miércoles, 9 de febrero de 2022

PASO DEL CAMINO DEL QUINDIO DE CHARLES STUART COCHRANE

 

 

PASO DE LA CORDILLERA POR EL CAMINO DEL QUINDIO, DEL CAPITAN CHARLES STUART COCHRANE, DE LA MARINA REAL.

DURANTE LOS AÑOS 1823 Y 1824.


 

CHARLES STUART COCHRANE

Navegante inglés, Capitán de la Royal Navy.

SU PASO POR TIERRAS TOLIMENSES.

Diciembre de 1823

Pasada la gesta de la independencia se suscitó la llegada de viajeros europeos a Suramérica, procedentes de distintas naciones como Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia.

El navegante inglés Charles Stuart Cochrane, capitán de la marina británica consigno sus experiencias de viaje en un libro de dos volúmenes denominado: Diario de una residencia y viajes en Colombia, durante los años 1823 y 1824 (Londres, 1825).

Cochrane venía en representación de la empresa minera Asociación Minera de Bolívar, interesada en la exploración, explotación, e inversión en el campo minero, y la extracción de perlas y otros recursos naturales en Colombia, persuadido por la importancia de las oportunidades comerciales para los intereses de la industria mercantil y manufacturera de su país.

A la par, anhelaba reunirse con el libertador simón Bolívar, a quien llevaba cartas de presentación, Desafortunadamente, fue imposible su encuentro, pues Bolívar estabas ocupado en la causa de independencia en el sur del continente, distancia que trunco el deseo de conocerlo personalmente.  Sin embargo, le dedico el contenido de su obra en honor a su patriotismo, y gesta independentista reconocida en mundo.

Relata las vivencias percibidas en su tránsito por los agrestes caminos de los Andes, sus pueblos, pobladores, cotidianidades, y costumbres.

Cochrane, se embarcó rumbo a América, en el año de 1822, desembarcando en Santa Marta, en marzo de 1823; viajó por espacio de dos años, alcanzando al puerto de La Guaira, donde desembarcó atraído por el comercio de las perlas, continuando su periplo por Caracas, de donde se encaminó con rumbo a Bogotá. 

El 12 de diciembre de 1823 parito de Bogotá hacia los territorios de los actuales departamentos del Cauca, Tolima, Antioquia y Chocó, con el propósito de conocer las exploraciones mineras de oro, especialmente las de Cartago. Las impresiones de esta travesía están consignadas en el Capítulo XV., Págs. 263-297

Viajó de Bogotá, por el camino de Fontibón, paso por al sitio denominado “Boca del Monte”, Tena, La Mesa, Anapoima, Saldaña, Purificación, Coyaima. Y Aipe. En estos sitios observó y escribió los relacionado con los métodos del laboreo en las minas de oro, además, los aspectos de tributación de los indios mineros. Navegó y cruzo ríos, como el Magdalena, Saldaña, Purificación, Chinche, describiendo aspectos relacionados con los bogas y su destreza en la fabricación de balsas y por el rio Magdalena.

Es interesante capitular en especial la descripción de aspectos sociales, históricos y cotidianos vivenciados en el actual territorio del Tolima.

facetas de sus experiencias de viaje, donde describe algunas tradiciones, aspectos religiosos y culturales, como la misa de gallos; la alegoría popular denominada “La vaca loca”, descrita por sus originales bailes, cantos y coloridos disfraces. Igual, las corridas de toros, la pelea de gallos, juego de billar, y modos de viaje y transporte por parte de los Cargueros y silleros.

EXCURSIONES MINERAS.

 

En diciembre 17 de 1823 cruzo el río Magdalena en canoa, con rumbo a la población de Purificación, población en la que denotó la actividad de la cría de ganados vacunos como reglón importante de la economía del lugar.

Pronto partió hacia Saldaña en donde se presentó sus credenciales oficiales al alcalde, el señor Domingo Caycedo, a quien le solicito información relacionada con la riqueza en oro de los ríos Saldaña y Coyaima. La respuesta alerto las intenciones del viajero quien le manifestó que él había encontrado plata virgen y cobre muy rico, así como oro, en las llanuras y colinas alrededor de Coyaima.

Sin más detalles, el siguiente día, 19 de diciembre de 1923, muy madrugado empezó sus exploraciones, acompañado del alcalde y de varios pescadores, quienes lo llevaron al río Chinche, en el que, según le informaron, se podían obtener perlas, Encontraron varios cientos de ostras, pero solo encontró no más que dos o tres perlas pequeñas, de mal color y mal formadas.

21 de diciembre de 1823. En asocio del alcalde Caycedo, fueron a explorar las minas de la comarca circundante. Cruzaron el río Saldaña tres veces, y llegaron a Coyaima, donde en una larga discusión sobre la naturaleza y la situación de las minas de oro, Caycedo mencionó los yacimientos de Aipe, como los más productivos. También le informó que en todos los cerros que rodean a Coyaima abunda el oro. Igual, le comentó del tributo cobrado por los españoles, gravamen anual que aplicaban a ochocientos indios dedicados a la minera en ese distrito. En el último lavado realizado por la mayoría de estos indios, consiguieron ochenta y cinco libras de peso de oro en ocho días.

De esta producción, tributaron al tesoro veinticinco libras, y las sesenta libras restantes quedaron en poder de los mineros, también le manifestó que los lugares de lavado que son más productivos, no son declarados por los indios, ni siquiera al cura en el sacramento de la confesión.

Continuo su expedición hacia Apone(Aipe), teniendo que cruzar el río Coyaima en una canoa, se desplazó por lugares montañosos y desérticos, acompañado de un sol intenso. Se trasladaron por antiguos lavaderos de oro de los indios, los cuales observó y examinó, y concluyó que se podía encontrar oro, con solo raspar la tierra, por lo que recurrieron a sus bateas, y lavaron cuidadosamente la tierra recogida con mucha destreza y certeza, dando como resultado el metal buscado.

Continuaron el camino, y a las seis de la tarde, llegaron a las orillas del río Saldaña, de donde se embarcaron en canoa; y regresaron llega Apone (Aipe) en donde se entrevistó con un negro llamado Filipe Ramírez, dueño de la mina, quien lo recibió muy cortésmente; y al leer la carta de presentación, lo invitó a cenar. Luego de la conversación que giró en torno a sus minas, relato que no concordaba con la brillante descripción que yo había recibido anteriormente del guía.

Igual actividad realizó el 23 de diciembre; visitó diversas minas, que consistían en excavaciones en las laderas de las montañas. Visito y examinó la carga de mineral de oro, y encontró de algunos granos de muy buena pinta de oro fino. Su productividad muy baja por falta de capital para la explotarla adecuadamente. No producía más de veinte o treinta libras de oro por año,; Luego de sus experiencias, concluyó que todos los informes que había oído resultaron ser falsos, y podría hubiera ahorrado la molestia de visitarlos.

NAVEGACIÓN EN BALSA

Determinó volver inmediatamente a la Purificación navegando por el rio en balsa, que mandó construir. fabricada de palos de una madera muy ligera, de unas seis pulgadas de diámetro y de veinticinco a treinta pies de largo. Alrededor de una docena de ellos fueron atados con los duros bejucos. La proa de la balsa es más estrecha que la popa se ampliaba como un abanico. En el centro de la balsa, se levantaba una plataforma, de unos seis pies de largo, para que las personas se sentaran; y se ubicaron unas varas en posición de pedestal, para colocar una silla de montar. El piloto se ubicaba en la proa y dirigía la actividad de navegación muy hábilmente con un remo.

El asiento estaba bien cubierto de hojas de plátano, en el que me sentó, y observaba la destreza con que el piloto manejaba la frágil balsa a través de los peligrosos rápidos, formado por rocas peligrosas y remolinos, el último de los cuales le dio la vuelta completa a nuestra balsa; pero, gracias al excelente manejo del piloto, conservaron el equilibrio, y la balsa continuó con seguridad en su curso previsto. En otro lugar encallaron en las aguas poco profundas de un gran rápido, y tropezaron con la grava del fondo del río. En el curso de su navegación observó grandes bandadas de Guacharacas (Pavas).

A las cuatro de la tarde llegó a Coyaima, después de cinco horas y media de navegación por el río.

El 24 de diciembre se levantó a las cuatro de la mañana partió para Purificación y solicitarle al alcalde Caycedo la consecución de cabalgaduras para seguir su travesía hacia Ibagué.

ASPECTOS RELIGIOSOS

Luego de su primera observación, el 20 de diciembre, visitó la iglesia en Saldaña, y observó la realización de una procesión relativa a los tiempos navideños en donde participaban unos ochenta niños, llevando faroles con velas encendidas y adornados con hojas de árboles.

Los pobladores en la procesión, seguían la imagen de la Virgen María, agradablemente vestida y adornada, y cargada en andas por ocho hombres, animada por las tonadas musicales de una banda musical.  Luego de recorrer las principales calles de la población, se dirigieron a la iglesia, rezando el rosario; y al entrar al templo, se ubicaron en ambos lados del altar, y el cura celebro la misa en honor a la Virgen.

La procesión hizo su recorrido por las calles principales, acompañaban de los feligreses que rezaban el rosario. Al entrar al templo, colocaron la imagen de la Virgen María en el altar de la iglesia, y apagaron los faroles, y se dispersó la procesión. Concluida la misa, los muchachos salieron de la iglesia, de la misma manera que entraron, en perfecta formación y respeto. 

Esta ceremonia se repitió todas las noches, una semana antes de la celebración de la Navidad; Los gastos de velas, misa, músicos, etc., fueron sufragados por los habitantes importantes, y quienes cada uno tiene su noche, e invita a sus amigos.

LA VACA LOCA.

El 20 de diciembre, presenció en el atrio de la iglesia, una imitación de la tauromaquia, denominada: Vaca loca. Describe, como se escogió a un hombre, el más alto y poderoso del lugar, sobre el cual fijaron, y aseguraron un maderamen cubierto con piel de vacuno, y en la parte frontal le colocaban unos enormes cuernos, ahuecados y rellenos de azufre y otros materiales inflamables; un par de ojos, tan grandes y redondos como un platillo, y una cola de la enorme longitud.

Por la noche, a la salida de la luna, encendieron la estructura y los cuernos, y comenzó el juego. El cargador de la vaca loca encendía embestía a todo el público reunido; quienes lo esquivaban corriendo de un lado a otro en medio de gritos, confusión y alboroto. Los más audaces se enfrentaban al toro en llamas, capoteando por delante con sus ruanas, otros les embutían banderillas entre los cuernos en llama, esquivando hábilmente las embestidas que se les hacía la Vaca Loca. Otros, menos hábiles para esquivar, caían de la furiosa Vaca Loca, con el peligro de que se les prendiera el fuego al caer caía, por lo que intervenía el público sujetando la vaca loca por cola y la retiraba de la persona caída, antes de que pudiera embestirlo. La comparsa duraba hasta que se consumía el fuego de los cuernos.

Misa del Gallo.

A medianoche se realizaba una curiosa costumbre de la iglesia católica romana, llamada la Misa del Gallo, en conmemoración del canto del gallo que tuvo lugar cuando Pedro negó a Cristo.

Otra tradición, la del rasgado del velo del Templo, cuando Cristo entregó el espíritu a su padre. Las gentes asistententes a la ceremonia llevaba grandes martillos, con los que golpean los bancos, y agitando unas hojalatas, tratando de imitar el ruido de los truenos y relámpagos que describe el momento de la muerte de Cristo.

SU TRANSITO POR IBAGUE.

El 25 de diciembre, día de Navidad comenzó viaje para Ibagué. Avanzo por las llanuras, a paso apurado, hasta el mediodía, cuando los ardientes rayos del sol los obligó a detenerse en una cabaña, donde almorzó gallina, guisada en arroz; después durmió la siesta en una hamaca durante un par de horas, y a las dos y media de la tarde, emprendió de nuevo en el camino, por una sábana bastante llana y uniforme, con algunos árboles enanos y matorrales esparcidos aquí y allá. A las cuatro llegaron al río Coello, torrentoso y rápido. Luego de vadear el rio, continuó su viaje por orilla derecha cabalgando por un serpenteante camino que cruzaba una montaña empinada, en donde se detuvo para pasar la noche, puesto que el cansancio de él y sus cabalgaduras ya no podían moverse.

En este lugar se hospedo en una cabaña en donde el dueño le preparó una gustosa cena. Mientras la pitanza esta lista, degusto el aguardiente, y le ofreció a su anfitrión. Más tarde, le sirvieron a manteles: carne de res salada, plátanos fritos, huevos y carne de cerdo, y de sobremesa chocolate; al poco tiempo después se quedó profundamente dormido en su hamaca.

El 26 de diciembre 1823, emprendió de nuevo el camino a las cuatro y media de la mañana, y a las ocho de la mañana llegó a Ibagué, a la casa del alcalde, Filipe Lozano, a quien presento sus credenciales, y quien lo invitó a desayunar.

Filipe Lozano, le indicó la existencia de varias minas de oro, plata y bermellón en los distritos circundantes, y le habló de tres en las inmediaciones, que no se habían explotado en los últimos doce años. Lozano le proporcionó dos hombres como guías, quienes se aprovisionaron de lo necesario, y lo condujeron a la mina más cercana, que estaba en una montaña, a media milla de la ciudad.

Al llegar al sitio indicado, descubrió, que la mina contenía mármol blanco, y aparentemente un poco de plata, en cantidades muy pequeñas, y ningún signo de oro en absoluto.

 

OBSERVACIONES DE LA COTIDIANDIAD IBAGUEREÑA

RIÑA DE GALLOS Y CORRIDAS DE TOROS.

Luego recorrer por las calles la Ibagué, en compañía del Alcalde Lozano, observó la plaza principal, su iglesia, y opinó que la población, según la información de Lozano podía ser entre los dos y los tres mil habitantes. 

En esos recorridos, le llamó la atención el ruido de un juego que practicaban unos jóvenes en un local; procedió a entrar al establecimiento, y observó a dos jóvenes realizando un juego nuevo para él, llamado “Trúco”. Vio que jugaban con grandes bolas de madera, dos veces más grandes que una bola de billar común, y un taco muy pesado, y una mesa de tamaño común, que poseía una pieza de hierro en forma de herradura, lo suficientemente grande como para colocar una bola, colocada en el lugar en donde se coloca la bola roja del juego tradicional, y en el marco de la pizarra, una pieza de hierro recta, como un alfiler grande.

El juego del “Trúco”, lo jugaban como el billar inglés, juego de cuatro bolas, con la diferencia de que, si golpeas el bolo después de golpear la bola del adversario, anotaban dos, y si, de la misma manera, enviaba cualquiera de las bolas rojas a través del semicírculo, o conducía la bola del adversario a través de él, anotaban tres. Cada grupo golpea alternativamente, y no repetían, como en el billar común.

RIÑA DE GALLOS

A los gallos de pelea les adicionaban una hoja cortante, como la de una navaja, fabulosamente afilada y puntiaguda, aproximadamente del largo de un dedo; ésta se sujetaba al espolón, o talón del gallo, y así equipado, cualquiera de los dos gallos combatientes que le diera al adversario la primera espuela rigurosa ganaba generalmente la batalla, ya que el gallo herido muere en la mayoría de los casos de una estocada.

CORRIDA DE TOROS.

Lunes 29 de diciembre, comenzaron las fiestas de Ibagué, al mediodía, unos veinte toros de aspecto miserable fueron conducidos a la plaza (que había sido cercada con guaduas), por unos cincuenta jinetes, gritando y vociferando con todas sus fuerzas. Se seleccionaron seis toros y se los condujo a un corral, erigido para este fin; Los demás fueron liberados y expulsados de la plaza. Todos se retiraron a cenar.

A las tres de la tarde comenzó el descarte de animales desechados, tan débiles que apenas intentaban sin fuerza atacar a los jinetes; quien, armados con una larga lanza, con una punta triangular en el extremo, perseguían y atormentaban a los toros clavándole la lanza en su costado. Cuando un toro había sido suficientemente acorralado, se sacaba otro para abastecer el lugar.  Los espectadores corrían peligro, porque algunos, lo bastante atrevidos como entraban al ruedo, para avivar la furia del animal; que corría desbocado de un lado a otro, embistiendo a veces a la galería en que estaba el público, y causando susto y confusión para y salían corriendo antes de que el toro pudiera alcanzarlos.

 

28 de diciembre. Domingo. Al indagar que no era probable que tuviera más éxito en sus investigaciones mineras, y que sólo obtenía información vaga e indefinida sobre este tema,

 

resolvió emprender el apurado viaje de Ibagué a Cartago, a través de la cordillera de los Andes, y   visitar el valle del Cauca.

Para poder llevar a cabo esta travesía solicitó la ayuda del alcalde de Ibagué, Filipe Lozano, quien le ayudó a conseguir los cargueros, mulas, y todo lo necesario; como ese día era el día de  mercado, se dirigió a comprar las provisiones necesarias para su travesía, provisión que consistía en: carne de res seca, tocino de cerdo, gallinas en conserva, salchichas de cerdo, huevos, chocolate, mantequilla, arroz, galletas, papas y cebollas; y un poco de aguardiente.

LOS SILLEROS Y CARGUEROS

A primera el guía y los peones que debían acompañarlo, recibieron la mitad de su pago, a fin de que pudieran comprar sus provisiones para el viaje.

El alcalde le asesoró meticulosamente en la selección del guía y los cargueros. Al preguntar el motivo de su escogencia, me detallo lo siguiente: "Si el gobierno tiene alguna necesidad de un cuerpo de estos hombres para llevar provisiones, conducir soldados, etc., a través de las montañas, envían una carta privada al Juez Político unas tres semanas antes, indicando el número de hombres que necesitarán.  Este oficial manda inmediatamente a buscar el número requerido y, después de recogerlos, los encierra a todos en la cárcel hasta que sean buscados; allí tienen muy poco dinero y no les pagan. El día en que se necesitan, se ponen a cargo de un cuerpo de soldados, y están obligados a cumplir las órdenes del gobierno. Por esto no tienen remuneración, y apenas tienen suficiente comida para su subsistencia. Son arrancados de sus familias durante un período de cinco o seis semanas seguidas, sin poder contribuir a su manutención. Además, el alcalde le comunicó que, a consecuencia de estas medidas coercitivas, los hombres hacían todo lo que estaban en su poder para recompensarse con todas las artimañas y picardías que practicaban con los viajeros; y que, por lo tanto, deseaba que yo tuviera hombres de la mejor reputación.”

El 30 de diciembre, a las ocho, el guía y los peones aparición con dos mulas, una para que yo la montara y la otra para que transportara parte de las provisiones, y los cargueros para llevaban la cama y el resto de equipaje. La carga general de cada carguero es de setenta y cinco libras a cien libras, aunque se sabe que algunos llevan hasta ciento setenta y cinco libras.

EL MADERAMEN O SILLETA,

Describe este artefacto como un armazón en donde llevan la carga o personas, que está hecho de fajas de guadua, de unos tres pies de largo, con trozos horizontales en el extremo inferior, en donde colocan su carga, y luego la sujetan con pretinas, de unas tres pulgadas de ancho, obtenidas de la corteza dura y fibrosa de un árbol, las cuales mojan para darle suficientemente flexibilidad. Dos de ellas cruzan la carga, y pasan por encima de los hombros del carguero, en cuya espalda va colocada la silleta, las correas cruzan su pecho como bandoleras de soldado, y se amarran al maderamen, dejando sus brazos completamente libres. Otra correa pasa por su frente, y se asegura a la parte superior de los bastidores de la silla en la parte trasera, para estabiliza y asegurar la silleta. Se coloca una almohadilla de lino entre la silla de carga, (o silla), como se llama, y las espaldas; y otra entre las correas y la cabeza para evitar el roce de estas partes.

De esta manera caminan, sin tropezar nunca, y rara vez se detienen, subiendo las montañas, y a veces corriendo, cuando la tierra lo permite. Viajan casi desnudos, solo visten un pantalón corto.

El oficio de cargueros y silleros lo ejercen indios y algunos criollos; Sus cuerpos son parte elegantes y atléticos, y de buenas facciones; Su tez es morena.

La mayoría de los viajeros llevan consigo un sillero, que lleva una silla similar a la de cargar bultos, excepto que tiene un soporte para los brazos y un escalón oscilante para los pies. Colocado sobre él, el viajero es llevado a la espalda del peón. 




Capitán de navío, que en 1822 se embarcó rumbo a América, quien viajó por espacio de dos años, iniciando su travesía en el puerto de La Guaira, en donde desembarcó atraído por el comercio de las perlas. Luego, continuo por Caracas y se encaminó a territorio colombiano desde la costa Atlántica a Bogotá.  De Bogotá, empezó su correría por los actuales departamentos del Cauca, Tolima, Antioquia y Chocó, luego de franquear el PASO DE LA CORDILLERA DEL ANDES, LLAMADO QUINDIO, DE IBAGUE HASTA CARTAGO.

Sus experiencias de viaje están descritas en los dos volúmenes denominadas: Diario de una residencia y viajes en Colombia, durante los años 1823 y 1824 (Londres, 1825). Crónicas con interesantes narraciones de la condición socioeconómicas de la época, ilustradas con algunas láminas firmados por el dibujante R. Cooper.

El capítulo X, contenido en el libro desde la página 359 hasta la 392, relata su paso de la Cordillera de los Andes llamado Quindío.

Luego del alistamiento logístico para el viaje, tal como: consecución de cargueros, peones y mulas, y provisiones (carne cecina (tasajo), tocino, aves en conserva, salchichas de cerdo, huevos, chocolate, mantequilla, arroz, y galletas duras; un poco de aguardiente, papas, y cebollas), empezó su travesía el domingo 28 de diciembre del año de 1823, compartiendo itinerario de viaje con un teniente de apellido Ortega y un prestante ciudadano del Valle del Cauca, de apellido Mallarino.

Excepcional relato de viaje, referido a acontecimientos y contingencias en la travesía, sobrevenidos por el mal estado de la ruta, sitios de pernoctada (rancherías, contaderos o tambos), leyendas relatadas por los cargueros y silleros, y reseña toponímica de los puntos del camino, al igual que la descripción de flora y fauna, con especial énfasis de nuestro árbol insigne, LA PALMA DE CERA DEL QUINDÍO.

A pesar de las dificultades físicas de la travesía, se evidencian aspectos que permiten deducir la existencia de un polo de desarrollo, proveniente de los pobladores ubicados a la vera del camino.  De su paso, destaca aspectos de su comercio, clima y pobladores de la ruta y especialmente de Cartago.

Es Interesante la referencia de la existencia de un contadero denominado “Novilla”, concordante al actual sitio de ubicación de Filandia y que textualmente refiere: “5 de enero. Termómetro, a las seis, A. M., 66°. Pasó una muy mala noche; terriblemente mal; lodo hasta las cinchas; mi mula se cayó cuatro veces, pero afortunadamente no me hizo daño. Levantaron varios pavos salvajes, y vieron un animal de una raza entre una liebre y un conejo. Dormí en el contadero llamado Novilla, un lugar muy húmedo. Muy molesto por un pavo, chillando como una mujer en apuros, durante toda la noche.” Pag.371.

Otro dato, la presencia del café en Cartago, que se muestra en el siguiente párrafo: El café crece en gran abundancia en y alrededor Cartago y Cali, dando como veinticinco libras un árbol, en promedio; pero esto es solo cultivada para consumo doméstico, ya que no hay salida del valle (Pago. 384), por el cual, transportar el producto a costa, sería un gasto que no sería sufragado por las ganancias”.

Al final de su travesía y llegada a Cartago,  refiere de manera detallada la temática de la explotación del oro en las minas de la Vega de Supía, Marmato, objetivo cardial de su visita, al igual de otros viajeros que posteriormente recorrieron el mismo itinerario del territorio patrio.

A continuación, la descripción correspóndete al paso de la Cordillera del Quindío, contenida en el capítulo XVI del libro en mención, páginas 359-392.    

CAPÍTULO XVI.

PASO DE LA CORDILLERA DEL ANDES, LLAMADO QUINDIO, DE IBAGUE HASTA CARTAGO-LA BALSA-CARTAGO-MINAS.

Paso de la Cordillera de los Andes llamado Quindío. Teniente Ortega. Mallarino. Erección de una Rancha. Viaje. Malos caminos. La Tapia. El Moral. Día de Año Nuevo. Anécdota de un oficial español. La cena. Tambo de Toche. Malos caminos. Dificultades del viaje. Contaderos. Palmeras. Anécdotas de tigres. Tormenta. Dness. Novilla. Miserables caminos. La Balsa. Correo. Guaduas. Las carreteras más deplorables. Tormenta. Una aventura. Cartago. Señor Le Roche. Minas de Vega de Supía. Sachafruta. Pantano. Echandía. Marmato. Valle del Cauca. Café. Dificultad de exportación. Célebre hierba medicinal Cabuya. Religión de los jóvenes. Matrimonios tempranos. Descripción de la ciudad de Cartago. Comercio. Climatizado. Estima universal de los Indígenas por el Barón de Humboldt. Sierra de Moro.

Todo estando preparado, me despedí de mi amable anfitrión y familia, y montando mi mula, a las diez en punto, partí en mi primera empresa mediana. Casi inmediatamente, saliendo de Ibagué empezamos a ascender una montaña, que dominaba el pueblo hasta el Sur oeste. Encontré el camino particularmente malo, muy empinado, y tan resbaladizo, que las mulas apenas podían mantenerse en pie. Para agregar para mi comodidad, al llegar a un paso angosto, donde la montaña se elevaba perpendicularmente sobre un lado, y un tremendo precipicio en el otro, el dueño de las mulas, que me acompañó hasta aquí, exclamó; - “¡Ah! señor, aquí perdí una valiosa mula el otro día; ¡su pie resbaló en este mismo lugar, y cayendo por el precipicio se rompió el cuello! " Afortunadamente para mí, mi mula mostró más sentido, y me llevó más allá con seguridad. El pobre carguero empezó a sentir el cansancio de subir la montaña, siendo frecuentemente obligado a descansar ellos mismos; pero dijeron que deberían aventurarse al día siguiente, ya que el primer día era siempre la mayoría alternando de ellos. A ambos lados del camino vi un número de monos pelirrojos, saltando de árbol en árbol, que nos miraban de cerca, pero parecía muy inofensivo.

Sobre tres en punto, observé una bandera blanca en una prominencia de una montaña a cierta distancia, y al arribar allí, encontré que es un lugar habitual de descanso y pasar la noche, llamado La Palmilla, donde encontré acampado al teniente Ortega, que había izado una sábana blanca, para que su lugar de descanso se pudiera verse desde la ciudad.

Salió de debajo de su rancho a recibirme, y me recibió en su habitación. Él había salido de la ciudad el día anterior, portando cartas del gobierno para Bolívar; pero habiendo enfermado dos de sus peones, se vio obligado a detenerse y enviar un tercer con el fin de adquirir otros dos para reemplazar los cargueros enfermos. Creo que el hecho fue que los dos peones fingieron estar enfermos, para evitar el servicio obligatorio del gobierno, -- que

en realidad, el estado pierde más por este mal parsimonia juzgada, al no dar a estos hombres paga adecuada, que si los recompensaran en la misma proporción que los individuos.

En compañía del teniente Ortegas iba un joven, de unos quince años, llamado Mallarino, que últimamente había perdido a su padre y se había convertido en heredero de una propiedad considerable. Él venía de Bogotá, donde había estado estudiando en la universidad, para visitar a su madre, que vivía en Cali, una de las ciudades principales, en el valle del Cauca. Lo hallé un chico astuto, pero muy adelantado –consideró yo mismo todo el hombre, y su educación completado La pérdida de su padre tan temprano. una edad era muy lamentable, ya que lo habría mantenido en el tema apropiadoción, y, como el muchacho tenía buenas habilidades, podría posiblemente han hecho un personaje brillante de él; lo cual, ahora me temo, no será el caso, ya que parecía tener una gran inclinación para peleas de gallos y juegos de azar, en lugar de tener cualquier deseo de mejorar su mente por lectura y estudio.

Mis peones inmediatamente comenzaron la erección de mi rancho; el cual fue formado por

clavando dos postes en la tierra, unos cuatro pies de alto y seis pies de distancia, para el frente de la tienda; y lo mismo, unos doce pies detrás de estos, para el otro extremo. Ser entre estos dos palos cortos era, en cada uno extremo, uno alto, como de dieciséis pies de largo; un poste se colocó horizontalmente desde el corto postes de adelante a los de atrás, y otro de la misma longitud de los dos largos justo en el centro; de este abajo poste, vigas ligeras de madera fueron amarradas toge allí por los bejucos de la selva; estas las hojas del beau - árbol fueron colocadas uno sobre el otro, como plumas en un pájaro ala, -una muesca cortada en el tallo para fijar al bejuco, y formaron un refugio impermeable a la lluvia. En el intermedio, mi sirviente preparó la cena, para la cual el aire de la montaña me había dado un buen apetito. Desde el hasta de la bandera, al atardecer, tuve

una hermosa vista del pueblo de Ibagué, que apareció cerca de mis pies, aunque yo tenía han estado ocupados cinco horas en ascender el monte, y otro en salir de la ciudad. Eso parecía bastante en la base de la montaña, y las casas blancas, con sus techos de tejas rojas, tenía un aspecto muy pintoresco.

 

Todos tomamos chocolate juntos e hicimos nosotros mismos perfectamente felices: nos retiramos a descansar, sin embargo, a una hora temprana, con la intención de comenzar temprano en la mañana. El 31 de diciembre, al rozar la luz del día, después de haber dormido bien y perfectamente seco, aunque había llovido mucho caído durante la noche. mi sirviente preparó el desayuno, mientras los peones enrollaban el beau que debía servir para el resto del viaje.

A las seis, A. M., el termómetro 60°, con niebla considerable. A las siete y media monte en mi mula, dejando el marco de mi tienda de pie. Pregunté la razón por la que había otro que el nuestro, como tantos otros los pasajeros además de nosotros deben pasar eso camino. Me informaron que están destruidos por los arrieros para disparar, al pasar con sus cargas, siendo demasiado perezosos para cortar leña; obligando así a cada viajero a perder por lo menos dos horas en levantar su rancha.

Mallarino montó su silla, cuando lo tomamos permiso de nuestro amigo Ortegas, ya que no había peones llegó por él. Él prometió hacer todo lo que estuviera en su poder para alcanzarnos.

A medida que ascendíamos, pronto encontré el icono venience de una mula, y la ventaja del sillero, como anduvo Mallarino delante de mí extremadamente bien y bastante seco; mientras yo estaba dejado atrás, y en unos minutos tenía mi pies mojados, mi mula estaba hasta las cinchas en barro, y en peligro momentáneo de tropezar o clavarse en el fango.

El camino fue construido originalmente por los españoles, de unos dos metros y medio de ancho, con árboles colocados igualmente juntos y bien asegurados, permiten ing un muy buen pasaje; pero, en consecuencia de abandono, la montaña - los torrentes han desgarrado lejos la madera, que no ha sido reparada, y se ha vuelto en partes tan malas y gastadas, que el camino actual es de veinte a treinta pies por debajo del nivel original, con perpendiculares, y tan estrecho, que yo era constantemente obligado a sacar mis pies de los estribos, y ponerlos cerca de las orejas de la mula, para evitar que mis rodillas fueran aplastadas por las orillas a ambos lados: el arriero tenía que cortar los taludes con una especie de azadón recto, para dejar sitio al paso del animal, aunque el equipaje se depositó tanto en el atrás como sea posible. No puedo adivinar por qué mi amigo Lozano me aconsejó usar mulas para cruzar la montaña, excepto que, desde un vestigio de la vieja inercia española, nunca se tomó la molestia de informarse mejor medio para viajar aquí, aunque debe han sido tema de conversación constante con mucha gente que estaba en el diario costumbre de reunirse.

Alrededor de la una en punto se nos unió el Señor Ortegas, habiendo llegado sus peones poco después lo habíamos dejado. En este momento el camino se presentó tan mal, que me vi obligado a desmontar y seguir a pie; la hierba y la verde vegetación había crecido aquí tan exuberantemente, como en muchos lugares para cubrir los flancos de arriba, como un dosel, sobre nuestras cabezas, haciéndolo casi oscuro.

Llegamos a las dos a una choza llamada La Tapia, donde la madera está un poco despejada lejos; desde este punto hay una extensa vista de las montañas, cubiertas de verdor a la cumbre; pero los paisajes de montaña no se ven tan bien, cuando en relieve en las montañas, como cuando se ve desde una altura que domina toda la extensión debajo, o, como se ve desde el mar, cuando a una distancia considerable

de la tierra. Habiendo descansado poco tiempo en La Tapia, nos dirigimos a El Moral, una pequeña choza, con un cobertizo afuera para que los viajeros duerman: aquí

pasamos la noche.

 

El 1° de enero de 1824. Día de Año Nuevo. rosa en a las cuatro y media, y desayunamos a la luz del día. A las seis, termómetro 62º. Una de mis faltan peones; se enteró de que se había enfermado en La Tapia; envió a otro, a quien yo he contratado en esta choza, para llevar mi equipaje, y ayudar al otro. Encontré el camino mejor que ayer, pero muy montañoso. Llegamos a un manantial de agua hirviendo, que surge de una pequeña abertura en la montaña; era, insípido, la tierra alrededor de la boca, era suave y de color blanquecino, tenía un sabor salino.

Poco después de pasar este arroyo, llegamos en un precipicio abrupto, que fue perpendicularmente hacia abajo, unos mil quinientos pies, hasta un torrente de montaña abajo. Aquí teniente Ortegas, con quien conocí mejor, y encontró un amable, tímido y bien en joven formado, me narró lo siguiente anécdota de la crueldad, y sólo castigar ment, de un oficial español. este inhumano miserable, habiéndose atado a un par inmenso

de espuelas de mula, lanzaba incesantemente el Rowels en la carne desnuda de los pobres torturados sillero, quien en vano amonestó con su perseguidor, y le aseguró que no podía

acelerar su paso. Sólo denuncia producida agresión adicional, y el oficial ejerció su espuelas más, en proporción a los murmullos del sillero. Por fin el hombre, despertado a la

tono más alto de excitación enfurecida y re sentimiento, de los implacables ataques de los

oficial, al llegar a este lugar, lo tiró de su silla en la inmensa profundidad del torrente

abajo, donde fue asesinado, y su cuerpo no se pudo recuperar. El sillero salió disparado

a toda velocidad, y, escapando a la montaña, nunca más se supo de él.

Ahora cruzamos el río San Juan, y estamos en un cobertizo llamado El Tambo de Toche, donde nos detuvimos para pasar la noche. Aquí Ortega se unió a las cena, Mallarino tonteando solo. Encontré a mi joven amigo muy sentimental y nostálgico, ya que acababa de dejar su hacer círculo mestizo, al que estaba muy apegado. Nuestra comida no fue particularmente suntuosa: él hizo una sopa de cerdo -salchichas, carne salada, y la raíz de arracacha; y le suministró un salado aves, cocidas en arroz, que se comían como hojas duras otro, sin olor ni sabor. Nuestro el principal consuelo era una taza de buen chocolate

y un poco de galleta. Ahora me encontré de privado de cualquier posibilidad de obtener ponche, ya que, por el descuido de un peón, la calabaza, que contenía mi espíritu, se partió,

y el licor se había escapado. No lo hicimos beber sin moderación, ya que el agua era nuestra única bebida; y no admiramos al Doctor prescripción de sangrado prescripción suficiente para participar demasiado abundantemente.

 

El 2 de enero A las seis de la mañana, el termómetro marcaba 55°. El camino en este día terrible; se vio obligado a caminar gran parte del camino. En muchos lugares observé sobre mi cabeza la línea de camino formada por los españoles, como las vigas sobresalían por los lados, que había sido colocado allí para dar solidez al conjunto: en otras partes, cuando está montado en mi mula, me pareció necesario tener mi sombrero en mi mano, ya que de lo contrario las ramas me lo quité de la cabeza; y, de hecho, sin manteniendo una buena vigilancia, uno tenía una oportunidad de colgar suspendido de un árbol, como Absalón de antaño.

Pasado por muchos Contaderos, abiertos espacios despejados al efecto, y los denominados de la costumbre del puesto del arriero principal allí para contar sus mulas mientras viajan adelante, para que no quede ninguno en el bosque, en cuyo caso detienen la tropa, y vuelven vuelta para buscar a los desaparecidos. A las tres nosotros llegamos a un contadero llamado Calejo, donde Hicimos nuestras ranchas para la noche. está rodeada de palmeras, a las que los loros bandada para dormir en gran abundancia. Mallarino disparó a varios, lo que resultó tolerablemente bueno comiendo. Estas palmeras, por un cierto proceso, produce un vino que los nativos encuentran muy beneficioso para la hidropesía. Hicimos un gran ben fuego para la noche, para alejar a los tigres, que se dice que infestan el vecindario. Los peones nos divertían contándonos muchas historias de tigres llevándose perros, etc. Uno de ellos afirmó, que, al pasar por cierto paso, (que nos señaló lo siguiente

día), en un recodo del camino, de repente llegó un tigre, que estaba desgarrando a una mula muerta. El peón consideró que retirarse era inútil, y por lo tanto avanzó con su cuchillo dibujado. El tigre se acercó, y en acercándose a él hizo una primavera, salto ed muy por encima de su cabeza, y posándose en sus pies, caminó tranquilamente por el paso. Por

la aparición de la mula, el tigre debe han comido abundantemente, lo que, tal vez, puede

cuenta de su proceder pacífico. Estos tigres, que son pequeños, nunca han sido conocido por atacar al hombre; pero seguían a los peones durante días con la esperanza de que mueran, y los devorarían inmediatamente. Una tarde, mientras buscaba leña, me encontró los huesos de un pobre hombre, que había lo más probable es que se haya encontrado con tal final.

El 3 de enero. A las seis, A. M., termómetro 52°. El camino extremadamente malo. Se sorprendió una tormenta acompañada truenos y caída de granizo. Pasamos grandes cantidades de palmeras, y llegamos al boquerón el páramo, cubierto de nieve.

El 4 de enero A las seis de la mañana, termómetro 49º. Muy enfermo durante la noche; atacado con vómitos violentos; apenas capaz de proceder; casi cayendo a cada instante de mi mula; terrible dolor en mis hombros y cabeza, que al movimiento del animal que montaba me aumentaba.

Pasamos tres veces el río Quindío y nos detuvimos al alrededor de las cuatro en punto en un lugar abierto cerca el río, cuando afortunadamente me encontré con un muy arriero con su tienda preparada, un dónde me deslicé y me acosté. Apenas había entrado, cuando empezó a llover a torrentes y desgarradores truenos y relámpagos. La tormenta duró dos horas, tiempo durante el cual dormí profundamente; y cuando mi propia tienda estaba preparada para mí, al despertar me retiré a ella. Mallarino tuvo la amabilidad de darme la mitad de un pájaro que acababa de matar, del cual hice una sopa, que me hizo mucho bien.

El 5 de enero. Termómetro, a las seis, A. M., 66°. Pasé una muy mala noche; terriblemente mal; mi mula con lodo hasta las cinchas; se cayó cuatro veces, pero afortunadamente no me hizo daño. Había abudantes pavos salvajes, y vi un animal de una raza entre una liebre y un conejo. dormí en el contadero llamado Novilla, un lugar muy húmedo. Muy molesto por un pavo, chillando como una mujer en apuros, durante toda la noche.

El 6 de enero. Termómetro 62º. Encontramos en condiciones difícil de paso. Los declives de muchos de los pasos estrechos eran tan perpendiculares, que el mulas, en cuclillas sobre sus jamones, se deslizaron hacia abajo veinte o treinta metros, sin posibilidad de detenerse, y con inminente peligro para el jinete: dos veces al bajar tal un empinado la grupa de mi silla se rompió, y yo me deslicé hacia adelante hasta el cuello de mi mula, solo me mantenía sobre asiento de mi silla a fuerza de apretar mis rodillas contra las fauces del pobre animal que andaba a zancadas, y no tenía tiempo ni fuerza para patear.

 

Observé una gran cantidad de árboles llamados Yurumos, cuya hoja tiene un aspecto blanco plateado en la superficie superior, y verde por debajo; dando un aspecto peculiar a la distancia. En este punto, se encontró con un coronel del ejército colombiano que venía del Perú, vía Guayaquil; nos informó que Bolívar había establecido dos paquetes para correr entre Callao y el puerto de Buenaventura, a fin de facilitar la comunicación entre las capitales del Perú y Colombia Nos informó de una reciente conspiración detectada entre algunos Perú vian oficiales, que habían sido frustrados; que Bolívar tenía un ejército de quince mil hombres, y se espera que comience a operar en marzo, cuando los caminos serían transitables; y que los españoles se habían retirado en Alta Perú.

 

Se quejó de haber perdido ya un peón, aunque sólo en el día de su segundo día Ney; y dándonos su nombre, nos pidió denunciar ante las autoridades correspondientes. Llegué a La Balsa, un pequeño pueblo, y dormí en una cabaña muy incómodamente, como las mulas y los peones no llegaron con nuestra ropa de cama, siendo retrasados por el mal estado de los caminos. El 7 de enero yo estaba aquí atacado por la misma enfermedad como en las montañas: una especie de centinela, con náuseas; y sufrido mucho de tener un excelente apetito, pero no tengo poder para digerir lo que comí. estar obligado para ser mi propio médico, me recetó calomelanos y sales, lo que me alivió un poco.

Como a las ocho llegó el correo, con su mochila cargada sobre su espalda, de unas cincuenta libras de peso; otro peón en compañía de él; ¿dijo tenía cartas, y mucho oro y platino. Le pregunté si no tenía miedo de ser robado?  dijo, tal cosa nunca se ha oído hablar; es una fuerte prueba de la honestidad natural de los indígenas, que sólo necesitan estar bien dirigido y gobernado. El correo viaja de Cartago a Ibagué en cuatro días.

Me entretenía, durante el día, en caminar por cerca de unas pocas casas dispersas y sus

pequeños dominios; y debo decir que, aunque en el estado más rudimentario de cultivo, sin embargo, la poca apariencia de industria me causo alegría, después de muchos días que había pasado sin ver ninguna casa en el camino.

Las casas que componen este pequeño pueblo están construidas enteramente de cañas, llamados guaduas, que crecen a la altura de setenta a cien pies. Estas cañas tienen nudos en cada dos pies y cada división produce una excelente y pura agua. Todos los artículos de lino están aquí muy escasos, y particularmente caros; el único comercio son los sombreros de paja de una muy pobre descripción, y bordados para vestidos, de obra tosca, en imitación de encajes, de los cuales cuatro yardas se venden por un dólar; y un niño tarda un mes en trenzar lo suficiente paja para ganar la misma suma. Alrededor de tres, P. M., llegaron mis mulas, bastante cansadas; mi criado me dijo, que, a consecuencia del mal estado de los caminos, las mulas se habían caído mucho. En uno de estas caídas se me rompió el termómetro, que aunque se había protegido envuelto cuidadosamente en franela se partió.

Es casi imposible transportar estos instrumentos con seguridad por estas montañas, por la ocurrencia de tantos accidentes imprevistos. Yo aquí tuve el lujo de afeitarme, de lo que no había disfrutado durante mi viaje; y después de un baño en un arroyo vecino, me sirvió para refrescarme.

El 8 de enero. A la luz del día comenzó a hacer preparativos para empezar; pero, por desgracia, uno de las mulas del teniente Ortega se habían extraviado en el bosque, y no podía ser atrapada por los hombres enviados en su persecución; pero en su persecución y la alcance, se envió un negro viejo, quien con la ayuda de algunos perros y hombres, acostumbrados a los bosques y después de dos horas de retraso, alcanzaron el animal.

Como a las nueve montamos, y salimos de La Balsa, siendo informado que había un buen camino de mulas hasta Cartago; pero, ¡oh! ¡Cuán terriblemente fuimos engañados! Apenas

si habíamos avanzado una milla cuando encontramos el camino horrible; las mulas con barro hasta las cinchas, caían constantemente en los lodazales del escabroso camino, con el riesgo inminente de nuestra integridad, viéndonos obligados a desmontar y caminar, con la gran molestia de mi compañero, que estaba alegremente ataviado con uniforme, a fin de hacer su aparición en Cartago; en cuanto a mí, era de ninguna consecuencia, estar todo en bruto, tener decidido a no dejar mi vestido de viaje por lo que debería llegar a ese lugar.  Al mediodía llegamos al río Vieja, que cruzamos en una canoa, nadando nuestras mulas al costado. De ahí a Cartago había sólo dos horas de viaje; pero no se guarda una canoa para ese propósito.

Una vez cruzado el río, continuamos nuestra ruta; siendo frecuentemente obligado a apearse y caminar por el terrible lodo del camino. Para añadir a nuestra miseria, vino una tremenda tormenta, asistida por una lluvia torrencial. Pasando alguna parte del camino era exactamente como caminar a través de cascadas, donde las mulas, cuando se dejan a sí mismos, difícilmente podría obtener un pie seguro. Permanecí por algún tiempo bajo un árbol de hojas gruesas; proseguí mi amigo. Al corto tiempo vi que no había perspectivas de una reducción de la tormenta, cuando mis oídos fueron asaltados por lo que Imaginé el espantoso rugido de un tigre, que parecía haber tomado posesión de su cargo en el mismo camino que tenía que pasar. el tigre rugiente se me acercó: sólo tenía una pistola, y la lluvia,

vertiendo en torrentes, hizo esto, pero de poco Cual era la tarea asignada? -no hubo

tiempo que perder. Volví mi cabeza de mula, y estaba a punto de retirarse a paso redondo,

cuando subió uno de mis peones. le pregunté Cuál era la tarea asignada? pareció sorprendido. “¿No has oído el rugido de un tigre acercándose de esta manera? le exigí Oh, maestro", fue la respuesta, "el rugido es sólo el de una tropa de monos, incomodados por la lluvia”. Tal fue realmente el caso. Los monos avanzaban, rugiendo a coro, mientras

pasaron de árbol en árbol. me alegró dejar de escucharlos, y fue algo tiempo antes de que me deshiciera de mi susto. me uní mi amigo, y contándole mi aventura, él se rio de mí de la manera más inmoderada; aunque yo creía, que, si él hubiera estado en mi lugar, había actuado exactamente de la misma manera. Estábamos ahora los dos en una situación miserable. empapado hasta los huesos, cubierto de barro, hasta las rodillas, viéndonos

obligados a desmontar, ya que nuestras mulas no estaban en capacidad de trasportarse con nosotros en sus espaldas.

Nuestra única diversión era reírnos de cada uno. otro, ambos apareciendo en un estado tan desamparado.

 

Alrededor de las tres avistamos la ciudad de Cartago, situada en la base de la montaña debajo de nosotros, en la margen izquierda del río de La Vieja. La llanura que lo rodeaba era dividida por muchos montículos, causando una gran calidad de la superficie. Ahora rápidamente se acercó al pueblo, descendiendo la montaña por un camino mucho mejor, y llegamos cuatro y media. Mi amigo fue al Juez Político, y me dirigí a la casa de don

Luis Jordán, el administrador del puesto oficina, y se reunió con una amable recepción. Él

me proporcionó una muda de ropa, es decir, una camisa y un par de pantalones.  Como era un bajito, gordo, este atuendo me hizo ver muy cómicamente; la camisa colgando como un saco sobre mí, y sus pantalones solo sirviendo como calzones cortos: pero un cambio fue de lo más agradable; y con un cena caliente, y un poco de ron añejo además, que produjo mi anfitrión, me puse muy cómodo, y fue bastante restaurado. Un bronceado temprana hora le rogué que me retirara a mi cama, que consistía en una manta y una sábana, extendidas sobre una mesa, para cama y ropa de cama, y ​​una sábana para cobijarme Yo, sin embargo, dormí muy profundamente, siendo muy fatigado con el viaje de mi día.

 

El 9 de enero. Una mañana hermosísima: la temperatura muy agradable. mi sirviente y el equipaje llegó alrededor de las diez. Él tuvo obligado a dormir en las montañas. Yo ahora obtuvo lavanderas, carpinteros, y zapateros, para poner en orden las cosas que había sufrido en el transporte. Acompañado Don Luis visitará a su socio en el cargo, Don Zerato, hombre sensato y agradable, que había anteriormente visitó Jamaica. Él nos condujo a

visitar a Monsieur Le Roche, un francés, residente dieciséis años en Colombia, teniendo la

cargo de administrador de tabaco. Aquí nosotros permanecimos mucho tiempo, discutiendo en general temas, relacionados con las minas, y todos las producciones del país.

Las conferencias se continuaron durante algunos días, ya que encontró a Monsieur Le Roche excesivamente bien versado en todos los puntos en los que deseaba información; y adjunto de inmediato lo que recogí de él .

 

Las minas de la Vega de Supía están situadas en el valle del Cauca, tres días de viaje hacia el norte, hacia Antioquia. De allí, cruzando el Cauca, en dirección a Medellín, la ciudad de Nare en el Magdalena se puede ganar en ocho días, con buen carruaje de mulas o de agua durante toda la distancia.

La mejor mina de la Vega de Supía (en la opinión de M. Le Roche, que fue durante algún tiempo director de ellas, y es un excelente mineralogista, habiendo estudiado el tema científicamente) es la mina de Sachafruta, sobre un cuarto de legua del pueblo llamado Vega de Supía. En esta mina había una excavación cortada horizontalmente durante unos cuarenta metros, y luego un eje de unas cincuenta yardas perpendiculares; en la extracción del mineral de la parte inferior del cual, el pozo lleno de agua, y detuvo el trabajo posterior de la mina. METRO.

Le Roche lo inspeccionó mientras trabajaba, y obtuvo especímenes sostenidos de cada parte.  Dijo el, la mía era particularmente rica, y la carga dos yardas de espesor; que no requeriría un aditamento de más de doscientas yardas para drenar la mina, y que el costo no excedería tres mil dólares. El mineral extraído rendiría alrededor del setenta por ciento, con todas las razones para esperar que la plata pura encontrarse; como, entre los últimos de la carga que sacaron, se hallaron piezas de plata en ese estado. Desde la apertura, la mina ha gradualmente aumentó en producir; al principio solo dando cinco onzas en el quintal de un hundred y doce libras de la carga, pero ltimol y setenta libras por ciento. M. Le Roche considera, que en primera instancia el mineral debe ser machacado y lavado para obtener el oro nativo y plata, y el resto mezclado con plomo, y pasado por el horno, para obtener el todo el metal.

Esta mina pertenece a particulares, que han sido arruinados por la revolución, y no tienen fondos para ponerla en orden de trabajo. Propuse un arreglo, que acordaron; y tengo todas las rea hijo esperar que a esta hora la mina este siendo forjado activamente.

En la Vega de Supía, se van a contratar peones, que bajo soportar el trabajo de las minas; y las provisiones de la vida se deben tener en abundancia; el alquiler de cada hombre, con su sustento incluido, no superior a dos reales (un chelín, inglés) por

día. El promedio de los soportes del termómetro a unos 66º.
La mina de Pantano, que es mezcla de plata con plomo, rendimiento sesenta por ciento de plomo y tres onzas de plata el quintal, está a una legua de la mina de Sachafruta; de una excelente carga. Es bastante seco y ha sido poco trabajada.

La mina de Echandía, en el cerro de Loaiza, cercano al de Pantano, tiene una carga muy rica, de rendimiento de setenta a, ochenta por ciento de plata, con una mezcla de oro; es bastante seco, y sólo se ha trabajado unas veinte yardas horizontalmente en la colina. La carga es, sin embargo, sólo de dieciséis a dieciocho pulgadas de espesor. En el cerro de Loaiza hay así mismo una mina de plata nativa, descubierta por una mujer que lava por oro, que, al intentar en este lugar, se ha obtenido alrededor de media docena bateas, media libra de plata. Esta mina no ha sido trabajada.

Por último, están las minas de Marmato, muchas en número; dan un oro blanquecino de un

de capa baja, unos catorce quilates. el mineral es una mezcla de oro, plata, cobre y hierro;

es en gran abundancia, y se machaca fácilmente a polvo. El presente método consiste en magullar el polvo, y luego lavarlo en diques formados en corrientes de agua, por lo que gran parte del metal se pierde. Hay mucha agua por todas partes; y erigiendo molinos, y bandejas para lavado, según las más improbados principios de Europa, y en gran parte escala, con un buen capital, se puede hacer mucho de ellos .

Los cerros alrededor de Cartago están muy cargados con nitro: extraer un quintal cuesta alrededor dos dólares y medio; pero el gasto de transportarlo a Cartagena plantearía

a diecisiete dólares y medio, sin incluyendo cualquier ganancia; de modo que, aunque abundante, no es probable que se convierta en un artículo de comercio. Hay una sal medicinal igualmente para adquirirse en grandes cantidades.

Las principales producciones del país son, café, cacao, azúcar, tabaco y plátanos; en algunas partes se cría gran cantidad de ganado.

El café crece en gran abundancia en y alrededor Cartago y Cali, dando como veinticinco

libras un árbol, en promedio; pero esto es solo cultivada para consumo doméstico, ya que no hay salida del valle (Pago. 384), por el cual, transportar el producto a costa, sería un gasto que no sería sufragado por las ganancias. El cacao de los llanos de Cartago es muy superior al de Guayaquil, y es el más productivo. La caña de azúcar es particularmente fino y exuberante. El tabaco crece sólo para el gobierno; pero cualquier cantidad puede ser producido, el clima es peculiar adaptado para ello. El maíz. crecería bien sobre Cali, la temperatura es la misma que en Ibagué.

Es muy lamentable que el producto de este fértil valle no se puede exportar y el cultivo así alentado; pero la falta de salidas convenientes hace que el transporte tan muy caro, en cuanto obligar a los nativos a limitar su crecimiento a la cantidad meramente necesaria para su propio uso.

La ruta menos costosa es de Cartago a Buenaventura, en el Pacífico, y esto son ocho dólares por quintal, teniendo que viajar en mulas, por peones y por agua; por lo que temo que pasará mucho tiempo antes de que cualquier producto del valle pague la exportación, excepto los preciosos metales El magnífico río Cauca corre a través de la totalidad de estas llanuras, pero es infortunadamente solamente navegable en lugares particulares; y temo que los recursos del país enfermo no por algunos años justificar el gasto de formar un camino adecuado y conveniente a lo largo sus bancos, aun suponiéndolo posible, que es muy problemático, ya que el curso del río está en muchas partes estrechado por perpendiculares rocas.

En el distrito de Popayán, en este valle, se encuentra para ser adquirido una hierba célebre, que cura todas las heridas, úlceras y gangrenas, llamada Cabuya. Hay tres especies de ella: una de un color azul claro, sin espinas en la borde de la hoja, conocido con el nombre de Mexi pueden; otra más verde, con espinas, llamada machista y la tercera clase, con pocas espinas, llamado hembra. De las largas hojas de este planta, magullando y golpeando, un jugo espeso es expresado ; esto se mezcla con agua, hervir , y se mantiene desnatado hasta que se reduce a la consistencia de miel; entonces es apto para su uso.  En casos de cortes, cuando sean severos y peligrosos, si aplicado , cura en tres días , y nunca permite que se produzca la gangrena. lo más en Las úlceras veteadas no son conocidas por resistir sus poderes nativos más de quince días. En Venezuela llaman a la planta cocaisa, de que le dan muchos usos, y hasta se lo comen.

A mi regreso a casa, encontré al teniente Ortegas esperando para despedirse de mí; en compañía de su guía y caballos con, con el fin de proseguir a Cali y Buenaventura. Nos despedimos; y le di mi dirección en Inglaterra, para que me visitara, expresó gran deseo.

Por la tarde entró el joven Mallarino; y la conversación girando en torno a la religión, Don Luis parecía ser muy intolerante con su religión, y no tengo idea de razonamiento. ¿Cómo?, dijo él, “¿Puedo suponer que mi credo está equivocado, cuando tantos santos y santos doctores han escrito, confirmándolo? — “¡Ay!” gritó Mallarino, ese es un muy mal razonamiento, para toda religión tiene sus sabios doctores que escriben en apoyo de eso; y, aunque hay tantas religiones en el mundo, sin embargo, de acuerdo con su argumento, cada uno debe ser correcto.  Solo hay ahora una luz irrumpe sobre los jóvenes, que ven los muchos errores de su religión, y aún no saben cómo formar sus opiniones.

Durante un tiempo, creo, por lo que puedo observar, que el deísmo será la religión más generalmente adoptado, hasta que se introduzca el credo protestante deducido, que, no tengo ninguna duda, tendrá muchos partidarios en el país.

Nuestra cena fue muy frugal, --una taza de chocolate y algunos dulces, algo raro, no he visto vino o licores y bebidas espirituosas otros blancos; y a menudo a thefound littlethe usewant de estos de uno, y o el atributo bajo y debilitando el efecto de la dieta intermitente de las personas, fiebre I mucho en sus constituciones.

Enero 10 Me empleé a mí mismo, durante el mañana, al examinar el vecindario y sus producciones. Por la tarde,' acompañado por don Luis a visitar a uno de los alcaldes, cuyo hijo se había casado esa mañana. Yo fue muy cortésmente recibido y presentado a

la novia y el novio, - un extremadamente pareja joven: la dama bajita, gorda y brunette, de unos catorce años; el gentil hombre delgado, de la misma tez que su esposa, y de unos dieciséis años. Creo que estos matrimonios tempranos son muy imprudentes, para usar el término más suave, ya que generalmente son el resultado de una pasión momentánea, que, a una edad tan juvenil, pronto se enfría por possesción, y hace que el resto de sus vidas una era de arrepentimiento por precipitaciones pasadas.

Comenté al Alcalde la deserción del coronel en las montañas por el peón, como yo se le había pedido que hiciera. el no apareció prestar mucha atención a la queja, simplemente diciendo, tales cosas eran muy comunes ocurren rencillas; pero que si el peón fuere tomado, él ciertamente debe ser castigado; sin, como jamás, dando órdenes para que lo llamaran. Tal es la indolencia natural del pueblo; y, no tengo ninguna duda, nunca otorgó una segunda reflexión sobre el asunto.

11 de enero. Pasó la mañana en hacer exámenes y consultas sobre todos los temas conectado con el objeto de mi viaje; y por la tarde acompañó a Don Luis en un pasear por la ciudad, construida en cuadrados, y contiene cerca de dos mil en habitantes ; anteriormente tenía el doble de este número, pero fue cuatro veces saqueada por los pastucianos, (que estaban a favor de la causa realista durante la real), que necesariamente ha disminuido la población . El pueblo está bien situado en la margen izquierda del río Vieja, cuyas aguas puras y aguas salubres, a poca distancia por debajo el pueblo, comunica con el Cauca. Los habitantes nunca se han tomado la molestia de cavar pozos; en consecuencia están obligados a enviar al río por toda el agua necesaria para usos domésticos; mientras que, si se hundieran pozos en cada patio, lo harían, la mayoría probablemente, obtener agua unos veinte pies por debajo la superficie. Hay una catedral y dos iglesias parroquiales, en buen estado, con tolerables órganos, hechos por un ingenioso nativo del lugar, que es casi autodidacta. lo que dio para mí el mayor placer fue una escuela, está basado en el principio de Lancaster, para niñas y niños, y que parecían bien conducidos. El comercio de este lugar está casi confinado al envío de carne seca y cerdos vivos al Chocó; en qué provincia apenas tienen ganado, ya que el pasto no los sostiene.

Tuve una larga conferencia con el Juez Político, que me dijo que había mucho desperdicio

terrenos en las inmediaciones, que se darían a colonos que podrían salir, y que sería fácil

obtener lo necesario para la vida; a pesar de la dificultad de la exportación, en la actualidad no hay muchas perspectivas de hacer una fortuna .

12 de enero. Comenzó los preparativos para mi partida para el Chocó; pero experimentado considerable dificultad para conseguir peones. En el coche hice una excursión con el Juez Político, Señor Zereso, Don Luis y M. Le Roche, a una pequeña colina que domina la ciudad, cuando, siendo tolerable la noche, tuvimos un hermosa vista de una cadena de montañas que divide este valle desde el Océano Pacífico, sus cumbres totalmente cubiertas de nieve. Se ve el humo de un volcán, que es situado en el otro lado de la cumbre de las montañas. Desde una pequeña cadena de colinas, cerca de esta sierra, con un buen vaso, se han visto números de ele carnívoro fantasmas, alimentándose de las llanuras que bordean estas regiones heladas: sus enormes dientes ocasionalmente han sido visto; pero nadie ha tenido éxito todavía en matar a uno de estos animales, o acercarse a ellos. Existen grandes cantidades de ganado salvaje en estos llanos, los indios hacen excursiones para matar dichos ganados. 
Esta cadena de montañas corre hacia el norte este y suroeste. Como a tres o cuatro leguas de Cartago, hay una cadena de colinas, de poca elevación en la llanura, donde se alberga enteramente el pueblo y valle de Cartago del frio, explosiones que provienen de la montaña cubierta de nieve y tainos. Estos vientos helados bordean el  colinas, y estalló en la llanura, a unos cinco leguas de distancia de Cartago, donde, en noche, a veces hace tanto frío que requiere dos o tres mantas para mantener uno caliente. En la llanura detrás de estas colinas, el Juez Político se inclina a pensar que el maíz crecería abundantemente, ya que el suelo es muy rico, y el clima templado, inclinando al frío. 

Después de mi regreso, tuve largas cuentas de Don Luis de la revolución por estos lares; y

algunas de las descripciones de las acciones obtenidas por los patriotas creencia realmente asombrada, tanto saborearon de lo maravilloso; pero ellos estaban tan bien y universalmente atestiguados, que para dudar de la veracidad de mi historia hubiera sido imposible. La emancipación de este país parecía condenado y favorecido por el cielo; porque bajo circunstancias la mayoría de desventajoso, y en emergencias lo más angustiosos, algunos inesperados y milagrosos ocurrieron incidentes que dieron la victoria a los republicanos, y derrotó todos los esfuerzos de los realistas.

Don Luis me preguntó si conocía a Barón Humboldt, (quien, como yo, había residido en su

casa por un tiempo) y lamenté poder no darle ninguna información en particular de este caballero, excepto que había oído que estaba bien cuando salí de Europa. Es justo decir que, dondequiera que he seguido los pasos del Barón Humboldt, he oído la mayoría

preguntas amistosas y ansiosas por él, y todos se unen para pronunciar un elogio sobre su

urbanidad de modales, conducta entrañable y porte caballeroso.

 

13 de enero. En una conversación con M. Le Roche, me informó que había viajado sobre Buenos-Aires y las montañas de Perú Dijo que, en los llanos de Buenos Aires, unas ciento cincuenta leguas de esa ciudad, se ve la Sierra de Moro, un volcán extinguido, cerca del Sierra de San Luis. Lo examinó hasta donde como podía descender, lo cual era una consideración distancia capaz, y de allí una piedra grande arrojado hacia abajo no devolvió ningún sonido. Mayo. no valdrá la pena de algún viaje futuro, ler, provisto de la lámpara de Sir Humphrey Davy, y habiendo erigido un molinete, o grúa, en la parte superior, para descender este cráter, examinar más de cerca los estratos de la tierra, y escudriñar más íntimamente la formación geológica de más íntimamente la formación geológica del interior de este globo”

 

 

CAPÍTULO XVII.

CAUCA —PASO ANCERMA DEL CORDILLERA DE LOS ANDES, LLAMADA CHOCO,

DE CARTAGO A LA NOVITA - EL CHORO DE PAJEA-RANÁ DE VENENA LAS JUNTAS

TANINA - COMUNIDAD PROPUESTA DE NOVITA CACION ENTRE EL PACIFICO Y EN

OCÉANOS LÁNTICOS.

 

14 de enero. Tener en el anterior incluso ing pagué mis visitas de despedida, comencé sobre medio día, después de haber tenido con infinitos apuros, a pesar de la ayuda de mi amigo Don Luis, recogió mis peones. proporcioné yo mismo un sillero, habiendo decidido cruzar la segunda cadena de montañas para llegar al Chocó; y, examinando sus tesoros minerales, después de pasar y descender el río Atrato, para ganar Cartagena Los esfuerzos que había hecho para semble mis peones, bajo los abrasadores rayos de [1]

 

 

 

los pobladores de Nueva Salento y Manzanares una extensión determinada de tierras baldías.

El Congreso de los Estados Unidos de Colombia.

DECRETA:

Art. 1° Para adjudia a los pobladores del sitio de Manzanares, en el Estado del Tolima, y de la Villa de Nueva Salento, en el Cauca, las tierras baldias que se les han cedido conforme a los aretiulos 2° y 3” del Decrerto legislativoa de 4 de mayo de 1866

 

Dejó de ser pueblo

y pasó a ser ciudad

esta villa nuestra

de casualidad.

Ya viene el archivo

Ya viene y se va

y con tantas vueltas

se nos va a acabar.

Dígale a Circasia

Filandia y Calarcá

que el "Cuyabro" tiene

Distrito en propiedad.

Fuente: EL CAFÉ EN COLOMBIA, 1850-1970. Pág. 294

 

 

70 ANC, o p. cit., 1889-1890. El 10 de noviembre de 1889 el personero de Salento denuncia al ministro del Tesoro que Lisandro Caicedo (el propietario de Burila), "quiere extender los linderos de la hacienda 'La Paila' dándole a la cordillera de 'Los Andes' el nombre de 'Sierra de Pijao' lo que les darían unas 100000 hectáreas a expensas de la nación y de los colonos, en este caso se trata de una confusión de nombres y aclarando este punto la Nación recuperará para las tierras públicas lo que esa gente quiere tomarle". No cabe duda de que en muchas circunstancias semejantes los colonos pobres debieron usar muchos trucos similares; sería muy difícil pensar que no lo hubiesen intentado: aun así, el problema que enfrentaron era la cantidad: nunca en esa escala.

 

LOS DESPOJOS EN EL RÍO LA VIEJA

En la vasta extensión de terrenos baldíos correspondientes a esta jurisdicción se hallan establecidos centenares de individuos cultivando tierras. Como la región comprendida en la hoya del río La Vieja es muy bonita y reconocidamente feraz, se ha despertado demasiada ambición, y unos y otros, cual más cual menos, trabajan en el sentido de ensanchar sus cultivos y de hecho se creen dueños de un lote de terreno más o menos grande según su capricho, en parte inculto. En esa localidad hay ricos y muchos más pobres que no vienen a hacer algo sino al transcurso del mucho tiempo y por esta causa los primeros vienen adelantándose de una extensión considerable hasta llegar el caso de que los últimos no tienen para dónde ensanchar sus trabajos, lo que motiva continuas desavenencias entre ellos y como en esas montañas o bosques la mayor parte es gente ignorante que ignora completamente las disposiciones que reglamentan este ramo sucede que están sufriendo engaño de cierta clase de individuos validos éstos de la influencia o del dinero que desgraciadamente triunfa algunas veces sobre algunas clases sociales, lo que va en perjuicio directo de desgraciadas familias que penetran a esas tierras sin más recursos que sus fuerzas materiales y el halago de la feracidad. Su señoría comprende perfectamente bien que hay necesidad de dar amplias garantías al círculo pobre pues como carecen de recursos buscan el amparo de la ley para que los favorezca de los ataques de los ricos por medio del dinero.

Manuel M. Grisales, uno de los fundadores de Manizales, al cabo de los años pasaría de aliado natural de los colonos campesinos a disputarles derechos sobre la tierra, a pesar de que era uno de los nuevos afortunados que podía hacer valer la influencia del dinero.

En 1892 el viejo Grisales adquirió con bonos territoriales 2 000 hectáreas en las márgenes del río La Vieja cerca de la población de Filandia, donde se habían establecido de tiempo atrás varios centenares de colonos con "casas de habitación, dehesas de pastos artificiales para más de 1 000 reses y cultivos de otro género como

plantaciones de caña de azúcar, plátano, cacao, café y tabaco". Es cierto que Grisales había solicitado la adjudicación desde 1877, y que entre esta fecha y la resolución de 1892 ocurrieron muchas violaciones de procedimiento y violaciones de fondo; según los colonos, de 2 000 se pasó a 5 000 hectáreas y la ubicación de los terrenos adjudicados está "la mayor parte en terreno muy distante del denunciado y solicitado en la adjudicación". Aunque en 1886 el Ministerio de Hacienda improbó una adjudicación provisional y "ordenó que se subsanaran los defectos anotados", Grisales se apresuró a cumplir varias formalidades sumarias en la prefectura de Salento, "subsanó" los errores y logró la adjudicación definitiva en 1892.

Los graves enfrentamientos entre colonos y terratenientes que se prolongarían desde 1905 aproximadamente hasta 1915 en esta región se incubaron en esta atmósfera, en donde el dinero de los "ricos sirvió para burlar el amparo que la ley garantizaba a los pobres".

 

El 4 de diciembre de 1887 los vecinos de Filandia dirigen a las autoridades nacionales un memorial denunciando que José M. Marulanda, Sotera Suárez, Florencia Echeverri y Juan A. Botero piensan adquirir mediante títulos de concesión o bonos territoriales terrenos en la margen derecha del río La Vieja en donde están establecidos muchos pequeños cultivadores con casa y labranza. Arguyen los colonos que tales terrenos no son enajenables según la Ley 48/82 por estar ubicados cerca de centros poblados (Cartago, Pereira, Filandia) y piden protección oficial contra "los que prevalidos de su capital lanzan de esos terrenos a los padres de familia que hoy los ocupan impidiendo así la inmigración que cada día es más numerosa a esta provincia". En 1889, por ejemplo, después de muchas quejas y denuncias similares, el Ministerio de Hacienda dictó una resolución para impedir "que unos pocos especuladores de bonos territoriales se apoderen de grandes extensiones de terreno en perjuicio de los pobladores y cultivadores establecidos allí [Salento, Quindío]”. Sin embargo, las peticiones de los colonos de Salento venían de tiempo atrás. El 28 de abril de 1891 el alcalde de esa localidad escribía al ministro de Hacienda que:

 

En 1892 Manuel M. Grisales adquirió con bonos territoriales 2000 hectáreas en las márgenes del río La Vieja cerca de la población de Filandia, donde se habían establecido de tiempo atrás varios centenares de colonos con "casas de habitación, dehesas de pastos artificiales para más de 1 000 reses y cultivos de otro género como

plantaciones de caña de azúcar, plátano, cacao, café y tabaco". Es cierto que Grisales había solicitado la adjudicación desde 1877, y que entre esta fecha y la resolución de 1892 ocurrieron muchas violaciones de procedimiento y violaciones de fondo; según los colonos, de 2000 se pasó a 5000 hectáreas y la ubicación de los terrenos adjudicados está "la mayor parte en terreno muy distante del denunciado y solicitado en la adjudicación". Aunque en 1886 el Ministerio de Hacienda improbó una adjudicación provisional y "ordenó que se subsanaran los defectos anotados", Grisales se apresuró a cumplir varias formalidades sumarias en la prefectura de Salento, "subsanó" los errores y logró la adjudicación definitiva en 1892.

 

 



[1] DIARIO DE UNA RESIDENCIA Y VIAJES EN COLOMBIA, DURANTE LOS AÑOS 1823 Y 1824, POR CAPITÁN CHARLES STUART COCHRANE, DE LA MARINA REAL. EN DOS VOLÚMENES. VOLUMEN II IMPRESO PARA HENRY COLBURN, NUEVA CALLE BURLINGTON. 1825. LONDRES. CAPÍTULO XVI.Págs.359-392

Por Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

Fuente:   Viajes a través de la cordillera de los Andes - La Balsa - Cartago - Minas. BANCO DE LA REPUBLICA, BIBLIOTECA V CENTENARIO COLCULTURA VIAJEROS POR COLOMBIA.

 



[1] Viajes a través de la cordillera de los Andes - La Balsa - Cartago - Minas. BANCO DE LA REPUBLICA, BIBLIOTECA V CENTENARIO COLCULTURA VIAJEROS POR COLOMBIA.

HISTORIA DEL TERRITORIO QUINDIANO. EL NEGRO “ARRAYANALES”

 

EL NEGRO “ARRAYANALES”



Juan Fernández (Arrayanales), hombre de semblante campesino, tez morena y tersa, frente amplia, dividida por una arruga que la partía en dos, ojos negros y brillantes, boca amplia, labios gruesos y rojos, dientes blancos y parejos, como los de una mazorca, enmarcados en su sonrisa cordial, ruana al hombro, alpargatas de cabuya, sombrero aguadeño y pañuelo raboegallo.

Solitario rondaba por el camino de Armenia a Filandia, en el cañón de “Cruces”, paso obligado para los viajeros con dirección a Manizales.  Camino trajinado por gentes y sus cabalgaduras, sitiado de atroces despeñaderos que se extendían peligrosamente entre altos camellones, incluidos enormes y brillantes lajas negras por cuyas grietas brotaban lamas amarillentas y piedras adornadas en sus acoples por helechos sarros que ondeaban a soplo del viento.

Camino abierto por las patas de los animales, de transito difícil, más parecía un harnero cuyos huecos en invierno estaban llenos de agua cenagosa y cuando el sol secaba los tragadales se veían los huecos de tierra pintados de color amarillo y verde. Sendero peligroso por donde de cuando en cuando asomaba la cabeza una asustada lagartija.

Una mañana, el comerciante Belisario Henao, marchaba rumbo a Manizales,, transitaba el cañón de “Cruces”, donde fue sorprendido por viajero extraño y solitario, que, al percatarse de su presencia, intentó esconderse detrás de unas peñas cerca de un boquerón. Al sentirse descubierto, salió de su escondite y saludó con una sonrisa amable a don Belisario. Se trataba de Juan Fernández (alias. “Arrayanales”), quien provocó nerviosismo y recelo en la humanidad de don Belisario Henao.

Arrayanales replico a don Belisario: “Usted me conoce muy bien señor Henao y yo también lo he visto mucho en Armenia en su almacén de la plaza de Bolívar. Usted supo que tuve que castigar a don Jesusito, el alcalde porque me la tenía “pinchada” más de la cuenta. A esos viejitos alborotados hay que asustarlos de cuando en cuando pa que jodan menos. Prosiga tranquilo don Belisario y nada de chismecitos. Ojalá no habrá la boca en todo el camino. Ya sabe, nunca estuve en estos pedregales. Usted es un hombre serio. Voy para la vereda Arrayanal porque mi madre está muy enferma. ¡Los malditos celadores de Salento, casi la matan, dizque meterle las manos a la vieja en agua hervida…! Una palabra sorda y brutal rebotó en el ámbito de aquellas soledades”. El reo por de la  justicia, siguió su camino por el cañón dejando marchar tranquilo a don Belisario.

En el cañón de “Arrayanales”, cerca de la trocha que llevaba a Salento, Juan Fernández, en compañía de su padre y su hermano menor, construyeron, un rancho de vara en tierra.  Casita que las tardes de verano, se iluminada con el “sol de los venados”, adornada con el humo que salía del fogón, y se colaba por entre el entejado de guaduas.  Allí vivía “arrayanal” con su madre, laborando la tierra,. “Mejora” que había costado seiscientos jornales de trabajo, en dos años, para poder obtener el título de propiedad como colono.

El padre de “Arrayanales”, Manuel Fernández, había sido asesinado en el cañón del Barbas, por Ramón Guasca. “Arrayanales” busco al asesino, lo encontró en el camino de Boquía. Se retaron, y en feroz lucha machetera, “Arrayanales”, le dio muerte, abandonó el cuerpo de su enemigo, tapándolo con hojas de biao a la vera del camino, junto a un churimo. A partir de este suceso no se supo más del negro de  “Arrayanales”.

Tiempo después, muy de madrugada y con el propósito de visitar a su madre,  “Arrayanales” apareció en Cruce. En tal ocasión lo estaban esperando las autoridades, y sin ofrecer resistencia lo atraparon. Esa misma mañana lo encerraron en la cárcel de Circasia.

La noticia de su captura se rego por todas partes. Rápidamente lo llevaron hasta Armenia, donde la gente hacía fila para mirar y conocer a “Arrayanales”. El alcalde de Armenia, Don Jesús Villegas, Rafael el secretario frotándose las manos entusiasmado: “Muy bien, muy bien. Ese muchacho es peligroso, me ha tocado lidiarlo, hijue.. Diablo si me estaba yendo mal con él.

Sujetas sus manos por esposas de acero que relucían a causa del sol de medio día, marcharon con él por la calle real de Armenia, como se tratará de un gran personaje. Cargaba un gallo negro de plumas azulosas, su eterna mascota, que sacaba la cabeza por debajo del sobaco del preso. Sonreía, sus ojos se avivaban. Estaba pálido, tenía más fina la nariz recta.

Lo recluyeron en una celda que daba sobre la calle de “Trompiliso”, carrera 16 calle 16. Pasados quince días de la captura de “Arrayanales”,  en una inspección rutinaria a su celda, o sorpresa, encontraron vacía. Arrayanales iba ya muy lejos del pueblo. Huyo por el camino de Hojas Anchas, en donde le arrebató el caballo a Tuta Cardona y se perdió al otro lado de la quebrada.

Don Griseldo Acevedo mostraba el balcón del panóptico y decía: “Es tan jodido ese Arrayanales que hizo un lazo con las sabanas y los trapos de la cama y por el amarradijo se deslizó”.

Supieron después sus amigos que, de Panamá, Juan Fernández, “Arrayanales” enviaba devotamente cada mes, a su madre unos dólares con una carta filial.

 

Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

 “Crónicas de don Dionisio”. Editorial Quingraficas. Armenia Q. 1.981

 

EN ARMENIA QUINDIO. LA QUEMA DE TABACO- UN GRITO DE REBELDIA. AÑO 1929

 

LA QUEMA DE TABACO- UN GRITO DE REBELDIA.

Se recuerda como '”la quema de tabaco”.

Foto de Armenia Quindio Ya - Blog

Pequeños productores de tabaco necesitaban contrabandear para sobrevivir, pero fueron blanco de la rudeza de los guardas de la renta del tabaco, lo que fue creando un gran descontento que culminó el 28 de mayo de 1929 en un movimiento popular de protesta en Armenia y resto del Quindío.

Acaeció el sábado 28 de mayo del año de 1929 en Armenia. Un disturbio generalizado en la naciente población, a causa de los altos impuestos e imposiciones fiscales al cultivo del tabaco.

Por sus principales calles, como, la Real y la de Encima, (carreras 13 y 14), El Chispero (calle21), la calle del estanco y la calle de la Renta del Tabaco (calle 20) y en su plaza principal, atestadas de mesas de madera, protegidas del sol por toldos de lona blanca, a donde la muchedumbre asistía al mercado semanal, donde se ofrecía y adquiría todo tipo de bienes de primera necesidad, y una vez terminados las transacciones y encargos, el populacho se dedicaban a beber chicha y a la ingesta de fritanga.

La historia se deriva de la furia, descontento y resistencia ciudadana a los abusos generados por los guardas de la renta del tabaco y el aguardiente, quienes abusivamente allanaban las casas en búsqueda del contrabando, agrediendo a sus moradores (ancianos, niños y mujeres), golpeándolos, vociferándoles improperios, y causándoles torturas como la de quemarle las manos en agua caliente.

De los cuatro puntos cardinales de Armenia y del Quindío, desde los Planes Hasta Boquía, desde Arrayanal hasta el río Quindío, del rio hasta Hojas Anchas, se percibía el descontento y desconfianza hacia las autoridades de la época y poco a poco se fue generando una algarabía, que hizo que el alcalde ordenara disolver los tumultos y corrillos que se iban formando en la plaza principal y a golpes condujeron y encarcelaron algunos vecinos con el cargo de contrabandistas. Situación que hizo que se amotinara la gente en contra de los celadores de la renta del tabaco, quienes, al ver la muchedumbre enardecida, huyeron rápidamente.

Ese día de mercado, en la plaza no quedaron sino los arrumes de plátano y yucas, las gentes corrían despavoridas y se aglutinaban en la calle del Chispero y la Cejita, quienes gritaban “Mueran los asesinos”!, los violadores y los picaros, los abusivos”! y la horda contestaba:”¡Que mueran!”, y al son de los sonidos de una trompeta arremetieron contra el antiguo caserón de las rentas del tabaco, en donde la multitud lanzaba por los balcones  los fardos de tabaco que habían sido decomisados por los celadores, que junto a muebles y enseres fueron apilonados e incendiados en vía pública, dejando en cenizas el archivo y sus bodegas a causa del incendio descomunal, que las lenguas de fuego rebosaban la fachada del edificio del estanco. La gente gritaba iracunda ¡” abajo a bandoleros asesinos de la renta “!. Esta misma acción se repitió en todos los pueblos del Quindío.

Al otro día, domingo, solo se veía del voraz incendio las cenizas de color gris plata, producidas por la quema del tabaco, que se dispersaban por el cielo del Quindío.  Después de este acontecimiento decayó el cultivo del tabaco y se fue sustituyendo por la siembra del café arábigo “pajarito” y el café borbón.

 

Fuente Crónicas de Dionisio. Editorial Quingraficas octubre 10 de 1981

Álvaro Hernando Camargo Bonilla.

sábado, 29 de enero de 2022

MEMORIAS DE JEAN BAPTISTE BOUSINGAULT, 1824. Paso de la Cordillera Central por el Quindío.

 




MEMORIAS DE JEAN BAPTISTE BOUSINGAULT, 1824.

Paso de la Cordillera Central por el Quindío.


Notable viajero y navegante francés,que pasó el Camino del Quindio consigna las impresiones de su viaje por el Quindío, para llegar al valle del Cauca.

Había cruzado la cordillera por el Nare y Marinilla, a 6° de latitud norte; luego un grado más al sur, por Herveo, yendo de Mariquita a Supía. En 1827 tuve la ocasión de pasar el Quindío rumbo a Cartago y de esta ciudad a la Vega de Supía, donde acababa de ser nombrado superintendente con la misión de organizar y de ampliar la explotación de minas de oro. Se utilizarían materiales y personal traídos de Inglaterra para trabajar en un sitio en donde no existía ningún recurso. Al penetrar al Cauca por el Quindío podía llevar a cabo reconocimientos en Cartago y Río Sucio, caminando por la Cordillera Central en forma paralela al río. El paso del Quindío es la vía preferida para el transporte de las telas bastas fabricadas en el Socorro, que tienen gran consumo en las provincias del sur.

Me instalé en Ibagué con el fin de preparar mi expedición, lugar donde se consiguen los cargueros y allí reposé algunos días de las fatigas que había sufrido en mis repetidos viajes por la meseta de Cundinamarca. Ibagué goza de un clima delicioso y no sin tristeza deja uno ese gran pueblo. Es un oasis de agradable temperatura en el centro de las regiones ardientes del valle del Magdalena y de los lugares fríos de las montañas que alcanzan la altura de nieves perpetuas, sobre los nevados de Tolima, Santa Isabel y Ruiz. En Ibagué se dispone de víveres en abundancia y cantidades considerables de agua limpia. En el momento cuando iba a internarme en el Quindío, recibí la orden de vender un aprovisionamiento de alimentos en conserva, destinados a una expedición que debía haber llevado a Santiago de Veragua, al oeste de Panamá, pero que fue suspendida. En consecuencia, abrí un almacén, después de haber hecho anunciar por medio de tambor que se procedería a la venta de conservas, de jamones y de lenguas ahumadas, a precio fijo. El botánico señor Goudot se ocupó del mostrador y yo me mantuve detrás de la puerta, con una gran caña de azúcar a la que había retirado sus hojas. A la hora señalada los compradores se presentaron: eran indios, mestizos y todos rechazaban con desdén las conservas en sus cajas de metal, pero sí apetecían los jamones; desgraciadamente comenzaron a regatear. Fue entonces cuando salí de mi escondite y apliqué a esos compradores un buen golpe de mi caña, diciéndoles: “¿Ah, conque regateando, no?” Al día siguiente ya no había clientes; parte de los víveres los llevamos a la selva y el resto fue enviado a los oficiales de las minas de Santa Ana.

Tan pronto supieron que yo iba a entrar en la montaña, los cargueros me ofrecieron sus servicios; por casualidad tengo a mano una lista del personal que enganché y que reproduzco como documento interesante, porque allí se encuentran los precios que se pagaban a los que transportaron nuestros equipajes […] Para el transporte de una persona, un carguero exige 16 piastras y la comida; “el sillero” debe tener un paso suave, pues su carga viva está sentada sobre una silla de caña, suspendida por una banda que lleva sobre la frente el portador. El transportado debe permanecer inmóvil, mirando hacia atrás y con los pies reposando en un travesaño; en los sitios escabrosos como al atravesar un torrente sobre un tronco a manera de puente, el sillero recomienda al patrón que tiene sobre la espalda, cerrar los ojos. Es cierto que nunca sucede un accidente, pero da lástima ver al carguero sudando gruesas gotas a la subida y oírlo respirar, emitiendo un silbido tremendo; a pesar de las ofertas que me hizo un sillero de los más reputados preferí pasar la cordillera a pie. El bastimento que debíamos llevar consistía en tiras de carne seca de res, bizcochos de maíz, huevos duros, azúcar en bruto (panela), chocolate, ron, pedazos de sal que se conocen con el nombre de “piedras” y resisten a la humedad, y cigarros. Yo debía alimentar solamente a los cargueros que llevaban los víveres, la cama y las hojas de bijao; los otros llevaban su propia alimentación o sea “tasajo”, panela, chocolate, arepas y sobre todo “fifí”, bananos verdes secados al horno, cortados en tajadas longitudinales, todavía harinosos al punto que adquieren la dureza y la consistencia del cuerno; para comer “fifí” en vez de pan, se le rompe con una piedra y se remoja en agua esta curiosa preparación, que no he visto hacer sino por los cargueros de Ibagué, es absolutamente resistente al ataque de los insectos y una ración pesa la cuarta parte de lo que habría pesado fresca.

En mi equipaje llevaba la suma de 45.000 francos en onzas de oro e indico esta circunstancia porque, lejos de disimularla, recomendé el precioso metal a la atención de los cargueros que iban a llevarla; yo no tenía ni la menor sombra de duda sobre la probidad de estos hombres y sin embargo íbamos a pasar días y noches en la selva, lejos de toda habitación y de cualquier socorro. He tenido la ocasión de cruzar tres veces el paso del Quindío, y daré detalles del diario de esta primera experiencia, reservándome el hacer conocer, como complemento, los incidentes sobrevenidos en el curso de los otros dos viajes.

El 29 de mayo encontramos que el terreno para llegar de Cruzgorda al río Quindío era un pantano; en 3 horas de marcha llegamos a la orilla (altitud 1.816 metros, temperatura 16°) y pasamos el río sin accidente. En seguida subimos hasta el alto de Lara Ganao (altitud 2.067 metros), luego seguimos hasta El Roble (altitud 2.114 metros, temperatura 16°). Al salir de allí me picó cruelmente en el pie una avispa brava; un carguero me trató por medio de la aplicación de tabaco mascado sobre la picadura y el alivio fue inmediato; pude continuar la marcha. Acampamos en el Socorro (altitud 1.880 metros, temperatura 17°). El 30 de mayo fui a desayunar a Buenavista (altitud 1.837 metros, temperatura 17°). Allí comienza la peor parte del camino; uno camina en los guaduales expuesto a las espinas de esas gigantescas gramíneas y en un barro que llega a las rodillas; en camino me refrescaba con el agua que se obtiene de las guaduas, practicando una abertura por encima de uno de los nudos de la vara; con una sola punción obtuve 1/4 de litro de líquido; agua clara, fresca y como lo demostró después el análisis, casi pura. Este es un gran recurso para los que atraviesan los largos guaduales y calman su sed con agua límpida; allí donde no hay en el suelo sino agua barrosa que es necesario esperar que decante.

Por la tarde llegué cansado, mojado y cubierto de barro al sitio de La Balsa (altitud 1.279 metros, temperatura 22°). Me alojé en una cabaña en donde esperé la llegada de mis cargueros; la mayor parte de ellos estaban retrasados y es fácil imaginar que con sus cargas, en una estación de lluvias, no me podían seguir por lenta que fuera mi marcha. Llegaron el 1o. de junio, pero faltaba el que traía los 45.000 francos en oro. Envié a dos de mis hombres a buscarlo y regresaron pronto con el tesoro; el pobre diablo a quien se lo había confiado tuvo que regresar a Ibagué porque lo habían atacado las fiebres. El 2 de junio, muy temprano me puse en camino hacia Cartago, al oeste, suroeste de La Balsa. El camino fue pésimo hasta el río de La Vieja o del Quindío, en donde me detuve a mediodía, (altitud 972 metros, temperatura 26°). Este río recibe la quebrada de Piedramoler y es cerca de su unión donde se le atraviesa: existe confusión de nombres, ya que cada uno le da el suyo, pero en definitiva es la unión de las aguas que bajan de la vertiente Oeste del Quindío. Para llegar del Magdalena al Cauca, remontamos el lecho del río San Juan y llegados al punto culminante del camino, al páramo, bajamos por el lecho del río del Quindío. Ya lo he dicho: las rutas naturales para atravesar una cadena de montañas son los torrentes que bajan de sus picos.

Llegué a Cartago por la tarde con la más extraña vestimenta que había ideado para evitar la lluvia: parecía un individuo que saliera de un baño de barro; mi ayudante, a quien había enviado adelante, había tomado en alquiler una casa espaciosa de estilo morisco, con galerías interiores que daban sobre el patio; las habitaciones que daban a la calle estaban ocupadas por personas encantadoras entre ellas una sirena de ojos azules.

Del páramo a Cartago, midiendo con cadeneros la distancia, se encontró que hay 12 leguas de 6.660 varas y yo había necesitado 9 días para recorrer esta distancia. Me limitaré a contar algunos incidentes: En enero de 1830 pasé el Quindío montado sobre una mula con tiempo muy favorable. En esta época, una división del ejército colombiano regresaba del Perú; el general Bolívar que la había precedido me dio algunas indicaciones.

El 26 de enero fui de Ibagué a las Tapias, el 27 pasé la noche en el Tambo del Toche; cerca de Aguacaliente encontré un sillero muerto por los golpes que le había dado un miserable oficial para obligarlo a andar; ¡nadie se preocupó de este asesinato! A las 3 llegué a la fuente de agua gaseosa. El 28 de enero llegué al punto culminante de páramo; durante la subida encontré una compañía de lanceros, camino de Ibagué, y los oficiales y soldados, andando a pie, quedaron muy sorprendidos de verme montado; cuando los dejé, entré en uno de esos caminos sombreados que ya he descrito, cuando de repente mi mula dio un salto prodigioso a tal punto que con mucha suerte pude agarrarme de una rama y mantenerme suspendido, mientras que mi asistente lograba hacer pasar a la bestia el sitio en donde se había espantado; el animal había metido su pata en el abdomen de un soldado enterrado y de allí había salido un gas de extrema fetidez; fue la jornada de las tristes aventuras. Al llegar allí, donde termina la vegetación arborescente, noté una fosa que había sido tapada recientemente y observé que la tierra se movía por debajo: inmediatamente salté de la mula y, con la ayuda de mi asistente, me dediqué a desenterrar el muerto que se agitaba; apenas habíamos comenzado, lo vimos sentarse; era un granadero, tenía los ojos fijos y volteaba lentamente la cabeza a izquierda y a derecha; lo apoyamos contra un arbusto y acerqué a sus labios mi cantimplora que contenía ron, pero no tuvo tiempo de tomarlo porque cayó otra vez pesadamente; su pulso ya no se sentía y lo volvimos a colocar en su tumba sin cubrirlo de tierra. Pasé la noche cerca de él en el Paramillo, en donde sentimos frío: el termómetro bajó a 8º. El 29 de enero pasé la noche en el Araganal (Arrayanal). El 30 estaba en La Balsa, el 31 entré a Cartago a las 2 de la tarde. Montado en una mula había pasado el Quindío en 5 días y medio.

Cartago es una de esas poblaciones de las regiones calientes hermosas, bien construidas, con sus calles centrales que la dividen en manzanas y bordeadas de casas cubiertas de paja. Una plaza espaciosa, una iglesia y altas palmeras que dominan las construcciones. No hay movimiento por su escasa población poco activa y que vive de poca cosa, pero es uno de los centros comerciales del Cauca. Comunica por el Norte con la Vega de Antioquia, por el Sur con Cali y Popayán y por el Oeste con el Chocó. Hice pocas relaciones con los habitantes, a excepción de un francés, Gabriel de la Roche Saint-Andre, cuya fe de bautismo tengo y quien era administrador del estanco de tabaco; había servido con los guerrilleros realistas de Vendeé de Francia y emigró, durante la revolución, siendo de los pocos que pasaron a América; en Cartago se había casado con la hija de un señor Marisinluma, orgulloso de la nobleza de su familia y tuve a la vista todos los títulos, escudos, sellos, etc. La señora de la Roche, cuando la conocí, era todavía una belleza, aun cuando ya era madre de 5 o 6 niños, pero carecía de la más elemental educación. Yo dudo, inclusive, de que supiera leer y se pasaba la vida confeccionando cigarros. El interior de la casa del señor de la Roche puede dar una idea de la vida en América meridional: construida en adobe y recubierta de teja, no tenía sino un piso, con una sala inmensa, sin cielo raso, en donde no había sino una mesa, algunos sillones macizos, recubiertos de cuero de Córdoba, un tinaja gigantesca colocada en corriente de aire, en donde el agua por efecto de la evaporación, tenía constantemente una temperatura inferior —en varios grados— a la de la atmósfera; dos alcobas en las extremidades de la sala, cuyas puertas se abrían sobre el patio interior. La señora y sus hijos andaban descalzos; no se usaban las medias sino para ir a la iglesia, seguidos de un esclavo que llevaba un tapete para sentarse a la manera oriental. Las señoras llevaban, todo el día, flores en sus magníficas cabelleras. El marido comía solo en la mesa, servido por un niño. El resto de la familia tomaba sus alimentos en la cocina, en el suelo, cerca del fogón. En cuanto a la alimentación, era la misma que yo tenía en la selva: tasajo, bananos, tortillas de maíz y chocolate y agua clara para beber, la cual se obtenía en el río de La Vieja que baja de los nevados del Tolima.

Cartago se halla sobre la orilla derecha del Cauca y un poco por encima de su nivel, cuya altura es 978 metros, la temperatura es de 24,5°. En distintas oportunidades he permanecido bastante tiempo en esta ciudad que cuenta con algunos millares de habitantes, hacendados y comerciantes; los esclavos eran muy numerosos. Allí la vida es fácil y ociosa para los blancos.  Conocí poca gente, la mayoría en los vecindarios de la casa donde vivía. Las mujeres graciosas más que bonitas, agradables con sus cabellos entremezclados de flores. Este adorno puede tener inconvenientes; yo tenía muy buena amistad con una muchacha joven, fresca, gordita, con hoyuelos al sonreír y bellos ojos negros y que tenía la increíble facultad de ver, sin anteojos, el primer satélite de Júpiter. Un día iba yo a cenar a una hacienda a algunas leguas de Cartago y le di un abrazo a mi bonita amiga, como era costumbre y luego monté a caballo. Por la tarde, al regreso, le di otro abrazo, cuando de pronto se enojaron todos conmigo y se alejaron como si yo fuese un leproso, haciendo unas expresivas muecas, como las saben hacer las mujeres de las tierras calientes. Pregunté la razón de esta acogida tan singular y la respuesta fue la siguiente: —“¿Usted abrazó a Gabrielita?” — “¿Y cómo lo sabe?” — “Lo sabemos, porque usted huele a las flores que ella usa en sus cabellos”. Me fue imposible negarlo. Luego vino una curiosa recomendación: —“Después de comida no le daremos café”. —‘‘¿Por qué?” —“Porque no”. Debo callar la razón, pues parece que el efecto atribuido al café está generalmente admitido por las señoras de la América meridional. Las señoritas del Valle del Cauca son excelentes bailarinas, como lo son las damas españolas. Hay que verlas, dentro de un vestido liviano, con su talle esbelto sin que esté aprisionado por un corsé, bailando un bolero, un fandango, un molé-molé, sin otra música que la de un negro que agita su alfandoque, un tubo de bambú que contiene piedritas, improvisando al mismo tiempo canciones, algunas veces eróticas o historietas escandalosas; para refrescarse, ron, del que rara vez se abusa. No es fácil describir la animación de las bailarinas, ni la vivacidad de las jóvenes en estas reuniones nocturnas: es algo así como una embriaguez. Si se exceptúa la compañía siempre agradable de las mujeres, la ciudad no ofrecía ningún otro recurso.

Yo me ocupé en las observaciones meteorológicas; el estudio geológico de los Viajeros en la Independencia terrenos habría tenido muy poco interés si no me hubiesen llamado la atención algunos raros depósitos silíceos. El suelo del Valle del Cauca entre Cartago y Anserma Nuevo, es un relleno depositado en el fondo de un lago. Llaman la atención sobre toda la llanura, montículos aislados formados de estratos de arena y de arcilla arenosa con la superficie recubierta por 30 centímetros de una sustancia blanca, la “tierra blanca”, utilizada para blanquear las casas cuando se ha disuelto en agua, previamente hecha pegajosa por medio de la savia de algunas plantas, casi siempre el cacto. Esta tierra, muy liviana y quebradiza es un sílice impalpable, casi puro, parecido al que depositan las aguas calientes del Quindío y no es improbable que también tengan un origen termal; la extensión superficial de este yacimiento de sílice es considerable y su espesor es muy pequeño. Yo utilizaba como combustible en las lámparas de mi laboratorio portátil un aceite extraído del fruto de una palmera “palma real”, obtenido por medio de la ebullición. Este aceite tiene un sabor agradable, se usa para freír y podría conseguirse en cantidades considerables; es el aceite cosmético que las bellas caucanas ponen en su pelo.

Entre los personajes originales que conocí en Cartago, citaré dos: el uno era un joven sacerdote, quien en su infancia había caído desde lo alto del campanario de Anserma Nuevo y se había desplazado la mandíbula en tal forma que la boca se encontraba en el sitio de la oreja, de manera que cuando comulgaba parecía que se ponía la hostia detrás de la cabeza. El otro era un fiscal acusador público quien había perdido la razón a consecuencia de un hecho trágico: gracias a su requisitoria un asesino había sido condenado a muerte y cuando el hombre iba a ser ejecutado, una columna española entró en la provincia; el condenado era un realista exaltado que esperaba ser puesto en libertad por el comandante ibérico, contando como único motivo que la sentencia había sido proferida por un tribunal republicano; el acusador público estaba persuadido de que sería acusado ante los españoles y por ende perseguido y condenado y estaba tan convencido de ello que llegó a la cárcel y mató al prisionero de un lanzazo así que el juez se convirtió en verdugo. La impresión que tuvo fue tremenda y perdió la razón sin poderla recobrar jamás; ¡el pobre hombre era un alucinado! Cada vez que me encontraba preguntaba si no había cumplido con su deber matando al asesino juzgado por el tribunal. Naturalmente yo siempre aprobaba su resolución para tranquilizarlo, pero era en vano; el miserable a quien había matado se convirtió en un espectro que lo persiguió por todas partes.

Anotaré dos incidentes que me sucedieron durante mi permanencia en Cartago: estaba en casa del señor de la Roche, mi compatriota, cuando el señor Durán, su vecino, llegó todo asustado con una taza de chocolate en la mano, dentro de la cual había una cuchara de plata ennegrecida; su cocinera, una negra esclava, acababa de servirle el chocolate, cuando notó la alteración que había sufrido el metal y no fue difícil reconocer que el brebaje contenía sublimado corrosivo: habían tenido la intención de envenenarlo. El señor Durán hizo aplicar 25 fuetazos sobre las grandes nalgas de la negra y todo terminó. Estoy convencido de que los casos de envenenamiento son muy frecuentes en América meridional, especialmente en las localidades aisladas donde el criminal está seguro de la impunidad. El otro incidente tuvo un carácter político: era en 1830 y acabábamos de enterarnos de la muerte del Libertador, la cual me causó grande pena. El partido demagógico se alegró de este triste suceso y sus miembros no tuvieron vergüenza de ofrecer un baile, actitud que me hirió, lo mismo que a uno de mis camaradas, además de que tuvieron la frescura de invitarnos. Por la tarde nos pusimos nuestros uniformes con una banda negra en el brazo para ir a la invitación; una vez dentro de la sala y habiendo dado francamente nuestra opinión sobre la inconveniencia de esta fiesta en un día de duelo público, desenfundamos nuestras espadas y apagamos las velas. Las mujeres se pusieron a llorar y los caballeros a gruñir, pero en un instante la sala quedó evacuada. ¡Acabábamos de cometer una imprudencia que podía habernos costado la vida, pero no hay nada como la audacia! Dejé a Cartago para ir al distrito de la Vega de Supía por la selva que bordea la orilla izquierda del Cauca; éste es un trayecto difícil puesto que hay que atravesar torrentes impetuosos y barrizales y además es el camino de las recuas de mulas que van de la Provincia de Popayán a la de Antioquia. Río Sucio, a donde se llega saliendo de la selva, estaría en línea recta a 12 o 13 leguas al norte de Cartago. Sin embargo, son tales las dificultades que presenta el camino, que en mula se gastan de 5 a 8 jornadas. El punto más elevado de la ruta es el alto del Aguacatal, cerca de Río Sucio de Engurumí. Los numerosos cursos de agua que se encuentran bajan de la Cordillera Occidental. Se pasa a poca distancia de su desembocadura en el Cauca y si el camino no está más cerca a este río es con el objeto de evitar los guaduales, los barrizales y también para encontrar vados que los cargamentos puedan pasar sin demasiado peligro. La impetuosidad de los torrentes es tal que arrastra a una mula cuando el agua le llega a la cincha; el animal da una vuelta sobre sí mismo y no siempre puede ser salvado. Algunas veces sucede que el viajero debe demorar varios días debido a las crecientes del Cañaveral, del Apía, del Sopinga y del Opirama. Las rocas que se pueden observar son aquellas de las que ya hablé en la Cordillera Central y la Vega: esquistos, sienitas y grünstein porfídico. Las observaciones geológicas, por consiguiente, no presentan sino un mínimo interés; nada tan monótono como el recorrido de esta gran selva que cubre los contrafuertes de la Cordillera Occidental; el viajero se encuentra en la soledad, luchando contra los torrentes y los pantanos, cerca de Anserma Viejo y del Quindío. Anserma Viejo “el dueño de la sal” fue en otro tiempo una localidad importante. Los caciques hacían explotar sus aguas saladas que salían de las rocas porfídicas; de allí también se extraía oro de la Mina Rica, cuyo rastro se perdió; allí me alojé en casa de un alcalde indígena, quien me dio lo que vanamente había buscado hasta allí, es decir, la fecha de la famosa lluvia de cenizas que venían del Este y que cayó también en Cartago y en el Chocó: 14 de marzo de 1805, entre la 1 y las 3 de la tarde, cuando el cielo, de una gran pureza se oscureció de pronto. En Anserma se esperaba una lluvia muy fuerte, pero lo que cayó fue una ceniza negra de olor sulfuroso, lanzada por un volcán del páramo del Ruiz que cubrió toda la región. Dos años después, en 1807, se transfirió la Anserma fundada durante la Conquista, al sitio en donde se encuentra hoy día con el nombre de Anserma Nuevo. Los indios de raza pura permanecieron en la antigua localidad; Quinchía, cerca de Río Sucio, estaba habitado por tribus antropófagas, de acuerdo con la tradición.

En la travesía de la selva me sucedieron algunos incidentes: yo había salido de Cartago con una recua de mulas que portaban equipajes, víveres, etc. Después de un desayuno en el río Apía, se estableció el campamento cerca de la quebrada de las Coles, en un claro que ofrecía muy buen pastaje a las bestias. El cielo estaba magnífico, el aire tranquilo y me sorprendió oír llover abundantemente en la selva; podría decir que veía caer la lluvia: veía escurrir el agua, a la luz de la luna, desde la superficie de las hojas; era un fenómeno curioso que he observado varias veces al acampar en las selvas de las regiones cálidas. Es el efecto del enfriamiento ocasionado por la radiación nocturna, un rocío de abundancia excepcional. En la selva llovía fuertemente y a unos pocos metros de allí, donde acampábamos en el Contadero de las Coles, no caía ni una gota de agua. He sido testigo de una fuerte aparición de rocío inclusive fuera de la selva: era en el litoral del océano Pacífico, en una zona donde no llueve jamás. Un poco antes de la salida del sol el rocío caía y se podía recoger en suficiente cantidad, de las hojas de un plátano; los habitantes de la región creían que la planta extraía el agua del suelo, pero ésta es una condensación de vapor de la atmósfera por medio de las hojas que se enfrían y que además tiene el papel importante de contribuir a formar los ríos. A una cierta altitud en las montañas, gracias al agua condensada y por su extensión, los pantanos que se hallan en la base de los páramos del Quindío y de Herveo, son realmente las fuentes de estos torrentes. Las regiones boscosas al tiempo que llevan a la tierra la humedad que las hojas sustraen al aire, atenúan también la evaporación con su sombra. Así dan nacimiento y conservan el agua de los meteoros que han caído al suelo. Tuve necesidad de ir de Cartago a la Vega de Supía en tiempo lluvioso y fue necesario superar varios obstáculos, además de tener encuentros bastante inesperados. Desde mi salida de Anserma Nuevo no había dejado de llover y al entrar en lo más espeso de la selva, las mulas avanzaban con dificultad: tomé la delantera acompañado de mi asistente; al llegar al río Cañaveral apresuré la marcha con la esperanza de arribar al río Apia antes de una creciente; caminaba lentamente en los barrizales de Villalobos bajo una especie de techo de guaduas gigantescas, cuando vi a un hombre acurrucado cocinando alimentos; se enderezó y se dirigió a mí, manteniendo en la mano un largo cuchillo; yo desenfundé la “aguja” y colocándome en posición le ordené detenerse si no quería que le tumbara el brazo; bajó entonces su arma y permaneció inmóvil: era un anciano de barba blanca, un europeo o un mestizo; me contó que venía de Cartagena hacia Popayán, le di una moneda y un cigarro y le advertí que tuviera cuidado con mi asistente; el infeliz volvió a su marmita; se sospechó que fuera un galeote, evadido de prisión.

En Marmato monté un laboratorio para las pruebas de oro y de plata, provisto de todos los utensilios necesarios y una fundición para convertir el oro en polvo y en lingotes. Una de mis 75 Viajeros en la Independencia principales ocupaciones fue la de asegurar el agua necesaria para el servicio; el riachuelo de que disponíamos no era muy abundante; afortunadamente contábamos con una caída de cerca de 1.000 metros, diferencia de nivel entre el río Cauca y la acequia del Agua del Obispo, lo que me permitió superponer las norias y los lavaderos. Me ocupé en hacer limpiar el lecho del río Obispo, cerca del filo de la montaña y procedí a efectuar captaciones importantes. Durante estos trabajos sobrevino un derrumbe de tierra mueble que nos enterró hasta las rodillas; esto no presentaba peligro inminente, pero Davy, un buen galés constructor de molinos, sufrió un susto tal que le produjo un “volvulos” (obstrucción de los intestinos). El doctor Jervis, a quien llamé inmediatamente, juzgó desesperado el estado si el enfermo no consentía en dejarse operar. El pobre hombre se rehusó y el mal hizo rápidos progresos: expiró llamando a su mujer y a sus hijos que había dejado en su país; fue una triste escena y me reprocharé siempre no haberlo hecho operar sin su consentimiento. En mi situación yo podía actuar como lo considerara mejor; no lo hice y procedí mal. Creo que ya he dicho cómo era el trabajo ejecutado por los negros para extraer el oro de la pirita; un lavado y una trituración con molino movido por rueda de canjillones, luego el mineral en un estado de pulverización era arrojado en una especie de canal de madera que recibía un débil chorrito de agua; el lavador devolvía la pirita hacia la cabeza del canal hasta que la juzgaba suficientemente concentrada y enriquecida y entonces se extraía el oro en polvo, lavando en pequeñas cantidades en un plato cónico de madera llamado batea. ¿Cuál era la pérdida del oro en este proceso de una lentitud desesperante? Es imposible saberlo; algunas de las tentativas que hice para enterarme dieron resultados que no inspiraban ninguna confianza. Para tomar de nuevo el asunto en las manos, esperé a que una trituradora estuviera terminada y conduje entonces una larga y penosa serie de investigaciones hasta que, independientemente de la trituradora, instalé un laboratorio bien organizado, provisto de sus instrumentos de precisión, de manera que pudiera llevar a cabo los ensayos de oro y plata con la misma exactitud con que lo hacían en los laboratorios de las casas de moneda. Consignaré ahora los sucesos acaecidos durante mi residencia en el distrito de la Vega de Supía y las observaciones que pude hacer sobre la meteorología de esta región, una de las más húmedas de América meridional. 76 Las tempestades son frecuentes y se manifiestan sobre todo en las épocas cuando a mediodía, el Sol pasa casi al cenit, es decir, cuando la declinación boreal es de 5° a 7°. Las descargas eléctricas ocasionan graves accidentes; el ruido del trueno es formidable y prolongado, efecto que se debe a los ecos de las montañas, como lo admiten los físicos. Tuve la prueba a principios de septiembre, en el curso de una tempestad espantosa que estalló a mediodía: el ruido del trueno persistía durante 10, 15 y 20 segundos. Al fin el tiempo aclaró y por la noche el cielo estaba lleno de estrellas. Entonces hice disparar algunos tiros de fusil que produjeron un ruido igual de prolongado al del trueno: se oyeron perfectamente las explosiones de las armas en Río Sucio de Engurumí, situado muy por arriba de La Vega; eran las 9 y el termómetro marcaba 16° y el higrómetro de cabello 84°. Cerca de la Vega de Supía se señala un sitio conocido por la frecuencia de las caídas de rayos: es Tumbabarreto, sobre el camino de la mina de Botafuego, cerca de Quiebralomo. Aseguran que muchos habitantes habían perdido allí la vida y yo tuve la triste ocasión de dar fe sobre esta opinión: al pasar por Tumbabarreto me sorprendió una tempestad a mitad de camino; tronaba fuertemente y yo estaba rodeado de rayos por todos lados; mi caballo ya no obedecía cuando vi caer a un joven negro que me precedía a pocos pasos; me desmonté inmediatamente para socorrerlo, pero todo fue inútil; había quedado fulminado. Al llegar un poco más lejos a una casa, envié gente para recoger al infeliz y hacerlo enterrar. En la Vega de Supía el rayo cayó una noche sobre mi residencia e incendió el techo de paja; María, una esclava negra, murió en su cama; la pobre muchacha iba a ser liberada al día siguiente y tenía en sus brazos a su hijo de 3 años, quien se hallaba bien y profundamente dormido sobre el cadáver de su madre. En El Rodeo, en el curso de una tempestad que estalló a las 5 de la tarde, el rayo cayó a 200 pasos de mi habitación, sobre unos matorrales: yo me hallaba precisamente en mi puerta, admirando el espectáculo; durante 10 minutos oí claramente, entre trueno y trueno, un chasquido que recuerda el de las chispas que salen de una poderosa máquina eléctrica. En el Valle del Cauca las tempestades llegan a tener proporciones grandiosas y aterradoras, desde Popayán hasta Antioquia, en donde los siniestros causados por el rayo son muy comunes. La cantidad de personas que mueren a causa de las tempestades es verdaderamente considerable si se tiene en cuenta la poca densidad de la población. En una oportunidad me encontraba en Marmato y la lluvia no había dejado de caer desde hacía 15 días; tronaba continuamente y el Cauca había crecido en tal forma, que el ruido de sus aguas que arrastraban enormes bloques de piedra, no nos dejaba dormir a pesar de que estábamos a más de 700 metros por encima de la hacienda de Maraga. 77 Viajeros en la Independencia Las oscilaciones de la tierra son tan frecuentes que puedo afirmar que de las montañas de California a las de Chile, la tierra está en un estado de agitación incesante. Las trepidaciones fuertes son las que se notan, porque son las únicas que se perciben claramente; pero la aguja imantada, suspendida de hilos de seda no trenzados, evidencia los movimientos de la tierra casi todos los días, como lo observé al ver las variaciones magnéticas diurnas con una brújula de Gambey, instalada primero en El Rodeo y luego en Marmato. Únicamente mencionaré dos temblores de tierra notables por su duración y su intensidad: ya describí la terrible situación en que me encontré cuando inspeccionaba los trabajos de las minas de oro de El Salto, en donde tuve la buena suerte de lograr mantener el orden y de sacar a la superficie a unos 100 mineros, aterrados, haciéndolos pasar, uno a uno por una estrecha galería de 300 metros de largo donde habrían muerto todos si yo no hubiera podido disipar el terror que les causaban los bramidos siniestros y los ruidos subterráneos a los cuales se unían los clamores, los rezos y los cantos fúnebres de una multitud enloquecida. Un temblor de tierra, en una mina, es todavía más aterrador al considerar que uno está rodeado y envuelto por una masa de rocas en movimiento; ¡el minero tiene ante sí la imagen de la tumba donde quedará sepultado! Los dos temblores de tierra de que hablaré ahora fueron observados por mí, en La Vega, en plena tranquilidad, ya que mi casa estaba cubierta con pamiche y no corría ningún peligro. El primero tuvo lugar el 10 de octubre de 1827 a las 4:25; la sacudida fue instantánea y sumamente fuerte; el movimiento parecía venir del sureste al noroeste; el segundo se presentó el 16 de noviembre del mismo año, a las 6 de la tarde. Yo me hallaba escribiendo y mi casa se remeció; como el movimiento continuaba salí y vi a mis sirvientes rezando y entonando el famoso cántico: “Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal, líbranos de todo mal...”. Regresé a la casa y comencé a contar el tiempo en mi cronómetro; la tierra todavía tembló durante 3 minutos; no creo exagerar diciendo que las oscilaciones horizontales de sureste a noroeste duraron 6 minutos en total. Después supe que en Bogotá, a la misma hora, había temblado, durante 8 minutos. Existen pocos ejemplos de temblores de tierra tan prolongados y la circunstancia de haber podido seguir la aguja de un cronómetro es suficiente para establecer, de la manera más precisa, que el fenómeno tuvo una duración anormal. Mientras la tierra temblaba, tuve la oportunidad de observar varios animales: dos cabras permanecieron tranquilamente echadas, dos mulas y 78 un caballo siguieron pastando, un perro cuyo triste fin pronto contaré, continuó durmiendo y un gato que aprovechó el desorden, robó de la cocina un pedazo de carne destinado para la comida. Anoté estos detalles porque siempre se ha pretendido que los animales se asustan durante los temblores de tierra. Un jinete me aseguró que el caballo que montaba se había parado cuando tembló; nada similar sucedió a mi alrededor el 16 de noviembre. Apenas había llegado, un sirviente me pidió que saliera porque el cielo producía un ruido que no era de trueno. Efectivamente oí detonaciones parecidas al ruido lejano del cañón, pero secas. No se veía ningún resplandor; el intervalo de tiempo entre dos detonaciones era muy regular: alrededor de 30 segundos, conté 10 detonaciones y la gente que estaba afuera, había oído 6 antes de que yo las oyese; el cielo estaba despejado. El correo que llegó del Sur el 25 de noviembre me informó que el temblor de tierra había sido muy fuerte en Cartago, Buga y sobre todo en Popayán. De Cartago me escribieron que cada detonación sonaba como un cañonazo de 24. Más al sur, la intensidad del sonido fue menor y no hubo señales de erupción en el volcán de Pasto. La causa de estos ruidos en el aire no ha sido explicada. Prometí contar la triste historia del perro que dormía durante el temblor de tierra. Hela aquí: es el primer caso de rabia canina que yo haya visto: Azor había acompañado una partida de mineros que venía de Inglaterra y había remontado el Río Grande de la Magdalena y atravesado la Cordillera Central por la ruta del páramo de Herveo; era un magnífico danés amarillo, muy manso, que se había convertido en el amigo de todo el mundo, pero vivía especialmente conmigo y tenía gran cariño por mi caballo. Un día lo encontré acostado bajo un banco en mi casa de El Rodeo: lo llamé y el animal de ordinario tan obediente, no se movió; quise entonces echarlo afuera y se abalanzó furioso contra mí, mordiendo el palo de que me había servido y lo hizo tan fuertemente que pude alzarlo y arrojarlo con todo y palo; mi buen caballo se hallaba afuera, como de costumbre, esperando que le permitiera entrar al comedor porque cuando yo estaba solo cenábamos juntos y él se comía todo el postre. Azor se botó sobre la pobre bestia mordiéndola cruelmente en el cuello, luego perro y caballo desaparecieron a toda velocidad; por el camino el primero mordió a un niño negro y a varias vacas que pacían en la pradera. Yo había dado orden de matar al perro, lo que hizo un minero inglés. Visité al pobre negrito, quien murió de la rabia al cabo de algunos días, lo mismo que varias vacas; 79 Viajeros en la Independencia a mi excelente caballo no lo volví a ver y solamente a los 2 meses se encontraron sus restos, que pudimos identificar por ser el único caballo herrado en la región y las herraduras estaban entre sus huesos. De este suceso se concluye que la rabia se había desarrollado probablemente en forma espontánea en el perro, único que existía en los alrededores; digo probablemente porque el animal podía haber sido mordido en Europa o durante el viaje y se sabe con qué lentitud, algunas veces, el virus rábico se insinúa en el organismo. La rabia se manifestó en el caballo, en el negrito y en las vacas inmediatamente después de la mordedura. Se afirmaba que antes de desaparecer, el caballo había mordido a varias vacas; si el hecho hubiera sido bien observado, lo que dudo, resultaría que la rabia se comunica del caballo a la especie bovina […] Los trabajadores bajo mis órdenes eran negros esclavos, negros libres, mulatos y mestizos, lo cual, en mi aislamiento, me daba un gran sentido de seguridad: gentes sobrias, sumisas y leales que mantenían a respetuosa distancia los 150 obreros europeos, hombres turbulentos, aficionados al licor en su mayoría. Con ellos tuve dos asuntos desagradables: en una oportunidad los ríos crecidos en la cordillera de Herveo impidieron que llegasen a tiempo los correos que traían los fondos enviados desde Bogotá, para el pago de los obreros. Los mineros y los obreros ingleses se declararon en huelga y me enviaron una delegación para reclamar su dinero; en ese momento me encontraba en El Rodeo y los vi subir la pendiente que los llevaba a mi casa; los recibí en ropa de casa y les pedí que se detuvieran y botaran los palos en los que se apoyaban, lo cual obedecieron. Expliqué entonces a su portavoz, una mala persona, la causa de la demora en el pago y se retiraron murmurando que no volverían al trabajo hasta que se les pagara. Los fondos llegaron dos días después del reclamo y en el momento del pago se les retuvo lo correspondiente al tiempo durante el cual se habían ausentado de sus trabajos […] Terminaré lo que concierne a mi administración del distrito de la Vega de Supía, dando cuenta de una misión que me fue encargada para enganchar indios del Chocó para trabajar en las minas. Por esta misión comenzaron mis relaciones con los indios Chamí. Después de haberme puesto de acuerdo con el cacique y el cura de la misión, me enviaron tres delegados chami, quienes durante dos días se instalaron en Marmato, cerca de los molinos; permanecían sentados en el suelo, mirando con la apatía particular de la raza cobriza todas las operaciones que llevaban a cabo nuestros obreros. En la mañana del tercer día, los indios me encontraron 80 y uno de ellos me dijo: “no queremos trabajar, nos vamos”. Me pareció que era gente sensata al preferir su existencia de grandes señores que gastaban su tiempo en caza y pesca; los despaché con una buena ración de sal, el mejor regalo que se les pudiera ofrecer. Jamás se ha logrado que un indio trabaje en las minas, a menos que sea por medio de la violencia, como lo hicieron los conquistadores. En diciembre de 1830 dejé la Vega de Supía para no regresar a pesar de la insistencia del gobierno y de las ventajas pecuniarias que me fueron ofrecidas. Cuento aquí un incidente: cuando se decidió mi salida una vieja negra de nombre Juana me contó que quería comprar su libertad; era la esclava de una congregación y pasaba su vida sentada en una silla; la mantenían bien sin pedirle el menor trabajo; me pidió que la evaluara de acuerdo con la ley de manumisión que permitía recomprarse a todo esclavo; la evalué en 5 piastras, pero le aconsejé permanecer en donde estaba, pues era libre de hecho, pero la vieja no quiso aceptar. Después de haber puesto el grito en el cielo sobre el poco valor que le atribuía, me dijo que una vez que yo me hubiese ido, no quería quedarse con los ingleses heréticos. Le entregué su carta de libertad.

Por: Alvaro Hernando Camargo Bonilla.

Fuente: VIAJE POR LA REPUBLICA DE COLOMBIA EN 1823 BIBLIOTECA POPULAR DE CULTURA COLOMBIANA BOGOTA. Publicaciones del Ministerio de Educación de Colombia