martes, 27 de octubre de 2026

LA ARRIERÍA POR EL CAMINO DEL QUINDÍO.


LA ARRIERÍA POR EL CAMINO DEL QUINDÍO.



Memoria de una alegoría del festival camino del Quindío.

Cada 20 de julio, cuando la comunidad de Filandia celebra el Festival Camino del Quindío, se evoca el arte de la arriera.

Por el Camino del Quindío se formaron los ancestros quindianos. Sobre el territorio delimitado por la ruta, y gracias a la acción del Estado para reconstruir y sostener la vía, se diseñaron las diferentes colonizaciones.

Era una travesía dificultosa. Los cronistas del siglo XIX la describen así: se salía de Ibagué a las 7 de la mañana entre gritos de cargueros, se pasaba por Las Amarillas, Guayabal y La Palmilla, donde se empieza a ver la palma de cera, para luego llegar a Toche, al Alto de la Sepultura —donde, decían, penan los cargueros muertos de fatiga— y a Cruzgorda, que posiblemente es hoy Salento, río Quindío, Alto del Roble, Portachuelo, Novilleros, Buenavista, pavas, La Balsa, Piedra de Moler, y Cartago. Era un camino posible en verano e intransitable en la época de lluvias, que cruzaba la denominada montaña del Quindío de Ibagué a Cartago.

Las actuales carreteras son, la esencia, de ese camino que antes se hizo a punta de pezuña y zurriago.

La arriería hace parte de la identidad histórica y cultural de la Hoya del Quindío, tanto como el tesoro Quimbaya, la palma de cera, la arquitectura de bahareque, el canasto y el café. Fue, hasta los primeros lustros del siglo XX, la principal actividad y una de las profesiones más lucrativas del país.

LA ALEGORÍA PRESENTADA EN EL FESTIVAL RECREA LA HISTORIA DE LA CARAVANA.




Un pendón avisa la Arriería por el camino del Quindío. Detrás de los símbolos patrios. Banderas de Colombia, Quindío y Filandia, porque el camino fue nación antes que carretera.

Luego aparece el poder. El jefe de la caravana es el personaje de alta posición intelectual, social y económica que contrataba el viaje y el itinerario. Generalmente dignatarios oficiales, científicos o comerciantes. Va escoltado por su núcleo familiar —su esposa, al menos tres damas de compañía y los hijos pequeños, que viajaban en silletas a lomo de mula— con los menajes del viaje.

Quien realmente manda y ordena la travesía es el Caporal de la arriería. Administraba las caballerías y las cargas. A su mando caminaba el más joven y el más indispensable: el Sanguero. Es el aprendiz del oficio de la arriería, quien se dedica a cocinar, reparar los arreos, mantenimiento de las caballerías, quien, después de cargar agua en cepas de guadua descanutadas con tapón de trapo o tuza de maíz, acopia la leña, prende el fogón, y cocina los alimentos. En las jornadas de camino,  opera como campanero en los recodos del camino para evitar que dos recuas se choquen de frente en los canalones.

LA ESTAMPA DE LOS VIAJEROS ES UN MUSEO VIVO DE OFICIOS QUE YA NO TIENEN NOMBRE EN LA MODERNIDAD.


Los Silleros o cargueros. Al principio fueron indígenas sometidos a esta función; después fue un oficio remunerado ejercido por mestizos que, a lo largo de la historia del Camino, cargaron en sillas de guadua y madera, a sus espaldas, mercancías y personas.





El cazador, peón de avanzada y guardián. En los pasos difíciles abría trocha y aseguraba la carne para la comida.

El petaquero, con su indumentaria inconfundible: pantalones arremangados a la pantorrilla, camisa gruesa, sombrero alón de paja, alpargatas de cabuya, poncho y ruana de lona fuerte —la mulera—, pañuelo rabuegallo al cuello, peinilla, carriel y zurriago.



Los bejuqueros, encargados de construir la choza para pernoctar. Cortaban bijao y bejucos como el chusque, el cucharo, el chagualo, el acatorral, el cestillo, el granadillo y el tripeperro. De ellos obtenían las lías para amarrar el maderamen del refugio que levantaban al caer la tarde y tejían los canastos donde transportaban sus enseres.



También se representa el factor religioso. Viajaban curas, monjas y sacristanes encargados de la espiritualidad de la caravana.

La música no podía faltar. Al menos un grupo de cinco músicos, los zurrungueros o bambuqueros, alegraban la arriería al final de cada jornada, cuando se toldaba a la vera del camino.

LAS CARGAS Y LOS ANIMALES.



Para la arriería se empleaban bueyes y caballares. El buey se impuso por la seguridad de su pisada de pezuña hendida en los caminos peligrosos. Sobre sus lomos se cargó todo aquello que hizo posible la colonización.

Se utilizaban enjalmas y angarillas con sus arreos completos. La enjalma está formada por dos almohadillas de paja y basto unidas por una lona fuerte que va sobre el espinazo del animal. La angarilla es el aparejo del que se cuelgan los canastos, apoyado sobre sudaderos de junco o de guasca de plátano. También se usaban galápagos o sillas para caballares, sillas especiales para mujeres —para que no montaran a horcajadas— y silletas para el transporte de personas y fardos.

CADA CARGA CON SU NOMBRE.


Parihuela o barbacoa: dos guaduas con una parrilla de tablas y un nicho cubierto con toldo, utilizada para cargar enfermos o transportar cadáveres. La llevaban dos personas.

Turega: cajón para cargas de gran volumen o muy pesadas, imposible de cargar en un solo animal. Se coloca sobre dos bestias, una adelante y otra atrás, unidas por fuertes maderos.












Petacas y baúles: arcas de cuero, madera o mimbre cubiertas de piel que formaban el tercio de la mula.

El coroteo: el hogar a cuestas del colono. Es el conjunto del menaje básico que lleva consigo en su baúl al asentar sus reales: camas, colchones, calderos, ollas, bacinillas y demás enseres de la mudanza.

El avío cafetero: despulpadora, zaranda, rastrillo, romana que da exactitud al peso del grano, fumigadora —llamada cacorra porque pesa y talla— y caperuza que alumbra el camino en las faenas de la madrugada.

La carga de café: nuestro producto insigne que bajaba a lomo de mula desde estas montañas.

La carga de leche: transportada en dos cantinas antiguas, con su sobernal de queso, kumis, arequipe y cortado, base de la gastronomía caminera.

La rastra de guadua y madera: cedro, roble, nogal, granadillo, comino, laurel, guayacán, caracolí, mediacaro, barcino, guadua macana, cebolla y rayada, romerón y arrayán. Con ellas se levantó la arquitectura de la colonización.

La leña: troncos viejos para atizar los fogones. Apilada en montones cubiertos de greda y quemada, se obtenía el carbón para asar las arepas.

La caña de azúcar: transportada en dos tercios hasta la molienda, donde se transformaba en miel y panela para endulzar el café, el chocolate caliente y para destilar en el alambique el famoso tapetusa o chirrinche.

Los baúles: donde se transportaban las alhajas, la ropa y los recuerdos de la familia.

Todos estos tesoros iban asegurados con lías, sobrecargas, pisadores o cabestros, y azuzados por el arriero con el arriador o perrero de vara fina y guaraca de cuero.

EL LENGUAJE DEL CAMINO.

Toda esa parafernalia es un lenguaje que se disuelve y debe ser rescatado como testigo de la epopeya colonizadora.

Palabras que se escuchaban en los tambos y luego en las fondas camineras —que reemplazaron a las chozas de hojas de heliconia bihai que servían de abrigo—: alforjas, dos bolsas de cuero para la ropa y el dinero del viaje; damajuana, el zurrón barrigudo de doce litros para licores y melaza; guarniel o carriel de fuelle con sus secretos —la barbera, las cartas de la novia, el espejo, el peine, los dados, el naipe español, la aguja de arría, la capotera, el mechón de cabello de la moza, el colmillo de morrocoy, el yesquero para hacer fuego y la vela de cebo—; tapapinche, delantal de lona que protegía al arriero hasta las rodillas; sobernal o joto, el bulto que se ubica en el vértice de la carga.

Recrear estas representaciones culturales, con sus atavíos y sus personajes históricos —jefes, caporales, sangueros y sus bueyes y caballerías acicalados con campanillas que sonaban armoniosas para que anduvieran más aprisa—, es entender que el Camino del Quindío nunca se ha perdido. Solo cambió de bestias.

Por: Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

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