jueves, 12 de febrero de 2026

CONQUISTA DE LOS PIJAO. SANGRE Y FUEGO EN EL NUEVO REINO DE GRANADA.



CONQUISTA DE LOS PIJAO. SANGRE Y FUEGO EN EL NUEVO REINO DE GRANADA.

Desde los albores de la conquista española en el Nuevo Reino de Granada, al poniente de Santafé, emergía la indomable presencia de los temidos indios Pijaos. Su nombre, sinónimo de ferocidad, se arraigó profundamente en la conciencia de los ibéricos, marcando el inicio de una era de incesante confrontación. Fue Sebastián de Belalcázar quien, en los albores de la conquista, encendió la chispa de esta prolongada guerra, presagiando la magnitud del conflicto que estaba por desatarse.

Los Pijaos habitaban un vasto territorio que se extendía al occidente y sureste de Santafé, abarcando tres grados de latitud al norte del ecuador. Su dominio se ubicaba estratégicamente entre la jurisdicción de Santafé y la Gobernación de Popayán. Esto los convirtió en enemigos comunes de los invasores españoles, a quienes enfrentaban con una audacia y furia que asolaron ambas provincias con robos, asaltos y muertes atroces desde la fundación misma de los asentamientos hispanos.

La imponente cordillera, naciendo a espaldas de Timaná, al sur, definía el límite natural del territorio Pijao en dirección a Popayán. En uno de sus puntos más sombríos, bautizado con la escalofriante denominación de "Las Carnicerías", los conquistadores españoles descubrieron unos bohíos gigantes. Allí, según los relatos, se comerciaba carne humana de los enemigos capturados en sus constantes guerras. Tal era la abundancia, que proveía a toda una región que acudía a adquirirla, dejando un testimonio brutal de la ferocidad Pijao.

La ladera occidental de cordillera vertía sus aguas al río Cauca, en la Gobernación de Popayán, que se extendía nevada que se extendía entre Mariquita y Cartago. Por el lado norte, mirando hacia Santafé, el majestuoso Río Grande de la Magdalena servía de frontera. Cerca de este río, las tierras se tornaban llanas, aunque la mayor parte del territorio Pijao era de una aspereza notable, con pendientes y escarpadas sierras. No obstante, algunas provincias gozaban de tierras, planas y fértiles.

El clima era notablemente variado, adaptándose a la geografía del territorio: mientras las planicies gozaban de temperaturas cálidas, las cumbres de la cordillera se caracterizaban por fríos páramos. Esta rica diversidad climática otorgaba a la tierra una fertilidad excepcional, capaz de sustentar el cultivo de todo tipo de cereales, e incluso se aseguraba que el trigo español prosperaría en muchas de sus regiones. Sin embargo, y a pesar de esta abundante riqueza natural, el oro aún no había sido descubierto en grandes cantidades en estas indómitas tierras.

El espíritu guerrero de los Pijaos fue una fuerza imbatible, marcada por una resistencia feroz e indomable frente a la invasión española.

Sus acciones de lucha no se limitaron a simples escaramuzas; lograron desbaratar y aniquilar sistemáticamente varias expediciones españolas. Atacaban con una furia indomable, sembrando el caos y causando un daño considerable, despoblando asentamientos y eliminando tanto a soldados rasos como a oficiales. Su determinación era tan absoluta que, antes que la sumisión, eligieron la aniquilación.

Esta fiereza inquebrantable emanaba de un espíritu profundamente arraigado, una voluntad férrea de defender su estirpe guerrera y de nunca ceder ante la supremacía del dominio español.

EL ESPÍRITU PIJAO: SANGRE, FUEGO Y LA INDOMABLE RESISTENCIA EN LA CORDILLERA.

Mucho antes de que el brillo de las espadas castellanas y la sombra de la cruz se cernieran sobre estas tierras, el espíritu guerrero de los Pijaos ya estaba forjado en el crisol de batallas internas. No eran un pueblo que conociera el sosiego; inquietos y valerosos, sus partidas se adentraban en territorios ajenos, librando guerras implacables y consumiendo a sus oponentes. Así se alzaban como señores de las tierras conquistadas, una estirpe forjada en la constante confrontación, donde la aniquilación era preferible a renunciar a su esencia belicosa.

Esta arraigada convicción se manifestaría con brutal claridad ante la ambición de la Corona española. La tierra, fértil y montañosa, se convirtió en un escenario de guerra sin cuartel, donde el hierro europeo se topó con una tenacidad legendaria. A pesar de los denodados esfuerzos de numerosos capitanes y soldados españoles, tanto del Nuevo Reino de Granada como de la Gobernación de Popayán, el sometimiento y adoctrinamiento de los Pijaos demandó un tiempo prolongado, incontables vidas y recursos económicos que desangrarían las arcas imperiales.

Los Pijaos, con su furia implacable, causaron estragos incalculables. Segaron la vida de innumerables conquistadores y, en una cruda manifestación de venganza, mataban y  devoraban a los prisioneros a lo largo de los caminos reales que serpenteaban por sus dominios. Esas vías, vitales para unir Santafé con Popayán, Quito y el Perú, fueron testigos mudos del trágico fin de más de cuatrocientos españoles y de una cifra aún más escalofriante: más de cuarenta mil indígenas, víctimas de esta larga y sangrienta contienda.

LAS DERROTAS CASTELLANAS.

El primero en aventurarse en las tierras Pijao fue Sebastián de Belalcázar. Aunque trazó rutas y, ya como Adelantado, regresó intentando consolidar el sometimiento, la conquista definitiva le fue esquiva, un presagio de los muchos fracasos que le seguirían.

Desde Santafé, en el Nuevo Reino de Granada, el Capitán Giraldo Gil de Estupiñán lideró una expedición de 150 soldados que terminó en una rotunda derrota, con la pérdida de 49 hombres. Poco después, el Capitán Francisco de Trejo, al mando de 70 hombres desde Popayán, vio cómo 40 de sus soldados caían en la provincia de Amoyá.

La lista de conquistadores derrotados se extendía, una dolorosa frustración de sus ambiciones: Juanes de Gaviria, Julián de Zárate (con 40 hombres), Fernán Pérez (con 50), Miguel Losada (con 40), Martín Calderón (con 35) y Francisco de Aguilar (con 40). Todos ellos vieron sus propósitos destrozados ante la inquebrantable resistencia Pijao.

El Capitán Domingo Lozano, conquistador destacado por su trágico destino, quien con más de cien soldados, intentó fundar el asentamiento de San Vicente de Páez. Sin embargo, en 1572, en Tobaima, los Pijaos le dieron una lección brutal: Lozano fue asesinado en combate, cayendo junto a Fernán Pérez y otros veintisiete soldados. Ni el Capitán Osorio con 35 hombres, ni Francisco de Belalcázar con 80, tuvieron mejor suerte; sus intentos fueron infructuosos.

Pero la insistencia ibérica no daba tregua, el Capitán Diego Bocanegra protagonizó varios episodios de porfía española y firmeza Pijao. En su primera incursión, logró establecer un puesto llamado "la Frontera" en Saldaña con 70 hombres, pero los Pijaos lo destruyeron y los expulsaron. En una segunda cabalgada, por orden de la Real Audiencia, dirigió 170 soldados para fundar Medina de los Torres, pero los Pijaos también la "echaron por tierra", sumando más muertes. Por tercera vez, bajo órdenes de Don Vasco de Mendoza, entró por el río de la Paila con 95 soldados, 200 indios aliados y 100 caballos, pero "salió sin hacer efecto", dejando claro que la mera fuerza no bastaría.

Un capitáde apellido Marín, con 120 soldados, también conoció la derrota, sumando más muertos y heridos. El Capitán Bartolomé Talaveraño sufrió una amarga pérdida en Saldaña con 70 hombres, perdiendo 26 soldados. Aunque fundó un asentamiento en el río del Escorial, este fue abandonado a su retirada, demostrando la imposibilidad de mantener posiciones sin una paz duradera.

El ibérico Bernardino de Mojica, intentó la pacificación de los Pijao, y con 180 soldados fundó Pedraza. Pero los Pijaos, con determinación legendaria, la despoblaron, matando a 8 españoles y saliendo una vez más triunfantes.

Otros capitanes que combatieron y cuyos intentos fueron fallidos incluyen a: Melchor de Salazar (con 35 hombres), Villanueva (con 40), Rojas (con 40), Pedro de Velasco (con 50), Hernando Arias (con 60), Pedro Sánchez Castillo (con 40) y Telmo Rosero (con 40).

Un detalle macabro de esta lucha se observa en la Loma de las Carnicerías, donde el Capitán Diego de Santa Cruz, tras socorrer a los asediados en Páez, intentó castigar a los Pijaos con 60 hombres en 1572. Allí, los indígenas mataron a 12 de sus soldados en un lugar cuyo nombre resonaba con las prácticas de los Pijaos.

Ni siquiera el Capitán Baltasar de Acebia, quien en 1579 llevó 35 soldados desde Timaná para unirse al Gobernador Sancho García del Espinar en Tobaima, pudo cambiar el destino. Aunque infligieron grandes castigos a los Pijaos, la victoria definitiva, el anhelo de someterlos, seguía siendo un sueño inalcanzable.

Este doloroso catálogo de nombres y sacrificios, lejos de representar una victoria fácil para la Corona española, se erige como un elocuente testimonio de la indómita resistencia Pijao. Una y otra vez, a pesar de la sangre derramada y los inmensos recursos invertidos, los conquistadores se vieron forzados a reconocer la tenacidad de un pueblo que, antes que la sumisión, prefirió la aniquilación.

Para finalmente doblegar a los bravíos Pijaos, la Corona española tuvo que recurrir a un curtido militar y noble administrador colonial: don Juan de Borja. Este llegó al Nuevo Reino de Granada en 1605 con la misión específica de pacificar y someter a estos indígenas, cuya resistencia al dominio español era implacable.

Borja no repitió los errores de sus predecesores. Diseñó e implementó una campaña de exterminio brutal que se ejecutó intensamente entre 1605 y 1609. A diferencia de los intentos fallidos anteriores, Borja adoptó la devastadora estrategia de "tierra arrasada", una táctica militar que implicaba la destrucción sistemática de rancherías, cultivos, alimentos y toda la infraestructura vital de los Pijaos. Esta brutalidad logró debilitar su sustento y minar su capacidad de subsistencia.

Un factor clave en su "éxito" fue la alianza con dos parcialidades Pijao, los Natagaimas y Coyaimas —conocidos como los Pijaos del plan— quienes estaban en contra de los Pijaos de la Sierra y aportaron un conocimiento invaluable del terreno y las tácticas locales.

La campaña de Borja culminó en 1609, durante una emboscada en las montañas, con la muerte del legendario líder pijao Calarcá. Esta victoria fue decisiva, no solo por la eliminación de un caudillo formidable, sino porque desintegró la resistencia Pijao, consolidando finalmente el control español sobre la región y permitiendo la pacificación de gran parte del territorio. 

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