viernes, 22 de agosto de 2025

TIGRERO EN EL PARAJE DE TRAVESIAS

Los corbones —árboles gigantes encendidos por la llamas durante las quema. 

Jesús María Ocampo le preguntaba a Arsenia, su esposa, ¿ como hago para evitarme los viajes a Calarcá y a Salento en busca de víveres?, a lo que respondido Arsenia: ¿Por qué no carias a Juan Antonio Ospina y a don Gabino para que levanten una fonda? , y Tigrero le replico—Muy buena idea, mija, vamos a ponerla en práctica

La fonda surgió como epicentro de la colonización, al final de la jornada de arriería, en los cruces de caminos, en donde compraban y vendían sus productos, y realizaban sus jolgorios en que participaban todos colonos, que furtivos disfrutaban de los amores y placeres de voluptuosas mujeres y otros a negociar los tesoros de guacas, y a la compraventa de ganados y cosechas, actividad acompañada de  juego de  naipes y consumo del sabroso tapetusa fabricado en alambiques clandestinos, acompasados con la música surrunguera  que alegraban las noches de la fonda. 

LEYENDA DE LA LAGUNA DE MARAVELES.

«La laguna de Maravélez» Las mencionadas leyendas afirmaban que veían arder las montañas, inflamadas por el oro que poseían.  En los peñascos y cuevas de Peñas Blancas se escuchaban bandas de música y sonidos de campanas, como en la cueva de Tambichuqui.

La candileja

La Candileja es una bola fuego de tres penachos de candela, como brazos como tentáculos. Perseguía a borrachos, infieles y a padres de familia irresponsables, también a los viajeros que transitan en horas avanzadas de la noche. Según cuentan hace muchísimos años había una anciana que tenia dos nietos a quienes consentía demasiado, tolerándoles hasta las más extrañas ocurrencias, groserías y desenfrenos. Las infantiles ocurrencias llegaron hasta exigirle a la viejita que hiciera el papel de bestia de carga para ensillarla y luego montarla entre los dos; la abuela accedió en el acto para la felicidad de sus dos nietos, quienes anduvieron por toda la casa como sobre el más manso cuadrúpedo. Cuando murió la anciana, San Pedro la recriminó por la falta de rigidez en la educación de sus dos pimpollos y la condenó a purgar sus penas en este mundo entre tres llamaradas de candela que significan: el cuerpo de la anciana y el de los dos nietos.

El trespiés, ave agorera cuyo canto —según algunos— anuncia la muerte de algún vecino.

Figura petulante de Piquillo, montado en mula negra de inquietudes luciferinas. Nadie sabía de dónde salió aquel personaje de maneras simpáticas, pero rodeado de una especie de misterio. Los ojos chiquitos sonreían más que la boca relumbrante por los casquetes de oro. Afirmaban que sabía toda clase de magias porque tenía contacto con el diablo, y que dominaba la ventriloquía por completo.

— ¿Dónde aprenderá tantas marrullas Piquillo? —le consultó María Arsenia a Tigrero.

—En las guerras civiles, mija. Ese hombre ha sido un demonio. Su hechicería y sus agüeros nos han traído borrascas de sugestiones. cundió la noticia de que Piquillo se transformaría en jabalí para amedrentar a las sencillas gentes.

—Pero dicen que sos transformista y que llevás monicongo...

—Tal vez, porque las brujas vienen y les forman trenzas en las crines.

—Yo las he visto, padre, rodando como bolas de fuego sobre la montaña.

A las nueve de la noche los colonos se encontraban tranquilos en sus hogares, cuando escucharon un ruido gigantesco que arropaba el caserío. Algunas esposas de los colonos creyeron que se trataba del Enemigo Malo; otras afirmaron haber visto un águila inmensa que llevaba fuego en el pico y trazaba letreros mágicos en la atmósfera. Aseguraron las últimas que habían sentido caer una piedra, como así lo era, lo cual fue creído por la mayoría, pues el estremecimiento de la tierra hizo vacilar la capillita. Incapaces de comprender los fenómenos que se producen en la naturaleza, especialmente al caer un aerolito, las mujeres y varones del colonizaje buscaron refugio en la oración como lo hacían siempre cuando los envolvía la tempestad o el terremoto sacudía sus viviendas. Piquillo descubrió la concavidad abierta por la caída de la gran masa mineral y las mujeres no quedaron contentas sino después de que el Padre Valencia fue con ellas en nutrida procesión y esparció agua bendita en el sitio en donde se había sepultado por su propio peso la piedra estratosférica.

 

Los espíritus, los duendes, espantos, agüeros y brujas. Zabulón Noreña y los colonos del cerro de El Berrión.

Zabulón Noreña, amigo de Tigrero, representaba el tipo del orador de vereda. Creía en duendes y en brujas, y a tal punto llegaba en la sugestión de los agüeros, que muchos lo creían chiflado. Su cultura desordenada la había adquirido leyendo códigos en la cárcel de Popayán, lugar en donde estuvo largo tiempo a consecuencia de un pleito sobre linderos en que se vio envuelto. Creía en duendes y en brujas.

 

Comprendía él que Catarino había luchado hasta el cansancio por lograr que la compañía de Burila dejara tranquilos a los colonos en la posesión de sus pequeños cultivos, sin lograr conseguirlo.

El encarcelamiento de unos pobres colonos del cerro de El Berrión, hizo de Zabulón reuniera ochenta campesinos para sacar a los que están en la cárcel.

“los pueblos viriles se han hecho de sí propios con la escopeta y la ley”. Así lo quieren las mismas almas de los Pijaos y los Quimbayas que prefirieron la muerte a la esclavitud. Nosotros no queríamos llegar a estos extremos, porque somos una raza pacífica de labriegos. Pero los Agentes de la Burila nos han compelido a la revuelta, al aplicarnos el despojo como si fuéramos colonos clandestinos y violentos.

Y en desbordante tropel, los campesinos se derramaron por las vertientes con dirección a Calarcá, y en barahúnda incontenible irrumpieron en las calles del corregimiento. Cuando se hallaron frente a la cárcel rompieron la gruesa puerta y dieron escapea a los campesinos que se encontraban allí detenidos por asuntos de tierras. El lisiado Erasmo fue llevado por alguno de los hombres más fornidos, y entre los disparos de los alguaciles huyeron a Peñas Blancas.

Al otro día, saboreando una deliciosa lechona, Zabulón les explicó así con férvidas palabras:

—Por los lados de estas cumbres vivió el Cacique Calarcá con sus compañeros de raza, los Pijaos. Los españoles quisieron esclavizarlos pero no lograron conseguirlo en cuarenta años de tenaces luchas. Si nosotros, que somos alma y espíritu de la gleba, nos dejáramos subyugar por los poderosos, estoy seguro que se removerían con rabia las cenizas de aquel valiente cacique, a cuyo recuerdo se estremecen estas montañas.

—Todavía vibran —arguyó un colono mozo—, porque en ciertas noches se oyen en Peñas Blancas murmullos largos y músicas de instrumentos raros...

—Nosotros —dijo Florinda— hemos oído rodar los peñascales hasta caer en los vaguadones del río. Pero al día siguiente notamos que las rocas están intactas y que nada ha sucedido.

—Sin duda son los gandharvas, ángeles de la vibración, o las mismas almas de los Pijaos que todavía custodian sus dominios por los cuales perecieron —agregó Zabulón—. Sepan que el Cacique Calarcá, fuerte y hermoso como ninguno de los Pijaos, reunió a su pueblo en esta cordillera, y le habló de este modo en su lenguaje:

Habéis de saber que en mis sueños se me presentó Lulumoy y me dijo cómo una raza de blancos usurpadores, en nombre de testas coronadas, habrá de venir a perseguirnos y acorralarnos en nuestra propia tierra. Es preciso que nos preparemos para defendernos. Tenemos jefes guerreros como Quincuima y Matora que no los tienen tan buenos los Quimbayas, así sean ellos Consota o Tacurumbí, y somos tenaces porque estamos acostumbrados a vivir en la guerra. Yo he buscado estas cumbres para habitar, porque en ellas sólo medran los huracanes. La raza de conquistadores audaces regará por todos los caminos nuestra sangre, nuestros propios huesos. ¡Les pelearemos! Y cuando nos exterminen —si es que lo consiguen— Tulima se cubrirá de blanco al igual de los fantasmas, y el dios Lulumoy hará que en esta cordillera cuaje una roca blanca, retadora y altísima, como recuerdo de nuestros huesos irredentos y de la infamia de los expoliadores. Esta roca podrán verla los indios Quimbayas si nos sobrevivieren, lo mismo que las generaciones que habrán de venir después a habitar en estos dominios, de cualquiera de los sitios Quindianos en donde se hallaren.

Los Pijaos fueron perseguidos y aniquilados por los españoles y apareció embutido en la montaña el roquero audaz y desafiante que los recuerda. Y con voz solemne terminó Zabulón:

—En estos pueblos del Quindío, como ustedes bien lo saben, llamamos estas rocas “Peñas Blancas”.

Horas después, claridades celestes quebraron sus luces sobre la bigornia de la cordillera y un cuarteto de instrumentos musicales, con denuedo cadencioso, trinó exquisitas congojas. Eran músicas tristes, con dejos de arias y de endechas, las que a veces desparramaban sus resonancias dulces en el convivio familiar; ya eran alegres, con crescendos de borbollón y remilgos de bambuco. Pero todas ellas, si alegraban momentáneamente, iban dejando con el avance de las horas una amargura en el alma, un escozor muy parecido al que proporcionan ciertos licores espirituosos. ¡Músicas cosmopolitas que vinieron de llanuras mediterráneas o de sitios costaneros de la patria; músicas errabundas que tuvieron tal vez su origen en las sápidas tierras de los Santanderes, en las planicies de Cundinamarca o en los hondones del Cauca, pero que al ponerse en contacto con el nuevo ambiente, hicieron nacer ritmos inéditos en el sensorio artístico de hombres ignorados que sabían ludir los cordajes instrumentales produciendo gemidos viriles o reminiscencias telúricas...! Una lámpara primitiva, con curvaturas de arpa, presidía la fiesta como si el alma de Terpsícore estuviera representada en ella para foguear la diversión de los campesinos.

Fondas

—Minutos después se retiraron silenciosos. Bajaron al río y enrumbaron hacia la fonda de Francisco Arango, situada en el desemboque de tres caminos.

Usted por ejemplo, me dijo cierta vez, que prefiere trabajar en esta fonda y no en una parcela.

Naturalmente, porque la tierra que yo cultivaba me la quitaron.

—Me alegro que así sea. Por mi parte los invito a que vamos a visitar la tumba de Tigrero.

—Vamos allá —confirmaron entusiasmadamente.

Los campesinos treparon la cuchilla y llegaron al sitio indicado. Allí se desmontaron y permanecieron en actitud reverente.

Con voz emocionada, y en tono cadencioso, expresó Zabulón estas palabras:

—Danos, ¡oh! Tigrero, de esa valentía tuya que siempre fue tu distintivo para no retroceder ante nadie; queremos de esa tu fuerza, tú que venciste las fieras de estas montañas. Anhelamos poseer algo de esa agudeza de tus ojos y de esa fortaleza deseosa que te acompañó siempre al luchar por el engrandecimiento de los pueblos. No nos des de tu dolor terrible, que ese ya lo hemos saboreado en la carne de nuestros propios compañeros. Si así fuere, juramos ante esta tumba marchar unidos hasta conseguir la libertad de estas tierras por las cuales nos hemos sacrificado durante varios años.

—Juramos —dijeron los campesinos.

“TIGRERO” Y LA FUNDACIÓN DE ARMENIA.

 La fundación de Armenia se atribuye a Jesús María Ocampo Toro, alias "Tigrero", un líder nato y carismático que promovió la creación del pueblo después de superar discrepancias con el corregidor de Calarcá. La historia de la fundación está llena de detalles fascinantes sobre la colonización y la búsqueda de oportunidades en una región inhóspita pero llena de potencial.

En conclusión, los mitos y leyendas relacionados con la fundación de Armenia reflejan la rica cultura y la conexión con la naturaleza de sus habitantes. Estas historias siguen siendo relevantes hoy en día, ofreciendo una visión fascinante de la tradición oral y la mitología de la región.

Historia que combina elementos de aventura, colonización y la búsqueda de oportunidades en una región inhóspita pero llena de oportunidades para los colonos que se avecindaban.

"Tigrero", un líder nato, un hombre carismático y decidido que promueve la fundación de Armenia.

En el proceso de poblamiento se destaca la presencia de aventureros y guaqueros como Desiderio López, Macuenco y el padre Casafú que se dedicaron a la buscada de riquezas en las tumbas indígenas, y que contribuyeron a urdir la historia e idiosincrasia.

Condiciones sociales como el lenguaje, descripción de la naturaleza y costumbres de la época hacen que la narración sea viva y atractiva.

Este relato sobre "Tigrero" y la fundación de Armenia, en el departamento del Quindío, es fascinante, cuenta el acontecimiento colonizador y la búsqueda de oportunidades en una región inhóspita pero llena de potencial.

"Tigrero", líder nato, carismático y decidido impulsó la fundación del pueblo después de superar discrepancias con algunos personajes que ostentaban el poder, como es el caso del corregidor de la naciente Calarcá.  

“Tigrero” fue el principal fundador de Armenia. Él mandaba, él disponía. Como les decía en antes, ¡era un hombre de todo el ancho!  Le gustaban las mujeres y ese era su elemento. Decía: “La vida sin mujeres es como un velorio sin velas”, y se torcía los bigotes.   Ellas se morían por él, por lo macho, porque no tenía agüero y por bien cogido.  Había que verlo los domingos cuando se engalanaba con calzón de dril blanco, su camisa rayada, su sombrero aguadeño y su cinturón ancho con ojetes de cobre. Prendía el tabaco y se echaba de para atrás el carriel, como quien no quiere la cosa y empezaba a golpearse los muslos con los ramales de la cubierta del machete, y entonces sí: ¡Ay sos camisón de cuadros! Se les iba la baba por él a todas esas montañeras.

¿Y para el juego? ¡Ni lo piensen! En eso sí que era fuerte el hombre. A uno le daban escalofríos cuando él ponía el dedo delante de un montón grande, se echaba el sombrero para atrás, guachaquiniaba los dados y decía: “¡Pago a todos!

En el juego de cartas era que había que verlo.  Al naipe lo llamaba “el librito” y cuando lo tenía en la mano decía: “Vamos a ver que nos dice el librito de las hojas despegadas” …Barajaba con rapidez tan grande que no se le veían casi los dedos y cortaba en el aire y sabia el juego de los otros y era como si las cartas le nacieran de la palma de la mano.

Para el aguardiente también era rasgado y nadie era capaz de emparejársele. Se mandaba unos dobles que a uno le hacían chocoliar. ¡Y aguantador como él solo! Podía tomar toda la noche y amanecía fresco, como una mata de chilca.

- ¿Y para la pelea qué tal era? - Eso era lo que sabía.  Concia todas las paradas desde el machete migao hasta la parada del Ángel, que es muy trabajosa.  Se envolvía la ruana en una mano y en la otra agarraba la peinilla y había que verlo.  Era recio en el empuje y ágil en el quite.  Siempre se mostraba liso, voluntarioso y acosador, pero tenía muchas noblezas… Tigrero nació para la montaña como la hormiga para la tierra y la montaña lo mató”.[1]

-A “Tigrero” se le metió en la cabeza fundar un pueblo en este lado del río Quindío.  Todo fue por un disgusto que tuvo con Eliseo Ochoa, que era corregidor del caserío de Calarcá. Ellos habían planeado hacer un puente en el paso de San Pedro, para cruzar a la cabecera, porque en invierno el rio Quindío no lo vadeaba nadie. Se salía de madre y tronaba como un condenado por ese cañón abajo, arrastrando árboles desraizados, rastrojo y animales; en fin, todo lo que ustedes quieran.

Quedaron convenidos para un convite un día sábado y Eliseo Ochoa lo dejo metido.  Yo ya le había dicho a “Tigrero”: “ese corregidor no me gusta porque es como el querques que se muerde los dedos cuando se siente atrapado.  Nos dejó, pues metidos con los tabacos, el aguardiente y la carne de marrano para el sancocho del almuerzo que había recogido entre los pudientes Prudencio Cárdenas, que era como el Sangrero del convite.  Entonces, después de mucho esperar, “Tigrero” se puso muy bravo y se fue para Calarcá donde Eliseo Ochoa a hacerle el reclamo.  Se lo encontró en la cantina de Segundo Henao y le dijo que eso no se hacía, que tuviera palabra, que si los hombres eran hombres era para eso, para sostener la palabra empeñada y otras cosas así.  Entonces se armó la del diablo y lo tuvieron que coger Enrique Nieto y Servando Castaño que estaban allí y todo para evitar una desgracia.

Entonces “Tigrero” mando llamar a los Suárez a Salento, porque ellos le habían propuesto un negocio de montar una fonda.  Los Suarez se llamaban Alejando y Jesús María y eran dos rionegreños muy trabajadores que mantenían muchas ganas de meterse a la hoya a jalarle a cualquier negocio. Estaban aburridos en Salento, por la persecución política, porque ellos habían peleado en la guerra del 85 y las autoridades les tenían ojeriza y muy mal modo.  Después de que llegaron allí habían tenido desventuras y sufrimientos por lo de la guerra.

Cuando bajaron los Suarez nos pusimos a echarle el ojo a una tierra para la fundación.  Éramos como treinta. Nos gustó mucho un punto que llamaban Potreros y nos pegamos a trabajar, a trabajar en convites todos los sábados, hasta que hicimos el primer desmonte.  Los hombres aventando hacha y voliando machee y las mujeres, unas al pie del fogón y otras sirviendo aguardiente.  Todo mundo tenía oficio y lo hacíamos contentos.

Como a ms volvimos y no nos gustó ya el abierto.  Empezamos a verle inconvenientes, que el agua esto, que el agua lo otro, que la humedad por aquí, que el calor por allá, que la pendiente buena, que la pendiente mala, en fin, que no era lo que buscábamos Yo creo que los pueblos no debíamos fundarlos los montañeros.  Uno no ve más adelante y hace muchas pendejadas.

-Y si no somos los montañeros, ¿quién va a ser entonces? - preguntó Fortunito.

Eso mismo digo yo –comento Severiano- pero pregunto: ¿Quién los funda? ¡Nadie! Los pueblos se hacen casi solos, por la necesidad.  Principia la cosa en una fonda, digamos en un crucero de caminos, después viene una casa al lado, después otra al frente y empiezan a agruparse más casas, a agrandarse el caserío por los dos caminos.

Entonces los vecinos dicen: “hace mucha falta la iglesia” y las mujeres empiezan a recoger para hacerla.  Que una escuela, que una casa cural, que el cementerio, que una plaza, y cuando uno menso acuerda eso se vuelve un pueblo.  Los antioqueños son los machos para hacer pueblos en cualquier falda.  Ellos no buscan sino el agua y dicen: “donde hay agua, hay pueblo, lo demás sobra”.

-Luego prosiguió el viejo-, inspeccionamos una mejora del padre Sebastián Restrepo, un cura que vivía en Medellín y hasta allá le mandamos un propio para que negociara con él y no hubo trato porque pedía quinientos pesos, es decir esta vida y la otra, y nosotros no teníamos toda esa plata.  La finca Armenia no nos gustó por la ardentía del clima y eso que si tenía una buena localidad para poblar.  Ya nos estábamos aburriendo con tanto perque y tanta titubiadera cuando encontramos la mejora que tenía, como colonos pobladores, Juan Antonio Herrera y José de los Reyes Santa.  Era poco más de una plaza de abierto y mucho monte.  La compramos por cien pesos.

Recuerdo muy bien –comentó Venancio- que la primera reunión para nombrar junta pobladora la hicimos en una ramada de guadua, de vara en tierra y techada con hojas de platanillo que tenía Ignacio Martínez, uno que llamaban “el godo”.  Allí se ordenó que para tener derecho a solar había que avecindarse al nuevo pueblo y pagar cinco pesos de ocho décimos por un solar de ocho varas a la plaza pública y cuarenta varas de centro; dos pesos por solar de las mismas medidas con frente a las primeras y segundas manzanas; y un peso por solar con frente a las otras.

-Cuando se supo la noticia de la fundación, la gente de Antioquía empezó a inventar viaje para acá –continuó diciendo-, había que ver el camino del Manzano lleno de familias enteras.  Era como si se hubieran venido de huida de una peste. ¡Traían de todo! Hasta guitarras y tiples venían en los sobornales.  Esos eran muchos hombres, ¡carajo! ¡Gente empujosa! Porque para meterse uno por esos caminos necesitaba ser de fierro.  Y las mujeres… ¿qué me dicen de las mujeres? ¡Esas sí que daban ejemplo! Juerciaban con los animales lo mismo que los hombres, enderezaban las cargas, volvían a liar las flojas y ayudaban a la bestia en los pasos malos.  Porque esos no eran caminos sino tragadales y los animales se enterraban hasta el pecho y muchas veces había que sacarlos con alzaprimas de madera verde.

 

Todos los días llegaba gente forastera.  Venían artesanos, negociantes, agricultores, carniceros, de todo… Hasta un tullido vino, lo trajeron en una parihuela y tocaba el requinto y cantaba muy alegre, pues no tenía impedimento para tocar el instrumento porque solo era tullido del ombligo para abajo.”[2]

“Los colonos después de la primera quema, sembraban tabaco y maíz… La fiebre del tabaco llego con la fiebre de la colonización.

“Los hombres del resguardo: almas de cieno, vidas mutiladas en su albedrio.  Venían de los subfondos, de los abrevaderos clandestinos, de la colonia de Boquía. Bastaba pegarles una placa de latón en el pecho y tomaban carácter.”[3]

“El Sangrero recogió las mulas en un cornijal de la manga y luego le empujo con el perro y el zurriago por los trillos arriba, hasta hacerlas salir a la puerta de golpe, que se abría a pocos pasos de la fonda.  Mañosamente les puso los cabezales de lazo y llamo a los arrieros para que las aparejaran.  Los animales tenían húmedo de recio el pelo de las cernejas y despedían un olor áspero de yaragua. Los arrieros les echaron encima los sudaderos de vaqueta engrasados con sebo de riñonada y sobre estos montaron las enjalmas, unciéndoles pos pretales y las retrancas, antes de apretar, ayudándose con la rodilla, la faja de las cinchas.”

“Carmelina le trajo una bebida fresca de hojas maceradas de verbena negra con raíces de zarpoleta.  También un poco de quinina”.[4]

“El Quindío es muerte para nosotros, pero apenas se haga a las manos del hombre será vida para los que vengan detrás”.[5]

“Había mucho guaquero en el lugar… Las autoridades, a petición de la Burila, habían prohibido la guaquería en lo que ellas llamaban las tierras de La concesión”.[6]

 

“Los guaqueros, atados obstinadamente a sus premoniciones, se vieron precisados a buscar unas tierras casi deshabitadas.  Abandonaron el Pueblo del Muerto,  Calle Larga, Pueblotapao, Platanillal, y Hojasanchas y se adentraron a las montañas de Alejandría, al otro lado de Montenegro, siguiendo  las noticias que señalaban la existencia de un pueblo ciego, presumiblemente rico”.[7]

“Desiderio López y Macuenco llegaron al atardecer con sus líos de ropa y sus medicañas. La jornada había sido larga porque antes, en las horas de la mañana, habían hecho un desvío hasta Piamonte para enterarse de los cateos de Lisandrino.  Cuando llegaron a la fonda, ya Patebarra y otro guaquero de nombre Aristipo habían sacado una guaca zarca de bóvedas calzadas, buques entoñados y tierra quintosa, pero bien cernida.  También una terronuda.  La noticia cundió: sesenta libras de oro en la Borrascosa y unos pocos torzales en la de nicho.”[8]

Demetrio Salazar y el padre Casafú estaban allí desde temprano.  Casafú era como un desperdicio de la Guerra de los Mil Días. Un cura cejón y boquiflojo, hecho de una extraña mezcla de materiales contradictorios: virtud y vicio, fuerza y debilidad.  Un cura sin preceptos y sin amarras rigurosas, suelto como un animal de monte. Demetrio un gastero ambicioso.”[9]

“-Con Macuenco sacamos un armadillo cerca de Maravélez –dijo Casafú-. Cuando el reparto, lo echamos a la suerte y me tocó.  Después lo jugué contra un caballo de paso, una ruana y un carriel de nutria y me lo ganaron.  El armadillo tenía la cabeza de oro de veintidós quilates y el resto de tumbaga.  Lo sacamos en una guaca de taqueo, que generalmente son pobres porque son entradoras.  Macuenco me dijo: “Esta parece mala, pero el guaquero de ley no retrocede, aunque sepa que no va a barrer sin trastos”. Yo le contesté: “El oro no importa, lo que importa es la esperanza, el hambre del corazón, el hurgar en las cosas desconocidas.  Vamos a sacarla”. Y tenía oro.

-Se goza y se sufre. De todas maneras, hay algo que nos arrastra –insinuó Desiderio.

-Como dice el padre Casafú, uno no busca el oro, uno busca es como la aventura, como la casualidad.  El oro siempre se le va a uno de las manos –dijo Macuenco haciendo un gesto desilusionado-. En cada guaca uno encuentra una historia distinta.  El indio importante con todas sus riquezas, el indio pobre con su collar de lágrimas de San Pedro o de dientes de jabalí.  Lo mismo de siempre. Cuando saque la guaca del cacique de Puertoespejo, me sucedió una cosa bien rara.  Después de tirar mediacaña toda la mañana, encontré un cateo de guaca sucia, con tierra negra, carbón, de madera, ceniza, tiestos y piedras. Y pensé: “¡Carajo!, esa maldita se me va a amargar”.  Monté la manigueta y trabajé toda la tarde como un gurre.  El canasto subía y bajaba sacando la carga, Como a los tres metros apareció una tierra pantanosa que me hizo caer el corazón. “Esta debe ser la tumba de un indio ladrón”, pensé.  Cuando tope con tierra seca, antes de llegar a la bóveda, la cosa cambio y me vino la confianza.  Llevaba dos días de cavar y manguetear cuando descubrí el patio.  ¡Qué lindo patio! Y empecé a barrerlo como loco.  Tiré la barra a un lado y me puse a trabajar con las manos, con los pies, con las uñas.  Había tres libras de oro. Pero oigan esto: había tres cadáveres de indios enmochilados en costales de bejuco. Una cosa bien rara.

-Eso no es raro- afirmó Demetrio, dándole a la voz tono de convicción-  Eso lo hacen con cristianos vivos, ¿qué de raro tiene que lo hagan con unos indios muertos?  ”[10]

“Desde la densa tiniebla del monte llegaba el canto viscoso del paujil”.[11]

“Los regatos fulgían como pedazos de charol en la tierra desnuda del camino.  La parihuela alta, izada sobre los hombros, empalidecía la tarde con su color blanco de sábana.  Al pie de ella se alzaba la fila de los brazos, Detrás de ella caminaba la fila zonza de los ojos…[12]

 

Fuente: Bahena Hoyos Benjamín. El río corre hacia atrás. Carlos Valencia editor. Bogotá 1980

 

Por: ALVARO HERNANDO CAMARGO BONILLA



[1] Bahena Hoyos Benjamín. El río corre hacia atrás. Carlos Valencia editor. Bogotá 1980

 

[2] Ideen pág. 121-124

[3] Ideen pág. 190

[4] Ideen pág. 221

[5] Ideen pág. 223

[6] Ideen pág. 231

[7] Ideen pág. 232

[8] Ideen pág. 232

[9] Ideen pág. 232

[10] Ideen pág. 233, 234, 235

[11] Ideen pág. 235


domingo, 10 de agosto de 2025

MONOGRAFIA DE SALENTO Por: José López Montes, Pbro. Manizales, enero de 1923

 
















MONOGRAFIA DE SALENTO

Por: José López Montes, Pbro. Manizales, enero de 1923

 

La presente monografía de Salento, escrita por José López Montes en 1923, es un valioso aporte a la comprensión de la historia y la cultura del territorio del Quindío.

Su importancia radica en los siguientes aspectos:

Valor histórico: La monografía ofrece una visión detallada de la historia de Salento, desde la época precolombina hasta la actualidad, permitiendo a los lectores descubrir la importancia de la fundación Salentina como legado de identidad Quindiana. Describe la riqueza cultural y natural del territorio, lo que permite apreciar la diversidad y complejidad de la región. Detalla el desarrollo histórico de Salento, incluyendo los conflictos territoriales y políticos que han influido en la consolidación del poblamiento del Quindío, permitiendo conocer el legado histórico y cultural, por las presen tes y futuras generaciones.

En resumen, es un documento valioso que ofrece una visión profunda de la historia y la cultura, y su publicación es importante para preservar el legado histórico y cultural de la región.

El texto ubica a Salento en el flanco occidental de las montañas del Quindío, donde su paraje se despliega sobre montañas, valles y ríos, en donde  se fundó Salento. Histórica población que se remonta a la época precolombina, y comienzo de la colonización en la “Hoya del Quindío”. Salento fue punto de encuentro, y crisol donde se fundió el fundamento cultural de la idiosincrasia Quindiana, y este recuento histórico es el fiel testimonio de esta rica herencia.

El texto contine los datos monográficos, descritos por José López Montes en 1923, ofrece una visión detallada de la historia, geografía y cultura de Salento. La lectura de su contenido, permitirá al lector descubrir la importancia de la fundación Salentina como legado de identidad, y su influencia en la colonización del territorio, desde la época precolombina hasta la actualidad, Tiempo en que Salento ha mantenido su esencia y ha sido un lugar de encuentro entre la tradición y la modernidad.

Este texto es un valioso aporte a la comprensión de la historia y la cultura de Quindiana.  Su contenido permite apreciar la riqueza cultural y natural del territorio, y es una remembranza de Salento, que ofrecer a los lectores una visión profunda de su desarrollo histórico.

También refiere el conflicto de intereses en las fundaciones de Salento, Filandia, Armenia, Circasia, y Calarcá. Conflicto relacionado con las disputas territoriales, afines a las contradicciones partidistas, y sus interés políticos y sociales, propios de los constantes enfrentamientos de sus pobladores, como consecuencia de las constantes guerras civiles presentadas e en el siglo XIX y principios del XX, época de fundación y consolidación de estas poblaciones.

los puntos más notables que se refieren a las causas, y desarrollo de los conflictos podrían ser:

Disputas Territoriales: La delimitación de los territorios municipales y las disputas por recursos naturales como agua, tierras fértiles y minerales podrían haber sido causas comunes de conflicto entre estas poblaciones.

Desarrollo Económico: La competencia por el desarrollo económico, incluyendo el comercio, la agricultura y la minería, podría haber generado tensiones entre las diferentes localidades.

Política y Sociedad: Las diferencias políticas y sociales, incluyendo la influencia de distintas ideologías y partidos políticos, podrían haber jugado un papel importante en los conflictos entre estas fundaciones.

 

HISTÓRICA UBICACIÓN TERRITORIAL Y PRINCIPALES ASPECTOS FÍSICOS DEL TERRITORIO DE SALENTO.

Por: José López Montes, Pbro. Manizales, enero de 1923

El origen del nombre proviene de la ciudad que fundó el rey Idomeneo, hijo de Deucalión, nieto de Minos, cuando desterrado de su reino de Creta, por haber querido cumplir una promesa hecha a los dioses de sacrificar al primero que encontrara en su patria, quiso sacrificar a su hijo, por lo cual los súbditos lo desterraron a Italia, y allí el Calabria fundó a Salentino.

Se halla situada la población en la ladera occidental de la Cordillera del Quindío, a un grado veintinueve minutos y cuarenta segundos (1° 26’ y 40”) longitud occidental del meridiano de Bogotá, y a cuatro grados treinta y nueve minutos y veinte segundos (40° 39’ y 20” de latitud norte.

Su temperatura es templada, y remontando el camino que con duce a Ibagué, se experimenta cada vez más frío hasta llegar al Boquerón del Páramo. (Notas a los planos de Salento levantados en 1870).

Aspectos físicos:

Su territorio es generalmente quebrado debido a su ubicación sobre la Cordillera.

Sus ríos principales son:

·       Río Quindío, que nace en el Nevado del Tolima y corre hacia el suroeste.

·       Río Boquía, que nace en la laguna Cubierta y desemboca en el río Quindío.

·       El clima varía según la altura, con temperaturas que van desde los 14°C en la cabecera municipal hasta temperaturas más bajas en las zonas altas.

·       La región cuenta con una gran variedad de flora y fauna, y es conocida por su belleza natural y su riqueza en recursos naturales.

Altura y clima

·       Su cabecera municipal se encuentra a una altura de 2,200 metros sobre el nivel del mar.

·       El Boquerón de la montaña del Quindío se encuentra a 3,500 metros de altura.

 El Nevado del Tolima se encuentra a 5,525 metros de altura.

• La temperatura media de la población es de 14°C.

·       La cabecera del distrito se sitúa a una altura de 2,200 metros; y su parte más alta en el Boquerón del Quindío, a 3500 metros, y el Nevado del Tolima a una altura de 5525 metros, y en la parte baja desciende hasta 1,600 metros.

·       La temperatura media de la población es de 14 grados centígrados, y en la misma proporción de las alturas baja y sube.

Según relatos de los pobladores de la Nueva Salento que por la guerra del 60 se redujeron los habitantes de Boquía al número de 80, y que cuando se fundó Salento, había unos 1000 habitantes. En el año de 1884 tenía 8000 habitantes; en el año de 1912 tenía 3728, y en el de 1918 tenía 4428. La causa de estos descensos, en el trascurso de veinte años salieron los colonos a poblar los distritos de Armenia y Calarcá, poblaciones que alcanzaban 36,090 habitantes.

Los límites reconocidos por el concejo, según una nota fechada el 30 de enero de 1920, son los siguientes: Salento es cruzado por una línea nacional desde la cordillera del Páramo, límite con el Tolima, hasta el punto de Arrayanal, en una extensión de 24 kilómetros; de Arrayanal al alto del Roble limitando con el municipio de Circasia en una extensión de 1 kilómetro. Al sur de este municipio también tiene una línea nacional entre Calarcá, y éste desde la cordillera en el Boquerón del Páramo hasta el punto de la palma en una extensión de 8 kilómetros. No hay más líneas nacionales correspondientes a este municipio.

La primera línea nacional de que habla el concejo es la del norte; la de Arrayanal continúa por el occidente, camino de Armenia, hasta una legua más abajo de Circasia, frente al alto del Castillo; del Castillo línea recta a la Cordillera Central forma el límite sur, y la línea de la cordillera, el límite oriental.

El panorama que se contempla desde Salento es uno de los más hermosos, ya se mire solamente la extensa región del Quindío al sur y oeste, repleta de una vegetación exuberante, surcada de poblaciones, algunas hoy populosas, o ya se expanda la vista hasta los inmensos valles del Cauca. El punto donde está enclavada la población no es ventajoso, y por ende, parece que nunca llegará a ser una población populosa. Los terrenos que constituyen el municipio son por lo general quebrados, por estar entre la Cordillera con sus múltiples estribaciones, y la colina de Circasia, que nace en el alto del Roble aúna altura de 2100 metros, y se dirige de norte a sur con un desnivel muy suave hasta un poco más debajo de Circasia, donde se deprime fuertemente, y va a morir a la ciudad de Armenia.

Sus ríos son: el Quindío, que nace en el Nevado del Tolima y corre primero de oriente a occidente y luego de norte a sur hasta tocar tierras del municipio de Calarcá; de aquí para abajo cambia de nuevo su curso en dirección sudoeste, hasta unir sus aguas con el Barragán, desde donde se empieza hoy a darle el nombre de La Vieja. No así en el año 92, época en que se llamaba La Vieja sólo un poco antes de presentarse a Cartago, como lo dice don Heliodoro Peña en su geografía del Quindío; Boquía, que nace en la laguna llamada Cubierta—donde nace Otún—y desemboca en el Quindío diez cuadras más abajo del camino nacional; el boquerón que nace en las faldas de la Cordillera Central, al sur de la población, en el punto llamado Boquerón, donde hay señales de que los indígenas elaboraban el oro, y desemboca en Navarco, y con éste al Quindío.

Los afluentes del Quindío son: por la banda oriental y de norte a sur: Santa Isabel, Aguasclaras, Cruzgorda, Navarco, Dosquebradas y el Castillo. Límite con Calarcá: por la banda occidental de la colina de Circasia: La Florida, San Juan, San Antonio, Tinajas, Boquía, El Rosario, Santa Rita, La Congoja, San Francisco y Cárdenas. Dista Salento de la capital de la República 26 miriámetros, y de la capital del departamento, 71 kilómetros.

Es seguro que el conquistador de toda la hoya del Quindío fue Álvaro de Mendoza, según dice el doctor Emilio Robledo en su Geografía médica, apoyado en autoridades fidedignas: «Robledo quiso explorar ahora (enero de 1541) las cimas nevadas. Los mismos naturales le habían hecho saber que en aquellos parajes había un valle que se dice Arvi, que es de la otra banda de la cordillera de las sierras nevadas, y asimismo de otro valle que se dice Quindío, que estaba cerca de aquella Quimbaya y que colindaba con Arvi. Álvaro de Mendoza, luchando con una naturaleza agresiva, trepó hasta donde le fue posible, descubrió el valle del Quindío cuyos naturales no le hostilizaron.»

De los naturales de este municipio no nos quedó ningún rastro de cultura. De las guaquerías se deduce que fue una gente pobre, que elaboraba las minas de Navarco, Boquerón y Campo alegre, y que cambiaban el oro que allí sacaban por artículos alimenticios, con los de la tierra baja. Esta conclusión es muy clara, porque siendo éstos los que sacaban el oro, no dejaron nada en sus sepulcros, y sí lo tenían muy abundante los naturales de las tierras bajas, como lo pueden ver los que lean las monografías de Montenegro, Filandia, etc., donde se habla de muchas alhajas preciosas y otras curiosidades que vieron los viejos guaqueaos que hoy existen aún.

Los que abrieron el camino del Quindío fueron los primeros exploradores. En el año 1842, don Alejo Molina se vino de Salamina con tres hijos: Francisco, casado con Juana Ríos, Miguel y Joaquín. El primero de los hijos se quedó en Boquía con su mujer, en un tambo abandonado por el presidio que por entonces se había retirado; mientras don Alejo, con los otros dos, emprendió la exploración del Quindío en busca de un río por donde se veía correr el oro, según era fama. Llegaron al Navarco, y no hallando el oro apetecido, continuaron hacia el sur buscando el codiciado río. Después de diez días de marcha, viendo que no aparecía lo que se buscaba, y habiéndoseles acabado las provisiones, creyeron más fácil buscar el camino nacional por el puente de La Vieja, que desandar el camino. Hicieron una balsa, y a poco se dio contra una roca y cayeron al río donde se les acabó de perder lo poco que llevaban. Sin un bocado de pan, emprendieron la marcha en busca del alto del Roble, comiéndose, según se dijo, el único perro que se les salvó. El hijo, que había quedado en Boquía, creyó que los indios se los habían comido, y así lo manifestaba a los pasajeros que en ese tambo posaban. Esa noticia llegó hasta Cartago, en donde se reunió gente con el fin de salir en busca de ellos, para saber si era cierto que aún por allí había indios para conquistar. Cuando ya había salido de Cartago la expedición, se supo que los perdidos habían aparecido en el alto del Roble, después de diez y nueve días de andar, comiendo frutas y ramas.

Supo allí don Alejo que el comercio de Medellín le había rematado sus bienes, porque no le había pagado a tiempo, y decidió quedarse y mandar por su familia. Con los que fueron a Salamina por la familia de don Alejo, se les hizo conocer a los antioqueños la hermosura y fertilidad de estas tierras, y poco a poco empezó la emigración, que a poco fue sorprendente, pues en los cincuenta años siguientes se fundaron las cinco poblaciones de Salento, Filandia, Circasia, Calarcá, Armenia y Montenegro.

Dice don Heliodoro Peña que la causa de la fundación de Boquía—que fue el principio de la nueva Salento—se debió al gobernador de la provincia del Quindío, señor doctor Jorge Juan Hoyos, el cual, viendo las grandísimas penalidades de los que tenían que viajar de Cartago a Ibagué (26 leguas) por inmensas soledades “sin tener una sola casa para hospedaje, dio orden para que se construyera una casa en Boquía como lugar de depósito y escala de los viajeros”

Dice además «que por este tiempo (año 1843) se fundó en la misma vía y en un lugar cercano al en que estuvo más tarde el pueblecito de Condina, un pequeño caserío denominado Buriticá, compuesto de un reducido número de familias,» y que luego, alagados por la concurrencia en el Quindío del presidio, y con el propósito de fundar una población en un punto más ventajoso, se trasladaron a Boquía.»

En el año 1846 se fundó la población «en virtud de la empresa acometida por el gobierno nacional desde 1842, bajo la administración del general Pedro Alcántara Herrán, de la apertura del camino del Quindío, en cuya época y por varios decretos legislativos y ejecutivos se hicieron concesiones de una porción de terreno, cabezas de ganado y herramientas, a las familias que vinieran a poblar la montaña y el camino de aquel nombre.» (Acta de la Fundación de Nueva Salento).

Si fue cierto que el gobierno prometió mucho a los exploradores y fundadores de Boquía, fue también cierto que la realidad en nada se asemejó a lo prometido, pues los que entraron con estas esperanzas, se vieron, a poco, abandonados, sin más recursos que la cacería para su alimento.

Los límites que tuvo Boquía fueron los siguientes: «La quebrada de Barbas desde su nacimiento, siguiendo su curso hasta frente de Buenavista; contadero del camino real; de ahí una línea recta imaginaria, hasta la confluencia del río Barragán en el de La Vieja; de este punto aguas arriba una legua de la corriente del predicho Barragán; de aquí otra recta imaginaria hasta la cumbre de la Cordillera Central, y toda la línea de esta hasta la vertiente de Barbas.» (Acta de la Fundación de Nueva Salento).

Fueron sus fundadores: don Vicente Henao, Pascasio Salazar, Vicente Velásquez, Ignacio Buitrago, Antonio Valencia, Bruno Arias, Cornelio Marín, Servando Castaño, Alejandro y Joaquín Echeverri, Alejo Molina, Antonio Gil, José Manuel Ramírez y otros. El primer regidor de la aldea fue Vicente Molina, y su secretario Vicente Henao. Fue don Vicente el prohombre de estas tierras, el que llevó a cabo, de acuerdo con el doctor Paláu, todas las reformas que requería la población hasta trasladarla al punto donde hoy se halla. Fue juez parroquial, regidor, alcalde, agrimensor, jefe de las fuerzas liberales, abogado y secretario perpetuo de las corporaciones municipales, etc.

En 1849 el señor Manuel Eraso hizo las primeras entregas de veinte fanegas de tierras baldías a los pobladores; terrenos cedidos por un decreto legislativo del año 1842. En diciembre de 1849 vino el presbítero Casimiro Gamba, costeado por el gobierno, el cual dijo la primera misa en el alto del Roble, según afirma don Pascasio Salazar, viejo de ochenta años, pero que tiene todavía memoria clara, en casa de don Alejo Molina. Como la autoridad de don Heliodoro Peña es para nosotros tan respetable, no lo hemos desmentido sino después de habernos cerciorado con mucho cuidado de lo que afirmamos; si bien es cierto que en este punto el equívoco no parece de tanta importancia, como el que en otra parte veremos.

Desde esta época, por autorización del señor obispo, abrió los libros parroquiales; bautizó y presenció el primer matrimonio que celebraron Crisanto Hernández con Ana Idárraga el 7 de enero de 1850. No sabemos por qué motivo se retiró el padre Gamba de la aldea el 1. ° de abril de 1851, y desde entonces empezó a decaer la población de una manera alarmante, llegando a reducirse al número de ochenta habitantes. Continuaron los vecinos pidiendo cura al señor obispo de Popayán, el cual les hizo, para acceder a la petición, la exigencia de que le aseguraran al cura la congrua sustentación, que se hicieran capilla y casa cural (9 de marzo de 1859).

Como desde el 8 de febrero de 1854 se había constituido una junta con tal fin, y la capilla estaba construida y bendecida por el presbítero Fulgencio del Castillo, y no faltaba sino la escritura de compromiso, se apresuraron a hacerla; ésta fue la primera escritura que se hizo en Boquía, en virtud de la cual los vecinos se comprometían a darle al cura ciento cincuenta pesos de ocho décimos anuales, para asegurarle la congrua. El notario que hizo esta escritura fue Gabino Cárdenas, secretario del consejo administrativo.

Dadas las seguridades, el prelado diocesano creó el beneficio, y nombró cura al presbítero Parménides Velasco, el cual duró, no obstante, las encarnizadas guerras del 60, hasta el 6 de agosto del 65. época en que se retiró y fue reemplazado por el presbítero Elías Lazo, nombrado por el ilustrísimo señor Pedro Antonio Torres el 21 de agosto del mismo año. En 1859, siendo presidente de la República don Mariano Ospina, se le concedieron a Boquía otras 12,000 fanegadas de terrenos baldíos, los cuales fueron repartidos de acuerdo con las ordenanzas de 11 de octubre de 1856, expedidas por la legislatura de la provincia del Cauca.

Terminada la guerra del 64 empezó a mejorar la condición de esos huérfanos solitarios, que por la constante desbandada de sus antiguos moradores quedaron reducidos, según ya dijimos, al número de ochenta, que estaban como otros hogares abandonados en la inmensidad de las selvas. Empezaron de nuevo a llegar familias halagadas por las promesas y por la feracidad de las tierras. Los legisladores empezaron a preocuparse más seriamente de esta región, dando leyes y ordenanzas que le daban realce a la población. La municipalidad de Cartago, por la ordenanza de 12 de enero de 1865 le dio juzgado parroquial, siendo nombrado para primer juez don Vicente Henao; por la ordenanza 20 de 24 de enero del mismo año se le dio Notaría, con circuito de registro en Cartago. El 13 de mayo de 1864 se pusieron en Boquía cinco ediles que se repartieron así: uno en Boquía, uno en Rioarriba uno en la Florida, uno en Navarco y otro en la Balsa, hoy Alcalá.

Aun cuando desde el 15 de julio de 1861, época en que se firmó el acta de traslación de Boquía al punto de Barcinales, debiéramos haber hablado de su traslación, no lo hicimos, porque como la traslación y permanencia en ese punto duró muy poco, y no sucedió nada importante, lo dejamos para unirlo inmediatamente con la fundación de la nueva Salento, y nos quede así la relación más clara.

Antes de seguir adelante pedimos excusa a todos los que con don Heliodoro Peña aseguran que la traslación de Boquía al lugar de Barcinales se verificó en el año 51. Pues el acta auténtica, que se conserva en los archivos del concejo de Salento, dice que la junta se reunió con este fin el 15 de julio de 1861. Pero según puede deducirse del libro de entregas, la traslación no se verificó en realidad, sino en agosto del 63.

La entrega quinta, que cualquiera comprende se debió hacer muy al principio del traslado, por ser muy natural que el momento en que el entusiasmo cunde con más ardor es en los momentos precisos de empezar toda obra, dice:

En 6 de agosto de 1863 el infrascrito corregidor procedió, en asocio de los señores agrimensores, y se cuadraren ochenta metros para el área de la plaza, y los cuarenta metros cuadrados para la iglesia, cuarenta para la escuela, cuarenta para la cárcel y cuarenta para la casa consistorial, de acuerdo con el artículo 6. ° de la ordenanza provincial del Cauca, de 11 de octubre de 1856. “Concluida esta diligencia, se firma por el infrascrito corregidor y agrimensores—Ignacio Buitrago. Vicente Henao. “

Esto demuestra que la traslación de Boquía debe ponerse en agosto del 63, o a lo sumo en julio del 61, pero nunca el 41. Y para llegarnos de una vez a la actual Salento decimos que la traslación al punto donde hoy se halla se hizo el 25 de enero de 1865, a unas pocas cuadras al sur de la última Boquía. Desde entonces, por la influencia del doctor Ramón E. Paláu, que fue el que tomó a pechos la traslación, fue pronto erigida en aldea, y el 12 de noviembre de 1866, por ordenanza número 25, se elevó a la categoría de distrito- En 1870 se le dio oficina telegráfica.

Año por año lograba para Salento el doctor Paláu alguna concesión de los congresos y de los encargados del ejecutivo, según se deduce de las múltiples comunicaciones que tuvo con don Vicente Henao, al cual le comunicaba todas sus empresas y sus propósitos con la población de Salento.

En 1867 logró que el congreso le cediera 24,000 fanegadas más, y que el ministerio de hacienda expidiera los títulos de propiedad en una zona de 36,000 fanegadas, con su correspondiente plano. Al padre Lazo, que sólo permaneció hasta el 2 de septiembre de 1866, le sucedió el presbítero José Agustín Aranda el 10 de febrero del 97, y permaneció hasta el 8 de julio del mismo año. Le siguió el presbítero don José María García el 15 del mismo mes por nombramiento que le hizo el presbítero don Federico Arboleda, gobernador del obispado, el 3 de junio. Este sacerdote fue un gran entusiasta luchador por el progreso de la potación, a quien Salento le debe muchos beneficios.

Administró este sacerdote la viceparroquia de Huertas, población cuya memoria casi nadie tiene, y que existió en el mismo punto que hoy se llama Fracción de Huertas, en el municipio de Pereira. Fue más importante que Condina, población ésta de la cual habla don Heliodoro Peña en su geografía de! Quindío; pues aquélla tuvo juzgado parroquial, como cabecera de la segunda, según una ordenanza expedida en Cartago el 12 de enero de 1865; tenía además muy buena capilla, campanas y todo lo necesario para la celebración de ios divinos oficios.

El 10 de julio de 1879 tuvo el padre García necesidad de abrir nuevos libros parroquiales, porque la autoridad civil se había apoderado de ellos, según consta en una nota que dice: “Libro en que se asientan las partidas de matrimonio después de la extracción de los libros parroquiales por la autoridad civil, José Mario Garda.”

En este tiempo hizo la primera visita pastoral el ilustrísimo y reverendísimo señor doctor don Carlos Bermúdez, obispo de Popayán (25 de noviembre de 1873), el cual traía por secretario al presbítero doctor don Pedro Antonio Holguín.

El padre García fue sacado de Salento por motivos desconocidos. Nada importante ocurrió desde el año 70 hasta el año de 1892, época en que Salento tuvo que luchar con las poblaciones de más reciente fundación, pero más prósperas. En este año se creó el distrito de Filandia, suprimiendo el de Salento. (Ordenanza 33 de 17 de agosto de 1892).

Con golpe tan rudo se conmovieron los vecinos, y empezaron una lucha sin tregua, pero lucha honrada y legal. Demandáronla ordenanza ante el tribunal de Popayán, y lograron su intento por esta vez. El archivo, que es el tesoro más grande que tiene ese pueblo, y que como tal lo estiman, había sido trasladado a Filandia desde el 7 de octubre por decreto del gobernador del Cauca, número 206, reglamentario de la ordenanza; y con gran regocijo volvió de nuevo a ornamentar sus anaqueles el 16 de diciembre del mismo año.

Entonces no sólo recuperaron el municipio, sino que lograron que se les dieran dos juzgados: uno para lo civil y otro para lo criminal. Pero Filandia no era el único enemigo que tenía esta población. El corregimiento de Calarcá, creado por la municipalidad de Salento el 17 de enero de 1890, y el corregimiento de Armenia creado el 1.° de septiembre del mismo año por acuerdo número 2, se levantaban con una pujanza amenazadora. Este último corregimiento se propuso conseguir distrito a toda costa. Al efecto mandó en representación del pueblo a la asamblea del Cauca al señor Pablo Herrera, y logró sus intentos, pues fue creado el distrito de Armenia, cambiando el nombre y la cabecera del distrito de Salento. (Ordenanza 14 de 1896).

Por orden del general Pinto se trasladaron las nuevas autoridades a Armenia llevándose personalmente el codiciado archivo, el cual fue entregado por los salentinos con protestas y repulsas, como era natural.

En seguida, el 14 de agosto del mismo año, los vecinos elevaron un memorial pidiendo la supresión de la ordenanza 14, el cual no tuvo ningún efecto, porque la opinión del tribunal fue que sí era legal. Como en esta vez perdieron el pleito, continuaron la lucha, hasta que lograron hacer expedir la ordenanza 49 (de 14 de julio de 1898), que disponía restablecer la cabecera del distrito de Armenia a la población de Salento. Pasó esta vez el archivo con la misma solemnidad de antes, y se quedaron los armenios con su corregimiento.

Pero como los armenios han sido siempre entusiastas y progresistas, no se resignaron tampoco a este estado de cosas; y por tanto en la guerra de los tres años se hicieron pasar el municipio militarmente, con archivo y todo, y apenas terminada la guerra, lograron que se expidiera la ordenanza 60 de 9 de mayo de 1903, en que se creaba el distrito de Armenia con cabecera en Armenia.

Vino de nuevo la demanda, y de nuevo se logró la supresión, continuando la lucha hasta el 19 de julio de 1904, época en que se expidió la ordenanza 75, que a la letra dice: “Desde la sanción de la presente ordenanza la capital del distrito de Armenia en la provincia del Quindío, será la población de Armenia.”

Si después de la expedición de esta ordenanza, Armenia no volvió a decaer, Salento sí logró tener su distrito definitivamente el 1. ° de octubre de 1908, creado por el decreto número 995 de 11 de septiembre, del ejecutivo nacional, por los límites que tenía como corregimiento, que antes los más señalados.

No se conoce científicamente la extensión del municipio. El área de la población tiene en los planos de 1870, 200 hectáreas. La población actual tiene 25 manzanas, aunque no están pobladas todas. Está dividido el municipio para su mejor administración en un corregimiento (La Morena) y doce fracciones, que son: Boquía, Llanogrande, San José, Palogrande, Dosquebradas, Canaán, El Castillo, Navarco, Boquerón, primavera, Ríoarriba y Los Andes.

Desde su fundación perteneció a la diócesis de Popayán, hasta que en 1900 quedó perteneciendo a la diócesis de Manizales.  Solo vino a ser elevada a la categoría de parroquia en 1925. Los sacerdotes que aparecen en los libros parroquiales-.  Casimiro Gamba, desde el año 1849 hasta 1841. Francisco Antonio Penilla (de paso). Manuel Antonio Meléndez (de paso). Fulgencio del Castillo (quien bendijo la capilla). Parménides Velasco, cura hasta el 6 de agosto del 65. Elías Lazo, cura, del 18 de diciembre del 65 hasta el 2 de septiembre del 66. José Agustín Aranda, 10 de febrero del 67 a 8 de julio del 67. José María García, 15 de julio del 67 a 7 de julio del 8c. Juan N. Parra (de paso). Sebastián Enrique Restrepo, 4 de julio del 80 a 29 de septiembre del 81. José Joaquín Baena (un mes.) Ignacio María Torrijos (nueve meses.) Parménides Velasco (segunda vez), 6 de marzo del 82. José Benito Rodríguez (de paso). José Dolores Córdoba, 16 de julio del 82 a 29 del 83. José Ignacio Pineda, 1.° de agosto del 83 a 22 de agosto. Sebastián Emigdio Restrepo, 3 de octubre del 83. Ignacio Pineda, 22 del 84. José María Arias, 22 de febrero del 84. José Ignacio Pineda, junio del 84. Ismael Valencia, desde el 2 de noviembre del 84 a 10 de febrero del 89. Sebastián Restrepo, hasta el 94. Jesús María Restrepo, de 6 de octubre del 95 hasta el 20 de marzo del 900. José María Arias, hasta el 25 de noviembre de 1907. Juan de D. Jaramillo, 22 de diciembre de 1907 hasta 12 de julio de 1908. Ismael Valencia, de julio a noviembre. Julio Arango, de 8 de diciembre de 1909 hasta marzo 10 del 1912. Venancio Osorio, de 19 de abril de 1912 hasta abril 5 de 1918. Navor Montoya, desde 9 de julio hasta hoy.

En 1864, por ordenanza 12, enero, se le dio juzgado parroquial. Y después siempre que ha sido municipio. Tuvo dos juzgados: uno para lo civil y otro para lo criminal en 1892. No ha sido nunca circuito. Desde el año 65 tenía notaría. Pero después de todos los contratiempos que ha tenido sólo logró que se le concediera de nuevo en I912, por ordenanza 25. Oficina de registro por la ordenanza 24 (17 de abril de 1916). Desde 1907 pertenece al circuito de Armenia, creado por ley 32 del mismo año.

Capillas, las hubo en Boquía, después en Barcinal en año 63, y por último en nueva Salento. El actual templo lo empezó a construir el presbítero Julio Aragón con el dinero de una acción que tenía la iglesia en la mina de La Morena; venta que hizo de acuerdo con las disposiciones canónicas. Es de regular tamaño, con dos torreones, buenas campanas, y ya la tiene el cura Montoya casi concluida.

Hay un cementerio al occidente de la población, y es el mismo de Barcinal. Está cercado de tapias y de alambre de púa.

Tiene una bonita plaza con un hermoso parque y una plazuela. La primera se llama de Córdoba, en recuerdo del general, y la segunda, de Los Mártires. Acueducto metálico desde 1918. Club. Un hospital bastante adelantado; un billar, una gallera, dos escuelas urbanas: la de varones con 90 niños, y la de niñas con 85; dos escuelas rurales alternadas: Canaán y San Juan. Regentó un colegio, el año de 1894, el señor don Manuel Buitrago, y otro don Manuel Osorio, en 1896.

Dice el doctor Robledo: “Puede considerarse el territorio de este distrito como un sanatorio colocado allí por la Providencia para atender a la curación de las numerosas dolencias que pueden adquirirse y se adquieren frecuentemente en las tierras bajas. Para el tratamiento de la tuberculosis y de las formas crónicas del paludismo, Salento no cede a ninguna de sus congéneres de la república. Ligeras afecciones reumáticas y bronquiales, uno que otro caso de fiebre tifoidea, y manifestaciones benignas de reumatismo, constituyen toda la patología de esta región.

En el estudio de historia natural tiene un puesto distinguido el nombre de Salento, puesto que en esa región es donde los viajeros que han visitado territorio colombiano con el objeto de hacer el estudio de nuestra fauna y de nuestra flora, han hecho las principales observaciones y clasificado gran número de plantas y animales desconocidos en el continente y en la América del Norte.”

El trigo es otra de las grandes fuentes de riqueza de Salento, por su calidad y su cantidad. Tiene dos molinos: uno norteamericano, de magnífica calidad, y otro de poca monta. En 1919 produjo Salento 2,000 kilos de trigo. La papa que produce es suficiente para proveer a la región del Quindío y Pereira y hasta Ibagué. En 1919 produjo 288,000 kilos.

Dos magníficas caleras. Los pastos naturales abundan en la altiplanicie del páramo, en donde podrían pastar centenares de miles de ovejas; además, el carretón, trébol, plegadera, espartillo, grama y pasto azul, que se producen sumamente bien en todo el territorio. Tiene cinco fuentes saladas, de las cuales solamente dos han sido beneficiadas, y produjeron en 1919, 288,000 kilos. Las maderas son inacabables. Para el aserrío se cuenta el cedro, el aliso, cerezo, encenillo, higuerón, arboloco, drago, laurel, comino, común y otros. Las palmeras producirían en abundancia Ceroxilón Andícola. Fique hay unas 5,000 plantas que producen unos 5,000 kilos. Frijoles se recogieron en 1919, 12,000 kilos. Panela, 7,810 kilos, y en la parte baja tiene unos 350,000 cafetos.

Al hablar de las minas de Salento se nos viene a la memoria lo que dice una recopilación científica cuya procedencia no conocemos. “Andes (de la lengua inca Antis o Ante), parece derivarse de la palabra peruana anta, que significa cobre, y es nombre genérico de todo metal. La abundancia del metal de que los peruanos fabricaban sus utensilios, pudo haber dado motivo a aquel nombre.” Tiene Salento 13 minas, unas de filón y otras de aluvión. Son de la primera clase: La Morena, que produce gran cantidad de oro anual. El Cóndor, Moravia, Santa Librada, San Francisco, El Tesoro, La Tesorera, La Calabacera, Campoalegre, Colombia, Granates y Porvenir. De la segunda son: Navarco, en una extensión de 4 leguas, y Boquía en una extensión de 2 leguas. Los indígenas beneficiaban las minas de Boquerón, Navarco y Campoalegre, oro que parece que cambiaban por alimentos con los habitantes de los valles. Esto sólo puede explicar de que siendo Salento la única productora de oro, no tenga guacas, cuando Montenegro, Filandia y Armenia han tenido oro tan abundante, que se han sacado de una sola guaca hasta siete y media arrobas de oro hermosísimo.

En 1920 tenía: cabezas de ganado vacuno. 9,319; mular; ovejas, 155; de cerda, 1,500; caballar. 721, y cabras, 103. El cuerpo de agentes de policía se compone de 8 agentes subalternos y el alcalde. El número de escrituras públicas hechas en la notaría de Salento en 1919 fue de 146, por valor de 26,666 oro.

Existen además de las oficinas ya dichas, la oficina de estadística creada por la ordenanza 53 de 1919; la de la junta de ornato y embellecimiento creada por la ordenanza 19 de 1915.

Hay un mercado semanal que se hace los días domingos con el objeto de poder recibir los víveres de las poblaciones del valle en donde verifica el mercado los sábados. No conocemos la presión atmosférica ni la extensión del municipio, y por esta razón no las apuntamos, pues preferimos ser deficientes a ser mentirosos. No tratamos de obispados, ni de gobernaciones, ni de prefecturas, ni de luz, ni de asilos, ni prisiones, ni de imprentas, ni de periódicos, ni de fábricas, porque no los tiene. Y, por último, no hablamos de hombres notables, porque no los conocemos.

Autor: José López Montes, Pbro. Manizales, enero de 1923.

 

Fuente: BOLETIN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES. ORGANO DE LA ACADEMIA NACIONALL DE HISTORIA Volumen XV, Número 176, junio 1926. DIRECTOR, EDUARDO POSADAN REDACTORES, LUIS AUGUSTO CUERVO, y ROBERTO CORTAZAR.

 

Por: Álvaro Hernando Tibuchino Camargo Bonilla