La región de Antioquia
se encontraba sumida en una profunda crisis económica y social a finales del
siglo XIX. La tierra era escasa y de mala calidad, lo que llevó a muchos
campesinos a buscar fortuna en otras tierras. La marginación social y la falta
de oportunidades empujaron a miles de antioqueños a abandonar sus hogares y
aventurarse en la desconocida selva del Quindío.
La colonización de la
"Hoya del Quindío" fue un proceso lento y arduo. Los colonos,
cargados con sus pocas pertenencias, se adentraron en la selva, abriendo
caminos y estableciendo asentamientos. La región del Quindío, con sus valles
fértiles y sus ríos caudalosos, se convirtió en el destino de muchos de estos
pioneros.
La colonización no fue
un proceso pacífico. Los colonos se enfrentaron a la resistencia de las
concesiones de tierras, que habían sido otorgadas por el gobierno a compañías
extranjeras. La lucha por la tierra fue intensa, y muchos colonos perdieron sus
vidas en la disputa.
A pesar de los
desafíos, la colonización antioqueña fue un éxito. Los colonos establecieron
prósperas comunidades, cultivaron la tierra y extrajeron riquezas minerales. La
región del Quindío se convirtió en un importante centro económico y cultural, y
su legado sigue siendo visible en la actualidad.
LA
CONCESIÓN BURILA.
La Concesión Burila fue
una de las concesiones de tierras más grandes y controvertidas de la región. En
1884, un grupo de poderosos empresarios, entre ellos los hermanos Caicedo, el
General Eliseo Payán y el General Miguel Hurtado, fundaron la Sociedad Anónima
Burila con el objetivo de explotar las riquezas naturales de la región.
LA
COMPAÑÍA BURILA Y SU INCIDENCIA EN LA COLONIZACIÓN DE LA HOYA DEL QUINDÍO,
A
finales del siglo XIX, la Hoya del Quindío era un territorio de sueños y
esfuerzos. Familias de Cauca, Antioquia, Cundinamarca y Tolima, provistas de
machetes y hachas y la esperanza de un destino mejor, se internaban en las
selvas, roturando baldíos y estableciendo sus chagras. Entre ellos, figuras
como los hermanos Suárez y Francisco Arango representaban la tenacidad del
colono que, con su sudor, transformaba la tierra virgen en sustento. La
colonización avanzaba, impulsada por el arduo trabajo individual y la visión de
líderes como Segundo Henao y Román María Valencia, fundadores de Calarcá,
quienes promovían el establecimiento de nuevas poblaciones.
Sin
embargo, esta épica de la colonización se vio abruptamente confrontada por una
fuerza inesperada: la Compañía Anónima de Burila. Establecida en Manizales en
1884, esta sociedad, conformada por influyentes banqueros y políticos, se
presentaba con un objetivo ambicioso: fomentar la colonización, explotar minas
y salinas, y, crucialmente, la compraventa de tierras. Su capital era
considerable y su término de operación, de veinticinco años prorrogables,
auguraba una presencia duradera.
El
conflicto estalló cuando dos forasteros, un ingeniero y un negociante,
representantes de Burila, se acercaron a las viviendas de los colonos.
Mardoqueo Ardila, el hábil agente de la empresa, desplegó un mapa ante los
incrédulos ojos de los hermanos Suárez. Sobre este mapa, dos líneas rojas y la
palabra "BURILA" delimitaban un vasto paralelogramo de más de
doscientas mil fanegadas, que abarcaba desde Calarcá y Armenia hasta Zarzal y
Bugalagrande; "medio Quindío", como él mismo aseveró. Ardila
argumentó que las propiedades de Burila provenían de antiguas mercedes reales
de 1641, otorgadas a Juan Francisco Palomino y Juan Jacinto, y vendidas a la
Compañía en 1884. Los títulos de los colonos, que habían trabajado la tierra
durante años por considerarla baldía, eran, según él, "absolutamente
nulos".
El
ofrecimiento de Burila era clara: los colonos podían comprar sus propios
terrenos, "muy baratos", para obtener los "títulos
verdaderos". La indignación de los Suárez y de otros colonos como
Francisco Arango fue inmediata. "¿Cómo que nulos? ¡Si estos territorios
los hemos trabajado durante varios años porque cuando llegamos eran
baldíos!", exclamaron.
La
situación se intensificó con la intervención del corregidor Lino Tabares,
quien, junto a un ingeniero y varios testigos, realizó una "inspección
ocular" para precisar la línea norte de Burila. A pesar de las dudas de
Segundo Henao, que entendía de mensuras, Tabares, ajeno a los tecnicismos,
validó la exactitud de la línea trazada por el teodolito. Esta
"precisa" línea sentenciaba el destino de las vegas del Ríoverde, las
minas del Tolrá y las labranzas de Playarrica, ahora bajo el dominio de Burila.
La
llegada de Burila no solo significó un despojo legal, sino también una opresión
física. Francisco Arango, un colono de Playarrica que había forjado una vida de
trabajo tras un viaje lleno de penurias desde Antioquia, fue víctima directa de
esta embestida. Al negarse a desalojar sus tierras, fue arrestado por orden del
corregidor Tabares, bajo la influencia de Mardoqueo Ardila. Arango, un
"hombre de trabajo y de paz", fue encarcelado y humillado, mientras
su familia era expulsada de su hogar. Desde su celda, observaba con tristeza la
angosta rendija de luz, añorando la inmensidad de los cielos abiertos que antes
contemplaba desde su chagra.
La
Compañía Burila, aunque se presentaba como una entidad que buscaba
"ayudar" a los colonos, actuaba con mano dura, empleando métodos que
Román María Valencia calificó de "desmanes y desaciertos". A pesar de
la vulnerabilidad, los colonos no estaban solos. Román María Valencia y Segundo
Henao, conscientes de la injusticia, buscaron apoyo, incluso haciendo venir al
abogado Catarino Cardona para defender los derechos de los agricultores.
La historia de la Compañía Burila en la Hoya del Quindío es un testimonio de la compleja y a menudo dolorosa interacción entre la colonización espontánea, el poder latifundista y la lucha por la tenencia de la tierra. Los "dolores cernidos" y el "propio sudor" de los colonos se vieron amenazados por un sistema legal que legitimaba la apropiación de vastos territorios, dejando una profunda cicatriz en el proceso de desarrollo de lo que hoy conocemos como Calarcá y Armeni
Catarino
Cardona asumió la defensa de los colonos que ocuparon el territorio de “ La
Hoya del Quindío”, razón por la cual las autoridades al servicio de la compañía
certificaron falsamente que sufría de lepra, por lo que fue enviado a Agua de
Dios.
Los
enfrentamiento con las directivas de la Burila, que con la complicidad de las
autoridades, desatados por Catarino, y al ver la incomodidad que representaba
el abogado, y al evidenciar las triquiñuelas, empezaron a tramar el plan para
deshacerse de Catarino. El corregidor con la complicidad de algunos curanderos
mediquillos y yerbateros, ideó un plan para deshacerse de Catarino.
El
corregidor cita a Catarino a su oficina, en donde dos yerbateros (curanderos)
que ya habían sido comprados, examinaron a Catarino, y dictaminaron un falso
diagnóstico, en el que declaran falsamente que
estaba contaminado por la lepra, procediendo al dictamen declaran
falsamente a Catarino como "leproso".
Catarino,
pálido pero astuto, se da cuenta de la conspiración y les explica que el
"mal de Lázaro" (lepra) tiene manifestaciones exteriores que él no
presenta, como la ausencia de cejas y pestañas, nariz hundida, oídos y cara
hinchados, y falta de sensibilidad. Incluso sacude a uno de los curanderos para
demostrar que sí tiene sensibilidad.
A
pesar de todas las pruebas argumentadas por Catarino, el, con voz chillona, le
ordena que se prepare para viajar en dos días al leprosario ubicado en Agua de
Dios, seguidamente expide la orden de conducirlo.
Catarino
se rebela contra tal infamia y amenaza con ir a Bogotá a quejarse ante los
tribunales. Sin embargo, al final, para evitar "sucesos sangrientos"
entre las autoridades y el pueblo que se había levantado en su defensa, decide
preparar su viaje, seguro de que regresará con su honor limpio. Escribe una
nota sobre la injusticia, estigmatizado como un leproso por orden de un "corregidor
analfabeto".
EL
REGRESO DE CATARINO Y EL RECIBIMIENTO POR ZABULÓN Y SU GENTE.
Se
supo que Catarino demostró que no padecía de la enfermedad de la lepra, regresó
de Agua de Dios. Se obtuvo la noticia que había llegado al pueblo de San Miguel
o Cajamarca la noche anterior. Zabulón lo estaba esperando en alto de "La
Línea", fue el primero en avistarlo ante lo cual exclamó: "¡Allá
viene don Catarino!".
En
cuanto lo reconocieron, los agricultores que estaban con Zabulón lanzaron
gritos entusiastas, que el texto describe como "filudos como una guardia
de bayonetas". Cuando Catarino llegó hasta ellos, la gente lo aclamó con
fuerza, gritando: "¡Viva el abogado de los colonos!" y "¡Viva
nuestro defensor!".
Catarino,
emocionado, contempló los pueblos del Quindío extendidos ante él, como una
"alfombra millonaria". En su corazón, en sus labios y en su mente,
dedicó un elogio a su tierra natal, diciendo:
"¡Oh
Quindío, tierra feraz y bella como ninguna! Un día me fui de tu lado lleno de
dolor, pero hoy vuelvo a ti, lleno de esperanzas por tu redención. Todos estos
años que han pasado, con sus delitos y sus miserias, sus asechanzas y sus
expoliaciones, vienen a constituir una podredumbre de hechos. ¡Pero de esa
escoria, de estos detritus cargados de ricos humos, han de surgir fértiles y
desafiantes las ciudades del mañana!".
Al
bajar a Calarcá, todo el pueblo compartió la alegría de su regreso, excepto dos
personajes que no estaban contentos: el agente de la Burila y el corregidor
(los mismos que lo habían enviado lejos). A pesar de las profundas huellas que
su desventura había dejado en él, como sus cabellos blancos, Catarino regresó
con un fuego latente de ira y deseo de "retaliación", listo para
retomar con más ahínco su lucha interrumpida. Antes de empezar de nuevo, subió
a visitar la tumba de Tigrero para encontrar un "baño espiritual" y
meditar su persistir en la defensa de los pobres y desvalidos.
Fuente:
Jaime Buitrago. Hombres Trasplantados. Biblioteca de autores quindianos.
Benjamín
Bahena Hoyos. El Río Corre hacia Atrás. Carlos Valencia Editores. 1980. Pag.215
Archivo
de Salento: Circulares y oficios correspondientes al año de
1.872 Legajo N° 69 Tomo II. Ref. A.A. 08- 308.
LA
COMPAÑÍA BURILA Y SU INCIDENCIA EN LA COLONIZACIÓN DE LA HOYA DEL QUINDÍO,
A
finales del siglo XIX, la Hoya del Quindío era un territorio de sueños y
esfuerzos. Familias de Cauca, Antioquia, Cundinamarca y Tolima, provistas de
machetes y hachas y la esperanza de un destino mejor, se internaban en las
selvas, roturando baldíos y estableciendo sus chagras. Entre ellos, figuras
como los hermanos Suárez y Francisco Arango representaban la tenacidad del
colono que, con su sudor, transformaba la tierra virgen en sustento. La
colonización avanzaba, impulsada por el arduo trabajo individual y la visión de
líderes como Segundo Henao y Román María Valencia, fundadores de Calarcá,
quienes promovían el establecimiento de nuevas poblaciones.
Sin
embargo, esta épica de la colonización se vio abruptamente confrontada por una
fuerza inesperada: la Compañía Anónima de Burila. Establecida en Manizales en
1884, esta sociedad, conformada por influyentes banqueros y políticos, se
presentaba con un objetivo ambicioso: fomentar la colonización, explotar minas
y salinas, y, crucialmente, la compraventa de tierras. Su capital era
considerable y su término de operación, de veinticinco años prorrogables,
auguraba una presencia duradera.
El conflicto estalló cuando dos forasteros, un ingeniero y un negociante, representantes de Burila, se acercaron a las viviendas de los colonos. Mardoqueo Ardila, el hábil agente de la empresa, desplegó un mapa ante los incrédulos ojos de los hermanos Suárez. Sobre este mapa, dos líneas rojas y la palabra "BURILA" delimitaban un vasto paralelogramo de más de doscientas mil fanegadas, que abarcaba desde Calarcá y Armenia hasta Zarzal y Bugalagrande; "medio Quindío", como él mismo aseveró. Ardila argumentó que las propiedades de Burila provenían de antiguas mercedes reales de 1641, otorgadas a Juan Francisco Palomino y Juan Jacinto, y vendidas a la Compañía en 1884. Los títulos de los colonos, que habían trabajado la tierra durante años por considerarla baldía, eran, según él, "absolutamente nulos".
El ofrecimiento de Burila era clara: los colonos podían comprar sus propios terrenos, "muy baratos", para obtener los "títulos verdaderos". La indignación de los Suárez y de otros colonos como Francisco Arango fue inmediata. "¿Cómo que nulos? ¡Si estos territorios los hemos trabajado durante varios años porque cuando llegamos eran baldíos!", exclamaron.
La situación se intensificó con la intervención del corregidor Lino Tabares, quien, junto a un ingeniero y varios testigos, realizó una "inspección ocular" para precisar la línea norte de Burila. A pesar de las dudas de Segundo Henao, que entendía de mensuras, Tabares, ajeno a los tecnicismos, validó la exactitud de la línea trazada por el teodolito. Esta "precisa" línea sentenciaba el destino de las vegas del Ríoverde, las minas del Tolrá y las labranzas de Playarrica, ahora bajo el dominio de Burila
La llegada de Burila no solo significó un despojo legal, sino también una opresión física. Francisco Arango, un colono de Playarrica que había forjado una vida de trabajo tras un viaje lleno de penurias desde Antioquia, fue víctima directa de esta embestida. Al negarse a desalojar sus tierras, fue arrestado por orden del corregidor Tabares, bajo la influencia de Mardoqueo Ardila. Arango, un "hombre de trabajo y de paz", fue encarcelado y humillado, mientras su familia era expulsada de su hogar. Desde su celda, observaba con tristeza la angosta rendija de luz, añorando la inmensidad de los cielos abiertos que antes contemplaba desde su chagra.
La
Compañía Burila, aunque se presentaba como una entidad que buscaba
"ayudar" a los colonos, actuaba con mano dura, empleando métodos que
Román María Valencia calificó de "desmanes y desaciertos". A pesar de
la vulnerabilidad, los colonos no estaban solos. Román María Valencia y Segundo
Henao, conscientes de la injusticia, buscaron apoyo, incluso haciendo venir al
abogado Catarino Cardona para defender los derechos de los agricultores.
La
historia de la Compañía Burila en la Hoya del Quindío es un testimonio de la
compleja y a menudo dolorosa interacción entre la colonización espontánea, el
poder latifundista y la lucha por la tenencia de la tierra. Los "dolores
cernidos" y el "propio sudor" de los colonos se vieron
amenazados por un sistema legal que legitimaba la apropiación de vastos
territorios, dejando una profunda cicatriz en el proceso de desarrollo de lo
que hoy conocemos como Calarcá y Armenia.
CATARINO
CARDONA.
“El
Abogado de los Colonos".
Catarino
Cardona, conocido como "El Abogado de los Colonos", asumió la defensa
de los campesinos que ocuparon el territorio de "La Hoya del
Quindío". Debido a esto, las autoridades, en complicidad con la compañía,
certificaron falsamente que sufría de lepra, lo que resultó en su envío a Agua
de Dios.
Los
enfrentamientos de Catarino con las directivas de la Burila, quienes actuaban
con la complicidad de las autoridades, generaron gran incomodidad. Al ver las
triquiñuelas del abogado y la amenaza que representaba, comenzaron a tramar un
plan para deshacerse de él. El corregidor, con la ayuda de algunos curanderos,
mediquillos y yerbateros comprados, ideó la estrategia.
El
corregidor citó a Catarino a su oficina. Allí, los dos yerbateros lo examinaron
y emitieron un diagnóstico falso, declarando que estaba contagiado de lepra.
Catarino,
pálido pero astuto, se percató de la conspiración. Les explicó que el "mal
de Lázaro" (lepra) presenta manifestaciones exteriores claras que él no
tenía, como la ausencia de cejas y pestañas, nariz hundida, oídos y cara
hinchados, y falta de sensibilidad. Incluso sacudió a uno de los curanderos
para demostrar su plena sensibilidad.
A
pesar de todos los argumentos y pruebas presentadas por Catarino, el
corregidor, con voz chillona, le ordenó que se preparara para viajar en dos
días al leprosario de Agua de Dios, expidiendo seguidamente la orden de
conducirlo.
Catarino
se rebeló contra tal infamia y amenazó con ir a Bogotá para quejarse ante los
tribunales. Sin embargo, al final, para evitar "sucesos sangrientos"
entre las autoridades y el pueblo que se había levantado en su defensa, decidió
preparar su viaje. Estaba seguro de que regresaría con su honor limpio. Antes
de partir, escribió una nota sobre la injusticia, estigmatizado como un leproso
por orden de un "corregidor analfabeto".
EL
REGRESO DE CATARINO Y EL RECIBIMIENTO DE SU GENTE.
Se
supo que Catarino había demostrado no padecer la enfermedad de la lepra y había
regresado de Agua de Dios. La noticia de su llegada al pueblo de San Miguel o
Cajamarca la noche anterior se extendió rápidamente. Zabulón lo estaba
esperando en el alto de "La Línea" y fue el primero en avistarlo,
exclamando: "¡Allá viene don Catarino!".
En
cuanto lo reconocieron, los agricultores que acompañaban a Zabulón lanzaron
gritos entusiastas, descritos en el texto como "filudos como una guardia
de bayonetas". Cuando Catarino llegó hasta ellos, la gente lo aclamó con
fuerza, gritando: "¡Viva el abogado de los colonos!" y "¡Viva
nuestro defensor!".
Catarino,
emocionado, contempló los pueblos del Quindío extendidos ante él, como una
"alfombra millonaria". En su corazón, en sus labios y en su mente,
dedicó un elogio a su tierra natal, diciendo:
"¡Oh
Quindío, tierra feraz y bella como ninguna! Un día me fui de tu lado lleno de
dolor, pero hoy vuelvo a ti, lleno de esperanzas por tu redención. Todos estos
años que han pasado, con sus delitos y sus miserias, sus asechanzas y sus
expoliaciones, vienen a constituir una podredumbre de hechos. ¡Pero de esa
escoria, de estos detritus cargados de ricos humos, han de surgir fértiles y
desafiantes las ciudades del mañana!".
Al
bajar a Calarcá, todo el pueblo compartió la alegría de su regreso, excepto dos
personajes que no estaban contentos: el agente de la Burila y el corregidor,
los mismos que lo habían enviado lejos. A pesar de las profundas huellas que su
desventura había dejado en él, como sus cabellos blancos, Catarino regresó con
un fuego latente de ira y deseo de "retaliación", listo para retomar
con más ahínco su lucha interrumpida. Antes de empezar de nuevo, subió a
visitar la tumba de Tigrero para encontrar un "baño espiritual" y
meditar sobre su persistencia en la defensa de los pobres y desvalidos.
Fuentes:
Jaime
Buitrago. Hombres Trasplantados. Biblioteca de autores quindianos.
Benjamín
Bahena Hoyos. El Río Corre hacia Atrás. Carlos Valencia Editores. 1980. Pag.215
Archivo
de Salento: Circulares y oficios correspondientes al año de 1.872 Legajo N° 69
Tomo II. Ref. A.A. 08- 308.
Catarino
Cardona asumió la defensa de los colonos que ocuparon el territorio de “ La
Hoya del Quindío”, razón por la cual las autoridades al servicio de la compañía
certificaron falsamente que sufría de lepra, por lo que fue enviado a Agua de
Dios.
Los
enfrentamiento con las directivas de la Burila, que con la complicidad de las
autoridades, desatados por Catarino, y al ver la incomodidad que representaba
el abogado, y al evidenciar las triquiñuelas, empezaron a tramar el plan para
deshacerse de Catarino. El corregidor con la complicidad de algunos curanderos
mediquillos y yerbateros, ideó un plan para deshacerse de Catarino.
El
corregidor cita a Catarino a su oficina, en donde dos yerbateros (curanderos)
que ya habían sido comprados, examinaron a Catarino, y dictaminaron un falso
diagnóstico, en el que declaran falsamente que
estaba contaminado por la lepra, procediendo al dictamen declaran
falsamente a Catarino como "leproso".
Catarino,
pálido pero astuto, se da cuenta de la conspiración y les explica que el
"mal de Lázaro" (lepra) tiene manifestaciones exteriores que él no
presenta, como la ausencia de cejas y pestañas, nariz hundida, oídos y cara
hinchados, y falta de sensibilidad. Incluso sacude a uno de los curanderos para
demostrar que sí tiene sensibilidad.
A
pesar de todas las pruebas argumentadas por Catarino, el, con voz chillona, le
ordena que se prepare para viajar en dos días al leprosario ubicado en Agua de
Dios, seguidamente expide la orden de conducirlo.
Catarino
se rebela contra tal infamia y amenaza con ir a Bogotá a quejarse ante los
tribunales. Sin embargo, al final, para evitar "sucesos sangrientos"
entre las autoridades y el pueblo que se había levantado en su defensa, decide
preparar su viaje, seguro de que regresará con su honor limpio. Escribe una
nota sobre la injusticia, estigmatizado como un leproso por orden de un "corregidor
analfabeto".
EL
REGRESO DE CATARINO Y EL RECIBIMIENTO POR ZABULÓN Y SU GENTE.
Se
supo que Catarino demostró que no padecía de la enfermedad de la lepra, regresó
de Agua de Dios. Se obtuvo la noticia que había llegado al pueblo de San Miguel
o Cajamarca la noche anterior. Zabulón lo estaba esperando en alto de "La
Línea", fue el primero en avistarlo ante lo cual exclamó: "¡Allá
viene don Catarino!".
En
cuanto lo reconocieron, los agricultores que estaban con Zabulón lanzaron
gritos entusiastas, que el texto describe como "filudos como una guardia
de bayonetas". Cuando Catarino llegó hasta ellos, la gente lo aclamó con
fuerza, gritando: "¡Viva el abogado de los colonos!" y "¡Viva
nuestro defensor!".
Catarino,
emocionado, contempló los pueblos del Quindío extendidos ante él, como una
"alfombra millonaria". En su corazón, en sus labios y en su mente,
dedicó un elogio a su tierra natal, diciendo:
"¡Oh
Quindío, tierra feraz y bella como ninguna! Un día me fui de tu lado lleno de
dolor, pero hoy vuelvo a ti, lleno de esperanzas por tu redención. Todos estos
años que han pasado, con sus delitos y sus miserias, sus asechanzas y sus
expoliaciones, vienen a constituir una podredumbre de hechos. ¡Pero de esa
escoria, de estos detritus cargados de ricos humos, han de surgir fértiles y
desafiantes las ciudades del mañana!".
Al
bajar a Calarcá, todo el pueblo compartió la alegría de su regreso, excepto dos
personajes que no estaban contentos: el agente de la Burila y el corregidor
(los mismos que lo habían enviado lejos). A pesar de las profundas huellas que
su desventura había dejado en él, como sus cabellos blancos, Catarino regresó
con un fuego latente de ira y deseo de "retaliación", listo para
retomar con más ahínco su lucha interrumpida. Antes de empezar de nuevo, subió
a visitar la tumba de Tigrero para encontrar un "baño espiritual" y
meditar su persistir en la defensa de los pobres y desvalidos.
Fuente:
Jaime Buitrago. Hombres Trasplantados. Biblioteca de autores quindianos.
Benjamín
Bahena Hoyos. El Río Corre hacia Atrás. Carlos Valencia Editores. 1980. Pag.215
Archivo
de Salento: Circulares y oficios correspondientes al año de
1.872 Legajo N° 69 Tomo II. Ref. A.A. 08- 308.
La Sociedad Anónima
Burila estaba compuesta por 100 accionistas, todos ellos insignes
representantes y administradores de la política y la justicia de la época. La
compañía se apoderó de una gran cantidad de tierras de la región, abarcando más
de 125.000 hectáreas de los municipios de Zarzal, Sevilla, Caicedonia, Génova,
Pijao, Buenavista, Córdoba, Calarcá y Armenia.
La Concesión Burila es
un ejemplo de cómo la influencia política y económica puede ser utilizada para
obtener beneficios a expensas de los más débiles. La historia de la Burila y su
lucha por el control de la región es un recordatorio de la injusticia social y
la necesidad de proteger los derechos de los más vulnerables.
"Asentada
entre dos ríos en un asiento muy llano; hay muchas tierras y muy
buenas,
donde los cristianos tienen sus granjerías e labranzas; é a tres leguas de allí
tienen muy grandes sabanas para criaderos de ganados...". (JORGE ROBLEDO).
"En
tiempo de invierno, cuando vienen crecidos, tienen sus puentes hechos de cañas,
atadas fuertemente con bejucos recios a árboles que hay de una parte de los
ríos a otra; son todos muy ricos de oro.”
(CIEZA
DE LEÓN).
"Con
cien hombres de pie é de a caballo, isleños é hombres esforzados en la
guerra,
de mucho tiempo en estas partes, é llevó muchos ganados é negros é indios para
los pobladores é conquistadores".
(PEDRO
SARMIENTO)
LA
CONQUISTA (1530-1541.)
Conquistado
ya, el Reino
de Quito por Sebastián
de Belalcázar y con el conocimiento de que antes de llegar a Cundinamarca se
encontraba otra provincia fértil y rica en oro, gobernada por dos
hermanos Popayán y CaIanbas; en el año de mil quinientos y treinta y seis salió
de Quito con ciento y cincuenta caballos y otros infantes bien equipados y
armados, llevando a Pedro Puelles, Juan de Cabrera, Pedro de Añasco, Juan
de Ampudia, Juan Muñoz de Collantes, Miguel López Muñoz y Francisco
García de Tovar, Hernán Sánchez Morillo, Jorge
Robledo, Martín de Amoroto Rui Vanegas, Sancho Sánchez de Ávila, Juan de
Cabrera, Francisco Sánchez, Luís Daza, Pedro Bazán. Hernando Álvarez de
Saavedra, Cobos, Zepero y otros que pasaron al Nuevo Reino de Granada, habitada
por más de seiscientos mil indios agrupados por los reinos de los Pijaos,
Omaguas y Paeces. Los Pijaos, ocupaban las montañas de Ibagué en un área
de más de cien leguas en las que hoy se incluyen las ciudades de Cartago, Buga,
Toro, Cali, Popayán.
Jorge
Robledo, Francisco de Cieza, Miguel Muñoz, Juan de Vadillo, Suer de Nava,
Rodríguez de Sosa y Álvaro de Mendoza, exploraron la Hoya del Quindío y
empezaron la fundación de pueblos en la región. Jorge Robledo funda a
Cartago viejo, el 9 de agosto de 1541, a orillas del río Consota (hoy Pereira).
Jorge
Robledo llega al pueblo de Irra, por donde se angosta el Cauca, fabricó balsas
de guaduas que fueron conducidas por indios nadadores y salvaron el Cauca y
prosiguieron las nuevas conquistas. Despacho mensajeros a los indios de
la provincia de Carrapa ofreciéndoles su amistad.
Los
Carrapas que estaban en guerra con los Picaras, admitieron con gusto la
invitación de Robledo y los tuvieron alojados en sus tierras cuarenta días,
socorriéndolos con suministros y obsequios de joyas de oro, y la noticia de que
atravesada la cordillera dé los Andes hallarían la provincia de Arbi y antes de
atravesarlas las de Pícara, Paucura.
Un
espacio habitado hace poco más de cuatrocientos cincuenta años (Cartago viejo)
punta de lanza del proceso de colonización del territorio a partir del año de
su fundación,1540, que condujo a la creación de Filandia 20
de agosto de 1878.
Filandia
nace en la segunda mitad del siglo XIX no sólo por la expansión colonizadora de
antioqueños, sino también por la colonización de individuos procedentes del
Cauca, Tolima, Cundinamarca y Boyacá. Que finalmente estos últimos hayan
impuesto el prototipo de colonización no excluye a los primeros.
Ochenta
caciques formaban una poderosa confederación, los más poderosos y destacados
eran: TACORONVI, VIA, YANVA, ZAZAQUAVI, PINDANA; según lo afirman diversos
cronistas españoles.
Lorenzo
de Aldana fue comisionado por Sebastián de Belalcázar para la conquista
y, explotación de la Provincia de Anserma, y este a su vez, eligió a
Jorge Robledo para tal efecto.
Robledo,
protegido por cien conquistadores españoles, el 14 de julio de 1539, marchó
desde Cali hacia el norte, circundando las márgenes del río Grande (Cauca), en
cumplimiento de su misión.
Luego de
ocho días de marcha, llegaron al territorio de los indígenas Gorrones, en las
inmediaciones de lo que es hoy el municipio de Roldanillo (Valle); fueron
denominados “Gorrones” a causa de un pez nombrado Gorrón, que hacía parte de su
dieta, y que ofrecieron a los españoles repitiendo "Gorrón Gorrón".
En este lugar, esperó las balsas que venían por el río Cauca, para continuar
luego a la provincia de Anserma, territorio de las tribus: CARRAPAS, PICARAS,
POZOS, PÁCORAS, COCUYES.
la
fundación de la ciudad de Anserma,
Aproximadamente
a seis leguas del territorio de los Gorrones, se encontraba unos soldados
españoles provenientes de Cartagena de Indias, liderados por Juan Graciano y
Luis Bernal, con cien hombres que venían tras la persecución del Oidor Juan de
Badillo. Robledo envió a Ruy Vanegas, con la orden de que se presentaran ante
él.
Robledo,
al ignorar las intenciones de aquella tropa, decidió actuar antes de que
Vanegas llegara y mandó a cabalgar a varios hombres, ordenándoles que buscaran
un sitio llano, haciendo talar toda la sabana. Fue el 15 de agosto de 1539, en
aquel lugar, donde Robledo fundó la ciudad de San Juan (Anserma).
Pocos
días después, por órdenes de Robledo, la ciudad fue trasladada al sitio que hoy
ocupa Anserma (Caldas), y pasado un siglo, a un paraje vecino al Cauca, en el
lugar que actualmente ocupa la ciudad de Ansermanuevo, en el Valle del Cauca.
LA
COLONIZACIÓN DE LA HOYA DEL QUINDÍO: UNA EPOPEYA DE LUCHA Y SUPERVIVENCIA.
La
historia de la colonización de la “Hoya del Quindío” fue una gesta de pobreza,
lucha y supervivencia.
A finales
del siglo XIX, la región de Antioquia se encontraba sumida en una profunda
crisis económica y social. La tierra era escasa y de mala calidad, lo que llevó
a muchos campesinos a buscar fortuna en otras tierras.
La
marginación social y la falta de oportunidades empujaron a miles de antioqueños
a abandonar sus hogares y aventurarse en la desconocida selva del Quindío. La
promesa de tierras fértiles y ricas en recursos naturales era un atractivo
irresistible para aquellos que buscaban una vida mejor.
La
migración fue un proceso lento y arduo. Los colonos, cargados con sus pocas
pertenencias, se adentraron en la selva, abriendo caminos y estableciendo
asentamientos. La región del Quindío, con sus valles fértiles y sus ríos
caudalosos, se convirtió en el destino de muchos de estos pioneros.
La
colonización no fue un proceso pacífico. Los colonos se enfrentaron a la
resistencia de las concesiones de tierras, que habían sido otorgadas por el
gobierno a compañías extranjeras. La lucha por la tierra fue intensa, y muchos
colonos perdieron sus vidas en la disputa.
A pesar
de los desafíos, la colonización antioqueña fue un éxito. Los colonos
establecieron prósperas comunidades, cultivaron la tierra y extrajeron riquezas
minerales. La región del Quindío se convirtió en un importante centro económico
y cultural, y su legado sigue siendo visible en la actualidad.
La
migración antioqueña a la Hoya del Quindío fue un capítulo importante en la
historia de Colombia. Fue un proceso de lucha y supervivencia, pero también de
esperanza y realización. Los colonos que se aventuraron en la selva desconocida
demostraron una determinación y un coraje que sigue inspirando a las
generaciones actuales.
TRES
GRANDES CONCESIONES EXPOLIARON Y SE APROPIARON DEL TERRITORIO DE LOS QUIMBAYA.
Concesiones
de tierras en la provincia Quimbaya
Las
concesiones de tierras en la provincia Quimbaya fueron:
·
Concesión Villegas: otorgada en 1763 a Felipe de Villegas y
Córdoba, abarcaba una extensión de cerca de 40 kilómetros al sur de Medellín,
en dirección de los ríos Arma y Buey.
·
Concesión Aránzazu: otorgada a José María de Aránzazu, abarcaba
una extensión superficial de cerca de 240 kilómetros cuadrados, desde el Arma
hasta el Chinchiná, entre el Cauca y la Cordillera Central.
·
Concesión
Burila:
equivalente a la mitad del sur del Quindío y la mitad del norte del Valle del
Cauca, fue cedida a una sociedad constituida en Manizales en
1884.
LA DE
VILLEGAS,
en el año 1763, el español Felipe de Villegas y Córdoba propuso al Virrey José
Alfonso Pizarro Márquez del Villar la construcción de un camino que uniera
Rionegro con la capital virreinal Santafé. Para lo cual solicitó la cesión de
los terrenos que se encontraban en el camino que se dirigía a Popayán y estaban
limitados por los ríos Arma y Buey, para descubrir, poblar, y en
contraprestación, construir un camino que de Medellín llevara a Mariquita. Los
terrenos se extendían en una longitud de cerca de cuarenta kilómetros al sur de
Medellín, en dirección de los ríos Arma y Buey.
Los
colonos de Sonsón fueron presionados por estas concesiones y debieron continuar
su marcha por las vertientes del sur en búsqueda de tierras disponibles,
llegando a los territorios de Abejorral y Sonsón. Terrenos en donde se ubicaban
los poblados de Pascua y Puebloblanco, habitados por los indígenas Armas.
LA DE
ARÁNZAZU,
más al sur, se concedió una extensión superficial de cerca de doscientos
cuarenta kilómetros cuadrados a José María de Aránzazu, español que ejerció
como presidente de Colombia por encargo entre 1841 y 1842, durante el gobierno
de Pedro Alcántara Herrán; territorio que abarcaba desde el Arma hasta el
Chinchiná, entre el Cauca y la Cordillera Central, encajados entre los ríos
Pozo y Chinchiná; sur del río Pácora y los ríos Pozo y San Lorenzo.
Esta
concesión ocasionó uno de los conflictos agrarios más graves del país, ya que
los herederos, por intermedio de matones a sueldo, asesinaban a los colonos y
quemaban sus ranchos y cosechas, además de impedirles el asentamiento en
predios de los actuales municipios de Marulanda, Aránzazu, Neira, Filadelfia y
Manizales.
Fermín
López, reconocido gestor de la colonización, que primero se radicó en un sitio
llamado Sabanalarga, hoy Salamina, luego se trasladó a los territorios en donde
se empezó a fundar Manizales, en terrenos de la concesión Villegas, y luego, en
el año de 1853, fundó Santa Rosa de Cabal.
LA
BURILA: UN LEGADO DE DESPOJO Y OPRESIÓN EN EL QUINDÍO.
LA
BURILA, vocablo indígena derivado de una tribu de los Pijaos (Bulirás).
Concesión equivalente a la mitad del sur del Quindío y la mitad del norte del
Valle del Cauca.
La
Concesión Burila, un nombre que evoca recuerdos de injusticia y despojo en la
región del Quindío. En 1884, un grupo de poderosos empresarios, entre ellos los
hermanos Caicedo, el General Eliseo Payán y el General Miguel Hurtado, fundaron
la Sociedad Anónima Burila con el objetivo de explotar las riquezas naturales
de la región.
La
Sociedad Anónima Burila estaba compuesta por 100 accionistas, todos ellos
insignes representantes y administradores de la política y la de justicia de la
época en emnción, entre ellos:
Hermanos
Caicedo (socios mayoritarios)
Lisandro
Caicedo
Belisario
Caicedo
General
Eliseo Payán
General
Miguel Hurtado
Federico
Restrepo
Manuel
M. Castro
Primitivo
Valencia
Joaquín
de Caicedo Caicedo
Juan
de Dios Ulloa
Rafael
Reyes
Eustaquio
Palacios
Belisario
Zamorano
Julio
Bertin
Belisario
Buenaventura
C. H.
Simmons
Elías
Reyes
Fortunato
Cabal
José
M. Rivera Garrido
José
M. Domínguez
Manuel
A. Sanclemente
Manuel
M. Sanclemente
Banco
Industrial de Manizales
Banco
del Estado del Cauca de Popayán
Estos
accionistas, con su influencia política y económica, lograron apoderarse de una
gran cantidad de tierras de la región, el cual abarcaba más de 125.000
hectáreas de los municipios de Zarzal, Sevilla, Caicedonia, Génova,
Pijao, Buenavista, Córdoba, Calarcá y Armenia.
El
objetivo principal de la Sociedad Burila era explotar las minas, salinas y
carboneras de la región, así como colonizar y desarrollar la zona. Sin embargo,
esto se hizo a costa de los colonos que habían ocupado y trabajado la tierra
durante años y posterior al acoso, persecución y despojo de la tierra que
ocupaban fueron despojados con la complicidad y respaldo de las
autoridades de la época.
Los
colonos, que habían llegado la Hoya del Quindío, huyendo de las guerras
civiles, y en done establecieron sus mejoras agrarias, buscando nuevas
oportunidades, se encontraron con que la Sociedad Burila, que les reclamaba la
propiedad de la tierra, respaldada por títulos sospechosos de la corona
española.
La
Sociedad Burila utilizó su influencia política y económica para despojar a los
colonos de sus tierras, utilizando métodos violentos y coercitivos. Los
colonos, que no tenían los recursos ni la influencia para defenderse, se vieron
obligados a abandonar sus tierras o a trabajar para la Sociedad Anónima Burila
en condiciones de explotación.
En
1912, el Ministerio de Obras Públicas de Colombia emitió una resolución que
declaraba que los terrenos de Burila no eran baldíos, sino de propiedad de la
Sociedad Anónima Burila. Esta decisión, que se tomó después de una inspección
ocular realizada por el alcalde del Zarzal, fue un golpe significativo para los
colonos y un triunfo para la Sociedad Anónima Burila.
Conclusión
La
Concesión Burila es un ejemplo de cómo la influencia política y económica puede
ser utilizada para obtener beneficios a expensas de los más débiles. La
historia de la Burila y su lucha por el control de la región es un recordatorio
de la injusticia social y la no proteccion los derechos de los más vulnerables.
ACCIONISTAS
DE LA CONCESIÓN BURILA.
Hermanos
Caicedo (socios mayoritarios)
Lisandro
Caicedo
Belisario
Caicedo
General
Eliseo Payán
General
Miguel Hurtado
Federico
Restrepo
Manuel M.
Castro
Primitivo
Valencia
Joaquín
de Caicedo Caicedo
Juan de
Dios Ulloa
Rafael
Reyes
Eustaquio
Palacios
Belisario
Zamorano
Julio
Bertin
Belisario
Buenaventura
C. H.
Simmons
Elías
Reyes
Fortunato
Cabal
José M.
Rivera Garrido
José M.
Domínguez
Manuel A.
Sanclemente
Manuel M.
Sanclemente
Banco
Industrial de Manizales
Banco del
Estado del Cauca de Popayán
En 1884,
los herederos de José María Caicedo se cedieron los terrenos de las montañas de
Burila a una sociedad constituida en Manizales. La formaban cien accionistas
manizaleños, bugueños y pereiranos, de reconocida influencia económica y
política.
Distribución
Accionaria de los Socios de la Burila
La
distribución accionaria de los socios de la Burila se estableció de la
siguiente manera:
·
El
capital inicial se conformó con los terrenos mencionados, dividiéndose en 1.000
acciones de 200 fanegadas a 100 pesos cada una.
·
Cada
acción daba el derecho a un lote de terreno de 100 fanegadas con dominio
exclusivo.
·
De
las 1.000 acciones, 400 fueron reservadas por los señores Caicedo, sin costo
alguno, como parte del terreno que ellos cedían.
·
Las
600 acciones restantes se distribuyeron entre los demás socios.
Objetivos
de la Burila
Los
objetivos de la Burila eran:
·
Explotar
minas, salinas y carboneras existentes en los terrenos cedidos por los señores
Lisandro y Belisario Caicedo.
·
Colonizar
y desarrollar la región, reservando 4.000 fanegadas para establecer una ciudad
(Caicedonia) en un lugar estratégico, cerca de la confluencia de los ríos
Barragán y Quindío.
·
Aprovechar
la ubicación geográfica de la región para establecer rutas comerciales y de
transporte, ya que se preveía el cruce de tres caminos importantes en el área.
Las
motivaciones de los accionistas de la Burila fueron:
·
Consolidar el dominio y provecho del territorio: Los accionistas de la
Burila buscaban establecer un control total sobre la región, aprovechando su
conocimiento de la zona y su influencia política y económica.
·
Aprovechar la ubicación estratégica: La Burila se enteró
de que por los terrenos pasaría un camino y se proyectaba la línea del tren, lo
que aumentaría el valor de la tierra y la haría más atractiva para la
inversión.
·
Reclamar la propiedad de las tierras: La Burila comenzó a
reclamar la propiedad de las tierras previamente adjudicadas a colonos, lo que
generó un conflicto con los colonos que habían ocupado y trabajado la tierra
durante años.
·
Explotar los recursos naturales: La Burila buscaba
explotar los recursos naturales de la región, incluyendo la madera, la leña y
otros materiales necesarios para el establecimiento y laboreo de las minas,
salinas y carboneras.
·
En
resumen, las motivaciones de los accionistas de la Burila eran fundamentalmente
económicas y se centraban en la explotación de los recursos naturales y la
especulación con la tierra, lo que los llevó a entrar en conflicto con los
colonos que habían ocupado y trabajado la tierra.}
La
propiedad de esta compañía era un paralelogramo de 125 mil hectáreas entre
Bugalagrande y el páramo del Quindío que incluía los municipios de Zarzal,
Sevilla, Caicedonia (Valle), Génova, Pijao, Buenavista, Córdoba, Calarcá y
Armenia (Quindío), compañía formalizada por escritura pública número 693 de 25
de noviembre de 1884, otorgada en la notaría de Manizales y constituida por
cien accionistas de reconocida influencia económica y política de Cauca y
Caldas.
Esta
compañía despojó a cincuenta mil colonos pobres, cuya única riqueza y poderío
eran su trabajo y deseos de establecer su núcleo familiar lejos de la
influencia de las guerras de fin de siglo XIX, para poder vivir en paz.
En medio
de estos conflictos fueron fundadas Armenia (1889), Montenegro (1890), Pijao
(1891), Génova (1903), Quimbaya (1914), Sevilla y Caicedonia como estrategia de
los colonos para luchar contra la Burila. Establecidos como poblados debían
recibir las 12.000 hectáreas que estipulaban las leyes.
La
legalidad de estos despojos de tierras se fundamentó en "títulos
fingidos”, que supuestamente fueron emanados por merced real de la corona
española. Así fue como los territorios del sur de Antioquía, de Risaralda,
Quindío, norte del Tolima, y del Valle del Cauca, fueron ocupados y apropiados
respaldados por títulos realengos de dudosa legitimidad.
El
territorio de la denominada “Hoya del Quindío”, la concesión de tierras
denomina “Burila” se apodero de la mayor parte del territorio.
En 1842,
la “Hoya del Quindío” estaba ocupada por animales de todos los pelambres,
espesos guadales y colosales árboles, serpientes, bichos y otras formas de
vida. Territorio de profusa biodiversidad nunca antes vista, agua en
abundancia, terrenos impolutos y fecundos, donde nacían las semillas sin
necesidad de arar, solo se desbrozaba, quemaba, surcaba y sembraba.
Colonizadores
oriundos de disímiles comarcas, evadiendo las reyertas civiles de fin de siglo
XIX, buscando nuevas oportunidades se aventuraron por el camino del Quindío y
plantaron sus reales en Boquía. De aquí se extendió el poblamiento a Salento,
Filandia, Circasia, Calarcá, Armenia, Pijao, Génova y Quimbaya.
Las
tierras no tenían dueño, eran baldías, estaban en pura montaña, se rumoraba la
abundancia de oro de guacas (todo el que daba un azadonazo obtenía grandes
tesoros) y minas de veta y aluvión.
En un
principio, los colonos vivieron en paz con sus familias, pero pronto llegaron
los malos días y las desgracias causadas por los poderosos tentáculos de una
nefasta empresa que borró por completo la felicidad primera de tan agraciado
edén.
La
anarquía económica, política y administrativa motivada por tres guerras civiles
(1876, 1885 y la de los “Mil Días”), dio inicio a un proceso de distribución,
adjudicación y apropiación de tierras baldías, presentándose litigios terciados
por políticos y mineros caucanos, quienes a través de las élites manizaleñas se
aprovecharon de las necesidades y del trabajo de los colonos recién asentados,
constituyeron la Sociedad Anónima Burila en el año 1884.
BURILA,
vocablo indígena derivado de una tribu de los Pijaos (Bulirás), fue el nombre
asumido de la sociedad constituida por el señor Lisandro Caicedo y formalizada
por escritura pública número 693 de 25 de noviembre de 1884, otorgada en la
notaría de Manizales y constituida por cien accionistas de reconocida
influencia económica y política de Cauca y Caldas.
A
continuación, algunos aspectos referentes:
·
1884:
La Sociedad Anónima Burila se constituye con el objetivo de explotar minas,
salinas y carboneras en los terrenos cedidos por los señores Lisandro y
Belisario Caicedo.
·
1884-1906:
Los representantes legales de Burila, Marcelino y José Miguel Arango, padre e
hijo, se hacen propietarios de terrenos en la región y comienzan a despojar a
los colonos de sus tierras.
·
1884-1912:
Los colonos son objeto de intimidación, despojo y violencia por parte de los
esbirros de Burila, quienes queman sus ranchos y cultivos, y los obligan a
desocupar o pagar onerosos precios por la tierra.
·
1900:
Don Catarino Cardona, maestro de escuela y tinterillo, se convierte en el
adalid en la defensa de los colonos y redacta un memorial dirigido al gobierno
central, que firman treinta mil colonos, en el que se pide la anulación del
acto administrativo por medio del cual se reconoce a Burila como la única dueña
del territorio.
·
1912:
El Ministerio de Obras Públicas revoca todos los derechos sobre los terrenos de
Burila.
·
1930:
El ministro Juan
Antonio Montalvo decide poner fin al asunto, mediante resolución del
26 de febrero, en la cual pone en pie de igualdad a colonos y Compañía.
EL
GOBIERNO LEGISLÓ EN FAVOR DE LA SOCIEDAD DE BURILA
En
diciembre de 1912, el Ministerio de Obras Públicas de Colombia emitió una
resolución declarando que los terrenos de Burila, ubicados en los municipios de
Calarcá, Zarzal y Bugalagrande, no eran baldíos, sino de propiedad de la
Sociedad de Burila.
Decisión
que se tomó después de una inspección ocular realizada por el alcalde del
Zarzal, quien dijo haber comprobado que los terrenos estaban dentro de los
linderos de la Sociedad de Burila. La resolución también ordenó a las
autoridades respectivas dar la debida protección legal a la Sociedad de Burila
y abstenerse de perjudicar sus derechos.
Esta
decisión fue un golpe significativo para los colonos que habían ocupado y
trabajado la tierra durante años, ya que les negaba el derecho a la propiedad
de la tierra que habían desbrozado y cultivado. La resolución también sentó un
precedente para la explotación de los recursos naturales de la región por parte
de empresas privadas.
La
Sociedad de Burila, que había sido fundada en 1884, había estado luchando por
el control de la región y había utilizado su influencia política y económica
para lograr sus objetivos. La resolución del Ministerio de Obras Públicas fue
un triunfo para la Sociedad de Burila y un revés para los colonos y los
defensores de la reforma agraria.
La
historia de la Sociedad de Burila y su lucha por el control de la región es un
ejemplo de cómo la influencia política y económica puede ser utilizada para
obtener beneficios a expensas de los más débiles. La resolución del Ministerio
de Obras Públicas es un recordatorio de la importancia de la justicia social y
la necesidad de proteger los derechos de los más vulnerables.
La acción
de los propietarios y administradores de la Concesión Burila se caracterizó por
la violencia, la intimidación y el despojo de tierras a los colonos, lo que
generó un conflicto sangriento que duró décadas.
Burila, desasosiego
e intimidación en la colonización de la “Hoya del Quindío”.
En 1842
la “Hoya del Quindío” estaba ocupada por animales de todos los pelambres,
espesos guadales y colosales árboles, serpientes, bichos y otras formas de
vida. Territorio de profusa biodiversidad nunca antes vista, agua
en abundancia, terrenos impolutos y fecundos, donde nacían las semillas sin
necesidad de arar, solo se desbrozaba quemaba, surcaba y sembraba.
Colonizadores
oriundos de disímiles comarcas, evadiendo las reyertas civiles de fin de siglo
XIX, buscando nuevas oportunidades se aventuraron por el camino del Quindío y
plantaron sus reales en Boquía.
De aquí se extendió el poblamiento a Salento, Filandia, Circasia, Calarcá,
Armenia, Pijao, Génova y Quimbaya.
Las
tierras no tenían dueño, eran baldías, estaban en pura montaña, se rumoraba la
abundancia de oro de guacas (Todo el que daba un azadonazo obtenía grandes
tesoros) y minas de veta y aluvión.
En un
principio los colonos vivieron en paz con sus familias, pero pronto llegaron
los malos días y las desgracias causadas por los poderosos tentáculos de una
nefasta empresa que borro por completo la felicidad primera de tan agraciado
edén.
La
anarquía económica, política y administrativa motivada por tres guerras
civiles (1876, 1885 y la de los “Mil Días"), da inicio a un proceso
de distribución, adjudicación y apropiación de tierras baldías,
presentándose litigios terciados por políticos y mineros caucanos, quienes a
través de las élites manizaleñas se aprovecharon de las necesidades y del
trabajo de los colonos recién asentados, constituyen la Sociedad
Anónima Burila en el año 1884.
BURILA,
vocablo indígena derivado de una tribu de los Pijaos (Bulirás),
fue el nombre asumido de la sociedad constituida por el señor Lisandro
Caicedo y formalizada por escritura pública número 693 de 25 de
noviembre de 1884, otorgada en la notaría de Manizales y constituida por cien
accionistas de reconocida influencia económica y política de Cauca y Caldas.
El objeto
empresarial se fundamentaba en la explotación de minas, salinas y carboneras
existentes en los terrenos cedidos por los señores Lisandro y Belisario
Caicedo a la Compañía, quienes aseveraban que el área era de
doscientas mil fanegadas.
Con
artificio e ingenio, presumiendo de ánimo colonizador, la Burila se reserva
cuatro mil fanegadas, ubicadas en el lugar con las mejores condiciones de
salubridad, clima y topografía, donde se preveía el cruce de tres caminos, el
del Tolima por Anaime, el del Valle del Cauca por La Paila y la de Antioquía
por Circasia, que desembocaban en el valle de Maravelez, en inmediaciones de la
confluencia de los ríos Barragán y Quindío, donde ya unidos forman el río de La
Vieja y en sus contornos se demarcaría el área para una ciudad (Caicedonia), de
conformidad a las indicaciones y planos que aportaría la compañía.
Todo
estaba calculado para consolidar el dominio y provecho del territorio. De
primera mano Burila tenía el conocimiento de que por dichos terrenos se
proyectaba la línea del ferrocarril, que colocaría en comunicación al Cauca con
el Tolima por Anaime, y que atravesaría de occidente a oriente una extensión de
más de diez leguas en los terrenos de la Burila. Pretensión que se complementó
inmediatamente tramitando ante el gobierno de época, una solicitud de
privilegio exclusivo, en los terrenos por donde se planeaba la vía.
La
sociedad espero un largo tiempo mientras la montaña cedía al golpe de las
hachas de los colonos que descuajaban la selva y después entrar a ejecutar
actos de dueño, amparada en dudosos títulos y deslindes arbitrarios. Trama que
generó desasosiego, intimidación, malestar e incertidumbre en los colonizadores
rasos, por el poderío de esta infausta empresa que extendió sus tentáculos en
territorios de Quindío y norte del Valle.
Los
accionistas y representantes legales sustentaban un perfil político y
socioeconómico de adalides de la patria, tal como: Manuel
Antonio Sanclemente, Eliseo
Payán, Rafael
Reyes y Ezequiel Hurtado (expresidentes de la República); los
presbíteros Rafael Aguilera y Juan N. Parra; señores Lucio A. Pombo, José
Miguel, Marcelino, Silverio y Gabriel Arango, Juan de Dios Ulloa, Eduardo
Holguín, Manuel María Castro, Eustaquio Palacios, Fortunato, José María y
Narciso Cabal, Belisario Zamorano, Manuel U. Carvajal, Emidio Palau, C. H.
Simonds, Elías Reyes, Leopoldo Triana, Alejandro y Juan de Jesús Gutiérrez ,
Manuel María Sanclemente, Norberto J. Gómez; el Banco Industrial de Manizales,
y el Banco del Cauca.
Desde
1884 representaron la Burila, Marcelino y José Miguel Arango, padre e hijo,
quienes durante los últimos tiempos de la guerra de 1900 y años siguientes
hasta 1906, se hicieron propietarios de terrenos denominados: Maravelez, Pijao,
Buenos Aires, Ceilán, La Palmera, El Gigante, Italia, Altamira, Cuba, Arcadia,
y otros más.
¿Qué se
podía esperar de estos “prohombres”, representantes de los poderes religiosos,
políticos y económicos, ante las justas reclamaciones de posesión y derecho de
baldíos ocupados por desarrapados e ignorantes colonos?
Los
mercaderes de tierras despojaron a cincuenta mil colonos pobres, cuya única
riqueza y poderío eran su trabajo y deseos de establecer su núcleo familiar
lejos de la influencia de las guerras de fin de siglo XIX, para poder vivir en
paz.
El
proceder de Burila fue rapaz, brutal e inhumano, igual o peor que el de sus
similares Aránzazu y Villegas, caracterizado por el despojo a colonos pobres en
la región del sur del estado soberano de Antioquía.
Los
esbirros de la Burila se hicieron famosos en los recién fundados caseríos de
Calarcá y Armenia por su arbitrariedad y agresividad. Cumpliendo órdenes de los
accionistas, y en complicidad con las autoridades judiciales y de policía,
despojaron con apariencia legal a los colonos. A los que se oponían les
quemaban sus ranchos y cultivos, obligando a desocupar o pagar onerosos
precios por la tierra que con sacrificio habían desbrozado.
Secuaces,
sin expresión humana alguna, violentos, crueles, quienes en asocio de
bravucones agrimensores de Burila, emprendieron a toda clase de bellaquerías y
atropellos en contra de los poseedores de las mejoras en litigio.
Forasteros
camorristas merodeaban las parcelas en líos con Burila, resguardados bajo
grandes ruanas, aparecían por todas partes, miraban todo, no decían nada,
solamente escuchaban. Su misión, acosar a los colonos para que desocuparan sus
predios. Por las noches se dedicaban a destruir cercados, baldaban los ganados,
destruían sementeras, incendiaban las casas de los colonos. Todo
encaminado a dar termino a los largos y constantes pleitos a través del terror.
Se sospechaba, pero no se atrevían a señalar abiertamente a los responsables de
los atropellos, por miedo a la represalia.
Las
autoridades locales lideradas con los socios de la Burila, se hacían los
de la oreja mocha. Muchas autoridades estaban compradas por los
representantes de la burila, a quienes pagaban su complicidad sufragando deudas
de juegos de azar a los jueces y corregidores, que perdieron la plata de los
depósitos judiciales en dichos juegos.
Agrimensores
de La Burila, cortejados de autoridades judiciales y alguaciles, previo boleto
por parte de los bravucones de la Burila, borrachos y agresivos se dirigían a
las mejoras de los colonos para hacer efectivas las diligencias de lanzamiento. Con
engaños procesaban a los colonos, bajo el argumento de que no tenían derechos,
al no contar con los títulos de propiedad. Sin más preámbulos, se
procedía al lanzamiento. Muchos sucumbieron y entregaron sus mejoras sin
luchar, convirtiéndose en jornaleros o el éxodo silencioso en espera de
cualquier cosa.
Don
Catarino Cardona, maestro de escuela y tinterillo, fue el adalid en la
defensa de los colonos. Ante la contundencia y efectividad de su acción legal y
para impedir su actuar, certificaron falsamente que sufría de lepra, para poder
recluirlo en Agua de Dios, en donde al término de un año y gracias a su
experticia legal, logro salir para seguir la defensa de los colonos.
Redacto
un memorial dirigido al gobierno central, que firmaron treinta mil colonos, en
el que se pedía la anulación del acto administrativo por medio del cual se
reconocía a Burila como la única dueña del territorio. Sólo en 1930 después de
un largo y sangriento conflicto el ministro Juan Antonio Montalvo decide poner
fin al asunto, mediante resolución del 26 de febrero, en la cual pone en pie de
igualdad a colonos y Compañía:
El 12 de
diciembre de 1912, el Ministerio de Obras Públicas, revocó todos los derechos
sobre los terrenos de Burila. Los colonos cultivadores de la región a que se
refiere la providencia pudieron solicitar, de acuerdo con el Código Fiscal y
con las leyes, la adjudicación de sus mejoras.
Álvaro
Hernando Camargo
Bonilla.
- Despojo de tierras a 50.000 colonos
- Quema de ranchos y cultivos
- Intimidación y violencia contra los colonos
- Uso de agrimensores y autoridades judiciales para legitimar el despojo