miércoles, 4 de febrero de 2026

VISIÓN DE CÉSAR HINCAPIÉ SILVA, DE LA CONCESIÓN DE BURILA.

 

HISTORIA DE LUCHA Y RESISTENCIA

VISIÓN DE CÉSAR HINCAPIÉ SILVA, DE LA CONCESIÓN DE BURILA.

 

La Lucha por la Tierra con Burila: Una Crónica de Papeles Viejos y Voluntades Férreas.

 

En los anales de la colonización del Quindío, la "Empresa Burila" emerge no solo como un latifundio gigantesco, sino como un símbolo de la contienda eterna entre el papel y la labor, entre la herencia colonial y la voluntad indómita de los colonos. Para un jurista con la agudeza de César Hincapié Silva, esta historia no es solo un relato de tierras, sino un complejo entramado de derechos, despojos y la tenacidad de aquellos que labraron su propio destino.

 

EL ORIGEN DE UN GIGANTE DE PAPEL.

 

El inicio de esta saga se remonta a la Colonia, a cédulas reales de 1641 y a la acumulación de bienes de mayorazgos que, por capricho del tiempo y la desidia de sus dueños, pasaron de mano, en mano.

El Capitán Juan Jacinto Palomino y su hermano se hicieron a predios privilegiados que se extendían desde Bugalagrande en el Valle hasta la cordillera Central, cubriendo la mitad meridional del Quindío. Una franja inmensa, estimada en más de 130 mil hectáreas, que con el tiempo caería en manos de la influyente familia Caicedo de Cali, y posteriormente, sería controlada por la sociedad Burila, conformada por familias del Valle y Manizales.

Este vasto dominio, sin embargo, era más una posesión de pergaminos que de presencia real. El abandono de estas tierras abrió la puerta a un fenómeno imparable: las colonizaciones en la “Hoya del Qundío”.

 

EL TRABAJO, DUEÑO DE LA TIERRA: MÁS ALLÁ DEL PAPEL.

 

Los colonos, movidos por el espíritu de aventura y la necesidad, se asentaron en estas tierras. Establecieron, fondas poblados, y aldeas, sembraron y transformaron el paisaje. Su credo era simple y poderoso: la posesión se gana con el trabajo tenaz, demostrable en frutos y sudor, no en los "simples papeles amarillos, archivados en Notarías y Juzgados de Cartago". Esta frase, que resuena con la voz del pueblo, encapsula el conflicto central: la concepción de la tierra como propiedad legal vs. la tierra como fruto del esfuerzo.

 

Mientras tanto, los intentos de inmigrantes extranjeros por acceder a estas tierras para cultivos fueron mayormente ignorados por los "empresarios" de Burila, quienes veían en la colonización una fuerza peligrosa y rebelde, renuente a someterse a sus caprichos. Querían a los colonos en tierras áridas y malsanas, no en las fértiles de la concesión Burila.

 

LA BATALLA EL LEGADO DE LOS HÉROES ANÓNIMOS.

 

La confrontación era inevitable. Desde 1890 y por varias décadas del siglo XX, socios de Burila se enzarzaron en discusiones judiciales con los colonos. Para comprender la magnitud de esta lucha, un abogado como Hincapié Silva nos recordaría el marco legal de la época: las Leyes de Indias, la Cédula Real de 1589, las leyes colombianas como la Ley 57 de 1887 (Código Civil), la Ley 200 de 1936, las normas de la Reforma Agraria de 1961 y el Acuerdo de Chicoral. Un laberinto jurídico que, a menudo, favorecía a los poseedores de títulos sobre los labradores.

En medio de esta pugna, surgieron figuras ejemplares. El reverendo Padre Ismael Valencia Marín, desde el púlpito de Calarcá en 1908, intercedió ante el gobernador de Caldas, don Alejandro Gutiérrez (también socio de Burila), para que los colonos fueran declarados propietarios. Su voz, descrita por Alfonso Valencia Zapata y Marco Palacios, fue un grito por la justicia.

Pero, sin duda, la figura más destacada es la del abogado Cantarino Cardona. Este "locuaz jurisperito", como se le describe, dio una batalla heroica a principios del siglo XX. Enfrentó los intereses monopolistas de la Sociedad Burila, logrando títulos de propiedad para sus modestos clientes, quienes a duras penas podían pagarle. Su destino, marcado por la persecución y un final en el leprocomio de San Juan de Dios (aunque algunos cronistas sugieren un regreso triunfal al Quindío), subraya el riesgo y el sacrificio de aquellos que se atrevían a desafiar al poder. Su memoria, tristemente, no fue reconocida por las municipalidades que hoy prosperan en esas mismas tierras.

 

LA RESOLUCIÓN DE UN CONFLICTO CENTENARIO.

 

El ministro de Obras Públicas, Simón Araujo, en 1912, declaró las tierras de Burila como propiedad privada, protegiendo a la sociedad. Sin embargo, la presión de los "invasores" y la ineficacia de las autoridades para desalojarlos, obligaron a la Empresa Burila a una venta directa de sus reservas.

El punto de inflexión llegó con la Resolución No. 5 del 25 de febrero de 1930, del Ministerio de Industrias. Esta decisión, tomada durante el gobierno de Miguel Abadía Méndez, revocó la resolución anterior y abrió la puerta para que los agricultores solicitaran la adjudicación de baldíos. Fue un reconocimiento tácito a la labor de los colonos y un golpe al monopolio de Burila.

A partir de 1930, aunque Burila ya había estado cediendo y vendiendo tierras, el proceso de titulación se aceleró y su "importancia feudal" disminuyó. Los accionistas, hacendados del Valle y Caldas, vieron reducir su interés económico, prefiriendo convertirse en simples propietarios de grandes haciendas. Con el auge de la caña y el café, la sociedad se fraccionó y la estructura monopolística de otras épocas se desvaneció. El "mito de Burila" se eclipsaba.

 

La historia de Burila es, en una crónica de la resistencia humana frente a la desigualdad, un testimonio de cómo la voluntad de trabajar la tierra puede, a la larga, prevalecer sobre el poder del latifundio. Para un abogado con la perspectiva de César Hincapié Silva, esta epopeya no es solo un hecho histórico, sino una lección permanente sobre la importancia de la justicia agraria, la defensa de los desposeídos y la eterna búsqueda de un equilibrio entre la ley y el derecho natural de quienes construyen el progreso con sus propias manos.

 

Fuentes:

Cesar Himcapie Silva. Inmigrantes Extranjeros en el desarrollo del Quindío. Armenia 1995.

Alvaro Restrepo Eusse. Historia de Antioquía. Medellin. Imprenta oficial. 1903. Pág. 220