viernes, 16 de octubre de 2020

John Hamilton Potter: RELATO DE SU PASO POR EL CAMINO DEL QUINDIO

VIAJES POR El INTERIOR DE LAS PROVINCIAS DE COLOMBIA POR El CORONEL J. P. HAMILTON, RECIENTE JEFE COMISARIO DE SU MAJESTAD BRITANICA ANTE LA REPUBUCA DE COLOMBIA EN DOS TOMOS.

 LONDRES

JOHN MURRAY, ALBEMARLE STREET

MDCCCXXVII



John Hamilton Potter 2(184). Durante su estadía en Colombia recorrió la ruta que de Santa Marta iba hacia Bogotá por el río Magdalena, visitó Neiva, Buga, Cali, Popayán, Cartago, Quindío e Ibagué y Tocaima.

Enviado y ministro plenipotenciario del rey británico ante la Nueva Granada para celebrar un tratado de amistad y comercio.

John Potter Hamilton (Inglaterra, 1777-1873). Coronel, diplomático, viajero. En 1823 fue nombrado “jefe comisario de su majestad británica ante la República de Colombia”, siendo el primer agente diplomático enviado por Inglaterra a la recién creada república de Colombia, con el encargo de firmar un tratado de amistad y comercio. Llegó a Bogotá en 1824 y regresó a Londres a mediados de 1825.

Inicia su viaje desde Bogotá, cruza los Andes por el paso de Guanacas, y llega a Popayán; avanza por Cali a Cartago y transmonta nuevamente los Andes por el paso del Quindío, en diciembre de 1824, en su regreso a Santa Fe por Ibagué y Tocaima.

Con motivo de festividades en Ibagué, no era posible arribaran silleros y cargueros al Quindío, por lo que contrato un peón, a quien pago ocho peos para llevar una comunicación al Juez Político de Ibagué, a fin de que el gestionara la contratación de hombres y bestias necesarias para su viaje. Inconveniente que le obligo a permanecer catorce días en Cartago, a pesar de su premura por llegar a Bogotá.

Tiempo que le permitió para reseñar acontecimientos y productos que se encontraban en Cartago, tal como el buen pan que se fabricaba en Cartago, con la harina de trigo que se traía de Bogotá; la presteza de un carpintero que fabricaba clavos de madera producida por un árbol denominado granadillo, cuya madera es sumamente dura y resistente.

 

RELATO DE SU PASO POR  EL CAMINO DEL QUINDIO

Al fin llegó la buena nueva de que el juez político de Ibagué estaba adelantando activas diligencias para conseguir el número necesario de silleros, peones y mulas, pues había recibido órdenes del gobierno de que nos prestara toda clase de ayuda; así es que el 20 de diciembre llegaron a Cartago los hombres y las mulas.

El 21 vino el juez político a decirnos que los peones necesitaban, antes de emprender el camino de regreso a Ibagué, descansar un día y ocuparse en comprar algunas cosas que les faltaban. Se pasaron algunas horas de la mañana en pesarnos escrupulosamente. Yo resulté pesando siete arrobas menos cinco libras, y Mr. Cade cinco completas. Nos divirtió mucho ver a los dos silleros que creían tener que cargar conmigo por el paso de las montañas, mirarme con fijeza de alto a abajo. Como el juez les preguntara qué opinaban de mi peso, respondieron que podrían cargarme sin dificultad alguna y que en anteriores ocasiones habían podido con personas todavía más corpulentas. Por lo que el juez político les había dicho en Ibagué se habían formado la idea de que el cónsul general inglés (título que me daban siempre) era personaje de mucho mayor envergadura. La expedición contaba con cuatro silleros, catorce peones para cuidar del equipaje y tres mulas de remuda, fuera de las que montábamos y una especie de capataz o comandante cuyo ascendiente sobre el personal, si va a decir verdad, no era muy grande.

Siguiendo el consejo del señor Rodríguez, desistimos de llevar con nosotros el moro de Mr. Cade, que cojeaba por habérsele puesto mal las herraduras. Se convino en pagar diez y seis pesos a cada uno de mis silleros, diez a los te Mr. Cade y de Edle y nueve a cada uno de los peones. Por mi parte, les ofrecí una buena propina si quedaba contento del servicio y conducían la carga con cuidado.

Corre a cargo del empresario de los silleros y peones la alimentación, consistente en carne cecina, tanto de res como de cerdo, plátano y arroz en determinada cantidad por persona. Con satisfacción oímos al señor Rodríguez afirmar que estos cargueros eran muy diferentes de los bribones que se emplean para tripular los champanes subiendo el Magdalena. Y tengo para mí que, si no llegaban a ser mejores, peores no podrían serlo en ningún caso.

El artefacto de que se valen para cargar el equipaje es una especie de armazón de guadua, de tres pies de largo aproximadamente, con un travesaño en la parte inferior donde se afianza el bulto. Luego se le asegura con correas hechas de la corteza de ciertos árboles, cuyos extremos se anudan a guisa de arnés sobre los hombros y a través cruzando el pecho del peón; además sostienen con la frente otra correa que va adherida a los extremos superiores del armazón de guaduas que llevan a la espalda. Tienen buen cuidado, desde luego, de poner sendas almohadillas sobre la frente y la espalda para precaverse de las magulladuras. Por lo demás, andan desnudos, con sólo un pañuelo ceñido a la cintura. Las sillas para cargar personas sólo difieren de las descritas arriba en que llevan sostenes para el apoyo de los brazos y los pies del pasajero. El peso que ordinariamente carga un peón es de 100 libras, pero muchos, en ocasiones, llevan uno mayor y algunos han llegado a cargar hasta ocho arrobas; no obstante, este impedimento anda ágilmente deteniéndose rara vez a descansar. Tuvimos la satisfacción de ver que el juez político se ocupaba con toda solicitud y acuciosidad en la tarea de tener todo listo y bien dispuesto para nuestro viaje por las montañas. Recomendaba, además, con ahincó, a los peones que se portaran con diligencia y esmero durante la jornada que íbamos a emprender.

En la mañana del 22 de diciembre habíamos terminado todos los preparativos y nos aprestábamos ya a partir de Cartago, cuando creí oportuno dirigirme a mis criados para decirles que no debían pensar, remotamente siquiera, en hacerse cargar por los silleros a menos de llegar a enfermarse en el camino, orden que tuve la satisfacción de ver estrictamente acatada. Luego de despedirnos del juez político, de M. de la Roche y de otros tres caballeros allí presentes sin olvidar naturalmente, a las chicas silbadoras, siendo las nueve de la mañana emprendimos camino hacia las montañas del Quindío, montando nuestras mulas, pues era mi propósito cabalgar hasta donde fuera posible. Encontramos el camino en no muy malas condiciones por espacio de tres cuartos de legua; más adelante estaba tan cenagoso que me vi obligado a apearme para vadear los charcos, calzado como estaba de botas altas y grandes espuelas, con gran diversión para los peones, naturalmente, pero con no menor mengua de mis reservas de grasa. Después de llegar a un alto, la bajada a lomo de mula por las veredas resbaladizas y fangosas era empresa rayana en lo temerario. En estos casos era de ver cómo las mulas, conscientes del peligro, escudriñaban la vía con toda cautela y luego, juntando las patas delanteras, se dejaban resbalar sobre las corvas en forma tal, que hasta un testigo presencial hubiera vacilado en dar crédito a sus ojos. Lo único que el jinete puede hacer en estos momentos es conservarse a plomo en la silla confiando en que la Divina Providencia y después la mula lo guarden de estrellarse en el medroso abismo.

A las tres de la tarde llegamos a una casa solitaria sobre las márgenes del río La Vieja, donde debíamos pasar la noche. Ya puede imaginarse el cansancio que me agobiaba después de la tremenda jornada, tan mal equipado como iba para andar a píe por semejantes andurriales y con un calor achicharrante, pues apenas habíamos ascendido un poco sobre el nivel del Valle del Cauca. En cuanto a Mr. Cade, cuyo peso era mucho menor que el mío, había podido salir avante sin desmontarse de la mula. Durante la noche nos molestó mucho el zancudo por la circunstancia de hallarse la casa situada no lejos de las márgenes del río, como queda dicho. Por el estado en que se hallaban los caminos o más bien, veredas, practicadas por el paso de las mulas, pudimos darnos cuenta de que había llovido copiosamente en las montañas mientras en Cartago habíamos gozado de buen tiempo, observación que fue confirmada por los peones que habían hecho el viaje viniendo de Ibagué.

Madrugamos el 24 de diciembre para seguir camino, aunque, a decir verdad, no era muy satisfactoria la condición en que me hallaba para caminar por la montaña. Decidí cambiar mis botas altas por unas alborgas que compré en Cartago, especie de sandalias que cubren la planta del pie y parte de los dedos y que se sujetan con dos cuerdas que, prendidas al talón, se atan sobre el empeine. Hube de prescindir de las medias, pues las hubiera dejado pegadas en el barro. Completaban mi atuendo holgados pantalones blancos, camisa y chaleco, sombrero pajizo de anchas alas y un grueso bordón de punta ferrada para apoyarme al trepar por las rocas o salvar los charcos.

También ese día encontramos los senderos en el mismo pavoroso estado de los que habíamos transitado el día anterior. Caí en dos o tres fangales de los cuales sólo pude salir con la denodada ayuda de los peones y comencé a temer que me flaquearan las fuerzas antes de dar cima a mi empresa; pero resolví perseverar tenazmente en mi determinación mientras pudiera conservar aliento siquiera para mover las piernas. Cuatro días de buen andar se emplean en la travesía de aquella parte del Quindío, conocida con el nombre de La Trucha, región anegadiza y cenagosa; más dejada atrás ésta, se pisa ya terreno más firme y los senderos empiezan a hacerse transitables. El agua de los arroyos que corren por allí es muy pura y deliciosamente fría; el clima tiene reputación de ser salubre y estimulante. Pasamos la noche en un lugar llamado El Cuchillo, donde nos fue de gran utilidad la tienda que en Popayán nos regalara don J. Mosquera, la cual alcanzaba a servirnos de dormitorio a Mr. Cade y a mí. En cuanto a los peones, construyeron con hojas de plátano traídas a tal efecto desde Cartago, una especie de cobertizos que llamaban ranchos y de cuyo abrigo hicieron partícipes también a nuestros criados.

Partimos de El Cuchillo el 24 de diciembre a las seis de la mañana y a las tres de la tarde llegamos a un lugar llamado el Portachilo. Por el camino ese día tuve dos resbalones que dieron con mi cuerpo en tierra, sufriendo gran maltrato, aunque con la práctica anterior había adquirido ya alguna destreza en saltar de uno a otro de los lomos de tierra sólida que sobresalían entre los barrizales; fuera de que en las alborgas hallé calzado más adecuado que las botas altas de antaño para el tránsito por estos resbaladeros. Causaba pasmo ver a los cargueros avanzando por los peligrosísimos senderos con tan pesados fardos a la espalda; sólo una larga práctica había podido avezar sus cuerpos a trabajo tan rudo y azaroso. Nos dijeron que desde pequeños se les entrena haciéndoles cargar livianos bultos cuyo peso se aumenta gradualmente a medida que avanza en edad. En algunos trechos habían caído grandes árboles a la orilla del camino, sobre cuyos troncos se deslizaban los peones con tanta seguridad y aplomo como si estuvieran actuando en un prado de juegos. Mis dos cargueros, con su talle esbelto y recio, parecían modelos escogidos por un gran artista. Uno de ellos tenía semblante particularmente vivo e inteligente, junto con trato expresivo y jovial.

Me contó cómo había tenido el honor de cargar en el paso por estas montañas a la mujer del coronel Ortega, gobernador entonces de la provincia de Popayán y que en todo el trayecto no se había resbalado una vez siquiera. Tiempo después, conversando con el juez político de Ibagué, me dijo que los cargueros rara vez pasan de los cuarenta años, pues por lo general mueren prematuramente de alguna afección pulmonar o de la ruptura de un aneurisma y que, además, como sucede en general, los que trabajan de manera intermitente, pero con buena remuneración en cada caso, se daban a la disipación y a la bebida hasta consumir el último centavo de la paga anteriormente obtenida. Hay entre trescientos y cuatrocientos hombres en Ibagué que viven exclusivamente de cargar personas y fardos por las montañas del Quindío. Es de esperarse que el Gobierno realice el programa de mejorar los caminos que calzan estas montañas, pues es ciertamente deshonroso para la especie humana verse en el caso de imponer a sus semejantes un trabajo que sólo las bestias debieran realizar. Se me ha dicho que tanto españoles como naturales del país montan a espaldas de estos silleros con tanta sangre fría como si cabalgaran a lomo de mula y que muchos de estos infames no han vacilado en aguijar las carnes de los pobres hombres cuando le viene en gana pensar que no marchan con suficiente rapidez. Yendo de camino uno tras otro, el carguero que va adelante como guía de los demás suba cada cinco o diez minutos para indicarles la ruta que va siguiendo libre de tropiezo.

A la madrugada del 25 de diciembre la expedición estaba lista a partir de Portachilo. Habíamos mantenido encendidas grandes fogatas para ahuyentar a los tigres y proteger especialmente a las mulas, que muy a menudo son víctimas de los audaces ataques de estos felinos. A cada rato les oíamos rugir durante la noche, acompañados del desapacible aullido de los simios rojos; y al añadirse a tan medroso vocerío el áspero graznar de las aves nocturnas, resultaba una infernal serenata no arrulladora en verdad, para el oído inglés de Mr. Cade y el mío Continuamos todo el día nuestra marcha por el camino cenagoso bordeado de selvas impenetrables, subiendo poco a poco hacia la cuna de este ramal de los Andes, y si, de cuando en vez se presentaba en la abrupta vía un paso que permitiera la vista del paisaje, se alcanzaban a divisar a uno y otro lado, montañas cuyos picos altísimos se alzaban hasta esconderse en un nimbo de nubes. Mr. Cade persistía en continuar a caballo, no obstante, los repetidos porrazos que tuvo que afrontar, y los criados, aunque a trechos montaban sus mulas, hicieron a pie la mayor parte del recorrido. Poco a poco, con la práctica iban mejorando mis cualidades de andarín, aunque, no habituado a las sandalias, me dolían los pies, maltratados por golpes y rozaduras contra los pedruscos y raíces de árbol que obstruían el camino. Vimos por allí pájaros muy raros que no conocíamos, de tamaño como un faisán, de brillante plumaje y largo pico; me decían los peones que estas selvas estaban pobladas de aves que no se encontraban en el Valle del Cauca ni en las provincias de Mariquita o Neiva. ¡Qué campo de investigación tan amplio y rico ofrecían estas montañas a ornitólogos y botánicos dotados de temple suficiente para arrostrar, eso sí, toda clase de privaciones y penalidades!

Esta mañana un peón mató con su bordón una culebra de piel verde brillante y de ocho pies de largo que yacía dormida a dos o tres yardas del camino. Comentaba después que tal clase de serpientes llegaba a tener gran tamaño y que muchas veces las había visto subidas en un árbol a caza de pájaros y animalillos de toda clase, pero que su mordedura no era venenosa. A las tres de la tarde llegamos a un altiplano que consideramos adecuado para pasar la noche y donde había buen pasto para las mulas.

Me había fatigado tanto con la caminata de aquel día, que me vi obligado a descansar varias veces a la orilla del camino. Al partir de Cartago Edler, mi cocinero tenía las piernas hinchadísimas y cubiertas de escoriaciones, pero a medida que con el ascenso encontrábamos clima más fresco (el termómetro aquí marcaba 64ºF) se fue reponiendo hasta desaparecer casi por completo la inflamación. Hasta el momento los peones se habían portado tan bien, que gustoso les prometí una paga adicional de veinte pesos si continuaban lo mismo hasta Ibagué y como los cuatro silleros iban escoteros, ayudaban de buen grado a los peones a cargar el equipaje. Algunos de ellos, como el astuto Esopo, habían tenido cuidado de llevar consigo buena cantidad de comestibles que vendían a buen precio durante el viaje a sus compañeros menos previsivos y andaban ahora ligeros y desembarazados, libres del lastre que al emprender camino les agobiara. Uno de los peones me mostró la palma de cera que por allí se daba.

En la Navidad, que nos sorprendió por el camino, Mr. Cade y yo brindamos unos extras de Punch por todos los amigos de nuestra patria lejana, sin dejar en olvido a nuestros criados, quienes fraternizando con los peones tomaron también parte en el regocijo. No eran en verdad las montañas del Quindío sitio propicio para pasar una alegre y festiva Nochebuena, pero por fortuna gozábamos de buena salud y nos alentaba la esperanza de llegar ya pronto a Bogotá, donde podríamos recibir noticias de los amigos de Inglaterra. Desde mayo anterior, es decir, justamente hacia ocho meses, no había recibido cartas de mi familia. Ya habíamos dejado atrás el Trucha y pisábamos un terreno más sólido, desde cuyas alturas se podían contemplar más amplios panoramas. Hasta donde alcanzaba la vista cubría las montañas selva impenetrable, a no ser por el sendero estrechísimo que seguíamos y que a duras penas se podía transitar. Ya por la tarde, al bajar acompañado por dos peones hasta un arroyuelo que corría por el pie de la montaña, uno de ellos me señaló un jaguar de gran tamaño que estaba bebiendo en la orilla a unas 200 yardas de distancia. El felino nos clavó la mirada por espacio de dos o tres segundos, pero luego, volviendo grupas, se internó a paso mesurado por la selva; actitud que recibió mi aprobación irrestricta, como que en el momento nos hallábamos desprovistos de lanzas o de cualquier arma de fuego. Por la tarde uno de mis silleros empezó a quejarse de que se sentía indispuesto y al ofrecerle yo alguna medicina que podría aliviarlo, se negó obstinadamente a tomarla. Al día siguiente, como lo encontrara ya bueno y sano y le preguntara qué remedio se había hecho, me contestó que había tomado simplemente agua de azúcar, que era la cura infalible para toda enfermedad. Quizás los doctores europeos encuentren algunos reparos que hacer a este sistema terapéutico.

Ese mismo día cruzamos el río Quindío que, corriendo en dirección sur, desemboca en el río de La Vieja. Las noches iban siendo cada vez más frías y las cobijas se hacían más deseables aún bajo el abrigo de nuestra tienda.

A las seis de la mañana del 26 de diciembre partimos del alto que nos sirvió de posada y comenzamos a ascender rápidamente. De camino vimos bandadas de pavos silvestres y a buen seguro que, de llevar con nosotros nuestras escopetas y cartuchos, nos hubiéramos procurado, por lo menos, dos o tres buenas comidas, pues la carne se conserva bien en un clima ya tan frío. Pero, al fin y al cabo, el viajero que transita por tan abrupta e inhóspita región, sólo le obsesiona la idea de llegar cuanto antes al término de su jornada, más si se ha visto obligado a andar a pie. Uno de los silleros me señaló huellas de tigre y de oso negro, las primeras de las cuales, frescas aún, me indujeron a tener ojo avizor para evitar una sorpresa peligrosa al pasar por los desfiladeros.

Poco antes de las tres, hicimos alto para pasar la noche, cosa que siempre me caía como lluvia de mayo, porque si bien ya no teníamos que debatirnos en los profundos charcos, tropezábamos en cambio con peñascos y rocas por las cuales teníamos que trepar a gatas, respirando con dificultad un aire enrarecido. Los peones portadores del equipaje que no era indispensable desempacar, al colocarlo en el suelo lo cubrían con hojas de plátano para ponerlo al abrigo de la lluvia. Hasta aquí habíamos disfrutado por fortuna de tan buen tiempo que apenas si cayeron lloviznas pasajeras, en contraste con la semana anterior durante la cual, según decían los peones, en su viaje de Ibagué a Cartago no dejó de llover un solo día. Desde la altura donde nos encontrábamos se divisaba, distante algunas leguas a la izquierda, el nevado del Tolima en forma de cono truncado y de cima cubierta perpetuamente de nieve; el mismo que según tuve ocasión de mencionar arriba, se hace visible desde Bogotá a hora temprana cuando el cielo está bien despejado. Ignoro si se ha medido su altura, pero debe ser ésta muy grande, cuando alcanza a columbrarse a tan enorme distancia.

Partimos de nuestro campamento el 27 de diciembre a las seis de la mañana y a las once dejando atrás en el remate de la cordillera el páramo que alcanza una altura de 13.000 pies sobre el nivel del mar comenzamos a descender rápidamente. En las dos últimas leguas el camino había sido muy pendiente, y con todo, acompañado de mis dos silleros había ganado tal ventaja sobre el resto de la expedición, que llegué al lugar escogido para acampar al otro lado del páramo, tres cuartos de hora antes que Mr. Cade y sus compañeros. Los silleros me felicitaron con entusiasmo por mi proeza como andarín, no rivalizada por ninguno de los señores que durante toda su carrera les había tocado conducir por las montañas. Mas este enorme y quizás imprudente esfuerzo estuvo a punto de producirme un colapso que, afortunadamente pude conjurar tomando un vaso de ron con galletas y reposando un rato. Con todo, al llegar finalmente, a eso de las tres de la tarde al lugar escogido para pasar la noche, me sentía ya casi deshecho. Llegando ya a la cumbre de los Andes, descubrimos a lo largo del camino huellas de danta (asno salvaje) de pezuña hendida en dos, como la del cerdo.

Este animal sólo habita las alturas de los Andes y es muy raro que los indios logren acercársele lo suficiente para hacer presa en él. Según la descripción de los peones, tiene piel de color leonado oscuro, es muy veloz en la carrera y su tamaño es mayor que el de un asno bien desarrollado. Uno de los silleros me trajo un pedazo de incienso que había arrancado de un árbol llamado patilla, resina de colorido ambarino y olor muy agradable. En las montañas cercanas a Ibagué se han encontrado depósitos de mercurio. A partir de la cumbre de la cordillera, las distancias en leguas van señaladas con postes en los cuales se talla el número correspondiente.

Nada tan grandioso y sublime como el panorama que se extendía a nuestra vista al llegar a la cumbre del páramo, y que pudimos seguir contemplando por largo tiempo durante el descenso. A la derecha, distante no menos de setenta u ochenta millas se alcanzaba a divisar la cordillera próxima al Chocó. De un golpe abarca la mirada estas empinadísimas montañas, y al observar sus flancos como cortados a pico junto con las impenetrables selvas que las cubren, nadie hubiera imaginado que fuera posible cruzarlas por el estrechísimo sendero que las bordea en espiral; es el trabajo tenaz del hombre que consigue allanar todos los obstáculos. Con toda la naturaleza comienza a enseñorearse nuevamente de los caminos del Quindío y, de no poner el Gobierno pronto remedio, dentro de poco sólo darán paso a las fieras de la selva.

A las seis y media de la mañana del 28 de diciembre, la expedición se aprontaba ya a continuar el viaje. Estaba tan fría el agua que, al tomarla, hacia doler los dientes. Mr. Cade persistía tercamente en continuar la marcha sin apearse de su mula, no obstante haber sufrido peligrosas caídas o de haber sido lanzado de su montura más de seis o siete veces por las ramas de los árboles que interceptaban el camino; porque sucede que, cayendo estos a menudo sobre la angosta senda en los desfiladeros, dejan apenas espacio suficiente para el paso de las bestias, a menos que el jinete se agache hasta formar un mismo plano con el lomo de la mula. Tuvo el tenacísimo caballero la suerte de escapar a todos estos peligros con un rasguño apenas en la cabeza. En cambio, a pocos días de su llegada a Bogotá, se le fracturó una pierna por dos partes al volcarse el coche del cónsul general que transitaba por una estrecha vía. En algunos trayectos que, en ocasiones alcanzaban hasta dos leguas continuas, el camino se convertía en verdadero túnel oscurísimo, a lo sumo de tres o cuatro pies de anchura, con vegetación tupida y exuberante a lado y lado. En consecuencia, quien se aventura a pasar por tan estrechos y oscuros pasadizos, debe estar continuamente sobre aviso, para evitar herirse contra los picos de roca que se proyectan sobre la senda, para esquivar las lancetas espinosas de las guaduas que bien pudieran sacarle un ojo, o para ponerse al abrigo de un golpe violento que lo lance lejos de su cabalgadura al chocar con la ramazón de un árbol caído. Es claro que en tales circunstancias resulta mucho más cuerdo andar a pie. En ocasiones, tales desfiladeros se convierten en campo de disputa para los peones de partidas que allí se encuentran viajando en sentido contrario para decidir cuál de las dos debe retroceder dejando paso a la otra, especialmente cuando van con bueyes o recuas de mulas.

Aquel día precisamente un pelotón de peones conducía a Cartago una partida de bueyes cargados de sal, y observé que los fardos que lleva cada animal son más bien pequeños y colocados al lado de las ancas, de manera que no encuentren obstáculo al pasar por los pasadizos que quedan descritos. El buey alcanza a cargar de ocho a diez arrobas de sal y, debido a su mayor fuerza y resistencia, puede salir avante al atravesar lodazales donde una mula quedaría anegada sin remedio.

A las dos de la tarde, más o menos, llegamos a un tambo (ramada o cobertizo) construido especialmente para dar alojamiento a los viajantes, lo que nos causó gran contento, pues esa construcción, con ser humilde, era un mensaje de la civilización. Habíamos comenzado ya el descenso hacia las llanuras de Ibagué, y el ambiente se sentía más tibio y agradable.

Al partir del tambo en la madrugada del 29 me fue mucho más fácil continuar a pie el camino, desde luego que éste era ya en bajada y se hallaba en mejor estado que los que habíamos recorrido al lado occidental de la cordillera. Durante la jornada vi gran variedad de mariposas, algunas de gran tamaño, con alas de color carmelita oscuro con brillantes manchas rojas, y bandadas de micos descolgándose de los árboles y asomándose al camino para mirarnos con curiosidad, haciendo muecas y visajes.

Aquel día cruzamos el río San Juan cuyo curso, torciendo hacia el sureste, desemboca más allá en el Magdalena, antes de salir de los límites de la provincia de Neiva. No lejos del camino nos mostraron dos fuentes ferruginosas, la una de agua hirviendo, tibia apenas la de la otra. Al decir de los peones, se encontraba azufre en abundancia esparcido al rededor. Marchábamos ahora de muy buen humor y contentos con la perspectiva de llegar pronto a Ibagué a descansar de nuestro penoso tránsito por las montañas.

Siendo ya casi las doce oí gritar a uno de los peones que ya alcanzaba a divisar un rancho; oyendo lo cual, todas las miradas se dirigieron a escudriñar el horizonte para lograr vislumbrarlo, con la misma ansiedad que los pasajeros aprisionados en un buque durante interminable travesía, buscan con ojos ávidos la silueta oscura de tierra en lontananza. A poco atravesábamos por una extensa plantación de maíz y, a la una, llegábamos a un lugar llamado Morales, ocupado por la cabaña solitaria que a distancia columbrara el arriero. Habíamos caminado ocho leguas españolas y me apremiaba llegar a Ibagué, pues mis alborgas empezaban a gastarse y tenía ya los talones medio desollados con el roce de los ataderos. Tan pronto como tomamos posesión de nuestra posada, Edle le compró dos gallinas a la mujer que en ella vivía y, aderezando además algunas papas que guardara como preciada reserva, nos preparó un suculento almuerzo. Esa misma mañana realizó también Edler la hazaña de matar una serpiente coral. Ya por la noche, los pobres peones, más alegres que alondras a la aurora, armaron fiesta, bailando al son de las guitarras y de la estruendosa carrasca, con dos chicas mulatas que vivían también en la posada.

Partimos de Morales a las siete de la mañana ansiosos de alcanzar a ver ya la ciudad de Ibagué y los llanos de Mariquita, que se extienden hasta el Magdalena, los cuales se ofrecieron al fin a nuestra vista en toda su belleza, llegando a un lugar distante una legua de la población nombrada. A lo lejos se divisaban las serranías que corren en dirección a Bogotá, paralelas al río del mismo nombre. El camino de bajada hasta Ibagué es sumamente pendiente y su tránsito, en uno u otro sentido, debe ser poco menos que imposible para las mulas durante la estación lluviosa.

Corrimos con singular fortuna durante el paso de las montañas del Quindío, pues durante los nueve días que en ello empleamos, no cayó una sola gota de agua. Poco antes de llegar a Ibagué, Mr. Cade tuvo la ocurrencia de sentarse en la silla que uno de los silleros llevaba a la espalda, para probar por propia experiencia cómo podría sentirse en ellas un pasajero y no acababa de hacerlo, cuando el carguero partió corriendo con él a cuestas con tal agilidad y presteza como si se tratara de simple mariposa posada sobre el hombro: Mr. Cade me participó luego que había encontrado especialmente cómodo tal sistema de transporte. Por mi parte, me fue satisfactorio haber conseguido que durante el viaje, ninguno de los que componían la expedición se hubiera visto obligado a valerse de los silleros. Recibimos cordial recepción del juez político de Ibagué, señor Ortega hermano del coronel Ortega, gobernador de la provincia de Popayán y fuimos luego a alojarnos a un convento, entonces desocupado, y que antiguamente había sido propiedad de los padres Franciscanos. Huelga decir que nos pareció un soberbio palacio, después de la vida errabunda que lleváramos durante tantos días al escampado. Nos manifestó el señor Ortega que corría de su cuenta proveer a todo lo que nos fuera necesario durante nuestra estada en la ciudad, y nos anunció, al propio tiempo, que volverla a las cuatro a darse el placer de comer en nuestra compañía, como sincero y buen amigo.

Por Alvaro Hernando Camargo Bonilla

 

 

 


jueves, 15 de octubre de 2020

ISAAC F. HOLTON,. CAPITULO XXV CRUZANDO LAS MONTAÑAS DEL QUINDIO.

ISAAC F. HOLTON, M. A., PROFESOR DE QUIMICA y DE HISTORIA NATURAL EN MIDDLEBURY COLLEGE NEW YORK: HARPER AND BROTHERS. 1857 PUBLICACIONES DEL BANCO DE LA REPÚBLlCA ARCHIVO DE LA ECONOMIA NACIONAL Traducción: ANGELA DE LOPEZ


CAPITULO XXV

CRUZANDO LAS MONTAÑAS DEL QUINDIO

El grupo de viajeros - Salida temprano - Comida tarde - Mina de ácido sulfúrico - Fuentes termales - El presidio - Un accidente - Noche fría - Yo amo a mi vecina y ella ama el suyo - Cuento contado dos veces - Boquía - Balsa - Ranchos - Cartago - Baile - Prisionero libre - Teatro al aire libre.

Como por obra de magia estoy en Ibagué otra vez. ¿ Soñé los episodios del capítulo anterior? ¿ Es cierto que había un fantasma? Sin duda y ahora estoy en mi hamaca en una amplia sala de Ibagué. Dos señores están acostados en el suelo y dos en sendas mesas. Me despierta el llanto de un bebé y la voz de una mujer desde el otro cuarto que grita: j Antonia! ¡ Antonia! Esta es una muchacha negra que duerme al pie de la puerta de la pieza de su ama y que a juzgar por lo profundo del sueño está muerta o duerme preparándose para una dura jornada. Efectivamente, vamos a salir hoy por la mañana para el Quindío. Ayer domingo, día de mercado, hicimos todas nuestras compras y las de los peones, así que podemos partir muy temprano, lo cual significa levantarse al amanecer o antes, y salir a las diez. Pero la verdad es que no logramos ponernos en camino sino a las once.

El grupo está compuesto por cinco señores, dos damas, tres niños, cuatro sirvientas, once peones, veinticinco bestias entre caballos, mulas y un perro. La caravana es larga, las señoras van en monturas de mujer, las muchachas del servicio a horcajadas, dos niñitos en silla, el bebé en una caja de pino, los peones llevan dos sillas para las señoras, sigue un carguero con una caj a a la espalda, dos caballos de cabestro y un número indeterminado de mulas de carga.

Los señores, claro está, van a caballo, excepto yo, que resolví hacer el viaj e a pie. En fila india bajamos hasta las márgenes del Combeima, el cual cruzamos por un puente antiguo y sólido, en un sitio que queda al puro pie de las montañas del Quindío, la cordillera central de los Andes.

Quindío no es propiamente el nombre de la cordillera sino el de este paso particular. Aquí no se le da nombre a las montañas; yo llamo cordillera de Bogotá a la oriental, a esta la del Quindío y a la occidental la de Caldas; pero a esta última no la conoce nadie por este nombre sino yo. Es curioso que Humboldt siempre escribiera Quindiu, cuando no conozco a ningún granadino que lo escriba así. En este punto debo consignar unas anotaciones que quiza debí haber hecho antes. Hasta donde sé las montañas que me rodean son únicas, ya que la base se encuentra en una llanura amplia de suelo no aluvial, situada mucho más arriba del río. La llanura inclinada está separada del valle completamente plano y aluvial del río por una cadena de cerros escarpados pero no muy altos" los cuales imagino que son de arenisca. Pero lo más curioso es la estructura de las mismas montañas del Quindío. El lector podría pensar que estando yo al pie del Combeima, en la base del Tolima vería los picos de las montañas elevarse hasta el cielo y enormes precipicios por los que tendría que subir hasta la cima. Pero no es así, no se ve ni una partícula de roca. En todos mis viaj es por esta cordillera no he visto más de dos veces, si acaso, suelos rocosos. N o obstante que las vertientes son tan escarpadas que una caída puede ser fatal y que algunas montañas son altísimas, con laderas casi perpendiculares, por ninguna parte se ven rocas. Racionalmente me explico el fenómeno por la total desintegración de l~ roca que quizá debiera llamar granito, ya que cuando el camino corta la superficie del terreno no se ven ni trazas de estratificación.

Por lo general, en la comitiva iban primero los cargueros, después las sirvientas, luego los señores seguidos por las damas y por último el equipaje. A menudo yo me les adelantaba a todos y no tomaba otra precaución que la de no dejar atrás al equipaje por la noche, pero en el día casi siempre iba adelante. La mayoría del camino en el extremo oriental está recién construido pero sigue la misma ruta de hace doscientos años. Estaba reparándolo un grupo de presidiarios y como no había otro sendero ni una casa fuera del camino, no podía extraviarme. Encima del vestido delgado de viaj e me puse una ruana, no tanto por comodidad como para aparecer más vestido. Cuando me sentía demasiado solo o quería preguntar algo o hallaba algo curioso, esperaba hasta que me alcanzara uno de los compañeros. Dicen que esa jornada es de ochenta y siete millas, pero hay gran diferencia si se consideran las cuestas de las montañas o únicamente las bases. Sería mucho más exacto calcular las jornadas contando las subidas y las bajadas, ya que la distancia horizontal no significa gran cosa. Durante varias horas subimos continuamente y pasamos por Palmilla, que no es ni siquiera una aldea sino un lugar donde hay una o dos casas. Después desaparecen los cultivos, hay un enorme descenso y al anochecer negamos a un sitio rodeado de montañas. Habíamos tenido la intención de dormir en El Moral, pero no pudimos porque salimos demasiado tarde. Un poco antes de anochecer llegamos a Las Tapias, donde hay una casa con cocina y que indudablemente debe tener moradores, pero en la confusión producida por la llegada de los peones y sirvientas no los pude identificar. El equipaje venía atrás y para sentarnos afuera de la choza a esperarlo solo había dos esteras que venían en uno de los caballos que traían de cabestro. Ya habíamos perdido la esperanza de que llegara el equipaje cuando lo vimos aparecer y las sirvientas se pusieron inmediatamente a preparar la cena. Los arrieros levantaron una tienda sobre un montón enorme de baúles y caj as. Estas tiendas las arman generalmente en la mitad del camino, o mejor dicho, el camino pasa por la mitad de la tienda y los peones consiguen los palos para armarla en el mismo sitio donde se acampa. La carpa pertenecía al jefe natural de la comitiva, a quien yo me dirigía siempre como señor, y que es el marido de una de las señoras; la otra, su cuñada, es soltera.

A las 10 extendieron una estera en la casa, encima pusieron el mantel, y la cena, aunque mal preparada e incómoda, al condimentarla con amabilidad, buen humor y apetito, terminó siendo un verdadero banquete. Mi única queja la habrían podido remediar las sirvientas si hubieran querido. Además de pagar mi escote para el mercado, llevaba una provisión extra de chocolate, pero las guarichas me hacían esperar siempre hasta el final de la comida para traer el chocolate, y lo servían tan diluido que terminaba bebiendo más líquido, y quedaba menos nutrido, pero encontré que todo reclamo en este sentido era inútil.

Al terminar la cena aparecieron los peones con un inmenso almofrez del que sacaron una cama, tan grande como una cama doble, además de colchón, hamacas, cobijas, camisas de dormir, ropa e infinidad de artículos. Guindaron tres hamacas y un señor colocó su cama debajo, en ángulo recto, de manera que si se reventara una de las cuerdas, la hamaca le caería encima. Al colchón lo pusieron en una banca de madera y la cama en el sitio donde habíamos comido. Nos levantamos a las cuatro, embutimos todas las cosas en el caballo de Troya y aun después ae haberle añadido mi hamaca y cobijas quedó espacio para más. La diligencia de las cuatro muchachas nos permitió desayunar alrededor de las siete y después de mucha demora salimos antes que el equipaje. Bajamos hasta un arroyo tributario del Coello, el cual creo que se divisaba a la izquierda. Después subimos hasta El Moral, donde hay una sola casa, pero que es un lugar que aparece en los mapas. Desde allí emprendimos un ascenso ininterrumpido durante varias horas. Yo dejé atrás a los compañeros, pasé por Buenavista y un sitio interesante llamado Azufral, pero desgraciadamente no supe de él sino cuando iba lejos. Es un lugar de donde extraen azufre. La altura es de 6.470 pies y se calcula la temperatura en 61° F., en tanto que en las excavaciones, según Humboldt, el termómetro sube a 1180 F. Nadie puede respirar allí porque el 95% del aire es ácido carbónico y el 2% ácido hidrosulfúrico. Claro está que esas galerías no pueden ser profundas.

Este sitio se halla en la base del Tolima y cerca, en el punto más alto del camino, hay un contadero llamado Agua Caliente por existir en los alrededores una fuente de aguas termales que no he podido encontrar, aunque me dicen que está cerca al camino. Si ese día hubiera sabido de la existencia de la fuente y del Azufral, posiblemente habría tenido tiempo de buscarlos porque iba muy adelante del resto de los compañeros de viaje. Mientras esperaba a los otros me entretuve cortando una pequeña palma que tenía entre diez y veinte pies de altura y casi tres pulgadas de diámetro. Y ahora escribiendo mis recuerdos tiemblo al pensar en el peligro que estuve. Esa clase de palma es muy abundante en la región y quería examinar la fruta. A una altura conveniente corté el tronco golpeándolo transversalmente y hacia abajo, hasta que la punta afilada se deslizó de pronto del resto del tronco y con el peso de las frutas se clavó en la tierra como si hubiera sido una pica, ¡ cerca a mis pies que no tenían más protección que los alpargates! Si la posición del pie hubiera sido un poco distinta habría quedado clavado al piso. A estas alturas me sorprendió la lluvia pero preferí mojarme a devolverme a buscar el encauchado que venía atrás con el equipaje, así que seguí caminando. Luego empecé a bajar por un sendero húmedo y pedregoso y la formación del suelo parecía ser diferente a la del resto del camino, pero no encontré muchos indicios de que se tratara de traquita. El descenso fue escarpado y continuo. Por la mañana había tomado un desayuno muy liviano y la cena de la noche anterior no había dej ado ninguna clase de reservas, así que mi estómago clamaba en vano por algún alimento, porque después de El Moral solo pasé una casa, Buenavista, y era inútil esperar encontrar algo antes de El Toche, el cual se ve al fondo del valle y es donde está actualmente el presidio.

Nunca, en un camino transitado, había visto tal soledad, si es que puede hablarse de soledad cuando se escucha el canto de las aves, entre otras de pavos y de un bello tucán verde brillante. El canto de una de las especies de este páj aro parece decir "Dios te ve". En el camino recogí la piel que había desechado una serpiente. De pronto me alegré viendo humo que ascendía graciosamente al cielo y me apuré a bajar por laderas escarpadas y resbaladizas hasta llegar a orillas del Coello, donde encontré una fogata pero ni una casa ni un alma. Seguí río arriba, por la margen izquierda, hasta un sitio donde un derrumbe había arrastrado el camino hasta el mismo río. La solución al derrumbe me pareció nueva, bella y original. Un yanqui habría construido un muro de contención para confinar el río a su cauce y con la tierra de la loma rellenado el derrumbe, cosa que hubiera sido fácil porque a diferencia de lo que sucede en otras partes, allí el río está lleno de roca de todos los tamaños. Pero el ingeniero construyó más bien un camino en zig-zag subiendo la loma, lo cual entre nosotros se hubiera considerado completamente absurdo. El camino sube por un trecho equivalente a la mitad o a las dos terceras partes de la montaña de West Hoboken, y después, sin pasar ni por un metro de suelo plano, baja de nuevo al río. Está muy bien hecho, como si atravesara un parque, pero desgraciadamente un invierno fuerte acabará con él. j Este es el cambio más importante que se ha hecho en este tramo del camino en dos siglos! Estaba empezando a subir la loma cuando me encontré con un pordiosero. Este llevaba un cuchillo al cinto y para reforzar su solicitud de que le diera una limosna me informó que era presidiario; pero aunque me hubiera asegurado que había matado a su madre, no habría podido darle nada porque no llevaba dinero conmigo. Al pie de la cuesta, a diez metros del camino y a tres del río, hay un montículo con una fuente de aguas termales. Cualquier viajero puede encontrarla fácilmente. Parece como si arrojara enormes cantidades de agua, la cual, a primera vista, da la impresión de pasar por un canal subterráneo. En realidad no creo que arroja más agua de la que cabría en una taza de café, pero contiene muchísimo gas de ácido carbónico y sale con mucha fuerza. La fuente tiene ocho pies de largo, tres y medio de ancho y seis pies de profundidad. Me metí en la fuente y me pareció que la gravedad específica del agua era mayor que la del agua de mar. Sin embargo, es posible que la presión del gas que estaba debajo de mí me hubiera dado una impresión equivocada. La temperatura era de 90° F., Y es evidente que el montículo está conformado por el óxido de hierro que arroja la fuente, la cual lanza también sales de cal, posiblemente carbonatos, que se pegan en las ramas de las plantas. Todo el gas que sale parece ser ácido carbónico, pero también se nota algo de azufre y el gas sale sin duda del extremo de la boca más cercana al río y arrastra al bañista hacia el otro extremo.

A la derecha del camino, hacia el norte, a veinte o treinta "rods" río arriba, hay una fuente más pequeña, de seis pulgadas de diámetro y seis pies de profundidad, con muy poco escape de gas, y como tiene menos contacto con el aire, la temperatura debe ser mayor, calculo que de unos 91° F. Dicen que la de Agua Caliente es aún más alta. Me faltaba todavía caminar una milla río arriba por una llanura muy húmeda, que si no fuera por los desagües sería un verdadero pantano. En las zanjas vi la primera y única conserva que he visto en la Nueva Granada y en el extremo de la llanura había un campo cercado que todavía no parecía estar listo para la siembra. Después crucé el Coello por un puente cubierto un poco más arriba de la desembocadura del Tochecito. En la confluencia de los dos ríos hay una llanura seca, cubierta de grandes rocas que hacen difícil cabalgar por ella, donde está Toche. Llegué a Toche alrededor de las doce y lo primero que se me ocurrió fue compensar la deficiencia del desayuno. Pedí pan, mantequilla, chocolate, fruta, guarapo y huevos, pero solo me dieron los huevos y a ocho por diez centavos. Ordené cuatro huevos duros y mientras se cocinaban, me consiguieron dos pedazos de pan seco y tieso. Una tabla en un rincón servía de mesa, el mango de una cuchara, de cuchara, y una silla boca abaj o de asiento. Cuando me sirvieron la comida me aseguraron que los oficiales del ejército reemplazan el chocolate por agua de panela, bebida esta que les gusta, que si quería me la hacían y yo decidí probarla.

El resto del grupo empezó a llegar antes de las dos, pero las bestias solo llegaron a las tres. Se decidió que no alcanzábamos a ir hasta Gallego, entonces comimos temprano y tuve oportunidad de observar el lugar donde íbamos a pasar la noche. Antes de que se instalara el presidio, Toche consistía en una sola casa. Los presos la aumentaron, construyeron otras dos y levantaron una docena de ranchos, donde viven los hombres bajo libertad condicional. Estos últimos son los llamados francos, que a diferencia de los guardados, no están vigilados permanentemente. El franco con quien me encontré hoy llevaba un mensaje a Ibagué. A los francos no les conviene huir, pero sin embargo muchos escapan.

Por la noche los presidiarios bajan por el camino en zig-zag que nosotros tendremos que subir mañana. Los hicieron formar en fila, pasaron lista y les dieron sus raciones, que consisten en carne o maíz o arroz y sal y una cantidad enorme de panela, un cuarto de libra diaria. La mayoría de los prisioneros están en libertad condicional y duermen en los ranchos; al resto los encierran bajo vigilancia en una de las casas. Hay aproximadamente veinticinco soldados y uno de ellos acompañó hasta donde nosotros a uno de los prisioneros que quería pedirnos limosna. El preso tenía el mérito adicional de llevar una cadena de la cintura al tobillo y que lo marcaba como uno de los peores personajes del presidio. Pero ni siquiera este detalle nos conmovió y lo dejamos a merced del presidente, quien aparentemente solo perdona a aquellos prisioneros que arriesgan la vida sirviendo en los hospitales de cólera en el Istmo.

Aquí, por lo general, se trata bien a los prisioneros y para un hombre pobre es peor esperar su juicio durante una semana en las cárceles de Ibagué o de Bogotá que pasar un mes en este presidio, y para cualquiera es mejor una semana aquí que una sola noche en los cepos de Pandi. En Toche fuimos huéspedes del alcaide quien conocía personalmente a todos los señores de la comitiva, excepto a mí, y nos cedió su apartamento mientras él se fue a dormir a otro lugar.

Al hacer los arreglos para la noche fui testigo de esa falta de consideración por el bienestar de los demás que a veces hasta los amigos muestran en los viajes. El ejemplo no tuvo mayor importancia, pero lo menciono porque en realidad fue inusitado en ese viaje: el más joven de los abogados escogió, sin tener en cuenta a los demás, el sitio para dormir. En cuanto a mí, descansé admirablemente en la hamaca que guindé en el cuarto del médico.

Desde Toche contemplé lleno de asombro el camino que debíamos seguir. Parecía más bien una fortificación. Los zig-zag eran tan escarpados que un soldado armado a duras penas podría subir, y llegaban hasta riscos que prácticamente se elevaban sobre nuestras cabezas. Las vueltas y revueltas parecen talladas en piedra o construidas en ladrillo y lo menos que parece es un camino, pues lo que busca son los picos más altos y no pasar las montañas, cual es el objeto que debería tener. Sin embargo, es un camino y el que nosotros debemos seguir.


Ilustración Inscripción en piedras cerca a Toche.

Camino arriba, en tres o cuatro millas, había subido más que por cualquier otro espacio similar transitado en mi vida, y en la cima apenas pude creer mis ojos al leer en dos piedras planas las inscripciones que muestran que este camino tiene más de doscientos años. El señor Rafael Pombo amablemente las copió e hizo el dibujo que anexo. La primera dice: "Por aquí paszó (sic) Francisco de Peñaranda, a 24 de agosto, 1641". La otra piedra está quebrada y no se puede leer el apellido; así que no podemos estar seguros de cuál miembro de la vieja y noble familia de los Peñaranda pasó por allí ese día.

Lo malo es que toda esta tremenda subida es innecesaria; la ruta sigue siempre el curso del Tochecito, pero por la montaña, quizá debido a la aversión española e indígena a construir caminos en las laderas. Sin embargo, todo quingo en realidad está construido en laderas, porque a un lado del camino hay barranco y al otro precipicio.

Me había detenido a ver trabaj ar a unos presidiarios y a conversar con el jefe de la guardia, cuando observé un espectáculo nuevo para mí: por primera vez vi a un ser humano como bestia de carga llevando a otro a su espalda. Habíamos llegado al sitio donde estaban trabajando los presidiarios y de allí en adelante había trechos muy malos por donde deberían pasar las dos señoras. El dibujo muestra la escena del día siguiente, durante el primer gran descenso al Valle del Cauca, pero sirve para ilustrar lo que voy a describir.

El sillero no es hombre de contextura muy atlética. Desnudo de la cintura para arriba, lleva bien arremangados los pantalones, en especial cuando hay mucho barro. Todo su equipo consiste en una rústica silla de guadua, con un pedazo de tela blanca de algodón para proteger al viaj ero hasta donde se pueda del sol y de la lluvia. La silla se amarra al cuerpo del sillero por medio de dos correas que le cruzan el pecho y otra que le pasa por la frente. El pasajero tiene que permanecer completamente quieto, porque si el sillero se resbala o tropieza, cualquier movimiento del pasajero 10 hará caer inevitablemente. Por tanto es mucho mejor y más seguro viajar dormido. La primera vez que vi los silleros iban por un camino tan terriblemente escarpado, que estoy seguro que una señora norteamericana yendo por él, se desmontaría y seguiría a pie por consideración al caballo. Y aquí algunas veces se demuestran sentimientos semejantes. Una señora me contó que la primera vez que se vio obligada a utilizar ese sistema de transporte, se negó en un principio, pero no teniendo otra alternativa dadas sus condiciones físicas, tuvo que acceder llorando amargamente. El coronel Hamilton, embajador británico, llegó a Ibagué descalzo, con los pies sangrando y acompañado por dos silleros a quienes pagó generosamente pero que nunca utilizó. Nuestras dos amigas tomaron las cosas con mucha más naturalidad. La señora s,e durmió en seguida y la señorita se puso a leer tranquilamente.

SILLEROS



Una bajada increíble, seguida por una subida moderada, nos llevaron a Gallego, donde habíamos pensado llegar anoche, pero después de ver el sitio, me alegré de no haber pernoctado allí. Es un tambo abierto, un simple techo sobre cuatro palos sin un pedazo de muro ni protección lateral o cualquier clase de comodidad para el viajero. Y el paisaje es lúgubre porque no hay más vegetación que palmas de cera, Ceroxylon andicola. Los tallos altos y delgados (que en Nova Genera de Humboldt aparecen demasiado bajos) se elevan por todas partes. Los troncos cilíndricos tienen de doce a quince pulgadas de diámetro, son tan derechos como el fuste de una columna, crecen a una altura de aproximadamente cincuenta pies y están coronados por un penacho de hojas enormes. El tronco, que como el de todas las palmas no tiene corteza, está cubierto por una capa bastante gruesa de cera, o más bien de resina, según se cree. Sería buen negocio recogerla y venderla, ya que gran parte de la cera que se utiliza en las iglesias es importada y cuando se vende en forma de cirios es carísima, casi a $ 3,00 la libra.

Nueve meses después de que estuvimos sentados aquí, comiendo dulce y tomando agua, pasé otra vez pero en circunstancias muy diferentes y el sitio estaba muy cambiado. Los presidiarios le habían levantado paredes al tambo y habían construido dos chozas y un cobertizo. Todavía quedaba un hombre en una de las chozas y esa noche cuando llegué caía una lluvia lenta y helada que hacía el paisaje todavía más lúgubre. Venía herido y sangrante y con dificultad logré apearme. La última comida la había hecho por la mañana del día anterior y me había mantenido vivo con un poco de chocolate y pan, pero ni siquiera eso me había servido de gran cosa, pues por la mañana había mordido imprudentemente una baya que resultó tener un sabor tan desagradable que me hizo vomitar lo poco que había comido una hora antes. Había creído que se trataba de una pasiflora pero resultó ser una cucurbitácea.

Esa vez venía del occidente y antes de llegar al punto más alto del Quindío empezó a lloviznar, por lo cual para que no se mojara la montura me monté en el caballo. Las manos las tenía llenas de plantas que había cogido y encima llevaba el encauchado que es todo un estorbo en una emergencia. Iba en un caballo grande y torpe y por un camino escarpadísimo. Hacía un momento que había escampado y estábamos en la última subida.

En diez minutos habríamos dejado atrás el valle del Cauca, cuando se cayó el caballo. Salté para que éste se incorporara más fácilmente e intenté caer en un montón de arbustos que había en el camino, pero me di cuenta demasiado tarde que donde iba a caer era en los matorrales que crecían en un despeñadero. Entonces me agarré de la montura en el preciso momento en que el caballo se levantaba, lo jalé y por un instante vi al animal patas arriba y encima de mÍ. N o me explico cómo no me aplastó. Sorprendido lo vi caer hasta el pedazo de camino por donde acabábamos de pasar, es decir, rodó de un quingo al otro.

Miré a ver qué había sucedido. La montura estaba entera, la bolsa con naranjas y el paquete con las plantas sanas y salvas. Solamente se habían dañado las últimas que había recogido y esas las boté. Pero en el momento en que iba a subir otra vez al caballo me di cuenta que tenía herida la pierna, y no me monté por miedo de desmayarme del dolor. Le entregué el caballo y el encauchado al peón y caminé muerto del dolor media hora. El accidente sucedió al medio día, y por la noche, en medio de la lluvia, llegué al tambo de Gallego, donde el terreno plano es insuficiente para que quepan las dos chozas. Pernocté en una que queda quince pies más alta que el tambo y a una distancia de unos veinte pies. Los caminos estaban cubiertos de barro y era casi imposible caminar sin resbalarse

Afortunadamente el hombre que vivía en esas soledades había matado un oso negro y nos vendió carne, y como los sirvientes no tenían con qué dañarla, tuve una cena deliciosa alrededor de las ocho y a pesar del dolor y de la sangre que todavía escurría por la pierna. Después, con gran dificultad, logré conseguir agua para lavar la herida, la vendé con un pañuelo de seda, puse las plantas tan difícilmente conseguidas en papel, guindé la hamaca y hacia las diez ya estaba dormido. Cuarenta y ocho horas después del accidente llegué a Ibagué, me quité el pañuelo, conseguí agua tibia y lavé la arena de la herida enconada. Si por desgracia me hubiera quebrado una pierna, no habría podido conseguir atención médica en menos de una semana ni avanzando ni retrocediendo en el camino. Pero este episodio estaba todavía muy lej os; ahora estábamos sentados en el piso comiendo mermelada y tomando agua, que entonces me pareció tan deliciosa y fresca y luego encontraría tan helada.

En otro sitio, en un contadero, vi un monumento como la lápida de una tumba que debió haber costado muchísimo traer hasta aquí. Tenía una inscripción de la que no entendí sino una sola palabra, el honroso nombre de Caldas, el cual me recordó al siempre lamentado sabio granadino. El monumento se erigió en honor de la misa que celebró en este sitio un obispo Fulano de Tal hace varios siglos, según cuenta el señor Caldas, quien mientras descansaba en el lugar, escribió su nombre en el monumento por falta de algo mejor para hacer.

Más adelante pasamos por muchas fuentes cuyas aguas corren hasta el Tochecito que todo el tiempo teníamos a la izquierda, y luego vino el gran descenso hasta el río. A todo lo largo del camino crece una enredadera cucurbitácea con un fruto de consistencia elástica. Por fin llegamos al fondo y estoy seguro que desde Toche hasta este sitio se hubiera· podido construir un camino más corto, sin tantas subidas y bajadas y lo suficientemente plano para que pudieran transitar carretas. Además, quizá costaría menos de lo que el gobierno gastará en el camino actual cuando vengan a repararlo los hombres del presidio. Cruzamos a la margen derecha del Tochecito que aquí apenas es un arroyo y comenzamos el gran ascenso

Para combatir el tedio del camino me puse a traducir al español el Excélsior de LongfeIlow, y le pedí a un señor que no tenía ni idea de la diferencia que hay entre la b y la v que me explicara la diferencia entre la bandera y lavandera, el pobre terminó agotado y me parece que fue una mala jugada mía ponerlo en todo ese trabajo.

Cerca a la cima está el tambo de Yerbabuena, llamado así por la abundancia de Mentha piperita que crece en el lugar. Nos detuvimos en Volcancito, un tambo rodeado de postes que era el mejor que había en todas las montañas. Por el techo se colaba la luz, las paredes dejaban soplar el viento libremente y el piso era de tierra floja. Como llegamos temprano tuve tiempo de darme gusto recogiendo diferentes especies de Fuchsias, de Begonias y de otras plantas tropicales, así como un Epilobium que me recordó mi país.

Una cosa es el clima de Volcancito por la mañana y otra por la noche. Al atardecer se me empezaron a helar los pies y tuve que cambiar los alpargates por medias y pantuflas que eran mi única alternativa, porque en esos días no habíamos abierto baúles. Por primera vez desde que llegué a Sur América me pareció que el agua estaba demasiado fría al lavarme los pies. Empecé a prepararme para la noche, primero me puse una franela gruesísima, después la camisa de dormir, una camisa de lana y encima una chaqueta gruesa de cazador. A mi mitad inferior, por donde la sangre había circulado tan bien desde que salí de Ibagué, la dejé a merced de un par de calzoncillos de franela y unos pantalones de corduroy. Estas fueron las medidas extraordinarias que tomé, las ordinarias las empecé inmediatamente después de la cena. En Ibagué, donde hay noches frías, había estudiado el arte de dormir abrigado en una hamaca y corno ni siquiera en la Nueva Granada se conoce bien este arte, lo describiré a espacio. Primero tomé dos cobijas gruesas por una punta, doblándolas juntas y poniéndolas en una estera en el suelo. Después las puse a través de los pies de la hamaca y luego me subí con ayuda porque estaba muy alta. Después tomé las cobijas por el extremo por donde las había cogido antes y las jalé para cobijarme. Luego metí los bordes de las cobijas dentro de la hamaca. Hasta aquí no hay misterio, es lo que hace todo el mundo, pero debajo lo único que hay es la tela de algodón de la hamaca y se necesita algo que proteja la retaguardia, y es ahora cuando entra en juego mi secreto. Primero me deslizo del centro de la hamaca hacia atrás, es decir hacia la cabecera, y pongo los extremos de la cobija debajo de mí, en tal forma que se crucen, empezando por los pies y terminando en los hombros, donde la operación es difícil, pero se puede llevar a cabo resbalando el cuerpo hacia abaj o. Después solo resta situarse diagonalmente en la hamaca, de manera que la cabeza y los pies queden menos elevados. Recuérdese que todo esto debe hacerse estando sostenido por una cuerda floja.

Todo el mundo tenía frío. Consideré que era el momento de que llegara un Mark Tapley que nos hiciera reír y le pedí al señor que nos contara un cuento, a lo cual él accedió gustoso. Contó uno que me mostró un aspecto nuevo de un idioma en el que no existen palabras indecentes, o que si las tiene, no hay peligro de que las utilicen. Afortunadamente para mí, sabía que el carácter de todos los presentes estaba por encima de cualquier sospecha, así que el cuento que podría situarse en la Inglaterra de Carlos II no me asustó, simplemente me sorprendió. Del relato  me intrigó otro aspecto, no sé si desde el punto de vista etnológico o psicológico. Quizá porque había oído otra versión del mismo en inglés y cuando tenía diez años. ¿ Cómo saberlo con seguridad? ¿ Podría algún miembro de la Percy Society informarme si existe algún cuento de hace siglos sobre dos personas que pasan la noche en un árbol y tiran una mesa o una puerta que cae en la cabeza de unos ladrones que se estaban repartiendo el botín? Si es así, los cuentos infantiles deben ser más viejos y más conocidos de lo que yo pensaba, y este cuento tan tonto debe conocerse en toda Europa occidental y en las dos Américas.

Desafortunadamente para mí me había acomodado demasiado bien en la hamaca y un calorcito agradable empezó a extenderse por todo el cuerpo, ablandándome el corazón. Me puse a observar en qué condiciones se encontraban los demás. La señorita estaba muerta de frío y sin posibilidades de dormir en toda la noche. Entonces me pregunté: "¿ Puedo darme el lujo de prescindir de la cobija más delgada ?", y mi blando corazón contestó: "Para una j oven y amable dama, a quien estimo y quien está sufriendo el frío más intenso que ha conocido en su vida, ;:,Í puedo prescindir de ella". Pero luego me di cuenta de que, como la última pluma que le quebró el lomo al camello, esa era la cobija que necesitaba yo para protegerme del frío y no pude pegar los ojos en toda la noche. Ensayé una posición nueva volviéndome sobre el lado derecho, al derecho de la hamaca y cobijándome con el otro pedazo de hamaca. Quedé como un enorme floculo, o hablando en términos zoológicos como un bivalvo, manteniendo cerrado el caparazón con las manos, con la rodilla y con la cabeza que tenía recostada en el borde doblado de la valva superior. El método falló y cuando ya era demasiado tarde para dormir, recogí la hamaca y la cobija, las junté a la manta de uno de los señores que estaba tratando de dormir en el suelo, y me acosté a su lado para descongelarme.

Por la mañana vi el chal de la señorita en la cama del joven abogado que se había acostado a sus pies. También ella tenía corazón y en un momento en que su mano izquierda no sabía lo que hacía la derecha, le prestó el chal antes de que yo le prestara a ella mi cobija. Este descubrimiento me hizo reír de buena gana y hasta hoy en día la sola mención de Volcancito parece causarle a la señorita una impresión muy especial.

BOQUIA

El desayuno que tomamos antes de partir fue escaso y rápido. Estábamos en el límite del páramo donde a veces el suelo se cubre de nieve hasta por una semana. En estas alturas le puede ocurrir algo muy extraño al viaj ero, el cual sin sufrir demasiado por el frío pierde de pronto toda energía y finalmente la vida. A esto lo llaman emparamarse, algunos de mis amigos han estado en peligro de que les suceda y en dos o tres ocasiones yo he tenido que cuidarme de correr esa suerte. Pero ese día no había nada que temer, hasta volví a ponerme el vestido liviano y tuvimos un día muy agradable. Pasamos muchos arroyos que fluyen todos hacia la izquierda y en la orilla de uno encontré un magnífico ejemplar de "cola de caballo" de cinco o seis pies de altura. Desafortunadamente no guardé una muestra, porque me aseguraron que en el valle encontraría otros igualmente grandes y también por la dificultad de guardar las muestras en estos caminos solitarios.

En una o dos horas llegamos a la sierra divisoria y seguimos por ella durante un rato. Al empezar a bajar, el camino se vuelve pésimo, aunque no es nada malo en comparación con esas zanjas semi-subterráneas por las que viajó Cochrane a caballo y por las que el gordo Hamilton caminó, sin que la cabeza le llegara nunca al nivel del terreno. Esos callejones bordeaban el camino como trampas de mula o a veces se abrían a un lado como si fueran la entrada de una mina abandonada. Si a Hamilton y a Cochrane les hubiera gustado exagerar, no habrían tenido necesidad de hacerlo al describir esos callejones. Este fue el escenario de la catástrofe que sufriría meses más tarde y que ya les relaté, y también de una historia, quizá verdadera, de un oficial español que tenía derecho a utilizar silleros gratis. Alguna vez el español resolvió usar en el sillero unas de esas horrorosas espuelas para mulas y el pobre indio, aguijoneado más allá de toda paciencia, lanzó al bruto al precipicio. El español se mató en la caída y el indio huyó al monte y no regresó nunca.

Las señoras que en la última parte del ascenso después de Toche no habían utilizado mucho las sillas, ahora se instalaron cómodamente en ellas casi todo el día. La señora se qued6 dormida, la señorita se puso a leer y los ~ilIeros caminaban como si llevaran la silla vacía. Nadie parecía ser consciente de que por ese camino uno podría desnucarse.

A las dos llegamos a Barcinal, la primera casa que encontramos desde que salimos de Toche y la sexta que hay en setenta y dos horas de camino. Allí vivía una familia antioqueña que 'nos dio mazamorra. La mazamorra es el plato favorito de los habitantes de esa apartada provincia. La hacen de maíz pilado y hervido y le añaden leche al servirla. A mí me gustan los antioqueños y las antioqueñas, así como sus sombreros [1], pero lo que no me gustaría sería tomar mazamorra con mucha frecuencia

Entre Barcinal y Toche que están a dos días de distancia no hay un sitio bueno para pernoctar. A fin de remediar esta solución lo mej or sería construir un camino que pudiera transitarse aun en mal tiempo. Si la segunda noche hubiéramos seguido hasta Gallego, es posible que habríamos llegado a Barcinal al día siguiente, ahorrándonos la mala noche de Volcancito.

Por un camino escarpado y malo bajamos a Boquía en las márgenes del Quindío. Boquía es cabeza de un distrito de la provincia del Cauca. La población tiene algunas casas relativamente buenas y una aceptable posada; están comenzando a construir la iglesia, hay un molino de trigo que vi funcionar y un puente cubierto sobre uno de los brazos del Quindío. Algunas veces los viajeros pueden aprovisionarse en Boquía. Después de pasar el Quindío que en este sitio es un río bastante grande, de casi dos pies de profundidad, nos esperaba un ascenso por un camino hermoso y luego otro tan empinado que las señoras tuvieron que recurrir nuevamente a las sillas. Finalmente llegamos a El Roble, donde nos detuvimos, precisamente a tiempo de evitar la lluvia, que sorprendió a los arrieros antes de que hubieran terminado de levantar la tienda. El Roble no es tan alto como Volcancito y esa noche la pasamos como cristianos, comiendo sentados a la mesa, durmiendo en una casa, y para la señorita hubo hasta cuarto aparte, nominalmente, porque no había seguridad de que no se le entrara nadie.

Salimos de El Roble el viernes por la mañana, y una bajada suave de tres millas nos llevó hasta la casa de otra familia antioqueña, en Portachuela, sitio agradable para descansar. Aquí probé las arepas y descubrí que son iguales a los Johnny-cakes que habían rechazado en Nueva Inglaterra y a los hoe-cakes, al pan de maíz y corn-dodgers de Illinois.

Más adelante nos detuvimos en un contadero llamado Lagunetas desde donde mandamos a los peones a que nos traj eran agua. Me imagino que, como su nombre lo indica, la encontraron en huecos y lagunas. Viajando hacia el occidente, recomiendo tomar agua en este sitio o traerla desde Portachuela.

De Lagunetas en adelante la lluvia había dejado el camino muy liso. Este último era almohadillado y las bestias metían las patas profundamente en el barro en esas gradas para mulas. Desgraciadamente yo hice lo mismo en una ocasión y la pierna se me hundió hasta la rodilla con no poco detrimento para mi apariencia personal. Pronto me adelanté y perdí de vista a mis amigos. En todo el día ]0 único que encontré para beber fue un poco de leche, ni una gota de agua. En el camino me alcanzó un hombre que se proponía ir de Boquía a Cartago en día y medio, mientras que nosotros haremos ese trayecto en dos o tres días. El tipo se había asegurado una punta de la ruana en un bolsillo del que salía la cabeza de un pollo vivo que le llevaba de regalo a una señora de Cartago.

Alrededor de las dos llegué a La Balsa donde había proyectado darme un buen baño en el río, pero al llegar encontré que no había río y francamente que no puedo explicarme cuál puede ser el origen de tal nombre. Casi no encuentro agua para lavarme los pies. Esperé una o dos horas al resto de la comitiva y cuando llegó decidimos que ese día no viajaríamos más.

Desde que se deja a Ibagué, La Balsa es el único sitio que merece llevar un nombre. Se dice que la población del distrito es de 199 y la de Boquía 198, pero la población de ambas está diseminada en más de 100 millas cuadradas. N o me explico la razón de la existencia de una población en este lugar; lo que sí sé es que para nosotros fue bueno llegar a ella. En La Balsa hice el gran descubrimiento de que sí me gustan los plátanos cocinados. Son tan pocas las veces que los dejan madurar, que no sabía cómo sabían maduros. Este es el primer lugar que he visto donde se cultiva en abundancia. Los nevan a vender a Cartago. A uno de los caballos que conducían de cabestro le dieron de comida un racimo de plátanos verdes.

Almorzamos sentados en el suelo y como iba a llover no pude recoger plantas; en cambio conocÍ el zancudo, que de allí en adelante sería compañía constante y nada agradable, y que al examinarlo detenidamente vi que simplemente es un mosquito. En todo el viaj e de Honda hasta aquí no había visto ninguno, y aun en este sitio son tan escasos que solo oí volar dos o tres.

El sábado por la mañana ya estaba con deseos de que terminara el viaje, en especial porque habían empezado las lluvias. Me puse el encauchado y aunque hubiera podido cabalgar todo el día, preferí continuar firme en mis dos pies, cosa que no pudo hacer el sillero de la señora quien dejó caer su preciosa carga cuatro veces en la mañana. Yo estaba conversando con ella cuando se cayó la primera vez y la acompañé hasta que se volvió a subir en la silla, que se había quebrado y había que arreglarla. Mientras tanto el sillero descargó la señora en un tronco enorme de tres pies de diámetro. Había que protegerla de la lluvia y lo único que había a mano era la punta de mi encauchado. Debimos haber presentado un cuadro muy divertido, pero no había espectadores que se rieran de la representación.

La señorita estuvo más afortunada y no se cayó ni una vez cruzando la montaña. En una ocasión el sillero que la llevaba se resbaló más de una yarda, pero ella es menos miedosa que su hermana y no se movió; en cambio, dos silleros se cayeron con la señora.

Más abaj o de la desembocadura del Quindío en el río La Vieja, se cruza este último en Piedra de Moler. Cada uno de nosotros pagó l,ln impuesto de 80 centavos a la provincia del Cauca. En realidad no es peaje porque el gobierno de esta no lo invierte en carreteras. Con la excepción de un pedazo de territorio al occidente del Cauca, donde la vía que va a lo largo del río pertenece a la provincia, el resto de los caminos son nacionales y muy rara vez la provincia o la nación gastan algo en su mantenimiento. En nueve meses que permanecí en el Cauca solo recuerdo haber visto construir un puente peatonal y nunca vi que se invirtiera ningún dinero o se trabajara en el sostenimiento de caminos.

Esta vez no nos demoramos mucho en el paso del río. Nos detuvimos un momento a ver cruzar las bestias a nado, cosa que es muy interesante, y fuimos luego a la casa del barquero, donde comimos huevos y plátanos asados antes de continuar el camino, dejando que el equipaje nos siguiera en dos tandas. Había escampado pero amenazaba lluvia, así que consideré prudente conservar mis instrumentos de defensa contra el mal tiempo. Solo nos restaba subir y baj ar una loma inmensa, porque Cartago queda a orillas del río La Vieja.

En la subida vi la Heliconia Bihai, una hierba cannácea, cuyas hoj as servían de abrigo al viajero antes de que se construyeran los tambos. Las hojas Henenesa forma característica de la canna de nuestros jardines y de la mata de plátano, y de uno a dos pies de largo; son blancuzcas por debajo y para hacer el techo de un rancho las cuelgan de un nudo en el peciolo de las cuerdas horizontales que pasan por los palos del techo. Antes todos los peones y cargueros tenían que llevar su porción de Bihai cuando viajaban al oriente, y el caminante dormía durante casi quince días bajo ese techo transportable.

Desde la cima tuve por primera vez una vista panorámica del valle del Cauca. Este no es completamente plano sino ondulado, como dicen en el Oeste, y el color verde vivo es maravilloso después de las llanuras secas de Ibagué y El Espinal. No creo que haya un espectáculo más hermoso que esta vista del valle del Cauca, rodeado todavía por las ,ásperas montañas del Quindío, mientras que en la distancia se divisan las de Caldas, que posiblemente no cruzaré nunca. La escena sería todavía más bella si se viera el Cauca, pero como la margen derecha está cubierta de pantanos y bosque, el río no se ve sino entrando en el valle. El día anterior, poco después de salir de Lagunetas, habíamos divisado el valle por entre un claro de los árboles.

Poco después de tener ante nuestros ojos el valle, terminaron las funciones de los silleros y en el primer charco que encontramos, los hombres arreglaron su apariencia personal lo mejor que pudieron para entrar a Cartago. Sacaron camisas de donde las traían guardadas, se pusieron sombrero y una ruana sobre el sencillo vestido, quedando ataviados como cualquier campesino granadino.

Finalmente llegamos al valle, pero no puedo decir en qué punto el suelo se vuelve aluvial; creo inclusive que esa línea sea muy difícil de determinar porque los dos suelos son parecidísimos. Tampoco puedo decir cuánto costó el viaje exactamente. Las bestias $ 5,20 cada una, incluyendo el servicio del peón; los gastos de subsistencia quizá hayan sido la mitad de esa suma, pero no llevamos las cuentas separadamente. Es posible que el costo haya sido menor de lo que en promedio cuesta cruzar el Quindío, en especial si no se incluyen las pérdidas por robo. A mí se me perdieron una hachuela de doble filo que se guardaba dentro del mismo mango, una toalla diferente a la del cuento, y como es natural, todas las cuerdas y lazos de los que pudieron echar mano los peones.

se demoró hasta después de la misa del domingo. Cartago es una población de aproximadamente el mismo tamaño de Ibagué, pero mucho más baja y caliente, aunque ni allá me molestó el frío ni aquí el calor, pero para alguien que tenga que trabajar al sol, el clima de Ibagué es preferible al de esta región del valle del Cauca. La altitud más baj a que he registrado en el valle es de 2.880 pies y la temperatura más alta a la sombra 85°, en La Paila, a las cuatro de la tarde el 11 de junio de 1853, lo cual no es demasiado; y la más alta al sol 127°. En Nueva York he conocido temperaturas mayores. Por lo demás en el Apéndice se pueden apreciar otras observaciones sobre el clima del valle del Cauca.

 [1] Los sombreros "panamá" fabricados en Antioquia se exportaban a las Antillas y al sur de los Estados Unidos. Constituyeron quizá los únicos artículos manufacturados que Antioquia exportó en el siglo XIX. Véase Roger Brew, El desarrollo económico de Antioquia desde la independencia hasta 1920. Publicaciones del Banco de la República, Bogotá, 1977. (N. de la T.).