domingo, 31 de julio de 2022

NARRACIÓN DE JUAN DE DIOS RESTREPO RAMOS (EMIRO KASTOS), DE SU PASO POR EL CAMINO DEL QUINDIO.

JUAN DE DIOS RESTREPO RAMOS (EMIRO KASTOS) 
Y SU PASO POR EL CAMINO DEL QUINDIO. 

El escritor Juan de Dios Restrepo, nació en Amagá Antioquia, en el año de 1825 y murió en Ibagué, 1884. Fueron sus padres Don Francisco María Restrepo y Doña Beatriz Ramos. Se dedicó a la agricultura, comercio e industria, labores ejercidas sin mayor éxito. Su niñez y primeros años de juventud los vivió en Medellín y en Santafé de Antioquia. En 1840 empezó a estudiar Derecho en Bogotá y fue alumno de Ezequiel Rojas y Florentino González, además, avezado lector y escritor de diferentes temas, que publicaron los periódicos: El Neogranadino, El Tiempo, de Bogotá, y El Pueblo, de Medellín, suscritos con el seudónimo Emiro Kastos. 

Escritos recopilados y publicados en 1859 y 1885, en Bogotá y Londres, respectivamente, con el nombre de Artículos de costumbres. Juan Fonnegra realizó una compilación de artículos de escritores colombianos, que se imprimió en Londres, el 4 de junio del año de 1885, donde narra las impresiones de su viaje al Cauca, itinerario que comenzó en Ibagué, iniciando su relato con la siguiente expresión: “Ibagué es un rincón del mundo, de donde se sale con pena y al cual se vuelve siempre con placer.” Veamos la trascripción de su travesía. 

“Salimos de Ibagué el día no recordamos: las fechas no son nuestro fuerte, ni sabemos para qué sirvan. Si se perdieran todos los calendarios, y se confundieran las fechas y el curso del tiempo, habría dos gremios felices: los que debemos plata a los ingleses y a los bancos, y las mujeres: todas se declararían nuevecitas, ninguna pasaría de veinticinco años. Ibagué es un distrito inmenso: tiene a retaguardia el infinito del Quindío, que se está llenando de población antioqueña; ésta pone dehesas y cría cerdos en grande escala, inunda con ellos los mercados del Magdalena y los lleva hasta La Mesa y Bogotá. 

Su producción de panela y azúcar es importante, abundantes y vigorosos filones de minas de oro. La salida de Ibagué para el Quindío es de lo más pintoresco. Se baja de la planicie en que está la ciudad al Combeima, se pasa el río por un elegante puente de hierro. 

El Quindío como vía, como camino nacional es una cosa sin nombre. Dicen que Bolívar nombró una vez al General Murgueitio gobernador del Chocó y este describió el camino así: Una ruta de horror, esa huella de dantas, de continuos saltos, hoyos, rodaderos, fangales y diabluras que llaman camino del Quindío. De treinta años para acá, el abandono de esa vía, habiendo allende el Quindío 500,000 habitantes y la mitad en territorio de la República, los gobiernos liberales han visto esa importante vía con indiferencia criminal; y siendo un camino muy bien trazado, la mayor parte por terreno firme, con siquiera rozarlo y ponerlo al sol, con poco gasto y pequeño esfuerzo, la muy corta distancia entre Ibagué y Cartago se reduciría a tres pequeñas jornadas cómodas y agradables. 

Pasando el Combeima encontramos un cargamento de útiles telegráficos que el gobierno enviaba de Bogotá para el Cauca. Todos los días vernos pasar por Ibagué cargamentos de aisladores y de ácidos en vía para el Cauca, que de Barranquilla han ido a Bogotá, y de ésta al Cauca, hasta Cali y Buenaventura, atravesando a lomo de mula media República y cuadruplicando los gastos. 

El solo sentido común indica que los útiles telegráficos para el Cauca deben introducirse por Buenaventura. El Quindío, a pesar de ser un camino horrible, ofrece compensaciones para nosotros que somos hijos de la montaña, y para quienes la vida de los bosques tiene mucho atractivo. 

El Quindío no puede atravesarse sino con peones Ibaguereños, que conocen la montaña á palmos, formales, buenos arrieros y caminadores insignes. Nos tocó uno famoso, provisto de todas estas cualidades, y por añadidura decidor y divertido. Contaba cuentos de cacerías de dantas, aventuras con tigres, y aun nos dijo que una noche se había sentado sobre un espanto. Cada rato encontrábamos rodaderos de animales, y en un punto donde había dos juntos nos dijo: -Por aquí se rodaron dos bueyes con la carga. -Pero, hombre, si hemos oído decir que los bueyes no ruedan. -Los médicos también se mueren, señor, pero el buey rueda con más talento, no se desnuca fácil como la mula. En un contadero-puntos claros y llanos donde se componen las cargas-nos dijo, después de quedar satisfecho del arreglo de las petacas: - El hombre necesita trajinarse; hay algunos que llegan a viejos y no saben echar una encomienda. 

Hasta el ladrón necesita trajín, y si no que no se meta en el oficio. Para robar se necesita ser muy malicioso. El verdadero Quindío, solemne y majestuoso, comienza en la segunda jornada, en Toche. De allí para adelante es donde se encuentran esas aguas de frescura y sabor inolvidables, esa atmósfera oxigenada que se aspira con delicia, y esa flora maravillosa de donde se han sacado para exportar millares de parásitas, que adornan los jardines de Europa. El vallecito de Toche se atraviesa entre una alameda de árboles de flor de mayo, que no dejan ver hojas sino un mosaico de vivos y delicados colores. 

El paso del río Toche, donde con cuatro reales puede hacerse un puente, es hoy un torrente rápido y pedregoso, tanto que arrebato el macho de nuestro equipaje, y fue milagro que se salvara. De este valle se emprende la subida al páramo del Quindío por faldas y contrafuertes, y por camino muy bien trazado; pero como hace muchos años no se da allí un barretonazo, ni se abre un desagüe, ni se corta una rama, la combinación de hoyos, saltos, fangales y malezas que se enredan con el viajero hacen penosísimo el tránsito. Á veces en invierno en medio de esos lodazales se apodera del viajero una especie de vértigo, y lo mejor es acudir al recatón antioqueño, echarse dos tragos seguidos de cualquier licor, y entonces como por encanto se anima la mula, desaparecen los peligros, y el viajero pasa fácil y ligero sobre esos barrizales, como Moisés sobre el mar Rojo. Quién sabe si este denodado patriarca. antes de echarse sobre las aguas, no apelaría también al recatón antioqueño. 

Por en medio de inmensas y majestuosas palmeras llegamos a la posada de las Cruces, ya sobre la cordillera. Después de completada la jornada tuvimos que residenciar nuestra humanidad, a ver si teníamos los ojos, las orejas y los huesos completos y en su lugar. Siéntese un gran bienestar como el del que sale sano y vencedor de una batalla; se toma el trago constitucional de brandi reparador, se enciende el cigarro, y viendo tendida una cama blanda y abrigada y una cena medianamente confortable, humedecida con media botella de bordeaux, vengan trabajos. Molidos y asendereados se nos espantó el sueño; nos sentamos avanzada la noche en el corredor de la casa. 

Teníamos por delante altísimas palmeras inmóviles y un enorme árbol de flor de mayo. El cielo estaba tachonado de esas pálidas estrellas que se ven en las grandes alturas; nubes blancas revoloteaban en el espacio formando grupos caprichosos y círculos concéntricos. La luna al través de las palmeras derramaba sobre el suelo claridades y figuras fantásticas. Nada más solemne; a lo lejos se oía el rumor de los torrentes y esos mil ruidos vagos que son de noche como la respiración misteriosa de la naturaleza. 

De repente sentimos cierta somnolencia, y nuestra fantasía se entregó a las cavilaciones más extrañas: parecíamos que no teníamos familia ni patria, que no pertenecíamos a ninguna civilización, ni ningún agrupamiento humano; que no formábamos parte de esos seres orgullosos, impotentes y miserables que se llaman hombres, que carecíamos de personalidad, y que sólo éramos un fragmento, un átomo de la naturaleza universal, que, como una madre a su hijo, nos llamaba a su seno con poderosas fascinaciones. Y sentimos un inmenso deseo de acabar, de sumergirnos, de perdernos en el gran todo, como el animal, el árbol, la planta y la flor. El ruido de un árbol caído nos despertó; hacía un frío glacial; antes de acostarnos nos calentamos con una copa de brandi, que ligada con el bordeaux ayuda a hacer un poco aceptable la vida en este pequeño planeta, como llamaba a la tierra el doctor Ricardo de la Parra. 

En las soledades del Quindío no se encuentran otros pobladores que antioqueños; el antioqueño y las montañas son consustanciales, se buscan y se completan. En las faldas, en las hondonadas, en riscos que sólo parecen transitables por osos y dantas, veréis a lo lejos casitas con la obligada roza de maíz, enredaderas de friso les, y esas enormes calabazas que llaman vitorias, que mezcladas con panela y leche son alimento agradable y forraje abundante y baratísimo para criar vacas y cerdos. El antioqueño adora las montañas nuevas, es decir, que tengan bosque primitivo: en busca de éstas emigran por millares a los desiertos del Cauca y del Tolima. La llanura les es antipática; acuden sin miedo a los valles del Cauca y del Magdalena, donde hay negocios y trato, como ellos dicen; pero la casita de la familia, el hogar, lo forman siempre en las montañas. Es increíble la inquietud, la agitación, el poder expansivo de esa raza. 

En todas partes donde saben que hay minas, tierras fértiles, algo nuevo que explotar, allá corren por bandadas. Con frecuencia encontrábamos esos grupos de emigrantes, los hombres a pie, las mujeres en mulas, los niños llevados en canastos, y en bueyes el humilde menaje y las hachas y calabozos, que son sus dioses penates. - ¿Para dónde van, paisanos? -Á Filandia, señor. -y por qué dejan su tierra? -Las tierras están cansadas en Antioquia, no cabemos. 

En Filandia dicen que hay mucho monte y da mucha comida. Ya no sabemos cuántos pueblos antioqueños hay en las montañas del Cauca y del Tolima. Raza emigrante y cosmopolita, el consejo místico y enervante de la resignación no entra con ella; huir de la pobreza, mejorar de condición es su carácter distintivo. Aunque profundamente católicos, tienen el amor al trabajo y las pasiones enérgicas de los pueblos protestantes. 

Pero si hay algo superior a los antioqueños son las antioqueñas de las montañas. i Qué laboriosidad! ¡qué trabajo! qué consagración! ¡i qué desvelos y fatigas para criar esas numerosas familias! Desde horas antes de amanecer están en pie moliendo inmensidad de arepas, poniendo a cocer la mazamorra y los frisoles, haciendo el desayuno. El antioqueño, como el inglés y todas las razas trabajadoras, come mucho. Por la tarde oiréis en esos hogares el ruido monótono de la pilada de maíz: al acercaros veréis entregadas a esa prosaica tarea muchachas rubias, blancas, altas, lindas, de espalda ancha y partida como las doncellas romanas. Allí no hay vagar para la coquetería y los malos pensamientos. 

¿De dónde sale tanto antioqueño? 

El último ceso dio en Antioquia. un increíble aumento de población: parece que hay cerca de medio millón de habitantes, y sin embargo ha dado emigrantes para formar muchos y grandes pueblos en las montañas de Antioquia y el Tolima y derramar población flotante en toda la República. Esas montañas de Antioquia son un criadero de gente sin igual, un gran laboratorio de vida humana. Lo cierto es que esa raza fecunda, enérgica, cosmopolita, es una de las esperanzas del país y el factor más poderoso del progreso y la vida nacional. 

En el Quindío que pertenece al Tolima, fuera de caseríos regados, hay como 3,000 antioqueños en las faldas y márgenes del Coello y el Anaime, y al otro lado de la cordillera, territorio del rio del Cauca, habrá otros 3,000 en el pueblo de Salento. Éstos tuvieron la mala idea de construirlo en unas colinas sin agua, estando a poca distancia el encantador valle de Boquía, lleno de corrientes cristalinas, con prados verdes lindísimos. Es tal la tranquilidad, la belleza, la frescura de ese vallecito, que siempre que pasamos por allí nos provoca para clavar en él nuestra tienda de peregrinos y acabar en ese retiro nuestra vida errante. 

Dos leguas más adelante están los antioqueños fundando el pueblo de Filandia, al vapor como acostumbran hacerlo todo. Como cuarenta casas estaban construyendo a un tiempo; hoy está de moda emigrar a Filandia. Las casas las construyen con teja de madera, tablitas rajadas de cedro negro y de nogal, clavadas con puntillas de hierro; techo ligero, más decente que la paja y menos sujeto a incendios. Nos refirieron que después de cortados los trozos, un hombre hábil rajaba hasta 3,000 tejas por día. 

De allí para adelante se acaban los riscos, las faldas despeñadas, las tierras sin vegetación, y empiezan las montañas relativamente llanas, los guaduales pintorescos y la poderosa vegetación del maravilloso Cauca. En el río de la Vieja, poco antes de llegar a Cartago, comienza la voracidad fiscal de que habla el señor Miguel Samper. El paso de ese pequeño río se hace en canoa, pero en los veranos casi todo el mundo lo pasa avado. Sea de un modo o de otro, el fisco cobra 20 centavos por carga, lo mismo que por el viajero a caballo. 

En ningún río del país, ni en el costoso puente de hierro que hay sobre el Magdalena, se cobra por este servicio más de 10 centavos: para un viajero es insignificante, pero para los pobres labriegos que llevan víveres a Cartago es una socaliña insufrible. Parece que, en el puente de La Vieja, vía de Manizales, cobran 30 centavos. La carga de zarazas de 160 kilogramos, por la que en Cundinamarca se le vuelve tan duro al comercio pagar $7, en el Cauca pagan16, y hasta el ganado, los caballos y las mulas, que es la verdadera, casi la única producción del Estado, y cuya exportación debía favorecerse, esos curiosos economistas gravan cada cabeza a la salida con $3.50, y una vaca parida paga $7, el 40 por 100 de su valor. 

El Cauca es una especie de Paraguay económico, en que nadie entra ni sale sin dejar el pellejo. Uno de los grandes beneficios de la revolución francesa fue suprimir las aduanas interiores de provincia á provincia. El Cauca y Antioquia, que tanto se necesitan mutuamente, se hacen implacable guerra de aduanas. Nuestra industria tan abatida y nuestro miserable comercio reclaman ya una revolución contra esas aduanas. 

Al transmontar una falda después de pasar el río de la Vieja, en las colinas que avecinan con Cartago, se encuentra el célebre campo de batalla de Santa Bárbara. El General Santos Gutiérrez con su clarísima visión militar, escogió admirablemente esa posición para una resistencia desesperada. Hombre raro, nació guerrero. Es una de las figuras más puras, más honradas, más heroicas del liberalismo; su temprana muerte fue una calamidad. En los tiempos que alcanzamos de confusión de ideas, de casuitismo político y de relajamiento de catéteres la entereza de Gutiérrez, su liberalismo neto, puro, honrado, incontrastable, hubiera ejercido influencia, tal vez decisiva en la política del país. 

Las colinas que rodean a Cartago son bellísimas; el río de la Vieja que pasa cerca de la ciudad tiene paisajes encantadores. Cartago es ciudad antigua, estacionaria, aunque centro de un movimiento de cacao importante y con terrenos muy fértiles a su derredor. Es capital del municipio del Quindío, que tiene grandes elementos de riqueza, muchos pueblos e inmensa población antioqueña en sus montañas. La primera vez que estuvimos en Cartago, por allá en 1860, nuestro amigo Guillermo Pereira nos llevó a casa a de su tío el señor Jerónimo del Castillo.

Por: Avaro Hernando Camargo Bonilla.

Fuente: [1] ESCRITORES COLOMBIANOAS EMIRO KASTOS. RTICULOS ESCOGIDOS NUEVA EDICIÓN AUMENTADA Y CUIDADOSAMENTE CORREEGIDA. CON UN RETRATO DEL AUTOR Y UN PROLOGO POR EL DR. D. MANUEL URIBE ÁNGEL. LONDRES PUBLICADO POR JUAN FONNEGRA. Bogotá, 1° de noviembre de 1859. Pág. 343