viernes, 7 de abril de 2023

HISTORICAS ERUPCI9ONES DEL VOLCÁN “CUMANDAY”, HOY "DEL RUIZ".


 




HISTORICAS ERUPCIONES DEL VOLCÁN NEVADO DEL RUIZ.

En Colombia existen 30 volcanes, que en su mayoría situados en la codillera Central. Uno de ellos, el Volcán Nevado del Ruiz, conocido en la época precolombina como “Cumandáy”, hoy "del Ruiz", seguramente en honor a un ibérico que residió en Ibagué, de nombre Alfonso Ruiz de Sahajosa.

La historia colombiana ha registrado 3 erupciones del volcán nevado del Ruiz.

Estos fenómenos han sucedido en intervalo de tiempo 428 años. Una primera, ocurrida el 12 de marzo de 1595; la segunda, sucedida el 19 de febrero de 1845 y la tercera, la más reciente, el 13 de noviembre de 1985, que devastó a Armero y ocasiono gran daño y crecido número de muertos en otras ciudades, como Villamaría y Chinchiná. Estas catástrofes han afectado principalmente el territorio de Armero Tolima, en donde las erupciones han causado el mayor daño y muerte de más de 25.000 personas.

Su accionar geológico ya había originado pasadas avalanchas devastadoras, entre ellas, la del 12 de marzo de 1595, en plena época Colonial, y más tarde, la sucedida en el año1845 y la última, en 1985.

La ocurrida el 12 de marzo de 1595, narrada por Fray Pedro Simón, quien describe como los ríos Lagunilla y Gualí causaron avalanchas monumentales compuestas de mazas de fango que dejaron infecundas la tierra durante largo tiempo.

Narra que, al occidente de Mariquita, aproximadamente a 48 kilómetros de distancia, a lo alto de la denominada mesa de Herveo, situada la cordillera de los Andes, se divisaba un altísimo volcán, cubierto de nieve y que solo en tiempo despejado se podía de ver, gracias a su penacho permanentemente cubierto de nieve, y del que de su cumbre, se veía emerger perennemente una monumental estela de humo, y que en las más oscuras noches resplandecían las emisiones de piedra pómez, azufre y arena menuda que se depositaban a muchas leguas de distancia de sus contornos, en especial a la parte de Mariquita.

SE CUBRIÓ LA TIERRA DE CENIZAS.

Con los estallidos, comenzó la emisión de gigantes columnas de humo y cenizas volcánicas de piedra pómez, tan menuda como arena, que fue acrecentándose poco a poco, hasta ser como menudo granizo, y que hacía atronador sonido sobre los tejados. Fenómeno que duró aproximadamente dos horas, después tornó a oscurecerse con un nubarrón tan espeso que no se podía leer una carta, con ser casi medio día, prosiguiendo siempre la lluvia de cenizas y piedra pómez hasta las dos de la tarde, queddando el horizonte como día nublado. En toda la noche, no paraba la lluvia de ceniza, de suerte que, a la mañana siguiente, estaba toda la tierra cubierta do más de una cuarta (25 cts.) de piedra pómez y ceniza, húmeda y pegajosa, que se pegaba a donde quiera que caía; y al otro día, la tierra se percibía deslucida y triste, cubiertos de ceniza, árboles y plantas, sembrados, casas y todo lo demás, que parecía el día del juicio final.

Los ganados bramaban por no hallar qué comer; las vacas no daban leche a sus becerros; las legumbres de las huertas quedaron cubiertas de arena, así,  como toda las montañas y arboledas, que a la vista, se presentaban cubiertas de ceniza. Fenómeno que se extendió hasta la población de Toro, que está de Cartago a una distancia de 28  leguas, que con las ocho que hay del volcán a Cartago, sumaban más de 36. La ceniza voló hasta la ciudad de Toro, causando gran daño a las plantaciones de maíz, que fueran devastadas por el fenómeno.

Los ríos y quebradas corrían espesos, de suerte que los peces huían de una parte a otra sin saber a dónde; muchos saltaban a tierra buscando socorro contra el raudal de cenizas.

La población de Cartago acudió a Dios; en procesiones, y plegarias piadosas, que surtieron efecto, presentándose abundantes aguaceros, el jueves y viernes santos, lluvias que lavaron todos los árboles y campiñas, dejándola libre de cenizas.

Algunos caminantes que viajaban de Mariquita a Cartago, tres días antes sintieron  fuertes temblores y rugidos de la tierra, y el sábado en la noche, antes del domingo que llovió esta ceniza, vieron estos españoles que arrojaba el volcán gran número de piedras pómez, tan grandes como huevos de avestruz; de allí para abajo hasta grueso de huevos de paloma, tan encendidos y chispeando, como sale el hierro de la fragua, que parecían estrellas erráticas; daban algunas sobre ellos y sobre sus caballos, que los inquietaba mucho. La parte de este cerro, que mira al Oriente, a la ciudad de Mariquita, por una pequeña ensenada, salía tanta agua que hizo una abertura de más de trescientos pasos en ancho, y de doscientos estados en hondo (de suerte que se hubo de echar el camino real que iba por allí, por otra parte), y por la que salía la poca agua comenzó a salir tanta como grueso de dos bueyes, que dura hasta hoy, con que creció en aguas el río de Gualí, que es el que riega los cimientos de la ciudad do Mariquita; el cual y otro su compañero, que corre al sur, que llaman el de la Lagunilla, y se originan ambos de la nieve que se

derrite de este cerro, corrían tan cuajados de ceniza que más parecía mazamorra

de cernada que agua. Salieron ambos de madre; dejando la tierra por donde derramaron tan quemada, que en muchos años después no producía la tierra ni aun pequeñas hierbas; los pescados de ambos ríos, que por ser muy grandes tienen muchos, no pudiendo huir de la tempestad encenizada que los traía antecogidos, perecían entre aquel barro cenizoso, que llegando así ambos ríos al de la Magdalena, donde entran, no dejaron de turbarle algo sus aguas, aunque son tantas.

Paréceme podemos conjeturar en el suceso de este volcán lo mismo que dijimos en nuestra segunda parte del de la Grita, que hizo volar aquel cerro en el Valle de los Bailadores, porque según vemos en el reventar tanta agua en este de Cartago, debió de ser que ella venía por una gran caverna, desmandada de otra parte por aquella cordillera abajo, y llegando a aquel volcán que allá en las entrañas está ardiendo, como se conoce en el fuego y humo que echa de cuándo en cuándo, con la contradicción del agua y fuego le hizo vomitar aquella ceniza y piedra pómez por donde pudo (al modo que se levanta la ceniza cuando se le echa agua al fuego), y reventando ella por la parte más flaca, vino a salir aquel borbotón de agua tan grande y a durar sin cesar, por durar el origen de donde viene

 

Antaño reventó el volcán, evento que se vio y oyó el domingo 12 marzo del año 1595.  Ese día se sintieron tres estruendos sordos, como disparos de mortero, tan estridentes que se escucharon en un contorno de más de treinta leguas. Las detonaciones causaron avalanchas de los ríos Gualí, que cruza por Mariquita, y el Lagunilla, ubicado a cinco leguas de Ibagué, a causa del derretimiento de la nieve a causa de la incandescencia de los flujos piroclásticos y lava, expulsados por el volcán, materiales que abrieron un boquete de más de media legua de ancho, dejando al descubierto mucha piedra, arena y profuso olor a azufre en su camino.

El candente magma produjo el deshielo de la nieve, arrastró enormes cantidades de rocas, tierra y árboles, que, sin detenerse, fueron arrastrados con tal impulso, para luego represarse, lo que generó una asombrosa avalancha que parecía, una gigantesca ola de ceniza y tierra, con un fétido olor a azufre que no se podía soportar desde muy lejos. Por los dos ríos, siendo más notable la creciente del río Lagunilla que la del Gualí, se desplegaron las avalanchas, todos los peces murieron. Fue tanta la furia, que, desde sus nacimientos en la cima, hasta su desembocadura en el río Magdalena, arrastraron inmensas rocas, de tamaño descomunal, que quedaron desplegadas por la sabana, por más de media legua de distancia.

Las avalanchas arrastraron todos los ganados que encontraron a su paso, en un espacio de más de cuatro leguas; avalancha que se extendió hasta entrar a las aguas del rio Magdalena, incendiando de tal manera las tierras por donde pasaba, y que solo hasta pasado un tiempo considerable, no había vuelto a retoñar sino algunas hierbas y espartillos.

Veamos la descripción de suceso contenido en las crónicas de las Conquistas de tierra firme en las indias occidentales. por fray pedro simón, narrada en el texto denominado: “Noticias de las conquistas de tierra firme”, de su autoría, quien narró este acontecimiento así:

 

“Pero no podré excusar tratar algunas otras cosas que ellos no han tratado y de su volcán y lo que con él sucedió el año de mil y quinientos y noventa y cinco (1595), a doce (12) de marzo, domingo de Lázaro, que llamamos en la cuaresma. A la parte oriental de esta ciudad, siete u ocho leguas van corriendo Norte Sur la gran cordillera de los Andes, de quien tantos han tratado; la cual por esta parte y por la que mira al Oriente, que da vista al Valle de Neiva, por donde corre el Río de la Magdalena, hace espaldas a las grandes Provincias de los Pijaos; y por la que mira al Occidente las hace también a las Provincias de los Putimaes; gente los unos y los otros confederados por la igualdad que tienen en alterados ánimos, guerreros bríos y voraces hambrea de carne humana; un pedazo de esta cordillera, que es de más levantadas cumbres y de distancia de más de cuarenta leguas (según me ha parecido siempre que la he visto de lejos), está toda nevada, sin que en toda la vida se descubra, antes cayendo siempre una sobre otra, debe de ser mucha la que hay al principio de esta región nevada, que corre Norte Sur; tomándola por la parte del Norte, levanta una teta o peñol redondo y tan alto, que de casi todas las partes, que lo son en este Nuevo Peino, se descubre siempre que el tiempo está despabilado y de buen brusco, por estar tan empinado y todo él cubierto de nieve, fuera de lo último de su cumbre, que la derrite la fuerza del calor» fuego y humo que sale a las veces por la boca que tiene abierta, en que se remata su punta, que a las voces suele ser de manera que, de noche, bien a lo largo de él, a su pie y faldas, que ya no están nevadas, se puede leer una carta.

Bajará en redondo ocho leguas, y distará de la ciudad de Cartago diez y siete, por donde va el camino, aunque por el aire se pueden quitar las diez.

2.° Sucedió, pues, que el día, mes y año dichos, habiendo salido el sol muy claro y despabilado, a dos horas de su luz, que sería como a las ocho, salió de este volcán un tan valiente, ronco y extraordinario trueno, y tras él otros tres no tan recios, que se oyeron en distancia da más de cuarenta leguas en su circunferencia, y mucho más á la parte que soplaba el viento; tras los cuales comenzaron a salir tan crecidos borbollones de ceniza orizente (?) una noche muy

oscura de tempestad y sin luna, y comenzó a caer envuelta con piedra pómez, tan menuda como arena, que fue acrecentándose poco a poco, hasta ser como menudo granizo, y que hacía el mismo ruido que en los tejados. Duró esto como dos horas, habiéndose aclarado algo el aire, hasta que después de ellas tornó a oscurecerse con un nubarrón tan espeso que no se podía leer una carta, con ser casi medio día, prosiguiendo siempre el llover la ceniza y piedra pómez hasta las dos del día, con aquella oscuridad, ponqué aclarando entonces, quedó el horizonte como día nublado. No cesó de llover de esta ceniza en toda la noche, de suerte que a la mañana estaba toda la tierra cubierta do más de una cuarta de piedra pómez y ceniza, que bajando pegajosa con la humedad que debía de tener el volcán de donde salía, se pegaba mucho a donde quiera que caía; y así se descubrió al otro día la tierra tan triste y melancólica, cubierta de ceniza, árboles y plantas, sembrados, casas y todo lo demás, que parecía un día de juicio. Los ganados bramaban por no hallar qué comer; las vacas no daban leche a sus becerros; las legumbres de las huertas no se parecían, y como por la mayor parte es toda esta tierra de montañas y arboledas, que todo el año están frescas, verdes y alegres a la vista, se acrecentaba la melancolía de verlas hechas montes y árboles de ceniza, que se extendió tanto hacia la parte del Occidente, adonde debiera de correr el viento, que llegó hasta la ciudad de Toro, que está de la de Cartago veintiocho leguas, que con las ocho que hay de volcán a la ciudad de Cartago, vienen a ser más de treinta y seis las que voló, con gran daño de esta ciudad de Toro, pues acertando a estar tiernos los maíces, todos los derribó.

3.° Los ríos y quebradas corrían espesos, de suerte que los peces que tenían huían de un parto y otra sin saber a dónde; muchos de ellos saltaban a tierra buscando socorro contra el raudal de la ceniza. Acudió al del cielo la ciudad de Cartago con procesiones, sacrificios y otras plegarias a Dios, que fue servido con su acostumbrada piedad usarla en esta ocasión, enviando tan abundantes aguaceros, jueves y viernes siguientes, que lavaron todos los árboles y tierra, dejándola alegre y regada, de que estaba harto necesitada, por estar muy seca antes quo sucediera esta tempestad. La cual conocieron algunos caminantes que yendo de la ciudad de Mariquita a Cartago, tres días antes tuvieron tan grandes temblores y bramidos de tierra, que entendieron perecer, y el sábado en la noche, antes del domingo que llovió esta ceniza, vieron estos españoles que arrojaba el volcán gran número de piedras pómez, tan grandes como huevos de avestruz; de allí para abajo hasta grueso de huevos de paloma, tan encendidos y chispeando, como sale el hierro de la fragua, que parecían estrellas erráticas; daban algunas sobre ellos y sobre sus caballos, que no los inquietaban poco. La parte que este cerro mira al Oriente, que es la de la ciudad de Mariquita, por una pequeña abra, por donde salía tanta agua como una naranja, reventó con tan gran fuerza que hizo una abertura de más de trescientos pasos en ancho, y de doscientos estados en hondo (de suerte que se hubo de echar el camino real que iba por allí, por otra parte), y por la que salía la poca agua comenzó a salir tanta como grueso de dos bueyes, que dura hasta hoy, con que creció en aguas el río de Gualí, que es el que riega los cimientos de la ciudad do Mariquita; el cual y otro su compañero, que corre al sur, que llaman el de la Lagunilla, y se originan ambos de la nieve que se

derrite de este cerro, corrían tan cuajados de ceniza que más parecía mazamorra

de cernada que agua. Salieron ambos de madre; dejando la tierra por donde derramaron tan quemada, que en muchos años después no producía la tierra ni aun pequeñas hierbas; los pescados de ambos ríos, que por ser muy grandes tienen muchos, no pudiendo huir de la tempestad encenizada que los traía antecogidos, perecían entre aquel barro cenizoso, que llegando así ambos ríos al de la Magdalena, donde entran, no dejaron de turbarle algo sus aguas, aunque son tantas.

Paréceme podemos conjeturar en el suceso de este volcán lo mismo que dijimos en nuestra segunda parte del de la Grita, que hizo volar aquel cerro en el Valle de los Bailadores, porque según vemos en el reventar tanta agua en este de Cartago, debió de ser que ella venía por una gran caverna, desmandada de otra parte por aquella cordillera abajo, y llegando a aquel volcán que allá en las entrañas está ardiendo, como se conoce en el fuego y humo que echa de cuándo en cuándo, con la contradicción del agua y fuego le hizo vomitar aquella ceniza y piedra pómez por donde pudo (al modo que se levanta la ceniza cuando se le echa agua al fuego), y reventando ella por la parte más flaca, vino a salir aquel borbotón de agua tan grande y a durar sin cesar, por durar el origen de donde viene .[1]

Erupción,  sucedida el 19 de febrero de 1845.

Ha continuación, la reproducción del texto relativo a la catástrofe del 19 de febrero de 1845, que, guardadas las proporciones y el paso del tiempo con la sucedida el 12 de marzo de 1595 y 13 de noviembre de 1985, permite percibir la magnitud e impacto destructivo de los fenómenos vulcanológicos en el territorio.

República de la Nueva Granada. - Gobernación de la provincia de Mariquita. -Ibagué a 23 de febrero de 1845.

 

“Informe relacionado con la erupción y avalancha del volcán nevado del Ruiz. Presentado por el Gobernador de la Provincia de Mariquita, señor J. Uldarico Leiva, al Secretario de Estado del Despacho de do Interior, de República de la Nueva Granada.

El 19 del presente a las 9 de la mañana se ha experimentado una avenida horrible del rio Lagunilla, que ha inundado más de siete leguas sobre sus márgenes. Innumerables trozos de nieve han rodado por todas partes acompañadas de barro, que, según los datos que se me comunican, no son sino el producto de algún volcán en el páramo de Ruiz en donde tiene su origen el Lagunilla. Los establecimientos más hermosos de aquellos sitios han sido arrasados y las habitaciones destruidas por el agua, quedando en su lugar inmensos barriales que no pueden atravesarse. Las corrientes de Lagunilla tienen represo el Magdalena por dos leguas, según se me informa, habiendo quedado incomunicados con Mariquita y Honda por el interior de la provincia. El pueblo de Guayabal está rodeado perfectamente por el agua y se ignoran las desgracias que hayan ocurrido; solo sé que en Tasajeras han pasado de ciento cincuenta los muertos y que una multitud de infelices aguardan el desenlace de su suerte sobre las copas de los árboles. Tales son las tristes nuevas que por conducto de los alcaldes de Peladeros y Ambalema he sabido, ratificadas por el señor jefe político de Mariquita, cuya comunicación acabo de recibir.

Dentro de una hora marcho para el lugar de la desgracia, con el fin de poder dictar las órdenes que las presencias de los hechos me hagan creer necesarias, y de allí daré a usted. el informe más detallado.

El 23 del pasado anuncié a usted la desgracia ocasionada por el desborde de Lagunilla, y en el mismo día me puse en marcha con el señor. Andrés Caicedo y mi Secretario, llegando a los Peladeros el 24. Allí dicté todas las órdenes que fueron necesarias para liberar a los infelices que aun permanecían aislados y expuestos a una muerte segura. En medio de la tristeza que a cada paso me ofrecía aquel cuadro de desastres, tuve el consuelo de hacer salvar a más de ochenta personas que todavía estaban en medio de fangales impracticables, llenos de heridas, de gusanos i acongojados por la sed y el hambre.

Auxiliado por el Sr. Caicedo i las autoridades políticas del cantón de Mariquita, pude proveer a la subsistencia de más de cuatrocientas personas que destiné a prestar apoyo a los desgraciados, y estos recibieron los pequeños auxilios que en aquellas circunstancias pude darles. Los estropeados fueron entregados a sus parientes, y los que no los tenían se entregaron al cuidado de persona aparente a quien satisfice su trabajo. En la parte del Guayabal varios ciudadanos entre ellos los señores Mateo Viana, Chávez, Barrionuevo, Treffri, Cano y Ortiz prestaron oportunos servicios a los infelices y por su ayuda pudieron salvarse algunos. Su manera de comportarse, es digna de elogio

Según los datos que pude recoger en los días que estuve en Peladeros, pasan de mil las personas que han perecido en seis leguas cuadradas que calculo inundadas, y los capitales perdidos no bajan de medio millón de pesos.

Tristísima es la situación a que fueron reducidos los habitantes de aquel país desventurado. Familias enteras se perdieron sin quedar un solo miembro de ellas. Muchos salvados por la casualidad vieron perecer los suyos, quedando de repente solos en el mundo. Yo vi salvar una niña de dos años, poco menos, que se encontró asida del brazo de su madre que había perecido y estaba sepultada casi en el fango. Otros se han salvado sobre los troncos de los árboles que arrancó de cuajo la avenida, y allí duraron manteniéndose con cañas o plátanos que les arrimó la creciente, pasando algunos días entre las ansias más mortales. Por donde quiera que pasaban los peones encontraban miembros separados de las distintas personas…

 

Soy de usted. Muy obediente servidor

J. Uldarico Leiva.”[2]

TERREMOTOS

" La región conocida como de los nevados del Quindío la conforman siete volcanes: del Ruiz (5.310), Olleta, Cisne, Santa Isabel, Quindío (5.150), Tolima (5.280) y Machín.

Hace aproximadamente ochocientos cincuenta años el Machín localizado a siete kilómetros de Cajamarca y a diez y siete de Ibagué hizo una violenta explosión arrojando lava a cien kilómetros de distancia; según estudios desde hace setecientos años su cráter está cubierto de tierra.

El domingo 12 de marzo de 1595 a las ocho de la mañana el volcán nevado del Ruiz hizo una erupción arrojando cenizas y piedra pómez sobre la región del Quindío, Cartago, Buga y Toro; llegando cenizas hasta la cuenca del río San Juan en el Chocó. Produjo además avalanchas que represaron el río Chinchiná (Río de Oro) y el Lagunilla en la región de Mariquita.

La lluvia de cenizas que cayó durante varias horas cubrió por completo la vegetación lo que impedía que el ganado se alimentara, las huertas se arruinaron, los ríos, quebradas y nacimientos de agua se tornaron de color gris. A esta le siguió un fuerte aguacero durante dos días. Viajeros que iban de Mariquita a Cartago relatan que en lo alto de la cordillera sintieron durante tres días fuertes temblores y bramidos y en la noche del sábado vísperas de la expulsión de ceniza, el volcán lanzaba piedras pómez del tamaño de "huevos de avestruz".

Los indios que habitaban la cuenca del río Chinchiná, conocedores de antiguas avalanchas construían sus bohíos en partes altas y sobre los nos levantaban puentes con guaduas y troncos en forma de altos arcos.

El domingo 9 de marzo de 1687 a las 10 de la noche se escuchó en Santafé de Bogotá durante un cuarto de hora un terrible ruido no pudiéndose localizar el sitio de dónde procedía; las gentes corrían despavoridas hacia las iglesias, hubo rumores de tropas que venían a atacar la ciudad, el presidente Gil de Cabrera y Dávalos fue el primero en prepararse para la defensa reuniendo soldados y voluntarios; otros creían que los cerros tutelares Monserrate y Guadalupe se venían abajo, más tarde se empezó a percibir un fuerte olor a azufre.

Se dieron varias explicaciones sobre el origen del fenómeno siendo la más aceptada que provenía de una erupción del volcán nevado del Ruiz. El padre Cassani sostuvo que el origen había sido en el Perú donde por la misma época ocurrió un terremoto que destruyó gran parte de Lima, El Callao y las minas de Huancavelica. Este fenómeno se conoció después como "el tiempo del ruido".

El 16 de noviembre de 1687 cuando entraron en actividad los volcanes de Puracé y el Huila se sintió un fuerte temblor en casi todo el territorio nacional que ocasionó innumerables víctimas y cuantiosos daños materiales. Al día siguiente se produjo una réplica de mayor intensidad.

Desde 1698 hasta 1723 hubo en el valle del Patía un fuerte verano seguido por intensas lluvias y los habitantes asociaban a estos fenómenos el que se presentaran terremotos ya que "estas sequías abren surcos en la tierra, que los inviernos llenan, por donde producen terremotos tectónicos.;

En 1736 y en 1743 se sucedieron dos terremotos que destruyeron casi por completo la ciudad de Popayán, luego un desastroso verano ocasionó una gran hambruna en todo el territorio caucano.

En 1738 se sintieron en Cartago y en todo el occidente colombiano fuertes movimientos telúricos acompañados de ruidos. Después se comprobó que provenían del volcán Cotopaxi (Ecuador).

En 1763 Popayán es nuevamente destruida por un sismo.

El 12 de julio de 1785 Santafé de Bogotá y algunos pueblos de la sabana son destruídos por un fuerte terremoto causando gran cantidad de muertos y derrumbando edificaciones especialmente altas como iglesias. El 31 de agosto Antonio Nariño publicó el periódico "El Aviso del Terremoto" del que solo se imprimieron tres números.

El 14 de marzo de 1805 entre la una y las tres de la tarde el volcán nevado del Ruiz entró de nuevo en actividad produciendo movimientos telúricos que se sintieron en Cartago y una lluvia de ceniza que llegó hasta el Chocó.

El 16 de junio del mismo año a las tres y cuarto de 1a mañana la población de Honda fue destruida casi en su totalidad por un sismo, muriendo ciento once personas y quedando muchos heridos. Las réplicas continuaron por varios meses y el 28 de diciembre un terremoto de gran intensidad destruyó casi por completo las poblaciones de Honda, Mariquita, Guayabal y Ambalema ocasionando más de mil muertos.

El terremoto que destruyó a Caracas el jueves santo 26 de marzo de 1812 a las cuatro de la tarde ocasionó el desplome de las iglesias de La Merced, La Pastora, Altagracia, Santo Domingo y La Trinidad, ocasionando cuatro mil muertos y más de diez mil heridos.

El clero que era en su mayoría español exclama: "El azote de un Dios irritado contra los novadores que habían desconocido al más virtuoso de los monarcas, Fernando VII, el ungido del señor" y Bolívar en medio de las ruinas cuando prestaba auxilio a los heridos responde: "Si la naturaleza se opone a nuestros designios, lucharemos contra ella y la someteremos".

El capitán inglés Charles Stuart Cochrane el 12 de enero de 1824 observa la presencia de humo en el volcán del Ruiz lo que indicaba que continuaba en actividad.

Entre 1826 y 1827 en Santafé de Bogotá se sintieron fuertes movimientos telúricos que dejaron innumerables víctimas y cuantiosos daños materiales cuyo epicentro se localizó en el nevado del Ruiz. El 16 de noviembre de 1827 se sintió un fuerte sismo a las seis de la tarde con aproximadamente tres minutos de duración el cual estuvo acompañado de fuertes explosiones sintiéndose en todo el centro y occidente de la Nueva Granada. Once días después se produjo una fuerte réplica.

Jean B. Boussingoult refiere que el 16 de noviembre de 1827 encontrándose en La Vega de Supía, se sintió un fuerte sismo que tuvo una duración de seis minutos precedido de más de quince explosiones cada 30 segundos. El origen del mismo se le atribuyó al nevado del Ruiz que desde hacia varios años desprendía fumarolas.

El 19 de febrero de 1845 un recalentamiento del volcán nevado del Ruiz arrastró grandes bloques de hielo represando el río "Lagunilla" y al cabo de cinco días se produjo una gran avalancha acompañada de un infernal ruido que arrastró rocas, lodo, árboles y todo lo que encontraba a su paso. Algunos pobladores de las vegas de San Lorenzo de Armero, en ese entonces corregimiento del municipio de Guayabal, sobrevivieron varios días trepados en las altas copas de los árboles, donde se alimentaban de frutos. La avalancha fue de tal naturaleza que elevó en tres metros y medio el piso de la tierra en una área de catorce leguas cuadradas.

A raíz de esta explosión el ingeniero alemán Guillermo Degenhardt quien trabajaba en las minas de Marmato subió en compañía de Marcelino Palacio gran conocedor de la región de los nevados a estudiar este fenómeno volcánico.

Posteriormente el ingeniero de minas Roberto J. Treffry hizo una excavación profunda en tierras de la hacienda La Unión cerca de Mariquita y determinó en ese corte, que a través del tiempo se habían producido catorce avalanchas del Ruiz siendo las capas más cercanas a la superficie las más gruesas probando de esta manera que cada avalancha ocasionaba más daños.

Codazzi, José Triana y Enrique Price que habían recorrido el camino de Herveo a Salamina en 1852 refieren la avalancha del Ruiz sobre Armero.

El sismo de 1875 en Manizales destruyó la iglesia principal que estaba en construcción y luego la que se levantó en madera se destruyó con el incendio de 1925.

Refiere Hettner que su paisano Schenck habla de los terremotos de 1875 y 1878 que causaron daños y víctimas en la Villa de Pereira, en Manizales y en poblaciones aledañas.

El 18 de mayo de 1875 un terremoto redujo a escombros la ciudad de Cúcuta causando gran número de muertos y heridos, uno de ellos el telegrafista caleño y más tarde general de la república Benjamín Herrera, quien permaneció dos días bajo los escombros. Luego se encargaría de la formación de grupos de voluntarios para evitar el saqueo.

En 1884 y 1885 se sintieron en Pereira fuertes movimientos telúricos que ocasionaron daños y víctimas.

En Tumaco el 31 de enero de 1906 a las nueve de la mañana tuvo lugar el sismo más violento que se ha sentido en el país con una intensidad de 8.8 grados en la escala de Richter, seguido de un maremoto o tsunami (en japonés ola en puerto). La primera ola de seis metros causó más de mil muertos y grandes daños materiales; a los veinte minutos apareció la segunda ola.

Este sismo se sintió especialmente en el occidente colombiano y en Ecuador. En Pereira además de víctimas, causó daños en edificaciones como la destrucción de la cúpula del templo principal que se hallaba en construcción.

En Tumaco y pueblos aledaños en 1979 hubo un maremoto precedido de un terremoto de 8.2 grados de intensidad que causó más de quinientas víctimas y grandes destrozos.

El tsunami más antiguo se cree fue el que se produjo al explotar un volcán en la Isla de Santorini (Grecia) en el mar Egeo en el año 1500 A. C. que provocó grandes daños en las costas del Mediterráneo destruyendo el famoso Faro de Alejandría en Egipto.

Los historiadores griegos en el año 479 A. C., describen una gran ola en el norte del mar Egeo.

El volcán Rakata localizado en la isla Krakatoa situada en el Canal de la Sonda explotó el 27 de agosto de 1883 destruyendo gran parte de la isla. La explosión levantó enormes olas de más de veinte metros que arrasó numerosas poblaciones causando más de treinta mil muertos. Las cenizas le dieron la vuelta al mundo tres veces.

Los países más afectados por los tsunamis han sido Japón y las innumerables islas de Indonesia. En 1946 un maremoto afectó las costas del Pacífico en Estados Unidos y en 1960 en Chile a un terremoto de 9.5 grados en la escala de Richter siguió una ola gigante que ocasionó más de cinco mil muertos.

En marzo de 1983 un terremoto destruyó gran parte de la ciudad de Popayán dejando numerosas víctimas.

El 13 de noviembre de 1985 una avalancha del río Lagunilla producida por descongelamiento de grandes bloques de hielo del volcán nevado del Ruiz sepulta a Armero dejando veintidós mil muertos. La velocidad de la avalancha fue de 300 kilómetros por hora.

El veinticinco de enero de 1999 se sintió un terremoto en zona cafetera de 6.5 grados en la escala de Richter, Armenia la población más afectada.".

Fuente: www.banrepcultural.org/book/export/html/

 



Por: Álvaro Hernando Camargo Bonilla.



[1] FR. PEDRO SIMÓN. Noticias de las conquistas de tierra firme Capítulo VI Tratase del volcán de Cartago—2 ° Revienta este volcán y cubre la tierra de ceniza— 3° Otros efectos que causó cuando reventó. Pág. 186 - 191CASA EDITORIAL DE MEDARDO RIVAS. BOGOTÁ 1892.

[2] GACETA DE LA NUEVA GRANADA. Trim. 55. (Núm. 733. VALE DOS PESOS. BOGOTA, DOMINGO 23 DE MARZO DE 1845

viernes, 10 de marzo de 2023

 

ANTIGUO MODO DE VIAJAR POR LA MONTAÑA DEL QUINDÍO.

La litografía de los señores Martínez Hermanos acaba de producir un paisaje, dibujado en la piedra por el señor Ramón Torres Méndez, que representa el modo de viajar por algunas. de nuestras montañas; paisaje que debe llamar la atención de los curiosos, tanto de los • que han atravesado las cordilleras como de los que solamente han dado la vuelta alrededor de su cuarto, como Mr. de Maistre. Este último modo de viajar no es raro entre las señoritas, de las cuales algunas lo más que han extendido el radio de sus excursiones es hasta Chapinero, el Salto o Serrezuela. Es el caso que compré en días pasados uno de esos paisajes que dije, y, como quien no quiere la cosa, fui a ponerlo a (os pies de la señorita de Tres Estrellas. La señorita lo merece, dígase lo que se quiera: la justicia por delante. He aquí un fragmento del diálogo a que dio margen mi obsequiosa galantería: -¿Usted ha pasado el Quindío?- me preguntó. -Lo mismo que si lo hubiera pasado, le contesté, porque me sé al dedillo el modo de viajar por algunas de nuestras grandes cordilleras: el Guanacas, Sansón, Herveo, Barragán y.... qué se yol -¿Es decir que usted es todo un doctor en esto de malos pasos? -Si, señora, respondí sonriéndome, y también en esto de pasar malos ratos. - En cambio de algunas horas deliciosas, ¿no es verdad? -Sí, verdad es. - y cuando llueve, ¿Qué se hace por allá? -Dejar caer el agua. ' - ¿Pero no hay casas en esa montaña? - En 1842 no había más que una casucha a la entrada y otra a la salida. Ahora dicen que hay casas y tambos en La Palmilla, Las Tapias, El Moral, Buenavista, Toche, La Colorada, las Cañas y Piedra de Moler; y dos poblaciones nacientes, una en Boquía y otra en La Balsa, poblaciones que apenas merecen el nombre de tales. -Bien: ¿y qué representa esta lámina? -El modo de viajar por la cordillera. Ese que ve usted casi desnudo, es un formidable ibaguereño que lleva sobre las espaldas a un individuo, sentado sobre una silleta hecha de guaduas muy livianas, pero de mucha consistencia. El viajero lleva encogidas las piernas y apoyados los pies en una tablilla. El carguero se apoya en el bordón que maneja con la derecha, siendo de admitir que si es antioqueño no lo usa. La selva primitiva, como usted puede ver, está dibujada con bastante naturalidad y desembarazo. Esos grandes árboles, esos troncos, esas enredaderas que cuelgan formando risueños pabellones de verdura, en fin... -Ya me hago cargo por lo que conozco. Muchas leguas de montaña, y subidas, bajadas, dos y torrentes, precipicios y despeñaderos, de todo eso habrá por allí. .. -Sí, señora, con sobrada abundancia -y ¿Quién será ese de la manita pintada? -A lo que comprendí, el artista quiso pintar a uno de los senadores de la república, que viene al congreso, hombre enjuto de carnes, macilento de rostro, pensativo y distraído, que habla consigo mismo algunas veces y manotea¡ como si estuviera perorando en el congreso, en cuyas sesiones no se atreve a chistar palabra. Aquella que ve usted sobre otro carguero es la esposa del senador, muchachota alegrona, de veinte y seis años, que pesa nueve arrobas quince libras, y cuya rolliza humanidad hace pujar, sudar, estremecerse y aun maldecir a veces al miserable carguero. Y ese otro que se divisa, trepando por allá arriba en el último término del cuadro, lleva a un muchacho, hijo del cejijunto senador, que viene a estudiar en un colegio de Bogotá, para salir tan doctor y tan hábil como su señor padre, ni más ni menos. - ¿Y cómo sabe usted todo eso? -No es que lo sé, sino que me lo figuro. - ¡Qué paisaje tan bonito, señor ¡Qué bonito! ¿Y qué dirán en Europa de nuestro modo de viajar, a mediados de este siglo tan vaporoso, tan civilizado? -Dirán lo que se les antoje. Cada uno viaja como puede; y en la Cordillera de los Andes, mientras se establecen los ferrocarriles, lo cual no tardará muchos siglos, debemos dar gracias a Dios si conseguimos un carguero robusto, de anchas espaldas y fornidas piernas para que nos conduzca; gracias debemos darle también si hallamos un árbol caldo que haga las veces de puente sobre un rio invadeable; gracias si encontramos un tambo donde pasar la noche; gracias si no nos muerde una culebra o no nos devora un tigre; gracias si no nos hace tuertos una rama atravesada, y si el carguero sale de paso, en vez de salir de trote; y gracias últimamente, si no nos riega por el suelo, como le sucedió al Libertador Simón Bolívar en cierta ocasión. - ¿Y quién habrá dibujado ese paisaje? -me preguntó mi amiga. - ¿Pues quién, sino nuestro célebre artista y compatriota Ramón Torres? -Ahí ya se me había puesto que él habla de ser! Si usted me guardara el secreto, añadió con tono misterioso, le recitarla un soneto compuesto en elogio de dicho Torres -tal vez con motivo de ese u otro paisaje- y se me ha quedado en la memoria. -Bien Prometido y ofrecido: sírvase usted recitármelo, que, pronunciados por esa linda boca, deben sonar muy bien aún los peores versos; y si son de usted, deben sonar mejor. -Yo no sé cómo sonarán. El soneto dice así: El azul de los cielos, el celaje, Las caprichosas nubes, el torrente y las palmas que ciñen la ancha frente De la cascada en medio del paisaje, Imita tu pincel; y hasta el ropaje De púrpura y de rosa transparente Con que se adorna el sol en Occidente …. Mas no iba hablarte de eso: me distraje. Al niño, al hombre, a la mujer hermosa. Copia tu mano con destreza suma, Los ojos engañando artificiosa; y por eso es en balde que presuma Disputarle la palma victoriosa A tu pincel la más gallarda pluma. -¿Se acabó el soneto? -Sí, señor, creo que está cabal, si no me he comido algún verso. -Me figuré que tendrá estrambote. -Si usted lo halla estrambótico, la culpa es del que lo hizo, y a lo menos, en gracia del asunto, merece alguna indulgencia. -No sólo una merece, sino muchas, y aun plenarias. Creí que usted conocía lo que llaman los poetas estrambote, y que yo llamaría pegote: añadidura que los antiguos hacían después de los catorce versos de ordenanza. Y esto le probará a usted que estaba encantado oyéndola recitar el soneto, puesto que aguardaba y deseaba que se alargase. -Verdaderamente, algunos poetas estiran y alargan sus pensamientos, como si fueran de caucho, para no tomarse el trabajo de buscar otros nuevos. -Lo que llamaba lana con mucha propiedad de desleír pensamiento. -Pues! para sacar la sexta dilución …. -Pero, en fin, señorita, mii gracias por su fineza. ¿Sabe usted Quién compuso ese soneto, si es que no lo hizo usted? - SI, señor, lo sé; pero no se lo puedo decir. -Bien! Será porque va no pude decir a usted los nombres del senador y de la senadora que tiene usted delante de los ojos. ¡Justa represalia! - Si usted quisiera darme algunos informes más sobre ese peregrino modo de viajar en cabalgadura humana …. porque, en fin, puede ofrecérseme algún día, y nunca está por demás …. -sr, señorita, con mucho gusto continuaré mi descripción, que no será tan buena que merezca un soneto, pero si verdadera. Figúrese usted que sale uno de la hermosa población de Ibagué, que, aunque pajiza en su mayor parte, tiene un aspecto risueño y agradable. Esta población, hoy capital de provincia, demora, como usted lo sabrá, al pie de la gran Cordillera Central de los Andes, que es esa que vemos desde Bogotá cerrando nuestro horizonte por el Occidente, en último término, y que eleva sus crestas de plata, entre las cuales domina el pico del Tolima, que en las mañanas y tardes desplazadas se divisa claramente. Sale, pues, el viajero de esa ciudad, que la tradición ha hecho célebre por las antiguas invasiones de los belicosos indios pijaos y por la famosa lanza de don Baltasar, en que dicen que los ensartaba, corno escorzonera, hasta de a ciento cincuenta. -Sí, ya recuerdo los versos de la novena de la Lanza, que se adoraba en Ibagué: y era tanta la pujanza Del señor don Baltasar, Que dicen llegó a ensartar Ciento cincuenta en la lanza. y el pueblo respondía en coro el estribillo: Lanza, no caigas al suelo, Porque vienen los pijaos. - ¿y quién sería ese don Baltasar? -Parece que era un indio principal, bautizado y convertido al cristianismo, el cual ayudó a los españoles en la guerra de sometimiento de esa tribu. -Bien dicen que no hay peor cuña que la del mismo palo . -y una cuña como esa lanza sería doblemente dolorosa. -Las tradiciones del vulgo son de una extravagancia verdaderamente.... romántica, por no decir ridícula. Pero nos desviamos del asunto. A poco andar se toma el suave repecho, después de pasar el pequeño río llamado Combeima, y entonces, dejando las caballerías cuadrúpedas, se instala uno sobre los lomos de las bípedas, en las toscas aunque seguras monturas que ellos mismos fabrican, quedando en esa posición supina, que podría traducirse por el emblema de un matrimonio desavenido, o de los partidos políticos, espalda con espalda, pero siempre el uno dominando al otro. -Me gustan las moralejas de usted - Por fortuna son moralejas, en diminutivo. La primera jornada es hasta el sitio que llaman La Palmilla: esto es de cajón, y de allí no pasan los cargueros ni hechos pedazos. -y ese capricho, ¿por qué? -Porque estando muy cerca de Ibagué tienen tiempo de volver a la población, de donde parece que se separan con pesar, y pasan en ella la noche para despedirse con alguna diversión y madrugar a tomar sus respectivas cargas. -Según veo, esta especie de bogas terrestres son también originales y tienen sus puntos de contacto con los acuáticos o fluviales. - Tiene usted razón: se parecen mucho los unos a los otros, ya en lo semidesnudos, ya en sus cuentos y chistes, ya en lo voluntariosos, y ya finalmente en lo mucho que comen, pues es preciso saber que todo el avió que se saca de Ibagué o Cartago, que por lo regular es abundantísimo, lo devoran en pocos días; la cantidad de carne y panela que consumen es enorme, y frecuentemente el viajero que quiere tener los gratos compra en el camino uno o más cerdos para obsequiarlos. La Palmilla, donde termina la primera jornada, es un sitio pintoresco por su situación: el paisaje que allí se presenta a la vista es verdaderamente encantador, pues desde aquella eminencia se desarrolla a los pies del viajero el más hermoso y risueño panorama que pueda imaginarse, como que abraza todas las faldas y vertientes de la gran cordillera, el plano donde está asentada la ciudad de llagué, con todas sus haciendas y labranzas, sus riachuelos y montecillos y la ciudad misma. - y no habiendo caseríos en el tránsito, ¿Dónde se pernocta? - Al aire libre, ni más ni menos como lo hacían los patriarcas en aquellos tiempos felices que nos refiere la Escritura. Llega la noche, se suspende la penosa marcha, echan pie a tierra los desorientados viajeros no sin cierta especie de desvanecimiento o mareo producido por el movimiento desigual y de trepidación del carguero; -ni más ni menos como les sucede a los antiguos bogas y champanes del Magdalena son especies ya casi extinguidas. qué viajan por los desiertos de África y Asia, montados sobre camellos, animales que, según dicen, tienen un movimiento de balanceo semejante al de un buque en alta mar- y últimamente con una que otra contusión y rasguño, señales visibles de la exuberante vegetación de la montaña. Una vez en tierra, los cargueros se dan prisa a cortar ramas de árboles para hacer largas estacas que, clavadas en el suelo, se cubren después ron hojas y ramazón, lo que viene a formar un rancho o tambo, donde se pasa la noche. Estas casas improvisadas y de una arquitectura tan sencilla y ligera como la del Palacio de Cristal, no sirven más que una noche, y al día siguiente quedan abandonadas. Por lo regular la ranchería se hace en algún pequeño llano limpio y repuesto, que no faltan en todo el trayecto de la montaña y por donde ordinariamente corre algún arroyo de aguas cristalinas y puras. -Los fríos y calenturas ¿no son también en esta montaña el resultado de algunos días~ de marcha, como en Carare? -Al contrario, el clima de la montaña es el más sano que pueda darse; y es fama que no sólo no altera la salud sino que la procura a muchas personas enfermas, no siendo raro entrar a la montaña con algún achaque y salir de ella bueno y sano, con excelente apetito y buena disposición para todo. -Había oído decir que se estaba abriendo un camino por don le podía transitarse ya en bestias. -En efecto, hace como diez años se comenzó a abrir el camino y se logró descuajar y banquear una gran parte de la montaña, pero la naturaleza no permite allí mantener abierto por mucho tiempo un camino, pues la vigorosa vegetación se reproduce admirablemente. Sin embargo no deja de trabajarse constantemente, y el presidio del tercer distrito se halla empleado en dichos trabajos. de manera que, según tengo entendido, un gran trecho puede andarse ya a caballo. -Sería muy importante un camino entre esas dos regiones, cuyo comercio está llamado a ser muy activo. -En el siglo pasado el Gobierno español abrió uno de herradura que atravesaba la gran cordillera en toda su anchura -parece que por la parte de Herveo- y era bastante traficado, con no poco provecho del comercio y de los viajeros; pero, la Patria lo dejó cerrar. o bien por ser cosa del Gobierno opresor, o bien por abandono y descuido. Al otro lado de la montaña se halla Cartago, primera población considerable de la provincia del Cauca, y poco más o menos en una posición topográfica semejante a la de Ibagué, aunque con muy distinto clima, de manera que estas dos ciudades pueden considerarse como las columnas de Hércules de la cordillera, o como dos centinelas que la guardan de uno y otro lado. -y diga usted.... Aquí llegábamos de nuestro diálogo, cuando tres golpecito s dados en la puerta del cuarto por cierta visita no muy oportuna vinieron a interrumpirlo, por lo cual torné mi sombrero y me despedí, hasta otro día en que vendrá otra lámina, y con ella quizá otro diálogo.

Fuente: Antigua modo de viajar por la montaña del Quindío. Tomo II. 1886. Biblioteca virtual Luis Àngel Arango del Banco de la República, Colombia 136 JOSE CAICEDO ROJAS.


CÓMO SE VIAJABA HACIA 1840.

En 1842 no había más que una casucha a la entrada y otra a la salida. Ahora dicen que hay casas y tambos en La Palmilla, Las Tapias, El Moral, Buenavista, Toche, La Colorada, las Cañas y Piedra de Moler; y dos poblaciones nacientes, una en Boquía y otra en La Balsa, poblaciones que apenas merecen el nombre de tales.

El carguero robusto, de anchas espaldas y fornidas piernas se apoya en el bordón que maneja con la derecha, siendo de advertir que si es antioqueño no lo usa. 

Semidesnudos, ya en sus cuentos y chistes, ya en lo voluntariosos, y ya finalmente en lo mucho que comen, pues es preciso saber que todo el avío que se saca de Ibagué o Cartago, que por lo regular es abundantísimo, lo devoran en pocos días; la cantidad de carne y panela que consumen es enorme, y frecuentemente el viajero que quiere tenerlos gratos compra en el camino uno o más cerdos para obsequiarlos.

Un árbol caído que haga las veces de puente sobre un río invadeable; un tambo donde pasar la noche: gracias si no nos muerde una culebra o no nos devora un tigre; gracias si no nos hace tuertos una rama atravesada, y si el carguero sale de paso, en vez de salir de trote; y gracias últimamente, si no nos riega por el suelo, como le sucedió al Libertador Simón Bolívar en cierta ocasión.

A poco andar se toma el suave repecho, después de pasar el pequeño rio llamado Combeima, y entonces, dejando las caballerías cuadrúpedas, se instala uno sobre los lomos de las bípedas en las toscas, aunque seguras monturas que ellas mismos fabrican, quedando en esa posición supina, que podría traducirse por el emblema de un matrimonio desavenido, o de los partidos políticos, espalda con espalda, pero siempre el uno dominando al otro.

La primera jornada es hasta el sitio que llaman La Palmilla: La Palmilla, donde termina la primera jornada, es un sitio pintoresco por su situación: el paisaje que allí se presenta a la vista es verdaderamente encantador, pues desde aquella eminencia se desarrolla a los pies del viajero el más hermoso y risueño panorama que pueda imaginarse, como que abraza todas las faldas y vertientes de la gran cordillera, el plano donde está asentada la ciudad de Ibagué, con todas sus haciendas y labranzas, sus riachuelos y montecillos y la ciudad misma.

Cuando se pernocta, los cargueros se dan prisa a cortar ramas de árboles para hacer largas estacas que, clavadas en el suelo, se cubren después con hojas y ramazón, lo que viene a formar un rancho o tambo (arquitectura tan sencilla y ligera se hace en algún pequeño llano limpio por donde ordinariamente corre algún arroyo de aguas cristalinas y puras), donde se pasa la noche.

Ibagué y Cartago, pueden considerarse como las columnas de Hércules de la cordillera, o como dos centinelas que la guardan de uno y otro lado.

A lomo de indio 

Tomado de la revista AÑOS HA. 

A las cinco de la tarde encontramos veinte cargueros que nos esperaban. Uno de ellos se llamaba Domingo Ortiz, blanco y bien configurado; nos dijo que eran los peones buscados para nosotros y que él sería uno de los silleteros: aceptada la proposición y buscado el otro se presentó el lichiguero, luego los bauleros, los petaqueros, etc. El lichiguero es el que lleva la comida de los patrones y de los silleros y camareros, que son mantenidos por el patrón. Convinimos en el precio (catorce reales por arroba; a veces sube a diez y seis y aun a veinte) pesamos los baúles, las petacas, el líchigo (bastimento), y finalmente cuanto debía llevarse; y nos disponíamos a salir cuando se nos dijo que faltaba comprar la hoja para el rancho y contratar el peón que debía llevarla. Asómbranos esta circunstancia, pues no creíamos que en el centro de la república fuese preciso llevar consigo la cubierta de la posada. Nada era, sin embargo, más cierto. Compramos, por tanto, la hoja, y el peón que se comprometió a llevarla se encargó de prepararla debidamente. Consiste la preparación en sacarle un corte transversal en el tallo para asegurarla en el bejuco.

Pronto ya todo, salieron los peones que se mantienen por sí, a saber, los bauleros y los petaqueros: al siguiente día muy temprano dijimos adiós a nuestro bondadoso amigo el señor Esponda y salimos a pie hasta donde se termina el plan de la ciudad: allí nos esperaban nuestros silleros con la silla pronta. Está hecha de guadua en figura de ángulo agudo; se sujeta al pecho por dos fajas de la corteza de un árbol llamado cargadera, y por otra en la cabeza. Sentémonos y marchamos por la primera vez cargados por hombres.

Inmediatamente pasábamos el Combeima y empezamos a subir una cuesta larga y pendiente. Al principio nos causó molestia el andar con la espalda al camino; poco a poco fuimos acostumbrándonos y al fin encontramos agradable nuestra manera de viajar...

El Sentadero de Toche, lugar de nuestra parada, es bellísimo. A la izquierda corre el Tochecito por entre un bosque de arrayanes y de mayos que estaban cubiertos de flores; a la derecha, el caudaloso San Juan, cuyas aguas tienen la transparencia del cristal; al frente se levanta, hasta perderse en las nubes, la rama central de la cordillera; en las faldas se mecen majestuosamente las encumbradas palmas de cera, cargadas sus copas con una infinita variedad de papagayos.

Recostámonos a la orilla del Tochecito, esperando que los cargueros empezasen a hacer el rancho, operación que deseábamos ver. Llegando al poco rato trayendo varas y bejucos, escogieron el terreno, y con la mayor presteza formaron un enrejado con los mimbres, en los cuales aseguraron las hojas; pusieron luego ramas por ambos lados para evitar que el viento nos dejase al descubierto; cavaron una acequia en derredor, y quedó concluida la obra. A las seis de la tarde el sereno era tan fuerte que nos obligó a instalarnos en nuestro hotel; la noche se acercaba amenazante y lóbrega; oíase a lo lejos el rugido de la tempestad... De repente se rompe la nube que teníamos más cercana... El agua caía a borbotones, el rayo a golpes redoblados, hería las orgullosas palmeras y los humildes arrayanes; el estampido del trueno, repetido por mil ecos, parecía anunciar el desmoronamiento de las inmensas moles a cuyo pie nos hallábamos... Súbito, aparece el huracán: los altos robles perdonados por el rayo, sacudidos fuertemente, se doblan, ceden, vuelven a erguir su cabeza secular; pero nuestro débil rancho, incapaz de resistir el tremendo empuje, voló entero, dejándonos al descubierto sin más amparo que nuestros encauchados ni otro descanso que una gran piedra en que nos sentamos a presenciar aquella terrible lucha. El furioso viento, entre tanto, redobla sus esfuerzos, gira silbando en derredor del macizo tronco de una encina cercana; el árbol se mueve, cruje... cede al fin, y rueda en mil pedazos su hermosa copa por el declive del monte...

Acercábase ya la aurora y empezaba a calmar el furor de los elementos; nuestros cargueros, empapados y todavía aterrados, nos instaron para que marchásemos en busca de un lugar más seco para almorzar. A las cinco salimos y comenzamos a trepar una cuesta casi vertical   sumamente resbaladiza, por una senda estrecha y en partes derrumbada. Temíamos nosotros que nuestros conductores diesen un mal paso y rodásemos juntos a inconmensurables profundidades; pero los pies de los cargueros parecían armados con punta de acero; la más débil raíz les bastaba para apoyarse. Seguros se sí mismo, confiando en si inimitable destreza, salvan sin temor los más horrorosos precipicios; pasan por un borde angosto y deleznable; trepan sobre esos troncos, asidos de un bejuco; se bambolean; toman fuerzas; saltan y quedan en pie. Entre tanto el patrón, que como nosotros pasa por primera vez, apenas respira, cree a cada instante perecer y guarda quietud por temor, más bien que por reflexión ni porque el carguero se la recomiende como único medio de salud; bastaría un momento fuerte para que perdieran el equilibrio y cayeran mucha vez para no levantarse jamás. Domingo Ortiz, mi carguero, inteligente y amigo de hablar, me refirió infinitas desgracias sucedidas a los que no sabían sentarse bien en la silla, y otras mil aventuras que oía yo con sumo gusto para divertir la monotonía de un camino sin variedad...

Detuvímonos para almorzar y para secar nuestra ropa, convidándonos el sol que, radiante y despejado, empezaba su carrera. Es necesario pasar una noche tempestuosa sin abrigo, para conocer el precio de un calor vivificante al siguiente día...

A las once continuamos nuestra marcha por entre un océano de fango. Los cargueros iban hundidos hasta la cintura, sin encontrar ni una pulgada de terreno seco para pisar con seguridad. Al llegar al Yerbabuenal encontramos un enorme árbol caído sobre el camino; no llevábamos hachas ni, de llevarlas, es costumbre de los cargueros cortar los troncos que los embarazan; el que primero lo encuentra le salva como puede, y lo mismo hacen los otros, esperando que los peones que conducen bueyes y mulas lo destrocen. Mi carguero fue el primero que llegó. Examinó el tronco, midió su altura, reflexionó un momento, afirmó su bordón, y con admirable tino subió y bajó, a pesar de que el tronco estaba resbaladizo y que el fango era profundo de uno y otro lado...

Treinta bueyes cargados bajaban por el mismo cajón que nos servía de camino: cuando oímos los gritos de los arrieros, estábamos muy inmediatos y no había tiempo ni posibilidad de regresar. Imposible era que los bueyes contramarchasen, no habiendo espacio bastante para dar la vuelta; aun habiéndolo, sería imposible. Estábamos a oscuras, nuestros cargueros con el barro hasta la cintura; verticales y húmedas las paredes del cajón, y los bueyes, avanzando siempre, sin detenerse por los gritos de nuestros peones, que se perdían en el ruido causado por las pisadas de hombres y animales. Difícil era nuestra situación; en cuanto a mí, no le encontraba éxito alguno favorable. Felizmente, ni carguero no perdió su presencia de espíritu, cavó con el bordón un agujero en la barranca, puso en dedo del pie en él y logró alcanzar una rama que caía: me encargó la mayor quietud y quedó casi pegado a la pared del cajón. Yo entre tanto, con las rodillas más altas que la cabeza, sin ver objeto alguno y oyendo las pisadas de los bueyes que se acercaban, apenas respiraba, temiendo que el más pequeño movimiento hiciese resbalar el pie de li carguero y cayésemos entre el fango a ser pisados por los animales que venían: la muerte era segura. Mi carguero, tan sereno y valiente como era, estaba aterrado también y guardaba profundo silencio: yo sentía en mi cuerpo los violentos latidos de su corazón.

Llegaron al fin los bueyes y pasaron sin ofendernos: llevaban cargas de poco volumen; el último cargaba un par de petacas grandes; tropezó la una con la pierna de Ortiz y safó el pie del hueco salvador...

La rama de que estaba asido resistió por fortuna un instante, el necesario para que el buey pasase; pero se rompió luego y mi carguero cayó sobre mí; me sumergí en el fango sin poder hacer movimiento alguno; tampoco podía hacerlo mi conductor, y mucho menos desembarazarse de las cargaderas. Un momento más de demora en el barro, y era inevitable mi muerte, comparada con los más desesperantes sufrimientos: ese momento no fue el de mi destino: un carguero llegó y ayudó a Ortiz a levantarse; entre los dos me despegaron y limpiaron el fango de mi cara para que pudiese respirar. Dos horas empleamos en aquella angostura, las dos horas más terribles de mi vida, sin duda alguna...

A las ocho de la mañana salimos de Laguneta... La trocha por dónde íbamos es sin disputa la peor parte del Quindío y la más lluviosa, en término que es sumamente raro pasarla con buen tiempo. Al llegar al Roble, el cielo se había oscurecido y el temblor de las hojas presagiaba una tormenta; continuamos, sin embargo, nuestro camino era literalmente por medio de un bosque que con dificultad daba paso a la luz, anegado de fango profundo.

A los doce o quince minutos de marcha, el aguacero que nos amenazaba empezó a caer con una violencia desconocida por los que no hayan pasado por la Trocha. Son aguaceros modernos.

Paróse mi carguero, porque era imposible caminar, y resolvió esperar a sus compañeros. Entre tanto comenzaron a agitarse las copas de los árboles; a poco rato oímos un zumbido prolongado. La tempestad de Toche, dije a Ortiz. Mucho peor, patrón, me contestó: es un huracán. Así era en verdad. El terrible fenómeno, paseándose sobre un océano de árboles, bramaba con furia; doblaba las altivas copas, que se bamboleaban, crujían y caían haciendo templar el suelo. Sobresaltando mi carguero quiso continuar en busca de un sentadero en donde viésemos al menos por qué lado venía el peligro. ¡Inútil afanar! El camino estaba totalmente obstruido, toda retiraba era imposible. Ni se aplacaba en tanto la furia del vendaval, ni se disminuía el torrente de agua que nos inundaba; deslumbrándonos el vivo fulgor de un relámpago, serpenteando a nuestros ojos el rayo, al tiempo mismo que el estampido del trueno nos llenó de terror. La elevadísima copa de un árbol de otoba cayó aplastando los matorrales que crecían a su sombra. El furor del huracán estaba en su colmo. Yo, apoyado en un árbol, contemplaba con profundo recogimiento aquel sublime espectáculo y me disponía a presentarme ante el Supremo Juez, tal era el peligro... Ortiz, sentado sobre un tronco, observaba atentamente los árboles que nos rodeaban... De pronto se levanta, y "¡corra patrón!", me dijo: era el momento. Dos ráfagas de viento de viento encontradas diametralmente sobre nuestras cabezas, chocaron con espantosa furia, torciendo los árboles que nos cubrían, los arrancaron, los hicieron girar en la violenta vorágine y los arrojaron a tierra... Sin recurso en lo humano, volví los ojos al cielo: pensé en mis deudos y amigos y me resigné... Cesó por fin la lluvia, el huracán se oía a lo lejos... Ortiz me hizo montar, y venciendo mil dificultades, llegó conmigo al Portachuelo. 

Manuel María Mallarino.

Fuente: ANTOLOGÍA DEL ESCRITOR LUIS EDUARDO NIETO CABALLERO, DE 1937. 

A lomo de indio .Tomado de la revista  AÑOS HA.