores blancas están salpicadas de verde; estanópeas, una acantácea que produce grandes flores azules, varias Caraguatas y liqúenes diversos de pintorescas cabelleras.
En Pie de San Juan, a donde llegamos rendidos de cansancio, hallamos una hospitalidad que nada tenía de escocesa, pues no había nada que comer, y por todo refugio una mala cabaña, sin más lecho que el duro suelo. A no ser por el frio, hubiéramos preferido dormir al raso.
Echamos mano de las conservas, encendimos lumbre y aderezamos una sopa, sin que el señor Ramírez, dueño de la barraca, se ofreciera a ayudarnos.
Al partir de Pie de San Juan se continúa remontando la orilla izquierda del rio Coello, encajonado en la vaguada de las montañas que se levantan á seiscientos metros de la corriente.
Al breve rato atravesamos el riachuelo de San Juan que baja del Noroeste y nos dirigimos en derechura hacia Toche y Gallego, sin por eso salir durante algún tiempo del fondo del valle.
Al volver a tomar las vertientes, empezaron las aventuras. Después de dos o tres subidas y otras tantas bajadas a cual más rápida, nos encontramos metidos en unos malos pasos llamados en el país camellones o caminos almohadillados. El camino hundido en un suelo enteramente mojado y en declive para mayor delicia, presenta una serie de hoyos trasversales o surcos profundos que van alternando con matemática regularidad con otros tantos caballones elevados, separados entre sí el paso de una mula y que tienen, en efecto, notable parecido con almohadones. Cuando los hoyos tienen sólo la anchura regular, menos mal, pues las mulas los atraviesan hundiéndose a veces hasta la barriga; pero al fin los atraviesan. En cambio sí por allí han pasado bueyes antes que las mulas, la regularidad se va al traste, y sólo por milagro se puede salir de semejantes atascaderos.
Por fin, se presentan ante nosotros las palmeras de cera (Ceroxylon Andícola), hundido el pie en el agua y la copa en las nubes, formando extensos bosques (palmares) de columnas que vistas a distancia parecen blancas como el marfil, y coronadas por un haz de admirables palmas de cinco, seis y más metros de longitud. Esos bosques van desapareciendo de día en día, pues caen a millares esos árboles que los siglos han nutrido y que un cuarto de hora basta a destruir para siempre. La cera que destila el tronco es raspada, recogida y ensacada con destino a Bogotá, donde se emplea para la fabricación de cerillas y bujías.
Los árboles de tamaño secundario que abundan en esta región, abrigan una verdadera población de fucsias, sifocánfilas, budlejas, heléchos arbóreos, salvias, eupatorias, y una espesa alfombra de guneras de anchas hojas y pedículos encarnados. La planta trepadora de la América tropical, la Mutisia grandiflora, suspende de trecho en trecho sus guirnaldas de enormes [1] flores de color escarlata y de belleza incomparable. A la sombra de una gran morela, bajo la cual nos sentamos para comer, vimos gallardear sobre nuestras cabezas los graciosos tubos sonrosados del Passiflora longipes.
A través de esta vegetación rica en prodigios, llegamos a la hacienda de las Cruces, donde el inteligente y emprendedor don Ramón Cárdenas, tenía plantada, a tres mil metros de altura, su tienda en la cual debía concedernos cariñosa hospitalidad. Llegamos a las Cruces el día 8 de marzo, a las cinco de la tarde, sucios, rendidos de cansancio y llenos de harapos.

Capitulo XI
Travesía de las montañas del Quindío (Cordillera central de Colombia). — La hacienda de las Cruces. — Don Ramón Cárdenas.— Cultivos agrícolas a tres mil metros superoceánicos.— Cacería del jaguar.— El culmen del Quindío.— Consideraciones geográficas. — Sálenlo- Boquía. — Los Antioqueños, — La bordadora. — Una iglesia de palmeras. —Ranchos, miseria y barriales. — Las Pavas, la Cuchilla de Mejilla, Novilleros y Tambores. — Los cargueros. — El bosque de bambúes. — Piedra de Moler y travesía del rio de la Vieja. — Vista del valle del Cauca. — Llegada á Cartago.

El fiel lector que se haya tomado la molestia de seguirnos en nuestra rápida carrera a través de la Nueva Granada, extrañará sin duda la pasmosa variedad de climas y productos que ofrece esta región quebrada y alterosa. En efecto, primero el inmenso valle del bajo Magdalena ha desplegado ante nosotros el soberbio panorama de sus bosques vírgenes apenas decentados por el cultivo; luego, escalando las vertientes de la Cordillera oriental, hemos pasado de la zona tórrida a las sabanas en que se dan el trigo y el heno, a dos mil seiscientos metros sobre el Océano; después hemos atravesado los páramos y las brumas glaciales que los envuelven, a una altura que excede de tres mil cuatrocientos metros. Al cabo de muy pocos días se desplegaban ante nuestros ojos asombrados los llanos de San Martin o del Meta, cuyo mar de verdura se prolonga hasta el Orinoco, donde la civilización aportada allí por las misiones católicas, ha vuelto a hacer plaza á las tribus indias retrogradadas de nuevo al salvajismo.
Hemos vuelto á atravesar la Cordillera oriental hasta encontrarnos delante de dos de las maravillas más grandes de la América del Sur, o sean la cascada del Tequendama y la sima de Icononzo; hemos hallado de nuevo a nuestro paso el Magdalena en Guataquí, junto á las abrasadas sabanas de Piedras, y emprendemos ahora, por fin, la ascensión del Quindío, montaña ilustrada por los estudios y trabajos de dos naturalistas célebres: Humboldt y Boussingault.
Hétenos de nuevo en la región fría. Ante nosotros se levanta, a tres mil cuatrocientos ochenta y cinco metros, el pasaje o boquerón del Quindío, línea divisoria de las aguas del Cauca y del Magdalena, y más arriba se divisa el majestuoso cono del Tolima, alzando con arrogancia a cinco mil seiscientos diez y seis metros de altura sus nieves eternas.

El día 8 de marzo de 1876, a las cinco de la tarde, al penetrar en la hacienda de las Cruces, no sólo íbamos molidos, cubiertos de barro y andrajosos, sino que estábamos también muertos de hambre tanto los jinetes y los peones, como las cabalgaduras. Bajo el colgadizo de la habitación, que estaba a unos treinta pasos, sobre una pequeña eminencia cubierta de césped y cercada de una rústica empalizada, se hallaba el dueño de la finca, don Ramón Cárdenas, departiendo con sus jornaleros que volvían del trabajo. Era el tal un tipo muy característico: de mediana estatura, bien formado, y ancho de hombros; su pie combado calzaba alpargatas; llevaba un poncho, aunque poco aristocrático, sumamente cómodo, y el sombrero hacia atrás; tenía la frente espaciosa, los ojos negros y penetrantes: en suma, su tino revelaba resolución, audacia y energía. Nos recibió con suma cordialidad sin pararmientes, al parecer, en el estado en que nos habían puesto los caminos que conducían á su hacienda. Preguntóle ante todo si tenía algo para cenar.

— A mala hora llegan Vds. — respondió; — precisamente hoy hemos concluido la sementera, y no queda un grano en casa. Con todo, nos partiremos como buenos hermanos unas cuantas patatas y un poco de arroz.... y mañana será otro dia.
Nada nos quedaba que replicar a este lenguaje franco y expresivo.


Mientras los guías quitaban los arreos á las cabalgaduras, colocando las sillas y los bultos bajo los cobertizos, se habló algo de agricultura del país, hasta que el operario Pedro que hacía las veces de cocinero, se presentó con una olla humeante, dentro de la cual estaba contenida toda la cena. Triste pisto ¡ay! del cual en un instante dieron buena cuenta seis estómagos famélicos. La cena concluyó con una taza de agua de panela, té económico compuesto de un poco de melaza disuelta en agua caliente. El refrigerio fue breve, y a falta de postres hubo cuentos, y se trató de emprender al otro día la caza de un jaguar que, según se nos dijo, había aparecido en la quebrada de los Pajaritos, que está a dos tiros de fusil de la casa, ofreciéndose a acompañarnos el huésped señor Cárdenas.
El frio me despertó a las dos de la madrugada. Consulté el termómetro y vi que marcaba + 2o. Me levanté y eché a andar a grandes pasos por el corredor externo abrigado por el colgadizo de hojas de palma, hasta que volví a sentirme fatigado, y envuelto en el cobertor, me eché sobre un montón de hojarasca y me dormí en seguida sin curarme poco ni mucho de la temperatura.

Los primeros albores del día me despertaron: eran cerca de las seis e iba á amanecer.
En Europa hay la costumbre de empezar las cacerías muy de madrugada; pero en la selva virgen de la América del Sur se procede de distinto modo, pues se necesita la plena luz del día para franquearse un camino a través de los espesos matorrales, bajo una bóveda de verdura impenetrable a la luz del sol. Toda partida, pues, empieza después de almorzar, invirtiéndose la mañana en preparar los arreos de caza, armas de fuego, venablos, cuerdas, etc., etc.

Dejando el cuidado de mis armas a nuestro huésped y á Fritz, que no quiso confiar a nadie su carabina Devisme, tomé dos o tres hombres para ir a derribar unas cuantas palmeras de cera, de las cuales quería recoger frutos y estudiar sus flores. Dos árboles colosales cayeron con estrépito a los repetidos hachazos, partiéndose en varios fragmentos y poniendo de manifiesto su médula blanca y esponjosa. Medí uno de sus troncos que tenía sesenta metros de longitud y una circunferencia de un metro veinticuatro centímetros en la base, y de setenta
y cinco centímetros en la cúspide, notable ejemplo de esbeltez y buena proporción. Las fibras leñosas, arrancadas por la violencia del choque, se alzaban en el tocón que había quedado en pie, negras, finas y duras como hilos de acero bruñido. La capa leñosa, colocada en la periferia, al revés de las demás dicotiledóneas, tenía cinco centímetros de espesor, y todo el resto, particularmente el centro, era blanco y ofrecía la consistencia del corcho. Entre las hojas destrozadas, de cinco a seis metros de longitud, blancas por arriba y verdes por debajo, se veían los racimos de fruta que a pesar de parecemos tan pequeños desde abajo, no median menos de dos metros. Las bayas de color anaranjado, de pulpa dulce y del tamaño de los granos de uva albilla, yacían esparcidas por el suelo y medio aplastadas. Las recogí en gran número y las expedí para Europa, junto con algunas hojas y espatos y dos rodajas del tronco. 1) Estos objetos figuran hoy en el Museo de historia natural de París.

Según mis cálculos aquellos árboles debían contar unos doscientos años. La recolección de la cera se verifica de dos modos distintos. El primero, tan bárbaro como expeditivo, consiste simplemente en derribar el árbol y raspar la corteza a riesgo de hacer desaparecer la especie en la comarca. El segundo sistema, el único racional y honrado, consiste en raer la cera, encaramándose á los árboles, al modo de los salvajes del rio de las Amazonas cuando recogen el vino de las palmeras Cenocarpus. Al efecto cualquier hábil trepador se pasa una correa por la cintura y la fija en el tronco, en el cual apoya las piernas, y al bajar va recogiendo en un delantal la cera que raspa por medio de una rasqueta. (Véase el grabado de la pág. 673.) El espesor de la capa cerosa, cubierta a veces por una rojiza capa de liquen, varía entre un tercio de milímetro y medio milímetro.

Cada árbol da de ocho a diez kilógramos de cera blanca o amarilla, y un operario puede recoger de ocho a diez arrobas de cera en un mes, cuyo precio en venta en Ibagué, donde la emplean para la fabricación de cerillas, viene a ser de unos siete pesos sencillos la arroba, o sean dos francos cuarenta y cinco céntimos el kilógramo. En las Cruces tuve ocasión de examinar la luz producida por la cera del ceroxylon, que es muy pura e intensa, da poco humo y despide un perfume agradable: creo además que a poco coste podría ser clarificada.
Fiado en lo dicho por Humboldt y otros viajeros, en un estudio que publiqué sobre el Ceroxylon andícola (1) hube de indicar que este árbol se cría a una altitud variable entre mil setecientos cincuenta y dos mil ochocientos veinticinco metros. Hoy debo corregir estas cifras en virtud de mis propias observaciones. Recorriéndolas vertientes orientales del Quindío no encontré el árbol en cuestión antes de llegar a dos mil metros de altura, desde cuyo punto lo fui siguiendo hasta pasados los tres mil. Los palmares más abundantes están situados en las cercanías de Cermes, entre el alto de Toche y la Ceja alta, y yendo hacia Ibagué se los encuentra hasta cerca de Mediación. La zona en que abundan no se extenderá más allá de quince a veinte kilómetros a vista de pájaro, de Norte a Sur, desde la mesa de Herveo á la mole del Quindío, y ya no se les ve más, ni cerca de Manizales, ni en el camino de Popayán á Huanacas, que son otros dos pasos de la misma cordillera, opuestos al Tolima en sentido desigual. En vano busqué los bosques de encinas ( Quercus Htimboldti) que según dijo el célebre viajero alemán eran la compañía obligada de la palmera de cera. Las encinas a que se refiere Humboldt crecen en un terreno cuya altura no excede de mil ochocientos metros: las he visto ya en Fusagasugá y en Viotá y corresponden por tanto a la tierra templada y no a la tierra fría. Temo por estas razones que Humboldt confundirla la verdadera Ceroxylon andícola, es decir la de las Cruces, con otra especie, poco conocida aún (C.ferrugineum) caracterizada principalmente por sus bayas arrugadas, la cual abunda en los Andes, principalmente al Oeste de la Cordillera occidental y hasta la república del Ecuador. Pero volvamos ya a don Ramón Cárdenas, al almuerzo y a la cacería del jaguar.
Todo estaba preparado. La sopa, compuesta de un caldo de patatas, arracachas y tasajo y espesada mediante la adición de algunos puñados de arroz, y las arepas, panecillos de harina de maíz amasada con leche, constituyeron la refección, durante la cual uno de los mozos del señor Cárdenas iba desatraillando los perros. Luego don Ramón se colgó la carabina en bandolera, se ciñó el cinturón, tomó el machete, pólvora y balas y por último empuñó un venablo, compuesto de una punta de acero bien templada de unos dos pies de longitud, clavada sólidamente en un fuerte mango de espino, hecho lo cual pronunció la palabra sacramental: adelante, y nos lanzamos todos por las empinadas vertientes que descienden hasta el rio Tochecito. El camino al principio era practicable y serpenteaba a través de los matorrales de fucsias, budlejas, melastomáceas y helechos; pero en breve nos encontramos metidos en una espesura de árboles entrelazados con bejucos que crecían en pendientes de cuarenta a sesenta grados de inclinación, cuando no en escarpaduras poco menos que verticales del todo. Empezó a jugar el machete; pero a medida que avanzábamos, era bosque más espeso, de suerte que a cada paso nos veíamos cogidos entre una vegetación inextricable, llena de zarzas que desgarraban nuestras ropas y de ramas que nos azotaban el rostro. Después de seguir así por espacio de algunas horas, tuvimos que retirarnos sin resultado ninguno en nuestra excursión, pues el jaguar que perseguíamos, rápido como una centella, atravesó la quebrada y desapareció en dirección del Coello. La rica flora de las cercanías resarció con creces al botánico de la malandanza del cazador, de modo que cuando al día siguiente salimos de las Cruces, llevaba mis cajas y herbarios llenos de riquezas vegetales. Juan y los peones se quedaron atrás para dar cima al embalaje y expedir los cajones á Guataquí y Honda, con objeto de remitirlos desde allí a Europa, y como quiera que podíamos prescindir de guía, por no ofrecer el camino dificultad alguna, emprendimos la marcha, Fritz y yo, con el intento de franquear la cresta de la Cordillera y llegar antes de anochecer a la aldea de Salento, situada en la vertiente occidental del Quindío.
La mañana era fría, pero hermosa: la temperatura muy baja al despuntar el día, subió algunos grados, sin exceder empero de nueve, después de la salida del sol. A poca distancia de las Cruces, reconocí al paso las dos o tres barracas de Gallego, más luego el camino está desierto. Bajo las altas palmeras de cera y entre las espesuras predominan las gúneras de enormes hojas arrugadas y espinosos pedículos. Allí vi también una graciosa orquídea de las alturas, el Oncidhmi cucullatum, ostentando su labelo purpúreo y puntuado. Altramuces, tibodias, una especie de ojiacanto fragante (Osteomeles), grandes bonvarones arborescentes, redules ( Corlara ruscifolia), de los cuales se extrae una tinta de color violeta, agracejos y hasta la fresa común, la misma que se ve en los Alpes y que no es rara en Colombia, recuerdan por sus formas la vegetación europea. El carácter tropical no se encuentra más que en las matas de bromeliáceas epífitas. Y sin cesar las soberbias columnas de marfil de los ceroxilones mecen su elegante copa verde clara, que vistas a distancia se asemejan a hilos de plata destacándose sobre el fondo sombrío de los cerros.
Escalados algunos centenares de metros, los arbustos que se encuentran son más endebles, rechonchos y encorvados por el viento de los páramos y aparecen envueltos en una bruma densa. Luego el camino es cada vez más abominable y los escalones de barro con sus camellones tienen una extensión y una profundidad inconcebibles. A medio día el sol nos abrasaba,
y las mulas molestadas por los tábanos, al igual de lo que sucede en las regiones graníticas  de Europa, caracoleaban llenas de coraje. Después, las brumas tornaban a envolvernos y la brisa era más penetrante así que alguna nube velaba la luz del sol. En la Ceja del Monte y Volcancitos, puntos apenas habitables, y aun así provistos cada uno de una mísera cabaña, alcanzábamos casi la cresta de la Cordillera.
Por fin, a las dos echábamos pie á tierra en el punto culminante del paso de Quindío, á tres mil cuatrocientos ochenta y cinco metros de altura. Aquella cresta forma la línea divisoria de las aguas, entre los valles del Magdalena y del Cauca. La cadena de montañas que atravesábamos corre en línea recta de Norte a Sur, para reunirse en el nudo de Pasto con las otras dos Cordilleras que se confunden en el caos gigantesco de los volcanes del Ecuador.
Nos hallábamos por consiguiente en medio de las cumbres más elevadas de la Cordillera central. Hacia el Sur se levanta el pico del Huila, que mide cinco mil setecientos metros; sobre nuestras cabezas, el Nevado de Quindío, que tiene cinco mil ciento cincuenta; á veintidós kilómetros de allí, á vista de pájaro, el pico de Tolima, que alcanza cinco mil seiscientos diez y seis, y finalmente, más hacia el Norte, el Nevado de Ruiz eleva hasta cinco mil trescientos metros sus poderosas masas de traquita, cubiertas de nieves desde la época del levantamiento de los Andes. Las nieves que cubren los demás picos ya citados, son también perpetuas.
Los estribos de la Cordillera se extienden hasta perderse de vista, perpendiculares a su eje principal, abrigando en sus valles las corrientes, de las cuales unas, como el rio Coello, se dirigen a engrosar el cauce del Magdalena, y las otras al Oeste, como el rio del Quindío, pagan tributo al Cauca. Los flancos escarpados del Pan de Azúcar yerguen bruscamente sus bloques de traquita, tostados por el sol y jaspeados por las agallas de los líquenes, los cuales contrastan vivamente con la vegetación abundante de los páramos.
La soberbia hermosura del panorama nos retuvo más tiempo de lo regular en la cresta de la Cordillera, de modo que al reanudar la marcha, declinaba el sol, y una espesa niebla que se trocó en menuda lluvia fue acompañándonos con persistencia, dificultando mucho las observaciones de aquella parte de la montaña. La vegetación presentaba igual aspecto uniforme; pero a partir del punto donde el barómetro marca dos mil ochocientos metros de altura, empiezan á dominar los árboles mayores, apareciendo gigantescas encinas, mezcladas ahora con la otra especie de palmera de cera, de que he hablado poco ha, ó sea el Ceroxylon ferrugineum.
La noche, pero una noche negra, nos sorprendió a la altura de las cabañas de Barsinal.
El camino, abierto en las crestas de los cerros, cubierto de arcilla plástica de un color rojizo, era en extremo resbaladizo, inclinado y peligroso, por lo que hubimos de apearnos, llevando a las mulas de las riendas, y después de resbalar a cada paso y de caernos un sin fin de veces en el barro, llegamos a Salento, a las nueve de la noche, chorreando agua y sin haber comido nada desde las ocho de la mañana.
En la población todo el mundo dormía, menos algunos perros que al entrar nos acometieron de una manera poco hospitalaria. Hubimos de echar mano al machete para defendernos, y en esto asomó a una ventana una cabeza llena de azoramiento y nos preguntó si estábamos locos yendo por el mundo a tales horas.
— No estamos locos, ni mucho menos— respondí,—sino hambrientos, derrengados y calados hasta los huesos. ¿Podría V. indicarnos dónde está la posada de Liborio Arango?
— Al extremo de la plaza, a mano derecha,— respondió el indígena, y desapareció refunfuñando.
Una escena idéntica se reprodujo en la posada al despertar al señor Liborio, el cual no quiso abrirnos sino después de haberse enterado de una carta recomendatoria que nos había facilitado don Ramón, carta que fue una especie de talismán, pues desarrugó el ceño del apacible durmiente y nos valió una acogida calurosa. La esposa del señor Liborio se levantó también, reavivó la lumbre del hogar, y se puso en vías de confeccionar— ¡oh estupefacción!— una tortilla, sí, señores, una tortilla sabrosísima, bien aderezada, en la cual no se echaba de menos ni el cebollino que se usa en Europa. Unas cuantas patatas asadas al rescoldo, manteca, pan, pero verdadero pan de trigo, y una buena taza de chocolate, á la cual el molinillo sacó espuma en un tris, constituyó el menú de esa cena inesperada, y acogida con verdadero entusiasmo. Además, la sala en que nos hallábamos tenía el piso enladrillado, el techo era regular, y entre los muebles se veía una cama con pabellón, una mesa de madera cepillada, bancos y escabeles confortables, de modo que presentaba un aspecto aseado que nos regocijó en extremo. El cubierto se componía de platos de loza, cucharas y tenedores de estaño bien acicalados, tiras de lienzo crudo a guisa de servilletas y copas de cristal llenas de agua trasparente.
Todo ello revelaba un estado de civilización absolutamente distinto del que habíamos observado hasta entonces.
Al manifestar la extrañeza que esto me producía al señor Liborio, — Somos antioqueños,—me dijo con cierto orgullo. Y la explicación era muy natural. Los habitantes de esta parte de Colombia son, en efecto, superiores a los que habitan en los otros Estados del país, distinguiéndose por su amor al trabajo, su aseo, su industria y su buen gusto.
Acostados sobre excelentes colchones y entre verdaderas sábanas, dormimos de un tirón hasta el día siguiente á las seis de la mañana. Un examen detenido del menaje de Liborio Arango confirmó plenamente la primera impresión que me había producido, y por los detalles que allegué luego acerca del carácter industrioso de los habitantes de Antioquia, estos acabaron de hacérseme simpáticos.
El matrimonio, a falta de hijos, había adoptado a una linda muchacha, la cual bordaba en un tambor, y gracias a ella vi esta operación por primera vez.

El día siguiente era domingo: el tiempo había mejorado y Juan vino a reunirse con nosotros. Mandé cuidar las acémilas maltrechas, saldé la cuenta de los guías, despedí el ganado suplementario y me puse en situación de hacer tranquilamente las debidas observaciones sobre el país y sus habitantes. Dediqué mi primera visita al cura párroco, el cual, en espera de la hora de decir misa, me puso de manifiesto algunos documentos interesantes.
Salento es una aldea de formación reciente que cuenta a lo sumo doscientos habitantes. Hace sólo doce años que tiene el nombre que lleva, pues antes se llamaba Boquía. Su distrito cuenta unos dos mil habitantes diseminados, que ocupan algunos millares de hectáreas de terreno y viven del producto de la cría de algún ganado, así como de las cosechas de trigo y maíz, cuyos granos van a vender al Cauca o se consumen en el país. El rio Cauca, que pasa por la parte baja de la aldea, imprime movimiento a un molino, cosa rara en aquellas comarcas. Un poco más lejos su corriente toma el nombre de rio Boquia y sus ondas mezcladas corren hacia el Oeste hasta unirse al rio de la Vieja, afluente del Cauca.

La iglesia de Salento, construida por los años de 1850, es un edificio único en su género, pues desde la base á la techumbre está hecha de madera de Ceroxylon andícola, de modo que bastaría raspar las columnas de la nave de ése modesto edificio para recoger la cera necesaria para los cirios del altar. Pobre es su interior; pero bajo su techumbre se reúnen los fieles animados de una fe viva y sincera. Aquel día mismo tuve una prueba de ello. El párroco decía misa, y como quiera que la iglesia fuera incapaz para contener a todos los feligreses llegados de las cercanías, un gran número de estos permanecían en la plaza hablando en alta voz con los vendedores allí instalados; pero cuando se tocó a alzar, callaron todos y se
prosternaron en el suelo, sin faltar uno, quitándose los sombreros. Con el último campanillazo todos se levantaron, los que antes hablaban reanudaron el interrumpido coloquio, y la muchedumbre recobró la animación y el movimiento, cual si fuesen escolares en ausencia del maestro.
Durante los tres días que hube de pasar en Salento, para coleccionar, dibujar, escribir, y empajar, etc., etc., ni un solo instante se desmintió el buen proceder de nuestro huésped y de su esposa, a los cuales les quedo en extremo agradecido.
El día 13 de marzo, a las diez, nos poníamos nuevamente en marcha, con un tiempo magnífico, muy bien humorados, con las bestias rehechas y la esperanza de ver trocados los lodazales horribles por el suelo firme del valle del Cauca. Íbamos descendiendo rápidamente hacia el rio del Quindío, cuyas aguas torrenciales, que chocan y se estrellan contra los asperones y traquitas rodadas, el cual franqueamos luego. El accidentado valle que a la sazón atravesábamos estaba sembrado de guijarros, lo cual me dejaba presentir un cambio propicio en el afirmado del camino que íbamos a seguir. ¡Ilusoria esperanza! Desde la primera cuesta empezaron los barrizales y con ellos nuestro tormento. A cada instante la carga de las mulas se desprendía, las acémilas caían de la peor manera y las mataduras de sus lomos, recién cicatrizadas, quedaban abiertas de nuevo tres cuartos de hora después de la partida. De esta suerte hubimos de andar leguas y más leguas con barro hasta la barriga de las mulas, recorriendo sin tregua ni descanso tan doloroso calvario. Recuerdo que en un mal paso probé á encaramarme sobre la escarpa del camino, manteniendo en ella la cabalgadura; pero le faltó un pie y se cayó en un hoyo de unos dos metros de profundidad, más angosto que su cuerpo, dejándome á mí encima y sin saber cómo sacarla de allí. Logrólo tras mil penosos esfuerzos, y cien pasos después teníamos que bregar con nuevos obstáculos. Resolviendo en el acto y como mejor podíamos tales problemas, que a cada instante se renovaban, sin dejar al propio tiempo de recoger ejemplares de historia natural y en medio de una espantosa borrasca que dejó rezagado el resto de la caravana, llegamos a un miserable rancho llamado Novilleros, donde decidimos pasar la noche. A nuestro paso habíamos dejado otras cabañas apénas columbradas, conocidas con el nombre del Roble y Portachuelo y plantadas en medio de los cenagales, que no habían cesado un instante desde que salimos de Salento.
La colonia de Novilleros contaba por únicos habitantes una mujer sorda y un niño. AI pedirles hospitalidad se mostraron muy azorados; pero luego hicieron cuanto estuvo de su parte para prepararnos una pobre pitanza, y una vez puesto en orden lo recolectado durante el día, colgamos las hamacas de unos postes y pasamos la noche bastante bien.
La etapa del día siguiente debía ser larga, sobre todo por poco que los malos caminos continuaran. A las siete y media cabalgábamos ya subiendo y bajando cuestas. El tiempo había abonanzado y la temperatura variaba entre los diez y ocho y los veinticuatro grados.
Entrábamos en la zona templada, entre mil seiscientos y mil ochocientos metros de altura, clima delicioso, cuando el cielo está raso, una vez terminada la estación lluviosa. La flora de Quindío, que se ostenta en toda su variedad, me dejó atónito por su riqueza. En las mismas orillas del camino, sobre la misma zona de terreno cortada por el desmonte que tenía unos diez metros de anchura, los árboles desmochados y las especies herbáceas de grandes hojas presentaban proporciones desusadas y una elegancia sin igual. ¡Qué admirable colección de plantas de hojas ornamentales propias para agregar a las que han conquistado ya el público favor en los paseos y jardines parisienses! Las que más me llamaron la atención por su extraordinario desarrollo pertenecen a los géneros Artaníke, Solanum, Cecropia, Xanthosoma, Ficus,' Pionandra; Bocconia, Laportea, á las melastomáceas, helechos, escitamíneas, etc., etc. Dos palmeras, nuevas para mí, la Syagrtis Sanchona, de tronco anillado y pedículos encarnados, y un Astrocaryum armado de temibles púas y cubierto de frutos ovoideos, amarillos y sabrosos, reemplazaron á los ceroxilones, los cuales desaparecieron cuando llegamos  la altura de mil ochocientos metros. La última cabaña, en la cual vi troncos de esta especie empleados como madera de construcción, lleva el nombre de Pavas[2] y está situada cerca de los ranchos de San José y de Buenavista. Dichos troncos forman la totalidad de la construcción, inclusa la techumbre, de la cual sólo la parte superior está revestida de follaje.

A medio día llegamos a la Cuchilla de Mejilla, situada a mil seiscientos diez y ocho metros de altura. Tomamos por todo almuerzo una taza de mazamorra hervida con harina de maíz, que reemplaza la chicha y el guarapo. Los bambúes anuncian la proximidad de tierra caliente. Todas las barracas estaban rodeadas de frondosos plátanos y papayos cubiertos de fruta.
Mientras se calentaba el pisto claro que nos estaba destinado, saqué un dibujo de la mísera cabaña. Sentado Fritz en el tronco que servía de umbral, derrengado por aquella carrera matutina en medio de baches y cenagales continuos, lleno de barro hasta el cogote y apoyada la frente en las manos, parecía la estatua de la desolación. Para el acarreo de agua, aparte de las tarras o jarras de bambú formadas con un trozo de caña comprendido entre dos nudos, se emplean también tubos de dicha caña compuestos de varios entrenudos cuyos tabiques están agujereados en toda su longitud, excepto uno de los extremos, estando el otro tapado.
Esos tubos llevados en hombros por la harapienta señora de la casa y su progenie, se colocan todas las mañanas en un rincón del rancho, a modo de tinaja, y sirven para el abastecimiento cotidiano.

Mientras se guisa el tasajo acierta a pasar por en frente de la casa una comitiva de cargueros. Los detuve un momento y mediante un trago de anisado, obtuve de ellos algunos informes útiles.
— Los antiguos portadores del Quindío— díjome uno de ellos— se llaman indistintamente cargueros ó silleros, tomando el nombre de la silleta o silla de mano. Antiguamente la silla era distinta de la que se usa en la actualidad, que es una especie de baste o albarda hecha a propósito para llevar mercancías. Componíase entonces de un marco o bastidor hecho con cuatro cañas de bambú y con un asiento que podía bajarse o levantarse según mejor conviniera, y un travesaño, también movible, para poner los pies, de modo que venía a formar una verdadera silla en la cual se sentaba el pasajero, apoyando la espalda contra la del portador.
La caza abunda en aquellos andurriales. Precisamente mientras estaba departiendo con los cargueros, salió del bosque un apuesto mozo llevando unas pavas, magníficas aves, que acababa de matar, en las cuales reconocí una especie de Penélope peculiar de la comarca, que no es más que la Parracúa de Goudot (Ortalida Goudot, Less). Su tamaño excede al del faisán común y tiene las plumas de la espalda de un color casi negro con reflejos brillantes de un color verde oscuro, las del cuello grises, rubias en las extremidades, y azules y muy hermosas en la región temporal. La carne de esta ave es deliciosa.
Al salir de la Cuchilla de Mejilla, se ofreció a mi vista un nuevo espectáculo, pues por espacio de muchas leguas y sin la menor interrupción anduvimos a través de espesos bosques de bambúes que formaban sobre nuestras cabezas verdaderas bóvedas de verdura. Misteriosa penumbra reinaba bajo aquellos tallos rectos y altos, cubiertos de ramas de un color verde
claro y de aspecto elegantísimo. Luego en un claro reapareció la caña dulce, anunciando la tierra caliente. Según una observación que verifiqué, estábamos á una altura de mil trescientos cincuenta metros. A fin de apresurar la marcha, dejamos la casa llamada la Balsa, y en medio de un infernal concierto de monos aulladores llegamos á la vista de la cabaña del negro Vicente Garcés, de Tambores.
Después de haber sorbido, haciendo de tripas corazón, un inmundo puchero de mazamorra, recorrí los terrenos desmontados alrededor del rancho, que contenían una pequeña plantación de yuca, algunos plátanos, maíz, y un campo de tabaco.
— Esta planta por sí sola— dijo Garcés— me da lo necesario para sostener a la familia.
¿Quiere V. saber cómo se cultiva aquí en la comarca? Se siembra la simiente después de la cosecha de maíz, y tres meses más tarde se hace la primera cosecha de hoja, tras de la cual se poda el tallo por el pie, y se obtiene una segunda cosecha a los tres meses. Luego se plantan en el terreno arracachas, plátanos o yucas. En cuanto a la hoja del tabaco, secada á la sombra por espacio de tres semanas, vienen a comprarla los mercaderes de Cartago, que suelen pagarla a real la libra (un franco el kilógramo).
Para ir de Tambores á Piedra de Moler, en cuyo punto el camino atraviesa el rio de la Vieja, bastan tres horas de marcha caballo, cuando el camino está sólo medio practicable.
A las ocho y media salimos de la choza de los negros. La vegetación dominante en esta parte del camino está representada por una euforbiácea arborescente, que a menudo alcanza una altura de veinticinco metros y se distingue además por el color ceniciento del follaje. El espesor de la capa vegetal era tan considerable allí que, a partir de Salento, no vi una sola piedra en toda la región, de suerte que ignoro en absoluto la composición geológica de ese reverso del Quindío. La roca está cubierta por todas partes de bancos de arcilla y humus mezclados con partículas arenosas. Sólo por excepción, debajo de Tambores, á mil doscientos cincuenta metros, se ven unos asperones de color rojizo que no tienen nada de común con la arenisca roja é implican una formación mucho más remota, desconocida en América.
A las once y media y con una temperatura de veintiséis grados llegamos á orillas del rio de la Vieja, y en el punto conocido por Piedra de Moler aguardamos al barquero sentados á la sombra de unos calabaceros cubiertos por una linda orquídea (Ionopsis pulchella), que Humboldt y Bonpland recogieron en el mismo paraje, ochenta años atrás. El rio, sumamente torrentoso allí, tiene una anchura de unos cien metros, corre hacia el Norte antes de hacer un brusco recodo, cual si de nuevo se encaminara á Cartago, y más abajo se une al Cauca.

Despachado el almuerzo rápidamente, y después de capturar algunos insectos, recoger lindas plantas y sacar un croquis del paso del rio, ya no nos quedó más que franquear la última serie de colinas compuesta de greda compacta y cantos rodados. El suelo está cubierto de una vegetación espesa; y los árboles, menos elevados, se caracterizan principalmente por la presencia de una gran papilionácea, que ya habíamos observado en Pandi, la Erythrina corallodendron, adornada de hermosas flores encarnadas.
Desde la cúspide de estas colinas hacia Occidente se divisa todo el vasto valle del Cauca que contemplamos por primera vez. El color de esmeralda que predomina en esta inmensa llanura cuajada de prados, cultivos y bosques, tras de los cuales circula el rio que le da nombre, forma un contraste risueño con los tonos violáceos y brumosos de la Cordillera occidental que limita esta vasta extensión de territorio. A nuestros pies se ven los tejados de Cartago, donde estaremos dentro de tres horas, en los cuales reverbera la luz del sol, y las empalizadas de bambú que marcan las líneas divisorias de las propiedades. Por fin, penetramos en una región en la cual hemos de encontrar un grado de civilización muy distinto del que hasta aquí hemos visto. El terreno de las colinas, arenoso, sano y cubierto de pequeños fragmentos de sílice negra, que resbalan al contacto de los cascos de nuestras cabalgaduras, indica la presencia de una región seca. Los árboles y arbustos ofrecen también un aspecto distinto. En el tronco de aquellos echo de ver una de las orquídeas más bellas de cuantas conozco, la Catlleya Triance, cuyas flores sonrosadas, con labelo de color morado, son anchas como la palma de la mano. De todas las ramas penden guirnaldas de bromeliáceas multicolores, entre las cuales sobresalen las espigas blancas, coloradas y verdes con estrías negras del Guzmania tricolor, tan encantadoras, que no puedo resistir a la tentación de formar con ellas un gran ramo.
Notase una particularidad interesante en esta parte seca del país. Los troncos de los árboles situados al borde de los pedazos de bosque desmontado, a los ocho días se vuelven blancos del lado que Ies da el sol, cuyo color se destaca sobre el fondo verde-oscuro del follaje, contraste que se acentúa aún más, poniendo en parangón su blancura con el color negruzco que presentan los demás troncos a la sombra y entre la atmósfera húmeda de los bosques.
Por fin, dejamos atrás el Quindío, y al valle del Magdalena sucede el del Cauca, al cual me dirijo con el propósito de estudiar su topografía, historia y producciones, así como los usos y costumbres de sus moradores, remontando el río á pequeñas jornadas en una extensión de trescientos kilómetros, es decir, casi desde su origen. Esta comarca es una de las más ricas y hermosas del universo, tanto, que habiendo un colombiano preguntado a Humboldt qué le parecía, éste contestó: — Es un paraíso terrenal; — añadiendo a renglón seguido: — habitado por fieras. Alusión un tanto dura, pero justa por otra parte, a las guerras civiles que en distintas ocasiones han desolado el país y despertado el encarnizamiento de sus habitantes.
En lo sucesivo, el hombre tendrá una parte más importante en el presente relato, no en verdad porque la naturaleza deje de reservarnos aquí también espectáculos nuevos y curiosos, sino en razón de que la civilización ha echado fuertes raíces en el Cauca desde los primeros tiempos de la conquista, y no considero desprovisto de interés un estudio de su desarrollo, periodos de paralización, y estado actual, bosquejando a la par una hipótesis sobre el porvenir reservado a este valle sin igual, que podría sustentar cincuenta millones de habitantes, y no cuenta en el día más allá de quinientos mil.
Embargado el ánimo por estas reflexiones, recorrimos de un galope y en breve tiempo, los tres o cuatro kilómetros que quedaban de camino a través de las praderas cortas del Cauca, para entrar en Cartago, en cuyas calles empedradas con cantos rodados, resonó el día 15 de marzo a las cuatro de la tarde, el choque de los cascos de nuestras cabalgaduras.


[1] VIAJE Á LA AMÉRICA EQUINOCCIAL 671 AMÉRICA PINTORESCA
[2] VIAJE Á LA AMÉRICA EQUINOCCIAL 681 Cabaña y palmeras ( Astrocaryon y Ceroxylon) en las Pavas, Quindío