martes, 27 de diciembre de 2022

GABRIAC EN SU VIAJE POR SUDAMERICA, NUEVA GRANADA, ECUADOR, PERÚ Y BRASIL, CRUZÓ EL PASO O CAMINO DEL QUINDÍO.-

 

 

 

GABRIAC  EN SU VIAJE POR SUDAMERICA, NUEVA GRANADA, ECUADOR, PERÚ Y BRASIL, CRUZÓ EL PASO O CAMINO DEL QUINDÍO.

Gabriac, Alexis de, Conde.



Fuente de la Imagen: Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). 

“Pero fue el Conde Gabriac, ciudadano Galo, quien, por su alto grado de sensibilidad artística y su agudo sentido de observación, quien corroboró la especial calidad connatural de los ibaguereños en cuestión de música

y la bautizó como “Ciudad Musical”.[1]

Crónica del paso del Quindío del diplomático y viajero francés Jean Alexis Cadoine, quien bajo el pseudónimo de Conde de Gabriac, en los años 1866 y 1867, exploró la Nueva Granada.  Aventura que plasmó en el libro denominado: “Paseo por Sudamérica, Nueva Granada, Ecuador, Perú, Brasil”, en donde en uno de sus capítulos refiere su travesía por el paso o camino del Quindío, en su paso para Quito.--Viajero explorador, diplomático y agregado de la delegación francesa, conocido como el Conde de Gabriac, realizó un largo viaje por América del Sur. 

En su paso por Colombia en el siglo, XIX (1866-1867), cruzó el  camino del Quindío y describió sus impresiones en el libro denominado:  Promenade à travers l'Amérique du sud: Nouvelle-Grenade (CAMINATA A TRAVÉS SUDAMERICA, NUEVA GRANADA, ECUADOR, PERÚ Y BRASIL)[2], obra ilustrada con mapas, gráficos de  paisajes de la época, y la cotidianidad vivida en su viaje. Además, designo a Ibagué con la denominación de “Ciudad Musical”1..

Su tránsito por la Nueva Granada. en Barranquilla, el 1° de agosto de 1866.   Navega diez días por el rio Magdalena, desembarca en el punto denominado Caracolí, en el puerto de Honda , al día siguiente, a las once en punto, previa adquisición mulas, monturas y demás arreos necesarios, partió para Bogotá, acompañado por nueve viajeros bogotanos y una cantidad de arrieros y mulas. Advertido por el grito de partida emitido por los arrieros: ¡Vamos! Vamos ¡Adelante!, marchó treinta y cinco leguas, itinerario en que empleo cuatro días, llegando a Bogotá el 13 de agosto de 1866.

En la capital de la Nueva Granada, se entrevistó con el general Tomas Cipriano de Mosquera, quien lo recibió y averiguó de los fines y objetivos de su viaje, seguidamente redactó y le proveyó cartas de recomendación para alcaldes y otros personajes que pudieran servir de referencia y apoyo en el viaje. Inmediato, dispuso los preparativos y suministros necesarios para un mes de viaje, tiempo presupuestado para recorrer de Bogotá a Cartago, a donde tenían calculado llegar el 30 de agosto de 1866.-

Comenzó su marcha el 21, de agosto de 1866, equipado de los suministros necesarios (tiendas de campaña, colchones, mantas, utensilios de cocina y alimentos), provisiones y equipos, conducidos por un arriero en dos mulas de carga, que llevaban nuestras prendas personales, nuestros baúles, bolsos, sábanas, mosquiteros, esteras de junco, hamacas, fusiles, municiones, etc. sobre nuestras monturas  calabaza de aguardiente, un diccionario y gramática española, libros de notas, cuadernos de bocetos, fósforos, velas, cigarros, cubiertos, chocolate, vasos, monedas pequeñas, revólveres, puñales, armas, cartuchos  abrigos, ponchos de goma y sombrillas.

Provisto de credenciales de la Emperatriz Josefina, que fueran presentadas en Bogotá al Presidente Tomas Cipriano de Mosquera, quien le facilitara ayuda, para emprender la travesía en compañía del Visconde Blin de Bourdon, partieron de Bogotá, el 7 de julio de 1866, rumbo a Ibagué. que para la época, fungiera cómo pequeño poblado, delimitado por un lado por el valle del Magdalena, y la Cordillera llamada Quindío (Quinndioù), lugar de donde emprendió el cruce del Quindío

 

BOSQUE DE PALMERAS DE TOCHESITO

(Dibujado por M. PARENT, a partir de un boceto de M. le Viscount BLIN DE BOURDON.)

ESCENA NOCTURNA EN UNA CABAÑA DE CHOLLOS

(Dibujo de M. PARENT, a partir de un boceto de M le Comte DE GABRIAC.)

PUENTE DE BAMBÚ EN EL VALLE DEL CAUCA

(Dibujado por M. DARDOIZE, según un boceto de M. le Viscount BLIN DE BOURDON.) 



De vez en cuando, una choza india viene a nuestra vista y uno de sus habitantes nos trae de inmediato una calabaza llena de guarapo, una especie de cerveza hecha con jugo de caña de azúcar semiterminado; era nuestra única distracción. Este licor es agradable, pero la chicha de maíz que se hace más generalmente es mucho menos bueno. Lo peor es que todos usa la misma calabaza, y no puedes rechazarla sin convertir amigos en enemigos.

A penas arribamos, nos fuimos de paseo por Ibagué, linda pequeña ciudad, aislada por un lado por la sabana, y por el otro la cadena principal de la Cordillera que se llama Quindiù (Quinndioù), lugar y que está casi impasable.

Sobre todo, era importante conseguir mulas para al día siguiente, porque no teníamos tiempo que perder y los caballos de Bogotá no irían más lejos. Sin embargo, esta operación es siempre laboriosa en el Nueva Granada; pero en Ibagué, siendo el viaje del Quindiù, como dijo el General Mosquera muy penoso, para nosotros es aún más difícil encontrar propietarios que quieren entregar sus animales a cualquier precio. Estos arrieros se dan el título de dueños de las bestias, y su fisiología es curiosa de estudiar.

A la una de la tarde nos traen las cinco mulas que habíamos alquilado para la travesía del Quindío y nos vamos inmediatamente nos hundimos en enormes bosques y comenzó el  doloroso ascenso del Quindiù que es, como ya he dicho, el paso más difícil de la Cordillera central y el más hermoso de las montañas de Nueva Granada.

Desgraciadamente, el camino que seguíamos era Muy malo. En efecto, el suelo de Quindiù es espeso y pegajoso, por lo que retiene el agua indefinidamente y forma un lodo inconmensurable y eterno, cuyo la reputación se establece en toda América del Sur


 

ESCALANDO EL QUINDIU

(Dibujado por M. PARENT, a partir de un boceto de M. le Viscount BLIN DE BOURDON.)

 LA TRAVESÍA

Lo más importante, conseguir las mulas para el viaje, porque los caballos de Bogotá, únicamente llegaban hasta Ibagué, como había dicho, el paso del Quindiù se mostraba muy dificultoso, pero, fue aún más difícil encontrar propietarios que quieren alquilar sus animales a cualquier precio.

Los arrieros pretenden ser de clase económica alta, son dueños de las cabalgaduras, y de los prados donde pastan sus recuas de acémilas, además, cobran muy caro el alquilar de sus muladas. Su condición es curiosa, a pesar de su ostentación de potentados propietarios, caminan descalzos y se atavían con las mismas vestimentas desordenadas de los arrieros. Los más elegantes se visten el lujo de unos calzones y una ruana roja, marrón o azul. Todos se ponen de acuerdo para fijar el precio del alquiler de las acémilas, el cual casi siempre es arbitrario, pero no es exorbitante en comparación de los que estábamos acostumbrados a pagar en Europa, el precio varía de 6 a 12 francos por día, (doce horas), por cada mula, cualquiera que sea el tiempo real de marcha. Los dueños aspiran que marchemos los más apacible posible para que sus animales no sufran durante el viaje.

Para no perder tiempo, nos dirigimos al alcalde, quien es el que establece las condiciones de alquiler con los dueños de las bestias, confiado en la influencia de las cartas del General Mosquera, decidimos solicitar al alcalde conseguirnos cinco mulas para el día siguiente en loa mañana, lo cual prometió de inmediato.

 Previo al viaje, unas cuarenta personas curiosas, se ubicaron sin permiso alguno en nuestra habitación, para poder vernos de cerca y examinar todo lo que había en nuestros baúles. Mi famoso revólver de veinte tiros tenía el privilegio de despertar la curiosidad y la admiración general. Les hice creer que me permitió matar a veinte hombres en al mismo tiempo, lo que me valió tanta consideración como si habría sido escoltado por un pelotón de soldados.

Todo el mundo sabía que íbamos a ingresar en una montaña casi inaccesible, cruzar trechos completamente deshabitados, donde era fácil tendernos una emboscada, así que no estaba enojado del prestigio que me dio mi arma y aun todo dependía de mí para aumentarlo. Blin, al ver el desconcierto de la población de Ibagué, aprovechó para hacerles creer que había en nuestros baúles revólveres que se dispararon solos cuando un ladrón lo tocaba, creo que esta idea contribuyo mucho al respeto de nuestras propiedades.

Durante la jornada tuvimos el honor de recibir la visita espontánea de las personas más ilustres de la ciudad, entre otros un profesor que, siendo médico, conocía de manera imperfecta la geografía.

De hecho, después de haberle dicho que teníamos la intención de volver a Francia por el Amazonas, respondió con elegancia: “¡Sí, señores, se van a la Patagonia!” ¡El médico nunca entendió cómo supuso llegar al Brasil sin rodear el Cabo de Buena Esperanza! ¿Quizás se refería al Cabo de Hornos?

 Así que partimos solos, rodeando y empujando hacia adelante animales cargados, bastante seguros, además, de que nuestro arriero que pronto se uniría, al día siguiente nos lanzamos a una aventura en los bosques con de miedo de ser atrapados por las lluvias o tomar caminos equivocados, pero el principio era salvado.

Desgraciadamente, el camino que seguíamos era muy malo. En efecto, el suelo de Quindiù es espeso y pegajoso, por lo que retiene el agua indefinidamente y forma un lodo inconmensurable y eterno, cuya reputación se establece en toda América del Sur, en ningún otro país del mundo se encuentra uno así. Durante unas cincuenta leguas, estaremos en un verdadero pantano que rara vez tiene menos de un pie y medio de profundidad.

Las mulas se hunden constantemente en él hasta que pecho y no podían salir de él si no se había tenido cuidado hacer zanjas transversales de metro a metro, que da al camino el aspecto de una escalera, todo lo cual los escalones serían canales de barro, pero de gran ventaja de ubicar este lodo y ofrecer límites a los resbalones de mulas. Durante la temporada de fuertes lluvias, es absolutamente imposible cruzar el Quindiù; es solo en la llamada estación seca, cuando tuvimos la suerte de encontrar, que uno lo cruza en seis o siete días.

 Durante la mayor parte del año la tierra está aún más empapada; así que retrocedemos dos pasos porque tres adelante, muchas veces caen las bestias de carga; deben recargarse en cada momento, y en consecuencia ponemos doce o quince días para hacer el viaje, según consta, además, los muchos ranchos que uno encuentra a los lados del camino.

 Como solo hay dos o tres chozas chollos por toda la Cordillera central, los pobres viajeros que en época de lluvias no puede arrancar, se ven obligados a pasar la noche en medio del bosque y construyen cualquier abrigo, con hojas de palma, un pequeño techo verde, llamado rancho. esta instalación es, como luego experimenté, mucho más poético y cómodo.

 Aunque estábamos en la temporada adecuada, tenía extrema dificultad para caminar. para evitar las ramas, teníamos que acostarnos constantemente los cuellos de nuestras mulas agarrándolas por las crines, para evitar que nuestras sillas se deslicen hacia atrás. estas pobres bestias, vadeando lo mejor que podían, nos cegaron con sus salpicaduras de pies a cabeza. Fue un placer ver al arriero corriendo de uno lado a otro, tirando del pretal, azotando y acosando las mulas sin cesar.

 En todo momento estuvimos bordeando precipicios, y un paso en falso, en esta dirección, podría arrojarnos allí, de al menos especialmente porque los bordes del camino no eran muy sólidos. Además, en muchos lugares se veían cadáveres de mulas que habían caído en estos abismos, que apenas se hizo para tranquilizarnos. Finalmente, la noche llego, y en medio de estos gigantescos bosques, la oscuridad era profunda, ya que ninguna estrella podía hacer que su rayo de luz alcanzara hasta nosotros. Afortunadamente había solo un camino en el Quindiu y no podíamos desviarnos; pero no habíamos encontrado la primera choza de Chollos y, no queriendo exponernos a pasar la noche en el bosque, estábamos obligado a caminar lo más rápido posible, sin tomar cuidado con los rompecabezas. Ahora mismo bajábamos por un primer contrafuerte, y aunque la costa era rápida y la compacidad, empujamos nuestras mulas hacia adelante, tirándonos al vacío, corriendo, deslizándonos, saltando, sin saber a dónde nos llevaba cada paso. Definitivamente confiábamos en las patas de nuestras mulas, pero no podíamos ignorar que nuestra situación era muy peligrosa. Sin embargo, lejos de estar asustados, nosotros charlábamos con todo nuestro corazón. Nunca habíamos experimentado tal alegría. ¿Fue locura? -- no sé. tal vez estábamos en una especie de sueño sonámbulo que sujetaba. El caso es que sufrimos la embriaguez del peligro, uno de los goces más vivos que el hombre puede experimentar.

De repente mi mula dio un tropezón más pronunciado que los otros. Entonces creí que iba a caer en el precipicio cercano, tuve ánimo y me tiraré en la dirección opuesta, en este momento pensando mejor caer en el barro que correr el riesgo de matarme por una segunda tarde. Sin embargo, me sorprendió mucho encontrar que, gracias a mi buena voluntad, estaba todavía a caballo, no pude explicará este milagro. Fue solo mi inmensa espuela que me había servido de paladio hundiendo una pulgada en el vientre de mi pobre mula.

Estábamos así desde la mañana, cuando por fin llegamos cerca de una pequeña choza en la que entre sin ceremonia. Tres hermanas vivían allí solas. y en silencio como las criadas de Las Juntas. Lejos del mundo, no tenían preocupaciones y parecían muy felices. Sólo se preocupaban por la preparación de sus comidas y esta labor ocupaba todo su tiempo. una desgrana maíz, la segunda los tritura entre dos piedras, y la tercera formaba pequeños panes que luego tostaba sobre un gran fuego colocado en el medio de la habitación.

En Cordillera Central de la Nueva Granada, siendo su altitud muy considerable, las noches son frías a pesar de la proximidad del ecuador; también los Chollos mantienen continuamente el fuego, ellos lo alimentan con tres grandes trozos de madera que se tocan en las puntas y que se encargan de atizar de vez en cuando. Igualmente, no hay ningún tipo de chimenea, por lo que se presenta un humo incesante, y para no sufrir demasiado, uno debe tener cuidado siempre de colocarse lado del viento. Los muebles de la cabaña donde estábamos pernoctando consistía en un solo tronco de árbol, y su decoración, un mono y un racimo de plátanos.

Las mujeres nos ofrecieron algunos de estos frutos y un pan de maíz, que habría formado toda nuestra cena, sin las pastillas de caldo que teníamos la precaución de tomar de Francia. Mientras Fernando tendía nuestras hamacas, nosotros conversábamos con nuestras camareras.

 Al día siguiente, poco después de salir de este reducido alojamiento, nos encontramos en medio de un precioso bosque de areca palmitas. estos árboles, la familia de las palmeras, tienen tallos muy delgados y pocas, pero muy elegantes hojas. Generalmente, crecen en grandes cantidades en el mismo lugar y forman matorrales de un efecto muy artístico. Siendo el suelo del Quindiù muy irregular, estas palmitas nos rodeaban por todos lados, presentándonos al mismo tiempo sus tallos, sus copas y sus ramas, mezclándose, retorciéndose y cruzando sus hojas con las frágiles ramas de las heliconias y los platanillos salvajes. Nada es más pintoresco que este envolvente, desigual e iluminado por los rayos del sol. Aquí, alegre, animado, brillante y resplandeciente de luz, allí, oscuro y negro, a menudo escondiéndose detrás de su inmovilidad de horas, animales terribles y profundos abismos. ¡Cuando cruzo estos sitios maravillosos, como esos de los que acabo de hablar, sin haber podido describirlos, siento una exuberancia de vida, mi corazón late más rápido, yo tiemblo, amo la naturaleza, amo la vida, amo a Dios!

Además de las bonitas palmitas de las que acabo de hablar, de elegantes helechos arborescentes de ocho a diez metros de altura se encuentran en todos los lados. El Quindiù, es, creo, el único lugar en la tierra donde hay tan hermosos helechos. Estos helechos tienen la forma general de palmeras, pero su follaje, de una ligereza admirable, se asemeja al encaje más fino. También encontramos en esta sección de la Cordillera un arbusto enteramente morado que hace el efecto de un enorme ramo de flores, pero él menos golpeado que el cámbulo escarlata de la cordillera oriental, aunque desde el punto de vista del arte sus follajes tienen colores más armoniosos.

Hacia la puesta del sol, pasamos por una hermosa cascada que tratamos de dibujar, pero ¿Qué pincel podría dar la idea? ¿Qué cuellos les devolvería las sombras de estas flores inclinadas sobre nuestras cabezas? ¿Cómo representar estas lianas, estas plantas, escaladores corriendo en todas direcciones, agitados por el aliento de la brisa, y estos ligeros vapores refractando los destellos del arco iris? ¿Cómo concebir lo genial que se experimenta cuando, después de un doloroso día de viaje, bajo un sol tropical, de repente llegamos al borde de un riachuelo claro, amenizado por el suave murmullo del blanco de la cascada? La música por sí sola puede producir lo mismo que las huellas dactilares. Escuche la Sinfónica Pastoral de Beethoven o el sueño de una noche de verano de Mendelssohn, y habréis oído mi truco.

Por la noche, nos detenemos en una pequeña cabaña. situado al borde de un torrente. Desde las montañas boscosas nosotros miramos los alrededores por todos lados, y en la medida de lo posible mirando hacia abajo, solo vemos enormes bosques Es un espectáculo completamente nuevo para los europeos, gente acostumbrada a ver altas montañas cubiertas de nieve. Los Alpes, los Pirineos, el Atlas, el Líbano, el Tauro, son pintorescas, pero áridas y salvajes; nosotros no nos cansamos de contemplar este magnífico panorama, donde lo elegante se combina con lo grandioso.

Al comienzo de nuestro viaje a Nueva Granada, constantemente nos jactábamos de la Sabana de Bogotá y el Valle del Cauca, mientras sólo hablábamos en deshonrar el magnífico Quindiù. Estos granadinos, nativos descuidando el lado artístico, sólo se preocuparon por el valor territorial de su país, y solo ven en el Quindiù el mal estado de sus caminos y la gran y dificultad de camino de lodo. Seguramente el camino que ellos han dicho es horrible, pero solo tienes que admirar, ver por todas partes nuevas maravillas, tantas y tan notables que no podemos enumerarlos sin ser censuradas de exageración. De hecho, lo que venimos ver sería sólo el preludio de lo que nos esperaba.

El valle de Totchesito, al que pronto llegamos, reservaba para nosotros pinturas aún más espléndidas. Los, todas las plantas que acabo de mencionar dan paso a una innumerable cantidad de palmas de cera, notable por la colosal altura de sus estípites y la resina de un blanco nacarado con el que están cubiertos. Estos árboles se aprestan unos contra el otro, que aplastan las plantas vecinas y es imposible despejar un camino entre ellos, incluso con un hacha en la mano, como en las otras partes de la selva virgen. También, aunque teníamos un fuerte deseo de ir de caza de tigres, que son numerosos en este lugar, tuvimos que renunciar a esta acción y recurrir a monos y pavas, de las cuales matamos muchos sin salir del camino. El Quindiù varía como un caleidoscopio sus fantásticos efectos. A pocas leguas de Totchesito, la selva adquiere un tono diferente. Hay árboles centenarios, que datan de la prehistoria del mundo, se extienden majestuosamente sus ramas cubiertas de líquenes, musgos y rojas orquídeas Todo está lleno de vegetación y hasta el camino que seguimos, ejecutado a golpes de machete, se cierra rápidamente detrás de ti. Vimos lianas por todos lados blancas y flexibles, adornadas de árbol en árbol o estiradas como las cuerdas de un barco. Unos pocas soportan parásitos leves o se entrelazan con plantas trepadoras y así forman adornos de encantadora elegancia.

En el momento de nuestra travesía el cielo estaba despejado y en el suelo del camino brillaban ojos de luz del sol, que se filtraba por las hojas de los árboles. Las mariposas de terciopelo negro o azul iluminaban esta imagen y pájaros de todos los colores revoleteaban sin miedo saltando justo debajo de nuestros pies, pinchando flores o gorjeando sus canciones de amor. aquí hay más varios tweets que anoté para probar que las aves del Nuevo Mundo reúnen el encanto de ramaje a la belleza del plumaje. Su voz es general, justo, fuerte y armonioso, pero todavía melancólico. Pobres pequeños seres, ¿serían infelices? La última de estas tonadas es la que hacen los gallos del Tochecito. Creo que es único en su clase y bastante  digno de ser reproducido aquí, aunque no sea nada agradable.-



Sin embargo, todavía no estábamos en la cima de la Cordillera Central. Cansado de ver que cruzábamos constantemente subidas cada vez más empinadas sin llegar a la cumbre, muchas veces le preguntábamos a nuestros guías: "Es aquí la montaña definitiva? Pero ellos siempre respondían: No, señores, todavía no, ¡pero pronto! ¡Un día finalmente, el camino se volvió tan atroz que nos llena de esperanza!  porque las cosas son excesivas corta duración. Los abrevaderos de barro de que he hablado, habiendo más separación, se convirtieron en piscinas de más de una metro de profundidad, en medio del cual temíamos a veces para ahogarnos.

Los árboles caídos de los lados del camino bloquearon el paso, de modo que en cada paso teníamos que desmontar de las mulas y pasar por encima o por debajo tirando, excitando y fustigando las mulas recalcitrantes, librándonos de las ramas que como flechas tendidos nos cegaban constantemente y a veces nos golpeaban con fuerza. Se suben viejos troncos lo suficientemente altos como para golpearnos las rodillas, y las zarzas nos arañaban por todos lados. Nuestras ropas estaban hechos jirones, nuestros cuerpos en sangre, y nosotros solo defendíamos nuestra cara cubriéndola con de nuestros sombreros de paja como escudos. Además, era de esperar que cayera en cualquier minuto, para tomar una decisión con valentía y pensar sólo en hacerlo en las mejores condiciones posibles. También yo pensaba a cada paso: Aquí me voy a resbalar, eso es seguro, pero me tiraré sobre este montón de lodo que me parece cómodo. Allí, mi mula tiene muchas posibilidades de romperse las patas delanteras, pero tendré cuidado de agacharme con mesura hacia atrás y sentarse con mesura en su grupa, etc. En los claros más pequeños a través del bosque siempre descubríamos vistas de pebres, pero cada día las comprábamos más caras está mintiendo. Finalmente, cuando llegamos a la cima, todavía tenía que cruzar un lugar casi intransitable.


CORNISA QUINDIU

(Dibujado por M. PARENT, a partir de un boceto de M. le Viscount BLIN DE BOURDON.)

Llegados a este famoso paso, nuestros arrieros descargaron las mulas; entonces, después de tenerlos todos descargadas y desensilladas, los condujeron por un desvió donde tenían que cruzar pantanos nadando.

Durante este tiempo llegamos, no sin dificultad, a una roca escarpada tan empinada que había sido imposible escalarla sin hacer el más mínimo corte. Algunas huellas del paso de los indios, solo nos permitía poner los pies y avanzar, aferrados a las cepas de árboles que colgaba sobre nuestras cabezas. Pero, una vez desde el otro lado, no todo estaba terminado, se trataba de y transportar también nuestros baúles. Para ello, Fernando amarró uno a uno a una cuerda que tiró del otro extremo, para permitirnos cogerlo en caso de caída; luego lo cargó en sus hombros y caminaba como un equilibrista. Su equipo nos pareció muy problemático, me quedé contra la roca levantando los brazos, para fijar los pies y evitar que me resbalara, mientras estaba apoyado. Blin que, colocado abajo en un suelo más sólido, se apoyó en mí de la misma manera.- Repetimos esta operación varias veces, demasiado feliz de no tener lluvias, porque que habría hecho aún más difícil. Todo nuestro equipaje fue traído sucesivamente de esta manera. Es in concebible que el gobierno no se moleste en hacer trabajos para mejorar este lugar del camino. Unas cuantas minas que nosotros jugaría al menos produciría algunas grietas lo que facilitaría mucho el paso. Afortunadamente, no nos pasó ningún accidente, y pronto llegamos la cumbre del Quindiù.

Esta última parte de montaña, se evidencia una gran cantidad de cruces, que, como ofrenda, colocan en el punto culminante los cargueros.  A partir de ahí, disfrutamos de una un día espléndido, y la Cordillera se extendía por todos lados en tal manera, que sus cimas onduladas semejan de las olas del mar. Mientras admirábamos este panorama, la tormenta tronaba, con velocidad pasaban por nuestros pies pequeñas nubes blancas sin elevarse hasta nosotros.

La ladera de la montaña a la que acabábamos de escalar tiene una apariencia completamente diferente. El camino se presenta excelente, su pendiente es suave, igual, la diferencia de los bosques del lado de Ibagué, aquí toman un aspecto más alegre y más elegante. Parece que la naturaleza descansó allí de un cataclismo colosal. No teníamos por qué quejarnos de esta transformación, pues después de cinco días de viaje llevando una vida muy difícil, las chozas en las que nos detuvimos eran de cada vez más miserables y sufrimos mucho de hambre.

Así son generalmente como van las cosas. Al llegar a la puerta de cada cabaña, preguntábamos si querían vendernos huevos (la única comida que es posible conseguir en este país): "Ay huevos? pero la respuesta estaba invariablemente en todas partes: “¡No, ay! Contestaban con pachorra y mentira india. Desesperados irrumpimos en las chozas y asaltamos todo hasta que tuviéramos que encontrar a allí. Casi siempre acabamos descubriendo un suministro de huevos escondidos en algún agujero, y, no teniendo nada más, nos tragamos unos quince entre nosotros, pero sin pan, sin sal, y muchas veces enteramente crudo, nos vimos obligados a salir antes cortamos leños para encender el fuego.

En las cabañas, el más rico tiene una colgada cerca al fogón una sarta de carne seca, colgada, eso nos parecían asquerosos e indescriptible, nos inspiró una repugnancia que nuestro apetito por días no pudimos superar. Fundamentalmente, los Chollos son naturalmente hospitalarios, ofrecen su sucias sus habitaciones a los viajeros, y si no lo hacen no es por lo poco que tienen, es por necesidad de ocuparlas sus propias familias. La mayoría, se precisa decir, que han sido molestados en todo momento por los españoles y los oficiales se llevaban todo y no pagaron nada. Es por esto último que hoy los indios muestran tan poco afán por la presencia de extraños

En las Cordilleras las noches son frías y como no hay camas en ninguna parte, solo la hamacas, que son esencialmente frescas por su naturaleza, viéndonos obligados a ir a la cama completamente vestidos, un ejercicio que a menudo, acaba por volverse muy fatigoso. Además, las paredes de las chozas están compuestas simplemente por un armazón de cañas y palos, que permite el paso del viento continuamente, y los techos, construidos con unas hojas de palmeras, que no lograban que la lluvia se filtrara por todos lados. Una tarde, después de tomar sentados en nuestros baúles, un de esas comidas ligeras que acabo de mencionar, Fernando extendía nuestras hamacas entre varias otras que pertenecen a los chollos, negros, arrieros, mujeres, niños, indios y cazadores, y que se cruzan alrededor, formaron un laberinto inextricable entre nosotros. En verdad, esta instalación carecía de clase social, presentando algunas desventajas. Por nombrar solo una: yo me encontré colocado en forma horizontal, en un desván donde dormía el padre tullido de esa comunidad. Al principio de la noche todo fue bien; pero tan pronto como me entregué al sueño, sentí una precipitación polvo e insectos de todo tipo cayendo sobre mí y entrando en mis ojos. Cada vez que el el anciano se daba la vuelta, la estera de caña que le servía de cama dejaba salir chorros de basura, con el riesgo de cegarme y envenenarme. Ante la imposibilidad de mover mi hamaca en el medio de la oscuridad, decidí abrir mi paraguas, gracias a lo cual pude amanecer el día sin siguiente sin mayores inconvenientes.

Entre la fastuosidad de la vertiente occidental de Quindiù, lo que más nos impactó fue un inmenso bosque compuesto exclusivamente de bambú. Yo tengo la experiencia de viaje de unas cuarenta mil leguas durante quince años y nunca he visto nada tan variado ni tan espléndido como la montaña que atravesábamos. Nuestra excursión no podía terminar mejor que por esta admirable avenida de bambú que se desplegaba ante nuestros ojos. Estos arbustos crecen muy juntos, se elevan esbeltos, e inclinan levemente sus penachos por el efecto del viento. Destacan sus suaves copos verdes armoniosamente contra el fondo oscuro de la vegetación tropical. El sauce llorón no daría nada a los europeos sólo una vaga idea, porque su tallo es macizo y el grueso de sus hojas caen al suelo, mientras que el bambú fino como un junco, vuela rápido y se mezcla con el azul del cielo, así como una elegante nubecita.

Nos prometimos llegar a Cartago el 30 de agosto, por lo que ese día tomamos íbamos camino de madrugada. Desafortunadamente, después de caminar hasta la una de la tarde sin parar, llegamos a la Rio de la Vieja. Sin embargo, el paso de un río es siempre una operación difícil en la Nueva Granada, y de noche se hace casi imposible. Los barqueros, son gente insoportable en todos los países, el barquero, dijo que, hacia su trabajo de vadear el río, solo acosado por nuestra necesidad. Pronto la noche nos invade por completo, porque bajo estas latitudes la perpendicularidad de la eclíptica elimina el crepúsculo.

A pesar de esto, y aunque muy cansados, resolvimos hacer las tres horas de caminata que al parecer nos llevaría a Cartago. Nuestros guías y arrieros afirmaban que era imposible; pero como teníamos lo razones para suponer que tenían mal voluntad, los obligamos a caminar y nos fuimos sin tomar una sola comida y sin siquiera escuchar sus razones

No podíamos mostrar más perseverancia, pero el destino no hizo ningún caso de nuestra determinación. Fernando estaba en connivencia con los arrieros, y nos llevó intencionadamente a callejones sin salida, o él tomaba caminos equivocados, o estos eran realmente intransitables, el hecho es que cada paso presentaba una nueva dificultad; — el camino era estrecho, las ramas numerosas, las zarzas nos rasgaban las piernas, — y en estas tierras calientes y húmedas, las serpientes eran numerosas y podían mordernos con mucha facilidad, ya que a menudo nos veíamos obligados a poner los pies en el suelo para arrastrar nuestras mulas por la brida. Además, bajo los árboles altos que nos rodeaban, la noche se había vuelto completamente oscura, por lo que no sabíamos por dónde caminar.

De repente nos encontramos en una roca húmeda, oblicua y resbaladiza, y suspendida en el borde del Rio Vieja*! Fue sólo arrastrándonos a cuatro patas que fuimos capaces de cruzar esta cornisa; en cuanto a nuestras bestias, se negaron absolutamente a dar un solo paso, y Fernando, que caminaba en el reconocimiento, gritó que el camino era aún peor más adelante. Finalmente, pensando que a este ritmo nunca llegaríamos antes de la luz del día y que correríamos el riesgo de perdernos en el bosque, perdimos animo por completo. Tuvimos que retirarnos y pedir hospitalidad en la cabañita del barquero, que nos ofreció un pedazo de pescado seco de única consolación. En cambio, al día siguiente estábamos de pie con el sol.

Después de haber atravesado muchas heliconias entrelazadas con palmeras espinosas que nos despedazaban, llegamos a Cartago*, una gran aldea de poca importancia, pero muy bien ubicada a orillas del Rio Vieja* y rodeada de bosquecitos de latanias (2), cañas salvajes y cabuyas rojos (3). En estos hermosos países, la naturaleza lo hace todo para el hombre, y eso es afortunado para las miserables razas de América del Sur, que, de otra manera, se morirían de hambre.

Aparte de los frutos de todo tipo que ya he mencionado, aparte de las verduras como la yuca, la mandioca, la papa y el cará*(4), que crecen casi espontáneamente, mencionaré las palmeras como ejemplo de la prodigiosa riqueza de estas tierras. Hay alrededor de trescientas especies diferentes de palmeras y la mayoría de ellas son o pueden ser útiles para el hombre. Los principales son: la palma de bosque cuyas hojas se usan para hacer techos, y los estípites para hacer lanzas, arcos, etc... La latania (2), del que se hacen las cuerdas y los sombreros. El árbol del coco, que produce coco. La palmera datilera, que produce dátiles. El palmito, cuya parte superior es tan delicada y tan agradable de comer. La palma de cera, que deja salir esta sustancia de su corteza. Por último, la palma de mantequilla (5), cuya sabrosa pulpa se parece tanto a la mantequilla de vaca que es muy difícil distinguir una de otra. ¿No es admirable ver tanta variedad de producción en un solo árbol que crece sin cultivar? La palma de cera es, como dije, la más elegante y alta, pero la palma de mantequilla es la más rica y hermosa. Su cabeza, abundantemente provista de hermosas hojas verdes, forma una esfera muy regular. Por lo tanto, es, en comparación con otras plantas de la misma especie, como una rosa doble junto a las rosas del campo. Los alrededores de Carthago están cubiertos de ella.

Por otro lado, no hay nada que ver en la ciudad, que se ubica entre las Cordilleras Central y Occidental, y que también se encuentra aislada del mar y de Bogotá. No tiene ningún recurso, y por la noche sólo se puede caminar cuando hay luna, porque las linternas aún no han llegado hasta allí. Viendo el estado de las cosas, sólo usamos nuestras cartas de recomendación para conseguir mulas lo antes posible. Después de varias idas y venidas, finalmente encontramos las adecuadas, y nos prometieron traerlas al día siguiente a las cinco de la mañana. Por supuesto no llegaron hasta las once de la mañana, y como sólo tenían seis horas de retraso, lo que es poco en Nueva Granada, pensábamos añadir una propina al precio acordado, cuando el arriero vino a reclamarnos cuarenta y cuatro piastras en lugar de treinta, precio ya exorbitante por dos días, sobre todo en la llanura. Así que despedimos al ladrón y pasamos el día hablando con todos los dueños de las bestias* de la ciudad y sus alrededores, pero se acordaban entre ellos como ratones de feria y se apoyaban mutuamente en sus nuevas reclamaciones.

Hubiéramos querido salir a pie para desconcertarlos, pero nuestro equipaje nos lo impidió, y nos vimos obligados a concluir el trato con el menos exigente. Todo esto nos llevó hasta las siete de la tarde, y luego, los horribles dueños* trataron de obstaculizar nuestra salida, con el pretexto de que la hora era demasiado tarde; pero ya que teníamos nuestras bestias nos pusimos en marcha, abriéndonos el camino a latigazos.

Sin embargo, esta ejecución se llevó a cabo sin ninguna ayuda de Fernando, que siempre se inclinaba por tomar partido en contra de nosotros, con el fin de preservar sus amistades en las diversas regiones por donde pasábamos, que él tendría que seguir recorriendo toda su vida. Pero ese día le hablamos con tanta severidad del tema que no quiso volver a hacerlo.

En Cartago nos habían advertido que la carretera era frecuentada por bandidos muy peligrosos y que no era prudente aventurarse a salir de noche. Así que, al salir del pueblo, armamos nuestros revólveres y nos pusimos a la defensiva, listos para enfrentar todas las eventualidades. Incluso admito que no nos hubiéramos enfadado si hubiéramos tenido una pequeña aventura con ladrones, pero por desgracia todo ocurrió tan regularmente como el paseo de los estudiantes de la Inmaculada Concepción, y cerca de las dos de la mañana nos fuimos a dormir a una vieja hacienda*, arruinada desde la emancipación de los negros. Los hijos de los hacendados de esta propiedad, vivían vegetando allí miserablemente, ignorando hasta el nombre de sus padres.

Este es el destino de todas las haciendas* de Nueva Granada, y también será el destino de las fazendas*(6) de Brasil, el día en que, bajo alguna influencia, los negros lograran conquistar su libertad.

Al día siguiente, salimos al amanecer y se apretaron nuestros corazones al cruzar los campos, que rodeaban esta casa en ruinas y que se habían vuelto salvajes y sin cultivar; esos mismos que en el pasado estuvieron cubiertos de ricas cosechas de café, algodón y caña de azúcar. Un ramo de bambú colocado como adorno en el centro del jardín atestiguaba su antiguo esplendor, así como una joya en una momia negra.


(1) Cámbulo: Erythrina poeppigiana conocido como bucare ceibo, cámbulo, písamo, poró y cachingo.

(2) ¿El autor llama a una planta “latanier” literalmente “latania”, que es una palma originaria de la isla de Reunión, y que tal vez sería en realidad la palma cica?

(3)“rouge cabuyas” en el texto original: podría ser una mala ortografía del autor que querría decir “cabuya” un sinónimo de “fique”, pero no sabría explicar porque “rojos”.

(4) En Colombia el cará se conoce como ñame.

(5) El autor llama “palmier à beurre” literalmente “palma de mantequilla” lo que parece ser la palma de aceite.

(6) Fazenda : Hacienda en brasileño.

Extracto “Promenade à travers l’Amérique du Sud” del Cte de Gabriac (p.80 – p.98)

Traducción Mathieu Barreau

Revisión Milena Bautista

 



[1] GACETA DEL CONGRESO 318 viernes 11 de agosto de 2000 Página 7

[2] PARÍS.  VALLE DE LA IMPRENTA, 15, RUE BREDA, llave DESDE GABRICA. LIBRO DECORADO CON VEINTE Y UNO GRABADOS EN MADERA Y DOS MAPAS GEOGRÁFICOS. PARÍS MICHEL LEVY HERMANOS, LIBREROS EDITORES CALLE VIVIENNE, 2 BIS Y EN LA NUEVA LIBRERÍA, 15, BOULEVARD DES ITALIENS. 1868.

 

miércoles, 16 de noviembre de 2022

LA METAMORFOSIS DEL PAISAJE CULTURAL CAFETERO

 LA METAMORFOSIS DEL PAISAJE CULTURAL CAFETERO


 

La caficultura, otrora principal actividad social, economía y cultural colombiana, ha disminuido. Cada día decrece el número de unidades agrarias cafeteras y las que persisten han pensado en cambiar de actividad.

De la caída del pacto internacional del café provino la crisis cafetera, reflejada en constante inestabilidad con tendencia a la baja de su precio en los mercados locales e internacionales. La incertidumbre de la inestabilidad de precios motivo la búsqueda de otras alternativas económicas que redimiera a los cafeteros de la crisis socioeconómica presentada.

Hoy el café no es un importante reglón económico, su predominio como indicador del producto interno colombiano hizo mella. Contexto que ha permitido la mutación productiva poco amigables con el medio ambiente, como la implementación de ganaderías extensivas, monocultivos, extracción de recursos naturales no renovables (actividad minera-energética), colosal actividad turística invasiva del paisaje natural, que conlleva intenso proceso urbanizador atípico a la condición de la arquitectura de las colonizaciones, factores totalmente paradójicos y contrarios al fundamento de los pilares y atributos del “Paisaje Cultural Cafetero.”

El desencanto cunde en los cafeteros rasos, los pequeños productores, verdaderos protagonistas, que, con su grupo familiar, en sus pequeños minifundios, que escasamente superan el promedio de 3 ha. (el 95% son menores a 5 hectáreas), históricamente se han dedicado al cultivo y constituyeron el sostén histórico de la actividad, conciben el paisaje cultural cafetero como una representación que gravita en la incredulidad y desconcierto, ante el evidente desvanecimiento de su pasado pletórico de riqueza y prosperidad.

El desvanecimiento paulatino de la caficultura ha derivado hechos tales como: insostenibilidad, desintegración del núcleo familiar, pérdida de la seguridad alimentaria que proveían los cultivos asociados al café (maíz, hortalizas, yuca, plátano, frijol, frutales), emigración a ciudades y  otros países (principalmente a los urbes vecinas y países como, EE UU y España, entre otros), El relevo generacional está desapareciendo, no hay motivación y estímulos para que los jóvenes permanezcan trabajando en el campo. La mayoría tiende a buscar oportunidades de estudio o laborales que no se relacionan con la práctica cafetera. Desmotivados por el bajo nivel económico y pobreza en sus hogares, a pesar de que sus familias hayan dedicado toda su vida a esa actividad, no ven atrayente consagrarse a esta. Todo lo expuesto presupone la pérdida de identidad cultural y un radical y vertiginoso cambio de la actividad ajeno a la leyenda del Paisaje Cultural Cafetero y en consecuencia el proceso histórico, natural y cultural que dio origen al Paisaje Cultural Cafetero, vivirá como una fantástica y bucólica recordación de tiempos pasados.

 

 

Por Álvaro Hernando Camargo Bonilla

Miembro de Número de la Academia de Historia del Quindío         

miércoles, 2 de noviembre de 2022

 

MICRO HISTORIA DEL TERRITORIO.

Relacionado con la extinción de la invasión de  la plaga de la langosta en Filandia.

ACTA DE INSTALACIÓN DE LA JUNTA ENCARGADA EN LA DESTRUCCIÓN DE LA LANGOSTA EN FILANDIA QUINDÍO

Mayo 20 de 1912





En Filandia a veinte de mayo de mil novecientos doce, se reunieron los señores JUAN JOSÉ DUQUE, presidente del Concejo, COSME MARTÍNEZ y BLAS ARBELÁEZ, Personero y Alcalde Municipal, respectivamente, MARCO A LÓPEZ y AUDIFACIO TORO H., vecinos nombrados por los primeros, para integrar la junta municipal encargada en a la destrucción de la langosta en este distrito, de conformidad con los estipulado por la Ley No. 19 de 1911.

Por razón del apellido, procedió el señor Alcalde, quien nombró secretario accidental, al miembro accidental, señor AUDIFACIO TORO H.

Se procedió a la elección de dignatarios, y por mayoría absoluta de votos, fueron electos Presidente, Vicepresidente y secretario, los señores BLAS ARBELÁEZ, COSME MARTÍNEZ Y AUDIFACIO TORO, respectivamente, los cuales juraron cumplir con sus deberes, según su leal saber y entender.

La Junta dispuso tomar todas las medidas legales suficientes, para cumplir el objeto con que se ha formado.

SESIÓN DEL HONORABLE CONCEJO MUNICIPAL DE FILANDIA QUINDÍO

13 DE ENERO DE 1913.

En esta fecha se reunió la Junta Municipal, con asistencia de los señores Alcalde, Personero, Presidente del concejo, y secretario que suscribe.

Dispuso la Junta, hacer notificar por medio del comisario a todos los dueños ó encargados de fincas, donde haya langosta, que, si dentro de veinte días no la han destruido por completo, serán castigados con todo el rigor de la respectiva Ley.

A los pobladores, esta notificación principiará el comisario a hacerla desde el día de mañana, haciendo firmar la orden a todos los dueños o encargados.

Dispuso la junta a firmar a los señores Bernardo Marin y con $300 a cada uno por la langosta que han matado.

El Presidente

FRANCISCO HERNÁNDEZ

El secretario

AUDIFACIO TORO

SESIÓN DEL HONORABLE CONCEJO MUNICIPAL DE FILANDIA QUINDÍO

SESIÓN DEL DÍA 21 DE ENERO 1913

En esta fecha se reunió la junta con la asistencia de los señores Alcalde y Personero Municipales y del señor Joaquín Gómez, Comisario Provincial y del Secretario que suscribe.

El señor Comisario Provincial dispuso lo siguiente:

1º. Ordenó al señor Alcalde nombrar comisarios a honoren en todas las fracciones con el objeto de sustituir, de esta manera los empleados que con tal carácter se ordeno suspender; y

2º. Dispuso además el empleado que se proveerá inmediatamente a hacer efectivas las multas a los individuos que notificados no han destruido la langosta en sus predios.

Se convino de que el empleado visitador con el señor Alcalde Municipal hicieron una visita de inspección a los lugares invadidos por la langosta.

En constancia se firma esta acta.

El comisario provincial

Joaquín Gómez A.

El Alcalde

Francisco Hernández

El Personero

Cosme Martínez

El secretario

Fernando Villegas.

 

Fuente: Archivo Municipal Filandia

 

Compilado y copiado por Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

 

 

 

 

 

martes, 11 de octubre de 2022

ZAPADORES DEL QUINDÍO.

 

ZAPADORES DEL QUINDÍO.

INFORME PRESENTADO AL SR, MINISTRO DE GUERRA POR JORGE BRISSON, INGENIERO CIVIL, SOBRE LOS TRABAJOS E.N EL CAMINO DEL QUINDÏO.


ZAPADORES DEL QUINDÍO




Zapadores con hachas de la milicia de Lubeca (1831).

Soldados encargados de apertura de caminos de puentes y otros arreglos en tiempos de guerra. Su nombre se origina de una herramienta denominada “zapa” (pala de metal de corte duro), y otras herramientas con que cavar, talar árboles y arreglar caminos.

Tomas Cipriano de Mosquera, en el año 1832, crea el cuerpo de zapadores militares, con el propósito de fomentar las obras públicas, especialmente en la apertura o composición de caminos, cambiando varios batallones de infantería a “Zapadores”, apoyados de ingenieros y agrimensores extranjeros, que llegaron al país bajo su administración. Así, algunas unidades de infantería se transformaron a “zapadores”, como el batallón de infantería "Mutis" número 2, que trabajó en el camino de Quindío en la Balsa, en el cantón de Cartago.

 

En junio de 1845, Mosquera como presidente de la Nueva Granada, emitió un decreto confiriendo el título de camino nacional, al que partiendo de la capital de la Republica hasta el puerto de la Buenaventura, pasando por la Mesa, Tocaima e Ibagué, cruzando la cordillera del Quindío, Cartago, Tuluá, Buga, Cali, San Antonio, Cordillera Occidental, río Dagua hasta el puerto de la Buenaventura.

En ese mandato se dispone y reglamenta los cuerpos de “Zapadores” militares, destinados a la composición de caminos y vigilancia de los presidiarios confinados a trabajos forzosos, además, verificar el cumplimiento del trabajo de las personas obligadas con contribución del servicio personal subsidiario.

Horarios y tiempo de alimentación de los zapadores

Desayuno, almuerzo, comida y cena y refresco de los zapadores, de conformidad con las disposiciones de la autoridad militar y reglamentos.

La jornada de trabajo estaba comprendida de las seis de la mañana a las cuatro de la tarde, solo dos horas de descanso que correspondía al tiempo destinado al almuerzo y comida.

A las cinco de la mañana, levantada al toque de diana; a las cinco y media en formación se pasaba a desayunar y se empezaba a trabajar a las seis en punto. De nueve a las diez de la mañana se almorzaba. De la una y media a las dos y media de la tarde se cenaba; y a las seis un refresco, se llamaba a lista y a las siete de la noche pasaban a los dormitorios.

Cuando el mal tiempo impedía el trabajo, los zapadores, se dedicaban a limpiar el armamento; no se permitía que los zapadores anduvieran armados, solamente cuando fuera necesario en el ejercicio militar o desempeño de alguna misión.

Los presidiarios trabajaban el tiempo señalado en el decreto de 1° de marzo de 1845, reglamentario de los establecimientos de castigo, y practicaban los ejercicios allí expresados.

 

El servicio personal subsidiario

Si no fueran suficiente las rentas destinadas por la ley para reparación y conservación de los caminos nacionales, las gobernaciones de las provincias disponían la aplicación del trabajo personal subsidiario en jornales físicos, en los sitios por donde se estuvieran adelantando las obras de construcción y realización, conforme a los establecido en la Ley 23, parte 2, tratado 1° de la compilación granadina, sobre contribución vecinal.

Todos los años, en el mes de octubre, los alcaldes de cada distrito parroquial formaban la lista de los individuos obligados a prestar el servicio personal subsidiario para el año siguiente, lista que debía ser presentada al cabildo para su aprobación.

Hospitales en el camino

En cada uno de los caminos y en lugar conveniente se establecía un hospital base y un hospital ambulante, en el que se recetaba a todos los individuos empleados en el trabajo, con exclusión de los que prestaban el trabajo personal subsidiario. El funcionamiento del hospital se hacía por contrato; descontándose las hospitalizaciones a los zapadores, conforme al reglamento militar y a los obreros de su sueldo o jornales.

ZAPADDORES EN EL CCAMINO DEL QUINDIO.

Un informe contenido en un Boletín Militar, presentado a finales del año de 1898, por el ingeniero civil Jorge Brisson, relata que, a principios del año de 1898, el Batallón Anzoátegui (Zapadores del Quindío), al mando del General Pedro Sicard Briceño, Inspector de la vía y el Coronel Estanislao Martínez, Jefe del Cuerpo de Zapadores del Quindío, quien, al mando de 100 soldados, adelantaron la reparación y composición del camino, en una distancia de 136 kilómetros (algo más de 27 leguas), desde Ibagué a Cartago, en los trayectos: Del Moral hasta el Machín, Alto de San Juan, río Toche, puente sobre el río Toche, Yerbabuenal, Agua bonita, Cruces, Gallegos, Tochecito, La Ceja, Volcancitos, La Bolsa, el Boquerón (Paso La raya o la línea divisoria de las aguas, límite entre el Tolima y el Cauca, a 3,485 metros de altitud sobre el nivel del mar).  

En la ladera occidental de la Sierra Nevada del Quindío, perteneciente al Cauca, parte más poblada, con casas más confortables y abundantes cultivos, mientras que el lado opuesto con presencia de riscos y fragosidades y de vez en cuando alguna vivienda desprovista de todo, con raras excepciones, los siguientes tramos:  Laguneta, Macanal, y más abajo, Salento, poblado de provisión de recursos, donde empieza el hermoso y suave declive, hasta el Cauca en que se criaban ganados que llevaban para el Tolima.

Provistos de unos pocos toldos o tiendas de campaña, víveres, medicinas y herramientas (barras, hachas, calabozos y serruchos, una pequeña fragua portátil, parihuelas, garlanchas, picas, azadones y taladros) y lo demás necesario para el sostenimiento de la tropa que se encargaría del trabajo, concernientes a rocería de las orillas, ensanche de la vía, desagües, y taludes.

DISTANCIAS, POR LEGUAS, DESDE IBAGUÉ HASTA SALENTO.

De Ibagué a Tapias, 4 leguas.

De Tapias a Toche, 3 leguas.

De Toche a Yerbabuena, 1 legua.

De Yerbabuena a Gallegos, 1 legua

De Gallegos á Tochecito, 1 legua.

De Tochecito á La Bolsa, 1 legua.

De La Bolsa a Magaña, 1 legua.

De Magaña a Rancho Parado, 1 legua.

De Rancho Parado a Macanal, 1 legua.

De Macanal á Salento, 1 legua.

Total, 15 leguas de Ibagué á Salento.

De Salento á Cartago, 12 leguas y 1 kilómetro, lo que da un total de 136 kilómetros de Ibagué a Cartago, o sea 27 leguas con 1 kilómetro.

Distancia de Ibagué a Tapias (cuatro leguas de Ibagué), de Tapias hasta Macanal, una vez franqueada la Línea del “Boquerón” (dos leguas y media), distancias restauradas, desde el 5 de abril del mencionado año por el Batallón de Zapadores del Quindío.

Los “zapadores”, cuerpo militar fundado el año de 1832, actualmente forman el ramo de ingenieros militares del Ejército Nacional, su misión es facilitar el movimiento de tropas, además, de la disciplina y doctrina militar, se capacitan en el mantenimiento de infraestructura, manejo de maquinaria amarilla y equipos relacionados con la ingeniería, tanto en lo militar como en caso de desastres naturales, atender y cooperar con las comunidades necesitadas.

El mismo camino fue medido en el año de 1778, por don Ignacio de Buenaventura, teniente gobernador de Ibagué, prócer de la Independencia, impulsor del camino del Quindío, el cual midió desde la plaza de Ibagué hasta la de Cartago, hallando una medida de 20 leguas y 1.531 varas.

El escrito referido permite ampliar la percepción histórica de la antigua ruta, fundamental e imprescindible para los intereses Republicanos de la época, por ser el encuentro vial de Antioquia, Cauca y Tolima. Camino que representa la integración entre el centro y el sur del territorio patrio, posibilitó el desarrollo histórico cultural del Quindío, pero desafortunadamente en el abandono, proscripción y olvido total, causados por la negligencia política, administrativa y cultural.

 

Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

 

Fuente: Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. Boletín Militar de Colombia. 1905

 

Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

domingo, 31 de julio de 2022

NARRACIÓN DE JUAN DE DIOS RESTREPO RAMOS (EMIRO KASTOS), DE SU PASO POR EL CAMINO DEL QUINDIO.

JUAN DE DIOS RESTREPO RAMOS (EMIRO KASTOS) 
Y SU PASO POR EL CAMINO DEL QUINDIO. 

Nació en Amagá Antioquia, en el año de 1825 y murió en Ibagué, 1884. Fueron sus padres Don Francisco María Restrepo y Doña Beatriz Ramos. Se dedicó a la agricultura, comercio e industria, labores ejercidas sin mayor éxito. Su niñez y primeros años de juventud los vivió en Medellín y en Santafé de Antioquia. En 1840 empezó a estudiar Derecho en Bogotá y fue alumno de Ezequiel Rojas y Florentino González, además, avezado lector y escritor de diferentes temas, que publicaron los periódicos: El Neogranadino, El Tiempo, de Bogotá, y El Pueblo, de Medellín, suscritos con el seudónimo Emiro Kastos. 

Sus escritos recopilados y publicados en 1859 y 1885, en Bogotá y Londres, respectivamente, con el nombre de Artículos de costumbres. Juan Fonnegra realizó una compilación de artículos de escritores colombianos, que se imprimió en Londres, el 4 de junio del año de 1885, donde narra las impresiones de su viaje al Cauca, itinerario que comenzó en Ibagué, iniciando su relato con la siguiente expresión: “Ibagué es un rincón del mundo, de donde se sale con pena y al cual se vuelve siempre con placer.” Veamos la trascripción de su travesía. 

Una de sus crónicas que denominó: Impresiones de un viaje al Cauca, fundamentada en el itinerario de viaje que comenzó en Ibagué, y la describe como una agradable población ubicada al pie de de la montaña del Quindío, a donde los antioqueños estaban emigrando dedicándose a apertura fincas, cría cerdos, y al cultivo de caña de azúcar para la elaboración de panela, y a la minería de oro.

En su Viaje por el camino del Quindío lo describe como una ruta de horror, infestada de todo tipo de fieras salvajes, abismos, hoyos, rodaderos, fangales y derrumbes.  Inició el camino atravesando el río Combeima por un novísimo e imponerte puente de hierro, lugar en donde encontró una recua arriera que llevaba objetos telegráficos del gobierno, y procedentes de Barranquilla, y que, de Bogotá, se trasportaban a Cali y Buenaventura alomo de mula.

Al pesar de la reseña aterradora del camino, también describe las compensaciones que ofrecía a los viajeros, en especial, a los lugareños de la montaña, a quienes la vida de las selvas los seducía.

Para emprender la travesía se dependía de la logística dispensada por silleros, cargueros, lichigueros, petaqueros y baquianos Ibaguereños, quienes conocían de memoria palmo a palmo la montaña. Estos personajes seducían a los que contrataban sus servicios, por su formalidad, y honradez. Todos ellos, demostrados arrieros y caminantes famosos, graciosos y joviales, quienes animaban a sus clientes narrando mitos y leyendas durante el viaje, historias como las embestidas de animales salvajes, y las fantasmagóricas apariciones de espíritus, espantos, además, y todos sucesos presentados en los temibles desfiladeros por donde se rodaban los bueyes y las mulas con sus cargas.

Se vadeaban torrentosos, pedregosos y raudos arroyos, en donde no se podían descuidar, pues esas raudas corrientes les podía arrebatar sus vidas y los animales de carga. Estas contingencias se superaban y de nuevo se emprendía la marcha franqueando colinas, laderas, hondonadas, saltos, fangales y matorrales que dificultaban la marcha, y hacían penosísimo el tránsito, especialmente en las épocas de lluvias, en que se transitaba por enormes lodazales, antes de alcanzar el culmen del Boquerón de la montaña del Quindío,

Todas esas vicisitudes se compensaban con el disfrute de sus afamadas, frescura inolvidables aguas de delicioso sabor y frescura, las fuentes termales, la pureza del aire que se respiraba, y la vista de una maravillosa flora compuesta por infinidad de plantas, palmeras, orquídeas y parásitas, que adornaban la ruta semejando inolvidables pensiles sostenidos por la enmarañada selva, y en el medio del sendero, una alameda circundada de árboles de sietecueros que con sus flores violáceas y fucsias semejaban un gigante florero, adornado por la  presencia de los maravillosos e inmensos palmares que se divisaban a partir del tambo de Cruces, lugar de pernoctada en donde se descansaba y se sentía gran alivio de haber salido sano y salvo del ajetreo del camino. Hazaña que se celebraba libando un reparador, trago de brandi, y fumando un cigarro, antes de conciliar el sueño en una cama bien tendida y abrigada, luego de degustar de una cena confortable.

Luego de la cena, antes de conciliar el sueño, se sentaban en el corredor del tambo, a disfrutaba de la presencia de las esbeltas palmas de cera y enormes árboles de sietecueros (flor de mayo), siluetas que contrastaban con el firmamento tachonado de fulgurantes estrellas que se exhibían en el firmamento; nubes blancas revoloteaban en el espacio formando figuras caprichosas. La luz de luna se desplegaba a través de las palmeras delineando sobre el suelo figuras ilusorias, y a lo lejos el murmullo de los arroyos y mil sonidos más que semejaban como si la misteriosa naturaleza respiraba.

Visones fantasmagóricas que llevaban a fantasía y cavilaciones extrañas, sintiendo que no se tenía familia ni patria, que no pertenecían a ninguna civilización, ni sociedad, y que sólo conformaban una fracción, una partícula del universo, y que se sumergían en la selvática heredad, como el animal, el árbol, la césped y la flor; agudización que se interrumpía solo a causa de estruendo derivado por la caída de los árboles que los excitaban y volvían a la realidad de gélido frio de la cordillera, y que aliviaban con una copa de brandi.

Restrepo, narra sobre el asentamiento de antioqueños en la montaña del Quindío; al respecto, manifestaba lo siguiente: “el antioqueño y las montañas son consustanciales, se buscan y se completan”.

Los antioqueños reverenciaban las montañas proveídas de selva; en busca de éstas, emigraron por miles al Cauca y Tolima. Especialmente a lugares donde sabían de la existencia minas, tierras fértiles, a donde partían en multitudes, viajando los hombres a pie, las mujeres en mulas, y los niños llevados en canastos cargados por bueyes.

Emigraron de Antioquía a causa de que las tierras antioqueñas se tornaron un poco improductivas, lo que fundamentaban en la expresión: “las tierras están cansadas”; asimismo, otra causa de la inmigración la concebía el alto número de habitantes e que ya no cabían en Antioquia.

Animados e impetuosos, no se resignaban a este estado de cosas; huían de la pobreza, buscando mejorar su condición. Profundamente católicos, amantes al trabajo, y reacios otros credos religiosos, se levantaban temprano a buscar el sustento para sus numerosas familias Antes de amanecer estaban en pie moliendo el maíz para elaborar arepas, cocinado la mazamorra y los frisoles.

Se ubicaron en faldas, hondonadas, y riscos, en donde construían sus chozas provistas de cultivos de maíz, frisoles, y enormes calabazas llamadas “vitorias”; que mezcladas con panela y leche constituía un alimento agradable; además, forraje abundante para la criar vacas y cerdos.

Restrepo estima que, para la época de 1886 en la ladera Oriental de la montaña del Quindío, se avecindaron unos 3,000 antioqueños que se ubicaron en las montañas y márgenes de río Coello y el Anaime. Al otro lado de la cordillera, en la ladera Occidental, territorio del del Cauca, otros 3,000, en el encantador valle de Boquía, y a dos leguas adelante el pueblo de Filandia. Territorios llenos de corrientes cristalinas, praderas verdes, tranquilidad, y belleza, que provocó abandonar el peregrinaje, y afincó el espíritu errante del antioqueño.

 TRASCRIPCIÓN

Salimos de Ibagué el día no recordamos: las fechas no son nuestro fuerte, ni sabemos para qué sirvan. Si se perdieran todos los calendarios, y se confundieran las fechas y el curso del tiempo, habría dos gremios felices: los que debemos plata a los ingleses y a los bancos, y las mujeres: todas se declararían nuevecitas, ninguna pasaría de veinticinco años. Ibagué es un distrito inmenso: tiene a retaguardia el infinito del Quindío, que se está llenando de población antioqueña; ésta pone dehesas y cría cerdos en grande escala, inunda con ellos los mercados del Magdalena y los lleva hasta La Mesa y Bogotá. 

Su producción de panela y azúcar es importante, abundantes y vigorosos filones de minas de oro. La salida de Ibagué para el Quindío es de lo más pintoresco. Se baja de la planicie en que está la ciudad al Combeima, se pasa el río por un elegante puente de hierro. 

El Quindío como vía, como camino nacional es una cosa sin nombre. Dicen que Bolívar nombró una vez al General Murgueitio gobernador del Chocó y este describió el camino así: Una ruta de horror, esa huella de dantas, de continuos saltos, hoyos, rodaderos, fangales y diabluras que llaman camino del Quindío. De treinta años para acá, el abandono de esa vía, habiendo allende el Quindío 500,000 habitantes y la mitad en territorio de la República, los gobiernos liberales han visto esa importante vía con indiferencia criminal; y siendo un camino muy bien trazado, la mayor parte por terreno firme, con siquiera rozarlo y ponerlo al sol, con poco gasto y pequeño esfuerzo, la muy corta distancia entre Ibagué y Cartago se reduciría a tres pequeñas jornadas cómodas y agradables. 

Pasando el Combeima encontramos un cargamento de útiles telegráficos que el gobierno enviaba de Bogotá para el Cauca. Todos los días vernos pasar por Ibagué cargamentos de aisladores y de ácidos en vía para el Cauca, que de Barranquilla han ido a Bogotá, y de ésta al Cauca, hasta Cali y Buenaventura, atravesando a lomo de mula media República y cuadruplicando los gastos. 

El solo sentido común indica que los útiles telegráficos para el Cauca deben introducirse por Buenaventura. El Quindío, a pesar de ser un camino horrible, ofrece compensaciones para nosotros que somos hijos de la montaña, y para quienes la vida de los bosques tiene mucho atractivo. 

El Quindío no puede atravesarse sino con peones Ibaguereños, que conocen la montaña á palmos, formales, buenos arrieros y caminadores insignes. Nos tocó uno famoso, provisto de todas estas cualidades, y por añadidura decidor y divertido. Contaba cuentos de cacerías de dantas, aventuras con tigres, y aun nos dijo que una noche se había sentado sobre un espanto. Cada rato encontrábamos rodaderos de animales, y en un punto donde había dos juntos nos dijo: -Por aquí se rodaron dos bueyes con la carga. -Pero, hombre, si hemos oído decir que los bueyes no ruedan. -Los médicos también se mueren, señor, pero el buey rueda con más talento, no se desnuca fácil como la mula. En un contadero-puntos claros y llanos donde se componen las cargas-nos dijo, después de quedar satisfecho del arreglo de las petacas: - El hombre necesita trajinarse; hay algunos que llegan a viejos y no saben echar una encomienda. 

Hasta el ladrón necesita trajín, y si no que no se meta en el oficio. Para robar se necesita ser muy malicioso. El verdadero Quindío, solemne y majestuoso, comienza en la segunda jornada, en Toche. De allí para adelante es donde se encuentran esas aguas de frescura y sabor inolvidables, esa atmósfera oxigenada que se aspira con delicia, y esa flora maravillosa de donde se han sacado para exportar millares de parásitas, que adornan los jardines de Europa. El vallecito de Toche se atraviesa entre una alameda de árboles de flor de mayo, que no dejan ver hojas sino un mosaico de vivos y delicados colores. 

El paso del río Toche, donde con cuatro reales puede hacerse un puente, es hoy un torrente rápido y pedregoso, tanto que arrebato el macho de nuestro equipaje, y fue milagro que se salvara. De este valle se emprende la subida al páramo del Quindío por faldas y contrafuertes, y por camino muy bien trazado; pero como hace muchos años no se da allí un barretonazo, ni se abre un desagüe, ni se corta una rama, la combinación de hoyos, saltos, fangales y malezas que se enredan con el viajero hacen penosísimo el tránsito. Á veces en invierno en medio de esos lodazales se apodera del viajero una especie de vértigo, y lo mejor es acudir al recatón antioqueño, echarse dos tragos seguidos de cualquier licor, y entonces como por encanto se anima la mula, desaparecen los peligros, y el viajero pasa fácil y ligero sobre esos barrizales, como Moisés sobre el mar Rojo. Quién sabe si este denodado patriarca. antes de echarse sobre las aguas, no apelaría también al recatón antioqueño. 

Por en medio de inmensas y majestuosas palmeras llegamos a la posada de las Cruces, ya sobre la cordillera. Después de completada la jornada tuvimos que residenciar nuestra humanidad, a ver si teníamos los ojos, las orejas y los huesos completos y en su lugar. Siéntese un gran bienestar como el del que sale sano y vencedor de una batalla; se toma el trago constitucional de brandi reparador, se enciende el cigarro, y viendo tendida una cama blanda y abrigada y una cena medianamente confortable, humedecida con media botella de bordeaux, vengan trabajos. Molidos y asendereados se nos espantó el sueño; nos sentamos avanzada la noche en el corredor de la casa. 

Teníamos por delante altísimas palmeras inmóviles y un enorme árbol de flor de mayo. El cielo estaba tachonado de esas pálidas estrellas que se ven en las grandes alturas; nubes blancas revoloteaban en el espacio formando grupos caprichosos y círculos concéntricos. La luna al través de las palmeras derramaba sobre el suelo claridades y figuras fantásticas. Nada más solemne; a lo lejos se oía el rumor de los torrentes y esos mil ruidos vagos que son de noche como la respiración misteriosa de la naturaleza. 

De repente sentimos cierta somnolencia, y nuestra fantasía se entregó a las cavilaciones más extrañas: parecíamos que no teníamos familia ni patria, que no pertenecíamos a ninguna civilización, ni ningún agrupamiento humano; que no formábamos parte de esos seres orgullosos, impotentes y miserables que se llaman hombres, que carecíamos de personalidad, y que sólo éramos un fragmento, un átomo de la naturaleza universal, que, como una madre a su hijo, nos llamaba a su seno con poderosas fascinaciones. Y sentimos un inmenso deseo de acabar, de sumergirnos, de perdernos en el gran todo, como el animal, el árbol, la planta y la flor. El ruido de un árbol caído nos despertó; hacía un frío glacial; antes de acostarnos nos calentamos con una copa de brandi, que ligada con el bordeaux ayuda a hacer un poco aceptable la vida en este pequeño planeta, como llamaba a la tierra el doctor Ricardo de la Parra. 

En las soledades del Quindío no se encuentran otros pobladores que antioqueños; el antioqueño y las montañas son consustanciales, se buscan y se completan. En las faldas, en las hondonadas, en riscos que sólo parecen transitables por osos y dantas, veréis a lo lejos casitas con la obligada roza de maíz, enredaderas de friso les, y esas enormes calabazas que llaman vitorias, que mezcladas con panela y leche son alimento agradable y forraje abundante y baratísimo para criar vacas y cerdos. El antioqueño adora las montañas nuevas, es decir, que tengan bosque primitivo: en busca de éstas emigran por millares a los desiertos del Cauca y del Tolima. La llanura les es antipática; acuden sin miedo a los valles del Cauca y del Magdalena, donde hay negocios y trato, como ellos dicen; pero la casita de la familia, el hogar, lo forman siempre en las montañas. Es increíble la inquietud, la agitación, el poder expansivo de esa raza. 

En todas partes donde saben que hay minas, tierras fértiles, algo nuevo que explotar, allá corren por bandadas. Con frecuencia encontrábamos esos grupos de emigrantes, los hombres a pie, las mujeres en mulas, los niños llevados en canastos, y en bueyes el humilde menaje y las hachas y calabozos, que son sus dioses penates. - ¿Para dónde van, paisanos? -Á Filandia, señor. -y por qué dejan su tierra? -Las tierras están cansadas en Antioquia, no cabemos. 

En Filandia dicen que hay mucho monte y da mucha comida. Ya no sabemos cuántos pueblos antioqueños hay en las montañas del Cauca y del Tolima. Raza emigrante y cosmopolita, el consejo místico y enervante de la resignación no entra con ella; huir de la pobreza, mejorar de condición es su carácter distintivo. Aunque profundamente católicos, tienen el amor al trabajo y las pasiones enérgicas de los pueblos protestantes. 

Pero si hay algo superior a los antioqueños son las antioqueñas de las montañas. i Qué laboriosidad! ¡qué trabajo! qué consagración! ¡i qué desvelos y fatigas para criar esas numerosas familias! Desde horas antes de amanecer están en pie moliendo inmensidad de arepas, poniendo a cocer la mazamorra y los frisoles, haciendo el desayuno. El antioqueño, como el inglés y todas las razas trabajadoras, come mucho. Por la tarde oiréis en esos hogares el ruido monótono de la pilada de maíz: al acercaros veréis entregadas a esa prosaica tarea muchachas rubias, blancas, altas, lindas, de espalda ancha y partida como las doncellas romanas. Allí no hay vagar para la coquetería y los malos pensamientos. 

¿De dónde sale tanto antioqueño? 

El último ceso dio en Antioquia. un increíble aumento de población: parece que hay cerca de medio millón de habitantes, y sin embargo ha dado emigrantes para formar muchos y grandes pueblos en las montañas de Antioquia y el Tolima y derramar población flotante en toda la República. Esas montañas de Antioquia son un criadero de gente sin igual, un gran laboratorio de vida humana. Lo cierto es que esa raza fecunda, enérgica, cosmopolita, es una de las esperanzas del país y el factor más poderoso del progreso y la vida nacional. 

En el Quindío que pertenece al Tolima, fuera de caseríos regados, hay como 3,000 antioqueños en las faldas y márgenes del Coello y el Anaime, y al otro lado de la cordillera, territorio del rio del Cauca, habrá otros 3,000 en el pueblo de Salento. Éstos tuvieron la mala idea de construirlo en unas colinas sin agua, estando a poca distancia el encantador valle de Boquía, lleno de corrientes cristalinas, con prados verdes lindísimos. Es tal la tranquilidad, la belleza, la frescura de ese vallecito, que siempre que pasamos por allí nos provoca para clavar en él nuestra tienda de peregrinos y acabar en ese retiro nuestra vida errante. 

Dos leguas más adelante están los antioqueños fundando el pueblo de Filandia, al vapor como acostumbran hacerlo todo. Como cuarenta casas estaban construyendo a un tiempo; hoy está de moda emigrar a Filandia. Las casas las construyen con teja de madera, tablitas rajadas de cedro negro y de nogal, clavadas con puntillas de hierro; techo ligero, más decente que la paja y menos sujeto a incendios. Nos refirieron que después de cortados los trozos, un hombre hábil rajaba hasta 3,000 tejas por día. 

De allí para adelante se acaban los riscos, las faldas despeñadas, las tierras sin vegetación, y empiezan las montañas relativamente llanas, los guaduales pintorescos y la poderosa vegetación del maravilloso Cauca. En el río de la Vieja, poco antes de llegar a Cartago, comienza la voracidad fiscal de que habla el señor Miguel Samper. El paso de ese pequeño río se hace en canoa, pero en los veranos casi todo el mundo lo pasa avado. Sea de un modo o de otro, el fisco cobra 20 centavos por carga, lo mismo que por el viajero a caballo. 

En ningún río del país, ni en el costoso puente de hierro que hay sobre el Magdalena, se cobra por este servicio más de 10 centavos: para un viajero es insignificante, pero para los pobres labriegos que llevan víveres a Cartago es una socaliña insufrible. Parece que, en el puente de La Vieja, vía de Manizales, cobran 30 centavos. La carga de zarazas de 160 kilogramos, por la que en Cundinamarca se le vuelve tan duro al comercio pagar $7, en el Cauca pagan16, y hasta el ganado, los caballos y las mulas, que es la verdadera, casi la única producción del Estado, y cuya exportación debía favorecerse, esos curiosos economistas gravan cada cabeza a la salida con $3.50, y una vaca parida paga $7, el 40 por 100 de su valor. 

El Cauca es una especie de Paraguay económico, en que nadie entra ni sale sin dejar el pellejo. Uno de los grandes beneficios de la revolución francesa fue suprimir las aduanas interiores de provincia á provincia. El Cauca y Antioquia, que tanto se necesitan mutuamente, se hacen implacable guerra de aduanas. Nuestra industria tan abatida y nuestro miserable comercio reclaman ya una revolución contra esas aduanas. 

Al transmontar una falda después de pasar el río de la Vieja, en las colinas que avecinan con Cartago, se encuentra el célebre campo de batalla de Santa Bárbara. El General Santos Gutiérrez con su clarísima visión militar, escogió admirablemente esa posición para una resistencia desesperada. Hombre raro, nació guerrero. Es una de las figuras más puras, más honradas, más heroicas del liberalismo; su temprana muerte fue una calamidad. En los tiempos que alcanzamos de confusión de ideas, de casuitismo político y de relajamiento de catéteres la entereza de Gutiérrez, su liberalismo neto, puro, honrado, incontrastable, hubiera ejercido influencia, tal vez decisiva en la política del país. 

Las colinas que rodean a Cartago son bellísimas; el río de la Vieja que pasa cerca de la ciudad tiene paisajes encantadores. Cartago es ciudad antigua, estacionaria, aunque centro de un movimiento de cacao importante y con terrenos muy fértiles a su derredor. Es capital del municipio del Quindío, que tiene grandes elementos de riqueza, muchos pueblos e inmensa población antioqueña en sus montañas. La primera vez que estuvimos en Cartago, por allá en 1860, nuestro amigo Guillermo Pereira nos llevó a casa a de su tío el señor Jerónimo del Castillo."

Por: Avaro Hernando Camargo Bonilla.

Fuente: [1] ESCRITORES COLOMBIANOAS EMIRO KASTOS. RTICULOS ESCOGIDOS NUEVA EDICIÓN AUMENTADA Y CUIDADOSAMENTE CORREEGIDA. CON UN RETRATO DEL AUTOR Y UN PROLOGO POR EL DR. D. MANUEL URIBE ÁNGEL. LONDRES PUBLICADO POR JUAN FONNEGRA. Bogotá, 1° de noviembre de 1859. Pág. 343